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miércoles, 8 de abril de 2026

EE.UU.: Arrastrándose al Infierno

Como sabéis, desesperado porque las cosas no le salían como tenia planeado, el Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Donald Trump, quien no solo lleno de agravios a sus “socios” de la OTAN - por negarse estos a participar de la guerra de agresión que junto con las ratas sionistas, ha lanzado contra Irán - sino que amenazo a este último país “con desatar el infierno” este martes si no abría el estrecho de Ormuz “y regresarlos a la edad de piedra si tampoco le entregaban su petróleo”, el verdadero y único motivo de su presencia en la región. Al final este pobre diablo, fiel a su conducta errática propia de un retardado - como lo que es, hay que dejarlo en claro - se ha visto obligado a anunciar a ultimo minuto “un alto al fuego de dos semanas” viéndose forzado además a aceptar la propuesta iraní de 10 puntos, lo cual es visto claramente como una derrota personal y un triunfo de Teherán debido a su tenaz resistencia mostrada al enemigo desde que se inició la agresión al país persa. Entre los puntos a destacar esta que Trump dio a Irán el control total del estrecho de Ormuz, reconoció el derecho de Irán al enriquecimiento de uranio, suspenderá todas las sanciones contra Irán y le permitirá mantener sus programas de misiles, drones y armas nucleares.... esto es indudablemente, una victoria iraní y como tal, ha sido celebrado por miles de personas en las calles de Teherán. Trump sabía que, si finalmente cumplía sus amenazas y se decidía a atacar, se exponía a sufrir una derrota más vergonzosa que la ocurrida en Vietnam y a una retirada de lo más humillante como sucedió en Afganistán, donde como recordareis, los estadounidenses escaparon con el rabo entre las piernas. Eso no significa que con este alto al fuego todo ha terminado, ya que solo se trata de una pausa. Ahora toca realizar unas conversaciones en Islamabad para alcanzar la paz definitiva, pero tratándose de Trump, no debería llamar la atención si al final este trata de boicotear un posible acuerdo. O sea ¿quiere desatar de todas maneras el infierno? Y es ahí donde va a parar si se atreve a ello. Por lo visto, el precio de subestimar a Irán le está saliendo muy caro. Al final, el resultado de como termine el conflicto con Irán determinará las capacidades de EE.UU. en el escenario mundial durante los próximos años. Por eso, el conflicto actual en Asia Occidental tiene consecuencias tan importantes, que trascienden las fronteras de la propia región. Como sabéis, la política estadounidense hacia Irán se ha vuelto cada vez más caótica. Pero en lugar de centrarnos en la retórica cambiante de ese sublime payaso que ahora trata de clamar “victoria” cuando no lo es (afirma, por ejemplo, “que logro la apertura del estrecho de Ormuz”, cuando este estaba abierto desde antes de la guerra, pero que a partir de ahora será controlado enteramente por Irán ¿dónde está la “victoria”?), es más útil examinar la lógica que subyace a la confrontación. Washington se había convencido de que era el momento oportuno para actuar con decisión contra Teherán, aprovechando lo que percibía “como una ventana de vulnerabilidad”. El objetivo, visto de forma aislada, aparentemente poseía una cierta racionalidad fría. Un único ataque bien ejecutado podría, en teoría, lograr varios objetivos de larga data a la vez: resolver de una vez por todas el agravio histórico de la crisis de la embajada de 1979, derrocar a un régimen considerado hostil a Israel, obtener influencia sobre recursos energéticos y rutas de transporte clave, y debilitar los proyectos emergentes de integración euroasiática. Al parecer, los asesores presentaron esto “como una oportunidad única” y Trump aceptó el argumento. Pero tales ambiciones se basan en un error de cálculo fundamental. Irán no es Irak en el 2003, ni Afganistán en el 2001. Sus capacidades militares son mucho más sustanciales que las de cualquier adversario al que EE.UU. se haya enfrentado directamente en las últimas décadas. Es un Estado grande y resistente, con una gran capacidad estratégica y la capacidad de perturbar gravemente el comercio mundial y los flujos energéticos. Además, se ha estado preparando desde hace años para cuando llegue el momento de enfrentarse a sus más encarnizado adversario. Y ahora lo está demostrando. Este último punto es crucial. Asimismo, la posición geográfica de Irán le otorga una influencia de la que pocos países disponen. Incluso una escalada limitada podría amenazar las rutas marítimas y la estabilidad económica mucho más allá de Oriente Medio, afectando directamente los intereses de EE.UU. y sus aliados, como sucedió con el cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán, impidiendo el cruce de los buques petroleros y hundirlos si se atreven a desafiarlos. Esta realidad, por sí sola, complica para EE.UU. e Israel cualquier intento de lograr una victoria rápida y contundente, que creían tener a la mano. Pero la cruda realidad les demostró todo lo contrario. Además, el contexto político es muy diferente al de las intervenciones estadounidenses anteriores. La actual demostración de fuerza, que carece incluso de las justificaciones formales que acompañaron a campañas anteriores, ha inquietado a los socios de Washington. Los aliados que antes se sentían obligados a apoyar a EE.UU. ahora se muestran más reticentes, sopesando los riesgos de la intervención frente a los resultados inciertos. La premisa inicial parecía ser que Irán “capitularía rápidamente”. Nunca quedó del todo claro cómo se concretaría esa capitulación: el colapso del régimen, una sumisión forzada al estilo de Venezuela o un acuerdo negociado que limitara drásticamente el poder de Teherán. En cualquier caso, un conflicto prolongado no formaba parte del plan. Pero ahora que este se está prolongado, ha surgido una pregunta más fundamental: ¿qué constituye exactamente el éxito? Este dilema refleja un cambio más amplio en la política exterior estadounidense. La política de “EE.UU. primero” suele interpretarse como aislacionismo o contención. En la práctica, ha significado algo completamente distinto: la consecución de los objetivos estadounidenses sin responsabilidad y, en el mejor de los casos, sin coste alguno. El principio subyacente es sencillo: obtener el máximo beneficio minimizando los compromisos. Durante un tiempo, este enfoque pareció funcionar. En su primer año, Trump logró presionar a sus “socios” europeos para que aceptaran las humillantes condiciones estadounidenses, a menudo haciendo uso de un poder económico abrumador. Pero esa estrategia dependía de la ausencia de una resistencia significativa, que se vuelve mucho más peligrosa cuando se aplica a una situación que no se puede controlar. Pero crear una grave crisis geopolítica y esperar que otros absorban las consecuencias mientras Washington obtiene ventajas, es una propuesta totalmente distinta. Se corre el riesgo de desestabilizar no solo a los adversarios, sino todo el sistema en el que opera EE.UU. En décadas anteriores, el liderazgo estadounidense se enmarcaba en un “orden mundial liberal”, donde el avance de los intereses estadounidenses se presentaba como “beneficioso para todos”. El concepto de “hegemonía benevolente” surgió de este período. La visión del mundo de Trump ahora rechaza esa premisa. En cambio, parte de la base de que la prosperidad de EE.UU. debe lograrse a expensas de otros, y que es hora de revertir el antiguo equilibrio. Este cambio conlleva profundas implicaciones. Una potencia hegemónica que ya no busca brindar estabilidad debe recurrir con mayor frecuencia a la coerción. Pero para que esta sea efectiva, requiere credibilidad. La potencia dominante debe demostrar claramente que puede imponer su voluntad cuando sea necesario. Irán se ha convertido en el caso de prueba. En efecto, EE.UU. había elegido este desafío por sí mismo. Por lo tanto, lo que está en juego es sumamente importante. No lograr un resultado decisivo al final no solo representaría otro revés, sino que pondría en entredicho la capacidad de Washington para actuar como potencia mundial bajo las nuevas reglas que intenta establecer. Esto es lo que distingue el conflicto actual de las campañas anteriores. Irak y Afganistán terminaron sin victorias claras, pero se libraron bajo un paradigma estratégico diferente. La confrontación actual es más abiertamente transaccional, se centra más explícitamente en la proyección de poder y está menos condicionada por consideraciones legales o ideológicas. Esto hace que definir la victoria sea a la vez más urgente y más difícil. En una guerra de elección, los criterios de éxito no están preestablecidos. Sin embargo, ciertos resultados claramente no alcanzarían ese objetivo. Es difícil imaginar, por ejemplo, que cualquier operación pueda considerarse exitosa si Irán mantiene el control efectivo del estrecho de Ormuz - como lo seguirá haciendo luego del cese al fuego - un punto estratégico de importancia mundial. De allí las amenazas furibundas de Trump a Irán “para que la abra inmediatamente o destruirla por completo” demostrando en realidad su impotencia para hacerlo por sí mismo. Cuanto más se prolongue el conflicto sin una resolución clara, mayor será la presión sobre Washington. La ambigüedad no es una opción para una potencia que busca redefinir su papel en el sistema internacional. La conclusión es contundente. EE.UU. necesitaba una victoria decisiva, el cual está cada vez más lejos de lograrlo. La alternativa, un conflicto prolongado sin un resultado claro, socavará su posición no solo en Oriente Medio, sino a nivel mundial. Al mismo tiempo, la probabilidad de una solución negociada que al final sea exitosa, parece baja. Especialmente porque es un engaño montado por los EE.UU. para exigir a los iranies una “rendición incondicional y que les entregue todo su petróleo para poder ganar mucho dinero” - tal como declaro Trump este lunes - lo cual como podéis suponer, no sucederá jamás. Incluso, ahora tras el fracaso de su publicitado ultimátum, sus propios seguidores se muestran escépticos a salir airosos de este conflicto desatado por Trump. “La estrategia estadounidense-israelí de decapitar a la cúpula dirigente de Irán con la esperanza de desencadenar una revolución fue un error de cálculo que no ha logrado desestabilizar la República Islámica”, admitió un antiguo alto funcionario del Mossad. Rami Igra, quien anteriormente dirigió la División de Rehenes y Personas Desaparecidas de la inteligencia israelí, declaró en una entrevista exclusiva a RT que quienes esperaban que los iraníes salieran a las calles tras el asesinato del Líder Supremo Ali Khamenei y otros altos funcionarios estaban “profundamente decepcionados porque ello no sucedió y que, al contrario, salieron por miles, pero para mostrar su apoyo al régimen” afirmó Igra. "Se necesitaba un movimiento popular y ello no existe en Irán. Se necesita un liderazgo local y no a [Reza] Pahlavi en Los Ángeles", añadió, refiriéndose al hijo exiliado del último Shah iraní, quien busca posicionarse como una “alternativa” al actual liderazgo clerical del país, sin resultado alguno, “ya que en Irán lo consideran un traidor” admitió Igra, quien también desestimó la idea de que la actual campaña aérea estadounidense-israelí pueda derrotar decisivamente a Irán, comparándola con la Segunda Guerra Mundial. "Hasta que las tropas rusas entraron en Berlín, nada funcionó", declaró, enfatizando que "la guerra no se gana con ataques aéreos, sino con tropas terrestres" aseveró. Según Igra, por el contrario, la campaña ha hecho que Irán esté dispuesto a acelerar el desarrollo de armas nucleares, señalando la existencia de informes sobre una "nueva fatua" de los líderes iraníes que exigen su fabricación, siguiendo el ejemplo de Corea del Norte, al cual EE.UU. no se atreve a atacar por poseer su propio arsenal nuclear. Advirtió además que el conflicto está derivando hacia una "guerra energética" con consecuencias globales y expresó incredulidad sobre la capacidad de Trump para negociar un acuerdo que ponga fin al conflicto. “Esto deja la escalada como la vía militar más probable. Los riesgos son evidentes, pero para Trump, el costo de su inevitable fracaso será aún mayor” puntualizo. Si al final de la tregua de dos semanas, presionado por Israel (del cual se dice que lo chantajea con las pruebas que lo involucran en los aberrantes delitos descritos en la lista Epstein), opta por desplegar tropas terrestres, el infierno los está esperando....

SHAHED 136: El dron kamikaze iraní convertido en el terror de EE.UU. e Israel

La guerra moderna ya no se decide solo en hangares de cazas furtivos o bajo el ojo de satélites millonarios. Hoy, la arquitectura del conflicto se escribe con un zumbido metálico, casi doméstico: el de las municiones merodeadoras (drones kamikazes) que surcan los cielos desde Ucrania hasta Oriente Próximo. Más que un dron convencional, el Shahed-136 (rebautizado por Moscú como Geran-2) anuncia con su inconfundible sonido, similar al de una vieja cortadora de césped, una revolución asimétrica que desafía el dominio técnico occidental, transformando el bajo coste en una herramienta de presión global y convirtiéndose en el terror de los EE.UU. e Israel, al ser difícil, por no decir imposible, de detener. En la parte mecánica, el Shahed-136 utiliza un motor de pistón de cuatro cilindros, una solución relativamente simple inspirada en diseños civiles o de uso dual. Esa elección no es casual: abarata la fabricación y facilita producir el dron a gran escala. Su arquitectura también refleja esa filosofía. Se trata de una estructura con alas delta, fuselaje central y un motor trasero con hélice propulsora. El fuselaje utiliza fibra de vidrio y, en algunas variantes, fibra de carbono y estructuras tipo honeycomb, lo que ayuda a reducir su firma radar (que sea más difícil de detectar). Este tipo de drones no busca la elegancia táctica, sino la eficacia total: su misión es saturar las defensas, desgastar la logística y asfixiar al enemigo como se puede ver en Irán. La combinación de su aerodinámica y componentes comerciales permite fabricar estos drones de forma rápida y relativamente barata. Las estimaciones sobre su capacidad varían según las fuentes. Analistas especializados sitúan la carga explosiva del Shahed-136 entre 20 y 40 kilos. En cuanto al alcance, algunas evaluaciones lo sitúan en al menos 2.000 kilómetros. Sin embargo, Reuters cita a un analista del Washington Institute que habla de que los que se están utilizando en la región del Golfo tienen un alcance de entre 700 y 1.000 kilómetros. En la práctica, funciona como una munición guiada capaz de recorrer largas distancias antes de detonar. Cabe precisar que la proliferación del Shahed-136 no es un simple capítulo en los manuales de balística; es la consolidación de un eje de defensa alternativo que desafía frontalmente el orden global. La transferencia de tecnología desde Teherán hacia las líneas de montaje rusas en Tatarstán trasciende el intercambio comercial: es una declaración de superioridad sobre quienes pensaban que incursionar militarmente en el país persa era “un paseo militar” ... Vaya desengaño que se están llevando. Desarrollado bajo una doctrina de "low cost estratégico", el Shahed-136 encarna una tríada letal: coste mínimo, producción masiva y eficacia suficiente. Con un radio operativo que alcanza los 2.500 kilómetros y un precio irrisorio de apenas 20.000 dólares por unidad, este vector ha impuesto una aritmética sobresaliente en el campo de batalla, obligando a sus adversarios a quemar millones de dólares en misiles interceptores, como los sistemas Patriot o IRIS-T, para neutralizar una amenaza - sin resultados - y que cuesta lo mismo que un coche utilitario. Los ataques ejecutados con municiones merodeadoras permiten plausibilidad negable y evitan cruzar el umbral de la guerra abierta. Es una disuasión por desgaste: barata, anónima y eficaz. Esta asimetría económica ha transformado al dron iraní en un multiplicador de poder sin precedentes. En Oriente Próximo, el “Eje de la Resistencia” liderado por Irán emplea estos drones para mantener en jaque a Israel y a las bases estadounidenses., que han sufrido gran destrucción. Para Teherán, su despliegue es el pilar de una disuasión asimétrica diseñada para jaquear con éxito a Israel y EE.UU., sin necesidad de utilizar su fuerza aérea convencional, protegida en bases aéreas subterráneas. Actualmente, en las fábricas de Yelabuga, la versión rusa no es una copia, sino una pieza central de la doctrina táctica de Vladímir Putin. Adaptados al sistema de navegación GLONASS y lanzados en enjambres diseñados para saturar radares, estos dispositivos han demostrado una verdad incómoda para Occidente: la superioridad aérea en el siglo XXI ya no depende exclusivamente de sofisticados cazas de quinta generación. Hoy, la guerra se gana quebrando la paciencia y las arcas del oponente mediante un desgaste automatizado. El Shahed-136 y su gemelo ruso, el Geran-2, son los símbolos de este nuevo mundo donde el monopolio militar de Occidente se ha desmoronado ante la persistencia de lo asequible. El conflicto en Ucrania - azuzada por la OTAN contra Rusia - ha desnudado las costuras de la defensa aérea occidental. Mediante el uso de enjambres, los drones kamikazes no solo buscan saturar radares o perforar escudos, sino desgarrar la propia economía del defensor. No es de extrañar por ello, que en la guerra que se libra en Irán, el Shahed‑136 se ha consolidado como el dron kamikaze de referencia, convertido en una pieza central de las ofensivas iraníes, tanto en ataques directos como en operaciones de desgaste destinadas a obligar a EE.UU. e Israel a consumir recursos en interceptar estos letales aparatos furtivos, que se han convertido para ellos en una autentica pesadilla. Se trata de una aritmética letal: cada interceptación con misiles de millones de dólares multiplica un desequilibrio financiero que favorece al atacante. En este nuevo paradigma, la victoria ya no pertenece a quien posee el armamento más avanzado - como se jacta el Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Donald Trump - sino a quien puede permitirse perderla miles de veces a un coste mínimo. El zumbido del Shahed y del Geran-2 es, en última instancia, la banda sonora de un orden bélico donde la logística se ha convertido en el arma de destrucción más eficaz.
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