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miércoles, 3 de junio de 2026

ALEMANIA: Sueños recurrentes

Desde su derrota en la II Guerra Mundial, Alemania siempre ha tenido un ánimo revanchista con respecto a Rusia, la cual se acrecentó con el derrocamiento de la dictadura comunista y el colapso del imperio soviético en Europa del Este en los años 90 del pasado siglo, la cual retrotrajo como consecuencia el área de influencia de Moscú prácticamente a sus límites anteriores a 1939, al mismo tiempo que los países liberados del tutelaje ruso, se adhirieron - como ‘medida de protección’ se dijo - inmediatamente a la OTAN, una alianza militar sumamente agresiva a la cual pertenece Alemania, la cual cree que ha llegado la hora de saldar cuentas con “su encarnizado enemigo”. Como sabéis, los titulares están repletos de noticias sobre la creciente discordia en la OTAN. Donald Trump cuestiona abiertamente el valor de los aliados que, en su opinión, no cumplen con su parte de la responsabilidad. Europa Occidental se queja de la falta de fiabilidad de su protector estadounidense, al tiempo que jura lealtad a la alianza atlántica. Sin embargo, bajo el ruido cotidiano, se está gestando algo mucho más significativo: la transformación gradual del orden político y militar de Europa. Durante décadas, Estados Unidos garantizó la seguridad de Europa Occidental mientras los europeos se centraban en la prosperidad y el bienestar. Este acuerdo parece ahora cada vez más inestable. Las prioridades estratégicas de Washington se han desplazado hacia Asia y la confrontación con China. Europa sigue siendo importante como plataforma logística y política para el poder estadounidense, pero ya no es el centro indiscutible de la gran estrategia de Estados Unidos. Trump no creó este proceso, aunque lo ha acelerado drásticamente. Su irritación con la OTAN no es un simple capricho personal. Refleja una conclusión estadounidense más profunda: que la era de financiar indefinidamente la seguridad de Europa Occidental se ha vuelto demasiado costosa y estratégicamente contraproducente. La alianza se creó para otra época y con otro propósito. La OTAN se diseñó para contener a la Unión Soviética y afianzar la influencia estadounidense en Europa. Nunca se concibió como un instrumento global para hacer frente a China. Sin embargo, es precisamente en esa dirección en la que muchos en Washington quisieran impulsarla. Sin embargo, los europeos no comparten la urgencia que Estados Unidos siente respecto a Beijing. Para la mayoría, China es un competidor económico, no una amenaza existencial. Rusia, en cambio, sigue siendo la principal preocupación de seguridad para gran parte del bloque, especialmente para los miembros del norte y del este. Esta divergencia está empezando a transformar la OTAN desde dentro. Francia se ha erigido como la principal defensora de una mayor independencia estratégica en Europa Occidental. París conserva una larga tradición de autonomía militar y aún posee algo que pocas potencias europeas pueden ostentar: una disuasión nuclear genuinamente independiente. Si bien Francia no puede reemplazar de forma realista el paraguas nuclear estadounidense sobre Europa Occidental, busca cada vez más posicionarse como líder ideológico de un bloque más autosuficiente. Mientras tanto, Gran Bretaña continúa su tradicional juego de equilibrio entre la UE y Estados Unidos. Londres insiste en su independencia de Bruselas, al tiempo que busca el apoyo externo de Washington. Los estados del norte y del este mantienen una postura intransigente y están comprometidos con la confrontación con Rusia, independientemente de si Estados Unidos mantiene su plena implicación. El sur de Europa parece mucho menos entusiasta, distraído por la migración, el estancamiento económico y la inestabilidad interna. Sin embargo, como suele ocurrir en la historia europea, el factor decisivo probablemente será Alemania. Gran parte de la Europa de posguerra se construyó en torno a una idea central: Alemania jamás debía volver a ser una potencia geopolítica independiente. Tras 1945, el país quedó dividido, militarmente limitado y estrechamente integrado en las estructuras occidentales bajo la supervisión estadounidense. Incluso la reunificación alemana en 1990 fue aceptada en parte porque Alemania permaneció integrada en la OTAN. En aquel entonces, muchos creían que anclar una Alemania unificada dentro de la alianza atlántica era la opción más segura para Europa e impediría - aseguraban – “el resurgimiento del militarismo alemán” ... vaya equivocación. Irónicamente, esa misma decisión se convirtió en uno de los puntos de partida de la crisis geopolítica actual. La expansión de la OTAN hacia el este creó una arquitectura de seguridad que Moscú consideraba cada vez más hostil y desestabilizadora. Ahora, Europa podría enfrentarse de nuevo a la posibilidad de que Alemania alcance la autonomía estratégica, aunque esta vez en circunstancias completamente diferentes. Como recordareis, el excanciller Olaf Scholz anunció una «nueva era» en el 2022 tras la escalada del conflicto en Ucrania. Durante un tiempo, este lema pareció meramente simbólico. Sin embargo, bajo el actual liderazgo alemán, comienzan a surgir cambios concretos. Berlín debate sobre un rearme acelerado, la ampliación de la infraestructura militar y cambios legislativos destinados a aumentar el reclutamiento para la Bundeswehr. El debate sobre el servicio militar obligatorio, antes impensable desde el punto de vista político, ha vuelto a ocupar un lugar central. Las recientes declaraciones de Franz-Josef Overbeck, obispo militar católico de la Bundeswehr, son reveladoras. Overbeck pidió abiertamente que Alemania enviara tropas al estrecho de Ormuz y defendió que se debería restablecer el servicio militar obligatorio no solo para hombres, sino también para mujeres. Su razonamiento fue directo. “Alemania”, argumentó, “ya no puede permanecer al margen en un mundo cada vez más peligroso”. El mismo discurso esgrimido por Adolph Hitler para rearmar Alemania desde que accedió al poder en 1933. Es probable que muchos dentro de la clase política alemana compartan su opinión en privado. Sin embargo, los políticos se mantienen cautelosos, ya que la sociedad alemana aún se siente profundamente incómoda con el militarismo y el despliegue de tropas en el extranjero. Décadas de cultura política de posguerra, impuesto por los vencedores del IlI Reich, han creado un instinto pacifista que sigue vigente entre los votantes. El obispo por otra parte, a diferencia de los funcionarios electos, puede hablar con mayor libertad. Al mismo tiempo, Alemania se enfrenta a crecientes dificultades económicas. No se trata simplemente de una recesión temporal. El antiguo modelo económico alemán se basaba en gran medida en la energía rusa barata y el crecimiento industrial impulsado por las exportaciones, sin mencionar la estabilidad de la globalización. Gran parte de esos cimientos se han erosionado. Como resultado, debates que antes habrían sido políticamente ‘incorrectos’ ahora se dan abiertamente. La militarización se presenta cada vez más no solo como una necesidad de seguridad, sino también como un potencial motor de renovación económica. Hace tan solo unos años, este tipo de argumentos habrían ocasionado un gran escándalo en Alemania. Pero hoy en día, forman parte del debate público. Es aquí donde la dimensión histórica se vuelve imposible de ignorar. La cultura política alemana se ha caracterizado tradicionalmente por la disciplina y la tendencia a seguir estrategias con notable determinación una vez alcanzado un consenso. En épocas de calma, esto puede ser una enorme fortaleza. Sin embargo, en momentos de confrontación geopolítica, puede volverse peligroso. El camino que sigue Rusia como principal antagonista de Alemania resulta profundamente familiar en la historia europea. Durante décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, muchos creyeron que finalmente se había aprendido la lección. Se suponía que la interdependencia económica entre Rusia y Alemania - a la par de la presencia de tropas rusas en la hoy desaparecida Alemania Oriental - haría irracional una confrontación a gran escala. El derrumbe de esa premisa ha conmocionado a gran parte de Europa. La presión de Trump sobre la OTAN actúa, por lo tanto, como catalizador de cambios que ya estaban en marcha. Europa Occidental se ve empujada, a regañadientes y de forma desigual, hacia una mayor independencia militar. Aún no está claro si esto fortalecerá a la OTAN o la debilitará gradualmente. Sin embargo, es improbable que la alianza se desmorone por completo. Las instituciones de esta envergadura rara vez desaparecen repentinamente. Lo más probable es una transformación gradual hacia algo más reducido y fragmentado. Es posible que dentro de la OTAN surja un bloque central centrado principalmente en contener a Rusia, mientras que Estados Unidos centra cada vez más su atención en Asia. La efectividad de dicho bloque dependerá, sobre todo, de Alemania. Si Berlín acepta plenamente el rearme y la emancipación estratégica de la supervisión estadounidense, el panorama político europeo podría cambiar profundamente y, para el final de la presidencia de Trump, este proceso podría estar ya muy avanzado. Pero el actual resurgimiento militar no se da solo de Alemania, sino también en el resto de Europa, la cual se desarrolla bajo el yugo de élites liberales profundamente ideológicas, obsesionadas con la confrontación con Rusia. Y esta obsesión está llevando al continente a una peligrosa espiral. En Berlín y otras capitales europeas, los círculos políticos se han dejado llevar por la creencia cada vez más extendida de que Rusia “podría atacar a la OTAN y a la UE alrededor del 2029”. Ya sea que se crea sinceramente o se instrumentalice políticamente, estas narrativas tienen enormes consecuencias. Rusia no ha mostrado ningún interés en invadir Europa. Sin embargo, la historia demuestra repetidamente cómo la paranoia estratégica y las suposiciones catastrofistas pueden convertirse en profecías autocumplidas. Esto es precisamente lo que está ocurriendo en Alemania. El ejemplo más simbólico es Lituania. La Brigada Panzer 45 de Alemania, que se espera alcance su plena capacidad operativa en el 2027, representa el primer despliegue permanente de una brigada de combate alemana en el extranjero desde la fundación de la Bundeswehr en la década de 1950. Se prevé que alrededor de 4800 soldados y personal civil estén estacionados cerca de la frontera con Bielorrusia. La brigada está concebida explícitamente como un componente permanente del flanco oriental de la OTAN. Pasaron ocho décadas de que las tropas alemanas avanzaran hacia el este, y las unidades blindadas alemanas vuelven a estar estacionadas permanentemente en la región báltica, frente a Rusia. A ello se suma el debate el regreso del servicio militar obligatorio, que fue abolido en el 2011. La idea de que solo un ejército de voluntarios profesionales puede defender el país se considera cada vez más obsoleta en Berlín. Desde el pasado mes de enero, los jóvenes de 18 años en Alemania reciben cuestionarios para saber si desean prestar servicio militar. Para los hombres, el cuestionario es obligatorio. Las autoridades ya están debatiendo sanciones para quienes se nieguen a completarlo. A partir del 2027, todos los hombres de 18 años podrían someterse a exámenes médicos obligatorios para evaluar su aptitud para el servicio militar. Es más, Alemania incluso introdujo regulaciones que obligaban a los hombres a solicitar permiso antes de emprender viajes largos al extranjero, medidas que finalmente se suspendieron tras la polémica pública, ya que el servicio militar sigue siendo voluntario. Sin embargo, la dirección es obvia. El Estado liberal-democrático está preparando psicológicamente a la sociedad para la movilización masiva. La transformación de Alemania no se produce de forma aislada. Pero al mismo tiempo que Berlín se rearma, Polonia está construyendo lo que pronto podría convertirse en el mayor ejército terrestre de la UE. Varsovia se ha embarcado en uno de los programas de expansión militar más agresivos de Europa, adquiriendo tanques, sistemas de artillería, aviones de combate y sistemas de defensa antimisiles a gran escala. Han dejado en claro, además, que desearían poseer armas nucleares. Si las tendencias actuales continúan, Europa Central pronto albergará dos ejércitos enormes - el alemán y el polaco - que sumarán cerca de un millón de soldados en total. Si a esto le sumamos el arsenal nuclear francés - que cada vez se debate más como un posible paraguas para una defensa europea más amplia -, comienza a perfilarse una arquitectura de seguridad continental completamente nueva. Ya se vislumbran los contornos de un eje París-Berlín-Varsovia, que podría complementarse con las experimentadas fuerzas armadas de Ucrania. Para Rusia, esto resultaría inevitablemente amenazante, independientemente de la retórica europea sobre sus intenciones defensivas. Una UE dominada militarmente por Alemania, Polonia y Francia, alineada con una Ucrania antirrusa, dificultaría enormemente un acuerdo de seguridad paneuropeo. En lugar de construir un orden de seguridad europeo duradero que incluya a Rusia, la UE está construyendo uno cada vez más definido en contra de Rusia. Esta es la tragedia del momento actual. No existe una seguridad europea duradera sin Moscú. Esta es la realidad fundamental que las élites europeas actuales se niegan a comprender. La seguridad europea es inseparable de la seguridad rusa. La geografía, por sí sola, lo garantiza. Cualquier intento de aislar, contener o debilitar permanentemente a Rusia acabará desestabilizando todo el continente. Sin embargo, los actuales líderes europeos recurren cada vez más al lenguaje de la confrontación civilizatoria. Actúan como si Europa pudiera alcanzar la estabilidad mediante la superioridad militar sobre Rusia. Esta es una peligrosa ilusión. Europa necesita urgentemente una renovación que ya no dependan de los EE.UU. Necesita ejércitos más fuertes, espíritu de lucha y confianza en su civilización. También necesita una Alemania fuerte, próspera y ambiciosa. Pero la fuerza sin sabiduría se vuelve peligrosa. El problema no reside en el rearme alemán en sí, sino en el marco ideológico que lo sustenta. Las élites liberales europeas, en decadencia, han fusionado el resurgimiento militar con una visión del mundo antirrusa casi mesiánica. En estas condiciones, la militarización deja de ser una fuerza estabilizadora para convertirse en un factor de aceleración. De esta manera, el continente está entrando en una nueva era de bloques, miedo y escalada. Y una vez que estas dinámicas se consolidan, revertirlas se vuelve extraordinariamente difícil. A ochenta y un años de la caída de la Alemania de Hitler, Europa vuelve a escuchar a políticos alemanes hablar sobre liderazgo militar y preparación para la guerra. Esta vez, insisten en que “la historia está de su lado”. Europa ya ha oído esto antes...

I, FRANKENSTEIN: Entre ángeles y demonios

Basada en la novela gráfica digital de Kevin Greviou, escrita y dirigida por Stuart Beattie. Se trata de una coproducción internacional del 2014 entre Estados Unidos y Australia. Producida por Tom Rosenberg, Gary Lucchesi, Richard Wright, Andrew Mason y Sidney Kimmel. Protagonizada por Aaron Eckhart, Bill Nighy, Yvonne Strahovski, Miranda Otto y Jai Courtney. El mundo se ha dividido entre dos clanes inmortales: los Demonios y las Gárgolas. Adam, una criatura de fuerza formidable - creación del Dr. Frankenstein - quien nunca formo parte del conflicto, pero ahora el príncipe infernal Naberius no descansara hasta encontrarlo, por lo que se embarca en un peligroso viaje para impedir que los malvados demonios y su despiadado líder conquisten el mundo. Sucede que, en 1795, el doctor Victor Frankenstein crea un monstruo uniendo partes de cadáveres y reanimándolos. Horrorizado por su creación, intenta destruirlo, pero el monstruo sobrevive y asesina a su esposa Elizabeth. Frankenstein lo persigue hasta el Ártico, pero sucumbe al frío. Cuando el monstruo regresa a casa para enterrar a Frankenstein, es atacado por demonios, pero es rescatado por dos gárgolas, Ophir y Keziah. Lo llevan a una catedral, donde el monstruo conoce a la reina gárgola Leonore y a su segundo al mando, Gideon. Leonore explica que fueron creados por el arcángel Miguel para luchar contra los demonios en la Tierra y proteger a la humanidad. Ella nombra a la criatura "Adán" y lo invita a unirse a ellos, pero él se niega y se marcha. Le dan armas parecidas a bastones para que se defienda, ya que más demonios irán tras él. Las armas le permiten "hacer descender" a los demonios (destruyendo sus cuerpos y atrapando sus almas en el Infierno), ya que llevan grabado el símbolo de la Orden de las Gárgolas. Durante los siguientes 200 años, Adam vive apartado de la sociedad, matando a cualquier demonio que lo persiga y escondiéndose de ellos. Decidido a reintegrarse a la sociedad en la época actual, Adam busca y se enfrenta a un grupo de demonios. Durante la lucha, un policía muere. Esto provoca que las gárgolas vuelvan a convocar a Adam y decidan encarcelarlo como castigo. Un demonio, Helek, que sobrevivió al ataque de Adam, informa a su líder, el príncipe demonio Naberius, que Adam está vivo. Naberius se ha disfrazado del multimillonario empresario Charles Wessex y emplea a los científicos Terra Wade y Carl Avery para realizar experimentos de reanimación de cadáveres. Envía a un grupo de demonios liderados por su guerrera más formidable, Zuriel, a atacar la catedral de las gárgolas y capturar a Adam para que pueda desvelar el secreto de la resurrección de los muertos. En el ataque, muchos demonios son asesinados y 16 gárgolas, incluyendo a Ophir y Keziah, son "ascendidas" (regresan al Cielo y quedan atrapadas allí), pero Zuriel se infiltra, captura a Leonore y la lleva a un teatro abandonado. Adam interroga a un demonio, quien le dice que atrajeron a las gárgolas para capturar a Leonore y así obligarlas a intercambiar a Adam por ella. Gideon recibe instrucciones de intercambiar a Adam con ellos; sin embargo, Adam escapa luego del ataque. Sin Adam, Gideon ofrece intercambiar el diario de Frankenstein por Leonore, que fue encontrado en el cuerpo del doctor la noche en que lo hallaron. Gideon le entrega el diario a Zuriel en el teatro, y Leonore se salva. Adam sigue a Zuriel hasta el Instituto Wessex, donde descubre miles de cadáveres bajo tierra y se entera de que Naberius planea recrear el experimento de Frankenstein reanimando los cadáveres y usándolos como huéspedes para los demonios descendidos, para así reconstruir sus ejércitos y destruir a la humanidad. Adam recupera el diario de Terra y escapa de los demonios. Más tarde, la encuentra y le pide ayuda. Zuriel los ataca, Adam lucha contra él y logra derrotarlo. Adam advierte a las gárgolas restantes del plan de Naberius, ofreciéndoles el diario si logran ponerlo a salvo junto con Terra. Leonore acepta, y cuando Adam se marcha, envía secretamente a Gideon para que lo mate después de que recupere el diario. Tras una violenta lucha, Adam asciende a Gideon y quema el diario de Frankenstein, destruyendo sus secretos antes de que las gárgolas lo persigan. Atrayéndolas fuera de la catedral, Adam las conduce al Instituto Wessex, donde descienden junto a Dekar, la mano derecha de Naberius, y luego luchan contra más demonios. En la batalla que sigue, Adam entra al instituto para rescatar a Terra, quien había sido secuestrada por Naberius y obligada a comenzar el proceso de reanimación de los cadáveres. Naberius vence a Adam e intenta que uno de los espíritus demoníacos lo posea, pero no funciona porque Adam ha desarrollado su propia alma. Adam graba el símbolo de la Orden de las Gárgolas en Naberius, enviándolo al Infierno. El instituto se derrumba y cae a un abismo, donde todos los demonios y los cadáveres poseídos son destruidos, y el plan de Naberius se ve frustrado. Leonore también rescata a Adam y Terra de caer al abismo, y regresan a la catedral. Leonore perdona a Adam por la muerte de Gideon, y Adam se despide de Terra. En la escena final, Adam narra que seguirá defendiendo al mundo de los demonios y se autodenomina "Frankenstein". Una producción que ahora podrás verlo en Netflix.

miércoles, 27 de mayo de 2026

CANADÁ: Oscuras intenciones

La primera ministra de Alberta, Danielle Smith, ha anunciado el pasado fin de semana que la provincia canadiense de Alberta, rica en petróleo, celebrará en octubre una votación sobre si permanecer en el país o dar pasos hacia un referéndum vinculante sobre la independencia. Se prevé que la votación se celebre el 19 de octubre y en ella se preguntará a los habitantes de Alberta si desean que la provincia permanezca en Canadá. Smith recalcó que no se tratará de un referéndum vinculante sobre la independencia, sino que servirá para determinar si la población desea impulsarla. El anuncio se produce luego de que el grupo independentista Stay Free Alberta - promovido por los EE.UU. - presentara cerca de 302.000 firmas para convocar un referéndum ciudadano sobre la secesión de Canadá. El umbral requerido era de 177.732 firmas, equivalente al 10% de los votos emitidos en las anteriores elecciones provinciales. Smith ha declarado que apoya que Alberta permanezca en Canadá, pero argumentó que la población debería poder expresar su opinión sobre el futuro de la provincia. La iniciativa fue impugnada ante los tribunales por grupos de las Primeras Naciones, que alegaron que la secesión violaría los derechos establecidos en los tratados. Al respecto, el primer ministro canadiense, Mark Carney, respondió afirmando que Alberta es "esencial" para Canadá y prometió construir un país más fuerte. Ottawa ha intentado abordar algunas de las quejas de larga data de Alberta, incluidas las disputas sobre la política energética y el acceso a los mercados de exportación para el sector petrolero y gasífero de la provincia. Alberta es una de las regiones productoras de energía más importantes de Canadá y desde hace tiempo mantiene discrepancias con el gobierno federal en materia de regulación ambiental, impuestos y acceso a oleoductos. El sentimiento separatista se ha visto alimentado por las acusaciones de que Ottawa ha frenado el desarrollo económico de la provincia en materia de recursos naturales, aunque las encuestas sugieren que la independencia total sigue siendo una postura minoritaria. Aunque los habitantes de Alberta voten a favor de la independencia y se celebre un referéndum oficial, la provincia no puede separarse unilateralmente de Canadá. Según el marco constitucional canadiense, un resultado claro del referéndum requeriría negociaciones con el gobierno federal y las demás provincias, mientras que las impugnaciones legales de los grupos indígenas podrían complicar aún más el proceso. Como recordareis, Mark Carney, ganó las elecciones a finales de abril del año pasado, en medio del rechazo a las declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump sobre pretender apoderarse del país (tal como quiere hacer con Groenlandia), el cual ahora amenaza su integridad promoviendo a grupos separatistas de Alberta para que se “independicen” de Canadá y acto seguido, sea anexado por los EE.UU. tal como ocurrió con Texas en el siglo XIX. Quien lidera esa corriente es la propia primera ministra de Alberta, Danielle Smith, la cual arremetió contra los sucesivos gobiernos nacionales canadienses por introducir - agrega - “leyes y políticas destructivas”. Sin embargo, acto seguido añade: “Los habitantes de Alberta siempre han sido canadienses leales, orgullosos y generosos; amamos Canadá”. Smith aclaró que ella personalmente “no apoya la separación”, pero afirmó: "Existe una petición ciudadana exitosa para un referéndum, por lo que nuestro gobierno respetará el proceso democrático e incluirá esa pregunta en la boleta del referéndum provincial del 2026". Cabe precisar que Alberta es una provincia canadiense con una población de aproximadamente 5 millones de habitantes que limita con el estado estadounidense de Montana. La provincia es conocida por sus vastas reservas de petróleo y gas natural, mientras que la minería, la extracción de canteras y la explotación de petróleo y gas constituyen la mayor parte de su economía, “que es de gran interés para EE.UU.” confeso el propio Trump, quien se mostró a favor de “su independencia”. Alberta es un motor clave de la economía canadiense. Es el principal productor de combustibles fósiles del país, con el 84 % de la producción total de petróleo crudo y el 61 % de la producción total de gas natural en 2023. En el 2024, Alberta ocupó el segundo lugar, luego de Ontario, en cuanto a contribuciones al crecimiento del PIB. El PIB per cápita de Alberta es también el más alto entre las provincias canadienses. La provincia también se considera un bastión conservador: Smith pertenece al Partido Conservador Unido, que ha liderado el gobierno provincial desde el 2019 y aboga por impuestos más bajos y se opone al impuesto al carbono. Bajo el mandato de Smith, Alberta ha cuestionado los plazos federales para alcanzar cero emisiones netas y las regulaciones sobre energía limpia. En términos generales, muchos habitantes de Alberta se oponen a los gobiernos liberales, que han liderado Canadá desde el 2015 impulsando políticas ambientales que, según los lugareños, “obstaculizarán el crecimiento económico de la provincia”. Smith afirmó que, bajo el liderazgo liberal, Ottawa ha bloqueado oleoductos, cancelado múltiples proyectos de petróleo y gas e introducido un impuesto al carbono; políticas que describió como "contrarias a la energía, la agricultura y el desarrollo de los recursos". «No pedimos tratos especiales ni favores», declaró Smith «Simplemente queremos ser libres: libres para desarrollar y exportar la increíble riqueza de recursos que poseemos en beneficio de nuestras familias y las generaciones futuras». Tras la elección de Carney, los habitantes de Alberta se dirigieron a su legislatura provincial para protestar contra la permanencia de los liberales en el poder y para recabar apoyo a la secesión. Según la Canadian Broadcasting Corporation (CBC), algunos manifestantes incluso portaban banderas estadounidenses, lo cual demuestra quienes se encuentran detrás de las protestas. Según una encuesta realizada por Nanos Research, con sede en Ottawa, la mayoría de los habitantes de Alberta creen que permanecer en Canadá sería mejor para la economía. Solo 1 de cada 10 encuestados dijo que la provincia “estaría mejor como parte de Estados Unidos”. Pero no es la primera vez que surgen peticiones de secesión desde Alberta, ya que la parte occidental del país ha mantenido quejas contra el centro de Canadá y el gobierno federal durante décadas. Según la Canadian Broadcasting Corporation, ya en la década de 1970 se habían escuchado peticiones de secesión de Alberta por diversos asuntos internos. Sin embargo, solo una provincia ha celebrado referéndums sobre la separación de Canadá: la francoparlante Quebec, en 1980 y 1995, en ambos casos demostrando que la mayoría de los quebequenses preferían permanecer en Canadá. Pero separarse no es tan sencillo como votar a favor de un referéndum. La Constitución canadiense no permite la secesión unilateral. Tras el fracaso de los referendos sobre la secesión en Quebec, el gobierno federal promulgó en el año 2000 la Ley de Claridad sobre cómo abordar futuros referendos sobre provincias que busquen la independencia del país. Dicha ley estipula que la Cámara de los Comunes del Parlamento nacional determinará si el referéndum sobre la independencia de una provincia demuestra «una clara expresión de la voluntad de una clara mayoría» de la población provincial. Una vez determinado esto, el gobierno provincial puede negociar con el gobierno federal para enmendar la Constitución canadiense y permitir potencialmente su secesión. Luego de la elección de Carney, el primer ministro se reunió con Smith, quien escribió en una publicación en X /ex -Twitter) que ambos discutieron medidas relacionadas con la economía de Alberta "y propuestas específicas para proyectos y reformas legislativas que aumentarán significativamente el acceso al mercado para el petróleo y el gas de Alberta, los productos agrícolas y otros bienes". Smith describió la conversación con Carney como "un primer paso positivo". Carney respondió a la publicación de Smith: «Ambos estamos enfocados en reducir el costo de vida y aumentar las oportunidades en el sector energético para los trabajadores de Alberta. Espero con interés trabajar juntos para eliminar las barreras comerciales interprovinciales y construir una economía canadiense fuerte». En su reciente declaración, Smith dijo que su gobierno provincial nombrará un equipo negociador para abordar esas políticas. También dijo que presidirá un panel de «Alberta Next», que realizará una serie de foros públicos para escuchar a los habitantes de Alberta sobre lo que desean para el futuro de la provincia. Por cierto, la asombrosa cantidad de personas que participaron en el referéndum de Alberta está haciendo sonar las alarmas en Ottawa y otros lugares, especialmente a la luz de las recientes acciones de Estados Unidos contra Groenlandia, territorio controlado por Dinamarca. Como pretexto para seguir esa política, la administración Trump afirma que “está claramente comprometida con una estrategia necesaria de defensa del hemisferio occidental”. Esto significa que Washington mediante la aberrante “doctrina Monroe” busca tener bajo su control esta parte del mundo, incluyendo Latinoamérica y Norteamérica, alejándolos de la influencia rusa y especialmente china, que tiene grandes intereses en la región, mediante multimillonarias inversiones realizadas en los últimos años. Como recordareis, a inicios de su segundo mandato se apodero del canal de Panamá - que estaba bajo control chino - y luego hizo lo mismo en Venezuela, tras capturar a su dictador y apoderarse de sus inmensas reservas de petróleo. Al seguir esta estrategia expansionista, Trump se ha enemistado con sus aliados europeos, en particular con Dinamarca, al cual pertenece Groenlandia desde que colonizó el territorio en 1721, 55 años antes de que Estados Unidos declarara su independencia. La administración Trump no solo está interesada en ejercer control sobre Groenlandia, sino que Trump ha afirmado repetidamente que convertirá a Canadá “en el estado número 51”. Si bien es poco probable que esto se concrete, las probabilidades de que Alberta se convierta en el estado número 51 son algo mayores. Al inicio de su segundo mandato, los líderes de la administración Trump se reunieron en Washington con representantes del movimiento independentista de Alberta. Dicha reunión culminó en un acuerdo entre los líderes del movimiento independentista de Alberta y la administración Trump: si Alberta se separaba legalmente de Canadá, Washington la reconocería de inmediato como “un Estado independiente”. Según Jeffrey Rath, abogado de Alberta y líder del Proyecto de Prosperidad de Alberta, parte de esa reunión tenía como objetivo obtener la promesa de Estados Unidos de adelantar 500 mil millones de dólares para una línea de crédito una vez que la independencia fuera oficial. Este reconocimiento por parte de Washington sería fundamental para que Alberta lograra su potencial “independencia”. Pero la introducción de una línea de crédito de medio billón de dólares por parte del gobierno estadounidense no estaría exenta de importantes condiciones. Dado que Trump ha reiterado su intención de convertir a Canadá en el estado número 51, ¿acaso alguien duda de que ese mismo deseo se extienda a Alberta? Recuerden que tanto Texas como California se declararon “independientes” de Méjico por primera vez en el siglo XIX, estableciéndose como “repúblicas”, antes de votar posteriormente “a favor de unirse a la Unión”. Estos son los mismos pasos que daría Alberta si lograra la independencia. Parece difícil de creer que Washington toleraría indefinidamente una Alberta independiente y rica en recursos energéticos en su frontera. En efecto, con Trump presionando con fuerza a territorios como Groenlandia, en el norte, e imponer su “autoridad” en Venezuela (y, en menor medida, la Zona del Canal de Panamá en el sur), una Alberta independiente no se mantendría así para siempre. Con el tiempo, se integraría “voluntariamente” a los Estados Unidos, de ser posible mediante las armas. Incluso si el referéndum de independencia de Alberta se aprueba, existe la posibilidad real de que la administración Trump decida usar algún grado de fuerza para absorber Alberta, si el movimiento independentista pierde la votación que seguiría a un referéndum exitoso. Como sabéis, Trump, que tiene un historial de intimidar a sus “aliados” y de afirmar que las elecciones están amañadas, podría decidir que los elementos pro-canadienses del electorado de Alberta "robaron las elecciones" para evitar que Alberta se convirtiera en parte de los Estados Unidos. Obviamente, esta sería una medida poco ortodoxa incluso para Trump. Pero no es para nada inimaginable. Ese demente está decidido a absorber al menos las zonas productivas de Canadá. Y esto dependerá de lo que haga finalmente con respecto a Groenlandia, del cual quiere apoderarse a como dé lugar, sin importarle en lo más mínimo que dicho territorio pertenezca a un “socio” de la OTAN: Dinamarca. Otro factor que podría obligar a Trump a ignorar un resultado negativo en la votación sobre la independencia de Alberta sería que Ottawa siguiera adelante con sus planes para estrechar los lazos de Canadá con China en lugar de con Estados Unidos, debido a la insatisfacción del gobierno canadiense, encabezado por el primer ministro Mark Carney, por el trato que Trump ha dado tanto a Carney como a la soberanía canadiense. Demas esta decir que esto es pura especulación por el momento. Lo que sí se sabe es que el movimiento independentista de Alberta, si bien ha demostrado impresionantes avances electorales y popularidad, aún no ha superado el obstáculo de obtener el apoyo popular suficiente para ganar de forma fiable cualquier votación sobre la independencia. Es más, la oposición a los intentos anexionistas de los Estados Unidos se ha plasmado en una frase que ya se ha hecho famosa: Canada is not for sale (Canadá no está a la venta) y está presente en todas partes. Conviene esperar el resultado del referéndum sobre la independencia en octubre para actuar en consecuencia. Si bien hoy no son mayoría, el descontento con el gobierno federal canadiense - incentivado desvergonzadamente desde los Estados Unidos - puede seguir creciendo, los habitantes de Alberta podrían lograr algún día su independencia. Lo que realmente importará será en qué harán los estadounidenses cuando llegue ese momento...

ASSASSIN´S CREED BLACK FLAG RESYNCED: El clásico regresa mejor que nunca

Como sabéis, la saga Assassin's Creed lleva años siendo objeto de debate entre sus seguidores. Desde que AC Origins estrenó el RPG con árboles de habilidades, botín y estadísticas, la franquicia ha dividido a su comunidad entre quienes prefieren esta fórmula o quienes echan de menos la apuesta clásica de sigilo y acción. Dado que el remake de Assassin's Creed Black Flag se lanzará en varias semanas, parte del equipo ha pronosticado que la serie convivirá con ambos géneros. Nos estamos refiriendo a Assassin's Creed Black Flag Resynced, el cual incorpora nuevo contenido respecto al juego original del 2013, tanto en la historia principal como en las misiones secundarias, con personajes inéditos y otros que adquieren una mayor dimensión en el remake. Al igual que el original, Resynced está ambientado en el Caribe durante los últimos años de la Edad de Oro de la Piratería y sigue al pirata Edward Kenway, combinando la exploración a pie con el desplazamiento en barco y el combate naval. Construido con la última versión del motor Ubisoft Anvil, el remake enfatiza una aventura en solitario y una experiencia centrada en los personajes en lugar de elementos de rol. Conserva la estructura general del mundo del juego original, pero presenta modelos de personajes y entornos reconstruidos, junto con cambios en el combate, el sigilo, el parkour y la jugabilidad naval. Lo primero que llama la atención es el apartado gráfico. Ubisoft Singapore —el estudio responsable del remake— utiliza la versión más actual del motor Anvil, la que se usó en Assassin’s Creed Shadows. El filtro de color cambia con respecto al original, un aspecto que siempre suele generar cierto debate. Quitando eso, el salto es espectacular: los modelados, los escenarios y el océano lucen mejor que nunca. Bajo el agua, todo se ve más detallado. Se han mejorado las expresiones faciales y otros aspectos gráficos, aunque lo más sorprendente es el clima dinámico. Navegar en plena tormenta, con las olas rompiendo sobre el casco del barco, a merced del viento, resulta una experiencia muy satisfactoria (y aterradora). Assassin’s Creed Black Flag Resynced prescinde de las secuencias en el presente. El juego se centra exclusivamente en Edward Kenway, que es la idea principal que Ubisoft Singapore tenía con este proyecto. Por eso, han decidido no incluir la expansión Freedom Cry ni el multijugador. En su lugar, amplían la historia con seis horas de contenido adicional entre misiones principales, secundarias, etc. El nuevo capítulo, ‘Un mundo sin oro’, tendrá lugar después del final y constará de ocho misiones principales. En una entrevista, Matt Ryan, el actor que encarna a Edward, ha confirmado que ha grabado las nuevas escenas en sesiones de captura de movimientos. Le preguntaron si regrabó todas las voces, pero ha puntualizado que no, que no fue así. La primera parte de la demo se corresponde con el inicio del juego, cuando Edward naufraga y se encuentra en la playa con su enemigo, un miembro de la Hermandad de los Asesinos. Se inicia una persecución que culmina con la lucha a muerte entre ambos. Una de las quejas con respecto al juego original es que Black Flag se centraba demasiado en la fantasía de piratas, en detrimento del lore de la saga. Esto no parece que vaya a cambiar. El protagonista se pone el traje del Asesino muerto para suplantarlo y reunirse con el gobernador. ¿Su objetivo? Nada lícito. En esta primera parte, ya en La Habana, una de las ciudades del juego, experimentamos un poco con las mecánicas jugables. En su condición de remake, Black Flag Resynced conserva las bases, aunque añade mejoras jugables y nuevas mecánicas. El sistema de combate abandona los árboles de habilidades y propone una experiencia menos enrevesada, sin puntos de habilidad ni progresión RPG. Usamos la doble espada, las pistolas y una serie de gadgets, como la hoja oculta o el dardo con cuerda. No nos ha parecido tan profundo como el combate de los Assassin’s Creed más actuales, aunque se trata de un sistema ágil, que permite encadenar combos y realizar parrys, además de ejecutar habilidades con el gatillo derecho y los botones asignados. Se implementa un ataque de barrido y potente; al mismo tiempo, se pueden usar algunos elementos del escenario. Obviamente, el parkour se refina y se implementan elementos de juegos más recientes, como los impulsos hacia atrás o laterales. Saltar de un lado para otro resulta ágil y satisfactorio. El sigilo también se adapta a los tiempos que corren: es posible agacharse y pasar desapercibido, pese a que la inteligencia artificial sigue siendo muy mejorable. Como en otros Assassin’s Creed, el silbido sigue rompiendo un poco el juego, debido a que resulta muy sencillo esconderse entre la espesura de la hierba e ir encadenando muertes sin que los enemigos se inmuten. Como recordareis, en Assassin’s Creed Mirage, Ubisoft intentó regresar a la fórmula clásica, pero el resultado no satisfizo al grueso de los jugadores. Con Black Flag Resynced, se hace un intento de modernizar algunos aspectos del juego que se habían quedado obsoletos. Uno de los cambios que ya se mostró durante la presentación es que en las misiones de escucha la acción ya no se interrumpe si te pillan, es decir, no se produce la desincronización: la situación se resuelve con violencia. Por otro lado, alejarse del área donde se desarrolla la misión principal solía conllevar la desincronización. Por lo que se puede ver, esto no ocurre en el videojuego de Ubisoft Singapore. Con todo, se mantienen algunos arcaísmos jugables, como las misiones de perseguir partituras por los tejados o la liberación de prisioneros. Si bien Assassin’s Creed 3 introdujo las batallas navales por primera vez, fueron los juegos Black Flag y Rogue quienes refinaron estas mecánicas. Resynced va un poco más allá, sin que ello suponga un cambio drástico en lo que se refiere al manejo del barco. El jugador sigue dando las órdenes pertinentes para izar o arriar las velas. A veces, conviene que no estén del todo desplegadas para moverse a menor velocidad. Lo que más nos ha sorprendido es el impacto del clima: una corriente de aire fuerte puede desplazar el barco hacia un lado y provocar un accidente. Las tormentas son temibles y generan auténticos momentos de pavor. En los instantes de relajación, los piratas entonan sus canciones piratas... ¡y se añaden nuevas! Las batallas en sí son similares a las del título original, aunque ahora hay más potencia de fuego. Puedes dirigir los cañones y la artillería hacia los barcos enemigos, todo ello mientras te agachas para evitar los bombardeos de los enemigos. Al mismo tiempo, el capitán continúa gobernando la embarcación. Como no podía ser de otra manera, tampoco faltan los abordajes. Por desgracia, parecen muy caóticos, ya que es muy complicado distinguir a los aliados de los enemigos. Este primer contacto con Assassin’s Creed Black Flag Resynced nos ha dejado claro que estamos ante la versión definitiva del clásico. El juego se renueva tanto en lo audiovisual como en el jugable. Ahora bien, la fórmula clásica de la saga se ha quedado algo anticuada en algunos aspectos y eso se traslada a este videojuego. Por ultimo. cabe precisar que Assassin's Creed Black Flag Resynced se lanzará el 9 de julio en PS5, Xbox Series X|S y PC.

miércoles, 20 de mayo de 2026

REINO UNIDO: Una patética desaparición

Puede que Keir Starmer siga siendo primer ministro británico cuando se publique este artículo - contra todo pronóstico, este lunes descarto de nuevo dimitir y espera ser candidato en las próximas elecciones - pero a pesar de sus deseos. es seguro que no liderará el Partido Laborista en las próximas elecciones generales, que se celebrarán en junio del 2029. Como sabéis, Starmer se convirtió en primer ministro tras guiar al Partido Laborista a una victoria electoral decisiva en julio del 2024. Con una enorme mayoría de 175 escaños en la Cámara de los Comunes y un Partido Conservador que los votantes habían abandonado en masa y aparentemente para siempre, todo parecía ir bien, al menos en apariencia, para Starmer y el Partido Laborista. ¿Cómo es posible, entonces, que, a menos de dos años de sucedido, Starmer se encuentre ahora en el centro de una grave crisis política, desencadenada por el desastroso desempeño del Partido Laborista en las recientes elecciones municipales y regionales? Las encuestas recientes sitúan el índice de aprobación de Starmer en un -57%; 90 de sus diputados le han pedido que dimita en los últimos días; cuatro ministros dimitieron de su gabinete la semana pasada; y permanece en el cargo solo porque los tres candidatos que compiten por hacerse con el codiciado puesto de primer ministro no logran ponerse de acuerdo sobre cuál de ellos está mejor cualificado para convertirse en el nuevo líder del Partido Laborista. Ahora parece que Wes Streeting, secretario de Estado de Salud y Servicios Sociales, ha reunido el valor suficiente para desafiar a Starmer, iniciando así un proceso largo y polémico que culminará con la designación del nuevo líder por parte de los miembros del Partido Laborista, en lugar de los diputados electos. Streeting ha pasado los últimos dos años declarando que el Servicio Nacional de Salud (NHS) está "roto”, presidiendo huelgas de médicos y recibiendo cuantiosas donaciones de empresas privadas de atención médica. Cualquier análisis de la crisis actual del Partido Laborista debe comenzar, por supuesto, con el propio primer ministro, que se encuentra en una situación muy difícil. Starmer nunca ha sido más que un político mediocre, completamente falto de visión. A diferencia del Criminal de Guerra Tony Blair, a quien imita de forma algo inexpresiva, Starmer carece tanto de carisma como de criterio político. Y a diferencia de Jeremy Corbyn, Starmer está totalmente desprovisto de principios. Cabe precisar que los problemas de credibilidad han perseguido a Starmer a lo largo de su corta carrera política. Comenzó como un seguidor de Corbyn, para luego destruir la carrera política de su mentor - acusándolo de antisemitismo - con el fin de impulsar la suya propia. Posteriormente, fingió - de forma poco convincente - que nunca había apoyado el programa político de Corbyn. Hay que reconocer que esta postura era, al menos superficialmente, plausible, pero solo porque resultaba difícil creer que Starmer hubiera creído alguna vez firmemente en algo. Luego vino el escándalo de que él y su familia se hubieran embolsado miles de libras esterlinas en regalos no declarados (incluidos trajes de marca, vestidos y gafas de sol) procedentes de ricos donantes de la élite mundial al Partido Laborista. Tampoco debemos olvidar las famosas Diez Promesas de Starmer para el 2020, su manifiesto político personal con el que fue elegido líder del Partido Laborista, y cómo se retractó de todas y cada una de ellas para poder ser elegido primer ministro en el 2024. Tras deshacerse de Corbyn, Starmer impuso sin piedad su propia agenda insípida al Partido Laborista y llenó su gabinete de personajes insignificantes y dóciles como David Lammy, que, por el momento, aún siguen apoyándolo, quien sabe hasta cuándo. Por cierto, Starmer siempre ha sido un espacio sin políticas definidas, y fue catapultado al liderazgo del Partido Laborista por un grupo de tecnócratas astutos -Morgan McSweeney era el más poderoso de ellos -que buscaban remodelar el Partido Laborista a su propia imagen. Jess Phillips, una de las ministras que dimitieron la semana pasada, criticó con razón a Starmer por ser "demasiado débil y centrado en los procedimientos como para implementar un cambio real". Cuanto menos se diga sobre el nombramiento de Peter Mandelson como embajador en Washington por parte de Starmer, mejor, aunque es un ejemplo de cómo las decisiones de Starmer suelen combinar duplicidad, corrupción y un pésimo criterio político a partes iguales. También es un ejemplo de cómo los miembros de la élite global pueden exigir y recibir favores de sus lacayos políticos sumisos. El patético discurso de Starmer a inicios de la semana pasada, en el que insinuó la posibilidad de reincorporarse a la Unión Europea y prometió "seguir adelante con el gobierno" y "demostrar que quienes dudaban de él estaban equivocados", confirmó una vez más lo poco inspirador que es como líder político. Solo Starmer podría creer que tales banalidades podrían evitar la grave crisis política que lo azotaba. Los votantes británicos nunca han simpatizado con Starmer, y su victoria electoral en el 2024 se debió más al desprecio del electorado por la ineptitud del debilitado y profundamente dividido gobierno conservador que llevaba 14 años en el poder. Starmer también debió su victoria al sistema electoral británico de mayoría simple, que impidió que los millones de votos obtenidos por el incipiente Partido Reformista se tradujeran en escaños en la Cámara de los Comunes. En julio del 2024, el desencantado electorado británico, en un acto de pura desesperación, brindó al Partido Laborista la oportunidad de resolver los problemas crónicos que habían asolado Gran Bretaña durante décadas: el continuo declive económico; el estancamiento de los salarios; una grave crisis del coste de la vida; la inmigración ilegal descontrolada; las oleadas de delincuencia desenfrenada; y el creciente endeudamiento público. Unos años antes, ese mismo electorado descontento había coqueteado brevemente con Jeremy Corbyn, aunque no llegó a elegirlo primer ministro, y luego convirtió a Boris Johnson en primer ministro por una aplastante mayoría. Tanto Corbyn como Johnson fueron posteriormente depuestos por sus propios partidos y, en el 2024, los votantes eligieron al Partido Laborista de Starmer con mucho menos entusiasmo del que sugería su amplia mayoría en la Cámara de los Comunes. Ahora, a menos de dos años de sucedido, esa falta de entusiasmo se ha transformado en un abierto desprecio. ¿Qué hizo Starmer al asumir el cargo con su extraordinaria mayoría? Eliminó los subsidios para combustible de invierno a los pensionistas, concedió la libertad anticipada a miles de presos y aumentó considerablemente los impuestos a los ciudadanos comunes. Además, apoyó con entusiasmo y financió generosamente al régimen títere de Zelensky en Ucrania, y al principio respaldó con fervor la criminal guerra de Israel en Gaza. A las pocas semanas de asumir el cargo, la flagrante ineptitud política de Starmer se hizo evidente, y desde entonces una serie de escándalos políticos lo han perseguido. Lamentablemente para los votantes británicos, Starmer y su gobierno incompetente - la culpa no es solo suya, ni mucho menos - demostraron ser totalmente incapaces de aliviar ninguno de los graves problemas que Starmer prometió remediar con tanta sinceridad antes de ser elegido. Detrás del declive actual de Starmer y del Partido Laborista se esconden tendencias políticas más importantes que van mucho más allá de la falta de integridad personal y competencia política de Starmer. Ahora está claro que los principales partidos conservadores y socialdemócratas de las democracias liberales occidentales - uno tradicionalmente representado por las empresas y el otro por los sindicatos - representan exclusivamente los intereses económicos e ideológicos de las élites globales que controlan la economía mundial, y que estos partidos son incapaces de hacer otra cosa que proteger los intereses de esas élites. A medida que la nueva economía global se ha afianzado y las élites que la controlan se han vuelto más poderosas, estos partidos tradicionales han dado la espalda de forma decidida a sus bases electorales tradicionales, junto con el creciente número de ciudadanos comunes que han sido empobrecidos y alienados culturalmente por el proceso de globalización. Cualquier insinuación de que los partidos mayoritarios están realmente comprometidos con la protección de los intereses de estos electores tradicionales y ciudadanos alienados, o con la solución de los graves problemas económicos y sociales causados por la globalización, no es más que una farsa de la más hipócrita clase. La rápida caída de Starmer y del Partido Laborista (y ambos caerán juntos a pesar de las ilusiones de sus posibles rivales, Wes Streeting, Angela Rayner y Andy Burnham, una trinidad nefasta como pocas, que creen que un cambio de líder salvará al partido) es un caso de estudio perfecto que confirma la veracidad de la tesis anterior. Que Starmer y sus ministros fueran conscientes o no de su propia hipocresía e ineptitud es irrelevante. Lo cierto es que nunca tuvieron la intención de introducir los cambios económicos y sociales radicales que habrían sido necesarios para solucionar los problemas que tan solemnemente se comprometieron a resolver. E incluso si se hubieran comprometido con un programa de cambio radical, las élites globales y los mercados financieros jamás les habrían permitido implementarlo, como comprobó la desafortunada Liz Truss en el 2022 cuando intentó aplicar una versión reciclada del thatcherismo. La inestabilidad en los mercados de bonos la semana pasada es la señal más clara de que la breve carrera política de Starmer ha llegado a su fin. Lo cierto es que los políticos contemporáneos de Occidente tienen muy poco poder real: lo máximo que pueden hacer es hacer pequeños ajustes en economías y sociedades que se encuentran en un estado de crisis perpetua; seguir gastando grandes sumas de dinero para librar conflictos en el extranjero y apaciguar a diversos grupos nacionales descontentos; y endeudarse aún más, todo ello mientras intenta desesperadamente evitar un colapso económico y social total. Sin embargo, este es un juego perdido; de ahí la inestabilidad política crónica que ha caracterizado la política en Occidente durante las últimas dos décadas. De ahí el espectáculo lamentable de ver a un líder inepto ser reemplazado por otro aún más inepto con regularidad. En sus últimos años en el poder, por ejemplo, el Partido Conservador ha tenido cinco primeros ministros. Por lo tanto, no debería sorprender a nadie - y menos aún a Starmer, que presenció este desastre desde primera fila - que se encuentre en medio de otro golpe de estado político. Sin embargo, esta semana parecía genuinamente perplejo ante su destino, como un ciervo asustado, paralizado por las luces, a punto de convertirse en víctima de la violencia política. La victoria electoral de Starmer en el 2024 marcó el fin del Partido Conservador, y con la misma certeza, la propia caída de Starmer presagia la muerte del Partido Laborista como fuerza política efectiva en Gran Bretaña. De hecho, lo que se está desarrollando esta semana es la fase final de la destrucción del sistema bipartidista que ha caracterizado la política británica durante más de un siglo y que, a pesar de su continuo declive económico, proporcionó a Gran Bretaña una estabilidad política que otras naciones alguna vez envidiaron. Sin embargo, aquellos tiempos dorados han quedado definitivamente atrás. Los resultados de las recientes elecciones municipales y regionales dejan claro que los partidos Conservador y Laborista se han convertido en anacronismos políticos, y que el panorama político británico, en un futuro previsible, estará dominado por el resurgente Partido Reformista, los Verdes y los Liberal Demócratas. También resulta evidente que este cambio político trascendental ha sido provocado por un electorado cada vez más desencantado y resentido, gran parte del cual está formado por ciudadanos comunes que se ven empobrecidos a diario por un sistema económico global irracional controlado por una élite avariciosa, corrupta y moralmente depravada, de la cual Peter Mandelson es un ejemplo perfecto. Estas son las lecciones que se pueden extraer de la patética y totalmente predecible caída política de Keir Starmer, y son lecciones a las que otros líderes políticos socialdemócratas de Occidente deberían prestar mucha atención si no desean sufrir el mismo destino - bien merecido por cierto - que Keir Starmer y el Partido Laborista británico.

TIRANA: Sumergiéndonos en el pasado

Vibrante y colorida, la capital de Albania es el lugar donde las esperanzas y los sueños de esta pequeña nación balcánica se fusionan en un torbellino dinámico de tráfico, consumismo desenfrenado y diversión sin límites. Tras una transformación extraordinaria desde que despertó de su letargo tras el derrocamiento de la dictadura comunista a principios de la década de 1990, el centro de Tirana es ahora irreconocible comparado con aquellos días grises, con edificios pintados de colores primarios, plazas públicas y calles peatonales que invitan a pasear. Veamos sus atracciones: 1.- Plaza Skanderbeg: Conocida como Sheshi Skënderbej es el mejor lugar para empezar a observar el día a día de la capital. La plaza lleva el nombre de George Castriot - mejor conocido como Skanderbeg - venerado héroe nacional albanes, que repelió con éxito el avance del Imperio Otomano hacia Europa Central. El gran tamaño de la plaza se debe a que durante la época comunista fueron derribadas una serie de edificios históricos para que haya espacio para sus manifestaciones políticas. Es más, hasta 1991, se erigía en su centro una horrible estatua dorada del genocida Enver Hoxha de 10 metros de altura, vigilando amenazadoramente la plaza, hasta que una turba enfurecida la derribó estrepitosamente en 1991, durante la caída del odiado régimen. Ahora solo queda la estatua ecuestre de Skanderbeg, en un lado de la plaza peatonal, donde no circulan coches y que ahora es una enorme rotonda. Convertida en el punto de encuentro más popular de Tirana, el atardecer es un momento especialmente agradable donde los músicos callejeros tocan algunas melodías y los vendedores ofrecen palomitas de maíz y globos mientras los lugareños pasean y charlan; 2.- Museo Nacional de Historia: Se trata del museo más grande de Albania, el cual alberga muchos de los tesoros arqueológicos del país, así como una réplica de la enorme espada de Skanderbeg (cómo la sostenía, montaba a caballo y luchaba al mismo tiempo sigue siendo un misterio). La iluminación puede ser deficiente, pero afortunadamente la excelente colección está casi completamente firmada en inglés y te lleva cronológicamente desde la antigua Iliria hasta la era poscomunista. La colección de estatuas, mosaicos y columnas de la antigua Grecia y Roma es impresionante. Por cierto, una galería conmovedora e importantísima dedicada a quienes sufrieron persecución bajo el régimen comunista es la incorporación más reciente a la colección, aunque, lamentablemente, casi ninguna de las piezas está en inglés. Otro punto culminante es una magnífica exposición de iconos de Onufri, un renombrado maestro albanés del siglo XVI. El mosaico modernista que adorna la fachada del museo se titula Albania y muestra a los albaneses victoriosos y orgullosos desde la época iliria hasta la Segunda Guerra Mundial, lamentablemente con ciertas connotaciones comunistas, como era de esperar, y que deberían ser borradas para olvidar esa época infausta que sufrió el país; 3.- La Mezquita de Et'hem Bey: Cabe precisar ante todo que Albania mayoritariamente es un país musulmán por lo que no es extrañar la presencia de mezquitas en todo el país. Una de las más conocidas precisamente es la de Et'hem Bey que se encuentra en la Plaza Skanderbeg. Construida entre 1789 y 1823, se salvó de la destrucción durante la campaña antirreligiosa durante el régimen comunista de finales de la década de 1960 gracias a su condición de monumento cultural. Pequeña y elegante, es uno de los edificios más antiguos que se conservan en la ciudad. Los frescos que adornan esta pequeña y encantadora mezquita lucen casi tan vibrantes hoy como el día en que fueron pintados. Naranja intenso, verde exuberante, turquesa y azul bígaro se utilizan en los elaborados diseños que cubren las paredes y el techo abovedado. Hay imágenes cautivadoras de árboles, cascadas, puentes y diversos paisajes. Una inscripción reza: "La mezquita ha dado belleza eterna a la ciudad, como Santa Sofía a Constantinopla", un gran elogio, sin duda. Si bien estuvo cerrada durante el régimen de Hoxha, fue reabierto como lugar de oración para la comunidad musulmana de Tirana tras la caída del comunismo; 4.- Galería Nacional de Arte: Este hermoso espacio, que recorre la relativamente breve historia de la pintura albanesa desde principios del siglo XIX hasta la actualidad, también alberga exposiciones temporales. La interesante colección incluye pinturas del siglo XIX que representan escenas de la vida cotidiana albanesa y otras con una dimensión mucho más política, entre las que destacan algunos ejemplos del lo que se dio por llamar "realismo socialista" albanés. En tanto, la planta baja de la galería está dedicada a exposiciones temporales de un tipo mucho más moderno y transgresor. Por cierto, a modo de curiosidad, conserva una pequeña colección de estatuas comunistas que se guarda en el almacén detrás del edificio - salvadas de la destrucción tras la caída del régimen en 1991 - incluyendo dos estatuas poco vistas del genocida Stalin. Justo enfrente de la galería hay una enorme escultura con forma de telaraña que los niños de la zona han convertido en un juego para trepar; 5.- Catedral Ortodoxa de la Resurrección de Cristo: Inaugurada en el 2014 - que reemplaza a la que fue destruida durante la dictadura comunista - y que combina arquitectura bizantina y moderna, la cual alberga algunos de los mosaicos ortodoxos contemporáneos más grandes de los Balcanes. Tanto por dentro como por fuera, su impacto visual es innegable y sin duda será diferente a la mayoría de las iglesias ortodoxas que haya visto; 6.- Mezquita Namazgja: Con una impresionante superficie de 10 000 metros cuadrados (110 000 pies cuadrados), es la más grande de los Balcanes y se alza majestuosamente en el bulevar Zhan d'Ark. Inspirada en la arquitectura clásica otomana, recuerda a la Mezquita Azul de Constantinopla. Sus cuatro minaretes alcanzan los 50 metros (160 pies) de altura, y la cúpula central se eleva hasta los 30 metros (98 pies). Tras la caída del comunismo, la mezquita se consideró una adición necesaria para la ciudad, ya que no existía una mezquita central para los musulmanes albaneses. La construcción comenzó finalmente en 2015 y Namazgja abrió sus puertas en 2024; con una capacidad para 10 000 fieles; 7.- La Pirámide de Enver Hoxa: Dominando el paisaje de Tirana, se encuentra esta horrible construcción construida durante la dictadura comunista, como mausoleo del sátrapa, Diseñado por la hija y el yerno del tirano y finalizado en 1988, este edificio fue asimismo el Museo Enver Hoxha, pero tras el derrocamiento del régimen, fue saqueada e incendiada por una enardecida multitud, quedando abandonada desde entonces. Tras haber estado cubierto de grafitis y con las paredes en ruinas, la estructura ha sido completamente renovada en los últimos años, y hoy funciona como TUMO, un centro de tecnologías creativas especializado en programación informática, robótica y empresas emergentes; 8.- La Fortaleza de Justiniano: Esta estructura bizantina data del siglo XIII. Antiguamente se ubicaba en el corazón de la ciudad y estaba sólidamente construida con gruesos muros de piedra y torres de vigilancia. Solo se conservan algunos de los muros y cimientos originales. En el pequeño bazar que se encuentra en su interior, hay tiendas que venden artesanías, además de algunos restaurantes de estilo tradicional. Sin embargo, también es fácil escapar del bullicioso centro de la ciudad, con extensos parques y colinas onduladas a tan solo un viaje. Luego de un merecido descanso, ha llegado el momento de dirigirnos a Podgorica, capital de Montenegro, dentro de nuestra ruta De los Cárpatos a los Balcanes.
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