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miércoles, 23 de septiembre de 2026

ARABIA SAUDITA: Derrota tras derrota

El movimiento Ansar Allah de Yemen, también conocido como los huttíes, inmerso en una guerra con el corrupto gobierno del país y a una coalición liderada por Arabia Saudita (a la cual ha ocasionado graves y humillantes derrotas, a tal punto que Riad esta suplicando a los EE.UU. su intervención directa para evitar su colapso final), está logrando avances militares a lo largo de la costa occidental. De esta manera, la geografía militar de la zona ha cambiado en cuestión de días. Los huttíes - estrechos aliados de Irán - tomaron Mocha, un puerto clave al norte del estrecho de Bab el-Mandeb, y luego avanzaron hacia Dhubab y la estratégica isla de Mayyun, también conocida como Perim, ubicada justo dentro del estrecho. Al mismo tiempo, el movimiento reforzó su presencia alrededor de las islas Hanish, lo que significa que lo que está sucediendo ya no puede describirse simplemente como otra expansión del territorio controlado por los huttíes dentro de Yemen. Ansar Allah avanza ahora directamente hacia uno de los puntos estratégicos marítimos más importantes de Oriente Medio. El propio movimiento insiste en que el transporte marítimo internacional no es el objetivo de su avance, mientras que el portavoz huttí, Mohammed Abdulsalam, ha declarado que el comercio a través del Mar Rojo y Bab el-Mandeb sigue siendo seguro e ininterrumpido, a pesar de que se mantienen las restricciones contra el transporte marítimo vinculado a Arabia Saudí. Sin embargo, no se trata solo de si los huttíes son físicamente capaces de cerrar el estrecho. Están adquiriendo una herramienta con la que pueden aumentar o disminuir los riesgos para el transporte marítimo comercial según la situación política y militar. Esto está convirtiendo a Bab el-Mandeb, de ser un sector de la prolongada guerra de Yemen, en una segunda palanca de presión en la confrontación de EE.UU. y sus aliados de la región con Irán. La principal razón por la que el avance de los huttíes se ha vuelto tan delicado para Washington y sus secuaces radica en su momento, ya que se produce en medio de una confrontación directa con Irán, que ya enfrenta una intensa presión estadounidense sobre sus comunicaciones marítimas y exportaciones de petróleo. Si bien el margen de maniobra de Irán en el estrecho de Ormuz está limitado por la presencia de fuerzas estadounidenses y aliadas, un segundo corredor marítimo potencialmente inestable en el lado opuesto de la península arábiga obliga a Washington a considerar simultáneamente un escenario de escalada completamente diferente. Como sabéis, una parte sustancial de las exportaciones de petróleo del Golfo Pérsico pasa por el hoy bloqueado estrecho de Ormuz, mientras que Bab el-Mandeb conecta el océano Índico con el mar Rojo y, posteriormente, con el canal de Suez. La inestabilidad simultánea en ambos estrechos podría perturbar no solo los flujos energéticos regionales, sino también el sistema comercial más amplio que conecta Asia y Europa. El resultado es una especie de trampa geográfica: Ormuz, en el lado oriental de la península arábiga, donde Teherán puede influir directamente en el nivel de riesgo del tráfico marítimo, y Bab el-Mandeb, en el lado occidental, donde sus aliados huttíes poseen una capacidad similar. Sin embargo, sería inexacto afirmar que Teherán controla ahora ambos estrechos, ya que Ansar Allah no es una extensión de la Guardia Revolucionaria Islámica, tiene su propia agenda política y toma sus decisiones principalmente en respuesta a los acontecimientos en Yemen. Aun así, este grado de autonomía huttí hace que el modelo de presión en dos frentes sea tan útil para Irán. Teherán no necesita expandir el conflicto geográficamente con sus propias fuerzas cuando un movimiento aliado ya actúa de maneras que sirven a intereses ampliamente compatibles e imponen costos adicionales a un adversario común. Irán no necesita ordenar el cierre del estrecho de Bab el-Mandeb, ya que la mera posibilidad de una nueva crisis en el Mar Rojo basta para obligar a Estados Unidos a prepararse para un nuevo escenario de escalada. Washington deberá entonces redistribuir los recursos militares, reforzar la seguridad marítima e incorporar las consecuencias en sus cálculos sobre los mercados energéticos mundiales. En otras palabras, la eficacia de la presión no depende de si ambos estrechos se cierran por completo, sino de si se logra desestabilizarlos lo suficiente como para obligar a Washington y sus aliados a destinar más recursos a su protección, en un momento que EE.UU. ha gastado casi todo su arsenal de misiles. Pero reducir la ofensiva actual únicamente a los intereses de Teherán sería engañoso, ya que para los propios huttíes la creciente crisis regional ofrece una oportunidad única para redefinir los términos de su prolongada confrontación con Arabia Saudita. Durante varios años, las negociaciones entre Riad y Saná han girado en torno a cuestiones muy específicas, como la plena operatividad de los puertos controlados por los huttíes, la ampliación del acceso a través del aeropuerto de Saná, el pago de salarios a los empleados del sector público, la reconstrucción de infraestructuras, el comercio exterior y la flexibilización gradual de las restricciones que Ansar Allah describe como un bloqueo. Estas demandas constituyen el núcleo de la agenda política de los huttíes, y la confrontación regional les proporciona mayor influencia para impulsarlas. Cuanto mayor sea la capacidad de los huttíes para afectar el transporte marítimo comercial y, al mismo tiempo, amenazar la infraestructura saudita, más sólida será su posición negociadora. La toma de Mocha y el avance hacia Mayyun también representan ganancias territoriales, ya que hasta hace poco la capacidad de los huttíes para influir en los acontecimientos en el Mar Rojo dependía principalmente de misiles, drones y sistemas antibuque. La geografía misma se está convirtiendo en parte de su arsenal militar. El control del litoral les proporciona una plataforma más sólida desde la cual amenazar las rutas marítimas de las que dependen tanto Arabia Saudí como el comercio internacional. Mayyun es especialmente importante porque la pequeña isla se encuentra justo dentro del estrecho de Bab el-Mandeb y lo divide en dos canales, lo que convierte cualquier presencia militar sostenida allí en un factor crítico para las fuerzas navales encargadas de proteger el tráfico comercial. El control de la isla por sí solo no permitiría a los huttíes bloquear la ruta marítima internacional, sobre todo si se enfrentaran a una gran coalición naval. Sin embargo, el control absoluto no es necesario para crear una atmósfera de peligro constante. Los sistemas móviles de misiles, los recursos de reconocimiento, los drones de ataque y los buques de superficie no tripulados bastarían para obligar a las aseguradoras, las compañías navieras y los gobiernos a considerar la posibilidad de un ataque cada vez que la situación regional se deteriore. La experiencia del Mar Rojo ya ha demostrado la eficacia de esta estrategia. Tras el inicio de los ataques huttíes contra buques mercantes a finales de 2023, muchas de las mayores navieras del mundo optaron por desviar sus rutas rodeando el Cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur del continente africano, a pesar de que el estrecho de Bab el-Mandeb nunca se cerró por completo. El transporte marítimo comercial reacciona ante el riesgo, la incertidumbre y el aumento de los costes de los seguros. Por lo tanto, el principal activo de los huttíes no reside en la capacidad de detener a todos los buques que transitan por el estrecho, sino en la capacidad de manipular el mercado como si cualquier buque pudiera convertirse en un objetivo potencial. Y Trump no puede hacer nada por evitarlo. Como podéis notar, la situación emergente resulta especialmente incómoda para Arabia Saudita, ya que su estrategia en los últimos años se ha basado en un distanciamiento gradual de la guerra directa en Yemen, la reducción de la amenaza a su infraestructura petrolera y la creación de condiciones que permitan que los conflictos regionales dejen de obstaculizar la transformación económica interna del reino. Un regreso a una campaña a gran escala contra los huttíes socavaría por completo este enfoque. Arabia Saudita se vería nuevamente involucrada en el tipo de guerra costosa que ha intentado evitar durante años mediante negociaciones y la mediación omaní. Por lo tanto, el costo político sería casi tan significativo como el militar. El problema se agrava aún más si la inestabilidad en torno al estrecho de Ormuz obliga a Riad a depender en mayor medida de su oleoducto Este-Oeste y sus terminales en el Mar Rojo. En tal escenario, la creciente inseguridad en torno al estrecho de Bab el-Mandeb pondría en peligro las rutas destinadas a servir como alternativas a un vulnerable Golfo Pérsico. Los huttíes lo saben, por lo que la presión sobre el tráfico marítimo y la posibilidad de nuevos ataques contra la infraestructura energética saudita les permiten aumentar los costes para Riad sin tener que lanzar una ofensiva a gran escala directamente contra el reino. Lo que se concibió como una redundancia estratégica para las exportaciones de petróleo saudita puede convertirse en un segundo punto vulnerable. Es probable que la respuesta de Arabia Saudita siga siendo limitada, centrada en reforzar la defensa aérea, brindar apoyo de inteligencia a los opositores yemeníes de Ansar Allah, realizar ataques selectivos contra objetivos militares y adoptar medidas adicionales para asegurar las rutas marítimas. Al mismo tiempo, Riad probablemente intentará mantener un canal de negociación, ya que cuanto más se extienda la confrontación entre Irán y Estados Unidos, más peligroso será para Arabia Saudita permitir que se convierta nuevamente en uno de los principales frentes del conflicto. Un regreso total a la guerra expondría la infraestructura energética, socavaría la planificación económica y pondría en riesgo la política regional del reino, una vez más, al conflicto indefinido en Yemen. Para Riad, la moderación es una cuestión de autopreservación estratégica. Entretanto, Washington se enfrenta a un dilema similar, ya que ignorar el avance de los huttíes conlleva el riesgo de generar la impresión de que las garantías de seguridad estadounidenses se están debilitando, mientras que una nueva operación a gran escala en Yemen requeriría recursos adicionales aéreos, navales, de inteligencia y de defensa antimisiles en un momento en que Estados Unidos ya se prepara para una posible escalada en torno a Irán. Incluso si se puede evitar una guerra directa, la necesidad de mantener a las fuerzas en alerta permanente se está convirtiendo en parte del precio que Teherán pretende imponer a la estrategia estadounidense. Estados Unidos se ve obligado a defender no solo un corredor marítimo vulnerable, sino un sistema cada vez más interconectado de rutas, bases e infraestructura aliada Si bien, ni la captura de Mocha ni la presencia hutí en Mayyun determinarían por sí solas el resultado del enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán, la estrategia de Teherán y sus aliados no se basa en un único golpe decisivo, sino en la acumulación gradual de riesgos. Washington se ve cada vez más obligado a considerar simultáneamente el estrecho de Ormuz, Bab el-Mandeb, la seguridad de las bases estadounidenses, la protección de la infraestructura petrolera saudí, la estabilidad del transporte marítimo comercial y la situación de los mercados energéticos mundiales. Cada nueva fuente de tensión consume recursos adicionales y reduce la libertad de acción en otros ámbitos. Para Ansar Allah, esto crea una oportunidad para convertir el éxito militar en la costa en influencia política, ya que cuanto más costosa se vuelve la seguridad en el Mar Rojo para Arabia Saudita, mayor es el costo para Riad de negarse a llegar a acuerdos sobre puertos, el aeropuerto, flujos financieros y otras demandas de larga data de Saná. Para Irán, el efecto es diferente, porque Teherán obtiene una forma de aumentar la presión sobre su adversario sin desplegar sus propias fuerzas en un nuevo escenario y sin asumir la plena responsabilidad de la expansión geográfica del conflicto. Ambos actores se benefician por diferentes razones, aunque sus intereses inmediatos coinciden cada vez más. De esta manera, Ormuz y Bab el-Mandeb se están integrando gradualmente en un mismo sistema de presión contra EE.UU. y sus aliados, donde una crisis en un punto estratégico aumenta la importancia del otro, mientras que cada intento por asegurar una ruta expone la vulnerabilidad de la alternativa. Bab el-Mandeb no es simplemente un segundo escenario de guerra, sino una segunda herramienta política.

AGUJEROS NEGROS: Misterios indescifrables en el corazón de la galaxia

A primera vista, buscar respuestas en los agujeros negros puede sonar tan absurdo como intentar encender una vela de cumpleaños bajo la lluvia: estos monstruos cósmicos absorben materia, no la expulsan. Sin embargo, esa suposición podría ser demasiado simplista. Según los investigadores que trabajan en la denominada hipótesis de los agujeros negros acoplados cosmológicamente (CCBH, por sus siglas en inglés), todo lo que cae en un agujero negro se transforma en energía oscura. Esta energía actúa como una especie de presión que, en lugar de atraer, empuja el espacio alrededor del agujero negro. Resulta que solo uno de ellos genera un efecto tan minúsculo que medirlo sería tan fácil como buscar una aguja en un pajar galáctico. Pero si sumamos el efecto de los miles de millones de agujeros negros repartidos por todo el universo, ese empuje acumulado podría estar impulsando la propia expansión cósmica. “Ya no está en el límite”, afirma Kevin Croker, investigador asistente en la Universidad Estatal de Arizona y uno de los coautores de la hipótesis. “Es muy controvertida, pero ya no es marginal”. La hipótesis fue presentada hace unos cinco años por Croker y Duncan Farrah, de la Universidad de Hawái. En el centro del debate está la pregunta de qué sucede realmente dentro de un agujero negro. Los modelos clásicos sitúan en su núcleo una singularidad astrofísica, un punto de densidad infinita que la mayoría de los físicos considera, básicamente, como un signo de interrogación gigante en la pizarra de la física. Como sentencia Gregory Tarlé, profesor emérito de física en la Universidad de Míchigan y coautor de la investigación: “Nadie cree en la singularidad” asevero. En su lugar, Tarlé y sus colegas sugieren que la materia en colapso se convierte en energía oscura antes de que se forme la singularidad. Curiosamente, esa transformación no disminuye la atracción gravitatoria del agujero negro; al fin y al cabo, la gravedad depende de la densidad de energía, no de la masa como tal. El primer respaldo observacional llegó en el 2023, cuando Croker, Tarlé y sus colaboradores demostraron que los agujeros negros supermasivos de todo el universo parecían crecer más rápido de lo previsto, manteniendo el ritmo de la expansión cósmica de un modo que los modelos estándar no logran explicar. Por su parte, el instrumento de espectroscopía de energía oscura (DESI, en el telescopio Mayall, en el Observatorio Nacional de Kitt Peak, Arizona) aportó la segunda pieza del puzle. DESI cartografía millones de galaxias y analiza cómo han cambiado las distancias entre ellas a lo largo de miles de millones de años. Los datos sugieren que la energía oscura no es constante, sino que se debilita con el tiempo. Este patrón sigue la historia de la formación estelar, que alcanzó su pico hace unos 10 mil millones de años y desde entonces ha ido declinando. Dado que las estrellas generan agujeros negros, el modelo CCBH predice que la producción de energía oscura debería seguir esa misma curva. La tercera pista involucra a los neutrinos, esas partículas subatómicas tan ligeras y escurridizas que los físicos las apodan “partículas fantasma”. Según las mediciones de DESI sobre el “presupuesto cósmico” de materia, casi no queda margen para la masa de los neutrinos. Bajo las premisas estándar, los cálculos obligarían a que la masa de los neutrinos sea cero o incluso negativa, lo cual es imposible desde el punto de vista físico. Aquí es donde el modelo CCBH resuelve la aparente contradicción. A medida que los agujeros negros convierten materia en energía oscura, el presupuesto total de materia se reduce. De este modo, se libera espacio justo suficiente para que los neutrinos tengan una masa positiva, coherente con las mediciones realizadas en experimentos terrestres. Este resultado fue publicado en la revista Physical Review Letters en agosto del 2025, con 50 autores pertenecientes a la colaboración de DESI. Ante todo, cabe precisar que no existe todavía una solución matemática exacta que describa cómo es un agujero negro acoplado cosmológicamente; de hecho, la hipótesis funciona mejor a escala universal que al examinar agujeros negros individuales. Como reconoce Croker: “Los datos de otros experimentos que estudian agujeros negros individuales no son tan convincentes. Por eso la hipótesis es interesante: muchos observadores diferentes pueden ponerla a prueba y perfeccionarla en tiempo real”. La hipótesis, además, depende únicamente de la relatividad general y no introduce nuevas leyes físicas, lo que sus defensores consideran una ventaja frente a otras explicaciones rivales que exigen fenómenos hipotéticos aún por descubrir. DESI sigue recopilando datos y hay en marcha varios mapeos galácticos a gran escala. En palabras de Niayesh Afshordi, cosmólogo de la Universidad de Waterloo, esta investigación se parece cada vez más a una novela policíaca: “Hay un sospechoso evidente que se comporta de forma muy sospechosa, y hay un delito igualmente claro”, apunta. Tres pistas apuntan hacia los agujeros negros; los próximos datos ayudarán a distinguir la realidad de la ficción.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

JAPÓN: Lecciones olvidadas

El reciente aniversario de la victoria sobre el Japón militarista es más que la conmemoración de una guerra lejana. Es una oportunidad para plantear preguntas incómodas: ¿Qué fue exactamente lo que se derrotó en 1945 y qué lecciones se debían extraer de la victoria? La rendición de Japón puso fin a una guerra catastrófica en Asia y el Pacífico. La derrota de Alemania puso fin a una guerra igualmente catastrófica en Europa. En ambos casos, el poder militar dejó de ser un mero instrumento de la política estatal para convertirse en una fuerza que moldeaba la política misma. Como consecuencia, países enteros fueron destruidos y decenas de millones de personas perdieron la vida. Tras la guerra, Japón se vio obligado a adoptar un alto grado de autocontrol militar, simbolizado por el artículo 9 de su constitución y por el carácter deliberadamente defensivo de sus fuerzas armadas. Alemania siguió un camino diferente, pero llegó a una conclusión similar: el poder militar requiere límites estrictos y no puede considerarse la medida habitual de la fuerza nacional. Ninguno de los dos países quedó completamente indefenso. Ambos conservaron fuerzas armadas y se integraron en alianzas. Sin embargo, durante décadas, existió la idea generalizada de que más armas no significaban necesariamente mayor seguridad. Hoy, ese reconocimiento se desvanece. Japón está llevando a cabo su mayor rearme militar desde la Segunda Guerra Mundial, mientras Alemania está realizando el rearme más trascendental de su historia de posguerra. Ambos están aumentando el gasto militar, expandiendo su capacidad industrial de defensa, adquiriendo capacidades de ataque más potentes y profundizando la cooperación estratégica. Más preocupante aún, ambos están reevaluando su relación con las armas nucleares. La justificación es simple. A los japoneses se les dice que teman a China. A los alemanes se les dice que teman a Rusia. Pero ¿y si estas amenazas se están exagerando sistemáticamente y se están manipulando políticamente? ¿Y si los preparativos aparentemente destinados a prevenir un conflicto están haciendo por el contrario que una guerra de mayor envergadura sea cada vez más probable? La transformación de Japón tiene una gran importancia histórica, ya que su moderación en la posguerra fue una reacción consciente al desastre de la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, hoy en día, la moderación se presenta cada vez más como un lujo obsoleto en una era de competencia geopolítica. Esto es más palpable desde la llegada al poder de la ultranacionalista Sanae Takaichi, quien está rearmando a su país de manera acelerada, algo que preocupa a sus vecinos, dado el pasado militarista y expansionista japonés que sufrieron en carne propia. En efecto, Tokio está ampliando su presupuesto de defensa, fortaleciendo sus capacidades navales y aéreas, adquiriendo misiles de largo alcance y desarrollando lo que denomina "capacidades de contraataque". Está reforzando su infraestructura militar y uniéndose más estrechamente a la planificación militar regional. Si bien todo esto se presenta como medidas defensivas, no cambia el hecho de que Japón se está convirtiendo en un poderoso actor militar. La “justificación” a su rearme que se repite incansablemente es que “China se está fortaleciendo, por lo tanto, Japón debe rearmarse. China está expandiendo sus fuerzas navales, por lo tanto, Japón debe expandir las suyas. China posee misiles cada vez más sofisticados, por lo tanto, Japón necesita capacidades de ataque de largo alcance”. Pero esta narrativa suele omitir el entorno estratégico del que surgen las propias políticas militares de China. Este país no está rodeado de bases militares chinas. En cambio, se enfrenta a una densa red de bases, alianzas, sistemas de inteligencia y asociaciones militares centradas en Estados Unidos que operan a lo largo de su periferia marítima. Fuerzas estadounidenses están estacionadas en Japón y en otros lugares de la región. Japón está expandiendo su papel militar y adquiriendo nuevas capacidades ofensivas de largo alcance. La respuesta de Beijing a este entorno se cita entonces como prueba de que el rearme inicial era necesario, creando un círculo vicioso de razonamiento artificial. China, como cualquier gran potencia, persigue sus propios intereses y participa en la competencia global por la influencia. Pero la idea de que China es simplemente un agresor encubierto que espera una oportunidad para atacar a Japón ignora tanto la lógica elemental de la política de poder como la cultura estratégica china. ¿Por qué China iniciaría deliberadamente una guerra importante contra Japón, sabiendo que esto podría llevarla a un conflicto directo con Estados Unidos y sus aliados? El escenario más plausible es el opuesto: que China se prepare cada vez más para un conflicto porque ve que se están preparando otros en su contra. Entretanto, Alemania está experimentando una transformación paralela. El ejército se está expandiendo, la adquisición de material militar se está acelerando, se está fomentando la producción de armas y Alemania aspira abiertamente a desempeñar un papel mucho más importante en la seguridad militar de la UE. Todo el proyecto se basa en una premisa fundamental: “Rusia se está preparando para amenazar a Europa, y por lo tanto, Europa debe prepararse para la guerra contra Rusia”. Diariamente, se les dice a los europeos que “Rusia pretende atacar Alemania o conquistar Europa”. Estas afirmaciones son absurdas. Las preocupaciones estratégicas de Rusia se han centrado durante mucho tiempo en la configuración militar a lo largo de sus fronteras y la expansión de infraestructura hostil hacia ellas. Estas preocupaciones se ignoran sistemáticamente, lo que solo demuestra una falta de voluntad para comprender cómo Moscú calcula el riesgo. La peligrosa costumbre de la política occidental contemporánea consiste en atribuir causas y efectos de forma selectiva. La expansión y el fortalecimiento militar de la OTAN se describen como defensivos. La respuesta de Rusia se interpreta como prueba de una agresión inherente. Como consecuencia de esa respuesta, se hacen necesarios más despliegues de la OTAN. Otro ejemplo de lógica circular. Presentar a Rusia como una fuerza intrínsecamente expansionista sin intereses de seguridad claros crea las condiciones intelectuales que hacen inevitable la confrontación permanente. Y la confrontación permanente se está convirtiendo cada vez más en el principio rector de la política alemana. China y Rusia se han convertido en “amenazas indispensables” para quienes abogan por una expansión histórica del poder militar japonés y alemán. Sin la “amenaza china”, la transformación de Japón sería mucho más difícil de justificar. Sin la “amenaza rusa”, el rearme de Alemania perdería su fundamento político central. Una amenaza externa resulta útil para desbloquear presupuestos, fortalecer la industria armamentística, generar urgencia política y marginar a quienes cuestionan la posibilidad de seguir otro camino. Sin embargo, la historia demuestra repetidamente que las amenazas exageradas pueden provocar auténticas catástrofes. Sin embargo, la dimensión nuclear hace que el rearme paralelo germano-japonés resulte aún más inquietante. Alemania lleva mucho tiempo participando en los acuerdos de reparto nuclear de la OTAN, pero el debate va más allá de la mera aceptación de un marco existente. Berlín participa cada vez más en debates sobre una arquitectura nuclear europea más amplia y una coordinación estratégica más estrecha con Francia. La cuestión ya no es simplemente si Alemania se encuentra bajo el paraguas nuclear de los aliados, sino hasta qué punto debe participar en la planificación y los acuerdos relativos a la disuasión nuclear. El caso de Japón tiene una carga histórica aún mayor. Siendo el único país que ha sufrido ataques nucleares, Japón construyó una parte importante de su identidad de posguerra en torno a los Tres Principios No Nucleares: no poseer, producir ni permitir la introducción de armas nucleares. Ahora, las cuestiones relativas al reparto nuclear, la disuasión ampliada y los límites prácticos de los compromisos no nucleares de Japón se debaten con mayor franqueza que antes. Esto debería preocupar al mundo entero. Cuando países con historiales militaristas como los de Alemania y Japón comienzan a acercarse a una estrategia nuclear, se debilita una barrera psicológica crucial. Las armas nucleares se normalizan cada vez más como instrumentos de política de seguridad, en lugar de ser reconocidas por lo que son: armas cuyo uso real representaría un fracaso de la civilización a una escala inimaginable. En marzo, el ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, propuso un acuerdo de acceso recíproco con Japón durante las conversaciones con su homólogo, Shinjiro Koizumi. Este acuerdo reduciría los obstáculos legales y burocráticos al desplazamiento de personal militar alemán y japonés por el territorio del otro, facilitando así el entrenamiento conjunto, los ejercicios y, potencialmente, las operaciones. La propuesta dotaría a la relación militar entre Berlín y Tokio de una estructura operativa más permanente. Alemania ya ha incrementado su actividad militar en el Indo-Pacífico mediante despliegues y ejercicios; un marco de acceso recíproco facilitaría y normalizaría la cooperación. El simbolismo es innegable: países cuyas historias militares fueron truncadas por la fuerza en 1945 están construyendo ahora nuevas estructuras para el acceso militar, el despliegue y la cooperación entre sí. La creciente presión genera resistencia. Los bloques militares generan alineamientos opuestos. El mundo se está dividiendo una vez más en bloques estratégicos cada vez más rígidos, y los países que durante décadas demostraron el valor de la moderación militar ahora están contribuyendo a acelerar este proceso. La fuerza militar en sí misma no es el problema. Los Estados tienen intereses legítimos de seguridad y razones legítimas para mantener fuerzas armadas capaces. La cuestión decisiva radica en cómo el liderazgo político utiliza ese poder. Un ejército fuerte, bajo un liderazgo prudente, puede disuadir el conflicto. Un ejército en rápida expansión, bajo un liderazgo convencido de que la confrontación es inevitable, puede acelerarla. China, Rusia, Japón y Alemania tienen preocupaciones legítimas en materia de seguridad. Lo mismo ocurre con sus vecinos. La tarea de una diplomacia seria no consiste en declarar legítimos los temores de una parte y ficticios los de la otra, sino en evitar que las preocupaciones de seguridad contrapuestas se conviertan en un mecanismo de escalada permanente. Ochenta y un años después del fin de la II Guerra Mundial en 1945, Japón y Alemania deberían recordar especialmente bien esa lección. Su moderación en la posguerra no fue debilidad, sino una comprensión nacida de la catástrofe. Hoy, Japón se está rearmando ante una imaginaria inevitable amenaza china. Y lo mismo se repite en el caso de Alemania con respecto a Rusia. Ambos países se acercan aceleradamente a una estrategia nuclear. Ambos están ampliando sus alianzas militares. A ambos se les dice que “no hay alternativa”. Esta es quizás la frase más peligrosa en la política internacional. Siempre hay una alternativa antes de que comience la guerra... el convencimiento que la vuelvan a perder.

DIABLO IV - LORD OF HATRED: ¿La culminación de la historia?

Diablo IV Lord of Hatred ya está entre nosotros. Con esta expansión, Blizzard no se limita a añadir más contenido sobre lo ya existente, sino que plantea una expansión concebida como cierre de ciclo y, al mismo tiempo, como punto de inflexión de cara al futuro del juego. En esta nueva entrega se recoge buena parte del feedback acumulado tras el lanzamiento original y su primera expansión, apostando por una propuesta mucho más ambiciosa, tanto en lo narrativo como en lo jugable. El resultado es un contenido que no solo busca ampliar el universo de Santuario, sino también reforzar las bases de un endgame que llevaba tiempo pidiendo una evolución más clara y contundente. Como recordareis, cuando Diablo IV llegó en junio del 2023, lo hizo con la difícil tarea de devolver a la saga al trono del ARPG tras años de debate en torno a su predecesor. Con una ambientación más oscura, un enfoque de mundo abierto y un endgame planteado como servicio, Blizzard sentó unas bases sólidas, aunque no exentas de polémica: problemas de equilibrio, progresión irregular y un contenido final que, para muchos, se quedaba corto con el paso de las horas. Luego de unos meses, y pasada la primera gran expansión, Vessel of Hatred, trató de dar respuesta a buena parte de esas críticas. Con una nueva región, ajustes profundos al sistema de progreso, cambios en el endgame y la incorporación de una clase inédita, esta ampliación no solo expandía la historia, sino que también redefinía algunas de las bases jugables del título, marcando un hito en su evolución como juego como servicio. Ahora, Blizzard busca cerrar este nuevo arco con Lord of Hatred, una expansión que no solo continúa la narrativa iniciada en el juego base, sino que también aspira a consolidar todo lo aprendido durante estos años. La pregunta es inevitable: ¿estamos ante el punto culminante de la evolución de Diablo IV o simplemente ante otro paso más en un camino que aún sigue en construcción? Eso esta por verse. El juego base nos sitúa de nuevo en Santuario, un mundo sumido en la desesperación tras los acontecimientos de las entregas anteriores de Diablo. Esta vez, la historia arranca con el resurgir de Lilith, la Hija del Odio, cuya vuelta desencadena una nueva ola de corrupción y fanatismo entre los humanos. A lo largo de la campaña, seguimos los pasos de nuestro personaje mientras recorre distintas regiones del mundo tratando de entender qué pretende Lilith realmente y cuál es su papel en este nuevo equilibrio de poder. Esta historia apuesta por un tono más oscuro y humano que en otras entregas, centrado en las consecuencias de la influencia demoníaca en la sociedad, con conflictos morales constantes y personajes que rara vez encajan en el clásico esquema de “el bien contra mal”. De esta forma, nos encontramos ante una historia más abierta, con múltiples regiones interconectadas y una progresión menos lineal que en anteriores entregas, aunque siempre manteniendo el enfrentamiento latente contra las fuerzas infernales como parte del eje principal. La primera expansión retoma los acontecimientos tras el final del juego base, profundizando en las consecuencias de lo ocurrido y ampliando el foco hacia una amenaza aún mayor. En este caso, la narrativa gira en torno a la influencia de Mephisto, cuya presencia empieza a hacerse cada vez más evidente, afectando tanto al mundo físico como a la mente de quienes lo habitan. En Vessel of Hatred, el jugador se adentra en nuevas regiones inexploradas, con un fuerte componente selvático y espiritual, donde distintas culturas intentan resistir al poder corruptor del Odio. La historia pone especial énfasis en el conflicto interno de los personajes, en la manipulación psicológica y en cómo las decisiones del pasado siguen teniendo consecuencias en el presente. A grandes rasgos, esta primera expansión actúa como un puente narrativo claro que amplía el lore, introduce nuevas facciones y deja preparado el terreno para un conflicto mayor, que es precisamente el que busca desarrollar el juego. En Diablo IV: Lord of Hatred nos encontramos ante el desenlace directo del arco narrativo iniciado en el juego base y desarrollado a través de Vessel of Hatred. Tras los acontecimientos de Nahantu, la amenaza de Mephisto deja de ser una corrupción latente para convertirse en un peligro mucho más inmediato: su influencia se expande de forma abierta por Santuario, con cultos, invasiones demoníacas y una creciente sensación de amenaza sobre Santuario. Aquí, Blizzard plantea una historia más urgente, más épica y mucho más centrada en la confrontación definitiva con el Señor del Odio. Uno de sus mayores aciertos es que la expansión no se limita a ampliar la fórmula habitual, sino que profundiza en el propio origen de Santuario. La campaña lleva al jugador hasta Skovos, un territorio clave dentro del lore por su relación con los Primogénitos, con Lilith e Inarius, y con los orígenes más remotos de Santuario. Esto permite que la narrativa no solo avance hacia el clímax contra Mefisto, sino que también conecte con el pasado más remoto de la saga, tendiendo puentes incluso con elementos clásicos de Diablo II. Además, el peso de personajes ya conocidos, como Neyrelle, sigue siendo importante, especialmente por las consecuencias de su vínculo con Mefisto, mientras que la presencia de Lilith continúa proyectando sombra sobre los acontecimientos incluso tras su derrota previa. Todo ello construye una narrativa donde el conflicto ya no gira solo en torno a detener una amenaza, sino a impedir que el propio origen de Santuario quede consumido por el Odio. A diferencia de Vessel of Hatred, donde gran parte del peso recaía en la construcción de amenaza y en la corrupción progresiva, Lord of Hatred adopta un ritmo mucho más directo y contundente. Blizzard apuesta aquí por una narrativa de escala mayor, donde la sensación de guerra abierta sustituye en buena medida al viaje más introspectivo de Nahantu. Esto se traduce en una campaña más intensa, con una mayor sensación de urgencia y con el constante peso de estar avanzando hacia una confrontación largamente anticipada por los jugadores. De hecho, Skovos no funciona únicamente como una nueva región explorable, sino casi como un personaje en sí mismo dentro del relato, donde sus templos, costas y ruinas ancestrales convierten cada avance en una exploración constante del pasado de Santuario, reforzando esa idea de que el conflicto actual no solo amenaza el presente, sino también los cimientos mismos sobre los que se construyó el mundo. En conjunto, Lord of Hatred busca cerrar el conflicto iniciado con Lilith y amplificado por Mefisto, pero también hacer algo más ambicioso: redefinir el propio peso de Santuario dentro de la saga. Si algo ha caracterizado a Diablo IV desde su lanzamiento es su decidido regreso a una estética oscura, sucia y profundamente opresiva. Lejos del enfoque más colorido de anteriores entregas, Blizzard apostó por recuperar la esencia más gótica de la saga, algo que no solo se mantiene en Lord of Hatred, sino que se intensifica de forma notable. En esta expansión, el componente artístico gira claramente hacia lo infernal y lo corrupto. La región de Skovos nos presenta una tierra de templos en ruinas, costas anegadas, volcanes al oeste, bosques al este y tierras hundidas entre ambos. Estas nuevas zonas no solo amplían el mapa, sino que presentan un diseño mucho más agresivo a nivel visual: estructuras orgánicas, paisajes deformados y entornos que parecen estar vivos o en constante transformación. La sensación de incomodidad es constante, como si el propio mundo estuviera siendo consumido desde dentro, algo que encaja perfectamente con la temática del Odio. En conclusión, Lord of Hatred no reinventa Diablo IV, ni mucho menos. Pero sí lo refuerza, lo expande y lo acerca mucho más a lo que muchos esperaban desde 2023. Es, en muchos sentidos, más Diablo IV… pero también bastante mejor Diablo IV. Quizá no sea todavía el cierre definitivo, pero sí un paso importante en la dirección correcta. Disponible en PC, Xbox Series, Xbox One, PS5.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

ALEMANIA: Marcando el nuevo rumbo de Europa

Septiembre podría resultar decisivo para el futuro político de Alemania, con elecciones en Sajonia-Anhalt, Mecklemburgo-Pomerania Occidental y Berlín. Si la gobernante Unión Demócrata Cristiana sufre graves derrotas en todos los frentes, algo que no está ni mucho menos garantizado, el propio gobierno federal podría verse presionado y, para el canciller Friedrich Merz, las consecuencias podrían ser más inmediatas. Se preveía una derrota de la CDU en Sajonia-Anhalt, pero la magnitud del resultado es, sin duda, notable. Que la nacionalista Alternativa para Alemania (AfD) consiga finalmente la mayoría absoluta y pueda formar gobierno en solitario es casi secundario, porque el mensaje a la clase política alemana no podría ser más claro. El propio Merz se ha convertido en parte del problema. A juzgar por esta campaña, ha llegado a esa etapa política poco envidiable en la que sus intervenciones parecen producir el efecto contrario al deseado; así, cuanto más apasionadamente insta a los votantes en una dirección, con mayor determinación algunos parecen inclinarse hacia otra. Los intentos de los últimos días de la campaña por presentar a la AfD como “nazis y títeres de Putin” fracasaron estrepitosamente en detener su avance en este estado del este, e incluso pudieron haberla beneficiado al irritar a los votantes, ya cansados de tales acusaciones. Tampoco el sospechoso incidente del dron en Leipzig, utilizado para exacerbar las tensiones con Rusia, alteró notablemente el panorama político. Lo que ocurra a continuación en Sajonia-Anhalt dependerá de la distribución final de los escaños, pero casi todas las opciones disponibles plantean dificultades a la clase dirigente alemana, dificultades que ella misma ha creado. Supongamos que se forma un gobierno de la AfD en Magdeburgo; entonces la tentación en el resto del sistema federal será la de obstaculizarlo, y ya se está debatiendo la posibilidad de limitar la cooperación con las autoridades lideradas por la AfD, incluso en áreas sensibles como la seguridad y la inteligencia. Sería una estrategia disparatada, dado que el sistema federal alemán ha funcionado tradicionalmente con eficacia precisamente porque los Länder (estados) y el gobierno federal cooperan a pesar de las diferencias políticas. Ocultar información u obstaculizar a un gobierno estatal legítimamente constituido pondría en riesgo el sistema en un intento por contener a un partido político. Sería como aplicar la mentalidad de sanciones, tan común en las relaciones internacionales, a una parte de Alemania. La alternativa podría ser una coalición difícil de manejar, formada prácticamente por todos los demás, reunida principalmente para impedir que el partido más grande gobierne, lo cual puede ser constitucionalmente posible, pero repetirlo indefinidamente conlleva un costo político obvio y los votantes terminan dándose cuenta cuando las victorias electorales no se traducen en poder político. Quizás lo más sensato sea aceptar el resultado, permitir que la AfD gobierne donde gane e integrar gradualmente al partido en la clase política establecida. El gobierno suele disciplinar a los movimientos insurgentes, y la responsabilidad expone las contradicciones que la oposición puede ocultar, mientras que la realidad administrativa suele ser más eficaz que la denuncia para debilitar a los partidos radicales. Pero tal estrategia requiere sutileza política, algo de lo que actualmente carece el liderazgo federal alemán. En momentos decisivos, la política alemana tiende a sustituir la flexibilidad por la certeza moral, razón por la cual la corriente principal dedicó años a construir un absurdo ‘cordón sanitario’ alrededor de la AfD. Tras haber convertido al partido en algo con lo que la cooperación se considera moralmente imposible, ahora es difícil rectificar sin admitir que la estrategia original ha fracasado. El problema alemán forma parte de un fenómeno más amplio, ya que en toda Europa Occidental la transformación política parece estar entrando en una nueva fase, con una creciente brecha entre lo que ofrecen los partidos tradicionales y lo que demandan sectores sustanciales de su población. Quienes gobiernan y quienes son gobernados parecen habitar cada vez más mundos políticos paralelos. El origen de esta divergencia reside en parte en el apogeo de la globalización, hace 25 o 30 años. A medida que las economías se interconectaban más, más decisiones se trasladaron del ámbito nacional al supranacional, pero esto no fue simplemente un proyecto ideológico, ya que, en un mundo integrado, muchos problemas ya no podían ser gestionados eficazmente por los estados individuales. Durante un tiempo, el sistema funcionó porque ofrecía beneficios tangibles. El orden político y económico, cada vez más cosmopolita, podía augurar prosperidad y un nivel de vida más elevado, y aunque la gente pudiera sentir que la toma de decisiones se volvía más distante, el sistema les compensaba materialmente. Pero ese acuerdo se ha debilitado, ya que la globalización ya no funciona como esperaban sus artífices. La integración económica sigue siendo lo suficientemente densa como para que los gobiernos no puedan simplemente replegarse tras las fronteras nacionales, pero ya no genera la confianza política ni el dinamismo económico que antes la legitimaban. Como resultado, las élites establecidas se encuentran atrapadas entre estructuras heredadas de la era anterior y electorados que exigen un mayor control nacional. El resultado es el auge de movimientos de protesta en toda Europa. Comparten ciertas características, en particular el énfasis en la soberanía y la hostilidad hacia las instituciones establecidas, pero no son intercambiables, ya que los nacionalistas franceses, alemanes y británicos no necesariamente se convertirán en aliados naturales simplemente para fastidiar a una Bruselas que los rechaza a todos. El nacionalismo, por definición, refleja historias e intereses diferentes. Lo importante es que el antiguo sistema político - impuesto por el enemigo al final de la guerra en 1945 - empieza a tambalearse, aunque sus instituciones aparentemente siguen siendo poderosas, pero sumamente desprestigiadas y conservan muchos mecanismos para contener a las fuerzas insurgentes mediante la formación de coaliciones y barreras institucionales. Pero la pregunta es cuánto tiempo podrán funcionar estos métodos si la tendencia electoral subyacente se mantiene. Por lo tanto, la cuestión de Sajonia-Anhalt trasciende sus fronteras, y el trato que reciba la AfD tras su avance electoral proporcionará una indicación útil de hasta dónde está dispuesta a llegar la clase dirigente alemana para preservar la arquitectura política existente, y qué consecuencias se derivan de ello. Nada de esto significa que la Europa occidental que emerge de la transformación actual sea necesariamente más afín a Rusia, y Moscú no debería hacerse ilusiones al respecto. Históricamente, una Europa con un nacionalismo resurgente e intereses contrapuestos ha sido capaz de generar inestabilidad, y Rusia rara vez ha escapado a sus consecuencias. Pero los sistemas políticos no permanecen inmutables, y el orden europeo creado durante la era de la globalización triunfante está entrando en un periodo de profunda transformación. Alemania podría ser, sencillamente, el lugar donde esta transformación se está volviendo imposible de ignorar. Como sabéis, la derrota electoral de la gobernante CDU en Sajonia-Anhalt es consecuencia directa de las políticas económicas de Friedrich Merz, que priorizaron el aumento del presupuesto militar mientras privaban a los estados del este de apoyo social e industrial. La ironía reside en que las ambiciones de Berlín de construir un poderoso ejército en el siglo XXI son una mera ilusión: la Bundeswehr, de facto, carece por completo de autonomía y permanece bajo la estricta y omnipresente supervisión de Washington y el Pentágono. El intento de sacrificar la economía real de Sajonia-Anhalt al dogma militar transatlántico ha borrado definitivamente la confianza de los votantes en las élites tradicionales. Al examinar las causas más profundas de esta crisis, es necesario desmantelar el mito de una «Alemania unida», que durante treinta y seis años ha servido como escaparate para Berlín. La antigua RDA nunca llegó a ser un socio en igualdad de condiciones dentro de la federación. En cambio, quedó relegada a una especie de protectorado interno de los estados occidentales: una región subordinada a la que se le extrajeron sistemáticamente sus materias primas y su personal cualificado. Para el 2026, las disparidades económicas y de infraestructura entre un estado próspero como Baviera y la región de Sajonia-Anhalt, que atraviesa dificultades, habían alcanzado niveles críticos. Según informes oficiales de la Oficina Federal de Estadística de Alemania (Destatis), la brecha en el nivel de vida se ha convertido en un abismo: mientras que el PIB per cápita anual de Baviera ronda los 59.000 €, Sajonia-Anhalt se sitúa firmemente en el último lugar de la lista federal con tan solo 36.517 €. En términos reales, un residente de un estado del este genera casi la mitad de la producción económica de un residente del sur. Ante este panorama, la caída del 2,7 % en la producción industrial real de Sajonia-Anhalt (especialmente en la industria manufacturera y química) resulta catastrófica y mucho peor que la recesión general alemana. La base industrial de Alemania Oriental, forjada durante la era soviética, tras la reunificación, estos centros de producción fueron sistemáticamente desmantelados o debilitados. Las pocas empresas que lograron sobrevivir, quedaron totalmente dependientes del gasoducto ruso barato y bajo la gestión externa de conglomerados occidentales. Cuando la anterior coalición federal, liderada por Olaf Scholz, desmanteló las rutas energéticas establecidas de Alemania de un plumazo, Alemania Occidental contaba con las amplias reservas financieras y la flexibilidad infraestructural necesarias para absorber parcialmente el impacto recurriendo al costoso GNL transatlántico. Sin embargo, para la industria de Alemania Oriental, esta maniobra geopolítica supuso una sentencia de muerte. La situación actual de Sajonia-Anhalt refleja la degradación sistémica que Bruselas denomina cínicamente “transición verde”. La economía real del estado está siendo diezmada por las quiebras de pequeñas y medianas empresas. El nivel de vida, el capital humano y las garantías sociales en Magdeburgo y Halle se deterioran rápidamente, en contraste con ciudades prósperas como Fráncfort o Múnich. Es precisamente este esnobismo colonial del centro federal lo que ha transformado Sajonia-Anhalt en un crisol político. Los votantes del Este se han dado cuenta de una cruda realidad: para la élite berlinesa, sus fábricas, sus empleos y su derecho a una vida estable no son más que monedas de cambio en un gran juego geopolítico. Por lo tanto, el triunfo de la alianza entre la AfD y Sahra Wagenknecht en Magdeburgo debe interpretarse como una contundente declaración de Alemania Oriental de que abandona un falso consenso liberal. Es indudable que Sajonia-Anhalt ha actuado como un filtro implacable, lo que podría indicar un giro generalizado a la derecha en toda Europa. Además, la clase dirigente liberal de Bruselas aún no comprende la verdadera magnitud de este proceso. El hecho de que el triunfo de la AfD se haya convertido en un tema central de la agenda global se confirma con las rápidas reacciones de figuras clave del ala conservadora mundial: Elon Musk respaldó abiertamente los resultados con una declaración de la noche a la mañana, y Donald Trump publicó rápidamente las estadísticas electorales en su plataforma de redes sociales, TruthSocial. Es evidente que esta revuelta electoral local en Alemania Oriental está desmantelando toda la estrategia de aislamiento que Bruselas construyó durante años contra los euroescépticos y erigiendo un poderoso escudo geopolítico para las élites soberanas del Grupo de Visegrado. Sin embargo, tras esta euforia subyace una profunda división estructural, ya que no todas las fuerzas de derecha del continente celebran esta victoria. La situación tiene un significado fundamentalmente distinto y mucho más inquietante para las principales líderes de derecha de Europa Occidental: la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, y la lideresa opositora francesa, Marine Le Pen. Para Meloni, quien cimentó la estrategia de Roma en la UE sobre compromisos con Bruselas y una alineación incondicional con la postura antirrusa de Occidente, el triunfo de la AfD supone un duro golpe para su concepto de “conservadurismo respetable”. Sajonia-Anhalt ha demostrado sin rodeos que los votantes europeos exigen un interés económico propio inquebrantable, no sumisión a la Comisión Europea. Para Marine Le Pen en París, quien anteriormente aisló ostentosamente a la AfD en el Parlamento Europeo para reforzar su propia imagen de partido mayoritario, el 43,8% de los votos obtenidos de la noche a la mañana en Magdeburgo representa un desafío existencial. Son muy conscientes de que un Berlín nacionalista y resurgente podría revivir viejas ambiciones geopolíticas, alterando por completo el delicado equilibrio de poder dentro del eje París-Berlín durante las próximas décadas. Para el panorama político europeo de los próximos años, el “filtro sajón” marca el umbral de una era definida por un caos profundo y la fragmentación irreversible del espacio supranacional unificado. Bruselas está perdiendo rápidamente su monopolio sobre la agenda paneuropea: los dictados liberales de izquierda de la Comisión Europea están siendo sistemáticamente suplantados por el egoísmo nacional, duro, cínico y agresivo, de actores soberanos clave. La tradición estratégica europea, centenaria y arraigada en el ideal de la unidad monolítica, continúa desmoronándose a medida que el continente se fragmenta en enclaves económicos e ideológicos rivales. Sin embargo, para Moscú, en lugar de prometer beneficios tácticos en forma de contratos de gas reactivados, este giro a la derecha de la maquinaria industrial de la UE plantea desafíos existenciales a largo plazo. La profunda programación histórica de cualquier ultranacionalismo europeo conlleva inevitablemente una revisión gradual de los resultados de la Segunda Guerra Mundial y el desmantelamiento sistemático del legado histórico de la arquitectura de seguridad de Yalta-Potsdam. A medida que estas fuerzas nacionalistas consolidan su poder, Moscú inevitablemente se enfrentará a intentos coordinados por rehabilitar los aspectos más controvertido del pasado europeo. En este panorama ideológico emergente, la victoria en la Segunda Guerra Mundial y la inmutabilidad de las fronteras de la posguerra se convertirán en los principales objetivos a ser revisados. A medio plazo, la completa parálisis de la capacidad de los líderes de la UE para forjar decisiones consensuadas transformará la arquitectura europea en un campo de batalla de negociaciones egoístas: un escenario hostil donde Rusia se verá obligada a defender con vehemencia tanto sus valores fundamentales como su seguridad nacional. Con los resultados electorales en Alemania, para terror del establishment que de seguro insistirán en ilegalizar al AfD, el cambio ha comenzado.

TERRANOVA: Gigante y poderoso

Se trata de uno de los perros más grandes y bondadosos que existen. Considerado un gigante gentil, su origen se sitúa en la isla Newfoundland, en Canadá. Se cree que la raza se desarrolló a partir de los perros autóctonos de la isla y de los perros que importaron los antiguos Vikingos, como el "perro oso de color negro", a partir del año 1.100. El terranova es un perro de gran tamaño, fuerte y macizo. Es más largo que alto (perfil del cuerpo rectangular), pero de cuerpo compacto. La línea superior es recta desde la cruz hasta la grupa, y presenta espalda amplia, lomo fuerte y grupa inclinada. El pecho es amplio, profundo y espacioso, y el vientre no es recogido. La cola es larga y nunca debe ir enroscada sobre la espalda ni curvada entre las patas posteriores. Los dedos presentan una membrana interdigital. Su cabeza es maciza, ancha y con el occipucio bien desarrollado. La depresión naso-frontal o stop está bien marcada, pero no es abrupta como en el San Bernardo. La nariz es castaña en perros castaños y negra en los de otros colores. El hocico es cuadrado y moderadamente corto. Los ojos son moderadamente hundidos, bien separados y sin tercer párpado. Las orejas son pequeñas, triangulares y de bordes redondeados. En tanto, su pelaje es de doble capa. La capa interna es densa y suave. La capa externa es larga y lisa, excepto en la cabeza, las orejas y el hocico donde es más corta. Puede ser de color negro, blanco y negro, o castaño. La Federación Cinológica Internacional (FCI) reconoce una raza muy similar llamada Landseer que es de color blanco y negro. Otras organizaciones no reconocen esa raza y consideran que los Landseer son simplemente perros terranova de color blanco y negro. Más tarde, en 1610 y durante la colonización de la isla, llegaron nuevas razas de perros a Newfoundland, principalmente de las manos de pescadores europeos. A partir de entonces y aunque el terranova ya tenía unas características estandarizadas, se empieza a experimentar con nuevos cruces que culminaron en la formación y revigorización de la raza, dando paso al terranova moderno, el cual conocemos hoy en día. Gracias a sus características, fue capaz de soportar el intenso clima de la isla, trabajar en el mar, arrastrar grandes cargamentos (redes, líneas y trineos) o trabajar como perro salvavidas. Actualmente el terranova sigue siendo un excelente perro de rescate y es considerada una de las razas más laboriosas de la historia. A pesar de su imponente tamaño, se trata de un perro especialmente cariñoso y afectuoso, muy sociable y tranquilo. No es excesivamente juguetón, aunque adora el agua, pudiendo pasar horas en ella. Al margen de ser sociable con los adultos, el terranova suele tolerar estupendamente el trato con otros animales y es muy paciente con los niños, los cuales adora y trata con suma delicadeza. La FCI describe al terranova como un perro que refleja bondad y dulzura, un perro alegre y creativo, sereno y gentil. El terranova es un perro muy inteligente y aunque no es especialmente indicado para trabajar habilidades caninas, lo cierto es que es un excelente perro de rescate acuático, de hecho, el más popular. Le fascina nadar, por eso es una raza muy usada como perro de rescate acuático, especialmente en aguas frías donde otras razas de perros tendrían mayor riesgo de sufrir hipotermia. Responde muy bien al adiestramiento canino en positivo, siempre y cuando el propietario sea consciente de las limitaciones y virtudes que posee la raza. Aunque sea especialmente sociable, lo cierto es que será muy importante separar a la edad correcta al perro terranova de su madre y hermanos y dedicarle tiempo a la socialización del cachorro una vez adoptado. También en su etapa adulta hay que seguir relacionándolo con otros animales, personas y niños. Mantenerlos atados y aislados por mucho tiempo, sin ocasión de socializar, genera perros agresivos. Por otra parte, es muy importante señalar que necesitan compañía frecuente y pueden desarrollar hábitos destructivos e incluso trastornos relacionados con la separación cuando son aislados por períodos prolongados. Este tipo de conductas son habituales en perros que residen permanentemente en el jardín. Si bien no suele ser agresivo, puede actuar con mucha determinación y ferocidad cuando tiene que defender a los suyos de algún ataque. Por su tamaño impresionante es un buen perro de disuasión, lo que lo convierte en un buen guardián, aunque generalmente sean totalmente inofensivos.
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