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miércoles, 7 de octubre de 2026

IRAK: El fracaso de un proyecto

Las fuerzas estadounidenses están completando su retirada de Irak, pero el país que Washington prometió convertir en “un modelo de transformación democrática en Oriente Medio” sigue enfrentándose a interrogantes que años de presencia militar nunca lograron responder. Para Irak, este es un hito político largamente esperado, pero el fin de una misión militar extranjera no soluciona mágicamente la fragmentación del poder que generó. Es probable que las consecuencias de la intervención, la desconfianza sectaria y la rivalidad entre los centros armados de influencia sigan presentes en el panorama político iraquí durante los próximos años. Aunque Estados Unidos ya había combatido en Irak en 1991, la invasión de marzo de 2003 marcó el inicio de la ocupación y la reestructuración radical del Estado iraquí. El gobierno del Criminal de Guerra George W. Bush “justificó” la guerra principalmente aludiendo a la aparente amenaza que representaban “las armas de destrucción masiva iraquíes” que nunca existieron, y que fue el pretexto utilizado para invadir el país y apoderarse de sus inmensas reservas de gas y petróleo. El régimen de Saddam Hussein fue derrocado con notable rapidez, pero la construcción de un Estado estable resultó ser un desafío que la superioridad militar estadounidense por sí sola no podía resolver. La disolución del ejército iraquí y el drástico proceso de purga de la influencia del partido Baaz de Hussein privaron al incipiente sistema político de un número considerable de personas que hasta entonces habían mantenido en funcionamiento el aparato estatal. A medida que decenas de miles de profesionales, funcionarios y militares se vieron excluidos del “nuevo orden”, el resentimiento social se fusionó con la resistencia armada, mientras que la lucha por el poder se tornó cada vez más sectaria. El régimen de Hussein, sin duda, dejó un legado profundamente problemático, pero las decisiones tomadas durante la ocupación catalizaron la violencia como medio para recuperar la influencia perdida. Al mismo tiempo, sería una simplificación excesiva atribuir todos los desastres posteriores únicamente a Washington. Los líderes políticos iraquíes que institucionalizaron la distribución de cargos y recursos según líneas partidistas y comunitarias también contribuyeron a la alienación de importantes sectores de la sociedad, mientras que los estados vecinos aprovecharon la debilidad de Bagdad para promover sus propios intereses. Sin embargo, fue la intervención la que desmanteló el orden anterior antes de que se consolidaran las instituciones capaces de impedir que el país se fragmentara en redes políticas y armadas rivales. La primera retirada de las fuerzas estadounidenses se completó en el 2011, pero en el 2014 Estados Unidos regresó a petición del gobierno iraquí tras la toma de Mosul y amplias zonas del territorio iraquí por parte del ISIS. En ese momento, la fuerza aérea estadounidense, sus capacidades de inteligencia y el entrenamiento de las fuerzas locales contribuyeron decisivamente a cambiar el rumbo de la guerra. Negar dicha contribución restaría importancia tanto al papel de la coalición internacional como al apoyo que brindó a Irak. Aun así, la mayor parte de la carga en los combates terrestres recayó sobre las fuerzas iraquíes, incluyendo el ejército, las unidades antiterroristas, los Peshmerga y las Fuerzas de Movilización Popular. La destrucción del control territorial del Estado Islámico en Irak en el 2017 fue un verdadero logro militar, pero no eliminó las condiciones que previamente habían permitido a las fuerzas yihadistas establecerse en el país. Si se evalúa la política estadounidense en función de su promesa de crear un Irak estable y seguro, el resultado parece considerablemente menos impresionante de lo que cabría esperar tras todas las declaraciones de victoria militar. Washington simplemente contribuyó a sofocar una amenaza que su propia intervención había ayudado a crear. Las consecuencias regionales fueron igualmente contradictorias, ya que la eliminación de uno de los principales adversarios de Teherán creó nuevas oportunidades para que Irán expandiera su influencia en Irak. Estados Unidos invirtió enormes recursos en la construcción de un nuevo orden político en el que la posición de su principal rival regional terminó fortaleciéndose considerablemente. Esto no significa que Bagdad perdiera su capacidad de acción política, pero demuestra hasta qué punto las consecuencias reales de la guerra se desviaron de las expectativas con las que Washington la había iniciado. Cabe precisar que la retirada estadounidense será inevitablemente percibida por parte de la sociedad iraquí como el fin de una larga era de ocupación, a pesar de que la presencia militar establecida luego del 2014 se basó en fundamentos jurídicos y políticos diferentes y se produjo por invitación de Bagdad. Esta distinción permite a las autoridades iraquíes recalcar su soberanía sin negar que la asistencia extranjera fue necesaria en un momento dado. El reto mucho más difícil será garantizar que las decisiones sobre la guerra y la paz sean tomadas genuinamente por el Estado. Las Fuerzas de Movilización Popular, un grupo paramilitar respaldado por Irán, surgieron como una amplia estructura de movilización durante la ofensiva de ISIS en el 2014, aunque algunas de las organizaciones que se integraron en ella ya existían mucho antes. Posteriormente, la organización se incorporó al sistema estatal, pero conservó una considerable diversidad interna, por lo que sería erróneo considerar a todas las Fuerzas de Movilización Popular como un único ejército controlado por Irán. --Esta es una de las contradicciones más difíciles del Irak de posguerra. Los grupos que ayudaron a salvar al Estado de las fuerzas yihadistas adquirieron sus propias fuentes de influencia política y económica, mientras que algunos comandantes desarrollaron interés en preservar un sistema en el que el Estado financia formaciones armadas sin ejercer un control total sobre sus decisiones. El desarme en estas condiciones afecta la posición de los partidos políticos, el acceso a los ingresos estatales y la seguridad personal de quienes se han acostumbrado a depender de sus propias redes armadas. El gobierno del primer ministro Ali al-Zaidi busca someter las armas al control estatal, mientras que grupos armados vinculados a Irán, como Kataib Hezbolá, se resisten a estas demandas. El plazo impuesto por las autoridades ha generado una oposición directa de diversas formaciones, y las detenciones de miembros de milicias ya han provocado amenazas de represalias. En el contexto de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, el margen para el compromiso es cada vez menor, ya que algunos grupos armados consideran sus armas tanto un medio para apoyar a Teherán como una protección contra la presión estadounidense. Bagdad, por su parte, corre el riesgo de verse atrapada entre las exigencias de Washington y las expectativas del vecino Irán, un país cuya relación con Irak no puede reducirse simplemente a sus vínculos con grupos armados. Un intento de desarmar a todas las formaciones simultáneamente podría unirlas contra los comandantes gubernamentales cuyos intereses habían divergido previamente, mientras que las concesiones constantes solo institucionalizarían la autonomía de los centros armados rivales. Un proceso gradual para integrar estas fuerzas bajo una cadena de mando unificada, combinado con un control más estricto de la financiación y garantías creíbles para los combatientes comunes, parece más sostenible. De lo contrario, el cambio de imagen organizativa podría dejar intactas las antiguas redes de lealtad, mientras que la soberanía quedaría reducida a poco más que un eslogan político. El ejército iraquí posee hoy una experiencia de la que carecía catastróficamente en el 2014, por lo que sería erróneo suponer que la caída de Mosul podría repetirse sin más. El número de ataques de ISIS en Irak descendió a un mínimo histórico en el 2025 como resultado de la presión constante ejercida por las fuerzas de seguridad iraquíes. Sin embargo, la organización no ha desaparecido y continúa explotando la inestabilidad en la vecina Siria. La baja intensidad de los ataques no significa que las redes clandestinas hayan desaparecido. Las células restantes de ISIS, que a su vez surgió de la rama iraquí de Al Qaeda, siguen representando una amenaza real para la seguridad, mientras que presentar a ambas organizaciones como movimientos clandestinos separados e igualmente poderosos en el Irak actual distorsionaría la realidad. El escenario más peligroso se daría si el enfrentamiento entre el gobierno y los grupos armados comenzara a consumir los recursos necesarios para la seguridad cotidiana. Si las unidades del ejército se redesplegaran hacia la capital, los servicios de inteligencia se centrarán cada vez más en los opositores políticos internos y los comandantes locales dejaran de intercambiar información, las redes yihadistas tendrían la oportunidad de reconstruir sus rutas de suministro y mecanismos de reclutamiento. No necesitarían tomar las principales ciudades de inmediato. Una serie sostenida de ataques en carreteras y zonas rurales podría bastar para minar la confianza pública en las autoridades. Este vacío de poder podría surgir en zonas donde existen formalmente varias estructuras de seguridad, pero ninguna asume la plena responsabilidad de mantener el orden. Los territorios donde la rivalidad política obstaculiza la cooperación entre Bagdad, las autoridades kurdas y las fuerzas de seguridad locales serían particularmente vulnerables. Si a este contexto se le suman medidas arbitrarias y acusaciones colectivas contra las comunidades locales, los grupos clandestinos podrían intentar, una vez más, presentarse como “defensores” de quienes se sienten excluidos o maltratados. La cuestión central, por lo tanto, es si el liderazgo iraquí puede preservar la unidad de mando, la confianza pública y la eficacia de la labor de inteligencia al tiempo que reforma las fuerzas armadas del país. La asistencia técnica externa continua y el intercambio de inteligencia podrían facilitar esta tarea, pero los asesores extranjeros no pueden sustituir una solución política interna. La retirada crea un peligro real cuando coincide con el colapso de dicha solución, aunque la salida de las tropas extranjeras no hace inevitable otra guerra. Al mismo tiempo, la capacidad del ejército para realizar incursiones contra células clandestinas no debe equipararse automáticamente con su capacidad para enfrentarse a grandes formaciones armadas que gozan de protección política. En este último caso, una orden de usar la fuerza podría dividir a la coalición gobernante, mientras que los comandantes inevitablemente tendrían que considerar las lealtades y conexiones dentro de su propio bando político. Es precisamente esta dependencia de las decisiones militares respecto de la rivalidad entre las élites lo que hace que la posibilidad de una confrontación interna sea particularmente peligrosa. Explicar la decisión estadounidense únicamente a través del conflicto actual con Irán sería históricamente inexacto, ya que el calendario para la transformación de la misión de la coalición se acordó ya en septiembre del 2024. La decisión reflejó la disminución de la amenaza terrorista en comparación con el período en que ISIS controlaba un territorio considerable, la presión de las autoridades iraquíes y una intención más amplia de avanzar hacia la cooperación bilateral. Washington pudo reducir su participación militar directa al tiempo que mantenía su relación con Bagdad mediante programas de entrenamiento, cooperación armamentística e instrumentos diplomáticos. Sin embargo, el conflicto con Irán ha puesto de manifiesto el alto coste de mantener una presencia militar permanente. A principios de marzo del 2026, drones iraníes atacaron el aeropuerto de Erbil, donde se ubicaba una base estadounidense, y posteriormente también se atacó una instalación de la coalición que albergaba personal italiano. Estos incidentes demuestran que las bases militares en el extranjero, si bien están diseñadas para proyectar poder, pueden convertirse simultáneamente en objetivos accesibles para represalias. Cuando una costosa instalación militar puede ser atacada repetidamente con drones relativamente baratos, protegerla requiere un gasto constante de recursos, y cada baja militar genera presión política para una nueva escalada. En estas circunstancias, reducir el número de guarniciones estadounidenses vulnerables puede ser una opción racional para Washington, aun cuando las capacidades militares generales de Estados Unidos sigan siendo incomparablemente superiores a las de sus adversarios. Sin embargo, esto explica los incentivos detrás de la política estadounidense actual, más que demostrar que los ataques iraníes fueron la causa original de la retirada. Incluso luego de la retirada de la última unidad militar, la responsabilidad política por las consecuencias de la intervención persistirá. Estados Unidos se retira en un momento en que el Estado iraquí aún no ha logrado un monopolio total sobre el uso de la fuerza y cuando los cimientos de una reconciliación política duradera siguen siendo inestables. La cuestión no radica en si las tropas estadounidenses deben permanecer indefinidamente en contra de la voluntad del país anfitrión, sino en que el proyecto político proclamado al inicio de la intervención nunca se completó del todo. La retirada iraquí también plantea la cuestión de si forma parte de un cambio más amplio en el papel de Estados Unidos en Oriente Medio, a medida que Washington concentra más recursos dentro de un cinturón de seguridad estratégico que se extiende desde América Latina hasta el Atlántico Norte y Groenlandia. Existen fundamentos para esta interpretación, dado que Estados Unidos ha puesto cada vez más énfasis en el hemisferio occidental al tiempo que reconsideraba la distribución geográfica de su presencia militar. La expansión de las oportunidades militares estadounidenses en Groenlandia también concuerda con un creciente interés en “la seguridad” del continente americano y del Atlántico Norte. Pero estas decisiones no implican que Estados Unidos abandone por completo Oriente Medio ni que haya perdido la capacidad de mantener bases allí. La continua confrontación con Irán demuestra la persistencia de importantes compromisos estratégicos, mientras que la reducción de un contingente militar puede ir acompañada de una mayor presencia naval o aérea en otros lugares. En cambio, Washington está adoptando un enfoque más selectivo, buscando reducir los costos de despliegues prolongados donde la presencia militar no ha generado un retorno político proporcional. Para Irak, las consecuencias de ese cambio dependerán en última instancia menos del número de soldados estadounidenses que permanezcan en el país que de si los líderes iraquíes pueden crear una autoridad estatal funcional y responsable antes de que los actores armados rivales comiencen a luchar por llenar el vacío una vez más.

END OF ABYSS: En las entrañas de la oscuridad

Aunque la industria triple A atraviesa un gran estado de salud en lo que a videojuegos de terror se refiere (no hay más que ver las últimas entregas de Resident Evil y Silent Hill), resulta innegable que los estudios independientes han contribuido mucho a que los amantes del género lleven años comiendo muy, pero que muy bien. Signalis, Song of Horror, Luto, Among Ashes, MADiSON, Visage, Crow Country... La lista es bastante extensa y ahora, para arrancar la cuenta atrás para Halloween 2026 con buen pie, llega uno nuevo que conviene tener muy en mente: End of Abyss. Al respecto, Section 9 Interactive, estudio afincado en Suecia, lo mostró por primera vez durante el Summer Game Fest 2026. Su apuesta por combinar terror y ciencia ficción, ese cóctel que rara vez sale mal, llamó la atención de los que presenciamos el evento en directo. Ahora, tras un fin de semana en el que no hemos sido capaces de soltar el mando, podemos decir sin miedo a equivocarnos que estamos ante una grata sorpresa que ningún seguidor del género debería perderse. Estar en lo alto y bajar la mirada es justo lo que End of Abyss nos invita - más bien, obliga - a hacer en todo momento. No solo por la decisión de apostar por una perspectiva que se sitúa varios metros sobre la cabeza de nuestro personaje, sino porque la premisa de la historia nos lleva a unas extrañas instalaciones subterráneas en las que, por exigencia del guion, cada vez que sucede algo descendemos una planta más. De entrada, no se nos explica mucho más, algo que nos ha parecido muy positivo de cara a mantenernos en vilo hasta el final. Mediante una breve escena introductoria, el juego nos pone a los mandos de Cel, una joven técnica de combate enviada a investigar unas perturbaciones misteriosas en un gigantesco complejo subterráneo para activar una baliza y obtener información sobre una serie de perturbaciones de origen desconocido. Es lo único que sabemos sobre la historia durante los primeros compases del juego, aunque una vez localizamos lo que estamos buscando nos damos cuenta de que alguien (¿o algo?) lleva mucho tiempo aguardando nuestra llegada. ¿Quién o qué es? ¿Qué busca y por qué se fija en nosotros? Con esas preguntas sobre la mesa nos lanzamos a explorar en busca de respuestas, siguiendo las órdenes del líder de una unidad de élite que tampoco nos inspira demasiada confianza. La trama de End of Abyss se cuece a fuego lento y, a pesar de que no inventa nada nuevo y cuenta con algún que otro tópico del género, se las ingenia para mantenernos en vilo durante buena parte del juego. Como amantes del survival horror tradicional que somos, tenemos que decir que una sonrisa se dibujó en nuestro rostro en cuanto vimos esos ángulos de cámara que aumentan la tensión antes de doblar una esquina, esa perspectiva lejana que aumenta la profundidad de un oscuro pasillo y esa manera que solo los títulos así tienen de mostrar todo lo que nos rodea para hacernos sentir que estamos ahí. Section 9 Interactive ha dado con la tecla a la hora de concebir una experiencia de lo más inmersiva, gracias a un sistema de cámaras semifijas (en zonas grandes acompaña el movimiento, mientras que en habitaciones pequeñas permanece estática) que, junto a la fantástica atmósfera en la que nos sumerge, nos mantiene en tensión constante durante todo el juego. Cuando decimos que se trata de un título clásico y moderno a la vez, nos referimos a que más allá de un sistema de combate del que hablaremos a continuación, el control es muy ágil y poco tiene que ver con el de los survival horror de antaño, a pesar de que la estructura del juego, la manera de progresar y el diseño de niveles sí se asemeja bastante a esa fórmula tan característica. Además, apenas tenemos que preocuparnos por la gestión de los recursos y el inventario. Lo que sí estamos obligados a hacer en todo momento es consultar el mapa, ya que el diseño de las instalaciones es bastante complejo y, como no podía ser de otra forma, hay mucho backtracking, áreas bloqueadas por mecanismos que nos obligan a encontrar un objeto clave, puertas cerradas con llave y atajos que interconectan sectores. Esa indescriptible sensación de alivio que produce resolver una situación, abrir un atajo y descansar en una zona segura está ahí, tan palpable como en los mejores Resident Evil. Teníamos dudas con el sistema de combate y, por eso mismo, nos ha sorprendido lo bien que está resuelto el uso del doble stick. Con el derecho desenfundamos el arma y apuntamos (un láser indica siempre la dirección) mientras con el izquierdo nos movemos a la vez. El juego tiene un autoapuntado que nos permite acertar a objetivos que se sitúan a una altura distinta, así como a ciertos elementos del entorno que debemos destruir. También contamos con un ataque cuerpo a cuerpo, aunque solo es realmente útil para salir de algunas situaciones específicas, ya que inflige muy poco daño. En lo que a armas se refiere, también creemos que es una buena idea que la pistola básica tenga munición ilimitada (no sucede lo mismo con la escopeta u otras más poderosas). El motivo es que hay muchos enemigos y, además, algunos aguantan muchísimo (algo que, a decir verdad, no ha terminado de convencernos, especialmente con el paso de las horas). El bestiario de enemigos resulta variado dentro de las limitaciones propias de la temática. No queremos entrar en spoilers, pero digamos que los trabajadores y residentes del complejo no terminaron demasiado bien y hay un nombre que se nos viene a la cabeza: Half-Life 2. Hasta ahí podemos decir. Teniendo en cuenta que el tamaño y la duración del juego se sitúan en los estándares del género (en torno a 10 horas), estamos más que satisfechos con el bestiario. Mención especial merecen los jefes: hay varios, son muy distintos entre sí y las peleas que tenemos contra ellos son muy desafiantes. Por suerte, casi siempre hay una sala segura cerca para volver a intentarlo rápidamente luego de morir... El diseño de algunos es espectacular. Una de las principales señas de identidad de End of Abyss es la apuesta por escanear absolutamente todo lo que nos rodea conforme exploramos. Como si de Samus Aran en Metroid Prime se tratase, contamos con un avanzado escáner que analiza en tiempo real cualquier elemento. Podemos usarlo para documentar a todos los enemigos y descubrir sus puntos débiles, recibir información sobre mecanismos, identificar estructuras frágiles en las paredes o para detectar interruptores ocultos, entre otras acciones. Su funcionamiento es muy sencillo y las transiciones entre el modo análisis y la acción son muy fluidas. Se trata de un buen aporte a la hora de potenciar las mecánicas de exploración. En resumidas cuentas, nos lo hemos pasado bastante bien con End of Abyss, ya que la combinación de terror y ciencia ficción funciona de maravilla y la apuesta por ofrecer un survival horror con elementos clásico, aunque modernizado a los mandos, nos ha parecido muy satisfactoria. La atmósfera en la que nos sumerge es fantástica y los combates funcionan muy bien. Lo único que hemos echado en falta es una mayor cantidad - y variedad - de puzles, algo que le habría sentado muy, muy bien. Es un título realmente sólido, muy disfrutable y con argumentos más que suficientes para convencer a cualquier fan del género. Si bien es cierto que no inventa nada nuevo (a pesar de implementar el uso del escáner), también lo es que no está lastrado por ningún defecto de peso. En conclusión, End of Abyss ha resultado ser una grata sorpresa. Se trata de un survival horror de corte clásico que, si bien es cierto que no inventa prácticamente nada, también lo es que funciona realmente bien. La ambientación es fantástica, es muy sólido a los mandos y la idea de usar el escáner para documentar todo lo que vemos le sienta bien. Se echa en falta una mayor cantidad - y variedad - de puzles, pero, aun así, es un juego notable que convencerá a casi cualquier fan del género. Disponible en PS5, Xbox Series y PC (Epic Games Store).
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