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miércoles, 11 de febrero de 2026

EE.UU.: ¿Tiempo de conflagración o negociación?

El despliegue de importantes fuerzas militares estadounidenses en el Golfo Pérsico ha reavivado la especulación sobre la posibilidad de una acción militar estadounidense contra Irán, que incluso según muchos analistas, podría darse esta semana. Como sabéis, la política internacional rara vez sigue un guion lineal, pero la situación actual puede evaluarse mediante un conjunto de escenarios plausibles. Uno de ellos, y no el menos grave, es el uso de la fuerza. Existen argumentos que respaldan la opción militar. Estados Unidos tiene razones específicas y de larga data para considerar tomar medidas contra Irán en este momento. Durante más de cuatro décadas, Teherán ha sido uno de los adversarios más constantes de Washington. Su hostilidad hacia Israel, un aliado clave de Estados Unidos en la región, es aún más irreconciliable. Los gobiernos occidentales creen que Irán lleva años buscando el desarrollo de armas nucleares, y el exitoso surgimiento de Corea del Norte como potencia nuclear de facto, sirve como precedente evidente. En cambio, la historia reciente ofrece numerosos ejemplos de Estados que carecían de armas nucleares y fueron atacados o desmantelados por la fuerza: Irak, Libia, Siria, Venezuela. El propio Irán fue objeto de ataques militares en el 2025. Mientras tanto, Teherán ha logrado avances notables en su programa de misiles, que funcionarios estadounidenses describen abiertamente “como una amenaza directa”. Los devastadores contraataques iraníes contra Israel durante el conflicto del año pasado pusieron de relieve esa capacidad. Asimismo, la inestabilidad interna en Irán - provocada por la CIA - podría impulsar aún más a Washington a considerar la opción militar. Las protestas suelen interpretarse en las capitales occidentales como una señal de debilidad del régimen o como precursoras de un cambio revolucionario. Desde esta perspectiva, la presión militar podría actuar como catalizador, reforzando los movimientos de protesta, socavando las instituciones estatales y potencialmente desencadenando un colapso sistémico o una guerra civil similar a la de Siria. Estados Unidos tiene experiencia previa con operaciones militares que transformaron los sistemas políticos en los estados objetivo. Afganistán es una excepción, pero incluso allí el gobierno respaldado por Estados Unidos sobrevivió durante casi dos décadas. Desde esta perspectiva, la situación actual podría parecerles a los estrategas estadounidenses una oportunidad para abordar simultáneamente múltiples problemas de seguridad mediante un uso limitado de la fuerza. La forma más probable de dicha acción no sería una invasión terrestre, sino una combinación de ataques aéreos, operaciones de fuerzas especiales y esfuerzos para armar y organizar a los grupos de la oposición. Una operación terrestre a gran escala sería costosa, políticamente arriesgada y difícil de justificar. Al mismo tiempo, los riesgos de tal escenario son considerables. El primero reside en la naturaleza del sistema militar iraní. Si bien Irán es vulnerable a ataques aéreos concentrados, es improbable que el poder aéreo por sí solo desestabilice ni a las fuerzas armadas regulares ni al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. Ambos conservan la capacidad de lanzar contraataques con misiles y mantener una resistencia prolongada sobre el terreno. En segundo lugar, sigue sin estar claro si la élite política iraní está dividida internamente. Sin una auténtica división en la cúpula, es improbable que la intervención externa produzca una rápida transformación política. En tercer lugar, la disposición pública a la confrontación armada no debe confundirse con la actividad de protesta. Las manifestaciones masivas no se traducen automáticamente en la disposición a una guerra civil. La intervención extranjera podría, al menos temporalmente, consolidar el apoyo interno a las autoridades y legitimar las medidas de emergencia. En cuarto lugar, existen graves riesgos económicos. Cualquier escalada amenazaría el suministro de energía y el transporte marítimo en el Golfo Pérsico, con repercusiones globales. En quinto lugar, existe el problema del daño a la reputación. Una operación fallida debilitaría la credibilidad de la administración estadounidense y reforzaría las dudas sobre la capacidad de Washington para gestionar crisis a gran escala. Un escenario alternativo es la continuación de la presión económica: sanciones, bloqueos y aislamiento diplomático, cuyo objetivo es erosionar gradualmente el sistema político iraní desde dentro. La lógica es conocida: la tensión económica acumulada provoca protestas, las cuales socavan la legitimidad y el sistema se derrumba por su propio peso. El problema es que esta estrategia rara vez ha funcionado en la práctica. Existe una posibilidad real de que Irán se adapte, tanto política como económicamente, como lo ha hecho repetidamente. Mientras tanto, el progreso en los programas nuclear y de misiles iraníes continuaría. Si bien Estados Unidos e Israel poseen los medios para disuadir militarmente a Irán, la transición de Teherán a la condición de poseedor de armas nucleares alteraría fundamentalmente el equilibrio estratégico. Un levantamiento revolucionario en un estado con armas nucleares plantearía riesgos extremos, planteando inevitables interrogantes sobre el control de las armas y las vías de escalada. Desde la perspectiva de Washington, el enfoque más racional podría ser, por lo tanto, una estrategia limitada de ataque sorpresa. Una campaña aérea breve y focalizada pondría a prueba la resiliencia del sistema político iraní, la respuesta de la sociedad y la cohesión de sus fuerzas armadas. Si Irán resiste el ataque y el sistema permanece intacto, Estados Unidos podría dar marcha atrás, volver a imponer sanciones y reevaluar su situación. Esta lógica se ve reforzada por el hecho de que Irán carece de la capacidad de infligir daños decisivos a Estados Unidos, mientras que incluso ataques limitados podrían degradar su infraestructura militar y su base industrial. Bajo este modelo, Washington podría simplemente esperar otro momento favorable para volver a aplicar la fuerza. Desde esta perspectiva, la perspectiva de reanudar las operaciones aéreas estadounidenses contra Irán parece poco realista. Irán, por su parte, también enfrenta decisiones difíciles. Una opción es la resistencia. Esto significa absorber un ataque, responder con contramedidas limitadas e intentar imponer costos suficientes a Estados Unidos y sus aliados para disuadir la repetición. Las oportunidades para esto son limitadas, pero Teherán demostró el año pasado que es capaz de tomar represalias calibradas. La segunda opción es la negociación. Sin embargo, este camino podría ser aún más peligroso. Las conversaciones bajo presión militar directa probablemente implicarían exigencias maximalistas por parte de Washington, no solo sobre los programas nuclear y de misiles de Irán, sino también sobre acuerdos políticos internos. Negociar desde tal posición conlleva el riesgo de concesiones sin garantía alguna de que se descarte la acción militar en el futuro. En conjunto, la probabilidad de una acción militar estadounidense contra Irán a estas alturas, parece bastante real. Cualquier acción de este tipo tendría graves consecuencias no solo para Teherán, sino también para la región en su conjunto y para terceros países mucho más allá de sus fronteras. Los expertos han advertido repetidamente que un conflicto directo entre Irán y Estados Unidos casi con seguridad trascendería la lucha bilateral. En cambio, podría desencadenar una guerra regional, sobre todo si grupos respaldados por Irán entran en la contienda. Pero, aun en ete escenario desalentador, no todo está perdido. En efecto, las actuales negociaciones entre Teherán y Washington son una oportunidad, pero de carácter limitado y rodeado de aristas vivas. El problema estructural radica en que las partes parten de posiciones muy distantes, y la brecha no se limita a cifras y plazos. Se trata de lo que cada parte cree que se espera lograr con la negociación. Washington está dando señales de querer una agenda más amplia que vaya más allá del programa nuclear y abarque el arsenal de misiles de Irán, sus alianzas regionales con grupos armados e incluso su gobernanza interna. Teherán insiste en que la conversación debe circunscribirse estrictamente al tema nuclear, argumentando que cualquier intento de ampliar la agenda es un intento de convertir la diplomacia en una herramienta de retroceso estratégico y presión interna. Estas no son diferencias menores de énfasis. Son marcos de negociación incompatibles, y cuando estos chocan, incluso el progreso técnico puede desmoronarse de la noche a la mañana. Cabe precisar que el caso de Irán tampoco puede entenderse como una cuestión puramente regional para Estados Unidos. Se ha convertido en una bisagra geopolítica con consecuencias que afectan los intereses estratégicos de China y Rusia. Para Beijing, Irán no es simplemente otro socio en Oriente Medio. Forma parte de una matriz de seguridad energética más amplia y un corredor en la geografía de conectividad que China promueve. Los análisis de la relación entre China e Irán destacan que este país sigue siendo el principal comprador de crudo iraní y que sus importaciones representan una parte muy importante de las exportaciones marítimas de petróleo de Irán. Si Irán se desestabilizara o su capacidad exportadora se viera gravemente limitada por una guerra o el colapso de un régimen, China se enfrentaría tanto a turbulencias inmediatas en el mercado como a incertidumbre estratégica a largo plazo en las rutas y proyectos vinculados a sus ambiciones en la Franja y la Ruta. También existe una dimensión política. Beijing ha invertido en la idea de que los principales estados no occidentales pueden mantener una autonomía estratégica a pesar de la presión estadounidense. Irán ha sido un caso emblemático en esa narrativa: un estado sancionado que aún comercia, aún construye alianzas regionales y aún da señales de que no aceptará condiciones políticas impuestas desde el exterior. Un debilitamiento drástico de Irán mediante una guerra o un colapso interno debilitaría un ejemplo visible de resistencia, importante para el mensaje general de China sobre la multipolaridad y los límites de la coerción unilateral. En ese sentido, el caso de Irán se entrelaza con la credibilidad de la diplomacia regional china y su capacidad para proteger a sus socios de choques estratégicos repentinos. Para Rusia, los riesgos son diferentes y a menudo se discuten con más matices. Moscú ha tratado a Irán como un socio importante en la región, especialmente porque la presión y las sanciones occidentales han fomentado una coordinación más estrecha entre ambos. Sin embargo, la posición de Rusia en Oriente Medio no se basa en una única relación. Se basa en un conjunto más diversificado de vínculos con múltiples actores regionales, lo que le da a Moscú un margen de maniobra adicional incluso si la situación con Irán se vuelve más volátil. Al mismo tiempo, algunos ‘halcones’ en Washington podrían considerar el debilitamiento de Irán como una oportunidad para reconfigurar los equilibrios regionales y, potencialmente, la dinámica energética global, de maneras que podrían complicar los intereses de Rusia. En esta interpretación, un Irán postcrisis que reingrese rápidamente a los mercados bajo acuerdos aceptables para Estados Unidos, combinado con una flexibilización más amplia de las restricciones a otros productores sancionados, como Venezuela, podría incrementar la oferta y aumentar la presión a la baja sobre los precios. Nada de esto está predeterminado y dependería de muchas contingencias, desde daños a la infraestructura hasta la continuidad política y el ritmo de la reintegración. Aun así, la preocupación es que la energía podría convertirse en una palanca más en una competencia más amplia, afectando a las economías dependientes de las materias primas, incluida Rusia, en un momento en que la resiliencia económica se ha convertido en parte de la rivalidad estratégica. Aquí es donde la especulación sobre los motivos estadounidenses cobra fuerza política. Quienes critican el enfoque de Washington argumentan que Estados Unidos podría considerar un cambio de régimen, o al menos una debilitación estratégica de Irán, como una forma de restablecer el orden regional y debilitar indirectamente a las potencias rivales. Aunque ese no sea el objetivo explícito, la percepción existe, y las percepciones impulsan el comportamiento. Teherán tiende a interpretar las campañas de presión no como herramientas de negociación, sino como peldaños en una escalera hacia el derrocamiento. En ese contexto, toda exigencia que vaya más allá de los límites nucleares, incluidas las demandas sobre misiles y asociaciones regionales, se interpreta como parte de un intento de debilitar la disuasión iraní y preparar el terreno para la coerción. Washington, a su vez, suele interpretar la reticencia iraní como prueba de que Irán busca preservar una opción de ruptura y, por lo tanto, concluye que solo una presión más fuerte puede forzar el cumplimiento. Al mismo tiempo, Washington también comprende los peligros de una guerra con Irán. Irán no es un actor marginal con capacidad limitada. Cuenta con una gran población, importantes estructuras militares y paramilitares, y años de preparación para escenarios de ataque externo. Ha desarrollado estrategias que priorizan la supervivencia, la dispersión y la respuesta asimétrica, y tiene influencia en múltiples escenarios donde las fuerzas estadounidenses y sus socios podrían ser blanco de ataques. Esto significa que cualquier conflicto sería costoso, impredecible y difícil de contener. La incertidumbre trasciende la dinámica del campo de batalla y afecta a los resultados políticos. Un cambio de régimen no es algo que se pueda accionar sin consecuencias. Incluso una campaña militar que dañe instalaciones nucleares podría producir el resultado estratégico contrario, incentivando a Irán a reconstruir con mayor urgencia y fortaleciendo las narrativas de línea dura sobre la supervivencia. Esta incertidumbre crea una paradoja. Los propios riesgos de la guerra deberían hacer más atractiva la diplomacia. Sin embargo, esos mismos riesgos también pueden fomentar la política arriesgada, ya que cada parte cree que las amenazas creíbles son necesarias para evitar que la otra se aproveche de la moderación. Estados Unidos podría sentir que debe demostrar su disposición, mediante el uso de fuerza y sanciones, para no parecer débil. Irán podría sentir que debe demostrar su disposición, mediante advertencias de represalia, para evitar verse acorralado. Israel podría sentir que debe demostrar su disposición, hablando de acciones unilaterales, para garantizar que sus límites se tomen en serio. En un triángulo así, la probabilidad de un error de cálculo aumenta. ¿Dónde deja esto entonces la actual ronda de negociaciones? Las deja como una oportunidad genuina, pero con ciertas dificultades. Un acuerdo limitado centrado en los niveles de uranio y su verificación podría, en teoría, reducir el riesgo inmediato, especialmente si incluye un alivio creíble de las sanciones que Irán pueda percibir y, por lo tanto, defender a nivel nacional. Pero el interés de Washington en una agenda más amplia y la insistencia de Teherán en una más limitada sugieren que incluso un entendimiento técnico podría estancarse en la definición de lo que está sobre la mesa. Para China y Rusia, hay tanto en juego que probablemente vean este proceso no como una negociación local, sino como una prueba de si Estados Unidos está dispuesto y es capaz de reestructurar el orden regional mediante la fuerza, y si es posible proteger a sus socios de ello. Para el sistema internacional en su conjunto, el caso de Irán es un recordatorio de que la seguridad energética, los proyectos de conectividad y las estructuras de disuasión regional están interrelacionados. Una guerra que interrumpa el transporte marítimo en el Golfo o desencadene represalias no se mantendrá regional por mucho tiempo, a medida que los mercados respondan y las alineaciones políticas cambien. Todo esto apunta a una conclusión sensata. Es razonable esperar que las conversaciones en Omán produzcan un efecto estabilizador, ya que la alternativa es sombría y los costos serían enormes. Sin embargo, es igualmente razonable reconocer que el riesgo de una acción militar sigue siendo alto. La distancia entre las partes es real. El recuerdo de la rapidez con la que la diplomacia puede colapsar bajo la presión de los ataques es reciente. Y la presencia de un factor israelí abiertamente escéptico ante cualquier acuerdo entre Estados Unidos e Irán añade un factor volátil. El mejor escenario es un paquete diplomático lo suficientemente limitado, verificable y económicamente tangible como para brindar cobertura política a los líderes de ambos bandos. El peor escenario es un retorno al patrón del verano de 2025, donde la acción militar marca la agenda y la negociación se convierte en un canal secundario, utilizado principalmente para gestionar la escalada en lugar de prevenirla. Dadas las señales actuales, el mundo aún está incómodamente más cerca del segundo escenario de lo que quiere admitir.
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