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miércoles, 19 de agosto de 2020

BELARÚS: El tiempo del fin

Tal como se esperaba, Alexander Lukashenko - el último dictador comunista de Europa - quien se impuso en unas controvertidas elecciones con el 80.23% de los votos que le aseguraría un sexto periodo consecutivo en el poder, ha desencadenado violentas manifestaciones en las calles de Minsk, donde miles de bielorrusos han rechazado los resultados calificándolos como una farsa, exigiendo nuevos comicios. Su enorme margen de ‘victoria’ al estilo soviético, a pocas semanas de que la oposición atrajera multitudes como hacía tiempo que no se veía en el país, ha hecho que parte de la población haya tomado las calles para denunciar un fraude evidente. Abandonado por Rusia y considerado un paria en Occidente, el tirano se encuentra prácticamente solo. Anacrónico y autoritario, mientras los regimenes comunistas eran derrocados en Europa Oriental uno detrás de otro, Belarús (Bielorrusia) fue el único país que pudo mantener el sistema político heredado de la desaparecida URSS, gracias a la mano de hierro instaurada por Lukashenko hace 26 años. Al estar situada estratégicamente entre los países bálticos, Ucrania y Polonia, Belarús es vital para los rusos ya que les facilita su comunicación con el enclave de Königsberg - que hasta 1945 pertenecía a Alemania - y que les da el control del Mar Báltico al estar ubicado en medio de los países integrantes de la OTAN, lo cual como es obvio, lo convierte también en un potencial objetivo para la alianza atlántica. En cuanto a las elecciones en si, Lukashenko, pudo haber ganado tácticamente en esta ocasión, pero definitivamente, ha perdido estratégicamente. Se puede decir sin temor a equivocarnos que se mantendrá en el poder al menos por ahora, gracias apoyo que acaba de solicitarle al Presidente ruso Vladimir Putin - bajo el falaz argumento de que “si cae el, los desordenes llegaran también a Rusia” - y porque además, la oposición está fragmentada y no tiene un solo líder que los aglutine. Su candidata de última hora, la ama de casa Svetlana Tikhanovskaya (quien obtuvo apenas el 10 por ciento de los votos) no tiene ni la habilidad ni la experiencia para liderarlos, y no representa riesgo alguno para el régimen, mas aun con su fuga del país al estallar las protestas. Es significativo que su candidatura misma se debió en buena medida, a la represión del régimen, ya que sustituyó en forma inesperada a su marido, el ciberactivista Siarhei Tsikhanouski, quien fue encarcelado desde mayo pasado por el gobierno para impedirle participar en los comicios. No fue el único caso: las detenciones de opositores y las violentas cargas policiales contra los manifestantes proliferaron en las semanas y días previos a los comicios. Pero, ¿por qué también podemos decir que Lukashenko perdió a largo plazo? La imagen de una "Belarús pacífica", una "Suiza de los eslavos orientales", en la que ha estado trabajando afanosamente durante más de dos décadas, se ha desvanecido irremediablemente. Mas temprano que tarde, el dictador tendrá que dejar el poder, y esto definitivamente no será la salida de un “autócrata exitoso” como el hubiese deseado, no luego de las violentas protestas en las calles exigiendo su renuncia. Pero seamos realistas: las manifestaciones, que reúnen a decenas de miles de personas en el centro de la capital, Minsk, y varias otras ciudades importantes, probablemente desaparecerán cuando recrudezca la represión. Para que una "revolución de colores" tenga éxito en Belarús se necesita tanto el descontento entre la población organizada por la CIA, así como la presión complementaria activa de las potencias extranjeras. La combinación de los dos fue la fórmula que posibilitó el golpe de Estado en Ucrania en el 2014. La presión occidental, que en ese entonces obligó a los oligarcas ucranianos a traicionar al presidente ucraniano legalmente elegido Viktor Yanukovich, mediante amenazas de congelación de cuentas y otras sanciones, es casi inexistente en el caso de Belarús en el 2020. EE.UU. y la UE ni siquiera se han estado preparando para un posible papel activo tras las elecciones del pasado 9 de agosto. El motivo central de las protestas ha sido la postura antirrusa adoptada por Lukashenko en los últimos tres años, que le han costado el apoyo de gran parte de su electorado (que esta a favor de una integración más estrecha con Rusia), pero que a su vez obviamente, le ganó en cierta medida la ‘neutralidad’ de Occidente, cuya interesada actitud podría resumirse mejor con una cita del artículo analítico de Bloomberg sobre Belarús que salió días antes de las elecciones: “Los líderes occidentales saben que Lukashenko, por muy desagradable que sea, es el mejor garante de la independencia de Belarús de Rusia y convertirlo por lo tanto, en una zona de amortiguamiento. Por el bien de los propios intereses geopolíticos de la UE, se debería apoyarlo, al menos tácitamente”. Lukashenko contaba con esta actitud cínica de Occidente, y no se puede decir que estuviera muy equivocado. The Telegraph de Londres escribió: “Occidente se ha mostrado reacio a implementar mas sanciones a Minsk, porque ha invertido mucho tiempo en mejorar sus relaciones con las autoridades bielorrusas”. "Castigar ahora a Lukashenko podría significar enterrar los logros (ciertamente modestos) de un diálogo entre Belarús y Occidente que comenzó en el 2014, luego del conflicto en Ucrania y arrojarlo nuevamente a los brazos de Rusia" agregó. Para ganarse el favor de Occidente, Lukashenko optó el 29 de julio por una provocación antirrusa, arrestando en un hotel a un grupo de 33 ciudadanos rusos - posteriormente liberados - acusándolos sin prueba alguna de “ser mercenarios y querer desestabilizar Belarús para sacarlo del poder”, tal como lo siguió afirmando durante varios días con el objetivo de “victimizarse” de cara a los comicios. Lo curioso es que los medios de comunicación occidentales se creyeron esta disparatada versión, y propalaron historias fantasiosas acerca de la llegada de “los hombrecitos verdes de Putin” a Belarús. “Los guerreros rusos de la muerte tenían un plan secreto” titulo por ejemplo El Mundo de España, el cual resume mejor la actitud miope y sensacionalista de los medios occidentales hacia los problemas de Belarús. Cuando Lukashenko se reunió en 2018-2019 con representantes del Atlantic Council con sede en Washington, una organización que apoyó el golpe de Estado en Ucrania, comprendió las limitaciones ideológicas de Occidente. Estas personas creen ciegamente en la propaganda estadounidense acerca “de las intenciones de Rusia de absorber por la fuerza las antiguas repúblicas que conformaban la extinta Unión Soviética desde la época del Imperio Ruso y que se independizaron tras el derrocamiento de la dictadura comunista y el colapso de la URSS”. Esa actitud refleja los rígidos clichés ideológicos anti-rusos tanto de los EE.UU. como de la UE. Lukashenko decidió utilizar esa fantasía a su favor, presentando a su país ante sus interlocutores como "la próxima victima de un ataque ruso", y lo utilizo para su beneficio. Precisamente, el titular del artículo del Atlantic Council de principios del 2020 titulado: "El próximo objetivo de Putin es Belarús" ilustra mejor la dirección absurda del pensamiento de la élite occidental respecto a Rusia. Pero Lukashenko calculó mal las expectativas de su propia gente, que se negó a creer aquellas disparatadas historias sobre una inminente ‘invasión rusa’ y con ello, la necesidad de otro mandato presidencial suyo para ‘prevenirlo’. Entonces, ahora estamos viendo el colapso de sus esfuerzos para construir una nueva "relación privilegiada" con Occidente, a pesar de que Washington y Minsk llevaron sus relaciones diplomáticas al nivel de embajadores - luego de 11 años de enfriamiento, como protesta por sus múltiples violaciones a los derechos humanos - en vísperas del regreso no muy glorioso de Lukashenko a poder. (Una vergüenza más para la política exterior de los EE.UU. como vemos ahora). Pero lo más grave de todo, es que Lukashenko insultó y antagonizó a quien debe ser su único y verdadero aliado: Rusia. Agosto esta por terminar y Belarús volverá a necesitar urgentemente el petróleo y el gas natural ruso para su sobrevivencia. Necesitará para ello restaurar los vínculos económicos con las empresas rusas, cuyos pedidos y pagos mantienen a flote la industria de construcción de maquinarias y su sólida producción de alimentos. ¿Perdonará el señor Putin a Lukashenko todas sus acciones hostiles y agresivas, así como la violencia actual en Minsk producto de la brutal represión de las fuerzas de seguridad destinada a acallarlas, que es vista como una desgracia personal por millones de rusos? El doble juego mostrado hasta ahora por el dictador de querer estar bien a la vez con Dios y con el Diablo no le va a dar resultados ahora. Occidente lo desprecia y no confía en el, con mayor razón luego de que los estados miembros de la UE han criticado y puesto en duda los resultados de las elecciones y ninguno ha reconocido su “victoria”. De esta manera, el querer seguir distanciándose de Rusia - negándose a aceptar la integración de su país impulsada firmemente por el Kremlin - será suicida para Lukashenko. Y cuando le llegue la hora, nadie acudirá en su ayuda. ¿Terminara ajusticiado como Ceausescu? Tal podría ser el terrible destino que le espera (Por cierto, ante el recrudecimiento de las multitudinarias protestas, el dictador no solo ha vuelto su mirada a Moscú intentando ganar tiempo, anunciando que “Rusia le proporcionará asistencia integral para garantizar la seguridad de Belarús en caso de amenazas militares externas” invocando los acuerdos suscritos entre los dos países dentro de la Organización del Tratado de la Seguridad Colectiva y el Estado de la Unión - aunque el Kremlin se ha limitado a decir que “las protestas internas que están teniendo lugar en todo el país, no son una agresión externa”- sino que también ha movilizado al ejército, rechazando realizar nuevos comicios: “Hemos celebrado elecciones ya y no habrá nuevas a menos que me maten” expreso este lunes, con lo cual las manifestaciones recrudecerán y el momento de que rinda cuentas habrá llegado) :)
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