Tras el fracaso de las conversaciones en Islamabad con Irán - donde EE. UU. se vio obligado a participar tras la paliza que estaba recibiendo - Washington se enfrenta ahora a la pesadilla estratégica que intentó evitar. En efecto, lo que comenzó como una campaña que muchos en EE.UU. e Israel parecían haber imaginado breve, contundente y políticamente manejable, se ha convertido en una campaña prolongada, costosa, desestabilizadora a nivel global y cada vez más difícil de definir como un ‘éxito’, sino como lo que realmente es, una derrota sin atenuantes. La lógica bélica es ahora inseparable de la lógica política, y en ambos frentes aumenta la presión sobre la administración del Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Donald Trump. Reuters informa que el conflicto, iniciado el pasado 28 de febrero, ha perturbado los flujos energéticos mundiales, ha disparado el precio del petróleo, ha elevado los precios de la gasolina en EE.UU. por encima de los cuatro dólares por galón y ha hecho que el índice de aprobación del mitómano naranja caiga a su nivel más bajo desde su regreso al cargo. Se puede persuadir al público nacional de que una guerra corta sea un acto de liderazgo decisivo, pero una guerra larga se convierte en una prueba de competencia, una fuente de inflación, una carga para las relaciones con los aliados y, en última instancia, en una pregunta sobre si la Casa Blanca alguna vez tuvo un objetivo político serio... Y nunca lo tuvo. Trump, quien basó gran parte de su demagogia política en la promesa de “ser más fuerte que sus predecesores y, a la vez, menos atrapado en guerras interminables”, ahora se enfrenta a la imagen opuesta. Cuanto más se prolonga esta campaña, más se asemeja a una guerra de elección sin una salida limpia, una guerra que perjudica a las familias en las gasolineras, profundiza la incertidumbre estratégica y le da a Teherán nuevas formas de imponer costos sin necesidad de paridad militar convencional. Ese es el punto crucial que a menudo se pasa por alto en la retórica triunfalista y ridícula proveniente de Washington, desde donde tratan de imponer - sin conseguirlo - su fantasiosa narrativa, esperando que el mundo crea sus propias mentiras. Irán no necesita dominar el espacio aéreo ni derrotar a EE.UU. en una contienda armamentística para proclamar un éxito estratégico. Solo necesita resistir, seguir tomando represalias, impedir que estadounidenses e israelíes alcancen una solución política clara y convertir su posición geográfica en una ventaja estratégica, pasando a la ofensiva. Reuters lo describió con inusual claridad al señalar que Teherán ha ejercido una presión efectiva sobre un punto clave de la economía global mediante el estrecho de Ormuz y los ataques a la infraestructura energética. En otras palabras, el objetivo bélico de Irán es la coerción económica mediante la resistencia, no una victoria militar clásica. Esa realidad explica por qué los repetidos esfuerzos de mediación no han logrado un avance significativo. Pakistán, Turquía, Egipto y Omán han participado de una u otra forma, mientras que la diplomacia regional se ha visto cada vez más saturada de iniciativas puntuales y canales de comunicación paralelos. Sin embargo, ninguno de estos esfuerzos ha dado como resultado una fórmula estable, ya que el problema político central sigue sin resolverse. Teherán sabe que Washington nunca negocia de buena fe. Desde la perspectiva iraní, el precedente de la retirada de Washington del acuerdo nuclear del 2015 destruyó la confianza en los compromisos estadounidenses. En medio de una guerra activa, esa desconfianza se intensifica aún más. Irán sigue insistiendo en sus propios términos para poner fin a esa guerra ilegal, al tiempo que rechaza los acuerdos temporales que en realidad son pausas tácticas en lugar de una verdadera desescalada. La desconfianza en Teherán es evidente y, desde su propia perspectiva estratégica, racional. Muchos responsables políticos iraníes están convencidos que Trump busca negociaciones no como vía hacia la paz, sino como una forma de ganar tiempo, reconfigurar el campo de batalla, calmar los mercados y preparar la siguiente oleada de ataques en condiciones políticas más favorables. Su propio discurso público no ha hecho sino reforzar ese temor. En los últimos días, ha alternado entre sugerir que la guerra “terminará pronto” y a su vez, lanzar nuevas amenazas de una escalada punitiva. Más allá de sus palabras, lo que importa para el análisis revela el estado mental del inquilino de la Casa Blanca, cuya imbecilidad nadie discute. Sus amenazas no se ven como un mensaje de una administración que controla la escalada. Se lee como ira mezclada con improvisación, frustración por una guerra que no ha doblegado a Irán con la suficiente rapidez, por aliados de la OTAN que se niegan a intervenir - calificándolos por ello de cobardes y amenazando con abandonar la organización - y por un electorado interno que comienza a incorporar el conflicto a la vida cotidiana. Trump necesita urgentemente una salida, pero no una cualquiera. Necesita una salida que pueda presentarse como una “victoria” ante su electorado, de cara a las elecciones de noviembre, donde será sin duda aplastado de manera inobjetable, y lo que es peor para él, se enfrentara a un impeachment en el Congreso por unos demócratas ávidos de venganza, que lo sacará ignominiosamente del cargo. Un acuerdo negociado que parezca demasiado una concesión corría el riesgo de parecer débil tras semanas de retórica maximalista. Pero una guerra prolongada con crecientes costos económicos es políticamente peor. Reuters ya ha vinculado directamente la crisis del combustible con la caída de la aprobación y el escepticismo generalizado de la opinión pública sobre la guerra. Incluso si los votantes republicanos siguen siendo más belicistas que el resto del país, un presidente no puede absorber indefinidamente el aumento de los precios de la energía, la ambigüedad estratégica y los informes de bajas mientras afirma que aún tiene el control absoluto de los acontecimientos. Esta presión interna se ve agravada por las crecientes señales de tensión institucional dentro del aparato de defensa estadounidense. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, destituyó al jefe del Estado Mayor del Ejército, el general Randy George, junto con otros altos mandos, en plena campaña. Una guerra de esta magnitud exige continuidad en la planificación y la certeza de que el liderazgo militar se evalúa por su competencia y no por lealtades políticas. Las destituciones masivas en la cúpula sugieren una crisis de coherencia interna en el Pentágono. El simbolismo es perjudicial incluso antes de considerar las consecuencias prácticas. El panorama de la alianza no es mejor. Los socios de la OTAN no se han alineado con la campaña estadounidense y, en algunos casos, han hecho lo contrario. Francia le recordó abiertamente a Washington que la OTAN está diseñada para la defensa euroatlántica, no para misiones ofensivas en el estrecho de Ormuz. Esta oposición pública disipa cualquier ilusión de que EE.UU. pueda multilateralizar fácilmente el conflicto y distribuir sus costos políticos. La irritación de Trump con los aliados se ha vuelto cada vez más explícita, pero la frustración no sustituye la cohesión. Cuanto más abiertamente presiona a Europa para que apoye una guerra que no autorizó ni respalda, más aislada se ve Washington. Los actores regionales se muestran igualmente reticentes. Las corruptas petromonarquías del Golfo son quizás las que más tienen que perder en una guerra sin fin, pero también las que tienen el mayor incentivo para evitar alinearse completamente con la escalada de Washington. Los estados del Golfo temen pagar el precio de una guerra que no iniciaron ni influyeron. Los ataques iraníes ya han alcanzado o amenazado infraestructura en Kuwait, Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos. La Guardia Revolucionaria Islámica ataco instalaciones petroquímicas en esos países, mientras que otros informes describen daños a plantas desalinizadoras, centrales eléctricas y centros energéticos. En términos estratégicos, esto es devastador para el discurso de la Casa Blanca. Washington puede decir hipócritamente “que está imponiendo costos a Irán”, pero la verdad es que Teherán está demostrando que la región en general también pagará las consecuencias. Precisamente por eso, las petromonarquías del Golfo no quieren participar plenamente en una guerra contra Irán liderada por EE.UU. Entienden que la geografía garantiza la represalia. Mientras tanto, el costo humanitario y de infraestructura sigue aumentando. AP, Reuters y otros medios han descrito antes del cese del fuego, ataques cada vez más frecuentes contra infraestructura civil crítica y adyacente a la población, incluyendo sistemas eléctricos, puentes, universidades, plantas petroquímicas y rutas de suministro. Teherán, a su vez, amplio su lógica de represalia más allá de los objetivos militares directos, advirtiendo que, si los objetivos civiles en Irán siguen siendo atacados, la infraestructura económica y civil en otras partes de la región no se salvará. Esta es la sombría dinámica de una guerra sin reglas. Cada nuevo ataque crea una justificación para el siguiente, y cada bando se convence de que la escalada es temporal, incluso cuando los objetivos se amplían. En ese contexto, la mayoría de los iraníes no están predispuestos a aceptar negociaciones en los términos de Washington. Dentro de Irán, la guerra se percibe no como una crisis de negociación limitada, sino como una lucha existencial impuesta desde el exterior. El asesinato de la cúpula iraní al inicio del conflicto endureció aún más esta mentalidad, al convertir la confrontación en un conflicto enmarcado en términos civilizacionales y religiosos. Una vez que una sociedad llega a la conclusión de que la rendición puede traer no la paz, sino la desintegración, el compromiso se vuelve políticamente tóxico. En tal entorno, los llamados al diálogo suenan menos a prudencia y más a debilidad, a menos que vayan acompañados de beneficios innegables. Ese es el contexto en el que ha resurgido Mohammad Javad Zarif. Exministro de Asuntos Exteriores de Irán y diplomático de larga trayectoria, que también fue embajador ante las Naciones Unidas, Zarif no es una voz iraní cualquiera. Es quizás el símbolo más reconocible de la apertura diplomática de la República Islámica hacia Occidente en la era moderna. Es el rostro de la diplomacia que propició el acuerdo nuclear del 2015, una figura cuya fluidez en el lenguaje del compromiso internacional lo hizo indispensable en el extranjero y, a la vez, sospechoso en su propio país. Hoy está vinculado a la Universidad de Teherán y sigue siendo uno de los abanderados más visibles de la pequeña, maltrecha pero persistente corriente dentro de Irán que aún cree que el acercamiento con Occidente puede reportar beneficios estratégicos. Su nuevo ensayo en Foreign Affairs resulta revelador tanto por lo que propone como por lo que presupone. Zarif argumenta que Irán tiene la ventaja porque sobrevivió a la tormenta inicial, preservó su continuidad política e infligió graves daños a sus adversarios. Sobre esa base, sugiere que Teherán debería «declarar la victoria» y transformar la resiliencia en el campo de batalla en una solución diplomática. El amplio paquete que esboza incluye límites al programa nuclear iraní bajo vigilancia, la reapertura del estrecho de Ormuz, el levantamiento de las sanciones, la reintegración a la economía global y un marco de seguridad regional más amplio que podría involucrar a países como Turquía. Se trata, en esencia, de un intento de revivir la lógica estratégica del pacto nuclear en un contexto mucho más sangriento. El artículo es inteligente, riguroso y políticamente condenado al fracaso a corto plazo. Identifica correctamente la asimetría central del momento. Irán puede estar resistiendo, pero esto no reconstruirá las ciudades, restaurará la infraestructura ni estabilizará la vida civil. La resistencia perpetua puede satisfacer la psique nacional, pero a la vez perjudica la posición del Estado a largo plazo. Zarif también percibe correctamente que Trump necesita un acuerdo más de lo que admite públicamente. Atrapado entre la inflación, las fricciones en las alianzas y los objetivos poco claros, puede ser más flexible en la negociación que uno que dice disfrutar “de un triunfo militar contundente” que solo cabe en su obtusa imaginación. Pero el artículo se basa en una premisa que gran parte de la esfera pública iraní en tiempos de guerra no comparte actualmente. Zarif considera la diplomacia como un camino hacia la paz, mientras que sus críticos la ven como una trampa que conduce a la rendición. Por eso la reacción dentro de Irán fue tan furiosa. En tanto, Iran International informó que los sectores más intransigentes lo tacharon de traidor y exigieron su arresto, calificando su postura de desescalada como capitulación e incluso espionaje. Si bien los medios de comunicación del exilio y la oposición deben ser tratados con la debida cautela, el patrón general es creíble y totalmente coherente con la desconfianza histórica de la derecha iraní hacia Zarif. En tiempos de guerra, el apoyo a un compromiso se reduce aún más. Las consignas de resistencia siempre resuenan con más fuerza que los llamados a una solución ponderada cuando las bombas siguen cayendo. El sector prooccidental dentro de Irán sigue siendo minoritario. Es pequeño, elitista y socialmente débil en el clima actual, pero intenta enviar un mensaje importante a Washington y a Europa Occidental. Intenta demostrar que dentro de Irán aún existe un sector capaz de imaginar la coexistencia, el levantamiento de las sanciones y una relación controlada con el mundo exterior. En circunstancias normales, esto podría ser políticamente útil. Sin embargo, en esta guerra, a menudo tiene el efecto contrario. Los llamamientos al diálogo se interpretan fácilmente como señales de debilidad justo cuando muchos iraníes sienten que solo la firmeza puede evitar una mayor humillación. El resultado es que personajes como Zarif no parecen realistas nacionales, sino oportunistas que se postulan prematuramente para un orden de posguerra que aún no existe, en la cual pretende tener relevancia. Esto no le resta importancia a Zarif. Al contrario, su intervención es importante precisamente porque revela que parte de la élite iraní comprende el costo material de una guerra interminable y ya contempla una eventual solución. Sin embargo, el momento es desfavorable para su bando. Mientras Trump siga amenazando con nuevos ataques, en tanto la infraestructura civil permanezca en el punto de mira y Teherán crea que las negociaciones solo servirán como puente hacia el próximo ataque, el argumento prooccidental tendrá dificultades para ganar alguna legitimidad. La guerra, por lo tanto, está endureciendo ambos sistemas a la vez. En Washington, radicaliza la retórica y expone la confusión estratégica. En Teherán, afianza la creencia de que la resistencia misma es una victoria y que negociar bajo fuego es una forma de rendición que no van a aceptar por ningún motivo. Esta es la mayor ironía del momento actual. Tanto Trump como Zarif desean un resultado final que puedan describir como “un éxito”, pero se dirigen a públicos que entienden el éxito de maneras cada vez más incompatibles. Para Trump, el “éxito” significa retirarse rápidamente sin dejar de afirmar que Irán “se vio obligado a ceder”. Para la mayoría de los iraníes en este momento, el éxito significa negarse a ceder en absoluto. Mientras persista esta contradicción, la diplomacia seguirá apareciendo en el horizonte solo para desvanecerse al chocar con la realidad política. Y cuanto más dure esta situación, peor será el resultado para todos los involucrados, comenzando con quien empezó esta guerra, de la cual no sabe cómo salir. (Por cierto, el muy imbécil - y hay que decirlo con todas sus letras - ha amenazado con bloquear el estrecho de Ormuz para que nadie negocie con Irán, evitando que algún barco arribe a sus costas: "Si alguno de ellos se acerca en lo más mínimo a nuestro BLOQUEO, será ELIMINADO de inmediato", dijo en su red Truth Social.... A ver si se atreve a hundir los petroleros rusos y chinos)
No se parece a ningún telescopio jamás construido hasta el momento. En efecto, el ExoLife Finder (ELF) es una espectacular corona de 15 espejos de cinco metros que se alza sobre una extensa estructura metálica, la cual recuerda a los pétalos de una flor mecánica de diez pisos de altura: más una escultura que un observatorio. Se trata de un tipo de telescopio totalmente nuevo, que, según sus diseñadores, podría descubrir vida en planetas similares a la Tierra más allá de nuestro sistema solar. Su diseño radical es obra del astrofísico Jeff Kuhn, de la Universidad de Hawái. Por ahora, solo existe en imágenes. Para construirlo, Kuhn y el equipo que ha reunido deben primero desarrollar y perfeccionar técnicas y tecnologías nunca antes utilizadas en astronomía. Ese anillo de espejos, funcionando en sincronía, utilizaría una técnica de vanguardia - el equivalente a la cancelación de ruido estelar - para bloquear el resplandor de la estrella anfitriona y así poder capturar imágenes de mundos en órbita. Si funciona, podría monitorear planetas, crear mapas de su superficie e incluso detectar el calor que emiten las formas de vida o su tecnología. “Durante mucho tiempo se pensó que esta [técnica] requería telescopios espaciales”, afirma John Mather, el astrofísico ganador del Premio Nobel que dirigió el equipo científico del Telescopio Espacial James Webb (JWST). “Pero el equipo de Kuhn demostró que podría no ser imposible desde la Tierra”. La palabra "podría" cobra especial relevancia aquí. Los obstáculos técnicos son considerables. Y en la carrera por construir un telescopio capaz de encontrar una segunda Tierra, abundan las ideas contrapuestas. Pero si el experimento tiene éxito, podría abrir las puertas a una nueva era de telescopios terrestres y resolver la incógnita de si estamos solos en el universo. ELF toma prestado un concepto de la radioastronomía llamado interferometría. Utilizará numerosos espejos distribuidos en una matriz y combinará su luz. Con equipo óptico especializado para combinar los haces, una calibración extremadamente precisa y muchos cálculos matemáticos, esta técnica puede producir una imagen tan nítida como si se tomara con un solo espejo del mismo tamaño que el punto más ancho de la matriz, llamado línea base. El anillo de espejos de ELF tendrá 35 metros de diámetro, rivalizando con la apertura del telescopio más grande actualmente en construcción, el Telescopio Extremadamente Grande de 39 metros en Chile, pero sin los segmentos centrales del espejo, y el costo asociado. Si la misión ELF logra obtener una imagen directa de un exoplaneta similar a la Tierra - una hazaña nunca antes conseguida -, el planeta no ocupará más de un píxel. Esto permitirá a los astrónomos detectar detalles de la superficie observando la luz que el mundo refleja de su estrella. Al descomponer la luz por longitud de onda en un espectro, se revela la presencia de características como océanos, hielo, montañas o desiertos. Los astrónomos deberán observar cómo el planeta rota sobre su eje y se desplaza a lo largo de su órbita, produciendo patrones periódicos y repetitivos en su espectro a medida que las características entran y salen del campo de visión. A partir de estos patrones, los astrónomos pueden inferir cuándo ciertas características son visibles y determinar su ubicación, trabajando a la inversa para reconstruir un mapa de la superficie del planeta. Esta técnica, denominada inversión cartográfica, requiere una enorme cantidad de observaciones consecutivas para separar las señales de las contribuciones de la superficie y la atmósfera, y así recuperar los componentes químicos presentes en el planeta. «Si contamos con suficientes datos - unos cientos de observaciones, o incluso unos miles -, podemos reconstruir un mapa del planeta, identificando las regiones de mayor reflectividad o albedo y las de menor albedo o reflectividad», explico Max Dobat, estudiante de posgrado en astrofísica de la Universidad de Potsdam que trabaja en el proyecto. «ELF podría revolucionar el campo de la observación, acelerando drásticamente nuestra capacidad para caracterizar exoplanetas» aseguró. Kuhn espera que, cuando SELF entre en funcionamiento alrededor del 2027, su prueba de concepto atraiga el apoyo de inversores y donantes para construir ELF. Sin embargo, pasarán al menos otros diez años antes de que ELF pueda entrar en funcionamiento. Y dados los desafíos técnicos, su éxito no está garantizado, según afirman otros astrónomos. Si ELF logra identificar planetas similares a la Tierra para su posterior estudio, estos serían de gran valor para futuros observatorios con diseños más sofisticados. Asimismo, algunos astrónomos han propuesto una nave espacial que podría volar en formación, a decenas de miles de kilómetros de un telescopio como HWO, actuando como un parasol para bloquear la luz de una estrella anfitriona. Esta combinación sería más potente que un coronógrafo interno. Sin embargo, su capacidad para buscar planetas estaría limitada por el tiempo y el combustible necesarios para maniobrar el parasol hasta su posición. “Si sabemos dónde están los planetas, es mucho más fácil estudiarlos con observatorios espaciales”, señaló Ewan Douglas, astrónomo de la Universidad de Arizona que construye instrumentos de imagen directa para la detección de exoplanetas. Independientemente de si ELF encuentra vida o no, aprenderemos algo sobre nuestro lugar en el universo. Un resultado nulo “significaría que la vida es rara y que deberíamos tratarla como tal”. También podría implicar que “probablemente la vida evolucionó en otros lugares, pero luego desapareció”, añadió. “Todas estas preguntas que planteamos llevan la noción de vida - y las cuestiones sociales sobre cómo se organiza la vida - a un ámbito donde la astrofísica realmente tiene algo que decir al respecto” puntualizó.