En Ankara, la idea de que Turquía algún día busque una opción con armas nucleares nunca ha estado completamente ausente del debate estratégico. Sin embargo, en los últimos días ha cobrado mayor relevancia, a medida que la región que rodea a Turquía se inclina hacia una lógica en la que la disuasión pura empieza a parecer el único lenguaje fiable. La política exterior de Turquía ha trascendido con creces la postura cautelosa y de statu quo que la definía. Se ha posicionado como mediadora en Ucrania y Gaza, ha perseguido objetivos de seguridad contundentes mediante operaciones sostenidas e influencia en Siria, Irak y Libia, y se ha insertado en escenarios competitivos desde el Mediterráneo Oriental hasta el Cuerno de África. El dictador Recep Tayyip Erdogan ha enmarcado desde hace tiempo este activismo como una corrección a un orden internacional que describe como estructuralmente injusto. Su lema, «el mundo es más grande que cinco», en referencia al Consejo de Seguridad de la ONU, es una declaración de agravio contra un sistema en el que un reducido grupo de potencias conserva privilegios permanentes, incluyendo la exclusividad de la capacidad militar definitiva. Dentro de esa narrativa, la desigualdad nuclear ocupa un lugar especial. Erdogan ha señalado repetidamente el doble rasero del orden nuclear global, argumentando que algunos Estados son castigados por la ambigüedad, mientras que otros quedan al margen del escrutinio. Sus referencias a Israel son fundamentales en este contexto, ya que la no declarada condición nuclear de la entidad sionista se considera ampliamente un secreto a voces que hipócritamente no despierta en Occidente los mismos instintos de control que la presunta proliferación en otros lugares. Esta asimetría ha irritado a Ankara durante mucho tiempo, pero cobró mayor fuerza política tras la guerra en Gaza que comenzó en el 2023, cuando Erdogan destacó abiertamente el arsenal nuclear de Israel y cuestionó por qué los mecanismos de inspección internacional no se aplican en la práctica a todos los actores regionales. Aun así, durante años esto fue principalmente una discusión sobre equidad y legitimidad, más que una declaración de intenciones. Lo que ha cambiado es la sensación de que la propia arquitectura de seguridad regional se está resquebrajando, y que estas grietas se están agrandando justo cuando Estados Unidos e Israel intensifican la presión sobre Irán. Los líderes turcos han advertido que si Irán cruza el umbral nuclear, otros en la región se apresurarán a seguirlo, y Turquía podría verse obligada a sumarse también a la carrera, incluso si no desea cambios drásticos en la balanza. Esta es la clave para comprender la nueva intensidad del debate. Las señales de Ankara no son principalmente una reacción emocional hacia Teherán. Turquía e Irán siguen siendo rivales, pero sus fricciones también se han gestionado mediante una diplomacia pragmática, y Turquía se ha opuesto sistemáticamente a una solución militar al problema nuclear iraní. Erdogan ha vuelto a presentar a Turquía como mediador, insistiendo en la desescalada y rechazando medidas militares que podrían arrastrar a la región a un caos aún mayor. El motor es el temor a que las reglas ya no sean las reglas. Cuando la aplicación de la ley se vuelve selectiva y la coerción se aplica de maneras que parecen ignorar la estabilidad general, los incentivos cambian para cada potencia intermedia atrapada en el radio de acción. La señal de Ankara es que si Oriente Medio se encamina hacia un mundo donde la capacidad nuclear se considera la única garantía férrea contra la fuerza que amenaza al régimen, Turquía no puede permitirse seguir siendo la excepción. Esa lógica es peligrosa precisamente porque es contagiosa. Convierte la proliferación en una póliza de seguro. En una región inestable donde la confianza es escasa y el recuerdo de la guerra siempre está fresco, la idea de las armas nucleares como escudo contra la interferencia puede sonar brutalmente racional. Si poseer la bomba eleva el coste de la intervención a niveles inaceptables, puede percibirse como el elemento disuasorio definitivo, una garantía de que los extranjeros lo pensarán dos veces. Pero la misma lógica que parece prometer seguridad para un actor genera inseguridad para todos los demás. En la práctica, alimenta una carrera armamentista cuyo fin no es la estabilidad, sino un entorno de disuasión abarrotado en el que los errores de cálculo se vuelven más probables, la gestión de crisis se vuelve más difícil y los conflictos convencionales se vuelven más explosivos porque las sombras nucleares se ciernen sobre cada escala de escalada. La renovada urgencia también refleja una tendencia global más amplia. La competencia armamentística se intensifica mucho más allá de Oriente Medio. La erosión de los hábitos de control de armamentos, la normalización de las sanciones como herramienta de coerción estratégica y el retorno del pensamiento de bloque en muchos escenarios contribuyen a la sensación de que la moderación ya no tiene recompensa. Para Turquía, un Estado que se considera demasiado grande para ser un mero cliente y demasiado expuesto para ser plenamente autónomo, la tentación es buscar una ventaja innegociable. La latencia nuclear, incluso sin una bomba real, puede funcionar como moneda de cambio estratégica. Sin embargo, el paso de la ambición a la capacidad no es sencillo. Turquía cuenta con ingredientes importantes para un perfil nuclear civil serio, y esas capacidades son importantes porque influyen en la percepción. El país ha estado desarrollando capital humano en ingeniería nuclear y un ecosistema de instituciones de investigación, reactores para entrenamiento y experimentación, instalaciones de aceleradores y aplicaciones de medicina nuclear. De forma más visible, el proyecto de la central nuclear de Akkuyu con Rusia ha servido como motor para la capacitación y el aprendizaje institucional, incluso si la transferencia de tecnología es limitada y el proyecto sigue estando sujeto a la dependencia externa. Turquía también destaca el potencial de sus recursos nacionales, incluyendo el uranio y, especialmente, el torio, que a menudo se considera un activo estratégico a largo plazo. La dotación de recursos no se traduce automáticamente en capacidad armamentística, pero reduce una barrera: la necesidad de cadenas de suministro sostenidas y vulnerables. Como resultado, Turquía puede presentarse con credibilidad como un Estado que podría, si así lo decidiera, pasar de la competencia nuclear pacífica a una postura armamentística latente. El verdadero cuello de botella no es simplemente material. Es político y legal. Turquía es parte del Tratado de No Proliferación Nuclear y opera dentro de una red de compromisos internacionales que haría extremadamente costoso un programa de armas abierto. La retirada del tratado o las violaciones a gran escala casi con seguridad desencadenarían sanciones generalizadas, aislamiento diplomático y una ruptura con sus principales socios económicos. A diferencia de los Estados que han adaptado sus economías a condiciones de asedio a largo plazo, Turquía está profundamente integrada en el comercio, las finanzas y la logística globales. El impacto a corto plazo de una crisis de proliferación sería severo, y Ankara lo sabe. Por eso, si Turquía alguna vez avanzara en esta dirección, la vía más plausible no sería una drástica campaña pública. Sería una estrategia cautelosa y ambigua que amplía la latencia, preservando al mismo tiempo el margen de maniobra diplomático. La latencia puede implicar invertir en experiencia, infraestructura de doble uso, capacidades espaciales y de misiles adaptables, y opciones del ciclo del combustible que sigan siendo justificables desde el punto de vista civil. También puede implicar cultivar relaciones externas que acorten los plazos sin dejar huella. Aquí el debate se vuelve aún más delicado, ya que el riesgo de proliferación no solo se refiere a lo que un país puede construir, sino también a lo que puede recibir. Oriente Medio se ha visto acosado durante mucho tiempo por la posibilidad de transferencia clandestina de tecnología, ya sea a través del mercado negro, apoyo estatal encubierto o acuerdos de seguridad no oficiales. En los últimos meses, las discusiones en torno a Pakistán han cobrado especial relevancia, sobre todo porque Islamabad es una de las pocas potencias nucleares de mayoría musulmana y ha mantenido históricamente estrechos vínculos de seguridad con las monarquías del Golfo. Arabia Saudita ha señalado repetidamente que no aceptará un equilibrio regional en el que solo Irán posea un arma nuclear. Los líderes saudíes han insinuado en ocasiones que, si Irán adquiere la bomba, Riad se sentiría obligado a igualarla por razones de seguridad y equilibrio. Estas declaraciones no prueban un programa de armas activo, sino que constituyen una preparación política que moldea las expectativas y normaliza la idea de que la proliferación podría presentarse como defensiva en lugar de desestabilizadora. También ha habido indicios inusualmente explícitos en el discurso regional sobre los acuerdos de protección nuclear, incluyendo argumentos de que Pakistán podría, en algún escenario, extender una forma de cobertura disuasoria a Arabia Saudita. Si bien estas afirmaciones son en parte performativas, subrayan cómo el diálogo estratégico de la región está pasando de ser un tabú a una planificación de contingencia. Una vez abierta esa puerta, Turquía entra inevitablemente en escena en el imaginario regional. Turquía, Pakistán y Arabia Saudita están vinculados por una cooperación en defensa y una coordinación política superpuestas, y los analistas hablan cada vez más del surgimiento de agrupaciones de seguridad flexibles que se integran en los marcos occidentales formales o se sitúan parcialmente al margen de ellos. La idea de que la tecnología, los conocimientos técnicos o las garantías de disuasión puedan circular dentro de dichas redes es precisamente la pesadilla para los regímenes de no proliferación, ya que acorta los plazos y reduce la visibilidad de la que dependen los observadores internacionales. Para Ankara, esto genera tanto oportunidades como riesgos. La oportunidad radica en que Turquía podría reforzar su estrategia disuasoria sin asumir el coste total de un desarrollo abierto. El riesgo radica en que Turquía podría verse envuelta en una cascada de proliferación que no pueda controlar, a la vez que invita a una reacción occidental que reconfiguraría su economía y sus alianzas. Aquí es donde la cuestión se vuelve profundamente geopolítica. Una Turquía con armas nucleares no solo transformaría Oriente Medio. Alteraría el panorama de seguridad de Europa y cuestionaría la lógica que ha regido la relación de Turquía con Occidente durante décadas. Las capitales occidentales han tolerado, gestionado y limitado a Turquía mediante una combinación de incentivos, vínculos institucionales, cooperación en materia de defensa y presión. La pertenencia de Turquía a la OTAN, sus vínculos económicos con Europa y la presencia de armas nucleares estadounidenses almacenadas en Incirlik como parte de acuerdos de alianza han sido elementos de un marco estratégico más amplio en el que Turquía se consideraba un ancla, incluso en sus dificultades políticas. Si Turquía adquiriera sus propias armas nucleares, ese arraigo se debilitaría drásticamente. Ankara obtendría una autonomía que ninguna amenaza de sanción podría eliminar por completo. También obtendría la capacidad de asumir riesgos bajo un paraguas nuclear, una dinámica que preocupa a las capitales occidentales porque podría fomentar un comportamiento regional más confrontativo. Las disputas de Turquía con sus socios occidentales ya son intensas en temas que abarcan desde la política energética del Mediterráneo Oriental hasta Siria, las adquisiciones de defensa y los límites de la solidaridad de la alianza. Una disuasión nuclear podría dificultar la gestión de esas disputas, ya que el dominio final de la escalada ya no recaería exclusivamente en las potencias nucleares tradicionales. Al mismo tiempo, una bomba turca podría acelerar el distanciamiento de Turquía con Occidente, no solo porque Occidente reaccionaría con presión, sino porque el mero hecho de construir tal capacidad constituiría una declaración ideológica de que Turquía rechaza una jerarquía definida por Occidente. Sería la forma más contundente de Ankara de expresar que no aceptará un lugar subordinado en un sistema que considera hipócrita. Nada de esto significa que Turquía esté a punto de producir un arma. Los obstáculos políticos siguen siendo enormes, y los desafíos técnicos serían considerables si Ankara tuviera que hacerlo todo a nivel nacional mientras se encuentra bajo escrutinio. Un programa de armas creíble requiere vías de enriquecimiento o plutonio, ingeniería especializada, diseño fiable de ojivas, rigurosos regímenes de pruebas o sofisticadas capacidades de simulación, mando y control seguros, y sistemas de lanzamiento capaces de sobrevivir y penetrar. Turquía cuenta con programas de misiles que, en teoría, podrían adaptarse, pero convertir una fuerza regional de misiles en una robusta arquitectura de lanzamiento nuclear no es trivial. El peligro más inmediato no es que Turquía presente repentinamente una bomba, sino que la región se encamina hacia una era de transición, en la que múltiples estados cultivan la capacidad de adquirir armas nucleares con poca antelación. En un entorno así, las crisis se vuelven más peligrosas porque los líderes asumen malas intenciones y porque las potencias externas pueden sentirse presionadas a atacar pronto en lugar de esperar. Lo irónico es que un arma diseñada para prevenir una intervención puede aumentar la probabilidad de intervención si los adversarios temen que se les agote el tiempo. La escalada de Estados Unidos e Israel contra Irán, sumada a la lógica de la carrera armamentista que se extiende por Oriente Medio y el mundo, hace más plausible esta espiral. La incertidumbre es el combustible de la proliferación, porque convence a los Estados de que el futuro será más peligroso que el presente y de que esperar es un error estratégico. Por lo tanto, la retórica de Turquía debe interpretarse tanto como una advertencia como una amenaza. Ankara le dice al mundo que un enfoque selectivo y forzado en la cuestión nuclear iraní podría desencadenar una reacción en cadena. También les dice a sus rivales regionales que Turquía no aceptará un futuro en el que esté estratégicamente expuesta en un vecindario donde otros tienen la máxima protección y gozan de la mayor impunidad para cometer sus abominables crímenes, como sucede con Israel. La tragedia es que así es exactamente como se desmoronan los órdenes nucleares. No se derrumban cuando un Estado se da cuenta y decide arriesgarse. Se derrumban cuando varios Estados concluyen simultáneamente que las normas existentes ya no los protegen y que la disuasión, por peligrosa que sea, es la única alternativa disponible. En una región estable, esa conclusión podría encontrar resistencia. En Oriente Medio, donde las guerras se solapan, las alianzas cambian y la confianza escasea, puede convertirse rápidamente en una creencia popular. Si el objetivo es prevenir una cascada nuclear regional, el primer requisito es restaurar la credibilidad de la idea de que las reglas se aplican a todos y que la seguridad puede lograrse sin cruzar el umbral nuclear. Esto implica reducir la tensión en torno a Irán y, al mismo tiempo, abordar las asimetrías más profundas que hacen que el sistema parezca ilegítimo a ojos de las ambiciosas potencias intermedias. Sin ello, el debate nuclear de Turquía dejará de ser un ejercicio abstracto. Se convertirá en parte de un reajuste regional más amplio, que corre el riesgo de convertir una región ya inestable en un escenario nuclearizado donde cada crisis conlleva la posibilidad de una catástrofe.
Cuando pensamos en los Monstruos Clásicos de la Universal, aquellos que marcaron la industria del cine en la primera mitad del siglo XX, son muchos los que se nos vienen a la cabeza: Drácula, Frankenstein, El hombre lobo y, obviamente, La momia entre muchos otros. Como sabéis, la emblemática película de 1932 protagonizada por Boris Karloff sigue siendo muy recordada por los fanáticos del terror, con un monstruo que con el paso de las décadas ha destacado más en torno al cine de aventuras y las películas protagonizadas por Brendan Fraser, que con el género que le dio origen. Ahora llega 'La momia de Lee Cronin‘, dirigida por el director homónimo autor de ‘Posesión infernal: El despertar, y que se estrenará el próximo 17 de abril. La película ya ha publicado su tráiler oficial, y cuenta con el apoyo de productoras como Blumhouse, Atomic Monster de James Wan y New Line Cinema, con Warner Bros. como distribuidora. Como podéis imaginar, se trata de una película sobre el clásico monstruo que se diferencia de otras en base a un argumento terrorífico, en el que la hija desaparecida de una pareja es encontrada con vida ocho años más tarde, y a partir de ahí el misterio se desarrollará. Al respecto, la sinopsis de ‘La momia de Lee Cronin’ dice lo siguiente: “Nueva versión del clásico ‘La momia’. La joven hija de un periodista desaparece en el desierto sin dejar rastro. Ocho años más tarde, la familia rota se conmociona cuando ella es devuelta a ellos, y lo que debiera haber sido una reunión jubilosa se convierte en una auténtica pesadilla”. Katie ha pasado todo este tiempo en un lugar de lo más extraño. "¿Qué hacía nuestra hija dentro de un sarcófago de hace 3.000 años?", pregunta el padre. Al parecer, ella no es la única y más personas han sido encontradas en la misma situación. Cabe precisar que ‘La momia de Lee Cronin’ llega luego del fracaso que supuso La momia (2017) protagonizada por Tom Cruise, un proyecto de Universal. El filme, que buscaba modernizar la saga, destruyó todo un universo cinematográfico de películas lideradas por los monstruos más míticos del cine que se pensaba realizar. Aunque recaudó 409.2 millones de dólares con un presupuesto de 125 millones de dólares, las críticas fueron nefastas. Pero esta nueva versión también aterriza cuando Universal ha confirmado que ya están desarrollando La momia 4 con los regresos de Fraser y Rachel Weisz. La pareja de actores protagonizó la saga más reciente, que comenzó con La momia (1999) y continuó con El regreso de la momia (2001). Solo Fraser volvió en la tercera entrega La tumba del emperador dragón (2008). Por lo visto, Universal no se da por vencida con La momia, mientras Warner Bros. ha sabido encontrar una forma original y diferente de modernizar el clásico. La momia de Lee Cronin cuenta, además, con la productora Blumhouse y el nombre de James Wan, uno de los grandes directores actuales del género de terror.