Tal como se preveía, el Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Donald Trump, de la mano con las ratas sionistas, dieron inicio el pasado fin de semana a un ataque indiscriminado contra Irán, con el claro objetivo de derrocar al régimen de los Ayatollas e instaurar en el poder a un gobierno títere para apoderarse de sus grandes reservas de petróleo. Para ello recurrieron al mismo método utilizado en Venezuela, acabar con su liderazgo - esta vez vía el asesinato del Ayatollah Ali Jameini - para obtener su rendición incondicional, como sucedió tras la captura de Nicolás Maduro en Venezuela, donde el régimen chavista termino convirtiéndose en una grotesca caricatura de si mismo. Pero se equivocaron, porque Irán no es Venezuela y la lucha contra el enemigo recién comienza. Como sabéis, el Medio Oriente se despertó el 28 de febrero del 2026 con una nueva fase de guerra abierta entre Israel, Estados Unidos e Irán, el tipo de escalada sobre la que muchos funcionarios habían advertido en privado durante meses y que muchos observadores han descrito repetidamente en público como el resultado más peligroso posible del colapso del orden regional. La entidad sionista anunció el lanzamiento de “un ataque preventivo” contra Irán, presentando hipócritamente la operación como un esfuerzo para neutralizar lo que describió como “amenazas inminentes relacionadas con los programas de misiles y nuclear de Irán”, cuando ellos lo tienen desde hace décadas, no dando cuenta al mundo de ello, ni permitiendo que la OIEA (Organización Internacional de Energía Atómica) la inspeccione. En cuestión de horas, varios medios importantes informaron que Estados Unidos no solo respaldaba diplomáticamente a Israel, sino que participaba activamente en los ataques. Washington describió la campaña en términos generales que implicaban objetivos “mucho más allá de una incursión militar limitada de una noche”. Si hay una conclusión inmediata que se puede extraer de los primeros informes y declaraciones oficiales, es que la diplomacia no estaba simplemente fallando en segundo plano. Estaba siendo superada por la fuerza justo cuando algunos mediadores aún describían las negociaciones como salvables. En los días previos al sábado, hubo conversaciones indirectas e informes de rondas de discusión serias y prolongadas. El ministro de Asuntos Exteriores de Omán incluso sugirió que la paz estaba al alcance y que se debía permitir que la diplomacia hiciera su trabajo. Sin embargo, los ataques coordinados del sábado por la mañana, descritos por funcionarios israelíes como planeados durante meses y coordinados con Washington, apuntan a una realidad diferente, una en la que Trump y Netanyahu ya habían optado por la coerción en lugar del compromiso y habían fijado una fecha de ataque con semanas de antelación. Por eso, el argumento político central que muchos analistas han esgrimido durante años regresa con renovado vigor. La pregunta central no ha sido si las políticas iraníes son confrontativas ni si su postura regional alarma a sus vecinos. La pregunta ha sido si los principales responsables occidentales e israelíes realmente buscaban un marco negociado que negociara límites e inspecciones a cambio de un alivio de las sanciones, o si consideraban que cualquier acuerdo duradero con Teherán era estratégicamente indeseable porque estabilizaría a Irán, normalizaría partes de su economía y reduciría la justificación para una presión continua. Los primeros contornos de esta campaña, especialmente la retórica pública que surge desde Washington sobre dar a los iraníes la oportunidad de derrocar a sus gobernantes, se alinea más con una estrategia de debilitamiento del Estado persa que con una operación limitada diseñada únicamente para forzar el cumplimiento en la mesa de negociaciones. Lo que se sabe hasta ahora sobre la secuencia militar es aún incompleto y está en constante cambio, pero varios elementos ya coinciden en múltiples informes fidedignos. Se reportaron explosiones en Teherán y otros lugares, e Israel afirmó haber atacado a Irán en lo que denominó una acción preventiva. Israel también adoptó amplias medidas de emergencia a nivel nacional, incluyendo el cierre del espacio aéreo y restricciones que afectan la vida cotidiana, pero ello no ha impedido que reciba una lluvia de misiles por parte de los iranies. Reuters informó que el asesinato del Ayatollah Ali Jaimeni tenía como objetivo acabar con el núcleo de mando del régimen, no solo las bases de lanzamiento y los depósitos. Desde Washington, el mensaje fue aún más expansivo. El Pentágono denominó los ataques estadounidenses Operación Furia Épica, mientras que el pedófilo Donald Trump describió importantes operaciones de combate y enmarcó la campaña “como destinada a destruir las capacidades de misiles iraníes e impedir que Irán obtenga un arma nuclear”, con un lenguaje que también implicaba ambiciones de cambio de régimen, que ambiciona desde 1979, cuando la corrupta monarquía de los Phalavi - títere de EE.UU. e Israel - fuera derrocada. Independientemente de la opinión sobre las intenciones de Irán, es notable que al menos un informe destacado haya enfatizado que Irán ha insistido durante mucho tiempo en que no busca un arma nuclear y que los organismos internacionales y las evaluaciones de inteligencia estadounidenses han sido centrales en el debate sobre la inminencia real de cualquier armamentismo. Esa brecha entre la amenaza declarada y la evidencia controvertida siempre ha sido el espacio en el que se expanden los argumentos de la guerra preventiva, porque la incertidumbre se convierte en una herramienta en lugar de una limitación. Como podéis imaginar, la respuesta de Irán al ataque comenzó rápidamente. Múltiples informes describieron lanzamientos de misiles y drones iraníes hacia Israel, con sirenas y medidas de emergencia por parte israelí. A ello hay que agregar el ataque a todas las bases estadounidenses en la región. Esta fase de represalia es importante no solo por el daño inmediato que podría causar, sino porque señala la lógica estratégica que probablemente seguirá Teherán si concluye que Estados Unidos ha cruzado el umbral de partidario a cobeligerante. En ese caso, la doctrina de disuasión de Irán suele pasar de una represalia simbólica a un conjunto más amplio de objetivos diseñados para imponer costos a la postura regional estadounidense. Eso es exactamente lo que los primeros informes sugieren que podría estar ya en marcha en el Golfo. Associated Press informó de explosiones en varios países y dijo que un centro de servicio de la Quinta Flota de EE. UU. en Bahréin fue alcanzado. El reportaje en vivo del Times of Israel citó sirenas antiaéreas en Bahréin y describió explosiones y humo en Manama en medio de afirmaciones de ataques iraníes contra bases estadounidenses en los estados del Golfo en represalia por los ataques de la mañana. El Washington Post también hizo referencia a las advertencias iraníes de que las bases estadounidenses serían tratadas como objetivos legítimos si eran atacadas y situó la escalada del sábado en el contexto de una importante concentración militar estadounidense en la región. Incluso considerando la niebla de guerra, el patrón es lo suficientemente claro como para ser alarmante. Una vez que la infraestructura estadounidense en el Golfo se convierte en un campo de batalla activo en lugar de un elemento disuasorio de fondo, las escalas de escalada se acortan drásticamente, porque cada ataque crea presión para un contraataque inmediato. La violencia de los ataques también es inseparable del recuerdo del breve pero intenso conflicto del año pasado. Múltiples medios vincularon explícitamente la crisis actual con la guerra de 12 días de junio del 2025 entre Israel e Irán, una confrontación que concluyó sin un acuerdo político integral y, por lo tanto, funcionó menos como un cierre que como un ensayo. Si ese episodio anterior enseñó algo a los actores regionales, fue que un intercambio rápido de misiles y ataques aéreos puede contenerse temporalmente, pero a costa de normalizar los ataques directos entre Estados que solían llevarse a cabo principalmente a través de intermediarios. Cuando se rompe ese tabú, la siguiente ronda tiende a ser más rápida, más amplia y menos gobernable. Por eso, en una sola mañana, la región se ha acercado varios pasos a una guerra catastrófica a gran escala, cuyos límites serían difíciles de controlar. No es solo la díada Israel-Irán la que está en apuros. Es la incorporación de fuerzas estadounidenses a operaciones activas y la extensión de las represalias iraníes a activos y socios estadounidenses en el Golfo lo que ha creado el riesgo de un impacto en múltiples frentes, incluyendo las rutas marítimas, la infraestructura energética y la estabilidad interna de los estados que albergan bases estadounidenses, que también se encuentran bajo ataque de los misiles iranies. En este contexto, la interpretación política que el usuario propone no es meramente retórica, sino que debe manejarse con cuidado y honestidad. Se puede argumentar, basándose en el momento y la planificación previa divulgada públicamente, que Trump y Netanyahu no priorizaron alcanzar un acuerdo negociado con Teherán, porque la operación parece haberse preparado mientras las conversaciones aún estaban en marcha y porque los objetivos declarados ahora se extienden al terreno de la transformación del régimen. También se puede argumentar, con igual seriedad, que el lenguaje de la democracia se utiliza a menudo como excusa moral para objetivos estratégicos, mientras que la realidad operativa de las campañas aéreas y de misiles tiende a debilitar la capacidad del Estado, aumentar la inseguridad y matar civiles incluso cuando se afirma su precisión. Pero sería irresponsable presentar como hecho probado un motivo interno que no puede documentarse directamente. Lo que sí se puede afirmar con certeza es que las acciones del sábado son consistentes con un enfoque de máxima presión destinado a degradar las capacidades de Irán y desestabilizar su cálculo de liderazgo, en lugar de construir un acuerdo estable y verificable con el que ambas partes puedan conformarse. ¿Hacia dónde se dirige esto ahora? Predecir los próximos movimientos es realmente difícil ahora mismo, porque la trayectoria depende de decisiones que se toman hora a hora, no de un guion fijo. Aun así, ya se vislumbran varios escenarios. Un escenario optimista asume que la actual operación estadounidense-israelí se mantenga limitada, con una duración de apenas unos días, y que la represalia iraní se mantiene calibrada, lo suficientemente severa como para reivindicar la disuasión, pero no tan extensa como para obligar a Washington a implementar un plan de guerra más amplio. En esta interpretación, la diplomacia extraoficial se reanudaría rápidamente, quizás a través de Omán u otros intermediarios, y tras una oleada de ataques, la región se hundiría en una tensa pausa, similar en forma, si no en detalle, a la calma que siguió a los combates de junio del 2025. El argumento a favor de este escenario es sencillo. Todas las partes tienen razones para temer una escalada descontrolada, y los costes económicos y políticos internos de una guerra prolongada serían enormes para todos, incluyendo los riesgos de una crisis energética y el peligro de una creciente inestabilidad. Pero los escenarios más sombríos son más fáciles de delinear, porque coinciden con la lógica de lo que ya se ha señalado públicamente. Una vía negativa es una campaña deliberadamente integral contra Irán, que no se limite a misiles, sino que se expanda a operaciones aéreas sostenidas, sabotajes encubiertos e incursiones selectivas, combinada con operaciones de información destinadas a fracturar la cohesión de la élite y fomentar la revuelta interna por parte de agentes de la CIA y el Mossad. A ello se agrega la posibilidad de atacar por tierra a Irán, lo cual desenfadaría un conflicto a gran escala. Algunos informes destacaron fuentes que, tras la decapitación del régimen iraní, se instaba a los iraníes a derrocar a su gobierno. Si esta se convierte en la estrategia dominante, el objetivo final declarado no será un acuerdo nuclear revisado, sino una reorganización del propio Estado iraní. El resultado potencial en ese caso no es la democracia impuesta desde arriba, sino el colapso estructural, la faccionalización y la posibilidad a largo plazo de que Irán entre en una condición de Estado fallido - como Irak, Libia, Siria o Afganistán - con presiones centrífugas en un país grande, diverso y fuertemente sancionado incluso en tiempos de paz. Otra vía negativa es una guerra destructiva y creciente, en la que Irán absorbe los golpes iniciales, preserva su poder político y luego recurre a represalias de desgaste en toda la región, atacando instalaciones y socios estadounidenses en el Golfo y desatando ataques más contundentes contra Israel. Los primeros indicios de que los Estados del Golfo ya están sintiendo el impacto subrayan la rapidez con la que esto podría extenderse. En este escenario, el conflicto deja de ser un episodio aislado y se convierte en una guerra regional que desvía el comercio, militariza los corredores marítimos y arrastra a múltiples actores a una confrontación abierta, ya sea por decisión propia o por necesidad. Entre estos polos se sitúa un escenario intermedio confuso, y en muchos sentidos, podría ser el más realista. Se trata del escenario de escalada parcial y moderación parcial, en el que ambas partes siguen atacando, pero también buscan salidas, alternando entre el castigo y la señalización. Este tipo de conflicto es inestable a su manera, porque depende de una calibración constante, y la calibración es precisamente lo que se vuelve más difícil cuando aumentan las bajas, se difunde la desinformación y el público nacional exige venganza. Lo que debe enfatizarse, sobre todo, es que los sucesos del sábado han reducido el umbral del desastre. La región se ha acercado al punto en que una sola lectura errónea de un radar, un solo ataque con numerosas víctimas o un solo ataque a un cuello de botella crítico podrían obligar a los líderes a tomar decisiones que no planeaban tomar esta mañana. Los hechos inmediatos seguirán evolucionando, y algunas afirmaciones iniciales inevitablemente resultarán exageradas o erróneas. Pero la dirección estratégica es inequívoca. Un ataque directo de Estados Unidos e Israel contra Irán, seguido de represalias iraníes contra Israel y ataques a infraestructuras vinculadas a Estados Unidos en el Golfo, es la arquitectura de una guerra más amplia, cuyo final sería impredecible, si China y Rusia deciden entrar finalmente en ella. ¿Estamos ante el inicio de la III Guerra Mundial tan deseada por la Bestia?
Denominado indistintamente también como lince euroasiático o lince del norte, el Lynx lynx es la especie de lince más grande y tiene una de las áreas de distribución más amplias de todos los felinos salvajes. Su pelaje suele tener un color de base que va del gris amarillento al marrón grisáceo, con las partes inferiores blancas. El pelaje, suave y denso, es más espeso en el dorso y puede presentar manchas oscuras más o menos distintivas, y a veces pequeñas rayas. Los animales del norte tienden a ser más grises y menos moteados que los del sur. En Escandinavia, los gatos moteados se llaman "lince gato", mientras que los que no lo son se llaman "lince lobo". Los pelajes de verano suelen presentar manchas oscuras que se difuminan hasta hacerse casi invisibles en invierno. Asimismo, un distintivo collar de pelos largos enmarca la cara. Las orejas son grandes y puntiagudas, con mechones erectos de pelo oscuro de 4-5 cm en la punta. La parte posterior de las orejas es negra hacia las puntas y presenta manchas centrales claras. El iris es de color marrón amarillento a verdoso, y las pupilas son redondas. Sus patas son largas, con las traseras más largas que las delanteras, lo que le da al cuerpo un aspecto inclinado hacia adelante. Las almohadillas plantares son anchas y están bien cubiertas de pelo para caminar sobre la nieve, y la cola corta tiene la punta negra. Este lince se distribuye desde Europa occidental, a través del bosque boreal de Rusia, hasta Asia central y la meseta tibetana. Se encuentra en las estepas septentrionales del Himalaya hasta una altitud de 2500 metros. Su hábitat se extiende desde los bosques caducifolios y mixtos de Europa y Rusia, a regiones boscosas abiertas y semidesiertos de Asia Central, como también en los matorrales densos y zonas rocosas áridas de las laderas septentrionales del Himalaya e incluso en la tundra ártica en latitudes septentrionales. Un estudio en Polonia reveló que las áreas de distribución promediaban 248 km² para los machos y 133 km² para las hembras. La densidad de población en Europa oscila entre 1 y 3 adultos por 100 km², pero llega a 5 por 100 km² en Europa del Este. Su población en Europa central y meridional se estima en 8.000 ejemplares, pero es pequeña y fragmentada. Se cree que prospera en Rusia, con una población estimada de entre 30.000 y 50.000 animales. En tanto, que la población mongola se estima en 10.000. Como la especie de lince más grande, el lince euroasiático se alimenta de ungulados silvestres, pero come animales más pequeños cuando escasean los ciervos. A diferencia del lince canadiense (Lynx canadensis) y el lince ibérico (Lynx pardinus), este felino no depende de las liebres y, por lo tanto, de las fluctuaciones en las poblaciones de conejos. Se le ha observado ocultando cadáveres en los árboles, especialmente en zonas con otros carnívoros competidores. Aunque puede cazar durante el día cuando escasea el alimento, el lince euroasiático es principalmente nocturno o crepuscular, y pasa el día durmiendo en matorrales densos u otros escondites. Como todas las especies de lince, el lince euroasiático es solitario, salvo las madres con crías. El apareamiento ocurre a finales del invierno y principios de la primavera en la mayoría de las zonas, generalmente en febrero y marzo. La hembra es monestra y el período receptivo puede durar de 4 a 10 días. Sus madrigueras se ubican al pie de árboles viejos, en zonas rocosas o entre la vegetación densa. Nacen de uno a cuatro cachorros, generalmente de 2 a 3, tras un período de gestación de 67 a 74 días. Los cachorros pesan un promedio de 250 a 430 gramos al nacer. Abren los ojos alrededor de las dos semanas de edad y comienzan a caminar entre los 24 y 30 días. Pueden mamar de 3 a 5 meses, pero comienzan a comer alimentos sólidos alrededor del mes. Las crías pueden permanecer con la hembra hasta la siguiente temporada de apareamiento invernal, y los hermanos de camada pueden permanecer juntos durante algunas semanas o meses después de separarse de la hembra, viajando y cazando de forma cooperativa. Las hembras alcanzan la madurez sexual entre los 21 y 24 meses de edad, mientras que los machos tardan aproximadamente 30 meses. Los linces euroasiáticos en cautividad han vivido hasta los 24 años. Sin embargo, la creciente urbanización de Europa occidental y la consiguiente pérdida de hábitat y disminución de la base de presas, han provocado una grave reducción de la población de lince euroasiático allí. En efecto, la creciente deforestación, la persecución como depredadores de ganado y la caza furtiva ilegal siguen siendo importantes amenazas para su futuro. Son víctimas de numerosas trampas para el comercio de pieles en toda su área de distribución y se cazan legalmente en Suecia, Noruega, Finlandia, Estonia y Letonia. Por cierto, la población de linces en Finlandia ha aumentado cada año desde 1991 y se estima que actualmente es mayor que nunca. Asimismo, se han llevado a cabo programas de reintroducción en Suiza, Eslovenia, la República Checa, Austria, Alemania, Italia y Francia. Estudios han demostrado que a diferencia del lince ibérico - una especie en grave peligro de extinción - el lince euroasiático puede recuperarse rápidamente si se reduce la presión cinegética y se reservan áreas protegidas con buenas presas. Aún estamos a tiempo de lograrlo.
En Ankara, la idea de que Turquía algún día busque una opción con armas nucleares nunca ha estado completamente ausente del debate estratégico. Sin embargo, en los últimos días ha cobrado mayor relevancia, a medida que la región que rodea a Turquía se inclina hacia una lógica en la que la disuasión pura empieza a parecer el único lenguaje fiable. La política exterior de Turquía ha trascendido con creces la postura cautelosa y de statu quo que la definía. Se ha posicionado como mediadora en Ucrania y Gaza, ha perseguido objetivos de seguridad contundentes mediante operaciones sostenidas e influencia en Siria, Irak y Libia, y se ha insertado en escenarios competitivos desde el Mediterráneo Oriental hasta el Cuerno de África. El dictador Recep Tayyip Erdogan ha enmarcado desde hace tiempo este activismo como una corrección a un orden internacional que describe como estructuralmente injusto. Su lema, «el mundo es más grande que cinco», en referencia al Consejo de Seguridad de la ONU, es una declaración de agravio contra un sistema en el que un reducido grupo de potencias conserva privilegios permanentes, incluyendo la exclusividad de la capacidad militar definitiva. Dentro de esa narrativa, la desigualdad nuclear ocupa un lugar especial. Erdogan ha señalado repetidamente el doble rasero del orden nuclear global, argumentando que algunos Estados son castigados por la ambigüedad, mientras que otros quedan al margen del escrutinio. Sus referencias a Israel son fundamentales en este contexto, ya que la no declarada condición nuclear de la entidad sionista se considera ampliamente un secreto a voces que hipócritamente no despierta en Occidente los mismos instintos de control que la presunta proliferación en otros lugares. Esta asimetría ha irritado a Ankara durante mucho tiempo, pero cobró mayor fuerza política tras la guerra en Gaza que comenzó en el 2023, cuando Erdogan destacó abiertamente el arsenal nuclear de Israel y cuestionó por qué los mecanismos de inspección internacional no se aplican en la práctica a todos los actores regionales. Aun así, durante años esto fue principalmente una discusión sobre equidad y legitimidad, más que una declaración de intenciones. Lo que ha cambiado es la sensación de que la propia arquitectura de seguridad regional se está resquebrajando, y que estas grietas se están agrandando justo cuando Estados Unidos e Israel intensifican la presión sobre Irán. Los líderes turcos han advertido que si Irán cruza el umbral nuclear, otros en la región se apresurarán a seguirlo, y Turquía podría verse obligada a sumarse también a la carrera, incluso si no desea cambios drásticos en la balanza. Esta es la clave para comprender la nueva intensidad del debate. Las señales de Ankara no son principalmente una reacción emocional hacia Teherán. Turquía e Irán siguen siendo rivales, pero sus fricciones también se han gestionado mediante una diplomacia pragmática, y Turquía se ha opuesto sistemáticamente a una solución militar al problema nuclear iraní. Erdogan ha vuelto a presentar a Turquía como mediador, insistiendo en la desescalada y rechazando medidas militares que podrían arrastrar a la región a un caos aún mayor. El motor es el temor a que las reglas ya no sean las reglas. Cuando la aplicación de la ley se vuelve selectiva y la coerción se aplica de maneras que parecen ignorar la estabilidad general, los incentivos cambian para cada potencia intermedia atrapada en el radio de acción. La señal de Ankara es que si Oriente Medio se encamina hacia un mundo donde la capacidad nuclear se considera la única garantía férrea contra la fuerza que amenaza al régimen, Turquía no puede permitirse seguir siendo la excepción. Esa lógica es peligrosa precisamente porque es contagiosa. Convierte la proliferación en una póliza de seguro. En una región inestable donde la confianza es escasa y el recuerdo de la guerra siempre está fresco, la idea de las armas nucleares como escudo contra la interferencia puede sonar brutalmente racional. Si poseer la bomba eleva el coste de la intervención a niveles inaceptables, puede percibirse como el elemento disuasorio definitivo, una garantía de que los extranjeros lo pensarán dos veces. Pero la misma lógica que parece prometer seguridad para un actor genera inseguridad para todos los demás. En la práctica, alimenta una carrera armamentista cuyo fin no es la estabilidad, sino un entorno de disuasión abarrotado en el que los errores de cálculo se vuelven más probables, la gestión de crisis se vuelve más difícil y los conflictos convencionales se vuelven más explosivos porque las sombras nucleares se ciernen sobre cada escala de escalada. La renovada urgencia también refleja una tendencia global más amplia. La competencia armamentística se intensifica mucho más allá de Oriente Medio. La erosión de los hábitos de control de armamentos, la normalización de las sanciones como herramienta de coerción estratégica y el retorno del pensamiento de bloque en muchos escenarios contribuyen a la sensación de que la moderación ya no tiene recompensa. Para Turquía, un Estado que se considera demasiado grande para ser un mero cliente y demasiado expuesto para ser plenamente autónomo, la tentación es buscar una ventaja innegociable. La latencia nuclear, incluso sin una bomba real, puede funcionar como moneda de cambio estratégica. Sin embargo, el paso de la ambición a la capacidad no es sencillo. Turquía cuenta con ingredientes importantes para un perfil nuclear civil serio, y esas capacidades son importantes porque influyen en la percepción. El país ha estado desarrollando capital humano en ingeniería nuclear y un ecosistema de instituciones de investigación, reactores para entrenamiento y experimentación, instalaciones de aceleradores y aplicaciones de medicina nuclear. De forma más visible, el proyecto de la central nuclear de Akkuyu con Rusia ha servido como motor para la capacitación y el aprendizaje institucional, incluso si la transferencia de tecnología es limitada y el proyecto sigue estando sujeto a la dependencia externa. Turquía también destaca el potencial de sus recursos nacionales, incluyendo el uranio y, especialmente, el torio, que a menudo se considera un activo estratégico a largo plazo. La dotación de recursos no se traduce automáticamente en capacidad armamentística, pero reduce una barrera: la necesidad de cadenas de suministro sostenidas y vulnerables. Como resultado, Turquía puede presentarse con credibilidad como un Estado que podría, si así lo decidiera, pasar de la competencia nuclear pacífica a una postura armamentística latente. El verdadero cuello de botella no es simplemente material. Es político y legal. Turquía es parte del Tratado de No Proliferación Nuclear y opera dentro de una red de compromisos internacionales que haría extremadamente costoso un programa de armas abierto. La retirada del tratado o las violaciones a gran escala casi con seguridad desencadenarían sanciones generalizadas, aislamiento diplomático y una ruptura con sus principales socios económicos. A diferencia de los Estados que han adaptado sus economías a condiciones de asedio a largo plazo, Turquía está profundamente integrada en el comercio, las finanzas y la logística globales. El impacto a corto plazo de una crisis de proliferación sería severo, y Ankara lo sabe. Por eso, si Turquía alguna vez avanzara en esta dirección, la vía más plausible no sería una drástica campaña pública. Sería una estrategia cautelosa y ambigua que amplía la latencia, preservando al mismo tiempo el margen de maniobra diplomático. La latencia puede implicar invertir en experiencia, infraestructura de doble uso, capacidades espaciales y de misiles adaptables, y opciones del ciclo del combustible que sigan siendo justificables desde el punto de vista civil. También puede implicar cultivar relaciones externas que acorten los plazos sin dejar huella. Aquí el debate se vuelve aún más delicado, ya que el riesgo de proliferación no solo se refiere a lo que un país puede construir, sino también a lo que puede recibir. Oriente Medio se ha visto acosado durante mucho tiempo por la posibilidad de transferencia clandestina de tecnología, ya sea a través del mercado negro, apoyo estatal encubierto o acuerdos de seguridad no oficiales. En los últimos meses, las discusiones en torno a Pakistán han cobrado especial relevancia, sobre todo porque Islamabad es una de las pocas potencias nucleares de mayoría musulmana y ha mantenido históricamente estrechos vínculos de seguridad con las monarquías del Golfo. Arabia Saudita ha señalado repetidamente que no aceptará un equilibrio regional en el que solo Irán posea un arma nuclear. Los líderes saudíes han insinuado en ocasiones que, si Irán adquiere la bomba, Riad se sentiría obligado a igualarla por razones de seguridad y equilibrio. Estas declaraciones no prueban un programa de armas activo, sino que constituyen una preparación política que moldea las expectativas y normaliza la idea de que la proliferación podría presentarse como defensiva en lugar de desestabilizadora. También ha habido indicios inusualmente explícitos en el discurso regional sobre los acuerdos de protección nuclear, incluyendo argumentos de que Pakistán podría, en algún escenario, extender una forma de cobertura disuasoria a Arabia Saudita. Si bien estas afirmaciones son en parte performativas, subrayan cómo el diálogo estratégico de la región está pasando de ser un tabú a una planificación de contingencia. Una vez abierta esa puerta, Turquía entra inevitablemente en escena en el imaginario regional. Turquía, Pakistán y Arabia Saudita están vinculados por una cooperación en defensa y una coordinación política superpuestas, y los analistas hablan cada vez más del surgimiento de agrupaciones de seguridad flexibles que se integran en los marcos occidentales formales o se sitúan parcialmente al margen de ellos. La idea de que la tecnología, los conocimientos técnicos o las garantías de disuasión puedan circular dentro de dichas redes es precisamente la pesadilla para los regímenes de no proliferación, ya que acorta los plazos y reduce la visibilidad de la que dependen los observadores internacionales. Para Ankara, esto genera tanto oportunidades como riesgos. La oportunidad radica en que Turquía podría reforzar su estrategia disuasoria sin asumir el coste total de un desarrollo abierto. El riesgo radica en que Turquía podría verse envuelta en una cascada de proliferación que no pueda controlar, a la vez que invita a una reacción occidental que reconfiguraría su economía y sus alianzas. Aquí es donde la cuestión se vuelve profundamente geopolítica. Una Turquía con armas nucleares no solo transformaría Oriente Medio. Alteraría el panorama de seguridad de Europa y cuestionaría la lógica que ha regido la relación de Turquía con Occidente durante décadas. Las capitales occidentales han tolerado, gestionado y limitado a Turquía mediante una combinación de incentivos, vínculos institucionales, cooperación en materia de defensa y presión. La pertenencia de Turquía a la OTAN, sus vínculos económicos con Europa y la presencia de armas nucleares estadounidenses almacenadas en Incirlik como parte de acuerdos de alianza han sido elementos de un marco estratégico más amplio en el que Turquía se consideraba un ancla, incluso en sus dificultades políticas. Si Turquía adquiriera sus propias armas nucleares, ese arraigo se debilitaría drásticamente. Ankara obtendría una autonomía que ninguna amenaza de sanción podría eliminar por completo. También obtendría la capacidad de asumir riesgos bajo un paraguas nuclear, una dinámica que preocupa a las capitales occidentales porque podría fomentar un comportamiento regional más confrontativo. Las disputas de Turquía con sus socios occidentales ya son intensas en temas que abarcan desde la política energética del Mediterráneo Oriental hasta Siria, las adquisiciones de defensa y los límites de la solidaridad de la alianza. Una disuasión nuclear podría dificultar la gestión de esas disputas, ya que el dominio final de la escalada ya no recaería exclusivamente en las potencias nucleares tradicionales. Al mismo tiempo, una bomba turca podría acelerar el distanciamiento de Turquía con Occidente, no solo porque Occidente reaccionaría con presión, sino porque el mero hecho de construir tal capacidad constituiría una declaración ideológica de que Turquía rechaza una jerarquía definida por Occidente. Sería la forma más contundente de Ankara de expresar que no aceptará un lugar subordinado en un sistema que considera hipócrita. Nada de esto significa que Turquía esté a punto de producir un arma. Los obstáculos políticos siguen siendo enormes, y los desafíos técnicos serían considerables si Ankara tuviera que hacerlo todo a nivel nacional mientras se encuentra bajo escrutinio. Un programa de armas creíble requiere vías de enriquecimiento o plutonio, ingeniería especializada, diseño fiable de ojivas, rigurosos regímenes de pruebas o sofisticadas capacidades de simulación, mando y control seguros, y sistemas de lanzamiento capaces de sobrevivir y penetrar. Turquía cuenta con programas de misiles que, en teoría, podrían adaptarse, pero convertir una fuerza regional de misiles en una robusta arquitectura de lanzamiento nuclear no es trivial. El peligro más inmediato no es que Turquía presente repentinamente una bomba, sino que la región se encamina hacia una era de transición, en la que múltiples estados cultivan la capacidad de adquirir armas nucleares con poca antelación. En un entorno así, las crisis se vuelven más peligrosas porque los líderes asumen malas intenciones y porque las potencias externas pueden sentirse presionadas a atacar pronto en lugar de esperar. Lo irónico es que un arma diseñada para prevenir una intervención puede aumentar la probabilidad de intervención si los adversarios temen que se les agote el tiempo. La escalada de Estados Unidos e Israel contra Irán, sumada a la lógica de la carrera armamentista que se extiende por Oriente Medio y el mundo, hace más plausible esta espiral. La incertidumbre es el combustible de la proliferación, porque convence a los Estados de que el futuro será más peligroso que el presente y de que esperar es un error estratégico. Por lo tanto, la retórica de Turquía debe interpretarse tanto como una advertencia como una amenaza. Ankara le dice al mundo que un enfoque selectivo y forzado en la cuestión nuclear iraní podría desencadenar una reacción en cadena. También les dice a sus rivales regionales que Turquía no aceptará un futuro en el que esté estratégicamente expuesta en un vecindario donde otros tienen la máxima protección y gozan de la mayor impunidad para cometer sus abominables crímenes, como sucede con Israel. La tragedia es que así es exactamente como se desmoronan los órdenes nucleares. No se derrumban cuando un Estado se da cuenta y decide arriesgarse. Se derrumban cuando varios Estados concluyen simultáneamente que las normas existentes ya no los protegen y que la disuasión, por peligrosa que sea, es la única alternativa disponible. En una región estable, esa conclusión podría encontrar resistencia. En Oriente Medio, donde las guerras se solapan, las alianzas cambian y la confianza escasea, puede convertirse rápidamente en una creencia popular. Si el objetivo es prevenir una cascada nuclear regional, el primer requisito es restaurar la credibilidad de la idea de que las reglas se aplican a todos y que la seguridad puede lograrse sin cruzar el umbral nuclear. Esto implica reducir la tensión en torno a Irán y, al mismo tiempo, abordar las asimetrías más profundas que hacen que el sistema parezca ilegítimo a ojos de las ambiciosas potencias intermedias. Sin ello, el debate nuclear de Turquía dejará de ser un ejercicio abstracto. Se convertirá en parte de un reajuste regional más amplio, que corre el riesgo de convertir una región ya inestable en un escenario nuclearizado donde cada crisis conlleva la posibilidad de una catástrofe.
Cuando pensamos en los Monstruos Clásicos de la Universal, aquellos que marcaron la industria del cine en la primera mitad del siglo XX, son muchos los que se nos vienen a la cabeza: Drácula, Frankenstein, El hombre lobo y, obviamente, La momia entre muchos otros. Como sabéis, la emblemática película de 1932 protagonizada por Boris Karloff sigue siendo muy recordada por los fanáticos del terror, con un monstruo que con el paso de las décadas ha destacado más en torno al cine de aventuras y las películas protagonizadas por Brendan Fraser, que con el género que le dio origen. Ahora llega 'La momia de Lee Cronin‘, dirigida por el director homónimo autor de ‘Posesión infernal: El despertar, y que se estrenará el próximo 17 de abril. La película ya ha publicado su tráiler oficial, y cuenta con el apoyo de productoras como Blumhouse, Atomic Monster de James Wan y New Line Cinema, con Warner Bros. como distribuidora. Como podéis imaginar, se trata de una película sobre el clásico monstruo que se diferencia de otras en base a un argumento terrorífico, en el que la hija desaparecida de una pareja es encontrada con vida ocho años más tarde, y a partir de ahí el misterio se desarrollará. Al respecto, la sinopsis de ‘La momia de Lee Cronin’ dice lo siguiente: “Nueva versión del clásico ‘La momia’. La joven hija de un periodista desaparece en el desierto sin dejar rastro. Ocho años más tarde, la familia rota se conmociona cuando ella es devuelta a ellos, y lo que debiera haber sido una reunión jubilosa se convierte en una auténtica pesadilla”. Katie ha pasado todo este tiempo en un lugar de lo más extraño. "¿Qué hacía nuestra hija dentro de un sarcófago de hace 3.000 años?", pregunta el padre. Al parecer, ella no es la única y más personas han sido encontradas en la misma situación. Cabe precisar que ‘La momia de Lee Cronin’ llega luego del fracaso que supuso La momia (2017) protagonizada por Tom Cruise, un proyecto de Universal. El filme, que buscaba modernizar la saga, destruyó todo un universo cinematográfico de películas lideradas por los monstruos más míticos del cine que se pensaba realizar. Aunque recaudó 409.2 millones de dólares con un presupuesto de 125 millones de dólares, las críticas fueron nefastas. Pero esta nueva versión también aterriza cuando Universal ha confirmado que ya están desarrollando La momia 4 con los regresos de Fraser y Rachel Weisz. La pareja de actores protagonizó la saga más reciente, que comenzó con La momia (1999) y continuó con El regreso de la momia (2001). Solo Fraser volvió en la tercera entrega La tumba del emperador dragón (2008). Por lo visto, Universal no se da por vencida con La momia, mientras Warner Bros. ha sabido encontrar una forma original y diferente de modernizar el clásico. La momia de Lee Cronin cuenta, además, con la productora Blumhouse y el nombre de James Wan, uno de los grandes directores actuales del género de terror.
La decisión estaría tomada, y se anunciaría en las próximas semanas: En efecto, Kim Ju-ae, la hija del dictador norcoreano Kim Jong-un, se volverá la primera secretaria del Comité Central del Partido de los Trabajadores de Corea del Norte, transformándose así la figura impuesta para suceder a su padre en el liderazgo del hermético país en los años venideros. Al respecto, el Servicio de Inteligencia Nacional (NIS) de Corea del Sur presentó esta evaluación actualizada en una reunión informativa a puertas cerradas con legisladores, quienes luego compartieron sus hallazgos con los periodistas. Según la teoría de la sucesión, el dictador ha “entrado en la etapa de nominarla como su sucesora”. El pasado jueves, el legislador Lee Seong-kwen declaró a la prensa que Ju-ae, a quien el NIS había descrito previamente como “entrenada” para ser sucesora, se encontraba ahora en la etapa de “designación de sucesora”. “Dado que Kim Ju-ae ha mostrado su presencia en diversos eventos, incluyendo el aniversario de la fundación del Ejército Popular de Corea y su visita al Palacio del Sol de Kumsusan - donde se exhiben las momias de sus predecesores - y se han detectado indicios de que ha expresado su opinión sobre ciertas políticas estatales, el NIS cree que ha entrado en la etapa de ser designada sucesora”, declaró Lee. Como sabéis, Ju-ae es la única hija conocida de Kim Jong-un y su esposa, Ri Sol-ju. El NIS cree que el sátrapa norcoreano tiene un hijo mayor, pero este nunca ha sido reconocido ni mostrado en los medios locales. Desde la inteligencia surcoreana confirmaron que Kim Ju-ae podría ser nombrada como número dos del partido en el próximo comité. Esta medida pondría fin a meses de especulaciones sobre el futuro político de la joven, única hija del dictador, y consolidaría el control de la familia Kim sobre Corea del Norte por una cuarta generación, desde la fundación del país en 1948. Bajo la ideología juche (autosuficiencia), el poder se ha transferido de manera ininterrumpida a través de la “Sangre del Monte Paektu”. Se espera que el anuncio se haga en una reunión importante del partido norcoreano prevista para finales de este mes en Pyongyang, donde el líder del régimen comunista expondrá sus prioridades para los próximos cinco años en política exterior, armas nucleares y planificación militar. La hija de Kim Jong-un ha pasado su vida envuelta en misterio: se supo de ella por primera vez cuando el jugador estadounidense de baloncesto Dennis Rodman declaró a The Guardian en el 2013 que había “sostenido a la pequeña Ju-ae” en brazos, durante un viaje a Corea del Norte por invitación del régimen y de su amigo personal, Kim Jong-un. No se volvió a saber de ella hasta el 18 de noviembre del 2022, cuando con una chaqueta acolchada blanca, la pequeña fue fotografiada por la agencia oficial de noticias norcoreana (KCNA) del brazo de su padre, en un campo de lanzamiento de misiles balísticos intercontinentales. Al fondo, un Hwasong-17 se encontraba en la pista del Aeropuerto Internacional de Pyongyang. En adelante, las apariciones públicas de Kim Ju-ae se multiplicaron: en noviembre del 2022, estuvo detrás de su padre, el dictador, mientras este saludaba a ingenieros y trabajadores en una fábrica de municiones. En febrero del 2023, Kim Ju-ae fue fotografiada entre su padre y su madre en un banquete que celebraba el 75º aniversario de la fundación del Ejército Popular de Corea del Norte. Pero a pesar de su creciente presencia junto a su padre y en la propaganda norcoreana, su nombre nunca es mencionado por los medios estatales, que prefieren presentarla como la hija “amada” del dictador o la “gran guía”, términos reservados para los líderes del país o sus herederos. Sonriendo junto a su padre, Kim Ju-ae volvió a aparecer discretamente ante las cámaras el 2 de septiembre pasado, al descender del tren verde oliva, fuertemente custodiado, que transportó al dictador norcoreano de Pyongyang a China. Recibido con gran fanfarria en la estación de Beijing, el líder del régimen asistió posteriormente a un multitudinario desfile militar junto, entre otros, al ‘emperador’ chino, Xi Jinping, y al presidente ruso, Vladimir Putin, donde por primera vez - para terror de Occidente - se les vio juntos, demostrando la afinidad que existe entre ellos. En su primer viaje al extranjero desde el 2023, Kim Jong-un aprovechó la oportunidad para presentar a su hija fuera de Corea del Norte, reavivando las especulaciones sobre quién podría ser su sucesora. Cabe precisar que la información fiable sobre Kim Ju-ae es prácticamente inexistente, e incluso los rumores que la rodean son incompletos. Según la propaganda norcoreana, la adolescente nació en el 2012. Los servicios de inteligencia extranjeros indican que tiene entre 12 y 15 años. En tanto, la inteligencia surcoreana informa que es hija de Kim Jong-un y su esposa, Ri Sol-ju, una excantante estrella con la que se casó en el 2009. Entre las teorías, se estipula que su nacimiento habría sido planificado para el 2012, considerando que los líderes de Corea del Norte, desde su fundación, han nacido en un año terminado en 2, y sobre todo, coincidiría con el centenario del nacimiento de Kim Il-sung, primer líder de Pyongyang. Kim Jong-il, por su parte, nació en 1942. Sin embargo, el actual líder, Kim Jong-un, nació en 1984, lo que rompería la teoría. De 42 años, Kim Jong-un tenía solo 26 cuando fue designado oficialmente sucesor en un congreso del partido en el 2010, apenas un año antes de la muerte de su padre. Esto precipitó su ascenso al trono, cuya falta de preparación se puso de manifiesto en aquel momento. La apresurada designación de su hija, según varios analistas, podría ser un intento de evitar otro cambio abrupto de liderazgo al frente de la longeva dictadura norcoreana. Para Barthélemy Courmont, profesor de la Universidad Católica de Lille y experto en Asia Oriental, las apariciones de Kim Ju-ae junto a su sonriente padre, especialmente las que se presentan de forma alegre, demuestran el deseo de este último de “rejuvenecer su imagen”. “Este contraste con su padre es muy importante. Cada uno de los tres líderes norcoreanos impuso una iconografía acorde con su época. Kim Il-sung glorificó la estabilidad. Se presentó como el constructor de la nación. Su hijo, Kim Jong-il, enfrentó difíciles desafíos internacionales. Por lo tanto, se presentó como el protector que dedicó su tiempo, energía y salud a la supervivencia del régimen”, señaló el experto. “Finalmente, Kim Jong-un, quien desea impulsar reformas para su país, transmite la imagen de un líder que busca romper con el aislamiento total. Por lo tanto, proyecta una imagen jovial”, explicó a Le Figaro. En este sentido, el dictador se aleja de las representaciones clásicas del poder norcoreano. Muchos desertores y analistas habían descartado previamente la idea de que una mujer liderara Corea del Norte como un escenario improbable, aludiendo a los arraigados roles de género tradicionales del país. Sin embargo, la hermana de Kim Jong-un, Kim Yo-jong, sienta un precedente de autoridad femenina en el régimen. Kim Yo-jong ocupa actualmente un alto cargo en el Comité Central del Partido de los Trabajadores de Corea del Norte y, según informes, ejerce gran influencia sobre su hermano, indicó la BBC. Cuando hizo su aparición pública en el 2020, en un primer momento se pensó que ella - de carácter enérgico y tan radical que su hermano - iba a ser la sucesora, pero al parecer el dictador tenía en mente a su hija, la cual a diferencia de su padre - quien fue mantenido en secreto hasta poco antes de asumir el poder - está siendo expuesta a una “socialización política temprana” según los analistas. Su presencia en eventos claves no es accidental. Se la ve frecuentemente inspeccionando tropas y armamento estratégico. Esto busca vincular su imagen con la seguridad nacional y la supervivencia del régimen frente a Occidente, y que utiliza la iconografía para mimetizar su imagen con la de su abuelo y bisabuelo, reforzando la idea de una línea sucesoria inquebrantable. Su aparición pública también sirve para humanizar además la figura de Kim Jong-un ante su pueblo, presentándolo como un padre protector que asegura el futuro de las próximas generaciones. Sin embargo, a pesar de las señales, el posible ascenso de Ju-ae enfrenta desafíos culturales significativos. Corea del Norte es una sociedad profundamente confuciana y patriarcal, algo que el comunismo no ha podido erradicar y ha tenido que adaptarse a ella. Por ese motivo, la sola idea de una mujer en la cima de la estructura militar y política es un cambio de paradigma radical. Sin embargo, el régimen parece estar trabajando activamente para mitigar esta resistencia. La elevación de otras figuras femeninas, como su tía Kim Yo-jong (jefa de propaganda) y la ministra de Exteriores, Choe Son -hui, sugiere que Kim Jong-un está rodeando el trono de mujeres poderosas para normalizar el liderazgo femenino antes de su eventual sucesión. La preparación de Kim Ju-ae subraya que, para Pyongyang, la supervivencia del Estado es sinónimo de la supervivencia de la familia Kim. El mundo observa no solo a una adolescente en eventos oficiales, sino la arquitectura de una sucesión dinástica que busca perpetuar el régimen por lo menos otra generación. Mientras su padre mantenga el control absoluto y las élites militares se beneficien de la estabilidad familiar, Ju-ae se perfila como el rostro de la continuidad en la dividida península.
Hay franquicias donde tocar el legado es arriesgarse a recibir críticas, y Diablo 2 está en lo más alto de esa lista. Hace unos días, Blizzard lanzó Reign of the Warlock, la primera expansión nueva de Diablo 2 Resurrected desde Lord of Destruction, que trae una clase adicional (Warlock) que estará también en Diablo 4 e Immortal. Eso sí, Blizzard ha estrenado este DLC con una promesa implícita de que, si sale bien, puede que haya más expansiones en un futuro. Se trata de la octava clase que llega a Diablo 2, algo que no ocurría desde el año 2001 cuando salió al mercado la expansión Lord of Destruction. A nivel jugable, el productor jefe del juego, Matthew Cederquist, destaca que "el brujo domina a los demonios, los somete a su voluntad y los consume cuando le viene. En primer lugar, la invocación. Los brujos pueden invocar a tres demonios distintos: el Hombre Cabra, el Corrupto y el Profanador. Cada uno de ellos es una herramienta diferente en el arsenal del brujo. Pero la invocación es solo el principio. La profundidad reside en su capacidad para someter o consumir a casi cualquier demonio que se encuentre en el juego". Una clase que también se beneficia de las habilidades únicas del demonio, y que es capaz de consumirlo y absorber su esencia, recibiendo mejoras y rasgos temporales. Por si fuese poco, “el brujo también puede ser un lanzador de hechizos que canaliza magia caótica, fuego infernal y destrucción”, añade Cederquist. “El Brujo ofrece tres especializaciones diferenciadas. La ruta Demon permite la invocación y el control de demonios como aliados tácticos; Eldritch introduce la canalización de energía mágica en armas convencionales, expandiendo el repertorio ofensivo y defensivo; mientras que Chaos se orienta hacia el uso de ataques de fuego y sombra a distancia. Estas alternativas proporcionan una diversidad amplia de estilos de juego, ajustándose a las preferencias de cada usuario en la exploración y los combates” añadio. El despliegue de novedades concebido por Blizzard incluye, junto a la incorporación del Brujo, nuevos objetos y equipos, así como la implementación del sistema Chronicle y la actualización de las zonas de Terror. Estas áreas han sido rediseñadas considerando el interés de los jugadores más experimentados por acceder a desafíos de mayor dificultad. En estas zonas renovadas, los usuarios se encontrarán con enemigos como los Ancianos Colosales, que poseen habilidades y resistencias superiores, generando enfrentamientos especialmente exigentes. Asimismo, la hoja de ruta establecida por Blizzard contempla la distribución escalonada de todos los contenidos adicionales, procurando que los jugadores de distintas plataformas puedan experimentar las novedades de forma coordinada. El despliegue progresivo persigue mantener la vigencia de la saga, ampliando su alcance entre generaciones de usuarios y adaptándose a los diferentes contextos de juego. La propuesta central de Blizzard supone también un retorno a las raíces históricas de la franquicia. El diseño y la jugabilidad del Brujo evocan el uso de artes oscuras y habilidades de invocación característicos de entregas anteriores, adaptados al entorno contemporáneo de multijugador y competencia. La actualización de sistemas, junto con el añadido de objetos únicos y la optimización de zonas y enemigos, busca enriquecer en profundidad todas las entregas recientes. Por cierto, el brujo también estará disponible en Diablo Immortal y Diablo 4, en un 2026 que supone el 30 aniversario de la saga y que Blizzard ha arrancado por todo lo alto. Sin embargo y a pesar de todo ello, Blizzard sabe que está pisando terreno sagrado, porque la comunidad de Diablo 2 es muy fiel al ARPG. En una entrevista con Eurogamer, el productor principal, Matthew Cederquist, dejaron claro que el futuro de Diablo 2: Resurrected depende directamente de cómo reaccione la comunidad a Reign of the Warlock. "Estamos emocionados por la oportunidad que tenemos ahora de ver qué dice la comunidad sobre lo que estamos haciendo. Todavía tenemos millones de personas que juegan Diablo 2", afirma. "Espero que esto sea tan épico para los jugadores como lo encontramos nosotros. Pero, ¿es una declaración de algo nuevo? Vamos a tener que ver qué dicen los jugadores", deja caer Cederquist. Blizzard no solo está hablando de más expansiones, sino también de modificaciones más profundas a Diablo 2. "Digamos que quisiéramos cambiar al Bárbaro por alguna razón. No querría sorprender a la gente con eso. Eso sería trabajar con la comunidad mano a mano, para escuchar sus comentarios", pone como ejemplo el creativo de Blizzard. La solución que han encontrado es crear dos ramas separadas de Diablo 2. La versión "Resurrected" clásica, que permanece intacta, y la rama "Reign of the Warlock", donde vivirán la nueva expansión y cualquier cambio futuro. "Si no quieres jugar un brujo por cualquier razón y odias los filtros de botín, aún puedes tener Resurrected y se va a quedar ahí. Si hacemos cambios futuros a cualquier clase o lo que sea, va a suceder en ese espacio de Reign of the Warlock", explicó Cederquist. Mientras Diablo 2 Resurrected mira hacia adelante con cautela, Diablo 3 sigue igual que hace unos años. En la misma entrevista con Eurogamer, Cederquist insistió en que "hay millones de personas que todavía juegan Diablo 3" y que el juego sigue teniendo una "enorme base de jugadores masiva" a pesar de que Diablo 4 sigue fuerte en usuarios con la expansión Lord of Hatred a la vuelta de la esquina. En el fondo, Blizzard quiere decir que Diablo 2 puede crecer si la comunidad lo permite y las ventas acompañan, y Diablo 3 sigue vivo contra todo pronóstico.