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miércoles, 6 de noviembre de 2024

GEORGIA: ¿Preparada para sufrir otra “revolución de colores”?

En Tbilisi están empezando a ocurrir cosas muy interesantes. La situación recuerda a la de las antiguas "revoluciones de colores" de años pasados, organizadas por la CIA en Europa Oriental, que provoco la caída de los regímenes comunistas al quedar estos desamparados tras el colapso de la Unión Soviética, siendo reemplazados por Gobiernos “democráticos” que de manera inmediata se integraron “voluntariamente” en la OTAN. Ahora creen que le tocó el turno a Georgia, debido a la posición equilibrada adoptada por el partido gobernante Sueño Georgiano de mantener buenas relaciones con Rusia, lo cual es considerado un anatema en Occidente. Como sabéis, las recientes elecciones parlamentarias en Georgia han provocado un amargo enfrentamiento entre el partido ganador de los comicios Sueño Georgiano - que obtuvo el 54 % de los votos y 90 de los 150 escaños en el Parlamento - y cuatro partidos de la oposición que afirman que sus votos fueron “robados” aunque no muestran prueba alguna de ello simplemente porque no existen. La presidenta del país, nacida en Francia - y que para mayor vergüenza suya no sabe hablar una sola palabra en georgiano - Salomé Zourabichvili, como era previsible y siguiendo órdenes de los EE.UU., se ha negado a reconocer los resultados y ha convocado protestas masivas intentando provocar la caída del gobierno - al que califica de “prorruso” - para que sea sustituido por otro colaboracionista y genuflexo a los intereses de Washington, tal como sucedió en Ucrania en el 2014. Para lograrlo, grandes multitudes se reunieron frente al Parlamento por la noche mientras la oposición exigía nuevas elecciones y se negaba a unirse a la nueva legislatura. Como era lógico suponer, Washington acusó al partido Sueño Georgiano de varias “violaciones” y amenazó a Tbilisi con “más consecuencias si la dirección del gobierno georgiano no cambia” y la nación no regresa a su “camino euroatlántico”. En efecto, EE.UU. y 13 estados miembros de la UE han exigido una investigación sobre aparentes “irregularidades electorales” a pesar de que la propia Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) informó que no observó violaciones sistémicas en la votación. Cabe precisar que la política de Tbilisi posterior al 2022 hacia Occidente no sólo es independiente, sino en algunos aspectos bastante audaz. El multimillonario Bidzina Ivanishvili y sus asociados parecen entender que Occidente no sólo tiene prioridades diferentes, sino también opciones que van en contra de los intereses de Tbilisi, que no desea seguir a Kiev en la ruta dictada por los EE.UU. desde el 2014, la cual ha tenido una política claramente prooccidental, ignorando persistentemente el hecho de que siempre habrá un vecino poderoso con un punto de vista diferente, cuyos intereses deben ser tomados en cuenta (llamémoslo determinismo geográfico en las relaciones internacionales). El resultado fue un conflicto armado en toda regla, cientos de miles de víctimas y un país destruido. Los georgianos ya lo vivieron en carne propia durante el corrupto régimen de Mikheil Saakashvili (2004 - 2012) y no quieren que se repita. Precisamente, haciendo un recuento de la historia de Georgia posterior a su segunda independencia, podemos notar que esta ha sido turbulenta y de extrema agitación por obra y gracia de los EE.UU. que siempre quiso hacerse de ella. Como recordareis, Georgia anunció su intención de abandonar la URSS en 1990, luego de que los partidos nacionalistas ganaran las elecciones parlamentarias en la entonces república soviética. En 1991, las autoridades georgianas declararon la independencia tras un referéndum que mostró que la población apoyaba abrumadoramente la medida. El Congreso de los EE.UU. reconoció los resultados del referéndum el mismo día en que se anunciaron, pero la mayoría de las naciones no reconocieron la independencia del país hasta 1992, tras el colapso de la URSS. Es entonces que dos partes de Georgia (Abjasia en el noroeste y Osetia del Sur en el norte) expresaron su deseo de abandonar el estado recién formado. Ambas regiones habían tenido malas experiencias con una Georgia independiente a principios del siglo XX tras la caída del Imperio ruso y desconfiaban del nuevo gobierno nacionalista en Tbilisi. A ambas se les negó su deseo de abandonar el país. Las tensiones étnicas rápidamente desembocaron en conflictos armados en Abjasia y Osetia del Sur a principios de la década de 1990, en los que cientos de personas murieron, decenas de miles fueron desplazadas y la tierra quedó devastada económicamente. Todos los conflictos acabaron con regímenes de alto el fuego aprobados internacionalmente en los que participaron fuerzas de paz rusas. Pero las políticas represivas del primer presidente de la Georgia independiente, Zviad Gamsakhurdia, alienaron a las minorías étnicas y acabaron provocando una guerra civil que duró dos años. Finalmente, Gamsakhurdia murió en circunstancias turbias, pero sus partidarios siguieron siendo una espina en el costado del gobierno georgiano durante largo tiempo. Por cierto, los tumultuosos primeros años de la independencia han tenido un impacto duradero en Georgia, que tuvo que luchar contra las dificultades económicas y nunca recuperó el control de Abjasia y Osetia del Sur. De 1995 a 2003, la nación estuvo dirigida por el presidente Eduard Shevardnadze, un ex ministro de Asuntos Exteriores soviético, que trató de mejorar las relaciones del país tanto con Occidente como con Rusia. En noviembre del 2003, azuzados por los EE.UU. las multitudes tomaron las calles de Tbilisi para impugnar los resultados de una elección parlamentaria que consideraban errónea. También exigieron la dimisión de Shevardnadze. Las protestas, que más tarde se conocerían como la Revolución de las Rosas, alcanzaron su punto álgido cuando el nuevo parlamento celebró su sesión inaugural. Una multitud encabezada por el político formado en EE.UU. y servil a sus intereses, el traidor colaboracionista Mikheil Saakashvili - del cual se dice que es un agente de la CIA - irrumpió en el edificio e interrumpió el discurso del presidente. Shevardnadze acabó dimitiendo y Saakashvili fue elegido como su sucesor en enero del 2004. A diferencia de su predecesor y antiguo patrón, Saakashvili adoptó una postura marcadamente antagónica hacia Rusia y quería que su nación se convirtiera automáticamente en parte de la OTAN. También aumentó drásticamente el presupuesto militar de Georgia de menos del 1% del PIB al 8% y siguió un curso político más duro hacia Abjasia y Osetia del Sur. Asimismo, también contrató a una serie de “asesores” occidentales para ayudar a sus reformas y envió tropas georgianas a Irak y Afganistán para unirse a las fuerzas dirigidas por EE.UU. y la OTAN. El entonces Criminal de Guerra George W. Bush, calificó a Georgia “como un faro de libertad” durante una visita a Tbilisi en el 2005. Mientras tanto, organizaciones internacionales de derechos humanos como Amnistía Internacional y Human Rights Watch expresaron su preocupación por los múltiples casos de malos tratos y tortura a detenidos en las cárceles georgianas bajo el régimen de Saakashvili. La represión fue tan brutal, que dieron origen a unas protestas masivas contra Saakashvili en el 2007 fueron respondidas de forma sangrienta. Como era de esperar, el traidor colaboracionista las calificó de intento de golpe de Estado “patrocinado por Rusia”. A principios de agosto del 2008, Saakashvili, reelegido fraudulentamente en enero de ese año, envió al ejército georgiano para tomar el control de Osetia del Sur. Las fuerzas de paz rusas estacionadas allí murieron en el bombardeo georgiano de la capital de Osetia del Sur, Tskhinvali, por lo que Moscú respondió enviando tropas a la zona. Las fuerzas rusas asestaron un durísimo golpe a las tropas georgianas en una campaña de cinco días y las obligaron a retirarse precipitadamente. Como consecuencia de ello, Moscú también reconoció la independencia de Abjasia y Osetia del Sur, mientras que sus relaciones con Tbilisi terminaron congeladas durante años. La desastrosa campaña militar debilitó gravemente el apoyo de Saakashvili en su país y su partido perdió las elecciones parlamentarias del 2012 y huyó de Georgia en el 2013, incluso antes de que expirara su segundo mandato, temeroso de ser detenido. Saakashvili se mudó inicialmente a los EE. UU. Antes de terminar en Ucrania, donde intentó reiniciar su carrera política, colocándose al servicio del régimen golpista de Kiev, quien lo nombró gobernador de Odessa. En el 2021, regresó a Georgia, donde fue arrestado por múltiples cargos de Traición a la Patria y recluido en prisión. Desde el 2012, tras la debacle del corrupto régimen de Saakashvili, Sueño Georgiano ha sido el principal partido en la nación del Cáucaso Sur. El partido mantuvo la mayoría en la legislatura nacional a lo largo de tres ciclos electorales consecutivos: 2012, 2016 y 2020. Con las relaciones con Moscú tensas luego de la guerra del 2008, Tbilisi inicialmente continuó aplicando políticas pro-occidentales. En el 2014, Georgia firmó un acuerdo de asociación con la UE. El país también hizo que sus aspiraciones de membresía en la UE y la OTAN formaran parte de la constitución en virtud de enmiendas que entraron en vigor en el 2018. En marzo del 2022, solicitó la membresía en la UE y se le concedió el estatus de candidato, y recibió recomendaciones de reforma de Bruselas a fines del 2023. Pero a lo largo de los últimos años, desencantado por las promesas incumplidas por Occidente, Tbilisi se ha alejado gradualmente del rumbo que le marcaron Washington y Bruselas. Si bien Georgia condenó la campaña militar de Rusia contra Ucrania en el 2022, adoptó una postura neutral sobre el conflicto, negándose a participar en las sanciones occidentales a Rusia y a brindar apoyo directo a los ucranianos. En el 2023, Georgia también reanudó el tráfico aéreo directo con Rusia luego de que el presidente Vladimir Putin levantara la prohibición de viajes aéreos y el régimen de visados con la nación del Cáucaso Sur impuesta en el 2019. La medida llevó a Washington a amenazar a Tbilisi con sanciones. Desde entonces, los gobiernos occidentales han acusado a Georgia de “retroceso democrático” y han advertido de que sus recientes políticas “podrían obstaculizar las aspiraciones del país de unirse a la UE”. A inicios de este año, el Parlamento georgiano aprobó leyes que permiten etiquetar a las ONG como "agentes extranjeros" por financiar a los partidos opositores y prohibiendo además la "propaganda" LGBTQ dirigida a menores, lo que provocó protestas de Occidente, donde la degeneración y la inmoralidad es la norma. No es de extrañar por ello que EE.UU. y sus aliados hayan exigido repetidamente a Tbilisi que derogue la "legislación antidemocrática", además de expresar su apoyo a los manifestantes que ellos financian. Como podéis notar, la intervención de Washington en los asuntos internos de Georgia es descarada y mediante una “revolución de colores” busca que se repita lo sucedido en Ucrania, para colocar a un gobierno colaboracionista en Tbilisi que provoque un conflicto con Rusia en el Cáucaso, que desvíe su atención en Ucrania, donde el régimen fascista de Kiev - y ello es innegable - vive sus horas de agonía. (Al momento de publicar este artículo se confirma el triunfo de Donald Trump en las elecciones estadounidenses de este martes, quien en su discurso de victoria proclamó: “No más guerras en mi mandato”, un tema que tratare in extenso en la próxima entrega ¿vale?)
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