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miércoles, 8 de julio de 2026

EE.UU.: El principio del fin

En agosto del 2017, dos grupos de estadounidenses se enfrentaron a la sombra de la guerra civil, figurada y literalmente, bajo unas estatuas que honraban a generales confederados. En efecto, neonazis, miembros del Ku Klux Klan y de otros grupos de extrema derecha acudieron desde todo el país a Charlottesville (Virginia) para participar en una manifestación nacionalista blanca. Bajo el lema “Unite the Right” (Unir a la derecha), la concentración pretendía fusionar, en los inicios del primer mandato de Trump, a la extrema derecha con el cada vez más reaccionario Partido Republicano. En tanto cientos de contramanifestantes negros (algunos encabezados por pastores, sacerdotes y un rabino local; otros, vestidos de negro e inspirados en los movimientos antifascistas europeos) se congregaron para oponerse a ellos. En el centro del conflicto se hallaba una estatua que conmemoraba a un protagonista de la sangrienta guerra de Secesión estadounidense (1861-1865). Erigida en 1924 (a los 60 años del final de la contienda), la estatua del general confederado Robert E. Lee era, en realidad, un monumento al revanchismo sureño y las leyes Jim Crow favorecedoras de la segregación. A principios del 2017, el Ayuntamiento de Charlottesville había votado a favor de retirar la estatua de Lee y otros monumentos confederados, cediendo con ello a los deseos de los demócratas, y a la presión de los activistas negros. Los grupos de extrema derecha (muchos de los cuales buscan abiertamente una nueva guerra civil o una guerra racial apocalíptica que, según prevén, terminará con la expulsión o el exterminio de los negros y judíos de suelo estadounidense) se aferraron a dicha medida simbólica y la utilizaron para movilizar a sus seguidores. Durante horas, ambos bandos se enfrentaron en las calles del centro de Charlottesville, intercambiando golpes con porras, escudos, bombas de humo y gas lacrimógeno. Hubo disparos de al menos un arma de fuego. Como los terroristas negros seguían con sus amenazas, un neonazi embistió con su Dodge Challenger a un grupo de ellos e hirió al menos a 35 personas. Heather Heyer, una asistente jurídica de 32 años de Charlottesville, perdió la vida. Como escribió luego la activista Mab Segrest: “Los enfrentamientos callejeros en Charlottesville nos dan una imagen de cómo podría ser una [nueva] guerra civil fomentada por Trump”. Obviamente, los acontecimientos del 2017 no desencadenaron ninguna guerra civil. La sorpresa ante el espectáculo de esvásticas en las calles de una ciudad universitaria y, sobre todo, el ataque que acabó con la vida de Heather Heyer desacreditó a los dirigentes más destacados de los grupos congregados en Charlottesville, incluidos los nacionalistas blancos Richard B. Spencer, Matthew Heimbach y Austin Gillespie, conocido por el nom de haine de Augustus Sol Invictus. Ese rechazo popular desbarató los intentos de ambigüedad en relación con el apoyo a los supremacistas blancos; y, sobre todo, el intento del presidente Trump de afirmar que había habido “gente muy buena entre ellos”. Tanto quien mató a Heyer como los cabecillas del acto fueron juzgados y condenados, en tribunales penales y civiles respectivamente. Eso ofreció a los estadounidenses la prueba de que los regímenes de la ley y la justicia seguían vigentes y funcionando; un factor clave, según los politólogos, para prevenir el estallido de la violencia interna. Sin embargo, en los nueve años que han seguido, las fuerzas desatadas en Charlottesville no se han quedado en esa ciudad. A raíz del “Unite the Right”, los aceleracionistas (a menudo, grupos difusos cuyos miembros se unen por un deseo compartido de acelerar el impulso hacia la guerra civil o racial) se organizaron en internet, impulsados por una combinación de nihilismo, ansias de violencia y el convencimiento de que solo el conflicto armado puede acabar con las amenazas existenciales “encarnadas en el aborrecible pensamiento woke impulsado por los enemigos de los EE.UU. que buscan destruirla” argumentan. Algunos de esos grupos denominan a esa esperada guerra civil que esperan el Boogaloo (el nombre se basa en un meme de internet que imagina una “Civil War 2: Electric Boogaloo”, un juego de palabras con el título de la secuela de una película kitsch de los años ochenta, que rima en inglés). Durante las protestas del 2020 que estallaron en todo el país a raíz de la muerte del terrorista negro George Floyd en el estado de Minnesota, los llamados “Boogaloo Bois” se infiltraron en las manifestaciones por los derechos civiles y provocaron disturbios con la esperanza de que se culpara al movimiento Black Lives Matter. Ivan Harrison Hunter, un hombre de 24 años de Texas, viajó casi dos mil kilómetros hasta Minneapolis para disparar al azar un AK-47 contra una comisaría de policía. El intento no castigado de invalidar las elecciones del 2021 emite un mensaje inequívoco: la violencia política al servicio de la causa 'correcta' (la de la derecha) es recompensada. A los pocos meses, el 6 de enero del 2021, ultraderechistas curtidos en la batalla callejera de Charlottesville del 2017 ayudaron a dirigir la carga pro-Trump contra el Capitolio, en un intento de sabotear violentamente el recuento de votos que certificaría que Trump había perdido su primer intento de ser reelegido. Unas 1.600 personas fueron acusadas de delitos relacionados con el intento de golpe de Estado. Sin embargo, al volver al cargo en el 2025, Trump concedió un “indulto total, completo e incondicional” a todos los alborotadores y cabecillas, incluidas 1.270 personas que ya habían sido condenadas por sus delitos. Entre los indultados se encontraban Enrique Tarrio, jefe de los neofascistas Proud Boys, que cumplía una condena de 22 años por conspiración sediciosa, y Tyler Bradley Dykes, un antiguo marine estadounidense caído en desgracia, participante en las marchas neonazis en Charlottesville y que fue grabado utilizando un escudo antidisturbios robado a la policía y haciendo el saludo nazi mientras ayudaba a otros alborotadores a entrar en el Capitolio agitando banderas confederadas dentro del recinto. Dykes se presenta ahora al Congreso por Carolina del Sur. El propio Trump no sufrió consecuencia alguna por su incitación a los disturbios ni por su intento más amplio de invalidar las elecciones del 2020. A diferencia de sus homólogos internacionales, como Jair Bolsonaro en Brasil o Yoon Suk Yeol en Corea del Sur, Trump no fue condenado a prisión ni se le impidió volver a ocupar una posición de poder. Fue sometido a un segundo juicio político, un hecho sin precedentes en un presidente de EE.UU.; pero un Senado muy dividido lo absolvió ya que el sistema judicial tendría tiempo para procesarlo más tarde. Su sucesor, el discapacitado físico y mental Joe Biden, se adhirió a las normas tradicionales de EE.UU. y permitió que el Departamento de Justicia operara de manera digitada y con presiones políticas de los demócratas. Pero cometió el error fatal de nombrar como fiscal general a Merrick Garland, un moderado que parecía creer que el Departamento de Justicia dispondría de tiempo ilimitado para investigar y procesar los delitos. El resultado de todo eso, junto con la oportuna intervención de un Tribunal Supremo cuya mayoría conservadora incluía a tres jueces nombrados por Trump, fue que los intentos de llevarlo a juicio por sus presuntos delitos federales no se completaron antes de las elecciones del 2024. El Tribunal Supremo, en particular, dio un paso sorprendente en un caso conocido como “Trump contra EE.UU.” al decidir que el presidente estadounidense goza de inmunidad presunta por lo que el tribunal consideró “actos oficiales”, incluidos los intentos de utilizar como arma los organismos administrativos. El caso, en el que los tres jueces ‘liberales’ (como en los EE.UU. llaman a los izquierdistas) discreparon, fue ampliamente considerado como una concesión efectiva a un futuro gobierno republicano de un cheque en blanco para actuar con impunidad, al tiempo que se creaban excepciones que podrían utilizarse para procesar a un futuro presidente demócrata. Así, se permitió a Trump presentarse de nuevo, sin que llegara a los votantes la señal correspondiente de que había cometido delitos. Cuando Trump derrotó por un estrecho margen a la negra Kamala Harris - la ‘Jezabel’ de Biden - los casos federales en su contra fueron desestimados. El mensaje que dio era inequívoco: la violencia política al servicio de la causa correcta (la causa de la derecha) sería recompensada, no castigada. Ahora que Trump ha vuelto con fuerza al poder y ha roto las barreras del aparato administrativo y del orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial, muchos estadounidenses se preguntan abiertamente si no acecha en el horizonte una nueva guerra civil. Según una encuesta publicada en noviembre del 2025 por la Conferencia de Liderazgo sobre Derechos Civiles y Humanos, una organización paraguas que agrupa a más de 240 organizaciones nacionales de derechos humanos y civiles, un 57% de los encuestados coincidía en que EE.UU. se encamina hacia otra guerra civil. Pero los politólogos no están tan seguros. Benjamin Jensen y Joseph K. Young, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington DC, argumentaron a finales del 2025 que veían “pocos incentivos estructurales para una segunda guerra civil estadounidense... la economía es fuerte, el Gobierno y el ejército son capaces, y ningún grupo está tratando de separarse o anexionar territorio para asegurarse recursos naturales”. De modo más reciente, Barbara F. Walter, pese al título de su influyente libro del 2022 How civil wars start: And how to stop them, no ha pronosticado una conflagración total en el campo de batalla, sino más bien un “período de entre diez y veinte años de inestabilidad y violencia sostenidas”, una versión estadounidense de los años de plomo italianos. Todos están reaccionando ante el mismo conjunto básico de percepciones y hechos. En EE.UU. existe una polarización política extrema y un ritmo creciente de violencia política. En el 2025, un hombre armado que se hacía pasar por agente de policía asesinó en su domicilio a una legisladora estatal demócrata de Minnesota junto con su marido, y luego disparó contra un senador estatal y su esposa. S los tres meses, Charlie Kirk, un destacado activista conservador y aliado clave de Trump, fue asesinado a tiros por un francotirador cuando hablaba en un acto universitario en Utah. El propio Trump sobrevivió a un intento de asesinato durante la campaña electoral del 2024; y él, al estilo del Fuhrer alemán Adolph Hitler - a quien admira - atribuyó el hecho a un acto de la divina providencia y lo convirtió en el eje central de su regreso al cargo. Al volver a la Casa Blanca, Trump sustituyó un retrato del musulmán encubierto Barack Hussein Obama, por una versión pop art de la foto en la que aparece con la cara salpicada de sangre (ya fuera a causa de una esquirla o el roce de la bala) levantando el puño ante la multitud tras el atentado en Pensilvania. Asimismo, Trump ha politizado a unas Fuerzas Armadas estadounidenses tradicionalmente apartidistas, ha apartado a generales y almirantes de quienes sospechaba deslealtad personal y ha ascendido a oficiales subalternos y activistas políticos más dispuestos a cumplir sus órdenes. Las premisas de una economía estadounidense fuerte y de unas Fuerzas Armadas ampliamente respetadas (así como la cohesión de la coalición política de Trump) se han visto duramente puestas a prueba por la guerra con Irán, donde su derrota ha sido clamorosa. Las cruciales elecciones de mitad de mandato que se celebrarán a finales de este año y en las que Trump intenta por todos los medios intervenir – e incluso declaro en cierta oportunidad de que no se realicen - ponen en juego el control republicano de un Congreso muy dividido. Si ganan los demócratas, como prevén las encuestas, Trump o sus aliados podrían intentar impedir la toma de posesión de la nueva legislatura, lo que desencadenaría una crisis política sin precedentes en EE.UU. Trump también ha considerado en voz alta la posibilidad de hacer caso omiso del límite de dos mandatos presidenciales establecido en la Constitución de EE.UU., e intentar reelegirse a como dé lugar, lo que podría desencadenar una crisis en el 2028. En resumen, es poco probable que se produzca una crisis sectaria del tipo que marcó la guerra civil del siglo XIX. A pesar de la percepción de estados rojos y azules, perpetuada por los mapas que corren por internet y un sistema electoral presidencial mayoritario, EE.UU. está en realidad muy integrado en términos políticos, ya que casi todos los estados albergan ciudades mayoritariamente ‘liberales’ y zonas suburbanas y rurales más conservadoras, con una mezcla aún mayor entre ambas. Del mismo modo, los deseos de la extrema derecha de una guerra racial apocalíptica chocan con una realidad en la que, como se vio con los contramanifestantes en Charlottesville, las comunidades de muchas razas, etnias y orígenes conviven, a veces incluso dentro de las mismas familias y personas. Sin embargo, no hace falta una guerra civil clásica, con un Estado fracturado o luchas por el territorio, para ver un aumento de la violencia política y la inestabilidad. Un país puede perder su democracia, cuando quien está al frente de la Casa Blanca se comporta de una manera errática desatando conflictos en todo el mundo, con el objetivo de presentarse como “el único que puede salvar a los EE.UU. de su destrucción” cuando en realidad lo está llevando al abismo.

DISCLOSURE DAY: ¿Otra vez más de lo mismo?

En un futuro no muy lejano, la humanidad está a punto de describir la verdad sobre la existencia de extraterrestres, un secreto que ha permanecido oculto durante varias décadas. Mientras millones de personas se preparan para recibir la revelación, algunas viejas creencias se ven cuestionadas, y la forma en la que entendemos el universo empieza a cambiar. Entre conspiraciones, avances de la tecnología y encuentros inesperados, la revelación promete cambiar vidas, relaciones y la propia percepción de nuestro lugar en el universo para siempre. Nos estamos refiriendo a Disclosure Day (El día de la revelación), un mediocre filme estadounidense estrenado en junio del 2026, dirigido y producido por Steven Spielberg, con guion de David Koepp basado en una historia nada original de Spielberg, repetitivo hasta el cansancio, Mientras el mundo se encuentra al borde de la Tercera Guerra Mundial, el Dr. Daniel Kellner (Josh O'Connor), especialista en ciberseguridad, roba de la Corporación Wardex, una rama secreta del gobierno estadounidense, una pieza de tecnología extraterrestre y archivos relacionados que detallan varios eventos de contacto humano-alienígena desde el incidente de Roswell. El director ejecutivo de Wardex, Noah Scanlon, descubre el robo y acusa a Daniel de ser un espía extranjero, convirtiéndolo en objetivo de las autoridades federales. Daniel se esconde en un convento con su novia, Jane Blankenship. Mientras en Kansas City, la meteoróloga Margaret Fairchild se prepara para ir a trabajar cuando un cardenal entra volando en su casa, la observa brevemente y luego se va. El incidente despierta en ella habilidades psíquicas latentes, permitiéndole comprender intuitivamente los pensamientos y emociones de los demás, y comunicarse inconscientemente en idiomas que nunca ha aprendido. Durante una transmisión meteorológica en vivo, Margaret comienza a hablar inesperadamente en un idioma desconocido. Las imágenes de la transmisión se vuelven virales y llaman la atención de Wardex, que identifica el idioma como de origen extraterrestre. Tras ser hospitalizada y casi capturada por los agentes de Scanlon, Margaret también se esconde. Daniel le revela a Jane los archivos robados, explicándole que Wardex ha estado experimentando con cautivos alienígenas y aplicando ingeniería inversa a su tecnología, y declara su intención de hacer pública la información. Daniel se entera de la existencia de Margaret y descubre que es el único que puede comprender el idioma alienígena que ella habló en la transmisión. Mediante un dispositivo alienígena que le otorga capacidades telepáticas, Scanlon establece un vínculo psíquico con Jane y lo usa primero para que ella intente matar a Daniel, y luego para rastrearlos hasta un hotel. Jane escapa con otro dispositivo alienígena, también robado por Daniel, pero este es capturado. Mientras tanto, a medida que sus habilidades se desarrollan, Margaret recibe visiones de Daniel y los sigue hasta una instalación secreta donde lo mantienen retenido. Escapan cuando Margaret aprende a usar sus habilidades para influir empáticamente en sus perseguidores y hacer que se rindan. Uno de los hombres de Scanlon que no se ve afectado, Casper Boyd, estrella intencionalmente su auto contra el costado de un tren de carga que pasa. Daniel saca a Margaret justo a tiempo para que puedan subir al tren y ponerse a salvo. Margaret y Daniel son rescatados por un equipo de empleados de Wardex que se han convertido en informantes. Su líder, Hugo Wakefield, quien ha estado trabajando con Daniel, los resguarda en un almacén que contiene una reconstrucción de la casa de la infancia de Margaret y la anima a recuperar recuerdos reprimidos relacionados con el fenómeno extraterrestre. Allí, Margaret recuerda que ella y Daniel fueron abducidos por extraterrestres cuando eran niños y sometidos a experimentos que les otorgaron sus poderes, mientras Margaret cantaba para dormir la canción de Cenicienta y cuando caminaba en ella en la nieve pensando que la nave alienígena era la casa de Hansel y Gretel. También descubre que los extraños animales que han aparecido a lo largo de sus vidas son extraterrestres que adoptan formas inofensivas para observarlos que escogieron la forma de cardenal, ciervo, zorro y mapache. Margaret y Daniel, acompañados por los informantes, regresan al estudio de televisión de Margaret para realizar una transmisión pública que llaman el "Día de la Revelación". Scanlon y su equipo intentan detenerlos, desactivando la red eléctrica y el generador de respaldo de la estación, pero Jane llega y le da su dispositivo a Margaret, quien lo usa para restablecer la energía. Derrotado, Scanlon decide observar en lugar de seguir intentando detenerlos; Boyd se va furioso. La transmisión revela al mundo atónito evidencia histórica de encuentros con extraterrestres y los encubrimientos gubernamentales subsiguientes. Mientras la transmisión llega a una audiencia global, deteniendo la guerra inminente, los informantes revelan la identidad de uno de los extraterrestres que liberaron. El extraterrestre le susurra un mensaje a Daniel, quien se lo transmite a Margaret. Con el mundo observando, Margaret se prepara para entregar el mensaje, diciendo: "Escuchen". Protagonizada por Emily Blunt, Josh O'Connor, Colin Firth, Eve Hewson y Colman Domingo, desde su estreno ha recibido muchas críticas, y si bien consideran que no es la peor película del año, bien podría ser la más decepcionante. Para empezar, está dirigida por Steven Spielberg. Además, trata un tema que le ha obsesionado a lo largo de su carrera: la llegada de extraterrestres a la Tierra. Abordó el tema por primera vez en Firelight, una película que realizó siendo adolescente en 1964. Retomó la temática en 1977 con su obra definitiva sobre OVNIS, "Encuentros cercanos del tercer tipo", y la ha retomado varias veces desde ese momento, como en "E.T., el extraterrestre". Cuando se lanzó el escalofriante tráiler de Disclosure Day - que incluía el crédito "historia de Steven Spielberg", sugiriendo lo mucho que le importa esta premisa -, muchos esperábamos que el cineasta, a sus 79 años, nos ofreciera una obra maestra que culminara su carrera: su última y profunda reflexión sobre una cuestión que ha ocupado sus pensamientos e investigaciones durante la mayor parte de su vida. ¿Pero qué nos ofreció en su lugar? Un thriller endeble y anticuado, lleno de persecuciones automovilísticas y sin ninguna idea nueva sobre los extraterrestres que no hayamos escuchado ya. Al parecer, para Spielberg el mundo no ha evolucionado desde el estreno de "E.T., el extraterrestre". En esencia, Disclosure Day se trata un episodio sin gracia de "Los expedientes secretos X" o una historia más convencional de "Una batalla tras otra", en la que unas personas que no nos importan son perseguidas por otras personas que tampoco nos importan. Pero hay un problema argumental desconcertante de la película. Y es que su mayor misterio no tiene que ver con los extraterrestres, sino con la razón por la que Wakefield le dedica tanto tiempo y esfuerzo a construir... una maqueta de una casa a tamaño real. Disclosure Day podría no resultar tan insatisfactoria si uno comparte el optimismo ingenuo que Spielberg le imprime; además, cuenta con secuencias de acción coreografiadas con maestría, aunque a veces recuerden a las viejas y recicladas aventuras de Indiana Jones. Por ello, la primera frase que pronuncia Firth resulta profética: "Bueno, todo esto es bastante decepcionante". Los temas principales - si pueden coexistir los alienígenas y una deidad suprema, y por qué es importante la empatía - se transmiten a través de soporíferos personajes que pronuncian discursos largos y pulidos al respecto. Y su tesis sobre la vida extraterrestre carece tanto de inspiración que uno pensaría que Spielberg le dedicó apenas unos minutos de reflexión, y no varias décadas. No voy a revelar el final, pero hay muy poco en la película que no apareciera ya en el tráiler... y muy poco que no estuviera presente en "Encuentros cercanos del tercer tipo" de hace casi 50 años. Por lo visto, a Spielberg se le acabo la imaginación.
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