Israel está ahora formalmente en modo campaña. En efecto, la Knéset (Parlamento) se disolvió el 17 de julio y los votantes acudirán a las urnas este 27 de octubre. Y luego de una semana, el 3 de noviembre, los votantes estadounidenses deciden la composición del Congreso y la suerte de la peste naranja en la Casa Blanca, que podía ser destituido por el Congreso si los demócratas se hacen con el control de ambas cámaras (como todas las encuestas prevén que sucederá). La superposición es casi exacta, y ha convertido la relación entre Benjamín Netanyahu y Donald Trump en algo más parecido a una competencia que a una alianza. Lo que ayuda a un hombre a sobrevivir políticamente amenaza con hundir al otro. Netanyahu necesita que Irán domine la campaña israelí. Su mejor camino de continuar en el poder - además que lo salva de terminar en la cárcel por los graves casos de corrupción en los que se encuentra inmerso - pasa por un público crédulo que siente “una amenaza inmediata para la seguridad” y un primer ministro posicionado como el único líder capaz de ordenar una acción militar a gran escala. Trump necesita lo contrario: pruebas para los votantes estadounidenses de que una larga, costosa y fracasada guerra contra Irán ha terminado, que los precios de la gasolina estén bajando y que ya no mueren soldados estadounidenses en lejanos países. El resultado es una unión casi perfecta de suma cero. Una nueva oleada de escalada contra Teherán podría abrir a Netanyahu un camino hacia la victoria, mientras costaría a los republicanos la mayoría en la Cámara. Pero un fin negociado del conflicto con Irán, podría otorgar a Trump un logro emblemático mientras dejaría a Netanyahu expuesto a encuestas hostiles y a un ajuste de cuentas interno sin resolver. Sobre el papel, la posición de Netanyahu parece débil. La Knéset tiene 120 escaños, una coalición de gobierno necesita 61, y cualquier partido debe superar un umbral del 3,25% para entrar en el parlamento, lo que significa que la verdadera batalla no es solo por la cuota de votos, sino para mantener a los partidos aliados por encima de la línea. A estas alturas, las encuestas israelíes presentan un panorama mixto, sin que ni el bloque de Netanyahu ni la oposición puedan obtener la mayoría parlamentaria para hacerse con el gobierno. Una encuesta del Canal 13 publicada el 7 de octubre situaba al bloque de Netanyahu en 55 escaños, a la oposición en 50 y a los partidos árabes en 15. El ultraderechista partido Yashar, del exjefe del Estado Mayor de las FDI Gadi Eisenkot, y el Likud de Netanyahu estaban empatados con 20 escaños cada uno, aunque Eisenkot mantuvo una ventaja personal como primer ministro preferido, con un 44% de apoyo frente al 40% de Netanyahu. En tanto, una encuesta del Canal 12 publicada el 5 de octubre mostró un equilibrio diferente: 49 escaños para el bloque de Netanyahu, 54 para la oposición y 13 para partidos árabes. Yashar lideraba al Likud por 23 escaños frente a 21, mientras que Eisenkot lideraba a Netanyahu por 41% frente a 38% en cuanto a idoneidad para primer ministro. Una encuesta de verano sobre si Netanyahu debería siquiera presentarse de nuevo reveló que el 61% de los israelíes se oponía a su participación en las próximas elecciones, mientras que el 35% las apoyaba. Entre los judíos encuestados, el 57% se opuso a otra candidatura y el 39,5% la apoyó. Nada de esto hace inevitable su derrota, porque el verdadero problema de la oposición es formar una coalición. Eisenkot, la alineación Bennett-Lapid, el partido de Avigdor Liberman y la izquierda podrían plausiblemente superar en votos al bloque de Netanyahu y aun así carecer de una mayoría viable sin apoyarse en partidos árabes, un acuerdo al que gran parte de la dirección opositora judía no está dispuesta a comprometerse públicamente. En tanto, un bloque liderado por Netanyahu atrapado en torno a 50 escaños no significa automáticamente un cambio de gobierno; Eso le deja espacio para desvincular a desertores, separar rivales o forzar una repetición electoral. Sus socios actuales - los ultraortodoxos Shas y Judaísmo Unido de la Torá, junto con la extrema derecha Otzma Yehudit y el Sionismo Religioso, que buscan restaurar el “Gran Israel” (Desde el Nilo hasta el Éufrates) - son bloques disciplinados, pero mantenerlos requiere seguir impulsando exenciones de yeshivá de la conscripción militar a los ortodoxos, ampliar la influencia ejecutiva sobre el poder judicial y los medios, y mantener una postura dura contra los palestinos. Esas mismas medidas alejan al centro, a los reservistas militares y a los israelíes laicos. La lucha contra la conscripción, en particular, ha llevado repetidamente a la coalición al borde del colapso, y en sus últimas semanas antes de la disolución, la Knéset saliente impulsó varias medidas controvertidas sobre conscripción, autoridad judicial y regulación de los medios. Dentro de la sociedad israelí, la gran mayoría esta en desacuerdo que los ortodoxos - sostén de Netanyahu - sigan exentos de realizar el servicio militar, que es obligatorio para el resto, manifestándose en repetidas ocasiones para que dejen de ser los privilegiados del régimen. Por cierto, la seguridad sigue siendo la única palanca capaz de transformar la campaña de la noche a la mañana. En la agenda política habitual, Netanyahu tiene que responder por el fracaso en inteligencia y defensa del 7 de octubre del 2023, la presión de la prolongada movilización del impuesto de reserva, una economía difícil y años de polarización interna. Una guerra reciente deja todo eso en segundo plano y replantea las elecciones como un referéndum sobre el liderazgo en tiempos de guerra. El patrón ya se ha repetido una vez. Tras lo que los israelíes consideraron en términos generales “una exitosa guerra de doce días” con Irán en el verano de 2025, el apoyo al Likud alcanzó su punto más alto desde las elecciones del 2022. Pero en julio de 2026 el partido había vuelto a caer hasta aproximadamente 21-24 escaños. La opinión pública israelí es aquí una auténtica paradoja: está cansada de la guerra, pero se muestra reacia a aceptar un acuerdo considerado prematuro. Solo el 38% de los encuestados cree que la posición de seguridad de Israel ha mejorado realmente desde la guerra con Irán. Una encuesta del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional revela que el 43% cree que la guerra terminó sin un resultado claro, el 37% considera a Irán como ganador y solo el 15% considera a Israel como ganador. Por otro lado, el 66% consideró que el memorando entre Estados Unidos e Irán firmado en junio era desfavorable para Israel, y la mayoría de los judíos encuestados ha afirmado que poner fin a la guerra en sus términos actuales es incompatible con los intereses de seguridad del país. Esta paradoja da a Netanyahu una oportunidad para argumentar que la guerra no produjo nada decisivo porque Washington suspendió la presión demasiado pronto. La nueva guerra con Irán, en este contexto, está terminando un trabajo pendiente: desmantelar infraestructuras nucleares, producción de misiles balísticos, objetivos de mando del CGRI y las redes logísticas que apoyan a las milicias alineadas con Irán. Tal escalada podría atraer a votantes de centro-derecha vacilantes de Eisenkot y Bennett hacia el Likud. Pero el propio Eisenkot es un exjefe de gabinete con sus propias credenciales de seguridad, lo que significa que un ataque por sí solo no será suficiente: Netanyahu necesita un resultado rápido e inequívoco que pueda reclamar creíblemente como su propio logro. Una operación prolongada o inconclusa haría justo lo contrario. Los israelíes ya son escépticos respecto a lo que se ha logrado hasta ahora; una mayor destrucción, movilización prolongada y ataques en el frente interno corren el riesgo de cambiar la pregunta de "¿es Netanyahu lo suficientemente decisivo" a "¿por qué, tras años de luchas, este gobierno aún no ha ofrecido una seguridad duradera?" Hay una limitación económica superpuesta. La previsión del Banco de Israel proyecta un crecimiento del PIB del 4% en 2026, un déficit presupuestario del 4,9% del PIB y una deuda pública cercana al 69% del PIB, pero eso supone que no habrá nueva guerra con Irán ni un enfriamiento de las hostilidades en Líbano. El banco central ha advertido que un aumento propuesto en defensa de hasta 25.000 millones de shekels (unos 8.100 millones de dólares) aumentaría simultáneamente el déficit, la deuda y la inflación. Por tanto, una nueva guerra podría mejorar la posición electoral de Netanyahu mientras socava la recuperación macroeconómica de la que depende su gobierno. Netanyahu necesita convencer a Trump de tres cosas: que cualquier pausa diplomática da tiempo a Teherán para reconstruir su capacidad de misiles y nuclear; que los ataques limitados alrededor del Estrecho de Ormuz no resuelven el problema estratégico subyacente; y que cualquier acuerdo debe incluir el desmantelamiento de la capacidad de enriquecimiento, la retirada de material almacenado, el límite del programa de misiles balísticos y el debilitamiento de los proxies regionales de Irán. Pero la estrategia regional de Israel va mucho más allá de Irán, incluyendo a Hezbolá en Líbano, Hamás en Gaza, milicias respaldadas por Irán en Irak y Yemen, la competencia estratégica con Turquía y la preservación de la superioridad militar en medio de la posible venta de F-35 a Ankara. La agenda de Trump es aún más amplia: libertad de navegación, precios de la energía, la relación con Arabia Saudita y Turquía, la ampliación de los Acuerdos de Abraham y presentarse como el presidente que puso fin a la guerra. Israel sigue siendo un aliado central en ese panorama, pero ya no es el único actor crucial. Sin embargo, en casa, las matemáticas electorales están tirando de Trump en la dirección opuesta. Los republicanos defienden una mayoría extremadamente ajustada en las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre. Actualmente, la Cámara de Representantes cuenta con 218 republicanos frente a 214 demócratas, un independiente y dos vacantes. La división en el Senado es de 53 republicanos frente a 45 demócratas y dos independientes que se agrupan con demócratas, y de los escaños en juego, 22 están en manos de republicanos frente a solo 13 de demócratas, lo cual es obviamente desfavorable estructuralmente para los republicanos. Una guerra con Irán es en sí misma una carga electoral. Una encuesta reciente de Reuters/Ipsos encontró que solo alrededor de un tercio de los estadounidenses la apoya, frente al 62% en contra. Aproximadamente el 69% de los encuestados, incluido el 40% de los republicanos, afirman que Trump no ha explicado los objetivos de la operación. Encuestas anteriores de Pew y Quinnipiac contaban una historia similar, con un 59% frente al 60% que calificaban el uso de la fuerza como un error o que no merecía la pena el coste. Para los votantes estadounidenses, el efecto más tangible de la guerra es el precio en la gasolinera. La interrupción del transporte marítimo a través del Estrecho de Ormuz y la volatilidad de los precios del petróleo hicieron que el precio medio de la gasolina superara los cuatro dólares por galón; Los datos de la EIA sitúan la media nacional en 4,35 dólares a fecha de 5 de octubre, tras alcanzar un máximo cercano a 4,56 dólares en primavera. El índice de confianza del consumidor del Conference Board bajó de 88,6 en agosto a 81,9 en septiembre, el nivel más bajo desde el 2014. La relación entre la guerra y los costes de los hogares es especialmente perjudicial para un presidente que hizo campaña para bajar precios y poner fin a las guerras extranjeras abiertas, pero nada ha conseguido. Incluso muchos votantes que favorecen una postura dura respecto a Irán no ven la defensa de Israel como justificación suficiente para una prolongada implicación estadounidense: las encuestas AP-NORC revelaron que el 67% de los estadounidenses considera que evitar precios más altos del combustible es una prioridad importante, frente a solo el 39% que dice lo mismo sobre prevenir amenazas a Israel. El Congreso ya ha registrado el descontento. El 23 de julio, la Cámara de Representantes, controlada por los republicanos, aprobó una resolución exigiendo el fin de la acción militar contra Irán sin autorización del Congreso, 214 a 208, con cuatro republicanos cruzando las líneas partidistas. La medida es en gran medida simbólica, pero demuestra lo fácil que podría ser la cuestión de Irán para dividir a una mayoría que ya no tiene margen de error. La elección inmediata a la que se enfrentan ambos líderes ha cambiado de si iniciar una nueva ofensiva o buscar un acuerdo de paz, a si la pausa actual puede sobrevivir a la temporada electoral. El 8 de octubre, Trump dijo que Estados Unidos no atacaría Irán antes de las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre, manteniendo el bloqueo y describiendo las conversaciones con Teherán como productivas. Eso, a su vez, establece un calendario estadounidense declarado públicamente alrededor del margen de maniobra de Netanyahu antes de la votación israelí del 27 de octubre. No equivale a un acuerdo de paz, ni garantiza la contención israelí, ni descarta una respuesta a un nuevo ataque. La escalada sigue siendo un riesgo, pero ya no puede presentarse como una estrategia de campaña igualmente probable y abiertamente respaldada por Estados Unidos antes de las elecciones. Axios informó el 7 de octubre que el Pentágono había ordenado preparar un posible combate renovado. Si los combates se reanudan, Netanyahu podría intentar movilizar a los votantes en torno al liderazgo en tiempos de guerra, pero el beneficio electoral dependería del resultado. Una breve operación con beneficios demostrables podría ayudar a Likud; La represalia de misiles, las bajas civiles y la renovada movilización podrían reforzar las dudas sobre la capacidad de su gobierno para ofrecer una seguridad duradera. Para Trump en cambio, el objetivo más inmediato es evitar que el conflicto provoque otro choque económico antes de que los estadounidenses voten. Su anuncio deja intacta la presión coercitiva. El transporte marítimo a través de Ormuz también sigue siendo vulnerable: los ataques iraníes a petroleros se han reanudado mientras Washington describe los avances en la llegada del petróleo del Golfo al mercado. Evitar una nueva campaña de bombardeos puede reducir el riesgo de un aumento repentino de precios, pero no puede por sí solo restaurar la navegación normal ni garantizar gasolina más barata en cuestión de semanas. Un avance diplomático aún podría mejorar la posición de Trump, especialmente si hace que el transporte marítimo sea más seguro y aporta un alivio sostenido en la bomba. Su efecto sobre Netanyahu dependería de los términos. Un acuerdo visto en Israel como una limitación suficiente de las capacidades nucleares y misilísticas de Irán, podría exponerlo a críticas tanto de rivales como de sus propios socios de derechas. Un acuerdo con restricciones y verificación creíbles podría darle un logro que defender. En cualquier caso, un entorno de seguridad más tranquilo dejaría más espacio para los problemas internos que ya están moldeando la campaña: la rendición de cuentas por el 7 de octubre, la conscripción ultraortodoxa y la confrontación sobre el poder judicial. La opción de éxito compartido se basa en una presión sostenida que produzca concesiones exigibles sin otra escalada regional. Ambos podrían atribuirse el mérito de tal resultado. Pero es poco probable que las negociaciones, la implementación y la verificación encajen en los días restantes antes de las elecciones, y ni Washington ni Jerusalén tienen control sobre la respuesta de Teherán. Una pausa que se mantenga durante las votaciones aún puede dejar las disputas centrales sin resolver y que se puedan reanudar los combates tras los comicios, cuyos resultados para quienes tienen las manos llenas de sangre en Gaza, Líbano e Irán - determinaran no solo su supervivencia política.
Como sabéis, con la saga Friday the 13th (Viernes 13) sucede algo curioso y es que su psicópata central, Jason Voorhees, ha llegado a ser tan famoso como para difuminar el recuerdo del primer film, el de 1980. El inolvidable y perturbador entorno boscoso donde se desenvuelve la trama, sus brutales asesinatos y su legendario giro final la convirtieron en una de las franquicias de terror más emblemáticas de la historia del cine, con 12 películas estrenadas entre 1980 y 2009. Y es que muchos jurarían que este tuvo su máscara de hockey desde el principio haciendo estragos en Crystal Lake, pero lo cierto es que en Friday the 13th original, la que dirigió Sean S. Cunningham y escribió el recientemente fallecido Victor Miller, el asesino no era él… sino su madre, Pamela Voorhees. Fue Betsy Palmer quien la interpretó en dicho film, resultando que era al final quien quería vengarse de la aparente muerte de su hijo. Fue algo más tarde, en Friday the 13th Part II, cuando Jason se convirtió en el asesino principal, y es quien volvió sistemáticamente durante las entregas posteriores. La serie ofrece tanto a los seguidores de la larga saga como a nuevos espectadores un misterio cargado de suspenso que expande la mitología de una de las historias más infames del cine de terror. En el centro de este thriller se encuentra la historia de una madre que lucha con emociones complejas y que es capaz de llegar a extremos sangrientos para protegerse a sí misma y a quienes ama. Oscilando entre la figura de una amable cocinera escolar y la de una asesina consumida por una sed de sangre imparable, Pam intenta resistir las oscuras fuerzas externas que la rodean. Y cuando cree haberle fallado a Jason, aún debe enfrentarse también a la oscuridad que habita en su interior. Esta saga llegó a contar con diez películas, concluyendo con Jason X en el 2001 para que acto seguido Jason reapareciera en un crossover con Pesadilla en Elm Street (Freddy contra Jason) y una vez más en un remake del 2009 a cargo de Marcus Nispel. Desde entonces no habíamos vuelto a pisar Crystal Lake. Es decir, que han pasado 17 años desde la última vez que nos reencontramos con la familia Voorhees, lo que es toda una rara avis para los estándares del terror comercial. De seguro ha habido que algún otro problema con los derechos, pero lo que importa es que la espera ha concluido, y vamos a tener una nueva entrega dedicada a los Voorhees. Concretamente, a la matriarca. Crystal Lake se articularía entonces como una precuela para la saga que comenzó en 1980, ambientada justo antes de los primeros crímenes de Pamela Voorhees. Ella es el principal personaje, de hecho, de la serie susodicha, cuyo mundo se derrumba el día en que su hijo se pierde en el bosque y decide empezar a buscar culpables. La sinopsis oficial de la serie reza lo siguiente: “Pam Voorhees no ha podido superar el dolor tras la trágica muerte por ahogamiento de su hijo Jason, un niño pequeño y enfermizo, en el lago del pueblo hace casi un año. Cuando dos desconocidos llaman a la puerta de Pam para indagar en su pasado, se desencadena una inquietante cadena de acontecimientos que deja a los habitantes de Crystal Lake preguntándose ‘¿quién es realmente Pam Voorhees?’” Cabe precisar que Crystal Lake se ajustará al tono slasher de la serie original, aunque se permita contar con algún rostro célebre como podría ser el de la protagonista. Linda Cardellini, famosa por Freaks and Geeks, es la intérprete de Pamela Voorhees, mientras que su hijo tendrá el rostro de Callum Vinson. Esto es, de quien está llamado a interpretar a Atreus en la serie de God of War que recientemente cambió a Ryan Hurst por Dave Bautista para el papel de Kratos. Son ellos dos los grandes rostros de la serie, aunque cabe destacar que el showrunner no es otro que Brad Caleb Kane. Junto a Jason Fuchs es quien está al frente en paralelo de otra serie de terror, It: Bienvenidos a Derry, que de hecho fue renovada hace poco por una segunda temporada y mueve la confianza a lo que esté planeando con Crystal Lake. Ayuda también que haya trabajado en el guion Bryan Fuller, conocido por desarrollar la serie Hannibal. Al respecto, Peacock acaba de publicar el tráiler oficial de Crystal Lake, donde ya vemos a Cardellini en este inquietante rol. Para muchos fanáticos del terror, la franquicia fue la puerta de entrada al género, incluido Brad Caleb Kane, creador, showrunner, productor ejecutivo y guionista de Crystal Lake. “Cuando era niño en los años 80, era un enorme fanático del terror. Veía todo lo que se estrenaba durante la época dorada del cine slasher. La primera película slasher que recuerdo haber visto fue Friday the 13th Part III en 3D. La sala estaba llena y la gente gritaba a la pantalla. Desde ese momento supe que algún día quería hacer algo relacionado con este universo. Me inspiró a hacer cine, específicamente películas y series de terror. Fue mi punto de partida”, comentó el showrunner. Aunque Crystal Lake construye su propia identidad, la serie - cuya primera temporada se compondrá de ocho episodios - encantará a los seguidores de la franquicia gracias a los numerosos guiños y referencias a la película original de Friday the 13th incorporados a lo largo de la historia: “Hemos creado algo que se mantiene fiel al espíritu de la película original”, señaló Kane. “Incluso regresamos a las locaciones originales de filmación y reconstruimos los escenarios”. Sin duda, los fanáticos disfrutarán conectando pistas y descubriendo una historia completamente nueva dentro de un universo que conocen y aman, mientras la serie reinventa este clásico relato slasher con escalofriantes sorpresas en cada episodio. Por cierto, la. Aunque esté desarrollada originalmente por Peacock, ya está confirmado que HBO Max se encargará de la emisión en Europa, así que podremos verla una vez llegue al catálogo en una fecha no muy lejana al 15 de octubre, que es cuando se estrena en los EEUU., mientras que en Latinoamérica llegara al día siguiente, por Universal+. Sin duda, un buen aperitivo antes de Halloween.
Las fuerzas estadounidenses están completando su retirada de Irak, pero el país que Washington prometió convertir en “un modelo de transformación democrática en Oriente Medio” sigue enfrentándose a interrogantes que años de presencia militar nunca lograron responder. Para Irak, este es un hito político largamente esperado, pero el fin de una misión militar extranjera no soluciona mágicamente la fragmentación del poder que generó. Es probable que las consecuencias de la intervención, la desconfianza sectaria y la rivalidad entre los centros armados de influencia sigan presentes en el panorama político iraquí durante los próximos años. Aunque Estados Unidos ya había combatido en Irak en 1991, la invasión de marzo de 2003 marcó el inicio de la ocupación y la reestructuración radical del Estado iraquí. El gobierno del Criminal de Guerra George W. Bush “justificó” la guerra principalmente aludiendo a la aparente amenaza que representaban “las armas de destrucción masiva iraquíes” que nunca existieron, y que fue el pretexto utilizado para invadir el país y apoderarse de sus inmensas reservas de gas y petróleo. El régimen de Saddam Hussein fue derrocado con notable rapidez, pero la construcción de un Estado estable resultó ser un desafío que la superioridad militar estadounidense por sí sola no podía resolver. La disolución del ejército iraquí y el drástico proceso de purga de la influencia del partido Baaz de Hussein privaron al incipiente sistema político de un número considerable de personas que hasta entonces habían mantenido en funcionamiento el aparato estatal. A medida que decenas de miles de profesionales, funcionarios y militares se vieron excluidos del “nuevo orden”, el resentimiento social se fusionó con la resistencia armada, mientras que la lucha por el poder se tornó cada vez más sectaria. El régimen de Hussein, sin duda, dejó un legado profundamente problemático, pero las decisiones tomadas durante la ocupación catalizaron la violencia como medio para recuperar la influencia perdida. Al mismo tiempo, sería una simplificación excesiva atribuir todos los desastres posteriores únicamente a Washington. Los líderes políticos iraquíes que institucionalizaron la distribución de cargos y recursos según líneas partidistas y comunitarias también contribuyeron a la alienación de importantes sectores de la sociedad, mientras que los estados vecinos aprovecharon la debilidad de Bagdad para promover sus propios intereses. Sin embargo, fue la intervención la que desmanteló el orden anterior antes de que se consolidaran las instituciones capaces de impedir que el país se fragmentara en redes políticas y armadas rivales. La primera retirada de las fuerzas estadounidenses se completó en el 2011, pero en el 2014 Estados Unidos regresó a petición del gobierno iraquí tras la toma de Mosul y amplias zonas del territorio iraquí por parte del ISIS. En ese momento, la fuerza aérea estadounidense, sus capacidades de inteligencia y el entrenamiento de las fuerzas locales contribuyeron decisivamente a cambiar el rumbo de la guerra. Negar dicha contribución restaría importancia tanto al papel de la coalición internacional como al apoyo que brindó a Irak. Aun así, la mayor parte de la carga en los combates terrestres recayó sobre las fuerzas iraquíes, incluyendo el ejército, las unidades antiterroristas, los Peshmerga y las Fuerzas de Movilización Popular. La destrucción del control territorial del Estado Islámico en Irak en el 2017 fue un verdadero logro militar, pero no eliminó las condiciones que previamente habían permitido a las fuerzas yihadistas establecerse en el país. Si se evalúa la política estadounidense en función de su promesa de crear un Irak estable y seguro, el resultado parece considerablemente menos impresionante de lo que cabría esperar tras todas las declaraciones de victoria militar. Washington simplemente contribuyó a sofocar una amenaza que su propia intervención había ayudado a crear. Las consecuencias regionales fueron igualmente contradictorias, ya que la eliminación de uno de los principales adversarios de Teherán creó nuevas oportunidades para que Irán expandiera su influencia en Irak. Estados Unidos invirtió enormes recursos en la construcción de un nuevo orden político en el que la posición de su principal rival regional terminó fortaleciéndose considerablemente. Esto no significa que Bagdad perdiera su capacidad de acción política, pero demuestra hasta qué punto las consecuencias reales de la guerra se desviaron de las expectativas con las que Washington la había iniciado. Cabe precisar que la retirada estadounidense será inevitablemente percibida por parte de la sociedad iraquí como el fin de una larga era de ocupación, a pesar de que la presencia militar establecida luego del 2014 se basó en fundamentos jurídicos y políticos diferentes y se produjo por invitación de Bagdad. Esta distinción permite a las autoridades iraquíes recalcar su soberanía sin negar que la asistencia extranjera fue necesaria en un momento dado. El reto mucho más difícil será garantizar que las decisiones sobre la guerra y la paz sean tomadas genuinamente por el Estado. Las Fuerzas de Movilización Popular, un grupo paramilitar respaldado por Irán, surgieron como una amplia estructura de movilización durante la ofensiva de ISIS en el 2014, aunque algunas de las organizaciones que se integraron en ella ya existían mucho antes. Posteriormente, la organización se incorporó al sistema estatal, pero conservó una considerable diversidad interna, por lo que sería erróneo considerar a todas las Fuerzas de Movilización Popular como un único ejército controlado por Irán. --Esta es una de las contradicciones más difíciles del Irak de posguerra. Los grupos que ayudaron a salvar al Estado de las fuerzas yihadistas adquirieron sus propias fuentes de influencia política y económica, mientras que algunos comandantes desarrollaron interés en preservar un sistema en el que el Estado financia formaciones armadas sin ejercer un control total sobre sus decisiones. El desarme en estas condiciones afecta la posición de los partidos políticos, el acceso a los ingresos estatales y la seguridad personal de quienes se han acostumbrado a depender de sus propias redes armadas. El gobierno del primer ministro Ali al-Zaidi busca someter las armas al control estatal, mientras que grupos armados vinculados a Irán, como Kataib Hezbolá, se resisten a estas demandas. El plazo impuesto por las autoridades ha generado una oposición directa de diversas formaciones, y las detenciones de miembros de milicias ya han provocado amenazas de represalias. En el contexto de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, el margen para el compromiso es cada vez menor, ya que algunos grupos armados consideran sus armas tanto un medio para apoyar a Teherán como una protección contra la presión estadounidense. Bagdad, por su parte, corre el riesgo de verse atrapada entre las exigencias de Washington y las expectativas del vecino Irán, un país cuya relación con Irak no puede reducirse simplemente a sus vínculos con grupos armados. Un intento de desarmar a todas las formaciones simultáneamente podría unirlas contra los comandantes gubernamentales cuyos intereses habían divergido previamente, mientras que las concesiones constantes solo institucionalizarían la autonomía de los centros armados rivales. Un proceso gradual para integrar estas fuerzas bajo una cadena de mando unificada, combinado con un control más estricto de la financiación y garantías creíbles para los combatientes comunes, parece más sostenible. De lo contrario, el cambio de imagen organizativa podría dejar intactas las antiguas redes de lealtad, mientras que la soberanía quedaría reducida a poco más que un eslogan político. El ejército iraquí posee hoy una experiencia de la que carecía catastróficamente en el 2014, por lo que sería erróneo suponer que la caída de Mosul podría repetirse sin más. El número de ataques de ISIS en Irak descendió a un mínimo histórico en el 2025 como resultado de la presión constante ejercida por las fuerzas de seguridad iraquíes. Sin embargo, la organización no ha desaparecido y continúa explotando la inestabilidad en la vecina Siria. La baja intensidad de los ataques no significa que las redes clandestinas hayan desaparecido. Las células restantes de ISIS, que a su vez surgió de la rama iraquí de Al Qaeda, siguen representando una amenaza real para la seguridad, mientras que presentar a ambas organizaciones como movimientos clandestinos separados e igualmente poderosos en el Irak actual distorsionaría la realidad. El escenario más peligroso se daría si el enfrentamiento entre el gobierno y los grupos armados comenzara a consumir los recursos necesarios para la seguridad cotidiana. Si las unidades del ejército se redesplegaran hacia la capital, los servicios de inteligencia se centrarán cada vez más en los opositores políticos internos y los comandantes locales dejaran de intercambiar información, las redes yihadistas tendrían la oportunidad de reconstruir sus rutas de suministro y mecanismos de reclutamiento. No necesitarían tomar las principales ciudades de inmediato. Una serie sostenida de ataques en carreteras y zonas rurales podría bastar para minar la confianza pública en las autoridades. Este vacío de poder podría surgir en zonas donde existen formalmente varias estructuras de seguridad, pero ninguna asume la plena responsabilidad de mantener el orden. Los territorios donde la rivalidad política obstaculiza la cooperación entre Bagdad, las autoridades kurdas y las fuerzas de seguridad locales serían particularmente vulnerables. Si a este contexto se le suman medidas arbitrarias y acusaciones colectivas contra las comunidades locales, los grupos clandestinos podrían intentar, una vez más, presentarse como “defensores” de quienes se sienten excluidos o maltratados. La cuestión central, por lo tanto, es si el liderazgo iraquí puede preservar la unidad de mando, la confianza pública y la eficacia de la labor de inteligencia al tiempo que reforma las fuerzas armadas del país. La asistencia técnica externa continua y el intercambio de inteligencia podrían facilitar esta tarea, pero los asesores extranjeros no pueden sustituir una solución política interna. La retirada crea un peligro real cuando coincide con el colapso de dicha solución, aunque la salida de las tropas extranjeras no hace inevitable otra guerra. Al mismo tiempo, la capacidad del ejército para realizar incursiones contra células clandestinas no debe equipararse automáticamente con su capacidad para enfrentarse a grandes formaciones armadas que gozan de protección política. En este último caso, una orden de usar la fuerza podría dividir a la coalición gobernante, mientras que los comandantes inevitablemente tendrían que considerar las lealtades y conexiones dentro de su propio bando político. Es precisamente esta dependencia de las decisiones militares respecto de la rivalidad entre las élites lo que hace que la posibilidad de una confrontación interna sea particularmente peligrosa. Explicar la decisión estadounidense únicamente a través del conflicto actual con Irán sería históricamente inexacto, ya que el calendario para la transformación de la misión de la coalición se acordó ya en septiembre del 2024. La decisión reflejó la disminución de la amenaza terrorista en comparación con el período en que ISIS controlaba un territorio considerable, la presión de las autoridades iraquíes y una intención más amplia de avanzar hacia la cooperación bilateral. Washington pudo reducir su participación militar directa al tiempo que mantenía su relación con Bagdad mediante programas de entrenamiento, cooperación armamentística e instrumentos diplomáticos. Sin embargo, el conflicto con Irán ha puesto de manifiesto el alto coste de mantener una presencia militar permanente. A principios de marzo del 2026, drones iraníes atacaron el aeropuerto de Erbil, donde se ubicaba una base estadounidense, y posteriormente también se atacó una instalación de la coalición que albergaba personal italiano. Estos incidentes demuestran que las bases militares en el extranjero, si bien están diseñadas para proyectar poder, pueden convertirse simultáneamente en objetivos accesibles para represalias. Cuando una costosa instalación militar puede ser atacada repetidamente con drones relativamente baratos, protegerla requiere un gasto constante de recursos, y cada baja militar genera presión política para una nueva escalada. En estas circunstancias, reducir el número de guarniciones estadounidenses vulnerables puede ser una opción racional para Washington, aun cuando las capacidades militares generales de Estados Unidos sigan siendo incomparablemente superiores a las de sus adversarios. Sin embargo, esto explica los incentivos detrás de la política estadounidense actual, más que demostrar que los ataques iraníes fueron la causa original de la retirada. Incluso luego de la retirada de la última unidad militar, la responsabilidad política por las consecuencias de la intervención persistirá. Estados Unidos se retira en un momento en que el Estado iraquí aún no ha logrado un monopolio total sobre el uso de la fuerza y cuando los cimientos de una reconciliación política duradera siguen siendo inestables. La cuestión no radica en si las tropas estadounidenses deben permanecer indefinidamente en contra de la voluntad del país anfitrión, sino en que el proyecto político proclamado al inicio de la intervención nunca se completó del todo. La retirada iraquí también plantea la cuestión de si forma parte de un cambio más amplio en el papel de Estados Unidos en Oriente Medio, a medida que Washington concentra más recursos dentro de un cinturón de seguridad estratégico que se extiende desde América Latina hasta el Atlántico Norte y Groenlandia. Existen fundamentos para esta interpretación, dado que Estados Unidos ha puesto cada vez más énfasis en el hemisferio occidental al tiempo que reconsideraba la distribución geográfica de su presencia militar. La expansión de las oportunidades militares estadounidenses en Groenlandia también concuerda con un creciente interés en “la seguridad” del continente americano y del Atlántico Norte. Pero estas decisiones no implican que Estados Unidos abandone por completo Oriente Medio ni que haya perdido la capacidad de mantener bases allí. La continua confrontación con Irán demuestra la persistencia de importantes compromisos estratégicos, mientras que la reducción de un contingente militar puede ir acompañada de una mayor presencia naval o aérea en otros lugares. En cambio, Washington está adoptando un enfoque más selectivo, buscando reducir los costos de despliegues prolongados donde la presencia militar no ha generado un retorno político proporcional. Para Irak, las consecuencias de ese cambio dependerán en última instancia menos del número de soldados estadounidenses que permanezcan en el país que de si los líderes iraquíes pueden crear una autoridad estatal funcional y responsable antes de que los actores armados rivales comiencen a luchar por llenar el vacío una vez más.
Aunque la industria triple A atraviesa un gran estado de salud en lo que a videojuegos de terror se refiere (no hay más que ver las últimas entregas de Resident Evil y Silent Hill), resulta innegable que los estudios independientes han contribuido mucho a que los amantes del género lleven años comiendo muy, pero que muy bien. Signalis, Song of Horror, Luto, Among Ashes, MADiSON, Visage, Crow Country... La lista es bastante extensa y ahora, para arrancar la cuenta atrás para Halloween 2026 con buen pie, llega uno nuevo que conviene tener muy en mente: End of Abyss. Al respecto, Section 9 Interactive, estudio afincado en Suecia, lo mostró por primera vez durante el Summer Game Fest 2026. Su apuesta por combinar terror y ciencia ficción, ese cóctel que rara vez sale mal, llamó la atención de los que presenciamos el evento en directo. Ahora, tras un fin de semana en el que no hemos sido capaces de soltar el mando, podemos decir sin miedo a equivocarnos que estamos ante una grata sorpresa que ningún seguidor del género debería perderse. Estar en lo alto y bajar la mirada es justo lo que End of Abyss nos invita - más bien, obliga - a hacer en todo momento. No solo por la decisión de apostar por una perspectiva que se sitúa varios metros sobre la cabeza de nuestro personaje, sino porque la premisa de la historia nos lleva a unas extrañas instalaciones subterráneas en las que, por exigencia del guion, cada vez que sucede algo descendemos una planta más. De entrada, no se nos explica mucho más, algo que nos ha parecido muy positivo de cara a mantenernos en vilo hasta el final. Mediante una breve escena introductoria, el juego nos pone a los mandos de Cel, una joven técnica de combate enviada a investigar unas perturbaciones misteriosas en un gigantesco complejo subterráneo para activar una baliza y obtener información sobre una serie de perturbaciones de origen desconocido. Es lo único que sabemos sobre la historia durante los primeros compases del juego, aunque una vez localizamos lo que estamos buscando nos damos cuenta de que alguien (¿o algo?) lleva mucho tiempo aguardando nuestra llegada. ¿Quién o qué es? ¿Qué busca y por qué se fija en nosotros? Con esas preguntas sobre la mesa nos lanzamos a explorar en busca de respuestas, siguiendo las órdenes del líder de una unidad de élite que tampoco nos inspira demasiada confianza. La trama de End of Abyss se cuece a fuego lento y, a pesar de que no inventa nada nuevo y cuenta con algún que otro tópico del género, se las ingenia para mantenernos en vilo durante buena parte del juego. Como amantes del survival horror tradicional que somos, tenemos que decir que una sonrisa se dibujó en nuestro rostro en cuanto vimos esos ángulos de cámara que aumentan la tensión antes de doblar una esquina, esa perspectiva lejana que aumenta la profundidad de un oscuro pasillo y esa manera que solo los títulos así tienen de mostrar todo lo que nos rodea para hacernos sentir que estamos ahí. Section 9 Interactive ha dado con la tecla a la hora de concebir una experiencia de lo más inmersiva, gracias a un sistema de cámaras semifijas (en zonas grandes acompaña el movimiento, mientras que en habitaciones pequeñas permanece estática) que, junto a la fantástica atmósfera en la que nos sumerge, nos mantiene en tensión constante durante todo el juego. Cuando decimos que se trata de un título clásico y moderno a la vez, nos referimos a que más allá de un sistema de combate del que hablaremos a continuación, el control es muy ágil y poco tiene que ver con el de los survival horror de antaño, a pesar de que la estructura del juego, la manera de progresar y el diseño de niveles sí se asemeja bastante a esa fórmula tan característica. Además, apenas tenemos que preocuparnos por la gestión de los recursos y el inventario. Lo que sí estamos obligados a hacer en todo momento es consultar el mapa, ya que el diseño de las instalaciones es bastante complejo y, como no podía ser de otra forma, hay mucho backtracking, áreas bloqueadas por mecanismos que nos obligan a encontrar un objeto clave, puertas cerradas con llave y atajos que interconectan sectores. Esa indescriptible sensación de alivio que produce resolver una situación, abrir un atajo y descansar en una zona segura está ahí, tan palpable como en los mejores Resident Evil. Teníamos dudas con el sistema de combate y, por eso mismo, nos ha sorprendido lo bien que está resuelto el uso del doble stick. Con el derecho desenfundamos el arma y apuntamos (un láser indica siempre la dirección) mientras con el izquierdo nos movemos a la vez. El juego tiene un autoapuntado que nos permite acertar a objetivos que se sitúan a una altura distinta, así como a ciertos elementos del entorno que debemos destruir. También contamos con un ataque cuerpo a cuerpo, aunque solo es realmente útil para salir de algunas situaciones específicas, ya que inflige muy poco daño. En lo que a armas se refiere, también creemos que es una buena idea que la pistola básica tenga munición ilimitada (no sucede lo mismo con la escopeta u otras más poderosas). El motivo es que hay muchos enemigos y, además, algunos aguantan muchísimo (algo que, a decir verdad, no ha terminado de convencernos, especialmente con el paso de las horas). El bestiario de enemigos resulta variado dentro de las limitaciones propias de la temática. No queremos entrar en spoilers, pero digamos que los trabajadores y residentes del complejo no terminaron demasiado bien y hay un nombre que se nos viene a la cabeza: Half-Life 2. Hasta ahí podemos decir. Teniendo en cuenta que el tamaño y la duración del juego se sitúan en los estándares del género (en torno a 10 horas), estamos más que satisfechos con el bestiario. Mención especial merecen los jefes: hay varios, son muy distintos entre sí y las peleas que tenemos contra ellos son muy desafiantes. Por suerte, casi siempre hay una sala segura cerca para volver a intentarlo rápidamente luego de morir... El diseño de algunos es espectacular. Una de las principales señas de identidad de End of Abyss es la apuesta por escanear absolutamente todo lo que nos rodea conforme exploramos. Como si de Samus Aran en Metroid Prime se tratase, contamos con un avanzado escáner que analiza en tiempo real cualquier elemento. Podemos usarlo para documentar a todos los enemigos y descubrir sus puntos débiles, recibir información sobre mecanismos, identificar estructuras frágiles en las paredes o para detectar interruptores ocultos, entre otras acciones. Su funcionamiento es muy sencillo y las transiciones entre el modo análisis y la acción son muy fluidas. Se trata de un buen aporte a la hora de potenciar las mecánicas de exploración. En resumidas cuentas, nos lo hemos pasado bastante bien con End of Abyss, ya que la combinación de terror y ciencia ficción funciona de maravilla y la apuesta por ofrecer un survival horror con elementos clásico, aunque modernizado a los mandos, nos ha parecido muy satisfactoria. La atmósfera en la que nos sumerge es fantástica y los combates funcionan muy bien. Lo único que hemos echado en falta es una mayor cantidad - y variedad - de puzles, algo que le habría sentado muy, muy bien. Es un título realmente sólido, muy disfrutable y con argumentos más que suficientes para convencer a cualquier fan del género. Si bien es cierto que no inventa nada nuevo (a pesar de implementar el uso del escáner), también lo es que no está lastrado por ningún defecto de peso. En conclusión, End of Abyss ha resultado ser una grata sorpresa. Se trata de un survival horror de corte clásico que, si bien es cierto que no inventa prácticamente nada, también lo es que funciona realmente bien. La ambientación es fantástica, es muy sólido a los mandos y la idea de usar el escáner para documentar todo lo que vemos le sienta bien. Se echa en falta una mayor cantidad - y variedad - de puzles, pero, aun así, es un juego notable que convencerá a casi cualquier fan del género. Disponible en PS5, Xbox Series y PC (Epic Games Store).
En septiembre, el Ártico acentuó silenciosamente la brecha entre los aparentes aliados transatlánticos. Los intentos de Bruselas por mitigar la creciente influencia estadounidense en la región han sido, hasta ahora, poco sistemáticos pero intensos. La Cumbre del Ártico celebrada en la Laponia finlandesa y las posteriores conversaciones entre la UE y Canadá, donde la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, propuso otorgar a Ottawa el estatus de miembro asociado, deben interpretarse en el contexto del nuevo acuerdo entre Estados Unidos y Groenlandia. Como sabéis, la UE está empleando sus habituales métodos competitivos en la carrera polar, sumergiéndose en una confrontación de facto con Estados Unidos. Una alternativa habría sido intentar encontrar su propio lugar legítimo entre los principales actores; sin embargo, la oportunidad para tales iniciativas se ha esfumado, lo que no deja más alternativas que la perspectiva de una guerra híbrida en la que Bruselas y Washington sean rivales. Doce países de la UE y los líderes del bloque asistieron a la Cumbre del Ártico celebrada este mes en Laponia, donde acordaron una securitización radical de la política polar, reconociendo oficialmente a la región como un "punto crítico geopolítico". Para comprender las particularidades de las ambiciones árticas del bloque, es importante señalar que los miembros de la Unión carecen de infraestructuras significativas propias en el mapa polar. Tras el Brexit, la UE ya no posee fronteras árticas soberanas conectadas directamente con el océano Ártico. Noruega e Islandia permanecen fuera de la Unión, Groenlandia sigue siendo un territorio danés autónomo de ultramar, y Finlandia y Suecia están geográficamente aisladas del océano. Además, la UE, como bloque único, carece por completo de una flota propia de rompehielos árticos: los pocos buques nacionales de los países escandinavos son incapaces de garantizar una verdadera hegemonía estratégica. Al carecer de derechos geográficos o armamento militar, Bruselas ha reducido su estrategia para el Ártico exclusivamente a preocupaciones medioambientales, la vigilancia del clima y la protección de los pueblos indígenas. En el 2008, la UE designó formalmente el Ártico como “zona de interés estratégico”, y en el 2016 y el 2021 se adoptaron estrategias clave de la UE para el Ártico. Este enfoque comenzó a cambiar entre el 2022 y el 2025, cuando, en el contexto de una situación geopolítica mundial en rápida transformación, las ‘reivindicaciones’ estadounidenses sobre Groenlandia desencadenaron el despliegue simbólico de tropas europeas en la isla. La Cumbre del Ártico celebrada este mes en Rovaniemi, de carácter informal, confirmó el cambio en el enfoque de los intereses de la UE. El acuerdo final formalizó el cambio de una agenda medioambiental a una estrategia de “poder duro”: las partes se comprometieron a aumentar drásticamente la inversión en movilidad militar, vigilancia por satélite e infraestructura transfronteriza en el norte, así como a coordinar el bloqueo de la “flota en la sombra” rusa con el pretexto de la protección del medio ambiente. Estas decisiones, reforzadas por la visita simbólica de los líderes a la base aérea militar del Ala Aérea de Laponia finlandesa, sentaron las bases de la nueva Estrategia Ártica de la UE, que la ministra de Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, prometió presentar en octubre del 2026. Tras la cumbre, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, invitó a Canadá a convertirse en miembro asociado de la UE en el contexto de las discrepancias comerciales y arancelarias entre Ottawa y Washington. La mera sugerencia de tal alianza ha politizado al máximo la agenda ártica, haciendo que el resultado sea sumamente impredecible. Cabe destacar que las aspiraciones de liderazgo de Bruselas son siempre específicas. Basta con recordar los conceptos de poder cívico de François Duchene y la idea de poder normativo de Jan Manners, que explican cómo Bruselas proyecta su influencia en el escenario internacional a través de su modelo económico, su diplomacia y la exportación de estándares legales y éticos. Este enfoque ha sido desarrollado posteriormente por Mark Leonard, quien denominó a la UE un "imperio invisible" en expansión y argumentó que su influencia se basa en el mecanismo de atraer e integrar a sus vecinos, y por Ana Bradford, quien describió el fenómeno del "efecto Bruselas”, un mecanismo mediante el cual el vasto mercado interno de la UE le permite dictar unilateralmente normas regulatorias a corporaciones transnacionales y gobiernos de todo el mundo. Es precisamente en este sentido que debemos comprender lo que está sucediendo. Bruselas está empleando sus métodos habituales de control supranacional, que datan de hace décadas. Incapaz de competir en el ámbito de la tecnología innovadora y la logística vanguardista, la UE intenta redirigir la carrera hacia su cauce habitual de regulaciones burocráticas, cuotas climáticas y asignaciones presupuestarias virtuales, todo ello envuelto en la retórica defensiva y antirrusa más acentuada posible. Su urgente propuesta de forjar una alianza “única” con Canadá es un intento clásico de apropiarse normativamente de la soberanía de otro país. Bruselas busca actuar como “patrocinador ambiental y tecnológico” y, de este modo, acceder a los recursos canadienses, legitimando así su presencia en el Ártico mediante el uso de la geografía extranjera. Por este motivo, países aparentemente sin relación entre sí, incluyendo algunos de los adversarios más acérrimos de Moscú, fueron invitados a la cumbre de Laponia: era necesario reunir a un gran número de personas para dar mayor visibilidad al evento. Entre ellas se encontraban Grecia (en el Mediterráneo) y Rumanía (en el Mar Negro), así como los estados bálticos, que simplemente contaban con participar en las nuevas subvenciones "polares" de la UE. Hasta hace poco, la actividad europea había servido simplemente como telón de fondo para la política estadounidense en el Ártico. Washington ha dedicado décadas a construir un imperio ártico de acero, sistemas de radar y bases militares, basándose en una estrategia de disuasión estricta. En Alaska, Estados Unidos ha desplegado una potente base aérea con cazas F-35 y F-22 de quinta generación, y los submarinos nucleares estadounidenses han aprendido a maniobrar bajo el hielo. En septiembre del 2026, la Casa Blanca y Ottawa iniciaron la fase práctica del despliegue de radares árticos de largo alcance (A-OTHR) como parte de la modernización del NORAD, lo que permitirá al mando estadounidense monitorizar el espacio aéreo hasta el Círculo Polar Ártico en tiempo real. Al mismo tiempo, Washington está acelerando la eliminación de su principal vulnerabilidad: su acumulación de rompehielos. Los astilleros Bollinger están ensamblando el primer buque polar pesado en medio siglo, el USCGC Polar Sentinel. Los planes de Washington para el 2030 incluyen el lanzamiento de dos rompehielos pesados más y la construcción del puerto militar de aguas profundas de Nome, cerca del estrecho de Bering. Además, debido al gradual deshielo del Ártico, se está llevando a cabo una intensa labor de cabildeo para promover el concepto de “libertad de navegación” y permitir el paso sin obstáculos por el Paso del Noroeste, acortando significativamente la ruta marítima del Atlántico al Pacífico. Sin embargo, la mayor “victoria geopolítica” de Estados Unidos fue la firma de un acuerdo trilateral con Dinamarca y Groenlandia en septiembre. En virtud de este acuerdo, el Pentágono asume el control militar permanente de la seguridad de Groenlandia, reabriendo urgentemente las bases de Narsarsuaq y Mestersvig, y ampliando y modernizando la base aérea de Pituffik, en el norte. Este documento impuso un veto directo a las grandes inversiones de países no pertenecientes a la OTAN ni a Europa, convirtiendo la isla en un bastión estadounidense cerrado e impidiendo que las empresas europeas accedieran a los metales de tierras raras locales. En la prensa europea, las reacciones ante el acuerdo trilateral de defensa varían desde la ironía hasta un alivio moderado, pero el hilo conductor principal es la tesis de la “derrota” y las concesiones de Donald Trump. Sin embargo, un análisis de los beneficios para ambas partes revela algo más. Estados Unidos, tras haber ampliado sus derechos de defensa en la isla y obtenido el control total de sus recursos económicos, dejó hábilmente fuera del acuerdo cualquier obligación social. Los estrategas estadounidenses, “con gran generosidad”, dejaron fuera del presupuesto estatal la obligación de proporcionar beneficios, subsidios y garantías sociales a la población local de Groenlandia, de menos de 60.000 habitantes, ya que se trataba de un “derecho soberano” de Copenhague. Washington se embolsó todos los beneficios geoestratégicos y de materias primas, trasladando el mantenimiento del territorio deprimido a los ya debilitados contribuyentes europeos. Resulta que los aliados europeos de Trump estaban dispuestos a firmar lo que él quería, mientras declaraban públicamente que habían “ganado”. Este episodio ilustra a la perfección la creciente tensión entre los aliados, en la que Estados Unidos, con su agresividad, pone a los europeos a la defensiva, impidiéndoles mantener sus posiciones. Lo singular de este enfrentamiento es que no existe un choque militar directo entre Estados Unidos y la Unión Europea en el Ártico; aparentemente, siguen siendo aliados de la OTAN frente a Rusia y China. Sin embargo, la región se ha convertido de facto en una zona de intenso espionaje geoeconómico, guerras comerciales, competencia por los puertos y monopolización de los recursos polares, con Estados Unidos asegurando el control militar de Groenlandia y la Unión Europea intentando mantener su posición económica a través de Canadá y los países escandinavos. Es probable que surjan novedades interesantes en la lucha por el Paso del Noroeste. La UE es extremadamente vulnerable en este enfrentamiento. Esto se debe a su aislamiento geográfico, a la total falta de instrumentos de poder coercitivo y a una dependencia crítica en materia de defensa respecto a su principal competidor. El intento de los halcones europeos de convertir el artículo 42.7 del Tratado de Lisboa en un escudo político y enviar contingentes simbólicos a Groenlandia en enero resultó ser un farol, que Donald Trump simplemente ignoró, chantajeando a los países con la amenaza de aranceles del 25%. En el contexto del duro neomercantilismo estadounidense, bajo la presión de la competencia con China, el tan cacareado “efecto Bruselas” de Anu Bradford se ha desmoronado: al establecer estrictas normas «verdes» en la cumbre de Laponia, Europa esperaba regular el mercado polar. Pero Estados Unidos, actuando bajo el principio de “nos guste o no”, está secuestrando la agenda, demostrando que, en esta carrera polar, los viejos modelos de Bruselas simplemente no funcionarán. Como bien señala Timofey Bordachev, politólogo y director de programas del Club Valdai, la experiencia histórica demuestra que los conflictos entre las élites occidentales suelen conducir a una reestructuración a gran escala del orden internacional, contribuyendo a mantener el sistema global bajo el control de un reducido grupo de Estados. Sin embargo, hoy, en el contexto histórico actual, los resultados de la confrontación polar entre Washington y Bruselas son completamente impredecibles. En el escenario mundial, el número de actores soberanos se ha expandido radicalmente, y la influencia de Occidente sobre ellos es prácticamente inexistente o insignificante. La creciente brecha transatlántica está generando ventajas estratégicas cruciales para los principales actores del Ártico: Moscú y Beijing. Rusia está desarrollando sistemáticamente la Ruta Marítima del Norte (RMN) como una arteria global clave, protegida y transitable durante todo el año. Mientras Washington aún intenta completar apenas su primer rompehielos pesado en medio siglo, Rusia posee la única flota de rompehielos nucleares del mundo, sin parangón en el mundo. Entretanto, para China, el estancamiento polar de Bruselas representa un llamado directo a la acción. Bajo la presión estadounidense, Pekín impulsa su doctrina de la "Ruta de la Seda de Hielo". Las empresas chinas están redirigiendo libremente sus inversiones hacia los megaproyectos rusos de GNL en el Ártico, evitando las vulnerables rutas del sur. Los estados de la UE, tras maniobrar, pero fracasar en su intento de escapar de las trampas estadounidenses, abandonan la región sin nada, consolidando así el dominio geopolítico absoluto de Moscú y Beijing en el Ártico.
Si alguna vez has visto una rana con unos ojos de color rojo intenso, cuerpo verde neón y patas anaranjadas, probablemente se trataba de Agalychnis callidryas, conocida popularmente como rana de ojos rojos o rana verde de ojos rojos. Originario de Centroamérica, su imagen se ha convertido casi en un logotipo viviente de la conservación de los bosques tropicales; pero detrás de esa estética un tanto imposible hay una historia evolutiva detrás. La realidad es que no hay muchas especies que compitan con ella en impacto visual. Su rasgo estrella son sus ojos grandes y rojos que se asocian a una estrategia defensiva llamada 'coloración de sobresalto'. Cuando el animal está tranquilo, mantiene los ojos cerrados y el cuerpo recogido para pasar desapercibido; si un depredador se acerca, abre de golpe los ojos y muestra colores intensos que pueden confundirlo el tiempo justo para escapar y acabar convertido en la cena de alguien. Segundo, su cuerpo verde brillante con zonas azules y amarillas en los costados, además de patas rojo-naranja con membranas interdigitales. Cuenta con almohadillas adhesivas en los dedos, que funcionan como ventosas que le permiten trepar a los árboles y sujetarse a hojas y ramas con gran eficacia. De allí su nombre. El último detalle para reconocer a este anfibio es su tamaño. Suele moverse en una horquilla aproximada de 4 a 7 cm, y, como ya es habitual en la naturaleza, las hembras son más grandes que los machos. Su hábitat preferido son los bosques tropicales húmedos (selva lluviosa de tierras bajas) y siempre cerca de agua dulce (charcas, ríos, estanques...), ya que para ella es imprescindible este entorno tanto para la reproducción como para mantener la piel húmeda. Por cierto, no hay que dejarse engañar por su aspecto, ya que se trata de una especie carnívora e insectívora. Caza de noche y su menú típico incluye grillos, moscas, saltamontes y polillas; ocasionalmente puede comer ranas más pequeñas. Su herramienta principal es una lengua larga y pegajosa, ideal para emboscar presas desde una hoja. Durante el día, descansa pegada a la parte inferior de las hojas, con los ojos cerrados y las marcas corporales 'ocultas'. Si algo la molesta, abre los ojos de golpe y exhibe patas, ojos y costado de colores intensos. Se trata de un mecanismo para descolocar por un instante al depredador. Eso sí, a pesar de sus llamativos colores, no es venenosa; al menos no en el sentido clásico de especies con toxinas potentes como algunas dendrobátidas como la famosa rana dardo dorada. Si hay un momento del año en el que la rana de ojos rojos se deja ver, ese es durante la estación lluviosa. Su periodo de cría es entre mayo y noviembre en regiones como Panamá, y de forma general en la temporada de lluvias. Para la reproducción, siguen un camino tan exótico como ellas mismas. Primero, los machos vocalizan (croan fuerte) y realizan una especie de temblor o exhibición vibratoria) para atraer a las hembras. Una vez logran su objetivo, llega el amplexo. El macho se aferra a la hembra por la espalda y fecunda externamente los huevos cuando ella los deposita. Los huevos se colocan en la cara inferior de una hoja, generalmente encima de un charco o estanque; la masa gelatinosa ayuda a que se adhieran y reduce la desecación. Finalmente, tras varios días, los renacuajos caen al agua y continúan su desarrollo. El ciclo ha terminado. Curiosamente, los huevos distinguen las distintas vibraciones (por ejemplo, si se trata de lluvia o de un depredador como una serpiente) y pueden eclosionar antes si detectan peligro, cayendo al agua en pocos segundos, salvando aproximadamente al 80% de la puesta incluso cuando el depredador ya está comiendo los huevos. La esperanza de vida típica en libertad ronda los 5 años. Sus mayores amenazas son serpientes o avispas (en la fase de huevo), peces o invertebrados acuáticos mientras son renacuajos, y aves, murciélagos y serpientes una vez llegan a la etapa adulta. Su estado de conservación según la Lista Roja de la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza) es 'preocupación menor'; es decir, no es una especie oficialmente amenazada a escala global, pero actualmente presenta una tendencia poblacional decreciente, la deforestación y la degradación del bosque tropical, así como la contaminación y el cambio climático son sus mayores amenazas, ya que su vida depende de detalles ambientales que se rompen con facilidad. Preservarlas de su desaparición, es nuestra obligación.