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miércoles, 21 de octubre de 2026

FRANCIA: Un país en llamas

Francia está que quema en este arranque de otoño. Y no precisamente por el cambio climático. Mientras Emmanuele Macron discute sobre dónde aplicar la tijera para podar los presupuestos nacionales, con el objetivo de seguir destinando ingentes cantidades de dinero a Ucrania en su guerra suicida contra Rusia, decenas de miles de jóvenes han salido a las calles en movimientos de protesta con un nexo en común, autoproclamándose como “la expresión del desasosiego de la juventud ante el futuro y el descontento por un presente caracterizado por la precariedad”. Sin embargo, las insuficiencias del sistema educativo entre otras exigencias, han sido el pretexto utilizado por estos grupos violentistas - que de “estudiantes” no tienen nada y que en realidad están conformados por miles de inmigrantes musulmanes procedentes especialmente de Argelia - para desatar el caos y la violencia en las calles de Paris y otras ciudades francesas, saqueando e incendiando locales públicos y privados, así como destruyendo y vandalizando monumentos históricos, dirigidos por los resucitados ‘chalecos amarillos’, un grupo terrorista afín al comunista Jean-Luc Mélenchon, cabecilla de la Francia Insumisa (LFI) y candidato al Eliseo en las elecciones del próximo año. Todo incendio empieza por una chispa y en Francia, como es habitual, empezó en los suburbios. La revuelta de los “estudiantes de bachillerato” de todo el país, que tiene en este momento contra las cuerdas al gobierno de Sébastien Lecornu, se inició el 17 de septiembre en el liceo Antoine de Saint-Exupéry de Créteil, al sudeste de París, cuando los “alumnos” se unieron a una huelga del profesorado en protesta por la falta de personal y de recursos, bloqueando el instituto. Pasados unos días, ya eran una decena los liceos implicados, una cifra que alcanzó rápidamente el millar. En las últimas semanas se han sucedido multitudinarias manifestaciones, que han acabado muchas veces en enfrentamientos con los antidisturbios y actos de violencia protagonizados por estos grupos radicales, mientras crecen interesadas voces críticas hacia la fuerza utilizada por la policía, pero que a su vez apoyan la asonada terrorista de Mélenchon. La violencia se amplió el último fin de semana, dándose una confluencia con otros movimientos terroristas, como el los ‘chalecos amarillos’, que entre el 2018 y el 2019 hicieron temblar a Francia. Junto a la reivindicación de más profesores para cubrir las bajas y más recursos -10.000 millones de euros más para educación -, los “estudiantes” reclaman también la supresión del actual sistema de acceso a la universidad, en manos hoy de una plataforma (Parcoursup) gobernada por un algoritmo que consideran opaco y -sospechan- discriminatorio, y que es probablemente el problema inmediato que más angustia les produce. La protesta nació del malestar por el coste de la vida y la pérdida de poder adquisitivo, en especial por el precio que han alcanzado los carburantes. Curiosamente, en el 2018 fue también la ecotasa -unos céntimos en el precio de la gasolina y el gasóleo- lo que encrespó los ánimos. Luego se añadieron otras reivindicaciones. Hoy los carburantes son mucho más caros que entonces, una media de 2,30 euros por litro de gasolina de 95 octanos. Son los jóvenes que han vivido siempre bajo la angustia de la urgencia climática y los que, en el caso de la Francia de Macron, ven amargamente cómo se incumple la promesa meritocrática de la educación como instrumento de emancipación. Con un déficit del 5,4% del PIB, una deuda acumulada que roza el 120% y una prima de riesgo que ha escalado hasta el nivel más alto desde la crisis del euro en el 2012, las opciones del Gobierno francés son limitadas. La tensión propia de una precampaña electoral exacerba los ánimos y da alas a quienes buscan incendiar el conflicto social para sacar beneficio en las urnas. A ello debemos agregar que la atmósfera de fin de reinado, con Macron al término de sus dos mandatos por un total de diez años, contribuye a la parálisis. Cabe precisar que las violentas protestas son un caso paradigmático de “confluencia de luchas”, que ha servido de catalizador para encauzar otros sectores descontentos en la sociedad francesa, siempre dispuesta lanzarse a la calle. Los partidos de ultraizquierda, especial La Francia Insumisa (LFI), buscan capitalizar el momento, por lo que es inevitable no interpretar estas protestas con el trasfondo de la campaña electoral de las presidenciales, que se celebrarán el 18 de abril y el 2 de mayo del 2027. Pero tal “convergencia de luchas”, o simplemente la suma de cabreos, se trasformó, como se esperaba, en una orgía de violencia a cargo de los salvajes habituales que nada tienen que ver con el grueso de los estudiantes de institutos. La degradación de la vida política en Francia y la impotencia del Gobierno para hacer frente a la violencia de los grupos organizados de ultraizquierda volvió a quedar reflejada ante el mundo en una serie de imágenes vergonzosas para la otrora sexta potencia mundial. Ayuntamientos, como el de Marsella, asaltados; edificios oficiales o privados incendiados, material urbano destrozado. Todo ante la incapacidad y contención de las fuerzas policiales, temerosas de ser acusadas de “matar”, como aúllan las huestes de LFI de Melenchón. Como sabéis, estos grupos de ultraizquierda bien organizados – conformado por argelinos llegados en pateras - que aprovechan cualquier protesta para destrozar y desestabilizar el orden público. La jornada de protesta del 17 de octubre, que tenía como denominador común la preocupación por “la vida cara”, será recordada especialmente por la ira de los comerciantes que vieron saqueados sus negocios, por los ciudadanos que descubrieron sus automóviles abrasados en su propia calle, por el humo que entraba por las ventanas de sus casas… Al margen de los disturbios en el centro de París, los dirigentes de LFI - cobardes como todos los dirigentes izquierdistas que envian a su gente al matadero mientras ellos se recogen a buen recaudo - desfilaban lejos de los gases lacrimógenos entonando la Marsellesa y, sin duda, encantados con el clima de insurrección y caos que piensan alargar hasta la primera vuelta de las elecciones presidenciales, el 18 de abril próximo. El cabecilla de LFI declaraba que “la juventud estaba más movilizada que en mayo del 68”, mientras su séquito coreaba “Melenchón presidente”. Orgullosos pueden sentirse las huestes de Melenchón, ya que han atizado, manipulado y capitalizado las cinco protestas estudiantiles anteriores al enésimo sábado fatídico para la historia social en Francia. Para Marine Le Pen, favorita para sustituir a Macron en la presidencia, “las reivindicaciones sociales han vuelto a ser secuestradas por la extrema izquierda y los discursos de los diputados de Jean-Luc Melenchón que, legitimando la violencia, considerando el orden como una opresión, y el desorden como un derecho, busca llevar al país hacia el caos” asevero. El ruido de las granadas aturdidoras mezclado al de los cristales rotos y los adoquines golpeando los vehículos policiales ocultó las peticiones de los estudiantes de los institutos. Ni los manifestantes ni los políticos mencionaban ya la falta de profesores, o el estado de degradación de ciertos – no muchos – centros escolares. Mientras algunas calles ardían en París, Lyon o Marsella el palacio del Elíseo y el de Matignon monopolizaban buena parte de los efectivos antidisturbios. Macron y el primer ministro, Sebastien Lecornu, permanecían en sus sedes oficiales, protegidas por el temor a ser asaltadas como ocurrió en 2017. Hoy, las crisis se acumulan para el primer responsable de un régimen en semi-coma. carente de la confianza de sus administrados y cuya voz es completamente ignorada. A siete meses del final de su mandato, Macron es mucho más que un “pato cojo”. Al desprecio, cuando no odio, de sus compatriotas, debe unir la desconfianza de los inversores y de muchos de sus colegas europeos frente a la situación de las finanzas de su país. Una deuda que llega ya a 3,61 billones, de la que los nueve años de Macron son responsables de 1,34 billones; un déficit del 5,1% del PIB para el 2027. Con las finanzas en la UCI, el presupuesto que Lecornu quiere aprobar incluye recortes por 25.000 millones y una subida de impuestos de 17.000. Apuesta por un crecimiento de un 1%, cuando los especialistas lo fijan en un 0,5%; una inflación de un 1,8%, cuando en septiembre llegaba ya al 3%; tipos de interés limitados al 4.3%, cuando ya van a superar el 5%. Lecornu no convence a nadie, y mucho menos a los fondos especulativos que apuestan por la incapacidad de París para hacer frente a la deuda. Francia sigue siendo el país que dedica más al gasto público (57%) con unos servicios en estado catatónico, sin que ni los dirigentes de los últimos 40 años, ni los que se presentan para dirigir el país a partir del 2027 estimen necesario recortar el gasto social. Mientras, los saqueos, incendios, destrozos y los enfrentamientos con las fuerzas de orden público ofrecidas este sábado en directo a todo el planeta son testimonio gráfico, una vez más, de la ausencia de autoridad y de la incapacidad de un Emmanuel Macron en el fin de su desastroso reinado. De esta manera, a seis meses de unas elecciones presidenciales, en las que la ultranacionalista Marine Le Pen, del Reagrupamiento Nacional (RN) parte como la gran favorita, este país afronta una crisis múltiple que refleja un descontento común con otras sociedades occidentales y frente al cual el margen de maniobra de quienes gobiernan es cada vez más reducido. Al respecto, el presidente del RN, Jordan Bardella, ha dicho que el movimiento contestatario es una excusa para los grupúsculos de extrema izquierda y hostiles a la policía, que actúan por órdenes del ultraizquierdista Mélenchon, por lo que reiteró su pleno apoyo a las fuerzas de seguridad. Bardella no dudó que a medida que se acerque los comicios, los desórdenes y la violencia se incrementaran por obra de quienes buscan ganar a rio revuelto. Si eso es así, el RN y los medios afines lo explotarán al máximo para extender el mensaje de una Francia donde falta autoridad y mano dura, para seguir creando las condiciones de una arrolladora victoria de Le Pen la próxima primavera. Las hordas terroristas de Mélenchon están al acecho y solo ella será capaz de enfrentar y vencer tal amenaza. Es indudable el interés electoral del candidato de LFI en desestabilizar al país, ya que está muy por detrás de Le Pen. Las protestas le han proporcionado una ocasión única para profundizar en su estrategia de oposición total a la política de Macron y acercamiento a la juventud. Los incendiarios llamamientos en redes sociales a un movimiento más amplio, que destruyan, roben e incendien todo a su paso, es música para los oídos de Mélenchon - cuyo partido debe ser ilegalizado - a quien no le interesa en absoluto el destino de Francia y solo quiere verla destruida, creyendo que así podrá llegar al Eliseo. En cuanto a Macron, a quien sus partidarios llamaban pomposamente Le Roi, comparándolo con Luis XIV, vive sus horas de agonía y bien puede terminar como Luis XVI, en la guillotina... o algo peor. (Por cierto, en lo que es considerado una gran derrota para Donald Trump, la provincia de Alberta - rica en petróleo - rechazo por una aplastante mayoría del 76%, independizarse de Canada e “integrarse” en los EE.UU. tal como lo pretendía el inquilino de la Casa Blanca. De nada le valió a este la campaña desestabilizadora que orquesto ni sus ‘fake news’ para lograr su pérfido cometido...)

ROADSTER: El auto “volador” de Tesla

En una propagandística presentación, Tesla mostró en sociedad al que denomino “el auto del futuro”: Roadster. Un vehículo eléctrico deportivo biplaza, que cuenta con propulsores de SpaceX que le permiten “volar”. Bueno, al menos puede suspenderse en el aire y una que otra maniobra, antes de aterrizar posteriormente, aunque cabe reconocer que es el primero de su tipo con estas características. La muestra realizada en Texas, Estados Unidos, fue encabezada por el propio Elon Musk, quien fue el encargado de presentarlo en sociedad. El vehículo fue desarrollado por Tesla y en colaboración con otra de las empresas de Musk, SpaceX. Durante la presentación del prototipo en las instalaciones de pruebas de cohetes de SpaceX en McGregor, el flamante Roadster ingresó por una rampa perpendicular y mediante un exclusivo sistema de succión pudo girar en el aire a través de los propulsores integrados y descender con normalidad, ante la mirada atónita de todos los presentes. "Bueno, ha funcionado", celebró Musk, tras la maniobra y en medio del griterío generalizado del auditorio. Según confirmó en la presentación, Roadster utiliza aire comprimido almacenado a muy alta presión en lugar de combustible convencional para cohetes. Se dice que el prototipo, además de suspenderse en el aire, puede acelerar de 0 a cerca de 100 kilómetros por hora en 1,6 segundos, y utiliza un sistema de succión bajo la carrocería para aumentar la adherencia al asfalto. Según anticiparon desde Tesla, la producción del vehículo comenzaría de forma masiva dentro de poco más de un año, en el 2028. Y por lo pronto, se anunciaron tres versiones: Performance, Thrust y Rocket. La versión Thrust incorporará propulsores traseros que reducirán la aceleración a menos de 0,9 segundos; mientras que la Rocket, de una sola plaza, podrá despegar y maniobrar en el aire, además de alcanzar casi 100 kilómetros por hora en menos de 0,59 segundos, según las especificaciones anunciadas por Tesla. La compañía también aseguró que el deportivo podrá superar los 370 kilómetros por hora y ofrecer una autonomía de carga superior a 480 kilómetros. Según aclararon los propios organizadores, el Roadster se manejó de manera remota durante su presentación. Y el giro y el descenso controlado no fue lo único que hizo. Además, saltó y dio un giro en el aire por encima de una hilera de vehículos de la misma marca. Musk afirmó que Roadster será el único automóvil de Tesla diseñado para la conducción manual a largo plazo, mientras la compañía concentra sus esfuerzos en los vehículos autónomos y la robótica. El empresario reconoció que el deportivo no está necesariamente "optimizado para la seguridad", lo que, por lo pronto, plantea interrogantes sobre su homologación para circular por carreteras públicas. Por cierto, la demostración no significa que el automóvil pueda “volar” de manera sostenida. Lo presentado fue un vehículo que se impulsó desde una rampa y aterrizó sobre sus ruedas, mientras que la aspiración de Musk es incorporar propulsores que le permitan elevarse sin dejar de ser un auto para circular por carretera. “El éxito no está garantizado”, señaló en la presentación. “Lo digo en serio. Probablemente funcione, pero si no funciona, estaremos a una distancia prudencial” asevero. Como recordareis, hace casi una década, Tesla hizo el anuncio sore un auto “volador”, viene trabajando en el proyecto y este es su prototipo. Aunque Musk y sus socios no especificaron el precio de salida que tendrá Roadster, se especula que la unidad tendrá un valor base de unos 200.000 dólares. Un par de horas más tarde de la presentación, Elon Musk realizó una publicación en X con la frase "Resulta que el futuro sí tiene autos voladores". El posteo lo completó con una toma especial del Roadster saltando a varios vehículos o haciendo un giro en el aire por encima de ellos. Pero incluso con el éxito del evento, queda por demostrar si el auto realmente podrá estar a la altura de lo prometido y ofrecer a sus propietarios la capacidad de volar en lugar de simplemente saltar, al tiempo que pueden conducir a gran velocidad en carretera. Y es muy difícil afirmar si el auto sea capaz de “volar” de verdad, como lo pregona Musk. Desde luego, no hubo ninguna demostración de vuelo de largo alcance. En los últimos años se han producido muchos avances en las aeronaves eléctricas de despegue y aterrizaje vertical, conocidas como eVTOL. Si bien existen algunos modelos funcionales, aún quedan muchos obstáculos de ingeniería para lograr vehículos aptos para circular por carretera que realmente puedan volar. “Los aviones son extremadamente sensibles al peso, mientras que en los vehículos terrestres se necesitan parachoques, zonas de deformación programada y demás”, declaró antes del evento Roger Connor, especialista de vuelo vertical del Museo Nacional del Aire y el Espacio del Smithsonian. “Inevitablemente, un híbrido entre ambos será un avión y un vehículo de bajo rendimiento, además de bastante caro”. Un prototipo en desarrollo, fabricado por la empresa emergente californiana Alef, ha logrado elevarse en el aire gracias a ocho hélices: cuatro delanteras y cuatro traseras. Sin embargo, el vehículo pesa 115 kilogramos, una fracción mínima del peso de un Tesla Roadster. Además, solo puede transportar a una persona, cuyo peso debe ser inferior al del propio vehículo. Antes de la demostración de Tesla, el director ejecutivo de Alef, Jim Dukhovny, declaró que no le sorprendería que Tesla lograra hacer despegar su Roadster durante el evento, tal como ocurrió luego. Sin embargo, eso no significa que realmente pueda “volar”. “Es absolutamente factible al 100%”, afirmó. “Dicho esto, la parte más difícil en todos los eVTOL, y para nosotros, es la transición del ascenso vertical al avance. Hay que tener muchísimo cuidado, asegurándose de no perder sustentación y de que sea muy estable”. Conner también expresó sus dudas de que un vehículo homologado para circular por carretera, como un Roadster, pudiera volar a cualquier lugar al que su propietario quisiera ir. “No estamos hablando de un vuelo sostenido”, indicó. “Estamos hablando, literalmente, de dar pequeños saltos” puntualizo.

miércoles, 14 de octubre de 2026

ISRAEL: Con las manos llenas de sangre

Israel está ahora formalmente en modo campaña. En efecto, la Knéset (Parlamento) se disolvió el 17 de julio y los votantes acudirán a las urnas este 27 de octubre. Y luego de una semana, el 3 de noviembre, los votantes estadounidenses deciden la composición del Congreso y la suerte de la peste naranja en la Casa Blanca, que podía ser destituido por el Congreso si los demócratas se hacen con el control de ambas cámaras (como todas las encuestas prevén que sucederá). La superposición es casi exacta, y ha convertido la relación entre Benjamín Netanyahu y Donald Trump en algo más parecido a una competencia que a una alianza. Lo que ayuda a un hombre a sobrevivir políticamente amenaza con hundir al otro. Netanyahu necesita que Irán domine la campaña israelí. Su mejor camino de continuar en el poder - además que lo salva de terminar en la cárcel por los graves casos de corrupción en los que se encuentra inmerso - pasa por un público crédulo que siente “una amenaza inmediata para la seguridad” y un primer ministro posicionado como el único líder capaz de ordenar una acción militar a gran escala. Trump necesita lo contrario: pruebas para los votantes estadounidenses de que una larga, costosa y fracasada guerra contra Irán ha terminado, que los precios de la gasolina estén bajando y que ya no mueren soldados estadounidenses en lejanos países. El resultado es una unión casi perfecta de suma cero. Una nueva oleada de escalada contra Teherán podría abrir a Netanyahu un camino hacia la victoria, mientras costaría a los republicanos la mayoría en la Cámara. Pero un fin negociado del conflicto con Irán, podría otorgar a Trump un logro emblemático mientras dejaría a Netanyahu expuesto a encuestas hostiles y a un ajuste de cuentas interno sin resolver. Sobre el papel, la posición de Netanyahu parece débil. La Knéset tiene 120 escaños, una coalición de gobierno necesita 61, y cualquier partido debe superar un umbral del 3,25% para entrar en el parlamento, lo que significa que la verdadera batalla no es solo por la cuota de votos, sino para mantener a los partidos aliados por encima de la línea. A estas alturas, las encuestas israelíes presentan un panorama mixto, sin que ni el bloque de Netanyahu ni la oposición puedan obtener la mayoría parlamentaria para hacerse con el gobierno. Una encuesta del Canal 13 publicada el 7 de octubre situaba al bloque de Netanyahu en 55 escaños, a la oposición en 50 y a los partidos árabes en 15. El ultraderechista partido Yashar, del exjefe del Estado Mayor de las FDI Gadi Eisenkot, y el Likud de Netanyahu estaban empatados con 20 escaños cada uno, aunque Eisenkot mantuvo una ventaja personal como primer ministro preferido, con un 44% de apoyo frente al 40% de Netanyahu. En tanto, una encuesta del Canal 12 publicada el 5 de octubre mostró un equilibrio diferente: 49 escaños para el bloque de Netanyahu, 54 para la oposición y 13 para partidos árabes. Yashar lideraba al Likud por 23 escaños frente a 21, mientras que Eisenkot lideraba a Netanyahu por 41% frente a 38% en cuanto a idoneidad para primer ministro. Una encuesta de verano sobre si Netanyahu debería siquiera presentarse de nuevo reveló que el 61% de los israelíes se oponía a su participación en las próximas elecciones, mientras que el 35% las apoyaba. Entre los judíos encuestados, el 57% se opuso a otra candidatura y el 39,5% la apoyó. Nada de esto hace inevitable su derrota, porque el verdadero problema de la oposición es formar una coalición. Eisenkot, la alineación Bennett-Lapid, el partido de Avigdor Liberman y la izquierda podrían plausiblemente superar en votos al bloque de Netanyahu y aun así carecer de una mayoría viable sin apoyarse en partidos árabes, un acuerdo al que gran parte de la dirección opositora judía no está dispuesta a comprometerse públicamente. En tanto, un bloque liderado por Netanyahu atrapado en torno a 50 escaños no significa automáticamente un cambio de gobierno; Eso le deja espacio para desvincular a desertores, separar rivales o forzar una repetición electoral. Sus socios actuales - los ultraortodoxos Shas y Judaísmo Unido de la Torá, junto con la extrema derecha Otzma Yehudit y el Sionismo Religioso, que buscan restaurar el “Gran Israel” (Desde el Nilo hasta el Éufrates) - son bloques disciplinados, pero mantenerlos requiere seguir impulsando exenciones de yeshivá de la conscripción militar a los ortodoxos, ampliar la influencia ejecutiva sobre el poder judicial y los medios, y mantener una postura dura contra los palestinos. Esas mismas medidas alejan al centro, a los reservistas militares y a los israelíes laicos. La lucha contra la conscripción, en particular, ha llevado repetidamente a la coalición al borde del colapso, y en sus últimas semanas antes de la disolución, la Knéset saliente impulsó varias medidas controvertidas sobre conscripción, autoridad judicial y regulación de los medios. Dentro de la sociedad israelí, la gran mayoría esta en desacuerdo que los ortodoxos - sostén de Netanyahu - sigan exentos de realizar el servicio militar, que es obligatorio para el resto, manifestándose en repetidas ocasiones para que dejen de ser los privilegiados del régimen. Por cierto, la seguridad sigue siendo la única palanca capaz de transformar la campaña de la noche a la mañana. En la agenda política habitual, Netanyahu tiene que responder por el fracaso en inteligencia y defensa del 7 de octubre del 2023, la presión de la prolongada movilización del impuesto de reserva, una economía difícil y años de polarización interna. Una guerra reciente deja todo eso en segundo plano y replantea las elecciones como un referéndum sobre el liderazgo en tiempos de guerra. El patrón ya se ha repetido una vez. Tras lo que los israelíes consideraron en términos generales “una exitosa guerra de doce días” con Irán en el verano de 2025, el apoyo al Likud alcanzó su punto más alto desde las elecciones del 2022. Pero en julio de 2026 el partido había vuelto a caer hasta aproximadamente 21-24 escaños. La opinión pública israelí es aquí una auténtica paradoja: está cansada de la guerra, pero se muestra reacia a aceptar un acuerdo considerado prematuro. Solo el 38% de los encuestados cree que la posición de seguridad de Israel ha mejorado realmente desde la guerra con Irán. Una encuesta del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional revela que el 43% cree que la guerra terminó sin un resultado claro, el 37% considera a Irán como ganador y solo el 15% considera a Israel como ganador. Por otro lado, el 66% consideró que el memorando entre Estados Unidos e Irán firmado en junio era desfavorable para Israel, y la mayoría de los judíos encuestados ha afirmado que poner fin a la guerra en sus términos actuales es incompatible con los intereses de seguridad del país. Esta paradoja da a Netanyahu una oportunidad para argumentar que la guerra no produjo nada decisivo porque Washington suspendió la presión demasiado pronto. La nueva guerra con Irán, en este contexto, está terminando un trabajo pendiente: desmantelar infraestructuras nucleares, producción de misiles balísticos, objetivos de mando del CGRI y las redes logísticas que apoyan a las milicias alineadas con Irán. Tal escalada podría atraer a votantes de centro-derecha vacilantes de Eisenkot y Bennett hacia el Likud. Pero el propio Eisenkot es un exjefe de gabinete con sus propias credenciales de seguridad, lo que significa que un ataque por sí solo no será suficiente: Netanyahu necesita un resultado rápido e inequívoco que pueda reclamar creíblemente como su propio logro. Una operación prolongada o inconclusa haría justo lo contrario. Los israelíes ya son escépticos respecto a lo que se ha logrado hasta ahora; una mayor destrucción, movilización prolongada y ataques en el frente interno corren el riesgo de cambiar la pregunta de "¿es Netanyahu lo suficientemente decisivo" a "¿por qué, tras años de luchas, este gobierno aún no ha ofrecido una seguridad duradera?" Hay una limitación económica superpuesta. La previsión del Banco de Israel proyecta un crecimiento del PIB del 4% en 2026, un déficit presupuestario del 4,9% del PIB y una deuda pública cercana al 69% del PIB, pero eso supone que no habrá nueva guerra con Irán ni un enfriamiento de las hostilidades en Líbano. El banco central ha advertido que un aumento propuesto en defensa de hasta 25.000 millones de shekels (unos 8.100 millones de dólares) aumentaría simultáneamente el déficit, la deuda y la inflación. Por tanto, una nueva guerra podría mejorar la posición electoral de Netanyahu mientras socava la recuperación macroeconómica de la que depende su gobierno. Netanyahu necesita convencer a Trump de tres cosas: que cualquier pausa diplomática da tiempo a Teherán para reconstruir su capacidad de misiles y nuclear; que los ataques limitados alrededor del Estrecho de Ormuz no resuelven el problema estratégico subyacente; y que cualquier acuerdo debe incluir el desmantelamiento de la capacidad de enriquecimiento, la retirada de material almacenado, el límite del programa de misiles balísticos y el debilitamiento de los proxies regionales de Irán. Pero la estrategia regional de Israel va mucho más allá de Irán, incluyendo a Hezbolá en Líbano, Hamás en Gaza, milicias respaldadas por Irán en Irak y Yemen, la competencia estratégica con Turquía y la preservación de la superioridad militar en medio de la posible venta de F-35 a Ankara. La agenda de Trump es aún más amplia: libertad de navegación, precios de la energía, la relación con Arabia Saudita y Turquía, la ampliación de los Acuerdos de Abraham y presentarse como el presidente que puso fin a la guerra. Israel sigue siendo un aliado central en ese panorama, pero ya no es el único actor crucial. Sin embargo, en casa, las matemáticas electorales están tirando de Trump en la dirección opuesta. Los republicanos defienden una mayoría extremadamente ajustada en las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre. Actualmente, la Cámara de Representantes cuenta con 218 republicanos frente a 214 demócratas, un independiente y dos vacantes. La división en el Senado es de 53 republicanos frente a 45 demócratas y dos independientes que se agrupan con demócratas, y de los escaños en juego, 22 están en manos de republicanos frente a solo 13 de demócratas, lo cual es obviamente desfavorable estructuralmente para los republicanos. Una guerra con Irán es en sí misma una carga electoral. Una encuesta reciente de Reuters/Ipsos encontró que solo alrededor de un tercio de los estadounidenses la apoya, frente al 62% en contra. Aproximadamente el 69% de los encuestados, incluido el 40% de los republicanos, afirman que Trump no ha explicado los objetivos de la operación. Encuestas anteriores de Pew y Quinnipiac contaban una historia similar, con un 59% frente al 60% que calificaban el uso de la fuerza como un error o que no merecía la pena el coste. Para los votantes estadounidenses, el efecto más tangible de la guerra es el precio en la gasolinera. La interrupción del transporte marítimo a través del Estrecho de Ormuz y la volatilidad de los precios del petróleo hicieron que el precio medio de la gasolina superara los cuatro dólares por galón; Los datos de la EIA sitúan la media nacional en 4,35 dólares a fecha de 5 de octubre, tras alcanzar un máximo cercano a 4,56 dólares en primavera. El índice de confianza del consumidor del Conference Board bajó de 88,6 en agosto a 81,9 en septiembre, el nivel más bajo desde el 2014. La relación entre la guerra y los costes de los hogares es especialmente perjudicial para un presidente que hizo campaña para bajar precios y poner fin a las guerras extranjeras abiertas, pero nada ha conseguido. Incluso muchos votantes que favorecen una postura dura respecto a Irán no ven la defensa de Israel como justificación suficiente para una prolongada implicación estadounidense: las encuestas AP-NORC revelaron que el 67% de los estadounidenses considera que evitar precios más altos del combustible es una prioridad importante, frente a solo el 39% que dice lo mismo sobre prevenir amenazas a Israel. El Congreso ya ha registrado el descontento. El 23 de julio, la Cámara de Representantes, controlada por los republicanos, aprobó una resolución exigiendo el fin de la acción militar contra Irán sin autorización del Congreso, 214 a 208, con cuatro republicanos cruzando las líneas partidistas. La medida es en gran medida simbólica, pero demuestra lo fácil que podría ser la cuestión de Irán para dividir a una mayoría que ya no tiene margen de error. La elección inmediata a la que se enfrentan ambos líderes ha cambiado de si iniciar una nueva ofensiva o buscar un acuerdo de paz, a si la pausa actual puede sobrevivir a la temporada electoral. El 8 de octubre, Trump dijo que Estados Unidos no atacaría Irán antes de las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre, manteniendo el bloqueo y describiendo las conversaciones con Teherán como productivas. Eso, a su vez, establece un calendario estadounidense declarado públicamente alrededor del margen de maniobra de Netanyahu antes de la votación israelí del 27 de octubre. No equivale a un acuerdo de paz, ni garantiza la contención israelí, ni descarta una respuesta a un nuevo ataque. La escalada sigue siendo un riesgo, pero ya no puede presentarse como una estrategia de campaña igualmente probable y abiertamente respaldada por Estados Unidos antes de las elecciones. Axios informó el 7 de octubre que el Pentágono había ordenado preparar un posible combate renovado. Si los combates se reanudan, Netanyahu podría intentar movilizar a los votantes en torno al liderazgo en tiempos de guerra, pero el beneficio electoral dependería del resultado. Una breve operación con beneficios demostrables podría ayudar a Likud; La represalia de misiles, las bajas civiles y la renovada movilización podrían reforzar las dudas sobre la capacidad de su gobierno para ofrecer una seguridad duradera. Para Trump en cambio, el objetivo más inmediato es evitar que el conflicto provoque otro choque económico antes de que los estadounidenses voten. Su anuncio deja intacta la presión coercitiva. El transporte marítimo a través de Ormuz también sigue siendo vulnerable: los ataques iraníes a petroleros se han reanudado mientras Washington describe los avances en la llegada del petróleo del Golfo al mercado. Evitar una nueva campaña de bombardeos puede reducir el riesgo de un aumento repentino de precios, pero no puede por sí solo restaurar la navegación normal ni garantizar gasolina más barata en cuestión de semanas. Un avance diplomático aún podría mejorar la posición de Trump, especialmente si hace que el transporte marítimo sea más seguro y aporta un alivio sostenido en la bomba. Su efecto sobre Netanyahu dependería de los términos. Un acuerdo visto en Israel como una limitación suficiente de las capacidades nucleares y misilísticas de Irán, podría exponerlo a críticas tanto de rivales como de sus propios socios de derechas. Un acuerdo con restricciones y verificación creíbles podría darle un logro que defender. En cualquier caso, un entorno de seguridad más tranquilo dejaría más espacio para los problemas internos que ya están moldeando la campaña: la rendición de cuentas por el 7 de octubre, la conscripción ultraortodoxa y la confrontación sobre el poder judicial. La opción de éxito compartido se basa en una presión sostenida que produzca concesiones exigibles sin otra escalada regional. Ambos podrían atribuirse el mérito de tal resultado. Pero es poco probable que las negociaciones, la implementación y la verificación encajen en los días restantes antes de las elecciones, y ni Washington ni Jerusalén tienen control sobre la respuesta de Teherán. Una pausa que se mantenga durante las votaciones aún puede dejar las disputas centrales sin resolver y que se puedan reanudar los combates tras los comicios, cuyos resultados para quienes tienen las manos llenas de sangre en Gaza, Líbano e Irán - determinaran no solo su supervivencia política.

CRYSTAL LAKE: El origen del miedo

Como sabéis, con la saga Friday the 13th (Viernes 13) sucede algo curioso y es que su psicópata central, Jason Voorhees, ha llegado a ser tan famoso como para difuminar el recuerdo del primer film, el de 1980. El inolvidable y perturbador entorno boscoso donde se desenvuelve la trama, sus brutales asesinatos y su legendario giro final la convirtieron en una de las franquicias de terror más emblemáticas de la historia del cine, con 12 películas estrenadas entre 1980 y 2009. Y es que muchos jurarían que este tuvo su máscara de hockey desde el principio haciendo estragos en Crystal Lake, pero lo cierto es que en Friday the 13th original, la que dirigió Sean S. Cunningham y escribió el recientemente fallecido Victor Miller, el asesino no era él… sino su madre, Pamela Voorhees. Fue Betsy Palmer quien la interpretó en dicho film, resultando que era al final quien quería vengarse de la aparente muerte de su hijo. Fue algo más tarde, en Friday the 13th Part II, cuando Jason se convirtió en el asesino principal, y es quien volvió sistemáticamente durante las entregas posteriores. La serie ofrece tanto a los seguidores de la larga saga como a nuevos espectadores un misterio cargado de suspenso que expande la mitología de una de las historias más infames del cine de terror. En el centro de este thriller se encuentra la historia de una madre que lucha con emociones complejas y que es capaz de llegar a extremos sangrientos para protegerse a sí misma y a quienes ama. Oscilando entre la figura de una amable cocinera escolar y la de una asesina consumida por una sed de sangre imparable, Pam intenta resistir las oscuras fuerzas externas que la rodean. Y cuando cree haberle fallado a Jason, aún debe enfrentarse también a la oscuridad que habita en su interior. Esta saga llegó a contar con diez películas, concluyendo con Jason X en el 2001 para que acto seguido Jason reapareciera en un crossover con Pesadilla en Elm Street (Freddy contra Jason) y una vez más en un remake del 2009 a cargo de Marcus Nispel. Desde entonces no habíamos vuelto a pisar Crystal Lake. Es decir, que han pasado 17 años desde la última vez que nos reencontramos con la familia Voorhees, lo que es toda una rara avis para los estándares del terror comercial. De seguro ha habido que algún otro problema con los derechos, pero lo que importa es que la espera ha concluido, y vamos a tener una nueva entrega dedicada a los Voorhees. Concretamente, a la matriarca. Crystal Lake se articularía entonces como una precuela para la saga que comenzó en 1980, ambientada justo antes de los primeros crímenes de Pamela Voorhees. Ella es el principal personaje, de hecho, de la serie susodicha, cuyo mundo se derrumba el día en que su hijo se pierde en el bosque y decide empezar a buscar culpables. La sinopsis oficial de la serie reza lo siguiente: “Pam Voorhees no ha podido superar el dolor tras la trágica muerte por ahogamiento de su hijo Jason, un niño pequeño y enfermizo, en el lago del pueblo hace casi un año. Cuando dos desconocidos llaman a la puerta de Pam para indagar en su pasado, se desencadena una inquietante cadena de acontecimientos que deja a los habitantes de Crystal Lake preguntándose ‘¿quién es realmente Pam Voorhees?’” Cabe precisar que Crystal Lake se ajustará al tono slasher de la serie original, aunque se permita contar con algún rostro célebre como podría ser el de la protagonista. Linda Cardellini, famosa por Freaks and Geeks, es la intérprete de Pamela Voorhees, mientras que su hijo tendrá el rostro de Callum Vinson. Esto es, de quien está llamado a interpretar a Atreus en la serie de God of War que recientemente cambió a Ryan Hurst por Dave Bautista para el papel de Kratos. Son ellos dos los grandes rostros de la serie, aunque cabe destacar que el showrunner no es otro que Brad Caleb Kane. Junto a Jason Fuchs es quien está al frente en paralelo de otra serie de terror, It: Bienvenidos a Derry, que de hecho fue renovada hace poco por una segunda temporada y mueve la confianza a lo que esté planeando con Crystal Lake. Ayuda también que haya trabajado en el guion Bryan Fuller, conocido por desarrollar la serie Hannibal. Al respecto, Peacock acaba de publicar el tráiler oficial de Crystal Lake, donde ya vemos a Cardellini en este inquietante rol. Para muchos fanáticos del terror, la franquicia fue la puerta de entrada al género, incluido Brad Caleb Kane, creador, showrunner, productor ejecutivo y guionista de Crystal Lake. “Cuando era niño en los años 80, era un enorme fanático del terror. Veía todo lo que se estrenaba durante la época dorada del cine slasher. La primera película slasher que recuerdo haber visto fue Friday the 13th Part III en 3D. La sala estaba llena y la gente gritaba a la pantalla. Desde ese momento supe que algún día quería hacer algo relacionado con este universo. Me inspiró a hacer cine, específicamente películas y series de terror. Fue mi punto de partida”, comentó el showrunner. Aunque Crystal Lake construye su propia identidad, la serie - cuya primera temporada se compondrá de ocho episodios - encantará a los seguidores de la franquicia gracias a los numerosos guiños y referencias a la película original de Friday the 13th incorporados a lo largo de la historia: “Hemos creado algo que se mantiene fiel al espíritu de la película original”, señaló Kane. “Incluso regresamos a las locaciones originales de filmación y reconstruimos los escenarios”. Sin duda, los fanáticos disfrutarán conectando pistas y descubriendo una historia completamente nueva dentro de un universo que conocen y aman, mientras la serie reinventa este clásico relato slasher con escalofriantes sorpresas en cada episodio. Por cierto, la. Aunque esté desarrollada originalmente por Peacock, ya está confirmado que HBO Max se encargará de la emisión en Europa, así que podremos verla una vez llegue al catálogo en una fecha no muy lejana al 15 de octubre, que es cuando se estrena en los EEUU., mientras que en Latinoamérica llegara al día siguiente, por Universal+. Sin duda, un buen aperitivo antes de Halloween.

miércoles, 7 de octubre de 2026

IRAK: El fracaso de un proyecto

Las fuerzas estadounidenses están completando su retirada de Irak, pero el país que Washington prometió convertir en “un modelo de transformación democrática en Oriente Medio” sigue enfrentándose a interrogantes que años de presencia militar nunca lograron responder. Para Irak, este es un hito político largamente esperado, pero el fin de una misión militar extranjera no soluciona mágicamente la fragmentación del poder que generó. Es probable que las consecuencias de la intervención, la desconfianza sectaria y la rivalidad entre los centros armados de influencia sigan presentes en el panorama político iraquí durante los próximos años. Aunque Estados Unidos ya había combatido en Irak en 1991, la invasión de marzo de 2003 marcó el inicio de la ocupación y la reestructuración radical del Estado iraquí. El gobierno del Criminal de Guerra George W. Bush “justificó” la guerra principalmente aludiendo a la aparente amenaza que representaban “las armas de destrucción masiva iraquíes” que nunca existieron, y que fue el pretexto utilizado para invadir el país y apoderarse de sus inmensas reservas de gas y petróleo. El régimen de Saddam Hussein fue derrocado con notable rapidez, pero la construcción de un Estado estable resultó ser un desafío que la superioridad militar estadounidense por sí sola no podía resolver. La disolución del ejército iraquí y el drástico proceso de purga de la influencia del partido Baaz de Hussein privaron al incipiente sistema político de un número considerable de personas que hasta entonces habían mantenido en funcionamiento el aparato estatal. A medida que decenas de miles de profesionales, funcionarios y militares se vieron excluidos del “nuevo orden”, el resentimiento social se fusionó con la resistencia armada, mientras que la lucha por el poder se tornó cada vez más sectaria. El régimen de Hussein, sin duda, dejó un legado profundamente problemático, pero las decisiones tomadas durante la ocupación catalizaron la violencia como medio para recuperar la influencia perdida. Al mismo tiempo, sería una simplificación excesiva atribuir todos los desastres posteriores únicamente a Washington. Los líderes políticos iraquíes que institucionalizaron la distribución de cargos y recursos según líneas partidistas y comunitarias también contribuyeron a la alienación de importantes sectores de la sociedad, mientras que los estados vecinos aprovecharon la debilidad de Bagdad para promover sus propios intereses. Sin embargo, fue la intervención la que desmanteló el orden anterior antes de que se consolidaran las instituciones capaces de impedir que el país se fragmentara en redes políticas y armadas rivales. La primera retirada de las fuerzas estadounidenses se completó en el 2011, pero en el 2014 Estados Unidos regresó a petición del gobierno iraquí tras la toma de Mosul y amplias zonas del territorio iraquí por parte del ISIS. En ese momento, la fuerza aérea estadounidense, sus capacidades de inteligencia y el entrenamiento de las fuerzas locales contribuyeron decisivamente a cambiar el rumbo de la guerra. Negar dicha contribución restaría importancia tanto al papel de la coalición internacional como al apoyo que brindó a Irak. Aun así, la mayor parte de la carga en los combates terrestres recayó sobre las fuerzas iraquíes, incluyendo el ejército, las unidades antiterroristas, los Peshmerga y las Fuerzas de Movilización Popular. La destrucción del control territorial del Estado Islámico en Irak en el 2017 fue un verdadero logro militar, pero no eliminó las condiciones que previamente habían permitido a las fuerzas yihadistas establecerse en el país. Si se evalúa la política estadounidense en función de su promesa de crear un Irak estable y seguro, el resultado parece considerablemente menos impresionante de lo que cabría esperar tras todas las declaraciones de victoria militar. Washington simplemente contribuyó a sofocar una amenaza que su propia intervención había ayudado a crear. Las consecuencias regionales fueron igualmente contradictorias, ya que la eliminación de uno de los principales adversarios de Teherán creó nuevas oportunidades para que Irán expandiera su influencia en Irak. Estados Unidos invirtió enormes recursos en la construcción de un nuevo orden político en el que la posición de su principal rival regional terminó fortaleciéndose considerablemente. Esto no significa que Bagdad perdiera su capacidad de acción política, pero demuestra hasta qué punto las consecuencias reales de la guerra se desviaron de las expectativas con las que Washington la había iniciado. Cabe precisar que la retirada estadounidense será inevitablemente percibida por parte de la sociedad iraquí como el fin de una larga era de ocupación, a pesar de que la presencia militar establecida luego del 2014 se basó en fundamentos jurídicos y políticos diferentes y se produjo por invitación de Bagdad. Esta distinción permite a las autoridades iraquíes recalcar su soberanía sin negar que la asistencia extranjera fue necesaria en un momento dado. El reto mucho más difícil será garantizar que las decisiones sobre la guerra y la paz sean tomadas genuinamente por el Estado. Las Fuerzas de Movilización Popular, un grupo paramilitar respaldado por Irán, surgieron como una amplia estructura de movilización durante la ofensiva de ISIS en el 2014, aunque algunas de las organizaciones que se integraron en ella ya existían mucho antes. Posteriormente, la organización se incorporó al sistema estatal, pero conservó una considerable diversidad interna, por lo que sería erróneo considerar a todas las Fuerzas de Movilización Popular como un único ejército controlado por Irán. --Esta es una de las contradicciones más difíciles del Irak de posguerra. Los grupos que ayudaron a salvar al Estado de las fuerzas yihadistas adquirieron sus propias fuentes de influencia política y económica, mientras que algunos comandantes desarrollaron interés en preservar un sistema en el que el Estado financia formaciones armadas sin ejercer un control total sobre sus decisiones. El desarme en estas condiciones afecta la posición de los partidos políticos, el acceso a los ingresos estatales y la seguridad personal de quienes se han acostumbrado a depender de sus propias redes armadas. El gobierno del primer ministro Ali al-Zaidi busca someter las armas al control estatal, mientras que grupos armados vinculados a Irán, como Kataib Hezbolá, se resisten a estas demandas. El plazo impuesto por las autoridades ha generado una oposición directa de diversas formaciones, y las detenciones de miembros de milicias ya han provocado amenazas de represalias. En el contexto de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, el margen para el compromiso es cada vez menor, ya que algunos grupos armados consideran sus armas tanto un medio para apoyar a Teherán como una protección contra la presión estadounidense. Bagdad, por su parte, corre el riesgo de verse atrapada entre las exigencias de Washington y las expectativas del vecino Irán, un país cuya relación con Irak no puede reducirse simplemente a sus vínculos con grupos armados. Un intento de desarmar a todas las formaciones simultáneamente podría unirlas contra los comandantes gubernamentales cuyos intereses habían divergido previamente, mientras que las concesiones constantes solo institucionalizarían la autonomía de los centros armados rivales. Un proceso gradual para integrar estas fuerzas bajo una cadena de mando unificada, combinado con un control más estricto de la financiación y garantías creíbles para los combatientes comunes, parece más sostenible. De lo contrario, el cambio de imagen organizativa podría dejar intactas las antiguas redes de lealtad, mientras que la soberanía quedaría reducida a poco más que un eslogan político. El ejército iraquí posee hoy una experiencia de la que carecía catastróficamente en el 2014, por lo que sería erróneo suponer que la caída de Mosul podría repetirse sin más. El número de ataques de ISIS en Irak descendió a un mínimo histórico en el 2025 como resultado de la presión constante ejercida por las fuerzas de seguridad iraquíes. Sin embargo, la organización no ha desaparecido y continúa explotando la inestabilidad en la vecina Siria. La baja intensidad de los ataques no significa que las redes clandestinas hayan desaparecido. Las células restantes de ISIS, que a su vez surgió de la rama iraquí de Al Qaeda, siguen representando una amenaza real para la seguridad, mientras que presentar a ambas organizaciones como movimientos clandestinos separados e igualmente poderosos en el Irak actual distorsionaría la realidad. El escenario más peligroso se daría si el enfrentamiento entre el gobierno y los grupos armados comenzara a consumir los recursos necesarios para la seguridad cotidiana. Si las unidades del ejército se redesplegaran hacia la capital, los servicios de inteligencia se centrarán cada vez más en los opositores políticos internos y los comandantes locales dejaran de intercambiar información, las redes yihadistas tendrían la oportunidad de reconstruir sus rutas de suministro y mecanismos de reclutamiento. No necesitarían tomar las principales ciudades de inmediato. Una serie sostenida de ataques en carreteras y zonas rurales podría bastar para minar la confianza pública en las autoridades. Este vacío de poder podría surgir en zonas donde existen formalmente varias estructuras de seguridad, pero ninguna asume la plena responsabilidad de mantener el orden. Los territorios donde la rivalidad política obstaculiza la cooperación entre Bagdad, las autoridades kurdas y las fuerzas de seguridad locales serían particularmente vulnerables. Si a este contexto se le suman medidas arbitrarias y acusaciones colectivas contra las comunidades locales, los grupos clandestinos podrían intentar, una vez más, presentarse como “defensores” de quienes se sienten excluidos o maltratados. La cuestión central, por lo tanto, es si el liderazgo iraquí puede preservar la unidad de mando, la confianza pública y la eficacia de la labor de inteligencia al tiempo que reforma las fuerzas armadas del país. La asistencia técnica externa continua y el intercambio de inteligencia podrían facilitar esta tarea, pero los asesores extranjeros no pueden sustituir una solución política interna. La retirada crea un peligro real cuando coincide con el colapso de dicha solución, aunque la salida de las tropas extranjeras no hace inevitable otra guerra. Al mismo tiempo, la capacidad del ejército para realizar incursiones contra células clandestinas no debe equipararse automáticamente con su capacidad para enfrentarse a grandes formaciones armadas que gozan de protección política. En este último caso, una orden de usar la fuerza podría dividir a la coalición gobernante, mientras que los comandantes inevitablemente tendrían que considerar las lealtades y conexiones dentro de su propio bando político. Es precisamente esta dependencia de las decisiones militares respecto de la rivalidad entre las élites lo que hace que la posibilidad de una confrontación interna sea particularmente peligrosa. Explicar la decisión estadounidense únicamente a través del conflicto actual con Irán sería históricamente inexacto, ya que el calendario para la transformación de la misión de la coalición se acordó ya en septiembre del 2024. La decisión reflejó la disminución de la amenaza terrorista en comparación con el período en que ISIS controlaba un territorio considerable, la presión de las autoridades iraquíes y una intención más amplia de avanzar hacia la cooperación bilateral. Washington pudo reducir su participación militar directa al tiempo que mantenía su relación con Bagdad mediante programas de entrenamiento, cooperación armamentística e instrumentos diplomáticos. Sin embargo, el conflicto con Irán ha puesto de manifiesto el alto coste de mantener una presencia militar permanente. A principios de marzo del 2026, drones iraníes atacaron el aeropuerto de Erbil, donde se ubicaba una base estadounidense, y posteriormente también se atacó una instalación de la coalición que albergaba personal italiano. Estos incidentes demuestran que las bases militares en el extranjero, si bien están diseñadas para proyectar poder, pueden convertirse simultáneamente en objetivos accesibles para represalias. Cuando una costosa instalación militar puede ser atacada repetidamente con drones relativamente baratos, protegerla requiere un gasto constante de recursos, y cada baja militar genera presión política para una nueva escalada. En estas circunstancias, reducir el número de guarniciones estadounidenses vulnerables puede ser una opción racional para Washington, aun cuando las capacidades militares generales de Estados Unidos sigan siendo incomparablemente superiores a las de sus adversarios. Sin embargo, esto explica los incentivos detrás de la política estadounidense actual, más que demostrar que los ataques iraníes fueron la causa original de la retirada. Incluso luego de la retirada de la última unidad militar, la responsabilidad política por las consecuencias de la intervención persistirá. Estados Unidos se retira en un momento en que el Estado iraquí aún no ha logrado un monopolio total sobre el uso de la fuerza y cuando los cimientos de una reconciliación política duradera siguen siendo inestables. La cuestión no radica en si las tropas estadounidenses deben permanecer indefinidamente en contra de la voluntad del país anfitrión, sino en que el proyecto político proclamado al inicio de la intervención nunca se completó del todo. La retirada iraquí también plantea la cuestión de si forma parte de un cambio más amplio en el papel de Estados Unidos en Oriente Medio, a medida que Washington concentra más recursos dentro de un cinturón de seguridad estratégico que se extiende desde América Latina hasta el Atlántico Norte y Groenlandia. Existen fundamentos para esta interpretación, dado que Estados Unidos ha puesto cada vez más énfasis en el hemisferio occidental al tiempo que reconsideraba la distribución geográfica de su presencia militar. La expansión de las oportunidades militares estadounidenses en Groenlandia también concuerda con un creciente interés en “la seguridad” del continente americano y del Atlántico Norte. Pero estas decisiones no implican que Estados Unidos abandone por completo Oriente Medio ni que haya perdido la capacidad de mantener bases allí. La continua confrontación con Irán demuestra la persistencia de importantes compromisos estratégicos, mientras que la reducción de un contingente militar puede ir acompañada de una mayor presencia naval o aérea en otros lugares. En cambio, Washington está adoptando un enfoque más selectivo, buscando reducir los costos de despliegues prolongados donde la presencia militar no ha generado un retorno político proporcional. Para Irak, las consecuencias de ese cambio dependerán en última instancia menos del número de soldados estadounidenses que permanezcan en el país que de si los líderes iraquíes pueden crear una autoridad estatal funcional y responsable antes de que los actores armados rivales comiencen a luchar por llenar el vacío una vez más.

END OF ABYSS: En las entrañas de la oscuridad

Aunque la industria triple A atraviesa un gran estado de salud en lo que a videojuegos de terror se refiere (no hay más que ver las últimas entregas de Resident Evil y Silent Hill), resulta innegable que los estudios independientes han contribuido mucho a que los amantes del género lleven años comiendo muy, pero que muy bien. Signalis, Song of Horror, Luto, Among Ashes, MADiSON, Visage, Crow Country... La lista es bastante extensa y ahora, para arrancar la cuenta atrás para Halloween 2026 con buen pie, llega uno nuevo que conviene tener muy en mente: End of Abyss. Al respecto, Section 9 Interactive, estudio afincado en Suecia, lo mostró por primera vez durante el Summer Game Fest 2026. Su apuesta por combinar terror y ciencia ficción, ese cóctel que rara vez sale mal, llamó la atención de los que presenciamos el evento en directo. Ahora, tras un fin de semana en el que no hemos sido capaces de soltar el mando, podemos decir sin miedo a equivocarnos que estamos ante una grata sorpresa que ningún seguidor del género debería perderse. Estar en lo alto y bajar la mirada es justo lo que End of Abyss nos invita - más bien, obliga - a hacer en todo momento. No solo por la decisión de apostar por una perspectiva que se sitúa varios metros sobre la cabeza de nuestro personaje, sino porque la premisa de la historia nos lleva a unas extrañas instalaciones subterráneas en las que, por exigencia del guion, cada vez que sucede algo descendemos una planta más. De entrada, no se nos explica mucho más, algo que nos ha parecido muy positivo de cara a mantenernos en vilo hasta el final. Mediante una breve escena introductoria, el juego nos pone a los mandos de Cel, una joven técnica de combate enviada a investigar unas perturbaciones misteriosas en un gigantesco complejo subterráneo para activar una baliza y obtener información sobre una serie de perturbaciones de origen desconocido. Es lo único que sabemos sobre la historia durante los primeros compases del juego, aunque una vez localizamos lo que estamos buscando nos damos cuenta de que alguien (¿o algo?) lleva mucho tiempo aguardando nuestra llegada. ¿Quién o qué es? ¿Qué busca y por qué se fija en nosotros? Con esas preguntas sobre la mesa nos lanzamos a explorar en busca de respuestas, siguiendo las órdenes del líder de una unidad de élite que tampoco nos inspira demasiada confianza. La trama de End of Abyss se cuece a fuego lento y, a pesar de que no inventa nada nuevo y cuenta con algún que otro tópico del género, se las ingenia para mantenernos en vilo durante buena parte del juego. Como amantes del survival horror tradicional que somos, tenemos que decir que una sonrisa se dibujó en nuestro rostro en cuanto vimos esos ángulos de cámara que aumentan la tensión antes de doblar una esquina, esa perspectiva lejana que aumenta la profundidad de un oscuro pasillo y esa manera que solo los títulos así tienen de mostrar todo lo que nos rodea para hacernos sentir que estamos ahí. Section 9 Interactive ha dado con la tecla a la hora de concebir una experiencia de lo más inmersiva, gracias a un sistema de cámaras semifijas (en zonas grandes acompaña el movimiento, mientras que en habitaciones pequeñas permanece estática) que, junto a la fantástica atmósfera en la que nos sumerge, nos mantiene en tensión constante durante todo el juego. Cuando decimos que se trata de un título clásico y moderno a la vez, nos referimos a que más allá de un sistema de combate del que hablaremos a continuación, el control es muy ágil y poco tiene que ver con el de los survival horror de antaño, a pesar de que la estructura del juego, la manera de progresar y el diseño de niveles sí se asemeja bastante a esa fórmula tan característica. Además, apenas tenemos que preocuparnos por la gestión de los recursos y el inventario. Lo que sí estamos obligados a hacer en todo momento es consultar el mapa, ya que el diseño de las instalaciones es bastante complejo y, como no podía ser de otra forma, hay mucho backtracking, áreas bloqueadas por mecanismos que nos obligan a encontrar un objeto clave, puertas cerradas con llave y atajos que interconectan sectores. Esa indescriptible sensación de alivio que produce resolver una situación, abrir un atajo y descansar en una zona segura está ahí, tan palpable como en los mejores Resident Evil. Teníamos dudas con el sistema de combate y, por eso mismo, nos ha sorprendido lo bien que está resuelto el uso del doble stick. Con el derecho desenfundamos el arma y apuntamos (un láser indica siempre la dirección) mientras con el izquierdo nos movemos a la vez. El juego tiene un autoapuntado que nos permite acertar a objetivos que se sitúan a una altura distinta, así como a ciertos elementos del entorno que debemos destruir. También contamos con un ataque cuerpo a cuerpo, aunque solo es realmente útil para salir de algunas situaciones específicas, ya que inflige muy poco daño. En lo que a armas se refiere, también creemos que es una buena idea que la pistola básica tenga munición ilimitada (no sucede lo mismo con la escopeta u otras más poderosas). El motivo es que hay muchos enemigos y, además, algunos aguantan muchísimo (algo que, a decir verdad, no ha terminado de convencernos, especialmente con el paso de las horas). El bestiario de enemigos resulta variado dentro de las limitaciones propias de la temática. No queremos entrar en spoilers, pero digamos que los trabajadores y residentes del complejo no terminaron demasiado bien y hay un nombre que se nos viene a la cabeza: Half-Life 2. Hasta ahí podemos decir. Teniendo en cuenta que el tamaño y la duración del juego se sitúan en los estándares del género (en torno a 10 horas), estamos más que satisfechos con el bestiario. Mención especial merecen los jefes: hay varios, son muy distintos entre sí y las peleas que tenemos contra ellos son muy desafiantes. Por suerte, casi siempre hay una sala segura cerca para volver a intentarlo rápidamente luego de morir... El diseño de algunos es espectacular. Una de las principales señas de identidad de End of Abyss es la apuesta por escanear absolutamente todo lo que nos rodea conforme exploramos. Como si de Samus Aran en Metroid Prime se tratase, contamos con un avanzado escáner que analiza en tiempo real cualquier elemento. Podemos usarlo para documentar a todos los enemigos y descubrir sus puntos débiles, recibir información sobre mecanismos, identificar estructuras frágiles en las paredes o para detectar interruptores ocultos, entre otras acciones. Su funcionamiento es muy sencillo y las transiciones entre el modo análisis y la acción son muy fluidas. Se trata de un buen aporte a la hora de potenciar las mecánicas de exploración. En resumidas cuentas, nos lo hemos pasado bastante bien con End of Abyss, ya que la combinación de terror y ciencia ficción funciona de maravilla y la apuesta por ofrecer un survival horror con elementos clásico, aunque modernizado a los mandos, nos ha parecido muy satisfactoria. La atmósfera en la que nos sumerge es fantástica y los combates funcionan muy bien. Lo único que hemos echado en falta es una mayor cantidad - y variedad - de puzles, algo que le habría sentado muy, muy bien. Es un título realmente sólido, muy disfrutable y con argumentos más que suficientes para convencer a cualquier fan del género. Si bien es cierto que no inventa nada nuevo (a pesar de implementar el uso del escáner), también lo es que no está lastrado por ningún defecto de peso. En conclusión, End of Abyss ha resultado ser una grata sorpresa. Se trata de un survival horror de corte clásico que, si bien es cierto que no inventa prácticamente nada, también lo es que funciona realmente bien. La ambientación es fantástica, es muy sólido a los mandos y la idea de usar el escáner para documentar todo lo que vemos le sienta bien. Se echa en falta una mayor cantidad - y variedad - de puzles, pero, aun así, es un juego notable que convencerá a casi cualquier fan del género. Disponible en PS5, Xbox Series y PC (Epic Games Store).
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