Tal como se había previsto desde su inicio, la criminal agresion que EE.UU. e Israel perpetraron contra Irán, con el claro objetivo de derrocar a los Ayatollas, reponer en el trono a un títere colaboracionista y agente del Mossad como Reza Phalavi y - esto es lo más importante, apoderarse de sus inmensas reservas de gas y petróleo - termino en un rotundo fracaso, obligando a Washington a negociar la paz con Teherán, el cual se firmará este viernes en Suiza, y que se ha convertido en una aplastante derrota para Donald Trump, quien no ha logrado alcanzar ninguno de sus objetivos, algo que ni la propaganda de los medios estadounidenses podrá ocultar. Como sabéis, la guerra librada por Estados Unidos e Israel contra Irán merece un lugar en los libros de texto de relaciones internacionales contemporáneas. No porque trastoque todo lo que sabemos sobre el poder, sino porque muestra cómo está cambiando el uso del poder. Los enfoques clásicos sobre las relaciones entre Estados siguen vigentes y el equilibrio de poder no ha desaparecido. La superioridad militar aún cuenta, pero las consecuencias del uso de la fuerza son menos predecibles que antes, ya que la coerción ya no produce resultados lineales. Esto se aplica no solo a la intervención militar directa, como en el caso de Irán, sino también a las sanciones y otras formas de presión. Si se prescinde de la retórica, necesaria para todos los bandos por razones internas, el panorama es sencillo. Una coalición claramente más fuerte, integrada por Estados Unidos, Israel y los estados árabes del Golfo, fracasó en sus objetivos al lanzar una campaña militar contra un adversario claramente más débil: Irán y sus aliados en la región, con un probable apoyo limitado de Rusia y China. El objetivo era asestar un golpe rápido y demoledor a un régimen considerado debilitado por la presión externa y las divisiones internas. La exigencia de Donald Trump de una "rendición incondicional" reflejó a la perfección el sentir general, ya que se daba por sentado que Teherán cedería ante la presión. Ocurrió lo contrario: las fuerzas superiores del bando atacante se toparon con una resistencia inesperadamente alta. Irán no se derrumbó tras el ataque inicial que lo decapitó, sino que se reorganizó, se movilizó y, lo que es más importante, dejó de lado muchas de las limitaciones que antes habían restringido su respuesta. Aquí es donde se vislumbró una de las características definitorias de la nueva era: la contraofensiva asimétrica. Irán no podía igualar a Estados Unidos e Israel en fuerza convencional, pero no lo necesitaba, ya que utilizó las herramientas a su alcance de manera que contrarrestó muchas de las ventajas del enemigo. Primero, procedió a cerrar el estrecho de Ormuz, de vital importancia estratégica, algo que llevaba tiempo amenazando con hacer, pero que nunca antes se había atrevido a llevar a cabo. Segundo, atacó no solo objetivos estadounidenses en la región, sino también activos de socios clave de Estados Unidos. Tercero, se apoyó en grandes arsenales de armas que, si bien eran inferiores a los de Estados Unidos e Israel, eran suficientes para infligir graves daños a países que no estaban acostumbrados a recibir tales ataques. Cuarto, Irán demostró una tolerancia al daño sustancialmente mayor que la de sus enemigos. El resultado actual habla por sí solo, ya que ninguna de las cuestiones que llevaron a Estados Unidos e Israel a la guerra se ha resuelto. Todo se ha pospuesto una vez más para futuras negociaciones, y todos entienden que, según la tradición diplomática persa, negociar requiere tenacidad y paciencia. En esencia, tras un intenso conflicto armado que sumió al mundo entero en el caos, el statu quo destruido al inicio de la guerra simplemente se ha restablecido. El estrecho de Ormuz se reabrirá a la navegación, bajo control iraní. La experiencia de los últimos años demuestra que el margen para alcanzar objetivos políticos mediante la fuerza militar se está reduciendo. La capacidad de resistencia del bando más débil aumenta, mientras que la disposición del bando más fuerte a asumir riesgos importantes, especialmente aquellos que amenazan su propia estabilidad interna, disminuye. Esto se aplica a muchos conflictos, pero resulta particularmente evidente en Oriente Medio. La consecuencia política más amplia es el debilitamiento relativo de la potencia dominante, representada por Estados Unidos. Trump ha demostrado su profunda reticencia a verse envuelto en otra confrontación militar a gran escala, tras haber fracasado en sus objetivos en una guerra que él mismo inició. Por un lado, esto es de sentido común, ya que entiende que otra ronda probablemente terminaría igual que la primera: en un punto muerto. Pero, por otro lado, envía una señal a todos los demás de que Estados Unidos ya no está dispuesto a correr riesgos innecesarios simplemente para preservar su prestigio y mantener su dominio. Sus socios aún deben rendir cuentas del poder estadounidense, pero ya no pueden dar por sentado que Washington siempre asumirá la responsabilidad final por ellos. Se trata de un fenómeno global, no solo de Oriente Medio. Es especialmente visible en la región, pero la misma lógica se aplica en otros lugares. Aún es pronto para predecir las consecuencias a medio plazo, pero todo el entramado de relaciones en Oriente Medio, cuya construcción comenzó durante el primer mandato de Trump, se ha visto sacudido. Dicho entramado se basaba en la reconciliación gradual de Israel con sus vecinos árabes, especialmente con los ricos estados del Golfo, y se sustentaba en la interdependencia financiera, la cooperación tecnológica y la marginación de Irán y sus aliados. Esa estrategia sufrió un duro golpe en el 2023, cuando Hamás atacó a Israel e Israel respondió con una fuerza masiva. Sin embargo, ni siquiera Gaza logró descarrilar por completo el proyecto, sino que simplemente lo retrasó. La guerra contra Irán tenía como objetivo zanjar la cuestión de forma más decisiva y reconfigurar la región de manera permanente bajo la supremacía militar israelí, creando un nuevo equilibrio de poder bajo el amparo de Estados Unidos. Pero el fracaso en la eliminación de Irán de la ecuación ha frustrado los planes. La fase actual del conflicto no ha resuelto nada, lo que significa que es probable que se produzcan nuevos intentos de solucionar estas cuestiones por la fuerza. Sin embargo, estos se desarrollarán en condiciones menos favorables para Israel y Estados Unidos. El rotundo fracaso de Washington y el inocultable éxito de Teherán en el conflicto, están inclinando la balanza a favor de este último. Mucho depende ahora de cómo el renovado y más joven liderazgo iraní, impulsado en parte por las acciones de Israel, decida aprovechar este momento. El riesgo de nuevas convulsiones persiste, ya que no se ha alcanzado ningún acuerdo ni se ha consolidado un orden regional estable. Pero una conclusión ya es evidente. La era en la que la superioridad militar garantizaba el resultado político deseado está llegando a su fin, y las guerras se vuelven más complejas, sus consecuencias menos controlables y sus resultados menos lineales. Estados Unidos e Israel aún pueden poseer un poder militar abrumador, pero Irán ha demostrado que esto ya no garantiza la victoria. Su fracaso en este conflicto es la prueba de ello. Sin embargo, no nos equivoquemos, esta tregua no equivale a la paz. Cuestiones clave quedan pendientes para futuras negociaciones, y no hay certeza de que estas den frutos ni de que los acuerdos se mantengan. Lo que enfrentamos aquí y ahora no es un simple conflicto en Oriente Medio. Se trata, más bien, de una lucha constante en la que la potencia hegemónica mundial busca revertir las tendencias que están transformando el orden global. Oriente Medio es un escenario de lo que equivale a una guerra mundial, junto con Europa del Este, donde Occidente busca derrotar a Rusia, y Asia Oriental, donde Estados Unidos y sus aliados intentan contener a China. Esta lucha continuará. Un nuevo equilibrio está aún muy lejos, y nuevas batallas son inevitables en el futuro. Sin embargo, las consecuencias de este alto el fuego provisional entre Estados Unidos e Irán son trascendentales y de gran alcance. Ante todo, Irán ha emergido de esta guerra como una formidable potencia regional. Que Washington, incapaz de aplastarlo, haya tenido que pedir un respiro, no hace sino confirmar el fortalecimiento de Irán, y ya no se habla de un cambio de régimen en Teherán, ni de limitaciones a su arsenal de misiles balísticos, ni de la eliminación de su programa nuclear, por no hablar de abandonar a sus aliados regionales. Todos estos eran los objetivos originales de Estados Unidos e Israel, y en todos ellos, los atacantes sufrieron una contundente derrota. A corto plazo, la reapertura del estrecho de Ormuz y el levantamiento del bloqueo naval estadounidense a Irán aliviarán la situación energética en el mercado global. Sin embargo, a largo plazo, el caso de Ormuz ha transmitido un mensaje contundente: en la era de la transición del orden mundial, todos los puntos estratégicos marítimos son potencialmente vulnerables a acciones hostiles. Los líderes iraníes han aprendido que su capacidad para cerrar el estrecho, y la renuencia de Estados Unidos a arriesgarse a sufrir pérdidas al intentar reabrirlo - el talón de Aquiles de Washington -, podría ser un elemento disuasorio más poderoso para Teherán que la capacidad de desarrollar armas nucleares. En cuanto a este programa, Teherán sin duda lo continuará bajo cualquier futuro acuerdo integral con Washington, si es que se llega a un acuerdo. De no alcanzarse, Teherán tendría vía libre para seguir adelante con el programa como hasta ahora, ya que los iraníes no entregarán su material nuclear a nadie, diga lo que diga Trump. Sin embargo, en lo que respecta a la disuasión nuclear, las lecciones de la reciente guerra son ambiguas. Por un lado, Estados Unidos e Israel probablemente no habrían atacado a un Irán con armas nucleares. Basta con ver el ejemplo de Corea del Norte. Por otro lado, un Israel con armas nucleares, incluso bajo ataques de misiles balísticos iraníes, no utilizó armas nucleares contra Irán. Tampoco lo hizo Estados Unidos. Según se informa, la opción se discutió, pero se descartó. Por lo tanto, para Irán, poder cerrar el estrecho de Ormuz podría ser más efectivo. De otro lado, descongelar los activos iraníes en poder de Estados Unidos y levantar las sanciones contra Irán probablemente se convertirán en herramientas para que Washington influya en el comportamiento de Teherán. Tras su derrota en la guerra, Trump no dejará a Irán en paz. Es posible que tenga motivos para esperar que la paz ablande gradualmente la sociedad iraní, revele las fracturas internas de la élite, temporalmente ocultas por la guerra, y le permita a Estados Unidos margen de maniobra. La creación de un fondo para desarrollar la infraestructura energética y logística de Irán parece un incentivo adicional para que los iraníes regresen al sistema financiero occidental. Para Irán, la victoria en la guerra debe estar respaldada por políticas internas que fortalezcan la estabilidad del país y mejoren el desempeño de la economía. Sin embargo, la situación en Líbano podría ser un obstáculo insalvable. Teherán ha logrado que Trump apruebe la inclusión del frente libanés en el acuerdo, aunque el Criminal de Guerra Benjamín Netanyahu insiste en que Israel continúe sus esfuerzos para eliminar a Hezbolá. La reciente ira de Trump contra Netanyahu refleja algo mucho más importante: una parte significativa de la sociedad y la clase política estadounidenses está perdiendo la paciencia con Israel y mostrando una actitud cada vez más distante. Esto se produce en un contexto de creciente aislamiento internacional de Israel. De hecho, Israel es el principal perdedor de la guerra. Su nueva estrategia de eliminar por la fuerza las amenazas en los siete frentes, desde Gaza, Líbano y Yemen hasta Cisjordania, Siria, Irak y, sobre todo, Irán, promete «guerras interminables» en lugar de estabilidad y seguridad. Su disuasión nuclear tácita no ha logrado impedir que Irán lance misiles y drones contra objetivos israelíes. En un futuro próximo, Israel se enfrenta a unas elecciones en las que el descontento con Netanyahu se contrapondrá al amplio apoyo a sus políticas radicales. Por cierto, los estados árabes del Golfo Pérsico tampoco han salido bien parados. Su dependencia de las bases militares estadounidenses como garantía de seguridad resultó ser un trato desastroso. En lugar de proteger a los países anfitriones, estas bases actuaron como imanes, atrayendo ataques de represalia iraníes. La imagen de las naciones del Golfo como lugares seguros y propicios para los negocios se ha visto gravemente afectada. Si estas naciones quieren recuperarse, deberán idear una política de seguridad mejor que la de aliarse con su protector fallido. Sea como fuere, la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán constituyo un hito en la transición del poder global. La potencia hegemónica en declive y su aliado, la principal potencia militar de la región, se esforzaron por revertir la situación, pero fracasaron. La tregua de Trump con Irán supone una derrota para el poder estadounidense, y su apuesta fallida demuestra hasta qué punto ha cambiado el equilibrio de poder global.
Es un videojuego de acción, supervivencia y exploración ambientado en un mundo fantástico, inspirado en la mitología nórdica y en la cultura vikinga. Iron Gate AB desarrolla un título en busca de valientes jugadores, capaces de aventurarse en bosques, prados y montañas para conseguir materiales valiosos que creen mejores armas y armaduras, incluso un poderoso barco para navegar por los grandes océanos en busca de nuevas tierras solos o en multijugador. Las fortalezas de Valheim van desde su vasto mundo generado de forma procedimental lleno de criaturas legendarias para luchar y vida silvestre para cazar a un sistema de combate punitivo basado en esquivar y bloquea, una mecánica de creación intuitiva de objetos y un sistema flexible para construir casas y bases. Como otras propuestas del género de acción y supervivencia, Valheim cuenta con servidores dedicados para que cada jugador pueda crear su propio mundo. Cabe precisar que a partir del próximo 9 de septiembre, Valheim dejará oficialmente su fase de acceso anticipado y estará disponible en su versión completa para PlayStation 5, Xbox Series, Switch 2, Xbox One y PC, incluyendo Steam, Microsoft Store, Linux y Mac. Iron Gate, el estudio desarrollador, junto con Coffee Stain Publishing, confirmaron que, tras más de cinco años en acceso anticipado, este título de supervivencia y construcción ambientado en la temática vikinga alcanzará la versión 1.0. Con este lanzamiento, se añadirá el bioma final y se habilitará por primera vez la conexión entre jugadores de todas las plataformas. La principal innovación de este lanzamiento es Deep North, un extenso y desafiante bioma helado que representa la conclusión de la aventura principal dentro del universo de Valheim. Robin Eyre, director creativo de Iron Gate, señaló que el equipo dedicó un gran esfuerzo para que esta región estuviera a la altura del desenlace narrativo. Deep North se distingue por sus montañas glaciares, fuertes nevadas y tundras inexploradas que pondrán a prueba las capacidades de supervivencia de los jugadores. Desde el punto de vista jugable, Deep North incorpora enemigos completamente nuevos. Al explorar este bioma, los jugadores encontrarán aldeas abandonadas y descubrirán que no son los primeros en intentar conquistar este entorno hostil. La región está habitada por los Gammeltrolls, gigantes ancestrales formados a partir de trolls que migraron hasta estas tierras para fusionarse con el hielo. Además, en las profundidades subterráneas acechan los Elakingar, seres que excavan túneles y emboscan a quienes se aventuran bajo la superficie, en ocasiones acompañados de criaturas aún más peligrosas cuyas identidades se mantienen en secreto para sorpresa de los jugadores. El paquete de contenido de Deep North incluye nuevas armas, materiales y opciones de construcción para las bases, ampliando considerablemente las posibilidades de supervivencia, personalización y combate. Este enfoque incrementa el desafío y la variedad en el tramo final del juego, buscando renovar el interés tanto de quienes esperaron la versión definitiva como de la comunidad que participó durante el acceso anticipado. Uno de los logros más relevantes de este lanzamiento es la llegada simultánea de Valheim a varias plataformas y la implementación de soporte completo para juego cruzado. Desde su debut original en PC en febrero del 2021, el juego se expandió en 2023 a Xbox Series y Xbox One, y ahora concluye este proceso incluyendo PlayStation 5 y Nintendo Switch 2. De esta forma, repetimos, a partir del 9 de septiembre, usuarios de cualquier plataforma podrán reunirse en partidas compartidas sin restricciones, una característica que Coffee Stain Publishing destaca como fundamental para el futuro del juego. La meta es fortalecer la comunidad global y permitir que jugadores de todo el mundo exploren, construyan y sobrevivan juntos en el nuevo contenido. Este avance técnico responde a una petición antigua de la comunidad y representa un paso importante para democratizar el acceso al mundo vikingo creado por Iron Gate. No obstante, existe una consideración: con el lanzamiento de la versión 1.0, los jugadores deberán crear nuevos mundos para experimentar íntegramente el contenido de Deep North y asumir sus desafíos. Esta medida busca asegurar igualdad de condiciones en la exploración inicial. Por cierto, Valheim fue un fenómeno desde su lanzamiento en el 2021; en tan solo dieciséis días vendió tres millones de copias y llegó a alcanzar casi medio millón de jugadores simultáneos en Steam, lo que lo posicionó entre los mayores éxitos de la plataforma ese año. El desarrollo de una comunidad activa fue esencial para el flujo constante de actualizaciones y la orientación adoptada por Iron Gate en la creación de nuevos contenidos, quienes han atendido sugerencias y corregido problemas reportados por los usuarios. Durante más de cinco años de acceso anticipado, tanto los jugadores experimentados como los nuevos han participado en foros y redes sociales, proponiendo cambios que se han traducido en mejoras notables de balance, rendimiento y complejidad del juego. No obstante, algunos miembros de la comunidad han expresado inquietud por la necesidad de reiniciar el progreso para acceder a todo el contenido de la versión final, aspecto que la desarrolladora considera necesario para mantener la experiencia de descubrimiento colectivo. La llegada del juego cruzado genera expectativas respecto a la consolidación de la comunidad, integrando a usuarios de distintos sistemas en aventuras compartidas. Además, el lanzamiento en consolas tradicionalmente populares como PlayStation y Switch 2 abre la puerta a nuevos públicos que todavía no habían tenido oportunidad de participar. Desde Iron Gate reconocen que el desafío consistirá en mantener una experiencia estable y equilibrada para todos, a pesar de los posibles problemas técnicos asociados al aumento masivo de usuarios y al juego entre distintas plataformas.
Era la madrugada del 27 de mayo del 2015 cuando la policía entró en el lujoso hotel Baur au Lac de Zúrich. Decenas de funcionarios de la FIFA se alojaban allí. Esa mañana, siete de ellos fueron arrestados bajo sospecha de corrupción. Los agentes los escoltaron al exterior. El personal del hotel intentó proteger a sus huéspedes de las miradas indiscretas con sábanas. Sin embargo, las imágenes se viralizaron. Las detenciones no eran arbitrarias, sino que, por el contrario, fueron el resultado de años de investigaciones por parte de las autoridades estadounidenses. En aquel momento, Estados Unidos era considerado la mayor amenaza para la FIFA; la corrupción, que durante mucho tiempo solo se había sospechado, salió a la luz pública gracias a las autoridades estadounidenses durante esos meses. Sin embargo, en los años siguientes, Estados Unidos paso de ser el mayor enemigo de la FIFA a uno de sus mayores aliados. En efecto, la Copa Mundial de Futbol que se inicia esta semana en Estados Unidos y Canadá marca la culminación de esta evolución, la cual se encuentra estrechamente ligada a un nombre: Gianni Infantino. Cuando tuvo lugar el asalto en Zúrich, por ese entonces, Infantino era Secretario General de la UEFA, la federación europea de fútbol. Por esos días, prácticamente nadie lo consideraba capaz de ocupar un puesto superior. Su jefe, el corrupto Michel Platini, en cambio, se preparaba para asumir la presidencia de la FIFA. El francés fue uno de los mejores futbolistas del mundo en la década de 1980. Posteriormente, aprovechó su perspicacia estratégica para desarrollar una carrera en la administración, convirtiéndose en presidente de la UEFA en el 2007. "Platini era el sucesor natural de Sepp Blatter en aquel momento", explica el periodista de investigación Thomas Kistner, quien lleva décadas investigando a la FIFA. En el verano del 2015, el momento parecía propicio para Platini. El presidente de la FIFA, Blatter, aún afectado por los arrestos en Zúrich, anunció su dimisión. Cuando Platini anunció su candidatura, casi nadie dudaba de que se convertiría en el nuevo presidente de la organización hasta que salió a la luz un pago: en el 2011, dos millones de euros habían pasado de la FIFA de Blatter a Platini. La explicación ofrecida por ambos funcionarios, fue que Platini “había sido asesor del recién elegido presidente de la FIFA, Blatter, a finales de la década de 1990”. Debido a la escasez de fondos de la FIFA en aquel momento, Platini inicialmente se abstuvo de exigir la totalidad de sus honorarios de “consultoría”. Solo lo hizo en el 2011. No existe un contrato escrito; fue simplemente un acuerdo verbal. Pero los investigadores suizos sospecharon que los dos millones de euros fueron en realidad sobornos e iniciaron una investigación que demostró que estaban en lo cierto. Como resultado, el Comité de Ética de la FIFA suspendió a Blatter y a Platini, obligándolos a renunciar a sus cargos. Esto llevo a la UEFA a buscar un nuevo candidato para la presidencia de la FIFA. Es el momento de Gianni Infantino, quien emprendió una importante gira de campaña electoral, visitando todos los continentes. Sin embargo, un viaje de este periodo salió a la luz en los años siguientes: el 6 de octubre voló de Ginebra a Nueva York para una estancia de dos días. Oficialmente, el motivo era asistir “a una reunión con una agencia de marketing en nombre de la UEFA”. No obstante, las actas de la reunión revelan que esta tuvo lugar en línea antes del vuelo. El vuelo es significativo porque, en ese momento, las investigaciones de las autoridades estadounidenses sobre el escándalo de la FIFA convergían en Nueva York. "Es obvio que se trataba de una prueba preliminar para ver si el asunto también podía llegar al señor Infantino", afirma el periodista de investigación Kistner, quien, junto con sus colegas del Süddeutsche Zeitung, fue el primero en informar sobre el vuelo. "Sugiere algún tipo de conversaciones exploratorias entre ambas partes" agrego. Aún no está claro qué hizo Infantino en Nueva York durante esos días. Él mantiene su versión de haber visitado la agencia de marketing. Es evidente: Infantino recibió el apoyo de la federación estadounidense en su elección. Cuando se eligió al nuevo presidente de la FIFA en Zúrich en febrero del 2016, fue el presidente de la federación estadounidense quien le aseguró a Infantino los votos necesarios tras la primera ronda de votación. El suizo obtuvo la mayoría requerida en la segunda ronda y se convirtió en el nuevo presidente de la FIFA. Ahora le tocaba pagar los favores recibidos para su elección. En el primer año de su mandato, Infantino consolidó su poder en la FIFA. Marginó a los interventores independientes y llenó los comités de supervisión con personas afines a él. En el 2018 se llevó a cabo la adjudicación de la Copa Mundial del 2026. Estados Unidos y Canadá se impusieron a la candidatura de Marruecos. De esta manera, tras su derrota ante Qatar (donde el Emir pago millones a Infantino para ser “el elegido”), Estados Unidos finalmente se aseguró la Copa Mundial. Hipócritamente se dijo que “el premio se otorgó conforme a las nuevas reglas destinadas a garantizar una mayor equidad y transparencia”. Sin embargo, pasado dos años, ha quedado claro que Infantino aparentemente hizo mucho entre bastidores - y cobro bastante el muy ladrón - para asegurar “la victoria” de la candidatura norteamericana. Y fue nada menos que el Donald Trump quien lo reveló. En efecto, en una cena con líderes empresariales al margen del Foro Económico Mundial en Davos (Suiza), Infantino pronunció el discurso de bienvenida a Trump, quien respondió que esperaba con gran ilusión el Mundial del 2026. Y luego añadió: «Ustedes querían este Mundial, yo quería este Mundial, lo hicimos posible juntos, incluso antes de que yo asumiera la presidencia». Como sabéis, Trump asumió el cargo en enero del 2017. Según admitió, existían “acuerdos” entre él y el entonces recién elegido presidente de la FIFA mucho antes de la adjudicación del torneo, que, tras el pago hecho a Infantino, se trató de una mera formalidad. Tras el polémico vuelo a Nueva York y la ayuda electoral brindada por la federación estadounidense, esta es la siguiente conexión entre Infantino y Estados Unidos. Trump e Infantino tienen mucho en común: ambos gobiernan como autócratas, tienen una predilección por el dinero y el oro, que son su debilidad. Pero además Trump tiene otro objetivo: quiere convertir la Copa del Mundo en “un escaparate de la grandeza de Estados Unidos” en el 250 aniversario de su fundación. Como podéis imaginar, la relación entre Infantino y Trump no se vio afectada por la filtración de Davos. Al contrario. Durante el segundo mandato de Trump, Infantino ha visitado la Casa Blanca con frecuencia. Trump incluso lo ha llamado el "Rey del Fútbol". Infantino, por su parte, se muestra complacido con su "gran amistad"... interesada, por cierto. Y cuando Trump se quejó en el 2025 por no haber ganado el Premio Nobel de la Paz, Infantino tuvo una idea: la FIFA le otorgo “su propio premio de la paz”. Esto es precisamente lo que ocurrió en diciembre de ese año, cuando el mundo del fútbol se reunió en Washington para el sorteo de la fase de grupos del Mundial. Ante los dirigentes de las más de 40 selecciones participantes, Infantino presento el recién creado “Premio de la Paz de la FIFA” el cual fue otorgado a Trump. Luego de este abyecto acto de servilismo, la FIFA bajo el liderazgo de Infantino, se convirtió en miembro del "Consejo de Paz" de Donald Trump. Durante el anuncio, Infantino lució una gorra roja brillante con la palabra "USA" impresa, del tipo que también usan los partidarios de Trump. Desde entonces, prácticamente no existe resistencia dentro de la FIFA a esta difuminación de los límites entre deporte y política. Durante su mandato, Infantino ha logrado incrementar significativamente los ingresos de la asociación (y también obviamente para su propio beneficio económico). Distribuye los primeros, en forma de “ayuda al desarrollo”, a las más de 200 federaciones nacionales, que a menudo dependen de estos pagos. Mientras estos fondos sigan fluyendo - y estas federaciones agradecidas voten por su reelección - el poder de Infantino se mantendrá firme. Estimo además que la Copa Mundial de la FIFA solo en Estados Unidos, “generará ingresos de once mil millones de dólares” aunque eso está por verse. Y es que, para consternación de los aficionados, los precios de las entradas también han alcanzado niveles astronómicos. En una entrevista con el New York Post, Trump expresó su sorpresa por los precios: "Para ser honesto, yo no pagaría eso", dijo, agregando que le preocupaba que los seguidores de su movimiento MAGA (Make America Great Again) no pudieran asistir a los Juegos. Trump persigue un objetivo claro con esta organización dominada por hombres, afirma Nicholas McGeehan, de la organización londinense FairSquare, que analiza la relación entre el deporte y la política: "Los líderes autoritarios como Trump ven a la FIFA como un instrumento para respaldar sus objetivos y escenificar sus discursos políticos", declaró McGeehan a SID. Algunos medios estadounidenses se refieren a Trump como el "presidente del soccer". En los últimos meses, se le ha visto en la Casa Blanca con figuras destacadas de ese deporte, visitándolo en el Salón Oval. Sin embargo, los índices de aprobación de Trump están cayendo en picado, principalmente debido al elevado coste de la vida y del combustible derivados de la guerra con Irán, cuyo fracaso le está costando muy caro y del cual no sabe cómo salir. El término "lavado de imagen a través del deporte" se refiere al uso que hacen los políticos del deporte para sus propios fines: los grandes eventos sirven como autopromoción, mientras que los problemas políticos se minimizan. La administración Trump tiene muchos problemas, algunos directamente relacionados con la Copa Mundial. Los jugadores iraníes aún no han recibido visas estadounidenses debido a la guerra en curso entre Estados Unidos e Israel. Los aficionados de Irán, Haití, Costa de Marfil y Senegal tampoco pueden entrar al país para el supuesto evento deportivo mundial, como ha criticado el Consejo Estadounidense de Inmigración. A pesar de los deseos de Trump e infantino, el Mundial no está generando el entusiasmo esperado dentro de los Estados Unidos. Las encuestas muestran que solo alrededor de una cuarta parte de los estadounidenses nacidos en el país planean ver los partidos. Entre los inmigrantes - por ejemplo, de Latinoamérica - la cifra supera el 40%, a pesar de que el gobierno los amenaza con redadas de deportación. No es de extrañar por ello, que Infantino necesita desesperadamente a Trump para garantizar el buen desarrollo del Mundial y que no sea un fracaso. A cambio, le ofrece el mayor escenario deportivo: será Trump quien entregue el trofeo de la Copa del Mundo al ganador - esperemos que sea Argentina - tras la final, y haga su propio número tal como lo realizo en el pasado Mundial de Clubes, realizado en el MetLife Stadium de Nueva Jersey en julio del 2025, donde no se quiso retirar de la escena tras entregar la copa al equipo ganador, saltando y festejando junto a los jugadores del Chelsea que lo miraban atónitos. Pero ello no está exento de riesgos para Trump: cuando presenció esa final, fue abucheado por miles de aficionados. Sin embargo, a pesar de los insultos que de seguro volverá a recibir, Trump percibe esta oportunidad para mejorar su imagen empañada por los escándalos sexuales y su fracaso en la guerra contra Irán. El experto en política deportiva Jules Boykoff, exfutbolista profesional y ahora profesor de ciencias políticas en una universidad de Oregón, afirma: “Cuanto peor sea la popularidad de Donald Trump, mayor será su incentivo para aferrarse al deporte como una especie de salvavidas político” asevero. “Cuando el mundo aclama el espectáculo, parte de la atención se centra en él. Esto se conoce como ‘lavado de imagen a través del deporte’ una vieja táctica utilizada por los lideres autoritarios como el propio Trump” añadió. Por cierto, el ICE, la temida unidad de operaciones especiales del Departamento de Seguridad Nacional de EE. UU., ha anunciado que patrullara fuera de los estadios, por lo que muchos aficionados han decidido no asistir porque consideran un viaje a EE. UU. demasiado arriesgado. “En Washington, hay bastantes observadores políticos que observan con burla el caos del Mundial” agrego. “La FIFA eligió una sede para celebrar la unión del mundo y terminó organizando un torneo marcado por tiroteos, restricciones de viaje, problemas de visado, jugadores retenidos durante horas por migración, árbitros que tienen dificultades para ingresar y aficionados que ni siquiera saben si podrán entrar al país. ¿El mundo entero verá cómo EE. UU. arruina el mayor evento deportivo del año? Con Trump todo es posible” puntualizo.
Se suponía que años de preparativos y la promesa de “un impulso económico multimillonario” convertirían la Copa Mundial de la FIFA 2026 en una dulce victoria que duraría todo el verano para Estados Unidos, pero ello no sucederá. “Trabajé mucho en esto, junto con un gran equipo de personas talentosas”, dijo Donald Trump en una publicación en X cuando Estados Unidos obtuvo la candidatura para ser coanfitrión del evento - junto a Canadá y Méjico - durante su primer mandato. “¡Nunca fallamos, y será una gran Copa del Mundo!”. Como sabéis, coincidiendo con el 250 aniversario de Estados Unidos, la competición se ha presentado como el evento cumbre del país, esperando además que sea un importante impulso para el sector turístico estadounidense, pero hay quienes no son optimistas. Y es que, ad portas de su inicio, los hoteles siguen sin estar completos, las entradas sin vender debido a sus exorbitantes precios y los viajeros no están convencidos, atemorizados por las patrullas paramilitares del ICE a las afueras de los estadios, así como por la propaganda trumpista que se aprecia por todos lados, lo que pone en riesgo al evento deportivo más visto del mundo, que según los analistas, no alcanzara sus expectativas más ambiciosas. Como sabéis, la FIFA y su cuestionado presidente, Gianni Infantino, presentaron la competición de 48 equipos “como una oportunidad crucial para el fútbol en general y para Estados Unidos en particular”, ya que albergará 78 de los 104 partidos, una cifra récord, en 11 de sus ciudades, incluida la final del 19 de julio en el MetLife Stadium, en un país donde el futbol soccer, como lo denominan, no interesa en absoluto a los estadounidenses (cuyos deportes preferidos son el beisbol, el rugby y el básquet), considerándolo “propio de las minorías”, por lo cual es visto con desdén, salvo por los latinos quienes son los únicos que lo siguen. De nada sirvió que les hayan entregado con anterioridad la organización de la Copa Mundial de 1994 o del Centenario de la Copa América en el 2016 (así como del 2024) para masificar el futbol en el país. Ello no ocurrió. En Canadá, donde el hockey sobre hielo es el rey de los deportes, se espera algo similar. Y en cuanto a Méjico, donde la violencia ocasionada por el narcotráfico es imparable, tienen otras prioridades en estos momentos. A pesar de ese fiasco, en un estudio conjunto con la Organización Mundial del Comercio (OMC) publicado en marzo pasado, la FIFA pronosticó alegremente que el torneo “generaría un impacto económico bruto de 80.100 millones de dólares, de los cuales 30.500 millones irían a parar a Estados Unidos” cifras que son muy difíciles que se materialicen. No obstante, prevén que esta “oleada de aficionados genere grandes beneficios para empresas de todo tipo y ciudades, además de aquellas donde se celebren los partidos”. “Las cifras serán sorprendentes”, escribió entusiastamente por su parte la Asociación de Viajes de Estados Unidos en un informe reciente. “Los visitantes internacionales del Mundial prevén gastar más de 5000 dólares por persona; 1,7 veces más que en los viajes internacionales típicos a Estados Unidos” apuntaron. La organización comercial agrego - basándose en encuestas realizadas a más de 9.500 posibles asistentes - “que alrededor de un tercio tiene intención de quedarse más de dos semanas, y que más del 80 por ciento está abierto a visitar destinos más allá de las principales ciudades de entrada, lo que genera oportunidades económicas en comunidades de todo el país". Sin embargo, solo se trata de deseos, ya que todo indica que no se concretaran. Según funcionarios federales y locales, “se han dedicado años de planificación y cientos de millones de dólares a la preparación de las ciudades anfitrionas para el torneo”. Sin embargo, a pesar de todas las grandes promesas y los costosos preparativos realizados, los datos sobre viajes -muchos cancelados a último momento - entradas que no se venden y bajas tasas de ocupación hotelera anticipan un torneo que quedará lejos, no solo económicamente, de los "104 Super Bowls" que el presidente de la FIFA pronosticó el año pasado. Faltando groseramente a la verdad, Infantino dijo en febrero: “Todas las entradas están agotadas”, una afirmación que la organización desmintió a los pocos días. Esto se produjo tras una consulta de The Athletic sobre cómo podía ser cierto, ya que aún aparecían miles de entradas en la página web de la FIFA. Y ahora, todavía quedan muchas disponibles a través de la venta de última hora. Y luego están los mercados de reventa, donde los precios de todos los partidos parecen estar cayendo en picado, según TicketData.com . Los aficionados ahora pueden conseguir, por ejemplo, una entrada para el partido entre las “poderosas” selecciones de Arabia Saudita y Cabo Verde por unos 160 dólares, frente a los 234 dólares de finales de abril y los más de 600 dólares que costaban las entradas para diciembre. Ni así quieren adquirirlas y de seguro tendrán que reducir sus precios en las próximas horas para no perderlo todo. Esta tendencia apunta a un interés mucho menor de lo esperado entre los aficionados, algo que Infantino no previó. y la oferta supera la demanda tanto en lo que respecta a las entradas no vendidas, como al ecosistema de servicios que sustenta el espectáculo. Los indicadores de viajes también apuntan a una menor demanda. Durante el período de reservas de octubre a enero, las reservas de vuelos europeos a Estados Unidos para julio disminuyeron un 24 % interanual, según datos de Cirium citados por Forbes. En cuanto a las ciudades de destino, las reservas para junio -realizadas entre diciembre y enero - cayeron un 5 % y un 8,6 % desde Europa y Asia, respectivamente. Y los hoteles reflejan esa triste realidad. Las tarifas de las habitaciones para los días de partido en varias ciudades anfitrionas, han caído alrededor de la mitad con respecto a los máximos anteriores, según cifras de Lighthouse Intelligence citadas en el Financial Times. En diciembre, Baird Equity Research había proyectado que la competencia “aumentaría los ingresos por habitación disponible (RevPAR) de los hoteles estadounidenses entre 75 y 100 puntos básicos”. Sin embargo, Michael Bellisario, analista sénior de investigación de Baird, declaró a Newsweek que ahora reduciría esta previsión a un nivel más modesto de entre 25 y 30 puntos básicos, debido, entre otras cosas, a la reticencia de los extranjeros a visitar Estados Unidos. Esto coincide con un informe de OysterLink, que pronostica "un modesto aumento en comparación con ciclos anteriores de la Copa del Mundo" para los hoteleros estadounidenses. En tanto, el Boston Business Journal informó en marzo que la propia FIFA había cancelado decenas de miles de habitaciones reservadas en ciudades anfitrionas de Estados Unidos, Canadá y Méjico. Una encuesta realizada por la Asociación Estadounidense de Hoteles y Alojamiento (AHLA) entre propietarios y operadores reveló que el 80% de los que operan en los mercados anfitriones de EE. UU. afirmaron que las reservas estaban "por debajo de las previsiones iniciales". Esta cifra ascendió al 85-90% en Kansas City, donde la demanda está "por debajo de la de un mes típico de junio o julio". “Muchos de los encuestados describen el torneo como un evento insignificante en estas ciudades”, se lee en el informe, “citando la tardía disponibilidad de habitaciones para los miembros de la FIFA y la escasa afluencia de aficionados internacionales como las principales preocupaciones en todos los mercados”. Por su parte, Vijay Dandapani, presidente y director ejecutivo de la Asociación Hotelera de la Ciudad de Nueva York, declaró a Newsweek que la demanda relacionada con la Copa Mundial había quedado muy por debajo de las expectativas. Dandapani afirmó que las reservas en los hoteles de Nueva York habían aumentado apenas "un máximo del 10 por ciento interanual" y que más de la mitad "no había registrado ninguna actividad hasta el momento". “Si bien esperamos que se produzca un repunte a un día de su inicio, no esperamos que alcance las previsiones anteriores”, admitió, y añadió que los hoteles de la ciudad ahora prevén perder más de 100 millones de dólares en ingresos por habitaciones. ¿Pero qué hay detrás de la menor demanda? Incluso para un evento con tanta repercusión mundial como la Copa del Mundo, el entusiasmo de los viajeros sigue estando condicionado por la necesidad de estabilidad y seguridad. "Los visitantes no vienen solo por los partidos, sino que vienen a vivir una experiencia estadounidense", escribió Geoff Freeman, presidente y director ejecutivo de la Asociación de Viajes de Estados Unidos, en un análisis reciente. Estudios y conversaciones con expertos del sector revelan varias razones detrás de la actual baja demanda - desde un dólar fuerte hasta el aumento de las tarifas aéreas -, pero la inquietud internacional por viajar a la América de Trump surgió como un motivo común. La semana pasada, más de 120 grupos emitieron una advertencia a los posibles asistentes, instándolos a tener precaución al viajar a Estados Unidos. “Las preocupaciones sobre la tramitación de visados, el aumento de los costes de viaje, los recargos por transporte y las propuestas de aumento de impuestos en algunos mercados anfitriones están contribuyendo a la incertidumbre y podrían afectar a las visitas internacionales si no se abordan detenidamente”, dijo Hardman. De manera similar, Dandapani señaló "el enfoque draconiano del gobierno federal en materia de visados" como un importante factor disuasorio. La encuesta de la AHLA reveló que el 70 por ciento de los propietarios y operadores de hoteles afirman que las barreras para obtener visados, junto con preocupaciones geopolíticas más amplias, están reduciendo significativamente la demanda internacional. “Los indicadores apuntan a que aún hay oportunidades importantes por delante”, declaró un portavoz de la AHLA. “Prevemos que los estadios estarán llenos, pero para aprovechar plenamente esta oportunidad, Estados Unidos y la FIFA deben garantizar una experiencia acogedora y sin contratiempos para los viajeros internacionales” Pero la realidad es muy distinta a lo que se espera. Con la esperanza de calmar las preocupaciones en torno al control de la inmigración y las posibles dificultades en la frontera, el presidente de la FIFA insistió el año pasado en que “el mundo es bienvenido en Estados Unidos”. Pero las garantías de seguridad no son el único obstáculo para la asistencia, y las bajas ventas revelan que los precios desorbitados de las entradas, incluso para los partidos menos rentables, han demostrado ser una forma eficaz de mantener a algunos aficionados en casa. Según un análisis publicado por The Guardian en diciembre, las entradas más baratas de este año siguen siendo aproximadamente seis veces más caras que el promedio del periodo 2006-2022. En respuesta, Football Supporters Europe, una asociación sin ánimo de lucro de aficionados al fútbol, presentó en marzo una queja formal ante la Comisión Europea contra la FIFA por abusar de su posición de monopolio para imponer precios excesivos en las entradas. Y si bien incluso las entradas más baratas son ahora varias veces más caras que las de Qatar en el 2022, el modelo de "precios dinámicos" de la FIFA permite que los precios aumenten significativamente en función de la demanda diaria. El presidente de la FIFA - que todo lo ve dinero - defendió los exorbitantes precios de las entradas, argumentando que “estaban justificados en un país donde asistir a un partido universitario puede costar cientos de dólares”, y afirmó que “los revendedores siempre respetarían los precios del mercado”. Pero el argumento no convenció a sus posibles asistentes. “¿Quién querría visitar un país con Trump al mando? Sera para que el ICE te agarre en plena vía pública y te expulse de inmediato, sometiéndote a toda clase de humillaciones a pesar de tener tu pasaporte en la mano” expreso uno de ellos. “El hombre que llevó a la quiebra a varios casinos lo vuelve a hacer. Trump es la sentencia de muerte para cualquier negocio” asevero. Y no le falta razón. Con los hoteles casi vacíos y las tribunas de los estadios con grandes vacíos en la mayoría de los encuentros debido a la escasez de aficionados, todo apunta a que el torneo será un sonado fracaso.
Desde su derrota en la II Guerra Mundial, Alemania siempre ha tenido un ánimo revanchista con respecto a Rusia, la cual se acrecentó con el derrocamiento de la dictadura comunista y el colapso del imperio soviético en Europa del Este en los años 90 del pasado siglo, la cual retrotrajo como consecuencia el área de influencia de Moscú prácticamente a sus límites anteriores a 1939, al mismo tiempo que los países liberados del tutelaje ruso, se adhirieron - como ‘medida de protección’ se dijo - inmediatamente a la OTAN, una alianza militar sumamente agresiva a la cual pertenece Alemania, la cual cree que ha llegado la hora de saldar cuentas con “su encarnizado enemigo”. Como sabéis, los titulares están repletos de noticias sobre la creciente discordia en la OTAN. Donald Trump cuestiona abiertamente el valor de los aliados que, en su opinión, no cumplen con su parte de la responsabilidad. Europa Occidental se queja de la falta de fiabilidad de su protector estadounidense, al tiempo que jura lealtad a la alianza atlántica. Sin embargo, bajo el ruido cotidiano, se está gestando algo mucho más significativo: la transformación gradual del orden político y militar de Europa. Durante décadas, Estados Unidos garantizó la seguridad de Europa Occidental mientras los europeos se centraban en la prosperidad y el bienestar. Este acuerdo parece ahora cada vez más inestable. Las prioridades estratégicas de Washington se han desplazado hacia Asia y la confrontación con China. Europa sigue siendo importante como plataforma logística y política para el poder estadounidense, pero ya no es el centro indiscutible de la gran estrategia de Estados Unidos. Trump no creó este proceso, aunque lo ha acelerado drásticamente. Su irritación con la OTAN no es un simple capricho personal. Refleja una conclusión estadounidense más profunda: que la era de financiar indefinidamente la seguridad de Europa Occidental se ha vuelto demasiado costosa y estratégicamente contraproducente. La alianza se creó para otra época y con otro propósito. La OTAN se diseñó para contener a la Unión Soviética y afianzar la influencia estadounidense en Europa. Nunca se concibió como un instrumento global para hacer frente a China. Sin embargo, es precisamente en esa dirección en la que muchos en Washington quisieran impulsarla. Sin embargo, los europeos no comparten la urgencia que Estados Unidos siente respecto a Beijing. Para la mayoría, China es un competidor económico, no una amenaza existencial. Rusia, en cambio, sigue siendo la principal preocupación de seguridad para gran parte del bloque, especialmente para los miembros del norte y del este. Esta divergencia está empezando a transformar la OTAN desde dentro. Francia se ha erigido como la principal defensora de una mayor independencia estratégica en Europa Occidental. París conserva una larga tradición de autonomía militar y aún posee algo que pocas potencias europeas pueden ostentar: una disuasión nuclear genuinamente independiente. Si bien Francia no puede reemplazar de forma realista el paraguas nuclear estadounidense sobre Europa Occidental, busca cada vez más posicionarse como líder ideológico de un bloque más autosuficiente. Mientras tanto, Gran Bretaña continúa su tradicional juego de equilibrio entre la UE y Estados Unidos. Londres insiste en su independencia de Bruselas, al tiempo que busca el apoyo externo de Washington. Los estados del norte y del este mantienen una postura intransigente y están comprometidos con la confrontación con Rusia, independientemente de si Estados Unidos mantiene su plena implicación. El sur de Europa parece mucho menos entusiasta, distraído por la migración, el estancamiento económico y la inestabilidad interna. Sin embargo, como suele ocurrir en la historia europea, el factor decisivo probablemente será Alemania. Gran parte de la Europa de posguerra se construyó en torno a una idea central: Alemania jamás debía volver a ser una potencia geopolítica independiente. Tras 1945, el país quedó dividido, militarmente limitado y estrechamente integrado en las estructuras occidentales bajo la supervisión estadounidense. Incluso la reunificación alemana en 1990 fue aceptada en parte porque Alemania permaneció integrada en la OTAN. En aquel entonces, muchos creían que anclar una Alemania unificada dentro de la alianza atlántica era la opción más segura para Europa e impediría - aseguraban – “el resurgimiento del militarismo alemán” ... vaya equivocación. Irónicamente, esa misma decisión se convirtió en uno de los puntos de partida de la crisis geopolítica actual. La expansión de la OTAN hacia el este creó una arquitectura de seguridad que Moscú consideraba cada vez más hostil y desestabilizadora. Ahora, Europa podría enfrentarse de nuevo a la posibilidad de que Alemania alcance la autonomía estratégica, aunque esta vez en circunstancias completamente diferentes. Como recordareis, el excanciller Olaf Scholz anunció una «nueva era» en el 2022 tras la escalada del conflicto en Ucrania. Durante un tiempo, este lema pareció meramente simbólico. Sin embargo, bajo el actual liderazgo alemán, comienzan a surgir cambios concretos. Berlín debate sobre un rearme acelerado, la ampliación de la infraestructura militar y cambios legislativos destinados a aumentar el reclutamiento para la Bundeswehr. El debate sobre el servicio militar obligatorio, antes impensable desde el punto de vista político, ha vuelto a ocupar un lugar central. Las recientes declaraciones de Franz-Josef Overbeck, obispo militar católico de la Bundeswehr, son reveladoras. Overbeck pidió abiertamente que Alemania enviara tropas al estrecho de Ormuz y defendió que se debería restablecer el servicio militar obligatorio no solo para hombres, sino también para mujeres. Su razonamiento fue directo. “Alemania”, argumentó, “ya no puede permanecer al margen en un mundo cada vez más peligroso”. El mismo discurso esgrimido por Adolph Hitler para rearmar Alemania desde que accedió al poder en 1933. Es probable que muchos dentro de la clase política alemana compartan su opinión en privado. Sin embargo, los políticos se mantienen cautelosos, ya que la sociedad alemana aún se siente profundamente incómoda con el militarismo y el despliegue de tropas en el extranjero. Décadas de cultura política de posguerra, impuesto por los vencedores del IlI Reich, han creado un instinto pacifista que sigue vigente entre los votantes. El obispo por otra parte, a diferencia de los funcionarios electos, puede hablar con mayor libertad. Al mismo tiempo, Alemania se enfrenta a crecientes dificultades económicas. No se trata simplemente de una recesión temporal. El antiguo modelo económico alemán se basaba en gran medida en la energía rusa barata y el crecimiento industrial impulsado por las exportaciones, sin mencionar la estabilidad de la globalización. Gran parte de esos cimientos se han erosionado. Como resultado, debates que antes habrían sido políticamente ‘incorrectos’ ahora se dan abiertamente. La militarización se presenta cada vez más no solo como una necesidad de seguridad, sino también como un potencial motor de renovación económica. Hace tan solo unos años, este tipo de argumentos habrían ocasionado un gran escándalo en Alemania. Pero hoy en día, forman parte del debate público. Es aquí donde la dimensión histórica se vuelve imposible de ignorar. La cultura política alemana se ha caracterizado tradicionalmente por la disciplina y la tendencia a seguir estrategias con notable determinación una vez alcanzado un consenso. En épocas de calma, esto puede ser una enorme fortaleza. Sin embargo, en momentos de confrontación geopolítica, puede volverse peligroso. El camino que sigue Rusia como principal antagonista de Alemania resulta profundamente familiar en la historia europea. Durante décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, muchos creyeron que finalmente se había aprendido la lección. Se suponía que la interdependencia económica entre Rusia y Alemania - a la par de la presencia de tropas rusas en la hoy desaparecida Alemania Oriental - haría irracional una confrontación a gran escala. El derrumbe de esa premisa ha conmocionado a gran parte de Europa. La presión de Trump sobre la OTAN actúa, por lo tanto, como catalizador de cambios que ya estaban en marcha. Europa Occidental se ve empujada, a regañadientes y de forma desigual, hacia una mayor independencia militar. Aún no está claro si esto fortalecerá a la OTAN o la debilitará gradualmente. Sin embargo, es improbable que la alianza se desmorone por completo. Las instituciones de esta envergadura rara vez desaparecen repentinamente. Lo más probable es una transformación gradual hacia algo más reducido y fragmentado. Es posible que dentro de la OTAN surja un bloque central centrado principalmente en contener a Rusia, mientras que Estados Unidos centra cada vez más su atención en Asia. La efectividad de dicho bloque dependerá, sobre todo, de Alemania. Si Berlín acepta plenamente el rearme y la emancipación estratégica de la supervisión estadounidense, el panorama político europeo podría cambiar profundamente y, para el final de la presidencia de Trump, este proceso podría estar ya muy avanzado. Pero el actual resurgimiento militar no se da solo de Alemania, sino también en el resto de Europa, la cual se desarrolla bajo el yugo de élites liberales profundamente ideológicas, obsesionadas con la confrontación con Rusia. Y esta obsesión está llevando al continente a una peligrosa espiral. En Berlín y otras capitales europeas, los círculos políticos se han dejado llevar por la creencia cada vez más extendida de que Rusia “podría atacar a la OTAN y a la UE alrededor del 2029”. Ya sea que se crea sinceramente o se instrumentalice políticamente, estas narrativas tienen enormes consecuencias. Rusia no ha mostrado ningún interés en invadir Europa. Sin embargo, la historia demuestra repetidamente cómo la paranoia estratégica y las suposiciones catastrofistas pueden convertirse en profecías autocumplidas. Esto es precisamente lo que está ocurriendo en Alemania. El ejemplo más simbólico es Lituania. La Brigada Panzer 45 de Alemania, que se espera alcance su plena capacidad operativa en el 2027, representa el primer despliegue permanente de una brigada de combate alemana en el extranjero desde la fundación de la Bundeswehr en la década de 1950. Se prevé que alrededor de 4800 soldados y personal civil estén estacionados cerca de la frontera con Bielorrusia. La brigada está concebida explícitamente como un componente permanente del flanco oriental de la OTAN. Pasaron ocho décadas de que las tropas alemanas avanzaran hacia el este, y las unidades blindadas alemanas vuelven a estar estacionadas permanentemente en la región báltica, frente a Rusia. A ello se suma el debate el regreso del servicio militar obligatorio, que fue abolido en el 2011. La idea de que solo un ejército de voluntarios profesionales puede defender el país se considera cada vez más obsoleta en Berlín. Desde el pasado mes de enero, los jóvenes de 18 años en Alemania reciben cuestionarios para saber si desean prestar servicio militar. Para los hombres, el cuestionario es obligatorio. Las autoridades ya están debatiendo sanciones para quienes se nieguen a completarlo. A partir del 2027, todos los hombres de 18 años podrían someterse a exámenes médicos obligatorios para evaluar su aptitud para el servicio militar. Es más, Alemania incluso introdujo regulaciones que obligaban a los hombres a solicitar permiso antes de emprender viajes largos al extranjero, medidas que finalmente se suspendieron tras la polémica pública, ya que el servicio militar sigue siendo voluntario. Sin embargo, la dirección es obvia. El Estado liberal-democrático está preparando psicológicamente a la sociedad para la movilización masiva. La transformación de Alemania no se produce de forma aislada. Pero al mismo tiempo que Berlín se rearma, Polonia está construyendo lo que pronto podría convertirse en el mayor ejército terrestre de la UE. Varsovia se ha embarcado en uno de los programas de expansión militar más agresivos de Europa, adquiriendo tanques, sistemas de artillería, aviones de combate y sistemas de defensa antimisiles a gran escala. Han dejado en claro, además, que desearían poseer armas nucleares. Si las tendencias actuales continúan, Europa Central pronto albergará dos ejércitos enormes - el alemán y el polaco - que sumarán cerca de un millón de soldados en total. Si a esto le sumamos el arsenal nuclear francés - que cada vez se debate más como un posible paraguas para una defensa europea más amplia -, comienza a perfilarse una arquitectura de seguridad continental completamente nueva. Ya se vislumbran los contornos de un eje París-Berlín-Varsovia, que podría complementarse con las experimentadas fuerzas armadas de Ucrania. Para Rusia, esto resultaría inevitablemente amenazante, independientemente de la retórica europea sobre sus intenciones defensivas. Una UE dominada militarmente por Alemania, Polonia y Francia, alineada con una Ucrania antirrusa, dificultaría enormemente un acuerdo de seguridad paneuropeo. En lugar de construir un orden de seguridad europeo duradero que incluya a Rusia, la UE está construyendo uno cada vez más definido en contra de Rusia. Esta es la tragedia del momento actual. No existe una seguridad europea duradera sin Moscú. Esta es la realidad fundamental que las élites europeas actuales se niegan a comprender. La seguridad europea es inseparable de la seguridad rusa. La geografía, por sí sola, lo garantiza. Cualquier intento de aislar, contener o debilitar permanentemente a Rusia acabará desestabilizando todo el continente. Sin embargo, los actuales líderes europeos recurren cada vez más al lenguaje de la confrontación civilizatoria. Actúan como si Europa pudiera alcanzar la estabilidad mediante la superioridad militar sobre Rusia. Esta es una peligrosa ilusión. Europa necesita urgentemente una renovación que ya no dependan de los EE.UU. Necesita ejércitos más fuertes, espíritu de lucha y confianza en su civilización. También necesita una Alemania fuerte, próspera y ambiciosa. Pero la fuerza sin sabiduría se vuelve peligrosa. El problema no reside en el rearme alemán en sí, sino en el marco ideológico que lo sustenta. Las élites liberales europeas, en decadencia, han fusionado el resurgimiento militar con una visión del mundo antirrusa casi mesiánica. En estas condiciones, la militarización deja de ser una fuerza estabilizadora para convertirse en un factor de aceleración. De esta manera, el continente está entrando en una nueva era de bloques, miedo y escalada. Y una vez que estas dinámicas se consolidan, revertirlas se vuelve extraordinariamente difícil. A ochenta y un años de la caída de la Alemania de Hitler, Europa vuelve a escuchar a políticos alemanes hablar sobre liderazgo militar y preparación para la guerra. Esta vez, insisten en que “la historia está de su lado”. Europa ya ha oído esto antes...
Basada en la novela gráfica digital de Kevin Greviou, escrita y dirigida por Stuart Beattie. Se trata de una coproducción internacional del 2014 entre Estados Unidos y Australia. Producida por Tom Rosenberg, Gary Lucchesi, Richard Wright, Andrew Mason y Sidney Kimmel. Protagonizada por Aaron Eckhart, Bill Nighy, Yvonne Strahovski, Miranda Otto y Jai Courtney. El mundo se ha dividido entre dos clanes inmortales: los Demonios y las Gárgolas. Adam, una criatura de fuerza formidable - creación del Dr. Frankenstein - quien nunca formo parte del conflicto, pero ahora el príncipe infernal Naberius no descansara hasta encontrarlo, por lo que se embarca en un peligroso viaje para impedir que los malvados demonios y su despiadado líder conquisten el mundo. Sucede que, en 1795, el doctor Victor Frankenstein crea un monstruo uniendo partes de cadáveres y reanimándolos. Horrorizado por su creación, intenta destruirlo, pero el monstruo sobrevive y asesina a su esposa Elizabeth. Frankenstein lo persigue hasta el Ártico, pero sucumbe al frío. Cuando el monstruo regresa a casa para enterrar a Frankenstein, es atacado por demonios, pero es rescatado por dos gárgolas, Ophir y Keziah. Lo llevan a una catedral, donde el monstruo conoce a la reina gárgola Leonore y a su segundo al mando, Gideon. Leonore explica que fueron creados por el arcángel Miguel para luchar contra los demonios en la Tierra y proteger a la humanidad. Ella nombra a la criatura "Adán" y lo invita a unirse a ellos, pero él se niega y se marcha. Le dan armas parecidas a bastones para que se defienda, ya que más demonios irán tras él. Las armas le permiten "hacer descender" a los demonios (destruyendo sus cuerpos y atrapando sus almas en el Infierno), ya que llevan grabado el símbolo de la Orden de las Gárgolas. Durante los siguientes 200 años, Adam vive apartado de la sociedad, matando a cualquier demonio que lo persiga y escondiéndose de ellos. Decidido a reintegrarse a la sociedad en la época actual, Adam busca y se enfrenta a un grupo de demonios. Durante la lucha, un policía muere. Esto provoca que las gárgolas vuelvan a convocar a Adam y decidan encarcelarlo como castigo. Un demonio, Helek, que sobrevivió al ataque de Adam, informa a su líder, el príncipe demonio Naberius, que Adam está vivo. Naberius se ha disfrazado del multimillonario empresario Charles Wessex y emplea a los científicos Terra Wade y Carl Avery para realizar experimentos de reanimación de cadáveres. Envía a un grupo de demonios liderados por su guerrera más formidable, Zuriel, a atacar la catedral de las gárgolas y capturar a Adam para que pueda desvelar el secreto de la resurrección de los muertos. En el ataque, muchos demonios son asesinados y 16 gárgolas, incluyendo a Ophir y Keziah, son "ascendidas" (regresan al Cielo y quedan atrapadas allí), pero Zuriel se infiltra, captura a Leonore y la lleva a un teatro abandonado. Adam interroga a un demonio, quien le dice que atrajeron a las gárgolas para capturar a Leonore y así obligarlas a intercambiar a Adam por ella. Gideon recibe instrucciones de intercambiar a Adam con ellos; sin embargo, Adam escapa luego del ataque. Sin Adam, Gideon ofrece intercambiar el diario de Frankenstein por Leonore, que fue encontrado en el cuerpo del doctor la noche en que lo hallaron. Gideon le entrega el diario a Zuriel en el teatro, y Leonore se salva. Adam sigue a Zuriel hasta el Instituto Wessex, donde descubre miles de cadáveres bajo tierra y se entera de que Naberius planea recrear el experimento de Frankenstein reanimando los cadáveres y usándolos como huéspedes para los demonios descendidos, para así reconstruir sus ejércitos y destruir a la humanidad. Adam recupera el diario de Terra y escapa de los demonios. Más tarde, la encuentra y le pide ayuda. Zuriel los ataca, Adam lucha contra él y logra derrotarlo. Adam advierte a las gárgolas restantes del plan de Naberius, ofreciéndoles el diario si logran ponerlo a salvo junto con Terra. Leonore acepta, y cuando Adam se marcha, envía secretamente a Gideon para que lo mate después de que recupere el diario. Tras una violenta lucha, Adam asciende a Gideon y quema el diario de Frankenstein, destruyendo sus secretos antes de que las gárgolas lo persigan. Atrayéndolas fuera de la catedral, Adam las conduce al Instituto Wessex, donde descienden junto a Dekar, la mano derecha de Naberius, y luego luchan contra más demonios. En la batalla que sigue, Adam entra al instituto para rescatar a Terra, quien había sido secuestrada por Naberius y obligada a comenzar el proceso de reanimación de los cadáveres. Naberius vence a Adam e intenta que uno de los espíritus demoníacos lo posea, pero no funciona porque Adam ha desarrollado su propia alma. Adam graba el símbolo de la Orden de las Gárgolas en Naberius, enviándolo al Infierno. El instituto se derrumba y cae a un abismo, donde todos los demonios y los cadáveres poseídos son destruidos, y el plan de Naberius se ve frustrado. Leonore también rescata a Adam y Terra de caer al abismo, y regresan a la catedral. Leonore perdona a Adam por la muerte de Gideon, y Adam se despide de Terra. En la escena final, Adam narra que seguirá defendiendo al mundo de los demonios y se autodenomina "Frankenstein". Una producción que ahora podrás verlo en Netflix.