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miércoles, 6 de mayo de 2026

EE.UU.: Decadencia y colapso

Si algo que nadie puede dudar a esas alturas, es que el ataque estadounidense-israelí a Irán fue más que una mala idea; se ha convertido en un punto de inflexión en el declive del imperio americano. Algunos podrían preferir la palabra "hegemonía" para describir el orden mundial que otrora lideraba EE.UU. ya que su bandera generalmente no ondea sobre las tierras que protege o explota. Pero las reglas son las mismas: los sistemas imperiales, como sea que los llames, duran solo mientras sus medios sean adecuados para sus fines. Y ello quedo demostrado con la desastrosa guerra con Irán, donde el Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Trump, pretendía extender peligrosamente el imperio, ha fracasado estrepitosamente, y no sabe cómo salir de ella. En efecto, su desventurada aventura militar en Oriente Medio es una de las últimas formas en las que un observador casual habría esperado que saliera mal, subestimando la resistencia iraní, el cual termino por sobrepasarlo. Los problemas a los que aludió en sus pasadas campañas presidenciales se debieron principalmente a que quienes gobernaron, estuvieron por encima de sus posibilidades. En el ámbito interno, los defensores de la ‘corrección política’ subestimaron los costos y las dificultades de la microgestión de las interacciones entre grupos. En el extranjero, las fuerzas armadas estadounidenses demostraron no tener un talento particular para la promoción de la democracia, y la reciente debacle en Irak lo confirmó. El exceso de poder era un peligro que el discapacitado físico y mental Joe Biden desestimó con desdén. “Somos los Estados Unidos de América”, solía decir, “y no hay nada que no podamos hacer”. La gente pensaba que Trump sería diferente. A pesar de la grandilocuencia de la expresión “Hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande”, los votantes de Trump no esperaban que se involucrara en nuevos conflictos ya que en su campaña prometió “no más guerras” ... pero engaño a todos. La ‘grandeza’ prometida fue principalmente superficial: fanfarronería, no aventurismo. Hay quienes creyeron que Estados Unidos podría volverse más grande incluso si se replegaba a una esfera de influencia menos extensa. Por ello, cuando proclamó una Doctrina Monroe actualizada (la denominada ‘Doctrina Donroe’), reorientando la atención estadounidense hacia el hemisferio occidental, la mayoría de la gente pensó que se trataba de una retirada. En la Estrategia de Seguridad Nacional de noviembre pasado, añadió: “Afortunadamente, los días en que Oriente Medio dominaba la política exterior estadounidense, tanto en la planificación a largo plazo como en la ejecución diaria, han terminado” Este aparentemente era un plan de política exterior lógico, incluso admirable. Igual de importante, incluso la historia demostró su viabilidad. Tras la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña tuvo que renunciar a su extenso sistema de colonias y protectorados. El desapego solía ser incómodo y, en ocasiones, dejaba tras de sí violencia. Pero, salvo su desafortunado intento de unirse a Francia e Israel para apoderarse del Canal de Suez, arrebatándoselo a Egipto en 1956, Gran Bretaña no intentó conservar territorios que ya no podía permitirse. Al final, mantuvo relaciones relativamente buenas con sus antiguas posesiones coloniales. Su retirada fue un éxito, aunque esto puede resultar difícil de apreciar porque lo que se gestionaba era el declive. Trump tuvo la oportunidad de lograr algo similar, pero nunca tenia la intensión de hacerlo, ya que desde su campaña se refería a la necesidad de anexionar Canadá y Groenlandia a Estados Unidos “por razones de seguridad nacional”. Es más, termino apoderándose del petróleo venezolano tras capturar a su dictador y pretendió hacer lo mismo en Irán - según el mismo confesó - “porque voy a ganar muchos millones”, pero fracaso en su intento. En Washington, durante la última década, se ha dado por sentado que el mundo está inmerso en un juego de sillas musicales geoestratégicas y que la música está a punto de detenerse. China ya está superando a los EE.UU. no solo en capacidad militar-industrial, sino también en tecnología de la información. El mundo se dirige a un Nuevo Orden Mundial liderado por China y Rusia, adoptando una nueva configuración geoestratégica nada favorable para EE.UU. y Occidente. Por ese motivo, este era el último momento para reconfigurarla a favor de Estados Unidos, pero nada ha salido como se esperaba. Al principio, Trump intentó expulsar a China de sus bastiones en el hemisferio occidental donde se estaba posicionando en los últimos años. Casi inmediatamente tras regresar al cargo, Estados Unidos presionó a CK Hutchison, un conglomerado multinacional con sede en Hong Kong y vínculos con China, para que le “vendiera” los dos puertos en la Zona del Canal de Panamá; De otro lado, Venezuela, dependiente de China como mercado para el 80% de sus exportaciones de petróleo, vio cómo tropas estadounidenses secuestraban a su líder Nicolás Maduro a inicios de este año; Y ahora Trump, tras su fracaso en Irán, ha advertido que Cuba - que sufre desde hace décadas una sangrienta dictadura comunista y que es destino de la inversión china - "será el siguiente de la lista". También será mejor, según esta lógica, si Estados Unidos tiene una posición más segura cerca del Polo Norte (específicamente Groenlandia) cuando llegue el momento de “repartir” los recursos energéticos y minerales que el calentamiento global está liberando. De nada sirve que la isla pertenezca a Dinamarca, su “socio” de la OTAN, porque igual quiere apoderarse de ella a la menor oportunidad, como de Canadá - según declaro - “incluso mediante una acción militar”. Independientemente de si esta política hemisférica es defendible o no, tiene cierta ‘coherencia’ para sus afanes expansionistas. El ataque a Irán fue diferente. No se trató de una consolidación defensiva, sino de asumir una responsabilidad peligrosa e indefinida. Sí bien creyó que sería mejor que conta acción cayeran los ayatolás. Pero para Estados Unidos, un país energéticamente independiente que se repliega a su propio hemisferio, esto no representa un interés vital. La guerra con Irán no figuraba en la agenda de nadie en la administración hasta hace apenas unos meses, sino que le fue impuesto por Israel, cuyo poderoso lobby presiono a Trump con apoyar al régimen sionista, o caso contrario, este daría a conocer el Expediente Epstein, donde Trump aparece como un monstruo violador de niños, que desesperadamente trata de ocultar. Pero el fracaso de su operación en Irán se debe además a que Estados Unidos carece de los medios militares para imponer su voluntad a los persas en un conflicto prolongado. En 1991, se necesitó un millón de soldados de más de 40 países para revertir la invasión de Kuwait llevada a cabo por el Irak de Saddam Hussein, un país menos sofisticado que Irán y de una extensión mucho menor. Cuando Irán e Irak se enfrentaron en la década de 1980, las muertes se contaron por cientos de miles en cada bando. Estados Unidos tendría que enviar una parte significativa de sus fuerzas armadas - que suman apenas 1,3 millones de efectivos - para tener alguna posibilidad de someter a Irán, y esa fuerza, de tener éxito, tendría que permanecer allí durante mucho tiempo, lo que a la larga sería perjudicial para los Estados Unidos, al tener que descuidar otros frentes ubicados en Europa y en Asia, donde ve a Rusia y China como sus mayores adversarios. Se podría argumentar que Estados Unidos ya no depende de movilizar enormes ejércitos: posee misiles sofisticados y otras armas de largo alcance. Sin embargo, estas armas son necesarias para defender a sus aliados e intereses en otros escenarios, y Estados Unidos las está agotando en Irán, sin haber conseguido ninguno de sus propósitos, como el derrocar a los ayatolas, instaurar un régimen títere y apoderarse de su petróleo. Según un reportaje de The Times, ya ha utilizado 1100 de sus misiles de crucero furtivos de largo alcance, destinados a posibles conflictos en Asia, dejando solo 1500 en reserva, y ha disparado otros 1000 misiles de crucero Tomahawk, aproximadamente diez veces más de los que el ejército compra en un año promedio. Por cierto, los líderes estadounidenses llevan años reprochando a sus aliados europeos la insuficiencia de sus fuerzas armadas. Pero si se mide el poderío militar de Estados Unidos en función de sus pretensiones, en lugar de su PIB, resulta igualmente insuficiente. No es erróneo afirmar que Estados Unidos se encuentre atrapado en la guerra que inició, ya que aún tiene opciones, pocas, al fin y al cabo, pero las tiene. Sin embargo, ahora pagará un precio muy alto, sea cual sea la que elija. Puede desistir en Irán, tras haber demostrado, que su poderío militar es mucho menor de lo que el mundo suponía. O puede desviar recursos de escenarios de vital interés nacional, como Europa y Asia Oriental, para financiar lo que el mitómano denomina su "excursión" a Irán. O puede recurrir a las opciones militares extremas, como el uso de armas nucleares a las que aludió veladamente en sus publicaciones en redes sociales desde principios de abril, lo que acarreará una vergüenza eterna para el país que lidera. Es indudable que Estados Unidos corre el riesgo de perder su reputación, sus aliados o su propia esencia. Como ya es de conocimiento general, el Criminal de Guerra israelí, Benjamín Netanyahu, instó a Trump a iniciar esta guerra porque ve a Irán como un temible adversario y creyó que esta era la oportunidad de acabar con ellos, pero se equivocó. Una vez que la situación se ‘normalice’ con su inminente y vergonzosa retirada, Estados Unidos carecerá de la potencia de fuego necesaria para seguir protegiendo a Israel de sus vecinos de la manera tradicional, y probablemente tampoco tendrá la voluntad de hacerlo. Irónicamente, el catastrófico resultado de la guerra demuestra que el razonamiento básico de Netanyahu era acertado: las posibilidades de que Israel involucrara a Estados Unidos en tales aventuras anacrónicas se estaban desvaneciendo. La ingenuidad de Trump le brindó a Netanyahu una última oportunidad, fallida como era de prever. Resulta tentador preguntarse en qué punto del proceso de decadencia imperial se encuentra Estados Unidos. Ciertamente comparte elementos con Gran Bretaña hace un siglo: desindustrialización, exceso de compromisos y complacencia. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña dependía de Alemania para la tecnología industrial e incluso militar, y se mostraba reacia a reconsiderar el sistema de libre comercio sobre el que se había cimentado la supremacía alemana. En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña estaba prácticamente en bancarrota. Existen paralelismos con la dependencia actual de Estados Unidos respecto a China. El escepticismo sobre la hegemonía estadounidense que llevó a los estadounidenses a apoyar a Trump era comprensible. Si un sistema globalista basado en el libre comercio, la promoción de la democracia y la migración masiva es tan bueno, se preguntaban los votantes de Trump, ¿por qué hemos tenido que endeudarnos por 35 billones de dólares desde que lo adoptamos? Es una pregunta muy pertinente. Trump era el candidato ideal para los estadounidenses que sospechaban que algo andaba mal con sus élites. Su argumento, básicamente, era que el globalismo liderado por Estados Unidos era tan beneficioso para los políticos que, una vez en el poder, lo defenderían incluso frente a sus votantes, sin importar lo que dijeran durante la campaña. Lamentablemente, los acontecimientos le han dado la razón. Oficialmente, Estados Unidos es un imperio en decadencia.

RESIDENT EVIL (2026): Sobrevivir en medio del caos

Sony Pictures ha revelado el primer tráiler de Resident Evil, una nueva adaptación cinematográfica del popular videojuego de Capcom que apuesta por una reinvención dentro de su propio universo. Dirigida y coescrita por Zach Cregger (Barbarian, Weapons), la película llegará a los cines el próximo 18 de septiembre y propone una historia original que se aleja de los personajes clásicos para centrarse en una nueva perspectiva del brote en Raccoon City. A diferencia de entregas anteriores, esta nueva versión no incluirá figuras icónicas como Leon S. Kennedy o Jill Valentine. En su lugar, el relato introduce a Bryan, un mensajero médico interpretado por Austin Abrams. Según la sinopsis oficial recogida por The Hollywood Reporter, el protagonista se ve envuelto en una carrera por la supervivencia, llena de acción y sin pausa, mientras una noche fatídica y aterradora colapsa a su alrededor en medio de la confusión. En el adelanto, el personaje se refugia en una vivienda aparentemente abandonada tras sufrir un percance con su vehículo. La escena, marcada por una atmósfera inquietante y silenciosa, anticipa el peligro que acecha en cada rincón. “Algunas cosas han pasado”, se le oye decir en una llamada con su novia, con la voz tensa. “Quizá no volvamos a hablar nunca otra vez”. Uno de los aspectos más destacados de Resident Evil es la forma en que Zach Cregger aborda la relación con el material original. Lejos de adaptar directamente una historia de los juegos, el cineasta opta por crear un relato independiente que conserve la esencia del universo. Esta decisión responde, según el propio realizador, a evitar comparaciones inevitables con los títulos originales: “Sentiría que no hay forma de ganar si contara la historia de Leon, porque los juegos hacen un trabajo tan bueno. Sería redundante y, en última instancia, decepcionante”, explicó en una entrevista con PlayStation Blog. No obstante, el cineasta detrás de Weapons resaltó que los fans se sentirán satisfechos con la película por el uso de sus elementos característicos: la progresión de armas, la gestión de recursos y la tensión constante del survival horror. “Si amas los juegos, sentirás su influencia en todas partes en la película”, afirmó durante una presentación en CinemaCon. Al comparar este proyecto con sus trabajos anteriores, Cregger señaló que la película no tendrá “saltos temporales o cambios desorientadores en la narrativa”; por el contrario, el punto de vista seguirá por completo el recorrido del protagonista en el entorno amenazante que lo rodea. Además de Abrams, el elenco incluye a Zach Cherry, Kali Reis y Paul Walter Hauser. El guion fue escrito por Cregger junto a Shay Hatten, mientras que la producción cuenta con el respaldo de Constantin Film, Vertigo Entertainment y PlayStation Productions, entre otros. Como sabéis, la saga Resident Evil tiene un largo recorrido tanto en videojuegos como en la gran pantalla. El primer título se lanzó en 1994 para PlayStation y dio inicio a una de las franquicias más influyentes del género, con múltiples secuelas y remakes a lo largo de las décadas. En el cine, la propiedad ha generado varias adaptaciones. La más conocida es la saga protagonizada por Milla Jovovich, que comenzó en el 2002 y se extendió por seis películas hasta el 2017, con una recaudación superior a los 1.200 millones de dólares en taquilla global, según datos de Variety. Posteriormente, en el 2021, se estrenó el reinicio Resident Evil: Welcome to Raccoon City, dirigido por Johannes Roberts. Resident Evil se estrenará en cines el 18 de septiembre y presenta un enfoque innovador al alejarse de los personajes icónicos de la saga. Anteriormente, el director comentó que tenía "carta blanca" para hacer lo que quiera y, definitivamente, el tráiler transmite eso al mostrar algo tan diferente. Sin conexiones con S.T.A.R.S. ni experiencia militar, esta narrativa busca intensificar la tensión y el realismo, resaltando la fragilidad de un ciudadano común en medio del caos.

miércoles, 29 de abril de 2026

LÍBANO: A merced de la Bestia

Como sabéis, la guerra de Israel en el Líbano ha entrado en una fase en la que las afirmaciones de aparentes “ataques precisos” contra infraestructura militar ya no pueden tomarse en serio. En efecto, la magnitud de las operaciones, la profundidad del avance en el sur, la destrucción de puentes y barrios residenciales, los ataques masivos contra Beirut y la constante expansión de la denominada zona de amortiguación demuestran que no se trata simplemente de un esfuerzo táctico para contener a Hezbolá. Es un intento de reconfigurar la realidad militar y política del sur del Líbano para los próximos años. La bestia sionista lo describe como “la creación de un cinturón de seguridad hasta el río Litani”. Sin embargo, en el lenguaje de la región, la interpretación es diferente. Se trata de una estrategia para lograr el control territorial a largo plazo, la despoblación de la franja fronteriza y la creación de hechos consumados que serán extremadamente difíciles de revertir, tal como sucede en Cisjordania o los Altos del Golan, en Siria. Formalmente, la nueva fase de la guerra comenzó el 2 de marzo, cuando Hezbolá abrió fuego contra Israel tras los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán y el asesinato del ayatolá Ali Jamenei. Israel respondió con una amplia campaña aérea contra el Líbano y posteriormente expandió sus operaciones terrestres en el sur. En ese momento, el gobierno de Nawaf Salam intentó distanciarse de la decisión de Hezbolá y tomó la medida sin precedentes de prohibir la actividad militar del movimiento fuera de las instituciones estatales, exigiendo la entrega de sus armas al Estado. Esto constituyó una importante señal de un cambio de equilibrio dentro del propio Líbano. Hezbolá ya no puede actuar como si su autonomía armada fuera automáticamente aceptada por todo el Estado. Sin embargo, esta medida también reveló la otra cara de la crisis. Beirut ejerce presión política sobre Hezbolá, pero carece tanto de los recursos como del consenso interno para desarmarlo rápidamente sin arriesgarse a una fractura interna aún mayor. Desde el punto de vista militar, Israel rápidamente traspasó los límites de los ataques de represalia. A finales de marzo, el ministro de Defensa, Israel Katz, declaró abiertamente su intención de mantener el sur del Líbano hasta el río Litani como zona de seguridad, casi una décima parte del territorio libanés. A esto le siguieron ataques contra puentes, la destrucción de viviendas en aldeas fronterizas y órdenes de evacuación para los residentes al sur del río. Al mismo tiempo, Israel ya estaba construyendo nuevas fortificaciones y destruyendo aldeas cada vez más deshabitadas, mientras que el Criminal de Guerra Benjamin Netanyahu hablaba abiertamente de ampliar la franja de seguridad. La maquinaria militar israelí ya no ocultaba la naturaleza a largo plazo de la operación. No se trataba de una incursión. Era un proyecto de transformación territorial bajo el pretexto militar de combatir a Hezbolá. Aquí es donde surge la cuestión política central. Para la derecha israelí, el sur del Líbano se está convirtiendo cada vez más en un espacio ideológicamente cargado. La declaración más contundente provino del ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, quien afirmó a finales de marzo que la nueva frontera de Israel debería discurrir a lo largo del río Litani, la petición más clara hasta la fecha por parte de un alto funcionario israelí para la anexión de territorio libanés. Es cierto que, por el momento, no existe un programa gubernamental oficialmente aprobado para la construcción de asentamientos judíos en el sur del Líbano en un documento oficial del gabinete. Sin embargo, cuando un ministro de alto rango habla de cambiar la frontera, mientras el ejército simultáneamente incendia la zona fronteriza, destruye viviendas y se prepara para un control prolongado del territorio, la conclusión analítica es evidente. Esto es ocupación, de la cual se deriva casi naturalmente la idea de una futura expansión de los asentamientos. Para la extrema derecha en Israel, este parece ser el resultado deseado. El pretexto declarado es la lucha contra Hezbolá. El verdadero objetivo es la consolidación de un nuevo orden coercitivo sobre el terreno. Precisamente por eso, los temores en Líbano son tan acuciantes. Para la sociedad libanesa, hablar de una zona de amortiguación evoca la larga historia de invasiones y ocupación en el sur, que se prolongó hasta el año 2000. Cuando Israel destruye puentes sobre el Litani y expulsa a la población de sus hogares, crea, de hecho, las condiciones para una nueva presencia prolongada. Aunque la retórica israelí lo presente simplemente como una zona de seguridad, el resultado para los residentes se asemeja mucho a un modelo clásico de control militar. Por ello, el presidente francés Emmanuel Macron ha insistido en la necesidad de preservar la integridad territorial de Líbano, mientras que las Naciones Unidas han calificado dicha retórica de profundamente alarmante. El momento más sangriento de esta campaña se produjo con los ataques del 8 de abril. Ese día, Israel llevó a cabo el mayor ataque aéreo contra el Líbano desde el inicio de la guerra de marzo. Las fuerzas israelíes afirmaron haber atacado más de cien objetivos de Hezbolá en Beirut, el valle de la Bekaa y el sur del país, con una gran cantidad de ataques en zonas densamente pobladas. Según la Defensa Civil libanesa, 254 personas murieron y más de 1100 resultaron heridas. El Ministerio de Salud del Líbano ofreció entonces una cifra menor, aunque igualmente espantosa, e hizo hincapié en que el recuento aún no estaba completo. Los informes describían escenas en las que la gente trasladaba a los heridos en motocicletas, ya que las ambulancias estaban desbordadas tras el ataque sin previo aviso al centro de Beirut. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, lo calificó de masacre que socavaba cualquier posibilidad de un alto el fuego sostenible. La guerra no terminó ahí. El 10 de abril, Israel atacó Nabatieh, impactando un edificio gubernamental y causando la muerte de 13 miembros de los servicios de seguridad del Estado libanés. Este fue un episodio particularmente revelador. Cuando no solo los bastiones de Hezbolá, sino también las instituciones estatales y las estructuras de seguridad libanesas son atacadas, la línea entre una guerra contra un movimiento armado y una guerra contra el propio Estado libanés comienza a desdibujarse. En ese momento, las autoridades libanesas estimaban que al menos 1953 personas habían muerto desde el 2 de marzo. Otras 6303 habían resultado heridas. Más de un millón de personas habían sido desplazadas de sus hogares. Las órdenes de evacuación israelíes abarcaban aproximadamente el 15% del territorio libanés. Israel sigue “justificando” estas acciones como necesarias para alejar a Hezbolá de su frontera, privarlo de la capacidad de atacar el norte de Israel y crear una barrera de contención. Tanto oficiales militares como expertos hablan de la nueva doctrina israelí de la «guerra perpetua», en la que el conflicto es una condición semipermanente y se crean zonas de amortiguación no solo en el Líbano, sino también en Gaza y Siria. Esta es una estrategia crucial que ya no se basa en la idea de destruir definitivamente a los adversarios de Israel, sino en su debilitamiento permanente, desplazamiento y contención mediante el control territorial. Por eso, para Netanyahu y su coalición de ultraderecha, la guerra se ha convertido no solo en un instrumento de política exterior, sino también en una condición para la supervivencia política interna. Netanyahu quiere evitar elecciones anticipadas, que sin duda perdería, y la guerra ayuda a desviar la atención pública de los fracasos y las crisis internas hacia el discurso de la movilización nacional. Las encuestas no muestran un impulso político significativo para él, pero la guerra le brindó algo que un alto el fuego no le habría dado. Le permitió mantener una agenda centrada en la seguridad, retrasar la presión de la oposición y posponer el momento de la confrontación política directa. Si cesan los combates, persistirán las preguntas incómodas: ¿Por qué se consideró necesaria una destrucción tan grande? ¿Por qué no se alcanzaron los objetivos declarados? ¿Y qué se hará ante el deterioro político del propio Netanyahu? Al mismo tiempo, Hezbolá se encuentra en una posición difícil. Por un lado, conserva la capacidad de contraatacar. Desde principios de marzo, el grupo ha lanzado cientos de cohetes y drones contra Israel. A principios de abril, un misil activó las sirenas antiaéreas en zonas como Tel Aviv, mientras que Hezbolá reivindicó ataques contra infraestructura militar israelí en Haifa. Tras el masivo ataque israelí del 8 de abril, Hezbolá reanudó el lanzamiento de cohetes, alegando que respondía a una violación del alto el fuego. Al menos cuatro soldados israelíes fueron ajusticiados en el sur del Líbano a finales de marzo. Esto significa que la ofensiva israelí está encontrando una resistencia real. Hay bajas confirmadas entre los militares israelíes. En cuanto a las pérdidas de equipo, los informes sobre blindados e infraestructura israelíes dañados o destruidos suelen provenir de Hezbolá u otras partes en el conflicto y no siempre se verifican de forma independiente con todo detalle. Aun así, el panorama general es claro. Incluso con la abrumadora superioridad aérea y de fuego de Israel, esta guerra no es una marcha incruenta. Hezbolá sigue siendo capaz de infligir daños y de impedir que el sur sea absorbido total y seguramente por Israel. Por otro lado, la presión sobre Hezbolá hoy en día no solo proviene de Israel, sino también del interior del Líbano. El gobierno ha prohibido su actividad militar. El presidente libanés, Joseph Aoun, expresó su disposición a dialogar directamente con Israel incluso al comienzo de la guerra, y a principios de abril se supo que se estaba preparando una reunión entre los embajadores israelí y libanés en Washington bajo la mediación estadounidense. La postura oficial del Líbano es que primero debe alcanzarse un alto el fuego, seguido de conversaciones más amplias. Sin embargo, el hecho mismo de que Beirut se adentre en este marco refleja un rechazo interno sin precedentes a la autonomía armada de Hezbolá y un profundo hartazgo con la guerra. Al mismo tiempo, Hezbolá se opone a las negociaciones directas con Israel y prefiere un formato en el que la cuestión libanesa se aborde dentro del marco más amplio del diálogo entre Estados Unidos e Irán. Funcionarios libaneses cercanos a Hezbolá parecen respaldar la vía pakistaní en las negociaciones entre Estados Unidos e Irán, considerándola más apropiada que un proceso independiente en Washington. Esto es lo que agrava la difícil situación actual de Hezbolá. Debe resistir la ofensiva israelí, soportar la presión del Estado libanés e impedir que su futuro se decida sin su participación en conversaciones internacionales. En este punto, el frente libanés se conecta directamente con el iraní. En sus negociaciones con Estados Unidos, Irán ha insistido en que cualquier alto el fuego debe extenderse al Líbano, y no solo al teatro de operaciones directo entre Estados Unidos e Irán. El Ministerio de Asuntos Exteriores iraní ha declarado que está en contacto con el Líbano para asegurar el cumplimiento de los compromisos de alto el fuego en todos los frentes. Una de las principales demandas de Irán en las conversaciones de Islamabad fue un alto el fuego en el Líbano, junto con el levantamiento de las sanciones y la cuestión de la compensación por los ataques. En otras palabras, Teherán no considera el frente libanés como periférico. Para Irán, forma parte de un acuerdo regional único que involucra tanto a estados aliados como a movimientos afiliados. Desde la perspectiva iraní, la situación no puede estabilizarse verdaderamente mientras Israel siga libre para continuar su guerra contra Hezbolá y luego aplicar el mismo modelo de presión contra otras fuerzas alineadas con Teherán. Por eso, la postura de Israel de que el alto el fuego con Irán no se aplica al Líbano no parece una mera reserva técnica, sino un intento de preservar una exención de cualquier desescalada regional más amplia. Netanyahu declaró explícitamente que el Líbano no estaba cubierto por el alto el fuego con Irán, y ese mismo día Israel lanzó los ataques más devastadores contra Beirut de toda la guerra de marzo. En efecto, Israel intenta asegurarse el derecho a participar en negociaciones sobre una nueva arquitectura regional mientras continúa, simultáneamente, reconfigurando los espacios vecinos por la fuerza. Esta fórmula resulta conveniente para el gobierno de Netanyahu, pero prácticamente garantiza un conflicto prolongado. Para el Líbano, significa negociaciones bajo bombardeos. Para Hezbolá, significa la amenaza de una expulsión gradual del sur. Para Irán, significa que sus aliados están siendo debilitados metódicamente justo cuando se espera que se siente a la mesa de negociaciones. En este contexto, es fundamental no simplificar en exceso. Es cierto que Hezbolá es más débil que en años anteriores. Reuters, citando fuentes cercanas al movimiento, informó que al menos 400 de sus combatientes han muerto desde el inicio de la guerra. Es cierto que su desarme se debate actualmente en Líbano como parte de la política de Estado. Es cierto que Estados Unidos presiona tanto a Beirut como a Israel para que establezcan un marco de negociación. Pero nada de esto significa que Hezbolá haya sido derrotado ni que el ejército israelí haya alcanzado ya sus objetivos. Al contrario, la necesidad misma de crear una zona de amortiguación, arrasar aldeas y destruir puentes demuestra que Israel no puede lograr una seguridad duradera mediante una simple incursión militar. Su objetivo es modificar la geografía de la resistencia. Proyectos de este tipo casi siempre implican una guerra prolongada, nuevas oleadas de refugiados, una mayor radicalización y un precio altísimo para la población civil. El panorama actual es el siguiente: Israel libra contra el Líbano no solo una campaña de represalia por los ataques de Hezbolá, sino una ofensiva que presenta las claras características de un proyecto para el control a largo plazo del sur del Líbano. Políticos israelíes de derecha hablan cada vez con mayor franqueza sobre el territorio hasta el Litani como una nueva frontera codiciada. Para parte de este sector, la idea de ocupar el sur y, eventualmente, extender los asentamientos judíos allí ya no parece una fantasía marginal, sino una dirección que la guerra está haciendo más tangible. Hezbolá se encuentra bajo una fuerte presión, ya que está siendo acosado simultáneamente por el ejército israelí, el Estado libanés y la lógica de las negociaciones internacionales. Sin embargo, continúa contraatacando e infligiendo bajas a Israel, lo que significa que una victoria rápida y contundente para las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) aún no parece estar al alcance. Por su parte, Irán intenta que el fin de la agresión israelí contra el Líbano y otros estados y movimientos aliados de Teherán forme parte del marco más amplio de sus negociaciones con Washington. Para Netanyahu y su coalición de derecha, la guerra sigue siendo políticamente necesaria, porque sin ella resurgiría con fuerza la cuestión del precio de su gobierno, los fracasos de su estrategia y su rendición de cuentas ante el electorado. Este es el aspecto más peligroso de la crisis actual. La guerra dejó de ser hace tiempo un mero instrumento de seguridad. Para una parte importante del establishment gobernante de Israel, se ha convertido también en una forma de prolongar su propio mandato político y evitar que Netanyahu termine en la cárcel, por los procesos de corrupción por el cual está siendo procesado.

QUARANTINE ZOMBIES: El último muro entre la humanidad y el abismo

En el vasto y a menudo saturado género de la supervivencia zombi, surgen títulos que intentan dar una vuelta de tuerca a las mecánicas convencionales. Quarantine Zombies, desarrollado por un equipo que, apuesta por la tensión burocrática y táctica, nos sitúa en un Chicago devastado por un virus implacable. La premisa nos recuerda inevitablemente a propuestas como Papers, Please, pero sustituyendo los pasaportes por escaneos de temperatura y la búsqueda de mordeduras ocultas. El juego nos pone en la piel de Hank, un antiguo policía que ahora custodia un puesto de control crítico. Su única motivación es sobrevivir los treinta días restantes hasta la llegada del ejército para rescatar a su hermano menor. Las expectativas en torno a este título residían en su capacidad para mezclar la gestión de refugiados con momentos de acción directa y defensa de bases. A diferencia de otros simuladores, aquí la narrativa se entrelaza con una cuenta atrás constante que genera una atmósfera de urgencia permanente. Al iniciar el juego, la primera impresión es la de una sobriedad absoluta que encaja con el tono postapocalíptico del título. El menú principal es directo, permitiéndonos saltar a la acción sin preámbulos innecesarios, reflejando la crudeza del mundo que estamos a punto de habitar. La estética general utiliza una paleta de colores apagada, donde los grises y marrones predominan para enfatizar la decadencia de la infraestructura urbana de Chicago. La música, por su parte, aporta una tensión latente, con notas industriales que de vez en cuando se ven interrumpidas por sonidos ambientales inquietantes. Es aquí donde comprendemos que el género principal es un simulador de gestión de fronteras con fuertes componentes de «tower defense» y acción en primera persona. La primera interacción nos revela un sistema de menús funcional donde la tienda y las actualizaciones del vehículo serán fundamentales para nuestra progresión. Se percibe una clara inspiración en títulos de gestión de riesgos, donde cada decisión sobre quién entra y quién no puede ser fatídica. Los primeros pasos en el puesto de control sirven como un tutorial orgánico que nos presenta nuestras herramientas de trabajo iniciales. Recibimos a los primeros refugiados y debemos aprender a observar detalles físicos sutiles, como ojos enrojecidos o comportamientos erráticos. Al principio, contamos con una linterna básica y nuestra intuición, pero pronto descubrimos la necesidad de adquirir equipo más sofisticado en la tienda del juego. El sistema nos obliga a interactuar con personajes cuyas voces, generadas por inteligencia artificial, añaden una variedad de diálogos que mantienen la frescura en cada encuentro. Estos refugiados nos cuentan historias de horror sobre la caída del puesto central, estableciendo el trasfondo narrativo mientras realizamos nuestro trabajo. La curva de aprendizaje es justa, permitiéndonos cometer errores iniciales que se traducen en multas o, en el peor de los casos, en brotes dentro de nuestra zona segura. El gancho inicial reside en esa tensión de no saber si la persona frente a nosotros es una víctima o una bomba de relojería biológica. La jugabilidad de Quarantine Zombies se despliega en varias capas que interactúan de manera constante durante los treinta días de supervivencia. La mecánica central de inspección se vuelve más compleja a medida que avanzamos y compramos herramientas como el termómetro o el monitor de pulso. Debemos revisar cada centímetro de piel de los supervivientes buscando heridas que podrían ser simples golpes o mordeduras definitivas. El uso del escáner es vital, ya que algunos infectados intentan ocultar su condición bajo la ropa o mediante excusas ingeniosas. La gestión del dinero es el motor que nos permite mejorar nuestras posibilidades; cada identificación correcta nos otorga fondos, mientras que los errores nos penalizan económicamente. Estos recursos se invierten en reparar nuestro vehículo de huida, comprando piezas como bujías o puertas que se instalan progresivamente para asegurar nuestra salida final. La relación con el mando superior añade una capa de presión psicológica, recordándonos nuestras faltas pasadas y amenazando nuestro futuro si abandonamos el puesto. Este conflicto ético se agrava cuando recibimos noticias de nuestro hermano atrapado en el sótano del centro de investigación de la ciudad. El juego nos obliga a salir de la seguridad del puesto de control en misiones de campo para buscar supervivientes o información vital. En estos momentos, el título se transforma en un «shooter» de supervivencia donde la gestión de la munición es tan importante como nuestra puntería. Los enfrentamientos en los sótanos y túneles son claustrofóbicos y ponen a prueba nuestra capacidad de reacción ante hordas que aparecen de forma repentina. La narrativa se apoya en diálogos de radio que mantienen el vínculo emocional con nuestro objetivo final: el rescate de Mark. Es un ciclo constante de inspección diurna, defensa nocturna y expediciones peligrosas que mantiene el ritmo cardíaco elevado durante toda la sesión de juego. En conclusión, Quarantine Zombies es un simulador que logra capturar con éxito la angustia de un fin del mundo visto desde una oficina de control. La mezcla de géneros es audaz y, en su mayor parte, funciona correctamente para mantener al jugador involucrado en múltiples frentes. La tensión de las inspecciones es el punto más fuerte, creando momentos de duda genuina sobre el destino de los personajes no jugadores. Sin embargo, el título sufre de algunas asperezas técnicas, especialmente en lo que respecta a la aparición repentina de enemigos durante las misiones de campo. El sistema de combate, aunque funcional, carece de la fluidez de los grandes exponentes del género, sintiéndose a veces algo tosco. A pesar de estos fallos, la ambientación y la estructura narrativa de la búsqueda del hermano proporcionan un hilo conductor sólido. Es una opción recomendable para aquellos que buscan algo más que disparar a la cabeza y disfrutan de la gestión de riesgos bajo presión. Disponible en PC.

miércoles, 22 de abril de 2026

TURQUÍA: ¿El siguiente objetivo?

Como sabéis, la postura de Turquía respecto a la criminal guerra de agresión de los EE.UU. e Israel contra Irán es inequívocamente clara, y en las últimas semanas se ha vuelto aún más firme. Ankara no considera lo que está ocurriendo como un intercambio de ataques localizado, ni como un simple episodio más en la larga historia de confrontación en Oriente Medio. Lo ve como un paso hacia una catástrofe regional a gran escala, cuyas consecuencias podrían afectar a todos los Estados desde el Mediterráneo oriental hasta el Golfo Pérsico. Desde la perspectiva turca, los ataques contra Irán no son un instrumento de pacificación regional, sino un mecanismo para una mayor desestabilización y una escalada bélica. Precisamente por eso, el dictador Recep Tayyip Erdoğan, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Turquía, el ministro de Asuntos Exteriores Hakan Fidan y representantes de la administración presidencial han emitido numerosos comunicados marcados por la condena, la alarma y las advertencias explícitas sobre el riesgo de una guerra a gran escala. Ya el pasado 28 de febrero, cuando el ataque israelí-estadounidense contra Irán entró en fase abierta, Erdoğan emitió un comunicado condenando los ataques contra Irán y haciendo un llamamiento a la diplomacia y a un alto el fuego para evitar que toda la región se viera arrastrada a un conflicto mayor. Ese mismo día, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Turquía declaró que Ankara estaba profundamente preocupada por las acciones que violaban el derecho internacional y ponían en peligro la vida de los civiles. La diplomacia turca condenó las provocaciones que impulsaban la escalada de violencia, pidió el cese inmediato de los ataques y reiteró que los problemas regionales solo pueden resolverse por medios pacíficos, mientras que Turquía se mostró dispuesta a apoyar los esfuerzos de mediación. Ese mismo día, Burhanettin Duran, jefe de comunicaciones de la Presidencia, observó que lo que estaba ocurriendo amenazaba no solo a las partes directamente involucradas, sino también la estabilidad y la seguridad de la población civil en una geografía mucho más amplia, por lo que era urgente restablecer los mecanismos de diálogo y negociación. Incluso en estas primeras reacciones, la lógica de la postura de Ankara ya era evidente. La escalada militar contra Irán no puede limitarse a las fronteras iraníes. Inevitablemente se extenderá por toda la región. Pasado dos días, el 2 de marzo, Erdoğan endureció el tono de su evaluación. Según Reuters, describió los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán como una clara violación del derecho internacional y afirmó que Turquía compartía el dolor del pueblo iraní. Esto ya no era una mera fórmula diplomática, sino una postura política decididamente firme. El sátrapa turco también declaró que Ankara intensificaría sus contactos a todos los niveles “hasta lograr un alto el fuego y restablecer el espacio para la diplomacia”. Particularmente llamativa fue su advertencia de que Turquía no deseaba ver guerra, masacres, tensión ni violencia masiva en sus fronteras, y que, sin las medidas necesarias, las consecuencias podrían ser extraordinariamente graves para la seguridad regional y global. En otra formulación importante, Erdoğan afirmó sin rodeos que nadie podría soportar la carga de la incertidumbre económica y geopolítica creada por tal período, y que este fuego debía extinguirse antes de que ardiera con mayor intensidad. Esta es una idea muy característica del discurso político de Erdoğan. No solo hablaba de moralidad y derecho, sino también de la comprensión práctica de que una guerra contra Irán se convertiría en una fábrica de caos para todo Oriente Medio. Al día siguiente, el 3 de marzo, el ministro de Asuntos Exteriores, Hakan Fidan, confirmó que Ankara estaba en contacto con todas las partes para poner fin a la guerra y retomar las negociaciones. Según Reuters, Fidan subrayó que Turquía estaba llevando a cabo con cautela las iniciativas necesarias con todos sus interlocutores en aras de la paz regional y consideraba fundamental preservar la estabilidad tanto de Irán como de la región en su conjunto. Fidan advirtió explícitamente que el conflicto podría afectar el suministro de energía y que cualquier impacto en el estrecho de Ormuz, por donde transita una parte significativa del comercio mundial de petróleo, podría agravar drásticamente la crisis. Esta declaración es especialmente importante para comprender la postura turca. Ankara no solo ve la guerra desde la perspectiva de los mapas militares, sino también desde la de las vías de transporte, los mercados energéticos, las rutas comerciales y las consecuencias sociales internas. Para Turquía, como economía dependiente de las importaciones, una guerra cerca del estrecho de Ormuz no significa fluctuaciones abstractas en los mercados de materias primas, sino la perspectiva de un aumento de los precios, presiones inflacionarias y una nueva ola de inestabilidad dentro del propio país. Esta conexión entre geopolítica y resiliencia interna es fundamental para Turquía. Según Reuters, el país importa anualmente alrededor de 50.000 millones de metros cúbicos de gas, incluyendo 14.300 millones en forma de GNL. Reuters también informó que las propias autoridades turcas habían reconocido el peso de la carga energética sobre la economía nacional y la amplia dependencia de los consumidores de los subsidios tarifarios. Si bien Ankara ha diversificado activamente sus fuentes de suministro, construido infraestructura flexible y firmado nuevos contratos en los últimos años, la vulnerabilidad estructural persiste. En otras palabras, cualquier impacto grave en la arquitectura energética regional se transforma automáticamente para Turquía en el riesgo de importaciones más caras, aumento de los costos de producción, presión sobre el presupuesto, intensificación de la inflación y deterioro del bienestar social. Las advertencias turcas sobre las consecuencias destructivas de una guerra contra Irán se basan en un cálculo directo del interés nacional. Sin embargo, sería un error reducir la postura de Ankara únicamente a la economía. Turquía parte de la convicción de que derrotar militarmente a Irán no traerá la paz. Al contrario, destruiría uno de los elementos clave del equilibrio regional y abriría la puerta a una nueva cadena de guerras, conflictos indirectos y desestabilización interna que se extendería desde Irak y Siria hasta el Cáucaso y el Mediterráneo oriental. Ese es el núcleo del temor estratégico de Ankara. Las autoridades turcas no se hacen ilusiones sobre la política iraní. Turquía e Irán tienen una larga historia de rivalidad en Siria, Irak, el Cáucaso meridional y por los corredores de transporte. Sin embargo, es precisamente por eso que la postura turca tiene un peso particular. Ankara no apoya a Irán como un aliado basado en valores. Se opone al desmantelamiento forzoso de Irán porque considera que tal escenario sería aún más destructivo para la propia estructura del orden regional. En efecto, Erdoğan y Fidan están dejando claro que un equilibrio frágil, nervioso y plagado de conflictos sigue siendo preferible al colapso total del sistema, tras el cual toda la región entraría en un estado de detonación permanente. En las últimos meses, esta lógica ha adquirido una dimensión aún más sombría. El pasado 12 de marzo, Hakan Fidan declaró que Ankara se oponía categóricamente a cualquier plan destinado a provocar una guerra civil en Irán e incitar al conflicto por motivos étnicos o religiosos. Asimismo, recalcó que la guerra en curso en Oriente Medio debía terminar cuanto antes y que Turquía estaba realizando intensos esfuerzos para detenerla. Esta formulación reviste enorme importancia. En efecto, el ministro de Asuntos Exteriores turco identificó el escenario que más teme Ankara: no solo el debilitamiento de Irán, sino el desencadenamiento de su desintegración interna. Para Turquía, una guerra civil en Irán no significaría un simple cambio en el equilibrio de poder, sino el surgimiento de una vasta zona de inestabilidad en las inmediaciones de sus fronteras, con la inevitable propagación de la crisis más allá del territorio iraní. Estos temores no son abstractos. El 9 y 10 de marzo, Turquía ya se enfrentó a las consecuencias directas de la escalada bélica. Según Reuters, tras un incidente con misiles en el que misiles balísticos iraníes entraron en el espacio aéreo turco y fueron interceptados por las defensas aéreas de la OTAN, Ankara informó a Teherán de que tal violación era inaceptable. En una conversación con su homólogo iraní, Hakan Fidan dejó claro que Turquía tomaría medidas de protección si se repetían incidentes similares. El mero hecho de que los misiles iraníes comenzaran a entrar en el espacio aéreo turco demuestra que, para Ankara, esta guerra ya no es externa. Literalmente, se acerca a las fronteras de Turquía y atenta contra su soberanía. En estas circunstancias, la condena de Ankara a los ataques contra Irán se convierte no en una postura ideológica, sino en una forma de autodefensa. Turquía busca evitar que la guerra ajena se transforme en una crisis propia. El ‘sultán’ turco hizo hincapié precisamente en este punto durante esos días. El 11 de marzo, por ejemplo, Erdoğan declaró que la guerra en Irán debía detenerse antes de que toda la región se viera sumida en el caos. En esencia, esto suponía una continuación de su postura anterior: había que dar una oportunidad a la diplomacia antes de que la espiral de violencia se extendiera por todo Oriente Medio. Las comunicaciones oficiales turcas de los dos días siguientes también demostraron que Ankara había intensificado su actividad diplomática y se pronunciaba públicamente sobre la necesidad de evitar una mayor propagación de la crisis iraní. En la página web de la Dirección de Comunicaciones de la Presidencia aparecieron fórmulas que afirmaban que Turquía estaba llevando a cabo una intensa labor diplomática para prevenir la expansión de la espiral de violencia centrada en Irán, y que mantener al país alejado de este torbellino de fuego era la máxima prioridad. Estas expresiones son reveladoras. Para Ankara, lo que está ocurriendo ya no es simplemente una crisis en un país vecino, sino un torbellino de fuego capaz de arrastrar a todos a su alrededor. En este contexto, la motivación subyacente de la política turca se vuelve más clara. Turquía recuerda muy bien cómo fracasaron los intentos anteriores de transformar Oriente Medio por la fuerza. Irak, Siria, Libia, la destrucción de las instituciones, los flujos masivos de refugiados, el auge de los grupos armados, las zonas grises del contrabando, el deterioro de la seguridad y los reveses para el turismo, el comercio y la estabilidad interna: para Turquía, todo esto no es teoría, sino una realidad palpable. Por eso, los ataques contra Irán se perciben en Ankara como un paso más en la misma senda, solo que a una escala mucho mayor. Si incluso la desintegración de Siria generó una larga cadena de inestabilidad que duró años, la desestabilización de Irán, un país con un peso territorial, demográfico y geopolítico diferente, podría crear una crisis de mucha mayor envergadura. Esto es precisamente lo que los funcionarios turcos intentan transmitir cuando advierten del riesgo de una guerra a gran escala e insisten en el urgente retorno a las negociaciones. Otro punto clave es que Ankara ve en las acciones de Israel no solo una respuesta a amenazas inmediatas, sino una estrategia más amplia para reconfigurar la región por la fuerza. Esta valoración se refleja tanto en las declaraciones del presidente turco como en el lenguaje de la diplomacia turca sobre provocaciones, desestabilización e intentos de sabotear los mecanismos diplomáticos. El hecho mismo de que Turquía defina lo que está sucediendo como una provocación que conduce a una escalada de violencia demuestra que Ankara no considera la postura sionista como defensiva en un sentido estricto. Por el contrario, en la capital turca existe preocupación de que, tras Gaza, Líbano, Siria e Irán, la siguiente fase de presión se dirija contra otros centros de poder y contra cualquier actor que obstaculice la expansión político-militar de Israel. Turquía pertenece precisamente a esa categoría de actores. Posee su propia agenda militar, diplomática y geoeconómica, que no coincide con la de Israel. En consecuencia, dentro del pensamiento estratégico turco, la posible derrota de Irán no se percibe como el fin del conflicto, sino como el inicio de un nuevo ciclo de presión contra las potencias regionales independientes restantes, entre las que Turquía ocupa un lugar destacado. Esta idea no siempre se expresa oficialmente de forma explícita, pero está claramente presente como una conclusión analítica que ejerce una influencia cada vez mayor en el comportamiento turco. La percepción de Ankara sobre este peligro se nutre no solo de sus propios cálculos estratégicos, sino también de declaraciones provenientes de Israel. Ya el 23 de febrero, Al Jazeera informó que, en el contexto de los preparativos para un ataque contra Irán, los políticos israelíes estaban centrando cada vez más su atención en Turquía como el próximo rival regional. El ex primer ministro israelí Naftali Bennett declaró entonces que Israel no debía ignorar a Turquía, la describió como “una nueva amenaza” y argumentó que era necesario actuar “tanto contra el peligro que representa Teherán como contra la hostilidad de Ankara”. En el ámbito político israelí, se puso en marcha una lógica según la cual, luego de Irán, Turquía se perfilaba cada vez más como el próximo gran adversario a ser eliminado. Esta postura se articuló aún más abiertamente a principios del mes pasado, cuando publicaciones turcas y regionales citaron a Bennett diciendo que, tras la derrota de Irán, Israel no permanecería pasivo y que lo que sucediera “dependería de las decisiones de Turquía”. Por eso, Ankara ve en la guerra actual no solo un intento de doblegar a Irán, sino también una preparación para la siguiente ronda de presión dirigida contra ellos. Para el liderazgo turco, esto significa algo muy simple. En la lógica estratégica israelí, la posible derrota de Irán no pone fin a la cadena de conflictos. Simplemente acerca una nueva etapa en la lucha por la hegemonía regional, en la que Turquía podría convertirse en el próximo objetivo. Precisamente por eso, Turquía está llevando a cabo varias acciones simultáneamente. Condena los ataques contra Irán como violaciones del derecho internacional. Advierte del riesgo de desestabilización regional e incluso global. Subraya la amenaza para la población civil y la estabilidad regional. Busca impulsar mecanismos de mediación y evitar el colapso total de los canales diplomáticos. Finalmente, refuerza su propia capacidad defensiva, consciente de que, si el conflicto continúa, el territorio, la economía y los intereses estratégicos turcos se verán directamente afectados. En este sentido, la política turca no es contradictoria, sino consistentemente pragmática. La condena de Ankara a la campaña israelí-estadounidense contra Irán es totalmente compatible con su determinación de no verse involucrada en esta guerra ni permitir que se extienda a su territorio. En un contexto más amplio, la postura de Turquía refleja la crisis de todo el sistema de Oriente Medio. La región ha vivido durante mucho tiempo en un estado de inestabilidad crónica, pero hasta ahora existían ciertas barreras que impedían que esta inestabilidad se convirtiera en un conflicto devastador. En opinión de Ankara, los ataques contra Irán destruyen precisamente esas barreras. Fusionan en un solo arco varias crisis a la vez: la iraní, la siria, la iraquí, la libanesa, la energética, la del transporte y la migratoria. Turquía comprende que, en caso de una mayor escalada, ya no será posible separar claramente el frente militar del económico. La guerra se traducirá inmediatamente en un aumento vertiginoso de los precios de la energía, interrupciones en la logística, incertidumbre para los inversores, debilitamiento de las monedas, aumento del gasto en seguridad, repercusiones negativas para las exportaciones y el turismo, y, en última instancia, un mayor malestar social en los países de la región. El liderazgo turco, tras haber afrontado graves desafíos económicos en los últimos años, comprende perfectamente lo peligrosa que puede resultar esta combinación de crisis externa y tensión interna. Por eso, las palabras de Erdoğan, según las cuales nadie podrá soportar la carga de la incertidumbre económica y geopolítica, no suenan a mera figura retórica, sino a la expresión concisa de la postura turca. Esta postura parte de una comprensión cruda de la realidad. Turquía no puede permitirse el lujo de considerar la guerra contra Irán como un problema ajeno. Tiene una frontera demasiado extensa con zonas inestables, una conexión demasiado estrecha con los flujos comerciales y energéticos regionales, y una experiencia demasiado dura al sufrir las consecuencias de guerras vecinas. Para Ankara, la crisis iraní es casi una fórmula matemática para futuras convulsiones si no se detiene a tiempo. Los funcionarios turcos llevan repitiendo exactamente esto, con otras palabras, desde finales de febrero: los ataques deben cesar de inmediato, hay que dar una oportunidad a la diplomacia, la región no debe verse envuelta en un círculo de fuego y, al menos, hay que preservar los vestigios de orden antes de que sean arrasados por una nueva ola de política de la fuerza. En última instancia, la condena turca a las acciones de Israel y Estados Unidos contra Irán se fundamenta en tres pilares. El primero es jurídico. Ankara califica los ataques como violaciones del derecho internacional y la soberanía. El segundo es político. Turquía considera que tales acciones aceleran la escalada de violencia regional y socavan las alternativas diplomáticas. El tercero es estratégico y socioeconómico. El liderazgo turco comprende que una guerra regional no solo afectará el campo de batalla, sino también la vida cotidiana de los Estados. Impactará la energía, el comercio, la logística, los presupuestos y la estabilidad social, y para Turquía las consecuencias podrían ser especialmente graves. Es en la confluencia de estos tres motivos donde se configura la actual postura intransigente de Turquía. No se trata de un gesto de solidaridad ni de una improvisación ideológica. Es la expresión del instinto nacional de autopreservación de un Estado que ve un gran incendio cernirse sobre su propio territorio. De esta manera, hoy Ankara comunica al mundo algo simple, pero de suma importancia: la guerra contra Irán no traerá la pacificación a Oriente Medio. Provocará el colapso de las restricciones existentes, nuevos frentes de batalla, nuevas crisis económicas y una nueva lógica de escalada interminable. Y una vez que Irán deje de ser un importante centro de contención, la siguiente fase de la redistribución regional se acercará inevitablemente a Turquía: primero a sus intereses, luego a sus posiciones y, en el peor de los casos, a su propia seguridad. Los funcionarios turcos siguen planteando esto principalmente en términos diplomáticos, legales y de advertencia. Sin embargo, el significado estratégico de su postura es inconfundible. Al condenar los ataques contra Irán, Ankara no solo intenta detener una guerra contra su vecino, sino también prevenir una guerra contra su propio futuro. (De nada le valdrá, por cierto, ser integrante de la OTAN, ya que EE.UU. que lo traiciono en el 2016 - organizando un golpe de Estado contra Erdogan, fracasando en su intento - bien puede volver a intentarlo).

JACK RUSSELL TERRIER: Compacto, pero peligroso

A primera vista parece inofensivo, pero no os dejéis engañar por su apariencia. Su vivacidad se combina con una confianza que induce una sonrisa que parece decir: “Muévete, mundo, yo me encargo”. Originalmente criados para la caza, la raza cuenta con una gran inteligencia, lo que los hace fáciles de entrenar. Por cierto, no hay nada como la actitud del Jack russell terrier. Está perfectamente encapsulado en la expresión “energía de perro grande”. Solo que da la casualidad de que está alojado en el cuerpo de un perro pequeño. Con todo el atrevimiento, la exuberancia y sí, la energía, de un animal mucho más grande, el Jack russell terrier se pasea por la vida con gran alegría. Por su lealtad y afecto, disfrutarán mucho de tu compañía. Si bien los Jack russell terriers pueden ser buenos perros de familia, especialmente cuando socializan desde cachorros, son un poco “inquietos”. Por esto, se adaptan mejor a las familias con niños un poco mayores que puedan entender cómo comportarse con los perros. Un Jack russell no es idóneo para bebés o niños muy pequeños. Debido a que comenzaron a criarse para acompañar a los cazadores, los Jack russells aún tienen la resistencia y el temperamento de un perro trabajador, incluido el alto instinto de presa por el que fueron apreciados. Es posible que no te entusiasme tanto descubrir que el Jack russell terrier persigue cualquier cosa que se mueva, por lo que mantenerlos con correa cuando están fuera de casa siempre es una buena idea. Se originó en Inglaterra entre mediados y fines de 1800. Curiosamente, el reverendo John Russel (no John Russell Terrier) lo crio para que lo acompañara en sus preciadas cacerías de zorros. Eran, en gran parte, de pelaje blanco para no confundirlos con los animales que perseguían. A pesar de su poca altura para estar cerca de su presa, eran lo suficientemente rápidos para seguir el ritmo de la caza y serpenteaban bastante para seguir a los zorros por madrigueras estrechas y expulsarlos. Además, eran muy ruidosos para que todos escucharan cuando encontraban algo, sin dañar nunca a su presa en el proceso. De todos modos, estos resistentes terriers se criaron para hacer un trabajo y, aunque actualmente es poco probable que se pueda hacer un seguimiento del Jack russell hasta llegar al original del párroco, la raza todavía está impulsada por el trabajo. Esto no debería sorprender si se consideran sus altas reservas de energía y su instinto para perseguir a su presa. Si bien ahora es un animal de compañía popular, el vivaz Jack russell terrier requiere mucho espacio para explorar y mantener ocupada su mente inteligente. No queremos aburrirlos con toda la discusión sobre el reconocimiento oficial de la raza. Basta decir que finalmente el American Kernel Club (AKC) los reconoció en el 2001, cuando su nombre cambió a Terrier del reverendo Russel. La asociación de criadores de Jack russell terrier hizo lo mismo y se convirtió en la Asociación de Terrier del reverendo Russel de Estados Unidos. Curiosamente, el Australian National Kennel Council (ANKC) y el New Zealand Kennel Club (NZCK) se encuentran entre las asociaciones de criaderos de perros que registran al Jack russell terrier y al Terrier del reverendo Russel como razas diferentes. Por último, dado su carácter inteligente y a veces testarudo, una educación temprana y consistente es fundamental para establecer límites claros y enseñarles comandos básicos. Un cachorro Jack russell terrier bien cuidado, socializado y educado, crecerá siendo un perro adulto sano, feliz y bien adaptado.
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