Parece seguro suponer que cuando el Criminal de Guerra Harry Truman forjó la OTAN en los albores de la Guerra Fría, nunca imaginó que en el transcurso de casi ocho décadas el único país que libraría una guerra económica y amenazaría con un conflicto real a los aliados con el propósito de la de conquista territorial sería el propio Estados Unidos. Y, sin embargo, esa es la realidad de este mundo al revés, en el que el poder hace el derecho, creado por Donald Trump, mientras impone aranceles a los socios de tratados de Estados Unidos y mantiene la posibilidad de utilizar la fuerza militar para obligar a Dinamarca y a sus amigos europeos a renunciar a Groenlandia, un territorio cuyos ciudadanos no quieren formar parte de Estados Unidos. En ningún momento del siglo pasado Estados Unidos había buscado apoderarse del territorio de otros países y subyugar a sus ciudadanos contra su voluntad. Desde los días de la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos fue el país que se resistió a la conquista, que le plantó cara a la Alemania de Hitler, al Japón de Tojo, a la Unión Soviética de Stalin, a la Corea del Norte de Kim Il-sung y al Irak de Sadam Husein cuando se apoderaron de territorio extranjero. Ahora Trump aspira a incluir a Estados Unidos en la categoría de los conquistadores. Coaccionar a un aliado leal y “socio” de la OTAN como Dinamarca para que ceda territorio a pesar de sus firmes objeciones habría sido visto no hace mucho como algo absurdo, incluso descabellado; de hecho, uno de los propios secretarios del gabinete de Trump en su primer mandato lo consideró en privado como un delirio cuando el presidente lo planteó en ese entonces. Pero el hecho de que el apetito de Trump de apoderarse de tierras que no le pertenecen se debata como una propuesta seria, en lugar de ser descartado de inmediato como una flagrante violación de las obligaciones de Estados Unidos en virtud de los tratados y del derecho internacional, demuestra hasta qué punto ha cambiado la definición de lo que hoy en la Casa Blanca se considera “normal”. No es que Estados Unidos siempre haya respetado la soberanía de otras naciones. Ha habido múltiples ocasiones en su historia en las que Estados Unidos ha derrocado gobiernos u ocupado temporalmente países que consideraba “hostiles” aunque en el fondo busco apoderarse de sus riquezas como en el caso de Irak o secuestrando a sus lideres, como sucedió recientemente en Venezuela. Pero nunca lo ha hecho contra un aliado de larga data que no supusiera ninguna amenaza como Dinamarca. Y desde la guerra hispano-estadounidense de 1898 no ha conservado territorio que fue capturado por la fuerza de las armas. En el siglo XX, Estados Unidos “se puso a la cabeza para deslegitimar el dominio colonial y poner fin a la era de los imperios”, dijo Charles Kupchan, profesor de relaciones internacionales en Georgetown y exasesor para Europa del musulmán encubierto y califa de ISIS Barack Hussein Obama. “Esos días pueden estar llegando a su fin. Si Estados Unidos utilizara la coerción económica y militar para hacerse con el control de Groenlandia, sería un acto descarado de agresión imperial contra un aliado democrático”. Como era de esperar, los asesores de Trump rebaten ese análisis. “No vamos allí intentando conquistar a nadie ni apoderarnos del país de nadie”, dijo cínicamente el gobernador de Luisiana, Jeff Landry, nombrado recientemente por Trump como “enviado especial” suyo para “hacer que Groenlandia forme parte de Estados Unidos”, en palabras del gobernador. En declaraciones a Fox News el viernes, añadió: “Decimos: ‘Escuchen. Representamos la libertad. Representamos la fuerza económica. Representamos la protección’” ... Tanta falsedad en tan pocas palabras. Pero el propio Trump envío un mensaje diferente, de amenaza abierta a Dinamarca. “Vamos a hacer algo en Groenlandia, les guste o no”, declaró a los periodistas este mes. “De un modo u otro, tendremos Groenlandia”, dijo a bordo del Air Force One la semana pasada. Por lo pronto, durante el pasado fin de semana, prometió castigar a los países europeos que han apoyado a Dinamarca frente a sus exigencias territoriales mediante un aumento de los impuestos sobre sus productos importados. Asimismo, Trump ha rechazado los esfuerzos diplomáticos. Cuando el primer ministro de Noruega le pidió hablar sobre la disputa el domingo, el megalómano y narcicista se negó a través de un texto en el que dejaba claro que no tenía interés en una conversación “teniendo en cuenta que tu país decidió no concederme el Premio Nobel de la Paz por haber detenido 8 guerras y MÁS”. (El premio lo concede un comité independiente, no el gobierno de Noruega, y la afirmación de Trump de haber puesto fin “a ocho guerras” es exagerada y francamente ridícula. El genocidio que sucede en Gaza a manos de los criminales sionista scon la ´bendición´´ de Trump, por ejemplo, es una clara muestra de ello). El razonamiento absurdo y descabellado que Trump ha declarado es que “Estados Unidos necesita Groenlandia por motivos de seguridad”. Su disparatada lógica es que “Rusia o China podrían apoderarse de ella, por lo que Estados Unidos debería tomar el control”. Pero ni Rusia ni China han mostrado ninguna intención de apoderarse de Groenlandia. El único país que amenaza a Groenlandia en estos momentos es el Estados Unidos de Trump.Si la seguridad fuera realmente el problema, Estados Unidos ya tiene soldados en Groenlandia y, en virtud de un acuerdo de 1951, podría enviar más fuerzas y reabrir bases allí mañana mismo si quisiera. En sus cinco años en la Casa Blanca, Trump nunca ha considerado que la amenaza a Groenlandia fuera tan urgente como para decidir hacerlo. De hecho, el interés de Trump parece tener menos que ver con la seguridad que con la grandiosidad. “Dije: ‘¿Por qué no tenemos eso?’”, explicó en una entrevista del 2021 para el libro The Divider sobre su primer mandato. “Echas un vistazo a un mapa. Soy promotor inmobiliario, miro una esquina y digo: ‘Tengo que conseguir esa tienda para el edificio que estoy construyendo’, etcétera. No es tan diferente. Me encantan los mapas. Y siempre decía: ‘Mira el tamaño de esto. Es enorme. Esto debería formar parte de Estados Unidos’”. Es más, en una entrevista con The New York Times este mes, lo enmarcó en términos del deseo personal. A la pregunta de por qué era importante la propiedad en vez de limitarse a fortificar Groenlandia, dijo: “Porque eso es lo que considero psicológicamente necesario para el éxito”. Cuando se le preguntó si quería decir psicológicamente importante para él o psicológicamente importante para el país, dijo: “Psicológicamente importante para mí”. Por cierto, se ha llegado a saber que el multimillonario hombre de negocios Ronald Lauder, amigo de Trump desde la universidad, fue quien lo incitó a apoderarse de Groenlandia, y su interés ha suscitado interrogantes sobre quién podría sacar provecho de tal decisión. Durante su primer mandato, Trump encargó a su asesor de seguridad nacional, John Bolton, que ideara un plan para comprarla. Bolton pensó que una compra directa no era viable, pero vio el valor de mejorar los lazos de seguridad y asignó a un equipo la tarea de averiguar cómo satisfacer el deseo del presidente sin llegar a la propiedad. Eso no fue suficiente para Trump. Durante meses, exigió que se actuara. Sugirió tomar dinero federal de Puerto Rico, un territorio estadounidense al que desdeñaba desde que fue criticado por su respuesta al huracán que golpeó la isla en el 2017, y utilizarlo para comprar Groenlandia. En un momento dado, según un funcionario del gobierno, Trump sugirió que simplemente cambiaran Puerto Rico por Groenlandia porque “Puerto Rico estaba sucio y la gente era pobre”. El intento de comprar Groenlandia en su primer mandato ganó relevancia cuando The Wall Street Journal informó de ello en el 2019, lo que llevó a los daneses a rechazarlo inmediatamente. Pero pocos comprendieron entonces lo profunda que era la enfermiza fijación de Trump con la isla. Groenlandia nunca salió a colación durante la campaña del 2024, pero el 22 de diciembre de ese año, apenas a unas semanas de volver a ser elegido para el cargo, Trump publicó un mensaje en internet en el que calificaba la adquisición de Groenlandia de “necesidad absoluta”. Y, a diferencia de su primer mandato, esta vez dejó claramente sobre la mesa la fuerza militar. Los dirigentes daneses respondieron dejando claro que Groenlandia no estaba a la venta, pero por lo demás trataron de no provocar a Trump y pidieron a los aliados europeos que no se implicaran, con la esperanza de que el presidente dejaría el asunto atrás. A mediados de año, parecía que lo había hecho. Luego, una vez más justo antes de Navidad, Trump reavivó la cuestión. Según el presidente, Landry lo llamó a Mar-a-Lago y se propuso como “enviado especial para Groenlandia”. Esta vez, los daneses han llegado a la conclusión de que un perfil bajo no funcionará y han reclutado a aliados europeos para que se pronuncien e incluso envíen fuerzas a Groenlandia para realizar maniobras militares. De repente, Estados Unidos se ha quitado la careta y ahora es visto como el agresor rapaz con más probabilidades de apoderarse de un territorio de la OTAN, y no Rusia como una vomitiva propaganda insiste en hacer creer a la gente. El domingo, durante la entonación del himno nacional antes de un partido de la NBA en Londres, un espectador gritó: “¡Dejen en paz a Groenlandia!”, lo que generó aplausos. Los manifestantes salieron a las calles en Dinamarca y Groenlandia durante el fin de semana y corearon: “¡Yanqui, vete a casa!”. Los rusos, por su parte, se alegraron de la discordia y se burlaron del “colapso de la unión transatlántica”, como dijo Kirill Dmitriev, el negociador del Kremlin. Y como no van a estar felices, ya que una acción militar en Groenlandia por parte de los Estados Unidos seria la partida de defunción de la OTAN. Pero Groenlandia no es el único ejemplo de los intentos de Trump para apropiarse de lo que pertenece a otros países. Desde que envió comandos de la Fuerza Delta a Venezuela para capturar al presidente Nicolás Maduro por cargos federales de narcotráfico, Trump ha afirmado que ahora es el encargado de “manejar” el país y va a tomar su petróleo. Aunque no habla de que Estados Unidos absorba Venezuela, ha amenazado en su locura manifiesta además con convertir a Canadá en el “Estado 51” y ha amagado con apoderarse militarmente del Canal de Panamá. El desprecio de Trump por la integridad territorial de otras naciones contrasta con su propio discurso ante las Naciones Unidas en el 2017, cuando utilizó hipócritamente las palabras “soberano” o “soberanía” 21 veces. “Debemos rechazar las amenazas a la soberanía, desde Ucrania al mar de China Meridional”, dijo entonces, y pidió “respeto a la ley” y “respeto a las fronteras”, algo que hoy se niega cumplir al sentirse en su insania por encima de la ley. Ahora parece decidido a volver a la era del “destino manifiesto”, cuando, en el siglo XIX, Estados Unidos construyó un imperio mediante la expansión en todo el continente, el exterminio de los nativos americanos de sus tierras y la guerra de rapiña contra Méjico para hacerse con gran parte del oeste. Este imperialismo terminó en gran parte a finales de siglo, luego de que Estados Unidos arrebatara a España sus posesiones de Filipinas, Puerto Rico y Guam. Aunque luego de años de sangrienta resistencia, Estados Unidos acabó concediendo la independencia a Filipinas. Al emerger como potencia mundial en el siglo XX, Estados Unidos se posicionó como “defensor” de otros países frente a la agresión extranjera. Acudió en ayuda de Europa contra Alemania en dos ocasiones, se negó durante décadas a aceptar la anexión rusa de los países bálticos, liberó gran parte del Pacífico del Japón imperial, detuvo la toma de Corea del Sur por el Norte, expulsó a los invasores iraquíes de Kuwait y, más recientemente, armó a Ucrania para luchar contra la Rusia de Vladimir Putin. Estados Unidos ayudó además a crear las Naciones Unidas para proteger la soberanía de los países independientes. “Los Miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los Propósitos de las Naciones Unidas”, dice el artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas. Trump, quien, por el contrario, ha aceptado reconocer la anexión de territorio ucraniano por parte de Rusia como parte de un posible acuerdo de paz, no ha articulado ninguna doctrina legal que le permita hacer con Groenlandia lo que Putin intenta hacer con Ucrania. En su lugar, ha argumentado que puede hacer lo que quiera, y ha declarado que los únicos límites a su poder global son “mi propia moralidad” y “mi propia mente”. Stephen Miller, su jefe adjunto de gabinete, ha desestimado los tratados internacionales como “sutilezas internacionales” y ha exigido saber “¿con qué derecho ejerce Dinamarca el control sobre Groenlandia?”. Trump adoptó esa línea argumental en su mensaje al primer ministro de Noruega, y afirmó: “No hay documentos escritos”, aunque Groenlandia forma parte de Dinamarca desde hace más tiempo del que tiene Estados Unidos como nación. Incluso los republicanos se han resistido y han intentado culpar a la gente que rodea al presidente. “El hecho de que un pequeño puñado de ‘asesores’ esté presionando activamente para que se tomen medidas coercitivas para arrebatar territorio a un aliado es más que estúpido”, escribió en las redes sociales durante el fin de semana el senador Thom Tillis, republicano por Carolina del Norte, quien ayudó a dirigir una delegación del Congreso a Dinamarca. Pero Trump no es el primer presidente estadounidense que pone sus ojos en Groenlandia. El propio Truman estuvo de acuerdo en que podría ser una importante adición al país y, en 1946, hizo una oferta secreta a Dinamarca para comprarla por 100 millones de dólares en oro. Pero cuando Dinamarca se negó a vender, Truman no la castigó. Tampoco amenazó con invadirla. Aceptó un no por respuesta, algo que Trump no acepta, por lo que solo mediante la fuerza de las armas de una Europa que saldría en defensa de Dinamarca lo obligaría a retroceder en sus demenciales intentos expansionistas, ya que luego Islandia y Noruega - además de Canadá - serian sus próximas víctimas. ¿Pero se atreverían a detener al monstruo?... He allí la interrogante.
El koala, uno de los símbolos más reconocidos de Australia, representa una paradoja que inquieta a la comunidad científica y conservacionista. Mientras en regiones como Nueva Gales del Sur y Queensland la población disminuye y enfrenta escenarios críticos, en algunas islas del sur el aumento de ejemplares genera situaciones de sobrepoblación, según un reporte de BBC Wildlife Magazine. Como sabéis, la relación entre los koalas y los seres humanos cambió de manera profunda. Durante el siglo XIX, la caza por sus pieles casi provocó la extinción de la especie, con la exportación de cerca de ocho millones de pieles antes de la prohibición en 1927. La reacción social llevó a la creación de santuarios emblemáticos como el Lone Pine Koala Sanctuary, en Brisbane, y colonias en diversas islas, lo que permitió una recuperación inicial. Las cifras actuales sobre la población de koalas presentan fuertes discrepancias. Algunas estimaciones rondan los 520.000 ejemplares, mientras que expertos advirtieron que podría haber solo 60.000. BBC Wildlife Magazine atribuyó estas diferencias a datos de investigaciones diversas. Las poblaciones del norte, con mayor diversidad genética, están más expuestas a enfermedades, mientras que los grupos del sur, aunque parecen estables, sufren una pérdida riesgosa de variabilidad genética tras décadas de traslados y aislamiento. En Nueva Gales del Sur, la reducción es alarmante: la población cayó un 62% en 25 años, lo que motivó la inclusión de la especie como “en peligro de extinción” y la advertencia sobre su posible desaparición funcional para el 2050. “A medida que se pierde el hábitat, muchos se ven obligados a vivir en bolsillos cada vez más pequeños y aislados con acceso limitado a socios fuera de sus grupos”, explicó la Dra. Lyndal Hulse, de la Universidad de Queensland. En contraste, en Victoria y Australia del Sur, la sobrepoblación genera graves desequilibrios ecológicos. El crecimiento excesivo de individuos produce casos de inanición por sobreexplotación del eucalipto. Esta falta de consenso entre expertos impide un enfoque uniforme: algunos subrayan los peligros de la baja diversidad genética en el sur, mientras otros advierten que el norte enfrenta riesgos mayores por enfermedades. Entretanto, las amenazas para la especie se entrecruzan. La urbanización y la agricultura fragmentan el hábitat, obligando a los koalas a cruzar áreas expuestas al tráfico y a ataques de perros. Los accidentes viales figuran entre las principales causas de mortalidad, junto con la expansión de enfermedades infecciosas como la clamidia, que en algunos grupos del noreste afecta hasta al 90% de los ejemplares silvestres. El retrovirus del koala debilita el sistema inmunológico y la aplicación de antibióticos sin alterar la flora intestinal dificulta el tratamiento veterinario. No obstante, el desarrollo de una nueva vacuna representa un avance, especialmente en zonas como Burbank, según investigadores entrevistados por BBC Wildlife Magazine. A todo ello. Debemos agregar que el cambio climático intensifica la crisis. En efecto, los incendios forestales son cada vez más frecuentes y destructivos. En el 2025, los fuegos devastaron el Parque Nacional Budj Bim, con centenares de koalas muertos o heridos. “Cuando llegan las llamas, devastan rápidamente el hábitat de los koalas”, señaló Amber Gillett, del Grupo de Ecología de Koalas de la Universidad de Queensland, en diálogo con BBC Wildlife Magazine. Ante estos desastres, las autoridades optaron por el sacrificio humanitario de animales irrecuperables, lo que provocó debates sociales y científicos. La respuesta social y científica impulsó proyectos de restauración y protección. La Fundación Australiana del Koala promueve desde el 2021 la creación de corredores ecológicos de 2.543 kilómetros entre Cairns y Melbourne. Además, avanza el plan para abrir el Parque Nacional del Gran Koala, de 476.000 hectáreas en Nueva Gales del Sur, destinado a proteger los grupos más amenazados. Por otra parte, Koala Conservation Australia y la Taronga Conservation Society favorecen la cría en cautividad de ejemplares saludables, con nacimientos registrados en mayo del 2025. Asimismo. el desarrollo tecnológico amplía las opciones de conservación. El uso de drones térmicos permite censar y ubicar koalas con mayor precisión y eficiencia. El futuro del koala depende de la colaboración comunitaria. El 80% de su hábitat se encuentra en terrenos particulares, lo que convierte a las comunidades y propietarios en agentes esenciales para cualquier solución. Los programas de restauración y protección de corredores ecológicos resultan determinantes para la supervivencia de la especie. “La participación de la comunidad es fundamental y los australianos sienten firmemente la necesidad de proteger su ícono nacional”, aseguró Bill Ellis, licenciado en zoología. Frente a estos desafíos, los australianos persisten en la conservación del koala. La resistencia y capacidad de adaptación de este marsupial inspiran nuevas estrategias para su protección, con el deseo compartido de que futuras generaciones sigan encontrando a este emblema en los bosques del país.
Durante más de cuatro décadas, Irán ha sido sometida a una de las campañas más sostenidas y amplias de presión externa en la historia moderna. En efecto, la guerra económica, la intimidación militar, las operaciones encubiertas, la manipulación de la información, el aislamiento diplomático y la deslegitimación política han sido todas empleadas con un único objetivo estratégico: debilitar a Irán internamente y, finalmente, desmantelar su orden político soberano. Que este objetivo no haya sido alcanzado no es cuestión de azar. Es evidencia de que el propio manual de desestabilización ha alcanzado sus límites. Como sabéis, Estados Unidos y sus aliados sionistas han agotado casi todas las herramientas conocidas, salvo una invasión a gran escala. Lo que queda hoy no es una estrategia, sino una escalada impulsada por la frustración y el declive imperial. Lo que se ve ahora es resultado de ello. En efecto, las células durmientes del Mossad (servicio de espionaje del régimen israelí) y la CIA (la Agencia Central de Inteligencia de EE.UU.) han operado en modo activo en Teherán y varias otras ciudades iraníes durante las últimas semanas, incendiando estaciones de autobuses, tiendas, mezquitas, bancos y clínicas médicas. Armados con rifles Kaláshnikov y cócteles molotov, estos alborotadores respaldados por fuerzas extranjeras han enloquecido, aterrorizando a los ciudadanos comunes en las calles, sin ahorrar ni a mujeres ni a niños. Se ha tratado de un proyecto meticulosamente planeado para fomentar el caos y el desorden dentro de la República Islámica. Pero la piedra angular de esta campaña de presión total ha sido la guerra económica. Las sanciones impuestas a Irán van mucho más allá de medidas dirigidas a instituciones estatales o funcionarios específicos. Están diseñadas para sofocar toda la economía. Al restringir las exportaciones de petróleo, cortar el acceso a los sistemas bancarios globales, penalizar a terceros y obstruir el comercio, estas sanciones buscan aumentar los costos de vida, devaluar la moneda y socavar la confianza pública. Por cierto, los civiles no son daños colaterales en esta estrategia. Son la palanca. Este enfoque constituye un castigo colectivo, prohibido por el derecho internacional. Sin embargo, ha sido normalizado mediante eufemismos como “máxima presión” y “palanca económica”. La intención nunca ha estado oculta. Las sanciones fueron explícitamente enmarcadas como herramientas para provocar disturbios internos y forzar el colapso político. Cuando siguieron las dificultades, se citó cínicamente como prueba del fracaso del Estado, en lugar de como el resultado predecible de la coerción externa. Junto a la presión económica, Irán ha enfrentado una implacable intimidación militar. Cabe precisar que el país está rodeado por bases militares extranjeras. Su espacio aéreo y sus rutas marítimas son constantemente probados. Operaciones de sabotaje, ciberataques y asesinatos de personal científico y militar se han producido repetidamente. Estos actos constituyen una guerra no declarada, justificada bajo el lenguaje de seguridad y disuasión. A diferencia de los Estados que previamente fueron objeto de operaciones de cambio de régimen mediante las llamadas “revoluciones de colores” organizadas por la CIA, Irán no se ha fracturado bajo esta presión. La intimidación militar no ha producido sumisión. En cambio, ha reforzado la disuasión, la adaptación estratégica y la cohesión nacional. Este resultado contradice las suposiciones subyacentes de la doctrina coercitiva y explica la creciente impaciencia en la retórica occidental. De otro lado, hay que recalcar que las operaciones encubiertas por parte de Estados Unidos y los sionistas - expulsados del país en 1979 con la Revolución Islámica que derroco a la corrupta monarquía del Shah, títere de Occidente - han sido otro pilar del esfuerzo de desestabilización. La relación entre la dinastía Pahlavi y los intereses sionistas se remonta a la década de 1960, cuando se creó la siniestra SAVAK con la ayuda de Israel y se finalizaron acuerdos secretos sobre petróleo, lejos del escrutinio público. Tras su caída, la guerra cibernética dirigida a la infraestructura, el sabotaje industrial, el espionaje y la penetración de inteligencia se han llevado a cabo con persistencia. Estas acciones están destinadas a erosionar la capacidad en silencio, minar la confianza y evitar el enfrentamiento directo. Sin embargo, incluso ahora, los resultados han sido limitados. Irán ha soportado pérdidas, reconstruido capacidades y ajustado sistemas. La guerra encubierta ha infligido daño, pero no ha provocado un colapso. Asimismo, la guerra de la información ha jugado un papel igualmente central. Irán está sometido a un continuo asalto narrativo. El enmarcamiento mediático de los grandes medios occidentales controlados por los judíos, enfatiza los disturbios mientras borra el impacto de las sanciones. Así, las protestas se amplifican sin contexto. La presión externa desaparece de la narrativa. Las quejas políticas se internacionalizan y se reconfiguran como “ilegitimidad del régimen” en lugar de considerarse como desafíos sociales agravados por la interferencia extranjera y décadas de sanciones injustas y debilitantes. Esta estrategia narrativa busca deslegitimar la soberanía en sí misma. El Estado se presenta como inherentemente disfuncional, independientemente de la realidad sobre el terreno. Cualquier señal de disidencia se enmarca como un colapso inminente del sistema. Cualquier afirmación de independencia es etiquetada como agresión. La guerra de la ‘información’ no tiene como objetivo informar. Su objetivo es condicionar la percepción. La deslegitimación política se ha extendido hasta la promoción de figuras en el exilio y alternativas nostálgicas. Los actores externos han intentado repetidamente fabricar opciones de liderazgo desconectadas de la sociedad iraní. Las fantasías monárquicas y la oposición respaldada por extranjeros se presentan como “futuros viables”. Pero estos actores carecen de legitimidad interna y funcionan principalmente como instrumentos de presión externa en lugar de fuerzas políticas auténticas. A nivel regional, Irán ha sido objetivo de guerras por poder y estrategias de contención. Se presiona a aliados y socios. Se persigue el aislamiento diplomático. El objetivo es estirar los recursos y generar inseguridad perpetua. En lugar de aislar a Irán, esta estrategia ha desestabilizado regiones enteras y ha consolidado ciclos de conflicto. La contención ha producido caos, no control. Sin embargo, a pesar de la intensidad de esta campaña multidimensional - y las promesas de Trump “de acudir en ayuda” de las protestas digitadas por la CIA y el Mossad - el objetivo central ha fracasado. Irán no ha colapsado. Su sistema político permanece intacto. Su postura estratégica perdura. Su soberanía sigue siendo un principio unificador a través de las diferencias internas. Esta resiliencia se basa en varios factores: instituciones fuertes, memoria histórica de la intervención extranjera, un sentido profundamente arraigado de independencia y una cultura política que ve la resistencia no como extremismo, sino como dignidad. Las amenazas externas han reforzado constantemente la cohesión interna en lugar de erosionarla. La presión destinada a fragmentar la sociedad ha dejado en claro las líneas rojas. La soberanía, una vez desafiada, se convierte en un punto de unidad. Lo que queda hoy es una fase peligrosa. Con las herramientas tradicionales agotadas, la retórica se ha vuelto más imprudente. El apoyo abierto a los disturbios, las amenazas públicas de uso de la fuerza y el abandono de la moderación diplomática señalan un giro de la coerción calculada a la escalada impulsiva. Este no es el comportamiento de una potencia confiada. Es el comportamiento de un imperio que lucha por frenar su declive. La desestabilización de Irán debe entenderse dentro de un patrón global más amplio. A medida que Estados Unidos pierde primacía económica, autoridad moral y monopolio estratégico, depende cada vez más de la disrupción para evitar que las alternativas se consoliden. El caos se vuelve preferible a la independencia. La desestabilización se convierte por ello en un sustituto de la adaptación. Sin embargo, esta estrategia conlleva un riesgo inmenso. Acelera la polarización global, erosiona la confianza en el derecho internacional y empuja a más Estados hacia sistemas alternativos de cooperación. Lo que se pretende como dominancia acelera el aislamiento. Evaluamos por ello que el “cambio de régimen” en Irán a través de la coerción externa es inalcanzable. La desestabilización continua no producirá cumplimiento. Producirá escalada, inestabilidad regional y fracturas más profundas en el sistema internacional. El abandono de la coherencia legal en la búsqueda de objetivos geopolíticos socava el mismo orden que los estados poderosos dicen defender. El futuro de Irán debe ser determinado por su propio pueblo, libre de sanciones, amenazas y manipulaciones extranjeras. El diálogo no puede ser forzado. La soberanía no puede ser negociada bajo presión. La desestabilización no es diplomacia. Por ese motivo, el fracaso del manual de Estados Unidos y los sionistas contra Irán expone una verdad más profunda. El poder imperial puede infligir sufrimiento, pero no puede someter indefinidamente a una sociedad que fundamenta su legitimidad en la independencia y la dignidad. Lo que se está colapsando hoy no es Irán, sino la credibilidad de un orden global que privilegia el poder sobre la ley. La historia ha demostrado repetidamente que los imperios no caen porque se les resista. Caen porque se niegan a cambiar (Por cierto, es innegable que el interesado apoyo de Trump a las protestas "por la libertad y la democracia" en Irán,ocultan su deseo de querer apoderarse de su petróleo,tal como sucedió en Venezuela. A nadie engaña).
Como sabéis, el universo de los videojuegos se ha visto inundado por narrativas de supervivencia extrema en entornos desolados. La figura del superviviente solitario que recorre un mundo postapocalíptico en busca de venganza es ya un arquetipo consolidado en la industria. Esta saturación hace imperativo que cada nuevo título proponga elementos verdaderamente diferenciadores para captar la atención del jugador. En esta ocasión, la propuesta que busca hacerse un nombre en este concurrido género es Dustwind: Resistance, un desarrollo a cargo del estudio Z-Software. El juego se presenta como una secuela que se inscribe en un universo ya existente. Este hecho puede generar un atractivo inmediato para aquellos aficionados que ya disfrutaron de la entrega anterior, Dustwind – The Last Resort. Para los recién llegados, sin embargo, el juego ha de ser evaluado por sus propios méritos como una obra independiente. Las expectativas giran en torno a si este viaje por las tierras baldías mutadas logrará ofrecer una experiencia lo suficientemente satisfactoria. Se buscan elementos que lo coloquen a la altura de referentes ineludibles del género. La fórmula de la historia de venganza en el apocalipsis es, lamentablemente, un camino trillado. Títulos como Fallout: New Vegas o Mad Max han explorado exhaustivamente este terreno narrativo. Por ello, se esperaba que esta nueva incursión ofreciera una trama con mayor originalidad y un profundo desarrollo. Sin embargo, la premisa de Dustwind: Resistance se ancla en un argumento excesivamente formulista y predecible. El personaje principal, un granjero de una pequeña comunidad, se convierte en el único superviviente tras un ataque de saqueadores. Este ataque, liderado por una figura conocida únicamente como el «Señor de la Guerra», sirve como el previsible catalizador para una cruzada personal. La falta de innovación en el hilo conductor puede ser un punto de partida decepcionante para muchos jugadores. El arco narrativo resulta ser una concatenación de clichés, carente de giros argumentales verdaderamente sorprendentes. No obstante, una trama convencional no es necesariamente un defecto capital si la ejecución jugable compensa la previsibilidad. La pregunta fundamental es si el disfrute de la partida logra superar las limitaciones impuestas por un guion derivativo. La experiencia de juego, se sitúa en una compleja encrucijada entre la diversión y la frustración constante. La primera impresión de un videojuego debe ser lo suficientemente impactante como para invitar al jugador a profundizar en su propuesta. Dustwind: Resistance se presenta desde el inicio con una perspectiva visual que remite a los clásicos del género isométrico. Sus primeros pasos son determinantes para la experiencia general del jugador. Un inicio bien diseñado debe enganchar, mientras que uno deficiente puede convertirse en un obstáculo insalvable. En este caso, el proceso de inmersión se enfrenta a una dificultad que se califica como brutal, especialmente en los momentos iniciales. La curva de aprendizaje no es gradual; por el contrario, representa un muro que el jugador debe escalar desde el primer momento. El juego presenta una sección introductoria que pretende cumplir la función de tutorial. Sin embargo, la transición desde esta etapa de aprendizaje hasta la acción real se percibe como un salto abrupto. La diferencia de dificultad es tan extrema que puede desanimar a un porcentaje significativo de jugadores. La intención del diseño es promover un pensamiento estratégico y táctico en el jugador. Lamentablemente, la ejecución del combate en tiempo real, sumada a una cámara que se sitúa a gran distancia del centro de la acción, dificultan enormemente la aplicación de estas tácticas. El manejo del combate requiere un periodo de adaptación que resulta ser demasiado prolongado. A pesar de las numerosas horas de juego, el control total sobre el sistema de enfrentamiento nunca se llega a dominar por completo. El jugador se ve obligado a pausar el juego con frecuencia para impartir órdenes al equipo. Aunque esta pausa táctica es necesaria, la posterior reanudación de la acción obliga al jugador a apuntar manualmente. Esta mezcla de acción en tiempo real con comandos tácticos resulta ser una combinación incómoda e inestable. La sección central de Dustwind: Resistance está dedicada al desarrollo de sus mecánicas más profundas. Una vez superada la frustración inicial, el juego revela una capa de personalización y progresión que es, con diferencia, su punto más interesante. El jugador puede optar por configuraciones de armadura ligera y armas cuerpo a cuerpo. Este arquetipo se centra en la velocidad y el movimiento ágil en el campo de batalla. Por otro lado, existe la opción de crear un verdadero tanque. Este se equipa con armaduras pesadas y armamento de gran calibre, como una ametralladora, para soportar y devolver grandes cantidades de daño. Este sistema de equipo y especialización es profundo y muy atractivo para los amantes de la gestión de personajes. En contraposición, la jugabilidad en el mapa de mundo y los desplazamientos sufren de problemas de ritmo notorios. Los movimientos de los personajes son lentos, lo que convierte los trayectos largos en una experiencia tediosa. Si el objetivo se encuentra a una distancia considerable, el tiempo empleado en llegar resulta aburrido y desincentiva la exploración libre. Este factor de pacing se agrava por la ausencia de un minimapa en la interfaz principal. El jugador se ve obligado a consultar constantemente la pantalla del mapa completo. Esta acción rompe el flujo del juego y acentúa la sensación de lentitud. Por cierto, el combate, aunque frustrante, introduce una mecánica peculiar que puede explotarse estratégicamente. Se trata de la acción de ponerse de rodillas o arrodillarse. Adoptar esta posición aumenta significativamente la probabilidad de impactar al enemigo. De igual manera, reduce la probabilidad de que el personaje sea alcanzado por el fuego enemigo. El inconveniente de esta postura es la notable disminución de la velocidad de movimiento. Sin embargo, esta lentitud puede ser ventajosa en ciertas situaciones. Contra atacantes cuerpo a cuerpo, por ejemplo, el movimiento lento hacia atrás permite ganar el tiempo necesario para disparar. Contra atacantes a distancia, el beneficio de la evasión supera al coste de la velocidad. En conclusión, Dustwind: Resistance se presenta como un juego de nicho. Es una propuesta honesta que intenta hacerse un espacio en el saturado género postapocalíptico. La experiencia global es una compleja mezcla de elementos positivos y negativos. No es, en modo alguno, el peor juego de su tipo. Sin embargo, la balanza se inclina a menudo hacia la exasperación. Entre sus puntos fuertes, podemos indicar: La profunda variedad en la gestión de habilidades y la construcción de personajes; El amplio abanico de equipo disponible para personalizar a la escuadra de combate; El uso de la perspectiva isométrica, que evoca los clásicos del género apocalíptico; La mecánica de arrodillarse, que añade una capa de estrategia táctica al enfrentamiento. Disponible en PlayStation 5, Microsoft Windows, Xbox Series X|S.
Tras cinco meses - en realidad, dos décadas y media - de preparativos cada vez más intensos mediante una guerra diplomática, económica y clandestina cada vez mayor, Estados Unidos finalmente ha ejecutado un operativo para un cambio de régimen en Venezuela. El ataque final, centrado en la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores en la capital, Caracas, fue breve. Pero la campaña ciertamente no ha sido incruenta. Si bien sabemos poco sobre lo que sucedió exactamente en el terreno, los ataques de Washington contra barcos de contrabando en el mar, que sirvieron como núcleo de la andanada de propaganda preparatoria del ataque, ya han causado más de 100 víctimas. Luego, lo que funcionarios estadounidenses han llamado un "ataque a gran escala" contra Venezuela en la madrugada del 3 de enero tuvo como blanco no solo a Caracas, sino a varios puntos del país. Por alguna razón, la resistencia a esta operación "oscura y mortal" (en palabras del presidente Donald Trump) fue prácticamente nula, dejando en ridículo al ejército venezolano ante el mundo. Sin embargo, en vista del largo y visible aumento de tropas, así como de la campaña de guerra psicológica que precedió a estas incursiones nocturnas, es difícil creer que fueran una sorpresa. La traición, la subversión y los acuerdos secretos y turbios bien podrían haber influido. Si bien estos asuntos probablemente permanecerán turbios por un tiempo, o para siempre, otros aspectos más importantes del operativo estadounidense de Venezuela son inequívocamente claros: es absoluta e irremediablemente ilegal, una violación masiva y abierta de la prohibición de las guerras de agresión establecida en la Carta de las Naciones Unidas. Incluso algunos de los vasallos atlantistas más leales de Estados Unidos en Europa tienen que admitirlo, como, por ejemplo, en un reciente artículo de opinión publicado en el periódico alemán Die Zeit. Los pretextos de Washington son, como suele ser, insultos endebles para cualquiera con dos dedos de frente. Venezuela y Maduro no contribuyen en nada significativo, si es que contribuyen en algo, a los propios e incesantes problemas de drogas de Estados Unidos, ni con la cocaína ni con el fentanilo. Pero la elección fraudulenta de Maduro en el 2024 fue el motivo que dio origen a su caída. Sin embargo, el punto decisivo y concluyente es que estos asuntos deben abordarse dentro de un país soberano y nunca pueden justificar una intervención militar externa. Con Trump desatado y que se cree omnipotente ¿Quién será el siguiente? ¿Groenlandia? ¿Canadá? ¿U otros países latinoamericanos como Colombia, Méjico, Nicaragua y Cuba, regidos por narcodictaduras? Cualquiera de ellos puede ser el próximo. Las divagaciones extrañas, también escuchadas recientemente, sobre Irán y Venezuela también son pretextos. Pero indirectamente apuntan a algunas verdades reales. Maduro ha sido castigado por atreverse a defender abiertamente a las víctimas palestinas del genocidio que Israel y Estados Unidos están cometiendo conjuntamente en Gaza. Y los políticos sionistas, siempre los abusadores absolutos - a la vez que hipócritamente se las dan de ‘victimas’ acusando de antisemitas a quienes condenan sus aberrantes crímenes - ya han aprovechado el ataque de Trump a Venezuela para amenazar a Irán con un ataque similar. Trump, por su parte, se ha esforzado por contextualizar su ataque con el asesinato del general iraní Qassem Soleimani y el ataque igualmente criminal contra Irán durante la "Operación Martillo de Medianoche ". No es difícil comprender las verdaderas razones de la arremetida estadounidense contra Venezuela – solo un necio puede negarlo - en parte porque funcionarios estadounidenses, incluido el propio Trump, las han mencionado abiertamente. Venezuela posee las mayores reservas nacionales de petróleo del mundo y, además, importantes yacimientos de oro, tierras raras y otras materias primas. Trump ha afirmado que muchas de estas riquezas “pertenecen a Estados Unidos y sus empresas” (y lo mismo le ocurre a él, por cierto) y ha prometido reconquistarlas, “porque se las habían robado” ... lo que ya está haciendo. La codicia, simple y llanamente, es el principal motor de esta sucia guerra relámpago contra una víctima militarmente indefensa de facto. Como el propio Trump ha admitido, se trata de una enorme cantidad de riqueza. Pero la codicia no lo es todo. También hay factores geopolíticos. Al igual que la reciente interferencia electoral de Washington en Argentina y Honduras, la presión constante sobre Brasil (que actualmente cede un poco, pero quién sabe por cuánto tiempo), Colombia (a la que Trump amenaza con un destino similar al de Venezuela), Méjico, Nicaragua y Cuba. Si a esto le sumamos el indulto descarado de un auténtico capo de la droga y político hondureño, el ataque a Venezuela también es una aplicación de lo que se ha denominado la "Doctrina Donroe". El significado de esta última es, en esencia, simple: es la vieja y perversa Doctrina Monroe - que se remonta a más de 200 años -, pero aún peor. Marco Rubio, antiguo detractor de Trump y ahora consejero y ejecutor obsequioso (como Secretario de Estado y Asesor de Seguridad Nacional, una combinación no vista desde los días nefastos del judío Henry Kissinger, el monstruoso criminal de guerra), se aseguró de subrayar la amenaza contra Cuba en particular. Al margen de Trump, la política exterior estadounidense está en manos de un hombre absolutamente despiadado con intereses personales en el Caribe y Latinoamérica en general, y con la ambición de ser el sucesor de Trump como presidente. Como se acaba de explicar en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU., Washington prestará especial atención ‘a sus sufridos vecinos y víctimas del sur’. Un "Corolario Trump", que evoca deliberadamente el viejo "corolario imperialista" del presidente Theodore Roosevelt, busca consolidar la dominación estadounidense por todos los medios y asegurar aún más el "patio trasero" del imperio estadounidense instalando y apuntalando títeres y reprimiendo a quienes se le oponen. Por último, pero no menos importante, Estados Unidos intensificará la vieja política de privar a los países latinoamericanos de su propia política exterior - otro elemento esencial de la soberanía - al castigarlos por forjar relaciones con "foráneos", sobre todo ahora con China, que ha realizado grandes inversiones en la zona, pero también con Rusia. Ese fue uno de los muchos "pecados" de Venezuela, y nadie en la región habrá pasado por alto la cruel lección que Washington acaba de impartir. Trump no puede imaginar el fracaso. Ha declarado que «el dominio estadounidense en el hemisferio occidental jamás volverá a ser cuestionado. No ocurrirá». Pero, obviamente, en realidad, el fracaso es una posibilidad real tanto para él como para otros mortales arrogantes. A largo o corto plazo, su violenta estrategia hiperimperialista bien podría fracasar. Incluso podría provocar una reacción devastadora. Sin embargo, como suele ocurrir con Estados Unidos, sus fiascos también dejan a sus víctimas en la ruina. Mientras tanto, incluso el confiable promotor del imperialismo estadounidense, Hal Brands, ha advertido que los métodos de Trump podrían ser contraproducentes y sentar un precedente, por ejemplo, en la decisión futura de China sobre su relación con Taiwán. La comparación es profundamente errónea, demagógicamente, ya que Beijing tiene un derecho plausible sobre Taiwán - que se separó de China bajo “el amparo estadounidense” en 1949 - mientras que Washington no tiene ninguno sobre Venezuela ni sobre la captura de Maduro y su esposa, como Brands intenta vergonzosamente simular. Y, para ser sinceros, aunque Brands no se haya dado cuenta desde su silla de Henry Kissinger, Estados Unidos lleva mucho tiempo sentando precedentes por violar todas las leyes, todas las normas y todas las normas morales básicas, como al coperpetrar el Genocidio de Gaza con Israel. Pero la embestida contra Venezuela añade otra faceta a la anarquía estadounidense. Irónicamente, algunos aspirantes a amigos de Washington jamás comprenderán el absoluto egoísmo e inmoralidad de la política estadounidense. Dos figuras tan cómicamente inadaptadas son el colaboracionista Vladimir Zelenski, de Ucrania, y la cuestionada María Corina Machado, de Venezuela. Zelensky solía publicar sobre "detectar" agentes rusos en Venezuela, tratando de congraciarse haciendo una contribución personal al asedio estadounidense del país. A estas alturas, como un "cliente" escandaloso y cada vez más inútil, bien podría ser un objetivo del cambio de régimen estadounidense. Machado, quien se ha desvivido indecentemente para impresionar a los estadounidenses sobre lo dispuesta que está a obedecerlos y vender su país y sus recursos, acaba de ser descartada como un felpudo usado por Trump. En su triunfalista conferencia de prensa, el presidente estadounidense la mencionó de pasada, como alguien que no tiene lo que se necesita para liderar Venezuela. Hasta ahí llegaron los salarios de traición y adulación. Deja de lanzar, María, te acaban de despedir. Jolani pasó el corte de subordinada, tú no. Irónicamente, la recepción del Premio Nobel de la Paz por parte de Machado podría haberle perjudicado al final. Trump es un hombre vengativo, y es cierto que sintió que el premio debería haber sido para él. Y, en cierto modo, tiene razón. Si bien no lo merece en absoluto, no se puede negar que Machado lo merecía más. El Premio Nobel de la Paz ha sido durante mucho tiempo una broma pesada, como esa vez que se la dieron sin merecerlo al Criminal de Guerra y Califa de ISIS, el musulmán encubierto Barack Hussein Obama. Pero su uso como parte de una campaña de preparación para una invasión sigue siendo particularmente atroz. Es hora de acabar con esta vergonzosa farsa. En general, la conferencia de prensa del presidente estadounidense fue una auténtica actuación de Trump, con su habitual grandilocuencia a flor de piel. Atribuyéndose el mérito del "espectacular" asalto a Venezuela, lo elogió como "una de las demostraciones más impresionantes, efectivas y poderosas del poderío y la competencia militar estadounidense", una hazaña sin parangón “desde la Segunda Guerra Mundial” (?). Trump estaba demasiado ocupado fanfarroneando como para darse cuenta de que sus propias revelaciones sobre la operación implicaban un escenario menos heroico: se empleó una fuerza estadounidense "abrumadora" y no se perdió ni un solo de sus soldados ni siquiera "piezas de equipo"... liquidando a su vez a decenas de soldados venezolanos y mercenarios cubanos durante el asalto al bunker de Maduro. Fuera lo que fuese, no fue una gran batalla, ni justa. El presidente estadounidense confirmó prácticamente lo que ya sabemos: Estados Unidos quiere prácticamente todo lo de Venezuela, pero el petróleo encabeza la lista de deseos. Washington cree que debe "gobernar" el país hasta que se pueda diseñar una "transición de liderazgo", es decir, la instauración de un régimen títere, obviamente, que siga al pie de la letra todas sus órdenes. En otras palabras, una aplicación directa de la ley del más fuerte, con mínimas palabrerías retóricas sobre cómo los venezolanos comunes se beneficiarán y "también serán atendidos" ¿Y la libertad y la democracia prometida para Venezuela? Eso para él no es importante, lo único que le interesa es el petróleo. Por eso ha permitido que, tras la captura de Maduro, la camarilla chavista continue en el poder, con la condición “que siga obedientemente sus órdenes” y coloque todos los yacimientos petroleros bajo su control inmediato... o que se atengan a las consecuencias. Si esto suena involuntariamente ominoso, es porque lo es. Y todo ello bajo la sombra de la misma armada estadounidense que acaba de asaltar el país y está lista para volver a hacerlo cuando Washington lo desee. A su manera, la conferencia de prensa del presidente sí reflejó algo importante sobre esta guerra. A saber, cuán extrañamente normal se ha vuelto lo absolutamente anómalo. Lo que Washington acaba de hacer es un horror de criminalidad, avaricia y arrogancia. Pero también es lo que cabía esperar. Lo mismo ocurre con las reacciones ridículamente hipócritas de sus vasallos de la OTAN y la UE, quienes creen que lo mejor que pueden hacer es "observar". ¡Mucha suerte con eso! Porque cuando sea el turno de Groenlandia, de seguro no se atreverán a hacerle frente. En un mundo más normal, aunque lejos de ser perfecto, todos comprenderían finalmente que el estado al margen de la ley más peligroso del mundo, con diferencia, es Estados Unidos. Esto es cierto, ya sea medido en capacidad o en su absoluta locura moral, corrupción y brutalidad. En un mundo más normal, incluso los peores antagonistas encontrarían la manera de cooperar para contener y disuadir a este monstruo geopolítico a toda velocidad donde nadie está a salvo de su voracidad. Pero, por ahora, ese mundo aún no está surgiendo. La multipolaridad por sí sola no será suficiente.
El 15 de enero del 2025, la sonda Gaia tomó su última imagen. Posteriormente, realizó una última ronda de pruebas de ingeniería, encendió sus propulsores para dejar atrás la Tierra y entró en órbita alrededor del Sol, apagándose finalmente el 27 de marzo. De esta manera, tras más de una década en funcionamiento, 3 billones de observaciones y 2 mil millones de estrellas observadas, Gaia se ha ganado su jubilación. Lanzada por la Agencia Espacial Europea (ESA) en el2013, su objetivo era mapear mil millones de estrellas, y lo logró. La elaboración del mapa de la ubicación y el movimiento de estas estrellas ofrece una imagen de toda nuestra galaxia, incluyendo la materia oscura, cuya influencia gravitacional ejerce una sutil atracción sobre las estrellas. En el proceso, Gaia descubrió enanas marrones, exoplanetas y cuásares. Observando hasta la magnitud 20, Gaia también observó estrellas en las galaxias satélite de la Vía Láctea, las pequeñas ciudades estelares que orbitan justo fuera de la nuestra, para revelar cómo interactúan con nuestra galaxia ahora y en el pasado lejano. Aunque las observaciones de Gaia están completas, los científicos aún están analizando los cientos de terabytes de información enviada desde el espacio. Los datos de Gaia se están publicando por etapas, como es habitual en la mayoría de los estudios a gran escala y de larga duración. Sin embargo, los datos ya están demostrando ser sumamente útiles, aportando información a la ciencia de exoplanetas, agujeros negros y más. Hasta la fecha, el estudio ha revelado nueva información sobre las antiguas colisiones que esculpieron la Vía Láctea, ha perfeccionado nuestra visión de su forma actual, ha descubierto un exoplaneta y, potencialmente, ha revelado el agujero negro central en una galaxia vecina. Y esto solo con los primeros tres años de datos. Seguramente habrá más descubrimientos. Es indudable que la misión Gaia aportará nuevos descubrimientos durante años, probablemente décadas. Pero sus logros hasta la fecha ya han ampliado nuestra comprensión de la Vía Láctea, tanto del pasado como del presente. Cabe precisar que la sonda espacial Gaia fue responsable de obtener las mediciones más precisas jamás realizadas de las posiciones, distancias y movimientos de más de mil millones de estrellas. Este catálogo debía ser el resultado de Hipparcos, una sonda lanzada en 1989 con una misión similar. Este satélite produjo datos de alta precisión para unas 118.000 estrellas y datos de menor precisión para 2,5 millones. Gaia superó a su predecesora por mil veces, al tiempo que realizaba mediciones 200 veces más precisas. Gaia se concibió como parte de la campaña Horizonte 2000+ de la ESA, una guía de desarrollo a largo plazo similar al Estudio Decenal utilizado por las agencias estadounidenses de investigación espacial. Propuesta inicialmente en 1993, Gaia se confirmó oficialmente en el año 2000. Construida por varios socios europeos, la nave espacial Gaia se completó en junio del 2013. Originalmente programada para su lanzamiento en noviembre de ese año, la misión se retrasó brevemente cuando los funcionarios de la ESA decidieron reemplazar dos transpondedores defectuosos en otra nave espacial que ya estaba en órbita. Gaia finalmente se lanzó sin problemas desde Korou, Guayana Francesa, a bordo de un cohete Ariane y la etapa superior Fregat el 19 de diciembre del 2013. La nave pasó cuatro días en una órbita temporal cerca de la Tierra para desplegar su parasol y someterse a pruebas antes de lanzarse en un crucero de 30 días hasta el punto Lagrange 2 (L2) de 930,000 millas (1.5 millones de kilómetros) de distancia entre la Tierra y el Sol, un destino orbital común para telescopios que requieren vistas excepcionalmente frías y oscuras del espacio. Gaia luego pasaría su vida en una órbita de 180 días alrededor de este punto. El telescopio vio su primera luz una semana antes de llegar a su destino final, fotografiando aproximadamente 18,000 estrellas en el transcurso de tres horas el 8 de enero del 2014. Gaia llevaba dos telescopios gemelos, cada uno con un espejo primario de aproximadamente 7,5 pies cuadrados (0,7 metros cuadrados); a modo de comparación, el espejo del telescopio espacial James Webb cubre unos 270 pies cuadrados (25 m² ) . Pero Gaia tenía un total de 10 espejos, que reflejaban la luz de un lado a otro en un camino de 115 pies (35 m) de largo para enfocar la luz en sus sensibles detectores, alimentando tres instrumentos. Un aspecto a menudo sorprendente de la astronomía es la extraordinaria dificultad de medir la distancia de los objetos en el espacio. De hecho, solo existe un método directo, llamado paralaje, que mide el cambio aparente en la posición de un objeto cercano en comparación con uno más distante, que parece fijo. Gaia obtuvo mediciones de paralaje de mil millones de objetos, aproximadamente el 99 % de los cuales nunca antes se habían medido con precisión. Gran parte de la misión se centró en comprender mejor nuestra galaxia, la Vía Láctea. Resulta curioso que, si bien los astrónomos pueden observar miles de galaxias cercanas, cartografiando sus estrellas, líneas de polvo, ondulaciones y protuberancias, produciendo imágenes impresionantes, no podamos tomar una simple fotografía de nuestra propia galaxia. Pero al obtener mediciones precisas de distancia y posición de miles de millones de objetos, Gaia puede construir un mapa más claro que nunca, construyendo la imagen desde dentro. De los 2 mil millones de estrellas que Gaia observó, la gran mayoría se encontraban dentro de la Vía Láctea. Al medir sus posiciones y distancias, los astrónomos pueden desarrollar un mapa más detallado y preciso de nuestra galaxia. Y al cartografiar los movimientos estelares, pueden comprender no solo el panorama general, sino también los pequeños remolinos, corrientes y cúmulos de estrellas que se mueven dentro del gran río de la Vía Láctea. Por ejemplo, los astrónomos saben desde hace años que la espiral de la Vía Láctea no es plana, sino que está deformada, con una distintiva curvatura. Gaia no solo pudo medir mejor la forma de esa deformación, sino también cómo oscila con el tiempo. Los datos de Gaia mostraron a los astrónomos que la deformación oscila relativamente rápido, con un período inferior a 700 millones de años. Esto sugiere que algo drástico, como una colisión con otra galaxia, la causó, a diferencia de una protuberancia en el halo de materia oscura de nuestra galaxia, por ejemplo, que crearía una deformación con una oscilación más lenta. La causa más obvia es la galaxia enana esferoidal de Sagitario, que probablemente ha colisionado con la Vía Láctea varias veces en el pasado mientras ambas se fusionan lentamente en una sola. Desde la ubicación de nuestro planeta dentro de la Vía Láctea, no podemos volar fuera de la galaxia para observar su aspecto. Sin embargo, al medir la posición de miles de millones de estrellas, Gaia ha producido los mapas más precisos de la Vía Láctea hasta la fecha, lo que permite a los astrónomos comprender mejor su tamaño, forma y estructura detallada. Ahora sabemos que la Vía Láctea es una espiral barrada con múltiples brazos, y que su disco no es plano, sino deformado, con un borde curvado sobre el centro y el otro hacia abajo. Pero Gaia también dedicó tiempo a observar las inmediaciones de la Vía Láctea, especialmente a nuestra vecina cercana y conocida por los observadores del hemisferio sur, la galaxia enana conocida como la Gran Nube de Magallanes (GMM), la cual es aproximadamente un 10 % más masiva de lo que los astrónomos creían. La publicación de datos más reciente, la 3.ª, se realizó en el 2022; se esperan dos más, este año y alrededor del 2030. La publicación del 2026 abarcará cinco años y medio de datos. Además de este período más amplio, el equipo de Gaia ha mejorado la calibración de los instrumentos y los algoritmos de procesamiento de los datos, lo que significa que el próximo lote de datos será aún más limpio y preciso. Asimismo, incluirá un amplio catálogo de candidatos a exoplanetas, algo que se ha esperado con ansias. Cuando se lanzó Gaia, los astrónomos predijeron que el telescopio podría encontrar hasta 21 000 exoplanetas durante cinco años de observaciones. Hasta ahora, el recuento total de exoplanetas a lo largo de la historia asciende a poco más de 6000, por lo que un salto tan grande revolucionaría el campo. Tras 10 años y medio de observaciones, los astrónomos predicen un hallazgo de unos 70.000 exoplanetas, así como una precisión excepcional en el mapeo general de las estrellas en nuestra galaxia. Por último, esta publicación de datos no se producirá hasta al menos finales de la década, alrededor del 2030 aproximadamente. La larga espera se debe a la enorme cantidad de datos sin procesar: aproximadamente un petabyte o un millón de gigabytes en el conjunto completo. Todos esos datos requieren un procesamiento inmenso para desentrañar los minúsculos desplazamientos de las estrellas en el cielo y distinguirlos de cualquier ruido espacial o del propio telescopio. Es un proceso excelente, pero la espera merecerá la pena ¿No os parece?