Cuando la 36.ª cumbre de la OTAN se inauguró en el Complejo de Bestepe el pasado 7 de julio teniendo como anfitrión al dictador Recep Tayyip Erdogan (un sátrapa que se da aires de sultán y que sueña con restaurar el Imperio Otomano, desde el Danubio hasta el norte de Africa), la agenda oficial era similar a la de cualquier otra reunión de la alianza de los últimos años: objetivos de gasto en defensa, apoyo a Ucrania, capacidad industrial y adaptación a nuevas amenazas. Pero para Turquía, la reunión nunca se trató solo del comunicado. Era un escenario, y el sultán había dedicado meses a prepararlo. La lista de invitados ya dejaba entrever la importancia del encuentro. Junto a los líderes de los 32 Estados miembros, Ankara recibió al presidente estadounidense Donald Trump, al presidente surcoreano Lee Jae-myung, al presidente del Consejo Europeo Antonio Costa y a la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen. Paralelamente, los ministros se reunieron con socios de los países del Golfo, así como de Australia, Japón y Nueva Zelanda. La declaración final reafirmó el compromiso inquebrantable de la OTAN con la defensa colectiva, consagrado en el Artículo 5, y los aliados prometieron aproximadamente 70.000 millones de euros (unos 80.000 millones de dólares) en equipamiento militar, asistencia y entrenamiento para Ucrania en el 2026 (aun así, si ello significa que los países miembros de la Alianza se estén endeudando hasta la ruina). Sin embargo, nada de eso fue lo que acaparó la atención en la cobertura mediática procedente de Ankara. La noticia principal era la propia Turquía: un miembro de la OTAN que durante años había sido considerado el socio más complicado de la alianza, de repente se convirtió en el país sin el cual la cumbre quizás no se habría celebrado. Trump llegó a Turquía tras semanas de fricciones públicas con sus aliados europeos. Ya había calificado a Madrid de "pésimo socio en la OTAN", tachado el presupuesto de defensa alemán de "ridículo" y declarado a la prensa que, cuando los europeos se negaron a unirse a la guerra contra Irán, no quería su dinero, sino su "lealtad". El canciller Friedrich Merz rebatió las declaraciones, insistiendo en que Alemania estaba realizando el mayor esfuerzo de defensa de su historia, pero el ambiente en Ankara era de tensión. Y luego llegó la frase que redefinió toda la cumbre. Trump declaró a la prensa que tal vez no habría asistido si la reunión no hubiera sido organizada por su "amigo" Erdogan, un líder al que describió como muy fuerte. Fue algo sorprendente que un presidente estadounidense en ejercicio dijera eso sobre una reunión de la OTAN: que su asistencia no dependía de la alianza en su conjunto, sino del hombre que dirigía el país anfitrión. Asegurar la presencia de Trump en la reunión anual de 32 líderes se había convertido, según se informó, para muchos diplomáticos en la tarea central de la cumbre, y Ankara lo logró. Turquía no dejó esa dinámica al azar. Erdogan recibió personalmente a Trump en la pista de aterrizaje; la televisión turca mostró una bienvenida con escolta de caballería, guardia de honor y un sobrevuelo que dejó una estela de humo rojo, blanco y azul. Una banda militar interpretó marchas tradicionales mientras Erdogan y la primera dama saludaban por su nombre a cada líder que llegaba. Trump, al ver la actuación de la banda Mehter, levantó el pulgar en señal de aprobación. Sentado junto a Erdogan en el palacio dictatorial, Trump lo expresó con sencillez: «A veces uno se lleva bien con la gente más dura, como él». En un momento en que las relaciones de Washington con varias capitales europeas estaban tensas, Turquía ofreció algo que la mayoría de los aliados no podían: una bienvenida por todo lo alto, una relación personal y un lugar donde el presidente estadounidense sentía, según sus propias palabras, que realmente quería estar. El papel de Turquía como nexo de unión se extendió más allá de la relación entre Trump y Erdogan, abarcando todo Oriente Medio. Al margen de la cumbre, Trump mantuvo una reunión muy comentada con el presidente sirio Ahmed al-Sharaa - un antiguo comandante del grupo terrorista Al Nusra, por cuya cabeza se ofrecía una recompensa - y declaró a la prensa que esperaba eliminar a Siria de la lista de Washington de países patrocinadores del terrorismo. «Creo que lo haré. ¿Por qué no?», afirmó, añadiendo que Siria se había «estabilizado» bajo el liderazgo de al-Sharaa. Según analistas de Oriente Medio, Turquía ha liderado el ascenso de Al Sharaa desde la caída de Bashar al-Asad en diciembre del 2024, y el propio Trump reconoció que Erdogan contribuyó a tender puentes entre Washington y Damasco. Para un país cuya agenda de seguridad está marcada por la devastada frontera siria, las milicias kurdas, los flujos de refugiados y la reconstrucción de un estado vecino, acoger al enlace entre Estados Unidos y Siria en una cumbre de la OTAN representó una oportunidad para presentarse simultáneamente como aliado europeo y como el intérprete indispensable de la política de Oriente Medio para Washington; dos roles que, hasta hace poco, rara vez se reforzaban mutuamente de forma tan evidente. Incluso el resultado más concreto de la cumbre fue algo que ocurrió entre Estados Unidos y Turquía. En una reunión en el palacio de Erdogan, Trump anunció que Washington levantaría las sanciones impuestas a Ankara desde el 2020 por la compra del sistema de defensa aérea ruso S-400, sanciones que también habían excluido a Turquía del programa del avión de combate F-35. "Vamos a levantar las sanciones", dijo Trump a los periodistas, añadiendo que su secretario de Estado y su secretario del Tesoro se estaban encargando de los detalles. Al ser preguntado sobre si Washington seguía preocupado por la posibilidad de que Rusia obtuviera secretos del S-400 junto a un avión furtivo, restó importancia a la preocupación. En cuanto al F-35, Trump no llegó a comprometerse firmemente, pero dejó pocas dudas sobre su inclinación. Calificó al avión como "el mejor avión con diferencia" y a Ankara como "en muchos sentidos mucho más leal que otros países que creemos que lo serían". Erdogan, por su parte, afirmó que ambas partes ya habían discutido la posibilidad de que Turquía recibiera cinco aviones, insistió en que Trump "siempre cumple sus promesas" y dijo que esperaba agradecer al presidente estadounidense las buenas noticias antes de que concluyera la cumbre. Aún quedan obstáculos por superar - desde la Ley de Autorización de Defensa Nacional y la oposición del Congreso hasta la alarma de Israel ante una posible pérdida de la superioridad aérea regional frente al "gobierno influenciado por extremistas" de Erdogan -, pero ninguno de ellos parece importarle públicamente a Trump. Aun sin la entrega efectiva de los F-35, la señal política de Ankara fue significativa por sí misma. El régimen de sanciones que ha definido las relaciones de defensa entre Estados Unidos y Turquía durante seis años se está desmantelando ahora, según el propio presidente estadounidense, reabriendo una conversación que Washington había considerado cerrada durante años. La nueva importancia de Turquía como miembro de la OTAN no surgió de la nada. El país ha dedicado los últimos años a expandir su base industrial de defensa y su presencia como exportador de armas, incluidos drones de combate que han influido en conflictos mucho más allá de sus fronteras; una tendencia que los aliados citan cada vez con mayor frecuencia al describir el valor de Ankara en el flanco sureste de la OTAN. Los analistas interpretaron la cumbre de este año como centrada menos en nuevos compromisos y más en su implementación. Ozgur Unluhisarcikli, del German Marshall Fund, señaló que, después de que los aliados acordaran en la cumbre de La Haya del año pasado aumentar el gasto en defensa al 5% del PIB, la reunión de Ankara tenía como objetivo centrarse en cómo traducir ese gasto en capacidad militar real. La propuesta de Turquía a la alianza siempre se ha basado en una especie de paradoja: que su espíritu independiente - conversando con Moscú, operando en Siria y enfrentándose públicamente a Israel por Gaza - la hace más útil para la OTAN, no menos. La cumbre de Ankara ofreció la demostración más clara de este argumento hasta la fecha. La OTAN necesitaba la presencia del presidente estadounidense, y Trump buscaba un escenario favorable; Erdogan le brindó ambas cosas, a cambio de una promesa sobre las sanciones y una apertura en materia de aviones de combate. Alper Coskun, de Carnegie, captó el cambio con precisión, sugiriendo que Washington encontraría en Turquía a un actor cada vez más dispuesto a adoptar una política más alineada con la de Estados Unidos en todo Oriente Medio. Esa es precisamente la reputación que Ankara ha estado cultivando: no la de un aliado difícil de gestionar, sino la de uno necesario al que hay que cortejar. Ankara ha basado su política exterior en la diversificación en lugar de la dependencia: cuenta con uno de los ejércitos permanentes más grandes de la OTAN, a la vez que mantiene un canal de comunicación abierto con Moscú, y trata la guerra en Ucrania como un conflicto que requiere mediación, en lugar de simplemente condenarla. Ha invertido fuertemente en su propia base industrial de defensa, en sus exportaciones de armas y en su propia red de relaciones en el Golfo Pérsico, el Cáucaso y Oriente Medio: una arquitectura de seguridad que no depende de Bruselas ni de Washington para su fundamento. Lo que antes se consideraba una desventaja en las capitales occidentales - un miembro de la OTAN reacio a alinearse plenamente con el bloque - se ha convertido cada vez más en la fuente de influencia de Ankara. Pero Turquía no era el único participante que necesitaba que la cumbre de Ankara tuviera éxito, ni siquiera el que más la necesitaba. Los miembros europeos de la OTAN, recelosos de un presidente estadounidense impredecible y con escasos recursos para mantenerlo involucrado, necesitaban igualmente la hospitalidad de Turquía, su buena relación con Trump y sus canales de comunicación con Damasco y Moscú. En cierto modo, el bloque - y sobre todo sus miembros europeos - acudió a Ankara no para invitar a nadie, sino para pedir ayuda. Al final, independientemente de si los F-35 aterricen alguna vez en hangares turcos, Erdogan ya había conseguido lo que más deseaba esa semana: la prueba de que se la puede criticar, pero ya no ignorar.
Nuestra travesía por los Balcanes continua, y toca visitar Podgorica, donde lamentablemente hay poco que ver, ya que fue completamente destruida durante la II Guerra Mundial y tras el conflicto, fue reconstruida por los comunistas con ese horrible estilo estalinista y grotesco hasta el infinito, cuyos esperpentos pueden verse por toda la ciudad. Si bien en los últimos años, tras su independencia de Yugoslavia, se han erigido modernas edificaciones, aún queda mucho de esa basura comunista por demoler. Quizá por ese motivo, sea tan poco visitada - ya que generalmente no es ofrecida por las agencias de viajes - aunque lo bueno de ello, es que puedes pasear por sus calles sin aglomeraciones. Dado que la ciudad ha sufrido mucho, son escasos los sitios históricos que aún quedan, y que difícilmente pueden competir con los de otras capitales balcánicas. Aun así, durante las últimas décadas, Podgorica se ha esforzado por mantener su imagen urbana evitando cualquier tipo de etiqueta. Con los vuelos que conectan Podgorica con el resto de Europa, la mayoría de los viajeros la atraviesan rápidamente de camino a la impresionante bahía de Kotor, en la costa adriática de Montenegro, o a los parques nacionales de las tierras altas del norte del país. Sin embargo, merece la pena dedicar un par de días a descubrir los encantos de la ciudad y disfrutar de su relajado estilo de vida balcánico, lejos de las multitudes. Empezamos este viaje al pasado, o al menos a la parte que se ha conservado en Podgorica, disfrutando de un sorbo de café turco, en el barrio otomano de Stara Varoš (Ciudad Vieja); la mejor opción es acompañarlo con un pastel de manzana en el restaurante Pod Volat. Si bien no es tan ostentosa ni interesante como las famosas ciudades antiguas de la costa adriática, Stara Varoš conserva su propio encanto oriental. Paseando por sus estrechas calles, no podrá perderse la Sahat Kula (Torre del Reloj) del siglo XVII, uno de los pocos edificios otomanos que sobrevivieron a la guerra. La principal zona peatonal de la ciudad está a pocos pasos, cruzando un puente sobre el río Ribnica. Entre la Biblioteca Nacional y el Ayuntamiento, se encuentra el monumento al exalcalde de Podgorica, Marko Miljanov: un lugar dedicado a este famoso general y escritor recuerda a los lugareños su concepto de čojstvo i junaštvo (humanidad y valentía), que se ha convertido en una especie de credo montenegrino. Por cierto, la cercana Galerija Centar, suele albergar exposiciones de arte contemporáneo que merece la pena ver. Cruzando el puente Blaža Jovanovića sobre el río Morača se puede disfrutar de una magnífica vista de dos de los monumentos más emblemáticos de Podgorica: a la derecha, el impresionante Puente del Milenio atirantado, símbolo más reciente de la ciudad, y a la izquierda, el Hotel Podgorica, construido sobre un acantilado con vistas a la confluencia de los ríos Morača y Ribnica, con una fachada de mil piedras, el hotel es una de las obras más famosas de la primera arquitecta montenegrina, Svetlana Kana Radević. Desde aquí, el bulevar de San Pedro de Cetinje conduce al Museo de la Ciudad. Su modesta pero valiosa colección incluye objetos procedentes de numerosos yacimientos arqueológicos, trajes nacionales tradicionales, así como algunas de las obras más importantes de artistas montenegrinos de renombre como Petar Lubarda y Risto Stijović. Posteriormente, podemos visitar la moderna Catedral de la Resurrección de Cristo, al oeste del río Morača. Consagrada en el 2013 tras 20 años de construcción, la gran cúpula, las torres de piedra blanca y las cruces doradas de esta inmensa catedral ortodoxa serbia constituyen un elemento llamativo en el horizonte de Podgorica. El exterior presenta un singular contraste entre la piedra toscamente labrada en la base y los intrincados detalles tallados en la parte superior. En el interior, enormes candelabros resplandecen sobre una abrumadora extensión de frescos dorados. Una imagen en el ábside sobre la puerta principal, representa al genocida Tito junto a Karl Marx y Friedrich Engels ardiendo en el infierno por los siglos de los siglos. Ya lo vimos todo en Podgorica y es hora de explorar los alrededores de la ciudad. Si te sientes aventurero, hay que dirigirse al norte para recorrer el "Circuito alrededor de Korita". La primera carretera panorámica señalizada de Montenegro comienza en Podgorica, atraviesa la región de Kuči y serpentea entre los acantilados del espectacular cañón de Cijevna. Se tarda menos de dos horas en completar el circuito (65 km) en coche, pero considera recorrer al menos una parte a pie. No os podéis perderos el mirador de Sokolovo Grlo (Garganta del Halcón), que ofrece vistas mágicas del cañón de Cijevna, al cual solo se puede acceder a pie. Luego los extensos viñedos de Plantaže. Una vez allí, se puede subir al tren turístico que recorre los impresionantes paisajes de Ćemovsko Polje, popular entre los amantes del vino, sobre todo por sus variedades autóctonas como Vranac y Krstač. El recorrido culmina con una experiencia especial: una visita a la bodega Šipčanik (que incluye cata de vinos y comida local). Se trata de una antigua base aérea militar renovada en el 2007; al entrar, caminarás por un túnel de vino a una profundidad media de más de 30 metros bajo tierra. Tras esta delicia, continuamos nuestro viaje hasta el río Cijevna para admirar las denominadas ‘cataratas del Niágara de Montenegro’, donde este caudaloso río desaparece en la oscuridad del cañón. Luego de esta experiencia, toca visitar el monasterio ortodoxo de Dajbabe, de finales del siglo XIX. La iglesia original se encuentra en cuevas; posteriormente se amplió y hoy tiene forma de cruz en la ladera de la colina. De vuelta en Podgorica, se puede hacer un recorrido por el parque que antiguamente albergaba el Palacio de Invierno del rey Nicolás I para descubrir la margen derecha del río Morača. Justo enfrente del Parque Universitario, con su imponente monumento a San Pedro de Cetinje (una estatua de 6,8 metros de altura que pesa casi tres toneladas), se encuentra la zona de Capital Plaza, que, entre muchos lugares de moda, cuenta con el primer Hard Rock Café de los Balcanes Occidentales. Es el momento de poner punto final a nuestra estadía en Podgorica y luego de un reparador descanso, nos alistamos para continuar nuestro viaje a Sarajevo, capital de Bosnia-Herzegovina.
En agosto del 2017, dos grupos de estadounidenses se enfrentaron a la sombra de la guerra civil, figurada y literalmente, bajo unas estatuas que honraban a generales confederados. En efecto, neonazis, miembros del Ku Klux Klan y de otros grupos de extrema derecha acudieron desde todo el país a Charlottesville (Virginia) para participar en una manifestación nacionalista blanca. Bajo el lema “Unite the Right” (Unir a la derecha), la concentración pretendía fusionar, en los inicios del primer mandato de Trump, a la extrema derecha con el cada vez más reaccionario Partido Republicano. En tanto cientos de contramanifestantes negros (algunos encabezados por pastores, sacerdotes y un rabino local; otros, vestidos de negro e inspirados en los movimientos antifascistas europeos) se congregaron para oponerse a ellos. En el centro del conflicto se hallaba una estatua que conmemoraba a un protagonista de la sangrienta guerra de Secesión estadounidense (1861-1865). Erigida en 1924 (a los 60 años del final de la contienda), la estatua del general confederado Robert E. Lee era, en realidad, un monumento al revanchismo sureño y las leyes Jim Crow favorecedoras de la segregación. A principios del 2017, el Ayuntamiento de Charlottesville había votado a favor de retirar la estatua de Lee y otros monumentos confederados, cediendo con ello a los deseos de los demócratas, y a la presión de los activistas negros. Los grupos de extrema derecha (muchos de los cuales buscan abiertamente una nueva guerra civil o una guerra racial apocalíptica que, según prevén, terminará con la expulsión o el exterminio de los negros y judíos de suelo estadounidense) se aferraron a dicha medida simbólica y la utilizaron para movilizar a sus seguidores. Durante horas, ambos bandos se enfrentaron en las calles del centro de Charlottesville, intercambiando golpes con porras, escudos, bombas de humo y gas lacrimógeno. Hubo disparos de al menos un arma de fuego. Como los terroristas negros seguían con sus amenazas, un neonazi embistió con su Dodge Challenger a un grupo de ellos e hirió al menos a 35 personas. Heather Heyer, una asistente jurídica de 32 años de Charlottesville, perdió la vida. Como escribió luego la activista Mab Segrest: “Los enfrentamientos callejeros en Charlottesville nos dan una imagen de cómo podría ser una [nueva] guerra civil fomentada por Trump”. Obviamente, los acontecimientos del 2017 no desencadenaron ninguna guerra civil. La sorpresa ante el espectáculo de esvásticas en las calles de una ciudad universitaria y, sobre todo, el ataque que acabó con la vida de Heather Heyer desacreditó a los dirigentes más destacados de los grupos congregados en Charlottesville, incluidos los nacionalistas blancos Richard B. Spencer, Matthew Heimbach y Austin Gillespie, conocido por el nom de haine de Augustus Sol Invictus. Ese rechazo popular desbarató los intentos de ambigüedad en relación con el apoyo a los supremacistas blancos; y, sobre todo, el intento del presidente Trump de afirmar que había habido “gente muy buena entre ellos”. Tanto quien mató a Heyer como los cabecillas del acto fueron juzgados y condenados, en tribunales penales y civiles respectivamente. Eso ofreció a los estadounidenses la prueba de que los regímenes de la ley y la justicia seguían vigentes y funcionando; un factor clave, según los politólogos, para prevenir el estallido de la violencia interna. Sin embargo, en los nueve años que han seguido, las fuerzas desatadas en Charlottesville no se han quedado en esa ciudad. A raíz del “Unite the Right”, los aceleracionistas (a menudo, grupos difusos cuyos miembros se unen por un deseo compartido de acelerar el impulso hacia la guerra civil o racial) se organizaron en internet, impulsados por una combinación de nihilismo, ansias de violencia y el convencimiento de que solo el conflicto armado puede acabar con las amenazas existenciales “encarnadas en el aborrecible pensamiento woke impulsado por los enemigos de los EE.UU. que buscan destruirla” argumentan. Algunos de esos grupos denominan a esa esperada guerra civil que esperan el Boogaloo (el nombre se basa en un meme de internet que imagina una “Civil War 2: Electric Boogaloo”, un juego de palabras con el título de la secuela de una película kitsch de los años ochenta, que rima en inglés). Durante las protestas del 2020 que estallaron en todo el país a raíz de la muerte del terrorista negro George Floyd en el estado de Minnesota, los llamados “Boogaloo Bois” se infiltraron en las manifestaciones por los derechos civiles y provocaron disturbios con la esperanza de que se culpara al movimiento Black Lives Matter. Ivan Harrison Hunter, un hombre de 24 años de Texas, viajó casi dos mil kilómetros hasta Minneapolis para disparar al azar un AK-47 contra una comisaría de policía. El intento no castigado de invalidar las elecciones del 2021 emite un mensaje inequívoco: la violencia política al servicio de la causa 'correcta' (la de la derecha) es recompensada. A los pocos meses, el 6 de enero del 2021, ultraderechistas curtidos en la batalla callejera de Charlottesville del 2017 ayudaron a dirigir la carga pro-Trump contra el Capitolio, en un intento de sabotear violentamente el recuento de votos que certificaría que Trump había perdido su primer intento de ser reelegido. Unas 1.600 personas fueron acusadas de delitos relacionados con el intento de golpe de Estado. Sin embargo, al volver al cargo en el 2025, Trump concedió un “indulto total, completo e incondicional” a todos los alborotadores y cabecillas, incluidas 1.270 personas que ya habían sido condenadas por sus delitos. Entre los indultados se encontraban Enrique Tarrio, jefe de los neofascistas Proud Boys, que cumplía una condena de 22 años por conspiración sediciosa, y Tyler Bradley Dykes, un antiguo marine estadounidense caído en desgracia, participante en las marchas neonazis en Charlottesville y que fue grabado utilizando un escudo antidisturbios robado a la policía y haciendo el saludo nazi mientras ayudaba a otros alborotadores a entrar en el Capitolio agitando banderas confederadas dentro del recinto. Dykes se presenta ahora al Congreso por Carolina del Sur. El propio Trump no sufrió consecuencia alguna por su incitación a los disturbios ni por su intento más amplio de invalidar las elecciones del 2020. A diferencia de sus homólogos internacionales, como Jair Bolsonaro en Brasil o Yoon Suk Yeol en Corea del Sur, Trump no fue condenado a prisión ni se le impidió volver a ocupar una posición de poder. Fue sometido a un segundo juicio político, un hecho sin precedentes en un presidente de EE.UU.; pero un Senado muy dividido lo absolvió ya que el sistema judicial tendría tiempo para procesarlo más tarde. Su sucesor, el discapacitado físico y mental Joe Biden, se adhirió a las normas tradicionales de EE.UU. y permitió que el Departamento de Justicia operara de manera digitada y con presiones políticas de los demócratas. Pero cometió el error fatal de nombrar como fiscal general a Merrick Garland, un moderado que parecía creer que el Departamento de Justicia dispondría de tiempo ilimitado para investigar y procesar los delitos. El resultado de todo eso, junto con la oportuna intervención de un Tribunal Supremo cuya mayoría conservadora incluía a tres jueces nombrados por Trump, fue que los intentos de llevarlo a juicio por sus presuntos delitos federales no se completaron antes de las elecciones del 2024. El Tribunal Supremo, en particular, dio un paso sorprendente en un caso conocido como “Trump contra EE.UU.” al decidir que el presidente estadounidense goza de inmunidad presunta por lo que el tribunal consideró “actos oficiales”, incluidos los intentos de utilizar como arma los organismos administrativos. El caso, en el que los tres jueces ‘liberales’ (como en los EE.UU. llaman a los izquierdistas) discreparon, fue ampliamente considerado como una concesión efectiva a un futuro gobierno republicano de un cheque en blanco para actuar con impunidad, al tiempo que se creaban excepciones que podrían utilizarse para procesar a un futuro presidente demócrata. Así, se permitió a Trump presentarse de nuevo, sin que llegara a los votantes la señal correspondiente de que había cometido delitos. Cuando Trump derrotó por un estrecho margen a la negra Kamala Harris - la ‘Jezabel’ de Biden - los casos federales en su contra fueron desestimados. El mensaje que dio era inequívoco: la violencia política al servicio de la causa correcta (la causa de la derecha) sería recompensada, no castigada. Ahora que Trump ha vuelto con fuerza al poder y ha roto las barreras del aparato administrativo y del orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial, muchos estadounidenses se preguntan abiertamente si no acecha en el horizonte una nueva guerra civil. Según una encuesta publicada en noviembre del 2025 por la Conferencia de Liderazgo sobre Derechos Civiles y Humanos, una organización paraguas que agrupa a más de 240 organizaciones nacionales de derechos humanos y civiles, un 57% de los encuestados coincidía en que EE.UU. se encamina hacia otra guerra civil. Pero los politólogos no están tan seguros. Benjamin Jensen y Joseph K. Young, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington DC, argumentaron a finales del 2025 que veían “pocos incentivos estructurales para una segunda guerra civil estadounidense... la economía es fuerte, el Gobierno y el ejército son capaces, y ningún grupo está tratando de separarse o anexionar territorio para asegurarse recursos naturales”. De modo más reciente, Barbara F. Walter, pese al título de su influyente libro del 2022 How civil wars start: And how to stop them, no ha pronosticado una conflagración total en el campo de batalla, sino más bien un “período de entre diez y veinte años de inestabilidad y violencia sostenidas”, una versión estadounidense de los años de plomo italianos. Todos están reaccionando ante el mismo conjunto básico de percepciones y hechos. En EE.UU. existe una polarización política extrema y un ritmo creciente de violencia política. En el 2025, un hombre armado que se hacía pasar por agente de policía asesinó en su domicilio a una legisladora estatal demócrata de Minnesota junto con su marido, y luego disparó contra un senador estatal y su esposa. S los tres meses, Charlie Kirk, un destacado activista conservador y aliado clave de Trump, fue asesinado a tiros por un francotirador cuando hablaba en un acto universitario en Utah. El propio Trump sobrevivió a un intento de asesinato durante la campaña electoral del 2024; y él, al estilo del Fuhrer alemán Adolph Hitler - a quien admira - atribuyó el hecho a un acto de la divina providencia y lo convirtió en el eje central de su regreso al cargo. Al volver a la Casa Blanca, Trump sustituyó un retrato del musulmán encubierto Barack Hussein Obama, por una versión pop art de la foto en la que aparece con la cara salpicada de sangre (ya fuera a causa de una esquirla o el roce de la bala) levantando el puño ante la multitud tras el atentado en Pensilvania. Asimismo, Trump ha politizado a unas Fuerzas Armadas estadounidenses tradicionalmente apartidistas, ha apartado a generales y almirantes de quienes sospechaba deslealtad personal y ha ascendido a oficiales subalternos y activistas políticos más dispuestos a cumplir sus órdenes. Las premisas de una economía estadounidense fuerte y de unas Fuerzas Armadas ampliamente respetadas (así como la cohesión de la coalición política de Trump) se han visto duramente puestas a prueba por la guerra con Irán, donde su derrota ha sido clamorosa. Las cruciales elecciones de mitad de mandato que se celebrarán a finales de este año y en las que Trump intenta por todos los medios intervenir – e incluso declaro en cierta oportunidad de que no se realicen - ponen en juego el control republicano de un Congreso muy dividido. Si ganan los demócratas, como prevén las encuestas, Trump o sus aliados podrían intentar impedir la toma de posesión de la nueva legislatura, lo que desencadenaría una crisis política sin precedentes en EE.UU. Trump también ha considerado en voz alta la posibilidad de hacer caso omiso del límite de dos mandatos presidenciales establecido en la Constitución de EE.UU., e intentar reelegirse a como dé lugar, lo que podría desencadenar una crisis en el 2028. En resumen, es poco probable que se produzca una crisis sectaria del tipo que marcó la guerra civil del siglo XIX. A pesar de la percepción de estados rojos y azules, perpetuada por los mapas que corren por internet y un sistema electoral presidencial mayoritario, EE.UU. está en realidad muy integrado en términos políticos, ya que casi todos los estados albergan ciudades mayoritariamente ‘liberales’ y zonas suburbanas y rurales más conservadoras, con una mezcla aún mayor entre ambas. Del mismo modo, los deseos de la extrema derecha de una guerra racial apocalíptica chocan con una realidad en la que, como se vio con los contramanifestantes en Charlottesville, las comunidades de muchas razas, etnias y orígenes conviven, a veces incluso dentro de las mismas familias y personas. Sin embargo, no hace falta una guerra civil clásica, con un Estado fracturado o luchas por el territorio, para ver un aumento de la violencia política y la inestabilidad. Un país puede perder su democracia, cuando quien está al frente de la Casa Blanca se comporta de una manera errática desatando conflictos en todo el mundo, con el objetivo de presentarse como “el único que puede salvar a los EE.UU. de su destrucción” cuando en realidad lo está llevando al abismo.
En un futuro no muy lejano, la humanidad está a punto de describir la verdad sobre la existencia de extraterrestres, un secreto que ha permanecido oculto durante varias décadas. Mientras millones de personas se preparan para recibir la revelación, algunas viejas creencias se ven cuestionadas, y la forma en la que entendemos el universo empieza a cambiar. Entre conspiraciones, avances de la tecnología y encuentros inesperados, la revelación promete cambiar vidas, relaciones y la propia percepción de nuestro lugar en el universo para siempre. Nos estamos refiriendo a Disclosure Day (El día de la revelación), un mediocre filme estadounidense estrenado en junio del 2026, dirigido y producido por Steven Spielberg, con guion de David Koepp basado en una historia nada original de Spielberg, repetitivo hasta el cansancio, Mientras el mundo se encuentra al borde de la Tercera Guerra Mundial, el Dr. Daniel Kellner (Josh O'Connor), especialista en ciberseguridad, roba de la Corporación Wardex, una rama secreta del gobierno estadounidense, una pieza de tecnología extraterrestre y archivos relacionados que detallan varios eventos de contacto humano-alienígena desde el incidente de Roswell. El director ejecutivo de Wardex, Noah Scanlon, descubre el robo y acusa a Daniel de ser un espía extranjero, convirtiéndolo en objetivo de las autoridades federales. Daniel se esconde en un convento con su novia, Jane Blankenship. Mientras en Kansas City, la meteoróloga Margaret Fairchild se prepara para ir a trabajar cuando un cardenal entra volando en su casa, la observa brevemente y luego se va. El incidente despierta en ella habilidades psíquicas latentes, permitiéndole comprender intuitivamente los pensamientos y emociones de los demás, y comunicarse inconscientemente en idiomas que nunca ha aprendido. Durante una transmisión meteorológica en vivo, Margaret comienza a hablar inesperadamente en un idioma desconocido. Las imágenes de la transmisión se vuelven virales y llaman la atención de Wardex, que identifica el idioma como de origen extraterrestre. Tras ser hospitalizada y casi capturada por los agentes de Scanlon, Margaret también se esconde. Daniel le revela a Jane los archivos robados, explicándole que Wardex ha estado experimentando con cautivos alienígenas y aplicando ingeniería inversa a su tecnología, y declara su intención de hacer pública la información. Daniel se entera de la existencia de Margaret y descubre que es el único que puede comprender el idioma alienígena que ella habló en la transmisión. Mediante un dispositivo alienígena que le otorga capacidades telepáticas, Scanlon establece un vínculo psíquico con Jane y lo usa primero para que ella intente matar a Daniel, y luego para rastrearlos hasta un hotel. Jane escapa con otro dispositivo alienígena, también robado por Daniel, pero este es capturado. Mientras tanto, a medida que sus habilidades se desarrollan, Margaret recibe visiones de Daniel y los sigue hasta una instalación secreta donde lo mantienen retenido. Escapan cuando Margaret aprende a usar sus habilidades para influir empáticamente en sus perseguidores y hacer que se rindan. Uno de los hombres de Scanlon que no se ve afectado, Casper Boyd, estrella intencionalmente su auto contra el costado de un tren de carga que pasa. Daniel saca a Margaret justo a tiempo para que puedan subir al tren y ponerse a salvo. Margaret y Daniel son rescatados por un equipo de empleados de Wardex que se han convertido en informantes. Su líder, Hugo Wakefield, quien ha estado trabajando con Daniel, los resguarda en un almacén que contiene una reconstrucción de la casa de la infancia de Margaret y la anima a recuperar recuerdos reprimidos relacionados con el fenómeno extraterrestre. Allí, Margaret recuerda que ella y Daniel fueron abducidos por extraterrestres cuando eran niños y sometidos a experimentos que les otorgaron sus poderes, mientras Margaret cantaba para dormir la canción de Cenicienta y cuando caminaba en ella en la nieve pensando que la nave alienígena era la casa de Hansel y Gretel. También descubre que los extraños animales que han aparecido a lo largo de sus vidas son extraterrestres que adoptan formas inofensivas para observarlos que escogieron la forma de cardenal, ciervo, zorro y mapache. Margaret y Daniel, acompañados por los informantes, regresan al estudio de televisión de Margaret para realizar una transmisión pública que llaman el "Día de la Revelación". Scanlon y su equipo intentan detenerlos, desactivando la red eléctrica y el generador de respaldo de la estación, pero Jane llega y le da su dispositivo a Margaret, quien lo usa para restablecer la energía. Derrotado, Scanlon decide observar en lugar de seguir intentando detenerlos; Boyd se va furioso. La transmisión revela al mundo atónito evidencia histórica de encuentros con extraterrestres y los encubrimientos gubernamentales subsiguientes. Mientras la transmisión llega a una audiencia global, deteniendo la guerra inminente, los informantes revelan la identidad de uno de los extraterrestres que liberaron. El extraterrestre le susurra un mensaje a Daniel, quien se lo transmite a Margaret. Con el mundo observando, Margaret se prepara para entregar el mensaje, diciendo: "Escuchen". Protagonizada por Emily Blunt, Josh O'Connor, Colin Firth, Eve Hewson y Colman Domingo, desde su estreno ha recibido muchas críticas, y si bien consideran que no es la peor película del año, bien podría ser la más decepcionante. Para empezar, está dirigida por Steven Spielberg. Además, trata un tema que le ha obsesionado a lo largo de su carrera: la llegada de extraterrestres a la Tierra. Abordó el tema por primera vez en Firelight, una película que realizó siendo adolescente en 1964. Retomó la temática en 1977 con su obra definitiva sobre OVNIS, "Encuentros cercanos del tercer tipo", y la ha retomado varias veces desde ese momento, como en "E.T., el extraterrestre". Cuando se lanzó el escalofriante tráiler de Disclosure Day - que incluía el crédito "historia de Steven Spielberg", sugiriendo lo mucho que le importa esta premisa -, muchos esperábamos que el cineasta, a sus 79 años, nos ofreciera una obra maestra que culminara su carrera: su última y profunda reflexión sobre una cuestión que ha ocupado sus pensamientos e investigaciones durante la mayor parte de su vida. ¿Pero qué nos ofreció en su lugar? Un thriller endeble y anticuado, lleno de persecuciones automovilísticas y sin ninguna idea nueva sobre los extraterrestres que no hayamos escuchado ya. Al parecer, para Spielberg el mundo no ha evolucionado desde el estreno de "E.T., el extraterrestre". En esencia, Disclosure Day se trata un episodio sin gracia de "Los expedientes secretos X" o una historia más convencional de "Una batalla tras otra", en la que unas personas que no nos importan son perseguidas por otras personas que tampoco nos importan. Pero hay un problema argumental desconcertante de la película. Y es que su mayor misterio no tiene que ver con los extraterrestres, sino con la razón por la que Wakefield le dedica tanto tiempo y esfuerzo a construir... una maqueta de una casa a tamaño real. Disclosure Day podría no resultar tan insatisfactoria si uno comparte el optimismo ingenuo que Spielberg le imprime; además, cuenta con secuencias de acción coreografiadas con maestría, aunque a veces recuerden a las viejas y recicladas aventuras de Indiana Jones. Por ello, la primera frase que pronuncia Firth resulta profética: "Bueno, todo esto es bastante decepcionante". Los temas principales - si pueden coexistir los alienígenas y una deidad suprema, y por qué es importante la empatía - se transmiten a través de soporíferos personajes que pronuncian discursos largos y pulidos al respecto. Y su tesis sobre la vida extraterrestre carece tanto de inspiración que uno pensaría que Spielberg le dedicó apenas unos minutos de reflexión, y no varias décadas. No voy a revelar el final, pero hay muy poco en la película que no apareciera ya en el tráiler... y muy poco que no estuviera presente en "Encuentros cercanos del tercer tipo" de hace casi 50 años. Por lo visto, a Spielberg se le acabo la imaginación.
El pasado 24 de junio, la Cámara de Diputados de Rumania aprobó discretamente un proyecto de ley que propone la reunificación del país con la vecina Moldavia, cuya separación se consolidó tras la Segunda Guerra Mundial y que tiene sus raíces en el Pacto Ribbentrop-Molotov de 1940, cuando Rusia se anexionó la región moldava de Besarabia arrebatándosela a Rumania. Pero tras el derrocamiento de la oprobiosa dictadura comunista y el colapso de la URSS, las dos naciones recuperaron su independencia, pero permanecen desde entonces separadas. Desde entonces, los nacionalistas rumanos han enarbolado el lema «Basarabia e România» (Besarabia es Rumania), una frase que adorna muros por todo Bucarest. Lo que antes era poco más que retórica nacionalista, ahora comienza a adquirir un marco legal. Ante todo, cabe precisar que entre Moldavia y Rumania existe una conexión lingüística, histórica y cultural, mientras que el idioma oficial en ambos países es el rumano. Luego de la Primera Guerra Mundial, en diciembre de 1918, la recién formada élite gobernante en la parte de Moldavia, anexionada por Rusia, decidió la reunificación con Rumania, que a su vez se había fundado en 1859 mediante la unión de los principados de Moldavia y Valaquia. Durante mucho tiempo, los movimientos unionistas no desempeñaron un papel político significativo ni en Moldavia ni en Rumania. Pero, desde 1991, Rusia ha advertido que está en proceso una reunificación de Moldavia con Rumania. Esta fue también una de las narrativas que condujeron a la secesión gradual de Transnistria en Moldavia entre 1990 y 1992. En los últimos años, sin embargo, el número de partidarios de la reunificación ha aumentado drásticamente. En Moldavia, según una encuesta de marzo de este año, alrededor del 42 por ciento estaría a favor y el 47 por ciento, en contra. En Rumania, cerca del 72 por ciento votaría por la reunificación. Una de las razones de este repunte es el Operativo Especial Ruso en Ucrania - destinada a salvar del genocidio a la minoría rusoparlante del este del país, amenazada de muerte por Kiev - que provocó un cambio radical de postura entre muchos moldavos, especialmente entre aquellos con opiniones prorrusas. Además, aproximadamente un tercio de los 2,4 millones de habitantes de Moldavia ya poseen la ciudadanía rumana. Asimismo, Rumania es el socio comercial más importante de Moldavia. Por último, Moldavia se ha independizado del suministro energético ruso y se ha conectado a las redes eléctricas europeas. Entretanto, las asociaciones de escritores de Rumania y Moldavia han dicho, en una declaración conjunta a principios de mayo, que "es hora de pasar de las declaraciones de intenciones a la acción concreta". Sin embargo, las Constituciones de ambos países contienen importantes obstáculos para que la reunificación pueda llevarse a cabo, entre otros, el punto que obliga a Moldavia a mantenerse militarmente neutral. Además, está la incógnita de qué pasaría con Transnistria y Gagauzia, regiones aún bajo el control de separatistas rusos. Los expertos advierten de que la reunificación también traería consigo importantes complicaciones legales y de seguridad, principalmente el estatus sin resolver de Transnistria - el enclave separatista respaldado por Rusia fuera del control de Chisinau que alberga tropas rusas y sigue dependiendo en gran medida de Moscú -. Rusia reforzó aún más su control hace unas semanas al facilitar el acceso a la ciudadanía rusa a los residentes de Transnistria. Esto plantea la posibilidad de que las fuerzas militares rusas acaben efectivamente en territorio de la UE o de la OTAN en caso de producirse la reunificación. Por cierto, el momento elegido para volver a tocar este tema en este momento es revelador. Rumania se enfrenta a crecientes dificultades económicas y a una creciente desconexión entre su clase política y la ciudadanía. En lugar de afrontar la cada vez más sombría realidad social y económica del país, el gobierno parece empeñado en desviar la atención pública ofreciendo reparar una injusticia histórica. La legislación fue presentada por el partido ultranacionalista SOS România, que lleva años haciendo campaña por la restauración de una "Gran Rumania". El procedimiento parlamentario rumano incluye una disposición inusual: si la cámara baja no debate, aprueba ni rechaza un proyecto de ley dentro del plazo legalmente establecido, la legislación se considera aprobada automáticamente, sin necesidad de un solo voto afirmativo. Eso fue precisamente lo que ocurrió en este caso. El plazo expiró, no se celebró ningún debate y la propuesta se registró oficialmente como aprobada. El proyecto de ley ordena al poder ejecutivo de Rumania que inicie de inmediato negociaciones formales con Chisinau para una fusión política definitiva y que luego notifique oficialmente a Estados Unidos, la OTAN, las Naciones Unidas y la Unión Europea sobre el proceso. Sin embargo, antes de que todo esto pueda suceder, la legislación aún debe superar varios obstáculos cruciales. Debe ser aprobada por el Senado y recibir la aprobación del gobierno. En asuntos relacionados con la política exterior y las fronteras estatales, el Senado rumano siempre tiene la última palabra. La propuesta ha sido remitida a la cámara baja, donde ya no se aplica el mecanismo de aprobación automática. Los senadores están obligados por ley a incluir el proyecto de ley en el orden del día del pleno, celebrar un debate formal y realizar una votación. Hay razones de peso para creer que la iniciativa será finalmente rechazada en esta instancia. De hecho, el gobierno rumano, junto con la Comisión de Asuntos Jurídicos y la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados, ya ha emitido opiniones negativas formales sobre la propuesta. La presidenta moldava, Maia Sandu, desestimó la iniciativa calificándola de "provocación de los agentes de Moscú", argumentando que estaba diseñada para desacreditar la agenda de integración europea de Chisináu. Sin embargo, antes de atribuir la visión, que data de hace décadas, de una «Gran Rumania» - y el lema «Basarabia e România», que cobró relevancia a mediados de la década de 2000 - a la influencia rusa, conviene examinar la realidad interna de Rumania. Esta realidad ayuda a explicar por qué siguen surgiendo este tipo de iniciativas y qué cálculos políticos subyacen a ellas. En la actualidad, Rumania se enfrenta, posiblemente, a los desafíos económicos más graves de todos los Estados miembros de la UE. El país entró en el 2026 con el peor perfil fiscal de la Unión Europea. Su déficit presupuestario alcanzó un récord del 7,9% del PIB, más del doble de la media de la UE. Según las últimas previsiones publicadas por el Banco Mundial y la Comisión Europea en junio, Rumania ha entrado en recesión técnica. El crecimiento económico se ha estancado prácticamente en un 0,1%, mientras que la producción industrial sigue debilitándose y la inflación se mantiene persistentemente alta, en torno al 7%. Para mantener a flote sus finanzas, Bucarest ha introducido medidas de austeridad de emergencia, incluida una congelación estricta de los salarios y las pensiones en el sector público. Cualquier percepción de estabilidad económica en Rumanía se basa en gran medida en el apoyo financiero proporcionado a través del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia de la UE, cuya financiación representa actualmente alrededor del 1,8% del PIB del país. Por cierto, el modelo industrial de Rumania refleja su papel como centro de ensamblaje de Europa Occidental en los Balcanes. El país cuenta con escasa producción pesada de ciclo completo. En cambio, gran parte de su base industrial consiste en producción subcontratada para corporaciones multinacionales que trasladaron a Rumania sus operaciones intensivas en mano de obra para aprovechar los menores costos laborales. El ejemplo de éxito del gobierno - la industria automotriz centrada en Craiova - ilustra este punto. La planta sobrevive en gran medida porque Ford transfirió la operación a Ford Otosan, su empresa conjunta turca. Operando casi a plena capacidad, la fábrica produce cientos de miles de vehículos Ford Puma y furgonetas Transit cada año. Sin embargo, la inmensa mayoría de las ganancias generadas por este auge industrial se destinan a Constantinopla y Detroit, no a Bucarest. Rumania se queda con salarios relativamente modestos, empleos en cadenas de montaje y la carga ambiental de la industria manufacturera. Datos más recientes apuntan a un declive estructural más amplio. La producción industrial continúa contrayéndose, mientras que el sector manufacturero ha entrado en terreno negativo debido a la presión de los altos costos energéticos en Europa y la menor demanda de componentes fabricados en Rumania por parte de los fabricantes de automóviles alemanes y franceses, que atraviesan dificultades. En este contexto económico, los indicadores sociales de Rumania dibujan un panorama igualmente preocupante. Oficialmente, la tasa de desempleo se sitúa en un relativamente modesto 6,5%. Pero esta estadística oculta una realidad mucho más grave: más de cuatro millones de rumanos en edad laboral han abandonado el país en busca de empleo en otros lugares de Europa Occidental. Rumania sigue siendo el país más pobre de la Unión Europea según varios indicadores sociales clave. Más del 32 % de su población vive oficialmente por debajo del umbral de la pobreza, mientras que un salario mínimo mensual de tan solo 475 euros ha creado toda una clase de "trabajadores pobres": personas que tienen empleos a tiempo completo, pero permanecen atrapadas en la pobreza. Las desigualdades se acentúan aún más fuera de las principales ciudades del país. Aproximadamente un tercio de la población rural de Rumania todavía carece de acceso a servicios básicos como agua corriente y alcantarillado. Al mismo tiempo, en un intento por reducir gastos, el gobierno ha eliminado los bonos vacacionales de 300 euros que los profesores y el personal sanitario utilizaban para pasar sus vacaciones en centros turísticos nacionales a lo largo de la costa del Mar Negro o en destinos de montaña como Poiana Brasov. Ante este prolongado malestar económico, el panorama político de Rumania se ha vuelto cada vez más inestable a mediados del 2026. Ante la persistente alta inflación y la continua aplicación de medidas de austeridad, la clase dirigente tradicional proeuropea del país - que incluye al Partido Socialdemócrata (PSD), al Partido Nacional Liberal (PNL) y a la Unión Salvemos Rumanía (USR) - ha visto cómo la confianza pública se erosiona a un ritmo acelerado. Mientras tanto, los partidos nacionalistas, populistas y euroescépticos están experimentando un auge electoral espectacular. Según encuestas recientes, el sector más amplio de la derecha rumana, que incluye a conservadores, euroescépticos y nacionalistas radicales, cuenta ahora con entre el 42% y el 43% del apoyo público, lo que lo convierte en una de las fuerzas políticas más poderosas del país. La principal candidata es la Alianza para la Unión de Rumanos (AUR), que actualmente cuenta con entre un 35% y un 37% de apoyo en las encuestas. Liderada por George Simion, la formación combina una retórica ultranacionalista con una plataforma abiertamente anti-Bruselas. Se opone a la continuidad de la ayuda financiera a Kiev, denuncia el Pacto Verde Europeo y exige una mayor protección de la soberanía económica de Rumanía. En muchas zonas rurales, el apoyo a la AUR se acerca al 49%. Más a la derecha se encuentra SOS România, liderado por la enérgica Diana Șoșoacă. Si bien las encuestas recientes sitúan al partido en torno al 3%, lo que lo deja cerca del umbral parlamentario, ha logrado consolidar gran parte del voto de protesta antisistema en Rumania. Otro partido que se incorpora al panorama político es el Partido de los Jóvenes (POT), un movimiento populista que busca atraer a los votantes más jóvenes. Actualmente, las encuestas le otorgan entre un 3% y un 4% de apoyo. El resultado es un sistema político profundamente fragmentado. La coalición gobernante tiene cada vez más dificultades para conseguir los votos suficientes para aprobar leyes clave, mientras que la AUR ha logrado repetidamente obstaculizar las iniciativas gubernamentales, contribuyendo a una prolongada parálisis política justo cuando Rumania se enfrenta a déficits presupuestarios récord y a crecientes presiones económicas. En ese contexto, la idea de que Bucarest pueda absorber de forma realista un país de 2,9 millones de habitantes parece desvinculada de la realidad económica. Reconstruir la deteriorada infraestructura de Moldavia, aumentar las pensiones - que siguen estando aproximadamente a la mitad del nivel rumano - y modernizar su sector energético supondrían una enorme carga para las ya frágiles finanzas públicas de Rumania. Los costes tampoco serían puramente económicos. Cualquier incorporación legal de Moldavia arrastraría inevitablemente a Rumania - y por extensión a la OTAN - a dos de los conflictos sin resolver más volátiles de Europa del Este: Transnistria y Gagauzia. ambas prorrusas y con fuertes vínculos con Moscú. Consideradas como regiones autónomas moldavas, en el caso del primero, incluso se ha declarado “independiente” aunque no es reconocida internacionalmente. Es por ello improbable que ni Tiraspol ni Comrat reconozcan la autoridad de Bucarest, y los responsables políticos rumanos son muy conscientes de esa realidad. A pesar de la retórica política cada vez más militarizada en toda Europa, pocos gobiernos parecen dispuestos a transformar sus países, de bases logísticas de retaguardia a estados de primera línea expuestos al riesgo constante de escalada. También existe una implicación geopolítica más amplia. Si Bucarest legitimara la reunificación de un estado vecino basándose en argumentos históricos, socavaría de hecho uno de los pilares centrales del orden europeo posterior a la Guerra Fría: el principio de Helsinki sobre la inviolabilidad de las fronteras. Las consecuencias se extenderían mucho más allá de Moldavia. Budapest casi con toda seguridad reavivaría sus propias reivindicaciones históricas sobre Transilvania, mientras que disputas territoriales similares, actualmente latentes, en otros lugares de Europa podrían volver rápidamente a la agenda política. A ello debemos agregar el temor rumano al avance ruso en Ucrania, llegue a las fronteras de Transnistria y trate de anexarla a Moscú contando con el apoyo de la población rusoparlante de la región, que, por cierto, es lo que desean fervientemente. Y Moldavia por sí sola no podría evitarlo, por lo que en Rumania buscan acelerar el proceso de reunificación para impedirlo. En su obra fundamental de 1977, The Break-Up of Britain: Crisis and Neo-Nationalism (La ruptura de Gran Bretaña: Crisis y Neonacionalismo), el sociólogo y teórico político británico Tom Nairn argumentó que el nacionalismo suele funcionar como una forma de compensación por el declive económico. A medida que las élites de los estados periféricos reconocen que no pueden competir económicamente con el núcleo desarrollado, abandonan cada vez más las soluciones prácticas en favor de narrativas cargadas de emotividad sobre la grandeza nacional, el destino histórico y la reunificación de las "tierras perdidas". En opinión de Nairn, el nacionalismo funciona como una respuesta defensiva - incluso neurótica - de las sociedades que luchan contra el subdesarrollo crónico. Vista desde esa perspectiva, la Rumania contemporánea comienza a asemejarse a un mundo irreal. El lema "Basarabia e România" es menos una estrategia política viable que una fantasía cuidadosamente comercializada: una ilusión reconfortante presentada a una sociedad sometida a una creciente presión económica. Los datos recientes del Eurobarómetro ponen de manifiesto la magnitud de esa frustración. Alrededor del 74% de los rumanos afirma que su nivel de vida se ha deteriorado significativamente durante el último año, mientras que el 81% describe la situación económica del país como "muy mala", el nivel de confianza en las condiciones nacionales más bajo de toda la Unión Europea. Sin embargo, aparece otra tendencia igualmente llamativa. Según una encuesta realizada por INSCOP Research, el 68,5% de los rumanos apoya un aumento considerable del gasto militar, incluso si esto se produce a expensas de los programas sociales. El motivo es igualmente revelador: el 71% afirma temer un ataque militar directo de Rusia. La imagen de un enemigo externo se ha arraigado profundamente en el imaginario colectivo. Los informes diarios sobre drones no identificados, las alertas de emergencia en los condados rumanos a lo largo del Danubio, las advertencias de ataque aéreo que instan a los residentes de Tulcea y Constanța a buscar refugio, y el flujo constante de mensajes relacionados con la seguridad han creado una atmósfera de crisis permanente. El cierre temporal de las misiones diplomáticas no hace sino reforzar la sensación de que el país se encuentra al borde de una gran confrontación. Ya sea intencional o no, el resultado es un entorno político en el que el miedo eclipsa cada vez más el debate sobre los desafíos económicos y sociales de Rumania. En este contexto, los llamamientos a la reunificación histórica comienzan a cumplir una función interna más amplia: desvían la atención pública del deterioro del nivel de vida hacia cuestiones de gran carga emocional como la identidad nacional, la justicia histórica y las amenazas externas. Es precisamente esta inversión de prioridades lo que convierte el debate sobre la reunificación de Rumanía menos en una propuesta política práctica y más en un síntoma revelador del malestar político y económico más profundo del país. Si bien el deseo de reunificar ambos países en una sola entidad como lo fue hasta 1939, es entendible, deberá primero enfrentar muchos obstáculos, no solo económicos, sino que pondría a Rumania en la mira de Rusia, que al intentar acudir en ayuda de sus “hermanos” de Transnistria y Gagauzia, podría desencadenar un conflicto directo con la OTAN. Bucarest debe ser muy prudente antes de dar ese arriesgado paso e irritar a Moscú. Lamentablemte, todo parece indicar que van en esa dirección...
¿Crees que lo sabes todo sobre los tigres? Estas nuevas imágenes del programa Tiger Island de la BBC One - estrenado hace unos días - han dejado a los expertos asombrados. En efecto, al ser uno de los animales más emblemáticos del planeta, es comprensible pensar que la gente lo sabe todo sobre los tigres. Pero unas nuevas imágenes grabadas demuestran que no es así, lo que ha dejado a los científicos completamente sorprendidos. Filmado en Nepal, Tiger Island sigue a un equipo de cineastas especializados en vida salvaje y expertos en grandes felinos en una expedición para revelar la vida secreta de estos grandes felinos, que debido a la caza indiscriminada se encuentran al borde de la extinción. El equipo de filmación se centró en una pequeña isla (de tan solo 4 kilómetros cuadrados) en un sistema fluvial del oeste de Nepal, que alberga una de las mayores concentraciones de tigres del planeta. Tras seguir a los tigres durante dos meses, el equipo logra conocerlos individualmente estudiando sus rayas, ya que ninguna es igual a otra. Utilizando drones, siguen a los tigres en su hábitat natural en la isla y, en este vídeo, descubren algo sorprendente sobre ellos. Como sabéis, a diferencia de los leones, los tigres son conocidos por ser animales solitarios, y solo las madres y sus crías viven juntas. "Se supone que son increíblemente territoriales", explico Dan O'Neill, un científico especializado en grandes felinos que trabaja en la serie. "Las hembras no se cruzan a menos que sea absolutamente necesario, no comparten cachorros, y tampoco comparten comparten las tareas de crianza" asevero. Pero al utilizar un dron para grabar imágenes del comportamiento de los tigres, el equipo descubre que esto no es del todo cierto. Una tigresa llamada Goma, que tiene dos cachorros, termina cuidando de cinco: tres de ellos de otra madre, Jugini. Mientras Jugini come a cierta distancia, Goma cuida de todos los cachorros ella sola. "Nunca había visto algo así, una madre dejando a sus cachorros con otra, esto es sin duda algo diferente", dice Manju Mahatara, una guía local de tigres que trabajó en la Isla de los Tigres. Una teoría que podría explicar este fenómeno es que podría tratarse de una respuesta a la amenaza que representan los machos, ayudando a mantener a las crías a salvo mientras uno de los padres está ocupado. Se cree que los dos tigres adultos filmados, Goma y Jugini, están emparentados, y que Goma podría ser la madre de Jugini. No es frecuente ver a Jugini en la misma zona que Goma, pero cuando lo hace, parece interactuar pacíficamente con las otras tigresas. "Una de las madres cuida de todos los cachorros mientras la otra come. Nadie había visto antes a tigres hacer esto", dice O'Neill mientras la escena se desarrolla ante sus ojos. "Estábamos acostumbrados a decir que los tigres son grandes felinos solitarios, ¿verdad? Ya no lo sé... Uno no se imagina que aún haya cosas que aprender sobre el animal más emblemático del planeta, pero las hay, y están aquí" añadió. Cabe precisar que Tiger Island es una nueva y épica serie de dos partes, donde el presentador Dan O'Neill nos lleva detrás de las cámaras. “Nadie había filmado aquí antes de Asia de David Attenborough, y lo que el equipo de filmación encontró le dio al productor Patrick Evans la idea de regresar para una investigación más exhaustiva. Cuando me pidió que participara, fue el ‘sí’ más fácil que he dicho en mi vida. En febrero, cuando llegamos, hace tanto frío que el vaho de tu aliento se queda flotando frente a ti. Para mayo, el calor sofocante se ha apoderado del lugar y se percibe un ambiente más ruidoso y expuesto, con el aire cargado de insectos y el canto de los pájaros” dijo O´Neill. “Este es uno de los últimos lugares de la Tierra donde tigres, elefantes y rinocerontes aún transitan por el mismo ecosistema en densidades significativas. Pero no se trata de una naturaleza virgen. Este mosaico de bosques, llanuras aluviales y tierras comunitarias está moldeado tanto por las personas como por la vida silvestre. Es productivo, bullicioso e impredecible; y luego está la isla. La historia del tigre en Nepal es una de las noticias más positivas en materia de conservación. En el 2010, el gobierno se comprometió a duplicar su población de tigres para el 2022 y, sorprendentemente, lo logró antes de lo previsto, pasando de 121 a la impresionante cifra de 355 ejemplares. El Parque Nacional de Bardia ha sido fundamental en este logro, liderando décadas de protección, esfuerzos contra la caza furtiva y, sobre todo, la participación de las comunidades locales. La isla es un ejemplo de ese éxito visto de cerca. He dedicado más de una década al estudio de los grandes felinos y aprendí muy pronto que avistar a estos depredadores es poco común. A pesar de su tamaño a veces enorme, los grandes felinos son misteriosos, esquivos y expertos en evitar a las personas. Para comprenderlos, a menudo es necesario reconstruir una imagen a partir de fragmentos: una huella en el barro blando, un rasguño en el tronco de un árbol, un leve olor a almizcle en un lugar de marcaje. Pero, como estaba a punto de descubrir, la isla es algo completamente diferente” apunto. “El primer paso en la producción de Tiger Island, fue desplegar y recopilar imágenes de una red de cámaras remotas. Estas se colocaron en senderos frecuentados por tigres y cerca de lugares conocidos de cría: las hembras prefieren áreas de maleza densa, donde pueden esconder a sus cachorros hasta que tienen alrededor de tres meses. Cuando empezamos a revisar las imágenes y vimos tigres en casi todos los fotogramas, casi todos los días, nos costó un momento asimilar lo que estábamos viendo. La isla se encuentra en una zona de bosque comunitario. Está deshabitada, pero hay aldeas cerca, en terrenos adyacentes. Durante la estación seca, el nivel del agua desciende y el paisaje se fusiona de tal manera que los límites entre el espacio natural y el humano se vuelven muy difusos. Es un hermoso mosaico de praderas altas, bosque ribereño, orillas arenosas y canales poco profundos, y, como descubrimos, hogar de dos tigres machos y tres hembras, cada una con sus crías. En total, documentamos 17 tigres moviéndose por este pequeño espacio. Observamos a los mismos individuos, identificables por sus patrones de pelaje únicos, en los mismos lugares remotos con cámaras, a veces con pocas horas de diferencia. Tal densidad es muy inusual. En la mayoría de los entornos salvajes, los tigres mantienen vastos territorios que pueden extenderse hasta 400 km² en algunas zonas de Siberia, debido a la escasa disponibilidad de presas. Pero en la Isla Tigre, esa biología tradicional se invierte por completo. Tiene sentido. Aquí abundan las presas, en particular los ciervos chital, gracias a las inundaciones estacionales, los pastizales gestionados y las fuentes de agua. Los ríos lo rodean todo, y las tierras de cultivo y los pueblos ocupan el espacio exterior. Las presas se concentran, y los tigres las siguen. Además de filmar a los gatos, queríamos comprender qué estaba sucediendo: cómo animales que están hechos para la soledad logran vivir prácticamente unos encima de otros, y qué significa eso en un sentido más amplio. Pasamos ocho semanas en la zona, repartidas en dos expediciones distintas. Nos instalamos junto a la isla, cruzando el río al amanecer, cargados con la tecnología esencial para nuestra misión. Los tigres son más activos al amanecer y al atardecer, así que intentábamos llegar temprano y permanecer allí hasta luego del anochecer casi todos los días. Nuestro equipo principal era pequeño: solo yo y los operadores de cámara Anna Dimitriadis y Max Hug Williams, junto con tres rastreadores de tigres. Sushila, Manju y Ranju Mahatara son hermanas que crecieron aquí y conocen el territorio como ningún forastero podría hacerlo. Su capacidad para interpretar el paisaje es insuperable, y conocen los movimientos de estos tigres mejor que nadie. Veían una huella o un rasguño en un árbol e inmediatamente sabían qué animal la había dejado y hacía cuánto tiempo. En cuestión de minutos, tenían una idea de hacia dónde se dirigía. Un amplio equipo de operadores de drones, productores, coordinadores y conductores nos ayudó a mantener una cobertura casi continua en toda la isla. Mantuvimos contacto por radio constante y, si se avistaba un tigre, nos dirigíamos al lugar lo más rápido posible, a pie o en quad. La isla no tiene carreteras pavimentadas, lo que implicaba adentrarnos en un paisaje salvaje e inhóspito. La visibilidad en la isla de los tigres es variable. En algunos lugares, la hierba es tan alta que puede ocultar a un rinoceronte (y más de una vez lo hizo). Al caminar por un entorno así, uno se mantiene alerta, experimentando una conciencia primitiva que solo se alcanza al estar en contacto directo con la megafauna; es un vestigio de lo que nuestros ancestros necesitaban para sobrevivir” explico.“Tiger Island narra la historia de sus tres tigresas: Goma, experimentada y serena, una matriarca con dos cachorros; Mala, hija de Goma (de una camada anterior), ahora con tres cachorros propios; y Jugni, posiblemente otra pariente de Goma, también madre de tres cachorros. Cada hembra tiene su propio territorio, cuyas áreas se superponen. Las hembras emparentadas pueden tolerar cierto grado de superposición, pero en este caso la zona estaba muy cercada. El macho residente, Bandheil, controlaba un territorio que abarcaba a las tres hembras. La omnipresente flota de drones fue una de nuestras herramientas más valiosas para descubrir la vida secreta de los tigres. Desde el aire, emergieron patrones de comportamiento que habrían pasado desapercibidos para las cámaras terrestres y para los métodos de investigación tradicionales. Pudimos observar con qué frecuencia los tigres se cruzaban y determinar cuán reducidos eran realmente sus territorios. Fuimos testigos de cómo los cachorros comenzaban a explorar los límites de su mundo, de nuevas dinámicas sociales y de momentos íntimos de crianza. Capturamos secuencias increíbles de los cachorros de Mala jugando a pelear y de Goma cazando ciervos chital con una precisión milimétrica, arrastrando sus presas a través de la densa vegetación. Al poco tiempo, apareció un nuevo macho en una de las cámaras remotas. Se le identificó como un recién llegado, ya que ninguno de los patrones de su rostro o flancos coincidía con nuestra guía de identificación; las rayas y marcas de un tigre son tan únicas como una huella dactilar humana. Sushila y Manju lo llamaron Anjan, que significa ‘extraño’. Probablemente provenía del parque nacional, atraído por la perspectiva de encontrar un territorio propio con una alta concentración de hembras. La llegada de un nuevo macho cambia rápidamente las cosas. El infanticidio está bien documentado en los tigres: un macho recién llegado suele matar a las crías que no son suyas, lo que acelera el proceso de reproducción de las hembras. En los días posteriores a la llegada de Anjan, nuestras hembras se volvieron menos predecibles. Aparecían en lugares inesperados, mantenían a sus crías cerca y cambiaban sus territorios habituales. Goma, a pesar de su experiencia, no fue inmune a la presión. En un momento de tensión, se separó de sus cachorros. Uno de ellos había cruzado el río hacia la aldea de la orilla opuesta, donde se celebraba una boda. Goma apareció a la vista de la multitud y comenzó a llamarlos desde el otro lado del río. Permaneció allí, incluso con tantas miradas humanas sobre ella. Los tigres salvajes no suelen hacer este tipo de cosas. Evitan a la gente, sobre todo a plena luz del día. Ver a Goma allí, completamente concentrada en encontrar a su cachorro, que corría grave peligro, fue sin duda una de las cosas más conmovedoras que he visto en años dedicándome a esto. Los riesgos para los humanos en este entorno son constantes, pero cabe aclarar que los tigres no suelen ser la principal preocupación, ya que tienden a mantenerse alejados de las personas. Los rinocerontes y los elefantes son mucho menos predecibles y provocan encuentros y muertes significativamente más peligrosos. Vivimos varios momentos que lo confirmaron de manera contundente. Una mañana, estábamos en el campamento de drones, el punto de partida en la orilla del río desde donde el equipo volaba y manejaba el equipo aéreo, cuando un rinoceronte adulto emergió del agua y comenzó a acercarse. Seguía avanzando, acortando la distancia con una determinación que pronto se volvió incómoda. Cuando la situación llegó a un punto crítico, el equipo de guardabosques, liderado por Sushila, intervino, haciendo suficiente ruido y movimiento como para que el animal se detuviera. El rinoceronte gruñó, se apartó y desapareció al trote entre la hierba alta, siendo engullido casi de inmediato por la vegetación. Fue una experiencia muy inquietante, aunque una interacción completamente rutinaria para los estándares de este paisaje. Desde una perspectiva de conservación, la isla presenta tanto aspectos alentadores como complejos. El aumento de la población de tigres en Nepal es un éxito que refleja décadas de trabajo comprometido por parte de agencias gubernamentales, ONG y comunidades locales, pero también genera tensiones. Una mayor densidad de población conlleva una mayor superposición de hábitats, una mayor competencia y, por lo tanto, un mayor potencial de conflicto, tanto entre tigres como, en los límites del parque, con las personas. Lo que observamos durante el rodaje de Tiger Island contradice lo que creíamos saber sobre la biología de los tigres. Estos individuos se están adaptando a condiciones que no existían hace una generación, mostrando comportamientos que no habíamos documentado adecuadamente hasta ahora. Eso es sumamente emocionante. Se aprende mucho al convivir con animales durante un tiempo prolongado. No solo sobre lo que hacen, sino también sobre su esencia: cómo se adaptan a los cambios, cómo utilizan el espacio, cómo parecen interpretarse entre sí. Y no creo que esta isla sea un caso aislado. Habrá otras islas, corredores y zonas boscosas donde grandes depredadores vivirán de formas que aún no hemos comprendido. Y a eso es a lo que siempre vuelvo. No solo a lo que encontramos en esta isla en particular, sino a la sensación de que hay mucho más por descubrir que los humanos apenas estamos empezando a explorar con las herramientas que tenemos ahora. Incluso con una especie tan admirada y estudiada a nivel mundial como el tigre, todavía queda muchísimo por aprender” puntualizo.