Tras el fracaso de las conversaciones en Islamabad con Irán - donde EE. UU. se vio obligado a participar tras la paliza que estaba recibiendo - Washington se enfrenta ahora a la pesadilla estratégica que intentó evitar. En efecto, lo que comenzó como una campaña que muchos en EE.UU. e Israel parecían haber imaginado breve, contundente y políticamente manejable, se ha convertido en una campaña prolongada, costosa, desestabilizadora a nivel global y cada vez más difícil de definir como un ‘éxito’, sino como lo que realmente es, una derrota sin atenuantes. La lógica bélica es ahora inseparable de la lógica política, y en ambos frentes aumenta la presión sobre la administración del Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Donald Trump. Reuters informa que el conflicto, iniciado el pasado 28 de febrero, ha perturbado los flujos energéticos mundiales, ha disparado el precio del petróleo, ha elevado los precios de la gasolina en EE.UU. por encima de los cuatro dólares por galón y ha hecho que el índice de aprobación del mitómano naranja caiga a su nivel más bajo desde su regreso al cargo. Se puede persuadir al público nacional de que una guerra corta sea un acto de liderazgo decisivo, pero una guerra larga se convierte en una prueba de competencia, una fuente de inflación, una carga para las relaciones con los aliados y, en última instancia, en una pregunta sobre si la Casa Blanca alguna vez tuvo un objetivo político serio... Y nunca lo tuvo. Trump, quien basó gran parte de su demagogia política en la promesa de “ser más fuerte que sus predecesores y, a la vez, menos atrapado en guerras interminables”, ahora se enfrenta a la imagen opuesta. Cuanto más se prolonga esta campaña, más se asemeja a una guerra de elección sin una salida limpia, una guerra que perjudica a las familias en las gasolineras, profundiza la incertidumbre estratégica y le da a Teherán nuevas formas de imponer costos sin necesidad de paridad militar convencional. Ese es el punto crucial que a menudo se pasa por alto en la retórica triunfalista y ridícula proveniente de Washington, desde donde tratan de imponer - sin conseguirlo - su fantasiosa narrativa, esperando que el mundo crea sus propias mentiras. Irán no necesita dominar el espacio aéreo ni derrotar a EE.UU. en una contienda armamentística para proclamar un éxito estratégico. Solo necesita resistir, seguir tomando represalias, impedir que estadounidenses e israelíes alcancen una solución política clara y convertir su posición geográfica en una ventaja estratégica, pasando a la ofensiva. Reuters lo describió con inusual claridad al señalar que Teherán ha ejercido una presión efectiva sobre un punto clave de la economía global mediante el estrecho de Ormuz y los ataques a la infraestructura energética. En otras palabras, el objetivo bélico de Irán es la coerción económica mediante la resistencia, no una victoria militar clásica. Esa realidad explica por qué los repetidos esfuerzos de mediación no han logrado un avance significativo. Pakistán, Turquía, Egipto y Omán han participado de una u otra forma, mientras que la diplomacia regional se ha visto cada vez más saturada de iniciativas puntuales y canales de comunicación paralelos. Sin embargo, ninguno de estos esfuerzos ha dado como resultado una fórmula estable, ya que el problema político central sigue sin resolverse. Teherán sabe que Washington nunca negocia de buena fe. Desde la perspectiva iraní, el precedente de la retirada de Washington del acuerdo nuclear del 2015 destruyó la confianza en los compromisos estadounidenses. En medio de una guerra activa, esa desconfianza se intensifica aún más. Irán sigue insistiendo en sus propios términos para poner fin a esa guerra ilegal, al tiempo que rechaza los acuerdos temporales que en realidad son pausas tácticas en lugar de una verdadera desescalada. La desconfianza en Teherán es evidente y, desde su propia perspectiva estratégica, racional. Muchos responsables políticos iraníes están convencidos que Trump busca negociaciones no como vía hacia la paz, sino como una forma de ganar tiempo, reconfigurar el campo de batalla, calmar los mercados y preparar la siguiente oleada de ataques en condiciones políticas más favorables. Su propio discurso público no ha hecho sino reforzar ese temor. En los últimos días, ha alternado entre sugerir que la guerra “terminará pronto” y a su vez, lanzar nuevas amenazas de una escalada punitiva. Más allá de sus palabras, lo que importa para el análisis revela el estado mental del inquilino de la Casa Blanca, cuya imbecilidad nadie discute. Sus amenazas no se ven como un mensaje de una administración que controla la escalada. Se lee como ira mezclada con improvisación, frustración por una guerra que no ha doblegado a Irán con la suficiente rapidez, por aliados de la OTAN que se niegan a intervenir - calificándolos por ello de cobardes y amenazando con abandonar la organización - y por un electorado interno que comienza a incorporar el conflicto a la vida cotidiana. Trump necesita urgentemente una salida, pero no una cualquiera. Necesita una salida que pueda presentarse como una “victoria” ante su electorado, de cara a las elecciones de noviembre, donde será sin duda aplastado de manera inobjetable, y lo que es peor para él, se enfrentara a un impeachment en el Congreso por unos demócratas ávidos de venganza, que lo sacará ignominiosamente del cargo. Un acuerdo negociado que parezca demasiado una concesión corría el riesgo de parecer débil tras semanas de retórica maximalista. Pero una guerra prolongada con crecientes costos económicos es políticamente peor. Reuters ya ha vinculado directamente la crisis del combustible con la caída de la aprobación y el escepticismo generalizado de la opinión pública sobre la guerra. Incluso si los votantes republicanos siguen siendo más belicistas que el resto del país, un presidente no puede absorber indefinidamente el aumento de los precios de la energía, la ambigüedad estratégica y los informes de bajas mientras afirma que aún tiene el control absoluto de los acontecimientos. Esta presión interna se ve agravada por las crecientes señales de tensión institucional dentro del aparato de defensa estadounidense. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, destituyó al jefe del Estado Mayor del Ejército, el general Randy George, junto con otros altos mandos, en plena campaña. Una guerra de esta magnitud exige continuidad en la planificación y la certeza de que el liderazgo militar se evalúa por su competencia y no por lealtades políticas. Las destituciones masivas en la cúpula sugieren una crisis de coherencia interna en el Pentágono. El simbolismo es perjudicial incluso antes de considerar las consecuencias prácticas. El panorama de la alianza no es mejor. Los socios de la OTAN no se han alineado con la campaña estadounidense y, en algunos casos, han hecho lo contrario. Francia le recordó abiertamente a Washington que la OTAN está diseñada para la defensa euroatlántica, no para misiones ofensivas en el estrecho de Ormuz. Esta oposición pública disipa cualquier ilusión de que EE.UU. pueda multilateralizar fácilmente el conflicto y distribuir sus costos políticos. La irritación de Trump con los aliados se ha vuelto cada vez más explícita, pero la frustración no sustituye la cohesión. Cuanto más abiertamente presiona a Europa para que apoye una guerra que no autorizó ni respalda, más aislada se ve Washington. Los actores regionales se muestran igualmente reticentes. Las corruptas petromonarquías del Golfo son quizás las que más tienen que perder en una guerra sin fin, pero también las que tienen el mayor incentivo para evitar alinearse completamente con la escalada de Washington. Los estados del Golfo temen pagar el precio de una guerra que no iniciaron ni influyeron. Los ataques iraníes ya han alcanzado o amenazado infraestructura en Kuwait, Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos. La Guardia Revolucionaria Islámica ataco instalaciones petroquímicas en esos países, mientras que otros informes describen daños a plantas desalinizadoras, centrales eléctricas y centros energéticos. En términos estratégicos, esto es devastador para el discurso de la Casa Blanca. Washington puede decir hipócritamente “que está imponiendo costos a Irán”, pero la verdad es que Teherán está demostrando que la región en general también pagará las consecuencias. Precisamente por eso, las petromonarquías del Golfo no quieren participar plenamente en una guerra contra Irán liderada por EE.UU. Entienden que la geografía garantiza la represalia. Mientras tanto, el costo humanitario y de infraestructura sigue aumentando. AP, Reuters y otros medios han descrito antes del cese del fuego, ataques cada vez más frecuentes contra infraestructura civil crítica y adyacente a la población, incluyendo sistemas eléctricos, puentes, universidades, plantas petroquímicas y rutas de suministro. Teherán, a su vez, amplio su lógica de represalia más allá de los objetivos militares directos, advirtiendo que, si los objetivos civiles en Irán siguen siendo atacados, la infraestructura económica y civil en otras partes de la región no se salvará. Esta es la sombría dinámica de una guerra sin reglas. Cada nuevo ataque crea una justificación para el siguiente, y cada bando se convence de que la escalada es temporal, incluso cuando los objetivos se amplían. En ese contexto, la mayoría de los iraníes no están predispuestos a aceptar negociaciones en los términos de Washington. Dentro de Irán, la guerra se percibe no como una crisis de negociación limitada, sino como una lucha existencial impuesta desde el exterior. El asesinato de la cúpula iraní al inicio del conflicto endureció aún más esta mentalidad, al convertir la confrontación en un conflicto enmarcado en términos civilizacionales y religiosos. Una vez que una sociedad llega a la conclusión de que la rendición puede traer no la paz, sino la desintegración, el compromiso se vuelve políticamente tóxico. En tal entorno, los llamados al diálogo suenan menos a prudencia y más a debilidad, a menos que vayan acompañados de beneficios innegables. Ese es el contexto en el que ha resurgido Mohammad Javad Zarif. Exministro de Asuntos Exteriores de Irán y diplomático de larga trayectoria, que también fue embajador ante las Naciones Unidas, Zarif no es una voz iraní cualquiera. Es quizás el símbolo más reconocible de la apertura diplomática de la República Islámica hacia Occidente en la era moderna. Es el rostro de la diplomacia que propició el acuerdo nuclear del 2015, una figura cuya fluidez en el lenguaje del compromiso internacional lo hizo indispensable en el extranjero y, a la vez, sospechoso en su propio país. Hoy está vinculado a la Universidad de Teherán y sigue siendo uno de los abanderados más visibles de la pequeña, maltrecha pero persistente corriente dentro de Irán que aún cree que el acercamiento con Occidente puede reportar beneficios estratégicos. Su nuevo ensayo en Foreign Affairs resulta revelador tanto por lo que propone como por lo que presupone. Zarif argumenta que Irán tiene la ventaja porque sobrevivió a la tormenta inicial, preservó su continuidad política e infligió graves daños a sus adversarios. Sobre esa base, sugiere que Teherán debería «declarar la victoria» y transformar la resiliencia en el campo de batalla en una solución diplomática. El amplio paquete que esboza incluye límites al programa nuclear iraní bajo vigilancia, la reapertura del estrecho de Ormuz, el levantamiento de las sanciones, la reintegración a la economía global y un marco de seguridad regional más amplio que podría involucrar a países como Turquía. Se trata, en esencia, de un intento de revivir la lógica estratégica del pacto nuclear en un contexto mucho más sangriento. El artículo es inteligente, riguroso y políticamente condenado al fracaso a corto plazo. Identifica correctamente la asimetría central del momento. Irán puede estar resistiendo, pero esto no reconstruirá las ciudades, restaurará la infraestructura ni estabilizará la vida civil. La resistencia perpetua puede satisfacer la psique nacional, pero a la vez perjudica la posición del Estado a largo plazo. Zarif también percibe correctamente que Trump necesita un acuerdo más de lo que admite públicamente. Atrapado entre la inflación, las fricciones en las alianzas y los objetivos poco claros, puede ser más flexible en la negociación que uno que dice disfrutar “de un triunfo militar contundente” que solo cabe en su obtusa imaginación. Pero el artículo se basa en una premisa que gran parte de la esfera pública iraní en tiempos de guerra no comparte actualmente. Zarif considera la diplomacia como un camino hacia la paz, mientras que sus críticos la ven como una trampa que conduce a la rendición. Por eso la reacción dentro de Irán fue tan furiosa. En tanto, Iran International informó que los sectores más intransigentes lo tacharon de traidor y exigieron su arresto, calificando su postura de desescalada como capitulación e incluso espionaje. Si bien los medios de comunicación del exilio y la oposición deben ser tratados con la debida cautela, el patrón general es creíble y totalmente coherente con la desconfianza histórica de la derecha iraní hacia Zarif. En tiempos de guerra, el apoyo a un compromiso se reduce aún más. Las consignas de resistencia siempre resuenan con más fuerza que los llamados a una solución ponderada cuando las bombas siguen cayendo. El sector prooccidental dentro de Irán sigue siendo minoritario. Es pequeño, elitista y socialmente débil en el clima actual, pero intenta enviar un mensaje importante a Washington y a Europa Occidental. Intenta demostrar que dentro de Irán aún existe un sector capaz de imaginar la coexistencia, el levantamiento de las sanciones y una relación controlada con el mundo exterior. En circunstancias normales, esto podría ser políticamente útil. Sin embargo, en esta guerra, a menudo tiene el efecto contrario. Los llamamientos al diálogo se interpretan fácilmente como señales de debilidad justo cuando muchos iraníes sienten que solo la firmeza puede evitar una mayor humillación. El resultado es que personajes como Zarif no parecen realistas nacionales, sino oportunistas que se postulan prematuramente para un orden de posguerra que aún no existe, en la cual pretende tener relevancia. Esto no le resta importancia a Zarif. Al contrario, su intervención es importante precisamente porque revela que parte de la élite iraní comprende el costo material de una guerra interminable y ya contempla una eventual solución. Sin embargo, el momento es desfavorable para su bando. Mientras Trump siga amenazando con nuevos ataques, en tanto la infraestructura civil permanezca en el punto de mira y Teherán crea que las negociaciones solo servirán como puente hacia el próximo ataque, el argumento prooccidental tendrá dificultades para ganar alguna legitimidad. La guerra, por lo tanto, está endureciendo ambos sistemas a la vez. En Washington, radicaliza la retórica y expone la confusión estratégica. En Teherán, afianza la creencia de que la resistencia misma es una victoria y que negociar bajo fuego es una forma de rendición que no van a aceptar por ningún motivo. Esta es la mayor ironía del momento actual. Tanto Trump como Zarif desean un resultado final que puedan describir como “un éxito”, pero se dirigen a públicos que entienden el éxito de maneras cada vez más incompatibles. Para Trump, el “éxito” significa retirarse rápidamente sin dejar de afirmar que Irán “se vio obligado a ceder”. Para la mayoría de los iraníes en este momento, el éxito significa negarse a ceder en absoluto. Mientras persista esta contradicción, la diplomacia seguirá apareciendo en el horizonte solo para desvanecerse al chocar con la realidad política. Y cuanto más dure esta situación, peor será el resultado para todos los involucrados, comenzando con quien empezó esta guerra, de la cual no sabe cómo salir. (Por cierto, el muy imbécil - y hay que decirlo con todas sus letras - ha amenazado con bloquear el estrecho de Ormuz para que nadie negocie con Irán, evitando que algún barco arribe a sus costas: "Si alguno de ellos se acerca en lo más mínimo a nuestro BLOQUEO, será ELIMINADO de inmediato", dijo en su red Truth Social.... A ver si se atreve a hundir los petroleros rusos y chinos)
No se parece a ningún telescopio jamás construido hasta el momento. En efecto, el ExoLife Finder (ELF) es una espectacular corona de 15 espejos de cinco metros que se alza sobre una extensa estructura metálica, la cual recuerda a los pétalos de una flor mecánica de diez pisos de altura: más una escultura que un observatorio. Se trata de un tipo de telescopio totalmente nuevo, que, según sus diseñadores, podría descubrir vida en planetas similares a la Tierra más allá de nuestro sistema solar. Su diseño radical es obra del astrofísico Jeff Kuhn, de la Universidad de Hawái. Por ahora, solo existe en imágenes. Para construirlo, Kuhn y el equipo que ha reunido deben primero desarrollar y perfeccionar técnicas y tecnologías nunca antes utilizadas en astronomía. Ese anillo de espejos, funcionando en sincronía, utilizaría una técnica de vanguardia - el equivalente a la cancelación de ruido estelar - para bloquear el resplandor de la estrella anfitriona y así poder capturar imágenes de mundos en órbita. Si funciona, podría monitorear planetas, crear mapas de su superficie e incluso detectar el calor que emiten las formas de vida o su tecnología. “Durante mucho tiempo se pensó que esta [técnica] requería telescopios espaciales”, afirma John Mather, el astrofísico ganador del Premio Nobel que dirigió el equipo científico del Telescopio Espacial James Webb (JWST). “Pero el equipo de Kuhn demostró que podría no ser imposible desde la Tierra”. La palabra "podría" cobra especial relevancia aquí. Los obstáculos técnicos son considerables. Y en la carrera por construir un telescopio capaz de encontrar una segunda Tierra, abundan las ideas contrapuestas. Pero si el experimento tiene éxito, podría abrir las puertas a una nueva era de telescopios terrestres y resolver la incógnita de si estamos solos en el universo. ELF toma prestado un concepto de la radioastronomía llamado interferometría. Utilizará numerosos espejos distribuidos en una matriz y combinará su luz. Con equipo óptico especializado para combinar los haces, una calibración extremadamente precisa y muchos cálculos matemáticos, esta técnica puede producir una imagen tan nítida como si se tomara con un solo espejo del mismo tamaño que el punto más ancho de la matriz, llamado línea base. El anillo de espejos de ELF tendrá 35 metros de diámetro, rivalizando con la apertura del telescopio más grande actualmente en construcción, el Telescopio Extremadamente Grande de 39 metros en Chile, pero sin los segmentos centrales del espejo, y el costo asociado. Si la misión ELF logra obtener una imagen directa de un exoplaneta similar a la Tierra - una hazaña nunca antes conseguida -, el planeta no ocupará más de un píxel. Esto permitirá a los astrónomos detectar detalles de la superficie observando la luz que el mundo refleja de su estrella. Al descomponer la luz por longitud de onda en un espectro, se revela la presencia de características como océanos, hielo, montañas o desiertos. Los astrónomos deberán observar cómo el planeta rota sobre su eje y se desplaza a lo largo de su órbita, produciendo patrones periódicos y repetitivos en su espectro a medida que las características entran y salen del campo de visión. A partir de estos patrones, los astrónomos pueden inferir cuándo ciertas características son visibles y determinar su ubicación, trabajando a la inversa para reconstruir un mapa de la superficie del planeta. Esta técnica, denominada inversión cartográfica, requiere una enorme cantidad de observaciones consecutivas para separar las señales de las contribuciones de la superficie y la atmósfera, y así recuperar los componentes químicos presentes en el planeta. «Si contamos con suficientes datos - unos cientos de observaciones, o incluso unos miles -, podemos reconstruir un mapa del planeta, identificando las regiones de mayor reflectividad o albedo y las de menor albedo o reflectividad», explico Max Dobat, estudiante de posgrado en astrofísica de la Universidad de Potsdam que trabaja en el proyecto. «ELF podría revolucionar el campo de la observación, acelerando drásticamente nuestra capacidad para caracterizar exoplanetas» aseguró. Kuhn espera que, cuando SELF entre en funcionamiento alrededor del 2027, su prueba de concepto atraiga el apoyo de inversores y donantes para construir ELF. Sin embargo, pasarán al menos otros diez años antes de que ELF pueda entrar en funcionamiento. Y dados los desafíos técnicos, su éxito no está garantizado, según afirman otros astrónomos. Si ELF logra identificar planetas similares a la Tierra para su posterior estudio, estos serían de gran valor para futuros observatorios con diseños más sofisticados. Asimismo, algunos astrónomos han propuesto una nave espacial que podría volar en formación, a decenas de miles de kilómetros de un telescopio como HWO, actuando como un parasol para bloquear la luz de una estrella anfitriona. Esta combinación sería más potente que un coronógrafo interno. Sin embargo, su capacidad para buscar planetas estaría limitada por el tiempo y el combustible necesarios para maniobrar el parasol hasta su posición. “Si sabemos dónde están los planetas, es mucho más fácil estudiarlos con observatorios espaciales”, señaló Ewan Douglas, astrónomo de la Universidad de Arizona que construye instrumentos de imagen directa para la detección de exoplanetas. Independientemente de si ELF encuentra vida o no, aprenderemos algo sobre nuestro lugar en el universo. Un resultado nulo “significaría que la vida es rara y que deberíamos tratarla como tal”. También podría implicar que “probablemente la vida evolucionó en otros lugares, pero luego desapareció”, añadió. “Todas estas preguntas que planteamos llevan la noción de vida - y las cuestiones sociales sobre cómo se organiza la vida - a un ámbito donde la astrofísica realmente tiene algo que decir al respecto” puntualizó.
Como sabéis, desesperado porque las cosas no le salían como tenia planeado, el Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Donald Trump, quien no solo lleno de agravios a sus “socios” de la OTAN - por negarse estos a participar de la guerra de agresión que junto con las ratas sionistas, ha lanzado contra Irán - sino que amenazo a este último país “con desatar el infierno” este martes si no abría el estrecho de Ormuz “y regresarlos a la edad de piedra si tampoco le entregaban su petróleo”, el verdadero y único motivo de su presencia en la región. Al final este pobre diablo, fiel a su conducta errática propia de un retardado - como lo que es, hay que dejarlo en claro - se ha visto obligado a anunciar a ultimo minuto “un alto al fuego de dos semanas” viéndose forzado además a aceptar la propuesta iraní de 10 puntos, lo cual es visto claramente como una derrota personal y un triunfo de Teherán debido a su tenaz resistencia mostrada al enemigo desde que se inició la agresión al país persa. Entre los puntos a destacar esta que Trump dio a Irán el control total del estrecho de Ormuz (donde cobrará un peaje de 2 millones de dólares por barco), reconoció el derecho de Irán al enriquecimiento de uranio, suspenderá todas las sanciones contra Irán y le permitirá mantener sus programas de misiles, drones y armas nucleares.... esto es indudablemente, una victoria iraní y como tal, ha sido celebrado por miles de personas en las calles de Teherán. Trump sabía que, si finalmente cumplía sus amenazas y se decidía a atacar, se exponía a sufrir una derrota más vergonzosa que la ocurrida en Vietnam y a una retirada de lo más humillante como sucedió en Afganistán, donde como recordareis, los estadounidenses escaparon con el rabo entre las piernas. Eso no significa que con este alto al fuego todo ha terminado, ya que solo se trata de una pausa. Ahora toca realizar unas conversaciones en Islamabad para alcanzar la paz definitiva, pero tratándose de Trump, no debería llamar la atención si al final este trata de boicotear un posible acuerdo. O sea ¿quiere desatar de todas maneras el infierno? Y es ahí donde va a parar si se atreve a ello. Por lo visto, el precio de subestimar a Irán le está saliendo muy caro. Al final, el resultado de como termine el conflicto con Irán determinará las capacidades de EE.UU. en el escenario mundial durante los próximos años. Por eso, el conflicto actual en Asia Occidental tiene consecuencias tan importantes, que trascienden las fronteras de la propia región. Como sabéis, la política estadounidense hacia Irán se ha vuelto cada vez más caótica. Pero en lugar de centrarnos en la retórica cambiante de ese sublime payaso que ahora trata de clamar “victoria” cuando no lo es (afirma, por ejemplo, “que logro la apertura del estrecho de Ormuz”, cuando este estaba abierto desde antes de la guerra, pero que a partir de ahora será controlado enteramente por Irán ¿dónde está la “victoria”?), es más útil examinar la lógica que subyace a la confrontación. Washington se había convencido de que era el momento oportuno para actuar con decisión contra Teherán, aprovechando lo que percibía “como una ventana de vulnerabilidad”. El objetivo, visto de forma aislada, aparentemente poseía una cierta racionalidad fría. Un único ataque bien ejecutado podría, en teoría, lograr varios objetivos de larga data a la vez: resolver de una vez por todas el agravio histórico de la crisis de la embajada de 1979, derrocar a un régimen considerado hostil a Israel, obtener influencia sobre recursos energéticos y rutas de transporte clave, y debilitar los proyectos emergentes de integración euroasiática. Al parecer, los asesores presentaron esto “como una oportunidad única” y Trump aceptó el argumento. Pero tales ambiciones se basan en un error de cálculo fundamental. Irán no es Irak en el 2003, ni Afganistán en el 2001. Sus capacidades militares son mucho más sustanciales que las de cualquier adversario al que EE.UU. se haya enfrentado directamente en las últimas décadas. Es un Estado grande y resistente, con una gran capacidad estratégica y la capacidad de perturbar gravemente el comercio mundial y los flujos energéticos. Además, se ha estado preparando desde hace años para cuando llegue el momento de enfrentarse a sus más encarnizado adversario. Y ahora lo está demostrando. Este último punto es crucial. Asimismo, la posición geográfica de Irán le otorga una influencia de la que pocos países disponen. Incluso una escalada limitada podría amenazar las rutas marítimas y la estabilidad económica mucho más allá de Oriente Medio, afectando directamente los intereses de EE.UU. y sus aliados, como sucedió con el cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán, impidiendo el cruce de los buques petroleros y hundirlos si se atreven a desafiarlos. Esta realidad, por sí sola, complica para EE.UU. e Israel cualquier intento de lograr una victoria rápida y contundente, que creían tener a la mano. Pero la cruda realidad les demostró todo lo contrario. Además, el contexto político es muy diferente al de las intervenciones estadounidenses anteriores. La actual demostración de fuerza, que carece incluso de las justificaciones formales que acompañaron a campañas anteriores, ha inquietado a los socios de Washington. Los aliados que antes se sentían obligados a apoyar a EE.UU. ahora se muestran más reticentes, sopesando los riesgos de la intervención frente a los resultados inciertos. La premisa inicial parecía ser que Irán “capitularía rápidamente”. Nunca quedó del todo claro cómo se concretaría esa capitulación: el colapso del régimen, una sumisión forzada al estilo de Venezuela o un acuerdo negociado que limitara drásticamente el poder de Teherán. En cualquier caso, un conflicto prolongado no formaba parte del plan. Pero ahora que este se está prolongado, ha surgido una pregunta más fundamental: ¿qué constituye exactamente el éxito? Este dilema refleja un cambio más amplio en la política exterior estadounidense. La política de “EE.UU. primero” suele interpretarse como aislacionismo o contención. En la práctica, ha significado algo completamente distinto: la consecución de los objetivos estadounidenses sin responsabilidad y, en el mejor de los casos, sin coste alguno. El principio subyacente es sencillo: obtener el máximo beneficio minimizando los compromisos. Durante un tiempo, este enfoque pareció funcionar. En su primer año, Trump logró presionar a sus “socios” europeos para que aceptaran las humillantes condiciones estadounidenses, a menudo haciendo uso de un poder económico abrumador. Pero esa estrategia dependía de la ausencia de una resistencia significativa, que se vuelve mucho más peligrosa cuando se aplica a una situación que no se puede controlar. Pero crear una grave crisis geopolítica y esperar que otros absorban las consecuencias mientras Washington obtiene ventajas, es una propuesta totalmente distinta. Se corre el riesgo de desestabilizar no solo a los adversarios, sino todo el sistema en el que opera EE.UU. En décadas anteriores, el liderazgo estadounidense se enmarcaba en un “orden mundial liberal”, donde el avance de los intereses estadounidenses se presentaba como “beneficioso para todos”. El concepto de “hegemonía benevolente” surgió de este período. La visión del mundo de Trump ahora rechaza esa premisa. En cambio, parte de la base de que la prosperidad de EE.UU. debe lograrse a expensas de otros, y que es hora de revertir el antiguo equilibrio. Este cambio conlleva profundas implicaciones. Una potencia hegemónica que ya no busca brindar estabilidad debe recurrir con mayor frecuencia a la coerción. Pero para que esta sea efectiva, requiere credibilidad. La potencia dominante debe demostrar claramente que puede imponer su voluntad cuando sea necesario. Irán se ha convertido en el caso de prueba. En efecto, EE.UU. había elegido este desafío por sí mismo. Por lo tanto, lo que está en juego es sumamente importante. No lograr un resultado decisivo al final no solo representaría otro revés, sino que pondría en entredicho la capacidad de Washington para actuar como potencia mundial bajo las nuevas reglas que intenta establecer. Esto es lo que distingue el conflicto actual de las campañas anteriores. Irak y Afganistán terminaron sin victorias claras, pero se libraron bajo un paradigma estratégico diferente. La confrontación actual es más abiertamente transaccional, se centra más explícitamente en la proyección de poder y está menos condicionada por consideraciones legales o ideológicas. Esto hace que definir la victoria sea a la vez más urgente y más difícil. En una guerra de elección, los criterios de éxito no están preestablecidos. Sin embargo, ciertos resultados claramente no alcanzarían ese objetivo. Es difícil imaginar, por ejemplo, que cualquier operación pueda considerarse exitosa si Irán mantiene el control efectivo del estrecho de Ormuz - como lo seguirá haciendo luego del cese al fuego - un punto estratégico de importancia mundial. De allí las amenazas furibundas de Trump a Irán “para que la abra inmediatamente o destruirla por completo” demostrando en realidad su impotencia para hacerlo por sí mismo. Cuanto más se prolongue el conflicto sin una resolución clara, mayor será la presión sobre Washington. La ambigüedad no es una opción para una potencia que busca redefinir su papel en el sistema internacional. La conclusión es contundente. EE.UU. necesitaba una victoria decisiva, el cual está cada vez más lejos de lograrlo. La alternativa, un conflicto prolongado sin un resultado claro, socavará su posición no solo en Oriente Medio, sino a nivel mundial. Al mismo tiempo, la probabilidad de una solución negociada que al final sea exitosa, parece baja. Especialmente porque es un engaño montado por los EE.UU. para exigir a los iranies una “rendición incondicional y que les entregue todo su petróleo para poder ganar mucho dinero” - tal como declaro Trump este lunes - lo cual como podéis suponer, no sucederá jamás. Incluso, ahora tras el fracaso de su publicitado ultimátum, sus propios seguidores se muestran escépticos a salir airosos de este conflicto desatado por Trump. “La estrategia estadounidense-israelí de decapitar a la cúpula dirigente de Irán con la esperanza de desencadenar una revolución fue un error de cálculo que no ha logrado desestabilizar la República Islámica”, admitió un antiguo alto funcionario del Mossad. Rami Igra, quien anteriormente dirigió la División de Rehenes y Personas Desaparecidas de la inteligencia israelí, declaró en una entrevista exclusiva a RT que quienes esperaban que los iraníes salieran a las calles tras el asesinato del Líder Supremo Ali Khamenei y otros altos funcionarios estaban “profundamente decepcionados porque ello no sucedió y que, al contrario, salieron por miles, pero para mostrar su apoyo al régimen” afirmó Igra. "Se necesitaba un movimiento popular y ello no existe en Irán. Se necesita un liderazgo local y no a [Reza] Pahlavi en Los Ángeles", añadió, refiriéndose al hijo exiliado del último Shah iraní, quien busca posicionarse como una “alternativa” al actual liderazgo clerical del país, sin resultado alguno, “ya que en Irán lo consideran un traidor” admitió Igra, quien también desestimó la idea de que la actual campaña aérea estadounidense-israelí pueda derrotar decisivamente a Irán, comparándola con la Segunda Guerra Mundial. "Hasta que las tropas rusas entraron en Berlín, nada funcionó", declaró, enfatizando que "la guerra no se gana con ataques aéreos, sino con tropas terrestres" aseveró. Según Igra, por el contrario, la campaña ha hecho que Irán esté dispuesto a acelerar el desarrollo de armas nucleares, señalando la existencia de informes sobre una "nueva fatua" de los líderes iraníes que exigen su fabricación, siguiendo el ejemplo de Corea del Norte, al cual EE.UU. no se atreve a atacar por poseer su propio arsenal nuclear. Advirtió además que el conflicto está derivando hacia una "guerra energética" con consecuencias globales y expresó incredulidad sobre la capacidad de Trump para negociar un acuerdo que ponga fin al conflicto. “Esto deja la escalada como la vía militar más probable. Los riesgos son evidentes, pero para Trump, el costo de su inevitable fracaso será aún mayor” puntualizo. Si al final de la tregua de dos semanas, presionado por Israel (del cual se dice que lo chantajea con las pruebas que lo involucran en los aberrantes delitos descritos en la lista Epstein), opta por desplegar tropas terrestres, el infierno los está esperando....
La guerra moderna ya no se decide solo en hangares de cazas furtivos o bajo el ojo de satélites millonarios. Hoy, la arquitectura del conflicto se escribe con un zumbido metálico, casi doméstico: el de las municiones merodeadoras (drones kamikazes) que surcan los cielos desde Ucrania hasta Oriente Próximo. Más que un dron convencional, el Shahed-136 (rebautizado por Moscú como Geran-2) anuncia con su inconfundible sonido, similar al de una vieja cortadora de césped, una revolución asimétrica que desafía el dominio técnico occidental, transformando el bajo coste en una herramienta de presión global y convirtiéndose en el terror de los EE.UU. e Israel, al ser difícil, por no decir imposible, de detener. En la parte mecánica, el Shahed-136 utiliza un motor de pistón de cuatro cilindros, una solución relativamente simple inspirada en diseños civiles o de uso dual. Esa elección no es casual: abarata la fabricación y facilita producir el dron a gran escala. Su arquitectura también refleja esa filosofía. Se trata de una estructura con alas delta, fuselaje central y un motor trasero con hélice propulsora. El fuselaje utiliza fibra de vidrio y, en algunas variantes, fibra de carbono y estructuras tipo honeycomb, lo que ayuda a reducir su firma radar (que sea más difícil de detectar). Este tipo de drones no busca la elegancia táctica, sino la eficacia total: su misión es saturar las defensas, desgastar la logística y asfixiar al enemigo como se puede ver en Irán. La combinación de su aerodinámica y componentes comerciales permite fabricar estos drones de forma rápida y relativamente barata. Las estimaciones sobre su capacidad varían según las fuentes. Analistas especializados sitúan la carga explosiva del Shahed-136 entre 20 y 40 kilos. En cuanto al alcance, algunas evaluaciones lo sitúan en al menos 2.000 kilómetros. Sin embargo, Reuters cita a un analista del Washington Institute que habla de que los que se están utilizando en la región del Golfo tienen un alcance de entre 700 y 1.000 kilómetros. En la práctica, funciona como una munición guiada capaz de recorrer largas distancias antes de detonar. Cabe precisar que la proliferación del Shahed-136 no es un simple capítulo en los manuales de balística; es la consolidación de un eje de defensa alternativo que desafía frontalmente el orden global. La transferencia de tecnología desde Teherán hacia las líneas de montaje rusas en Tatarstán trasciende el intercambio comercial: es una declaración de superioridad sobre quienes pensaban que incursionar militarmente en el país persa era “un paseo militar” ... Vaya desengaño que se están llevando. Desarrollado bajo una doctrina de "low cost estratégico", el Shahed-136 encarna una tríada letal: coste mínimo, producción masiva y eficacia suficiente. Con un radio operativo que alcanza los 2.500 kilómetros y un precio irrisorio de apenas 20.000 dólares por unidad, este vector ha impuesto una aritmética sobresaliente en el campo de batalla, obligando a sus adversarios a quemar millones de dólares en misiles interceptores, como los sistemas Patriot o IRIS-T, para neutralizar una amenaza - sin resultados - y que cuesta lo mismo que un coche utilitario. Los ataques ejecutados con municiones merodeadoras permiten plausibilidad negable y evitan cruzar el umbral de la guerra abierta. Es una disuasión por desgaste: barata, anónima y eficaz. Esta asimetría económica ha transformado al dron iraní en un multiplicador de poder sin precedentes. En Oriente Próximo, el “Eje de la Resistencia” liderado por Irán emplea estos drones para mantener en jaque a Israel y a las bases estadounidenses., que han sufrido gran destrucción. Para Teherán, su despliegue es el pilar de una disuasión asimétrica diseñada para jaquear con éxito a Israel y EE.UU., sin necesidad de utilizar su fuerza aérea convencional, protegida en bases aéreas subterráneas. Actualmente, en las fábricas de Yelabuga, la versión rusa no es una copia, sino una pieza central de la doctrina táctica de Vladímir Putin. Adaptados al sistema de navegación GLONASS y lanzados en enjambres diseñados para saturar radares, estos dispositivos han demostrado una verdad incómoda para Occidente: la superioridad aérea en el siglo XXI ya no depende exclusivamente de sofisticados cazas de quinta generación. Hoy, la guerra se gana quebrando la paciencia y las arcas del oponente mediante un desgaste automatizado. El Shahed-136 y su gemelo ruso, el Geran-2, son los símbolos de este nuevo mundo donde el monopolio militar de Occidente se ha desmoronado ante la persistencia de lo asequible. El conflicto en Ucrania - azuzada por la OTAN contra Rusia - ha desnudado las costuras de la defensa aérea occidental. Mediante el uso de enjambres, los drones kamikazes no solo buscan saturar radares o perforar escudos, sino desgarrar la propia economía del defensor. No es de extrañar por ello, que en la guerra que se libra en Irán, el Shahed‑136 se ha consolidado como el dron kamikaze de referencia, convertido en una pieza central de las ofensivas iraníes, tanto en ataques directos como en operaciones de desgaste destinadas a obligar a EE.UU. e Israel a consumir recursos en interceptar estos letales aparatos furtivos, que se han convertido para ellos en una autentica pesadilla. Se trata de una aritmética letal: cada interceptación con misiles de millones de dólares multiplica un desequilibrio financiero que favorece al atacante. En este nuevo paradigma, la victoria ya no pertenece a quien posee el armamento más avanzado - como se jacta el Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Donald Trump - sino a quien puede permitirse perderla miles de veces a un coste mínimo. El zumbido del Shahed y del Geran-2 es, en última instancia, la banda sonora de un orden bélico donde la logística se ha convertido en el arma de destrucción más eficaz.
Tras un mes de guerra contra Irán, una conclusión destaca con más claridad que cualquier otra cosa declarada en todas las ruedas de prensa: ni EE.UU. ni Israel entraron en este enfrentamiento con la intención de librar una guerra prolongada. En efecto, la campaña se concibió como un episodio breve y brutal, una operación de choque diseñada para doblegar la voluntad de Irán, obligándolo a volver a la mesa de negociaciones en condiciones humillantes o, en las fantasías más ambiciosas que circulaban en el círculo político del Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Donald Trump, provocar un colapso interno y quizás incluso un cambio de régimen. El objetivo de los sionistas era algo diferente, aunque complementario. Quería infligir el máximo daño posible a la infraestructura militar y estratégica de Irán, debilitarla durante años y reconfigurar el equilibrio regional mediante la fuerza. Sin embargo, en el primer mes de combates, la premisa central de ambos enfoques comenzó a desmoronarse rápidamente. Y es que, en lugar de ceder y someterse por la fuerza a los designios de la Bestia, Irán resistió como un Estado que lucha por su supervivencia y ha pasado a la ofensiva. Los planificadores estadounidenses parecen haber imaginado una maniobra punitiva limitada que duraría quizás una o dos semanas. La lógica era familiar y, desde su punto de vista, elegante: atacar con fuerza, generar temor, desestabilizar las estructuras de mando, aumentar el costo económico y crear un momento en el que el liderazgo iraní se enfrentara a una disyuntiva crucial entre la capitulación y el desastre. Algunos en el bando criminal de Trump parecen haber creído que el sistema político iraní era lo suficientemente frágil como para ceder ante la presión. Esa suposición ahora parece menos una estrategia y más una proyección. Washington entró en la guerra esperando una ventaja rápida, en lugar de una contienda prolongada de resistencia. Y fracasó. Israel, por su parte, parece haber abordado la fase inicial con menos ilusiones diplomáticas y mayor determinación de debilitar a Irán por la fuerza. El instinto estratégico en Jerusalén Oeste no consistía principalmente en negociar con Teherán desde una posición de fuerza, sino en aprovechar la cobertura de una ofensiva respaldada por Estados Unidos para atacar lo máximo posible y hacer retroceder a Irán en términos militares, tecnológicos y geopolíticos. En ese sentido, los objetivos de los sionistas eran más duros y concretos. Pero incluso aquí, el primer mes puso de manifiesto una contradicción. Un Estado puede dañar a Irán. Puede matar, perturbar, sabotear y bombardear. Sin embargo, debilitar a Irán no es lo mismo que destruirlo. Una campaña que cause daño, pero no lo paralice decisivamente, puede terminar fortaleciendo a Teherán política, moral y estratégicamente si el Estado atacado logra sobrevivir, tomar represalias y convertir su resistencia en legitimidad, como ya esta sucediendo. Y es precisamente ahí donde Irán aprovechó la oportunidad. Teherán rompió el esquema mental con el que muchos estadounidenses habían interpretado la crisis. En Washington, la guerra parecía haberse concebido como un episodio táctico. En Teherán, se entendía como una lucha estratégica, incluso existencial. El liderazgo iraní no actuó como si participara en otro ciclo de negociación, sino como si hubiera entrado en una confrontación decisiva sobre soberanía, disuasión y supervivencia del Estado. Esa diferencia en la profundidad estratégica ha marcado el primer mes más que cualquier ataque con misiles. Un bando que lucha por mejorar las condiciones de negociación suele detenerse cuando el precio se vuelve incómodo. Un bando que lucha porque cree que la derrota pondría en peligro su futuro absorbe el dolor de manera diferente, calcula de manera diferente y escala con un tipo de disciplina diferente. Al mismo tiempo, las autoridades iraníes recibieron una importante oportunidad política interna. La agresión externa casi siempre transforma el estado de ánimo interno de un país atacado, e Irán no fue la excepción. Cualesquiera que fueran los resentimientos, las divisiones y las frustraciones que existían en la sociedad iraní antes de la guerra, el ataque de Estados Unidos e Israel le brindó a Teherán la oportunidad de consolidar a la población en torno al Estado, la bandera y la idea de la supervivencia nacional. En momentos como estos, incluso un gobierno que enfrenta críticas puede reposicionarse como defensor de la nación contra la violencia extranjera. Esto no elimina las tensiones internas ni resuelve mágicamente los problemas internos de Irán. Pero sí le da al liderazgo margen para invocar el patriotismo, el sacrificio y la resistencia de una manera que habría sido mucho más difícil en circunstancias normales. Para el Estado iraní, esto podría resultar ser uno de los efectos políticos más importantes de la guerra. A partir de ese momento, lo que se suponía que sería una operación de intimidación empezó a parecer una trampa reputacional para EE.UU. Washington aún posee una capacidad destructiva abrumadora, pero el poder nunca se mide solo por la potencia de fuego. También se mide por la claridad política, por el realismo de los objetivos, por la capacidad de influir en los resultados sin perjudicarse a sí mismo y por la credibilidad del orden que se dice defender. En el primer mes de esta guerra, EE.UU. dañó los cuatro aspectos. Entró con una retórica de fuerza y ya se ha visto obligado a hablar de pausas, canales de mediación, mensajes indirectos y plazos prorrogados bajo presión. Esto no parece una superpotencia imponiendo condiciones. Parece una que descubre que la coerción es más fácil de iniciar que de concluir. Las consecuencias económicas por sí solas hacen que la operación parezca estratégicamente contraproducente. Una guerra de este tipo no se limita a los mapas militares. Se extiende a los precios del petróleo, los seguros marítimos, la cautela de los bancos centrales, la presión inflacionaria, el costo de los alimentos, el pánico de los inversores y la inestabilidad política en países alejados del campo de batalla. Lo que en Washington se presentó como una conmoción geopolítica limitada ha comenzado a asemejarse a un acelerador que se vierte sobre una economía mundial ya inestable. En ese sentido, uno de los efectos a largo plazo más probables no es simplemente la turbulencia en Oriente Medio, sino el creciente riesgo de una recesión global. Y si la recesión se materializa, EE.UU. habrá contribuido a ella no como un observador pasivo del caos, sino como uno de sus principales productores. Hay una profunda ironía en ello. Washington lanzó esta guerra proclamando hipócritamente “seguridad y fortaleza”, pero podría terminar exportando inseguridad a escala global mientras debilita su propio margen de maniobra económica. La segunda consecuencia importante es geopolítica y, a largo plazo, potencialmente aún más grave. Esta guerra está acelerando la fragmentación del sistema internacional. Es una lección más para el mundo: la dependencia de las garantías estadounidenses conlleva una creciente incertidumbre, volatilidad ideológica y unilateralismo repentino. Se recuerda a los aliados que Washington puede iniciar una guerra de gran envergadura y luego exigir solidaridad a posteriori. Se recuerda a los socios que la toma de decisiones estadounidense puede estar condicionada por instintos electorales, manipulación mediática y la confianza desmedida de funcionarios que confunden la disrupción con la estrategia. Se recuerda a los Estados neutrales que, en momentos de crisis, la soberanía y la diversificación importan más que las consignas de alineación. Así es como crece la multipolaridad en la práctica: mediante repetidas demostraciones de que el antiguo centro ya no puede controlar los acontecimientos sin desestabilizarlos. Por cierto, la guerra también ha puesto de manifiesto la fragilidad de la cohesión en Occidente. Los aliados tradicionales de Estados Unidos no respondieron como Washington esperaba. Los gobiernos europeos mostraron escepticismo, irritación y, en algunos casos, un distanciamiento manifiesto. El cansancio de la alianza se hace evidente bajo presión. La OTAN sigue existiendo, sigue invirtiendo y sigue coordinando esfuerzos. Pero, tanto política como psicológicamente, la antigua imagen de un bloque occidental plenamente unido ha sufrido otro revés. La credibilidad en los sistemas de alianzas es acumulativa. Se construye a lo largo de décadas y puede debilitarse con cada crisis. Cada episodio en el que Washington actúa primero y consulta luego, cada arrebato que trata a los socios como meros instrumentos en lugar de actores políticos, cada exigencia de obediencia sin explicación estratégica erosiona aún más la confianza. Una alianza militar puede sobrevivir a tal erosión durante un tiempo, especialmente cuando sus miembros todavía temen a adversarios comunes. Pero el alma política de una alianza es más difícil de reparar que sus presupuestos. El primer mes de guerra con Irán ha ampliado la distancia emocional y estratégica entre EE.UU. y algunos países de Europa, y lo ha hecho en un momento en que las instituciones occidentales ya cargaban con el peso de contradicciones internas. Occidente, en su conjunto, es ahora mucho menos colectivo de lo que pretende ser, y este conflicto no ha hecho sino evidenciarlo. Las amenazas de Trump de abandonar la OTAN por no querer unirse a su guerra de agresión contra Irán solo lo ahondarían. Entretanto, para los estados del Golfo, el conflicto también abre la puerta a una nueva era. Sus concepciones de seguridad se basaron durante décadas en una dependencia controlada del paraguas estadounidense, combinada con una ambiciosa transformación social y económica interna. Ese modelo ahora parece menos estable. Las corruptas petromonarquías del Golfo se enfrentan a una dura realidad. Siguen expuestas a represalias iraníes, a interrupciones en las rutas marítimas, a crisis energéticas y a la posibilidad de que Washington actúe con decisión, pero de forma impredecible. En cualquier caso, la antigua premisa de que “el poder estadounidense equivale automáticamente al orden regional” se ha debilitado. Para las élites del Golfo, esto significa que la doctrina de seguridad y la estrategia de desarrollo ya no pueden considerarse ámbitos separados. Se están convirtiendo en una misma cuestión. La región está entrando en una nueva era en la que las antiguas fórmulas de protección, crecimiento y equilibrio político deberán revisarse. En tanto, la posición de Irán es más paradójica. Militarmente, ha sufrido grandes pérdidas. Económicamente, sigue bajo una presión aplastante. El daño interno es real y grave. Sin embargo, la política no se reduce a un simple balance de destrucción. Mucho depende de cómo termine la fase actual. Si Teherán se viera finalmente obligado a hacer concesiones humillantes, los avances actuales en imagen y posicionamiento podrían desvanecerse. Pero en esta etapa, Irán ha mejorado innegablemente su posición internacional en un sentido crucial: ha demostrado que puede responder a Washington y resistir una inmensa presión. En gran parte del mundo no occidental, y en amplios sectores de la opinión pública mundial profundamente recelosos del intervencionismo estadounidense, Irán es visto cada vez menos como la caricatura del discurso oficial occidental y más como un Estado que se defiende de la agresión de Estados Unidos e Israel. Sobrevivir bajo ataque puede ser políticamente transformador. Existe también un efecto simbólico más amplio. Durante años, la premisa dominante en muchas capitales occidentales fue que Irán podía ser acorralado, aislado, intimidado y sometido gradualmente a la sumisión estratégica. El primer mes de guerra no ha validado esa visión. En cambio, ha recordado a los observadores que las potencias medianas, bajo una presión extrema, aún pueden generar sorpresas estratégicas cuando se organizan internamente en torno a la resistencia, la asimetría y la paciencia política. Irán no necesitaba una victoria convencional para alterar el significado del conflicto. Solo tenía que negar el rápido resultado político que esperaban los agresores. Y al hacerlo, modificó el panorama psicológico de la guerra. Mientras tanto, Israel podría ser el único actor capaz de obtener una ventaja política a corto plazo, aunque incluso esta sea limitada y peligrosa. Los beneficiarios inmediatos parecen ser la ultraderecha israelí actualmente en el poder. Para ellos, la guerra amplía el margen para el endurecimiento ideológico, la política de seguridad y el argumento de que la fuerza máxima es el único lenguaje que entiende la región. Una confrontación prolongada con Irán también contribuye a mantener la dinámica política interna dentro de un marco de emergencia, donde la disidencia puede ser marginada y las agendas radicales pueden tener mayor alcance. Pero esto no equivale a una victoria estratégica israelí. Se trata de una ventaja política para una facción en particular, no necesariamente una ventaja estable para los sionistas a largo plazo. Una región sumida en una guerra permanente no garantiza la seguridad a largo plazo, ni siquiera para el bando que actualmente se siente en ascenso. Si se analiza el balance al cabo de un mes, la paradoja se hace patente. El país con mayor poderío militar puede ser también el que más ha perdido estratégicamente. EE.UU. ha sufrido daños a su reputación, ha intensificado las dudas sobre su criterio, ha mermado la confianza de sus aliados, ha agravado la inestabilidad económica mundial y ha acelerado la deriva multipolar que tanto tiempo ha intentado frenar. Israel ha logrado un entorno regional más hostil y una apertura temporal para sus fuerzas políticas más intransigentes. Irán ha pagado un alto precio, pero también ha demostrado resiliencia, ha reforzado su discurso de resistencia y ha mejorado su posición internacional ante muchos que ahora lo ven como un país atacado, en lugar de un Estado paria que debe ser castigado. Los Estados del Golfo se han visto obligados a replantearse su estrategia. Europa ha recordado que la solidaridad transatlántica ahora tiene límites bien definidos. En otras palabras, Occidente sigue armado, sigue siendo rico, sigue teniendo una gran influencia institucional, pero ya no es políticamente homogéneo. Por eso, el primer mes de la guerra no debe interpretarse únicamente a través de mapas de ataques, recuentos de bajas y movimientos tácticos. Su significado más profundo reside en otro lugar. Ha revelado la bancarrota de una ilusión recurrente en la política exterior estadounidense: la creencia de que se puede usar la violencia como una breve demostración, forzar una capitulación estratégica y retirarse antes de que se manifiesten las consecuencias políticas. Ese guion funcionó mal incluso en un mundo más simple. En un mundo fragmentado, propenso a la inflación, ansioso por la energía y cada vez más cansado de las conmociones unilaterales estadounidenses, funciona aún peor. Irán entendió la confrontación como una lucha por la supervivencia. Washington la trató durante demasiado tiempo como una maniobra. La historia tiende a castigar con severidad ese tipo de asimetría. Al final del primer mes, comenzaron a surgir intentos cautelosos de negociación, y son los estadounidenses quienes parecen más interesados en explorar esa vía. Esto, por sí solo, dice mucho sobre cómo se ha desarrollado la campaña. El bando que imaginaba que impondría rápidamente su voluntad ahora está mucho más interesado en encontrar una salida de lo que esperaba. Pero las partes en conflicto aún están lejos de la paz. Sus posiciones siguen separadas por la desconfianza, la ira, los objetivos bélicos incompatibles y la lógica acumulada de la escalada. El resultado final del conflicto sigue siendo profundamente incierto, quizás más ahora que al principio. La niebla no se ha disipado; se ha espesado. Sin embargo, una cosa está clara incluso en medio de la confusión. Casi todos los involucrados perciben que la catástrofe se está agravando. La guerra ya no se ve como un enfrentamiento contenido con límites definidos. Cada vez se percibe más como una reacción en cadena cuyo alcance se expande política, militar, económica y psicológicamente. El temor ahora no es solo a más destrucción, más desplazamientos y más desestabilización regional. Es también al punto en que la escalada se convierte en algo mucho más oscuro, incluyendo la posibilidad de una catástrofe nuclear. Ese temor aún puede parecer extremo para algunos, pero el hecho de que ahora se exprese abiertamente nos indica cuán peligroso se ha vuelto este conflicto. La conclusión más aleccionadora es, por tanto, también la más simple. En lugar de restaurar la autoridad estadounidense, un mes de guerra ha puesto al descubierto sus límites. En lugar de reunificar el bloque occidental, ha demostrado cuán dividido y condicionado se ha vuelto. En lugar de resolver la cuestión iraní, ha dejado claro que Irán no puede ser tratado como un mero objetivo táctico. Ha sido el fracaso de una estrategia. Y en lugar de hacer del mundo un lugar más seguro, lo ha hecho más fragmentado, más desconfiado, más costoso y más inestable. (Últimas informaciones dan cuenta que Trump ha dispuesto el envío de 10 mil marines para dar inicio en los próximos días a la invasión terrestre de Irán, donde los esperan un millón de soldados listos para entrar en acción y mandarlos en bolsas negras de vuelta a casa.... Bienvenidos al infierno)
Entre los escritos sobre Jesús que la Iglesia no incluyó en el Nuevo Testamento, figuran los llamados evangelios gnósticos, textos en los que Cristo transmite un conocimiento especial a una minoría selecta, a la que de este modo asegura la salvación. Como sabéis, en una fecha que desconocemos, hacia el año 30, Jesús murió ejecutado en la cruz, en Jerusalén. Mientras los judíos - que fueron responsables de su muerte - lo consideraban “un impostor o un blasfemo”, otros creían que en realidad era el Mesias y que mantenía una relación directa con Dios. Con el correr del tiempo, el movimiento de estos últimos aumentó y se dividió, de manera que a mediados del siglo II los cristianos estaban repartidos en múltiples grupos con distintos textos sagrados; como Jesús no había dejado nada por escrito, cada grupo interpretaba sus palabras y sus actos como podía. Pero esta diversidad de opiniones sobre cómo entender a Jesús puede reducirse a tres corrientes principales. Sus primeros seguidores: La primera estaba compuesta fundamentalmente por aquellos que habían seguido más de cerca a Jesús durante su vida y fueron testigos de sus milagros, así como de su propia resurrección y su ascenso al cielo, prometiendo volver. Todos creían en él como el Mesías, el Hijo de Dios que iba a instaurar su reinado sobre la Tierra y juzgar a los hombres; Los paganos convertidos: La segunda corriente estaba formada sobre todo por antiguos paganos convertidos a la fe cristiana siguiendo las directrices de Pablo de Tarso. Aunque éste se autodenominaba «apóstol», no había sido discípulo directo de Jesús, e incluso había perseguido a los primeros cristianos. Pero luego se convenció de que éstos tenían razón: Jesús era el Mesías verdadero. A esta idea añadió Pablo la noción de que Jesús era el Hijo real de Dios, según le había dicho el propio Jesús. Esta corriente era la más fuerte y mejor organizada. Su creencia fundamental consistía en que Jesús había aceptado su propia muerte, decidida por su Padre, como un sacrificio necesario para eliminar los pecados contra Dios no sólo del pueblo judío, sino de todos los hombres. Los elegidos: Había un tercer grupo bastante más escaso en número, en el que participaban sus seguidores iniciales y antiguos paganos, que se creía del todo especial. Sus miembros sostenían que eran superiores: sólo ellos disfrutaban de un conocimiento secreto, de una revelación gracias a la cual conseguirían la salvación total y absoluta. Y pensaban que tan particular revelación se les había concedido porque eran descendientes de Set, el tercer hijo de Adán. Pero ¿en qué consistía esta sabiduría secreta? Creían que los paganos sólo estaban compuestos de cuerpo y de «hálito vital», lo que les permitía actuar en el mundo, pero nada más; eran casi como animales. También creían que quienes pertenecían a la Iglesia cristiana normal tenían cuerpo y un «alma» superior al simple hálito vital, pero esta alma apenas entendía los mensajes divinos. Sólo ellos, los hijos de Set, tenían, además de «cuerpo» y «alma», un «espíritu» que procedía directamente de la divinidad. Sin embargo, no eran plenamente conscientes de que su cuerpo albergaba esta chispa divina porque el ser humano está separado de Dios por el cuerpo, por la materia que la envuelve y la aprisiona entre deseos y sufrimientos. Dios envió una cadena de seres encargados de revelar estas verdades y el camino de la salvación a algunos escogidos. La cadena comenzó con Adán, continuó con su hijo Set y siguió con Moisés y los profetas hasta llegar a Jesús, quien reveló que la porción de espíritu aprisionada en el cuerpo de los gnósticos debía volver a unirse con Dios, y que en eso consistía la verdadera salvación. Como el «espíritu» sólo había sido concedido a esta minoría, sus miembros podían ser llamados «espirituales». Y por haber recibido la revelación, «conocían» o sabían más que otros; por consiguiente, se les podía denominar «conocedores», en griego «gnósticos». Ellos eran los únicos capaces de entender plenamente las Escrituras reveladas del Antiguo y del Nuevo Testamento (esto es, de los libros de la Biblia escritos antes y luego de la vida de Cristo). Creían que esos escritos contenían los mensajes del Gran Revelador e Iluminador, Jesús. Mientras los demás los entendían superficialmente, ellos lo hacían a fondo. Poseían la verdad religiosa absoluta; Los evangelios gnósticos: En el siglo II d.C., tras el paso de Jesús por la tierra, algunos maestros gnósticos como Valentín o Basílides habían recibido este conocimiento espiritual, la gnosis, y lo habían puesto por escrito. Sostenían que sus ideas eran las mismas que Jesús había revelado, entre su resurrección y su ascenso a los cielos, a algunos de sus íntimos, como Juan, Santiago (el «hermano del Señor»), el apóstol Felipe, Tomás o María Magdalena. También afirmaban que estos discípulos habían dejado un testimonio escrito de lo que Jesús les había dicho a ellos, sus elegidos. Conocemos estas obras atribuidas a los seguidores de Cristo con los nombres de «Evangelio» de Tomás, de Felipe, de María Magdalena e incluso de Judas, o con otras denominaciones que no incluyen la palabra «evangelio» pero que lo son, en el sentido de que contienen palabras de Jesús: Sabiduría de Jesucristo, Carta de Pedro a Felipe, Pistis Sofía, Apocalipsis de Pedro, Apocalipsis de Santiago... Todos estos textos forman parte de la literatura apócrifa del Nuevo Testamento. Ante todo, cabe precisar que la palabra «apócrifo» deriva del verbo griego apokrypto, «ocultar». En un principio, un libro apócrifo era el que convenía mantener oculto por ser demasiado precioso, no apto para ser entregado a manos profanas. También se designaban como «apócrifos» los libros que procedían de una enseñanza secreta o la contenían, como es el caso de los escritos gnósticos. Sin embargo, como los gnósticos se apartaban de las posiciones dominantes en la Iglesia, el vocablo «apócrifo» adquirió muy pronto el sentido de «falso», y esta acepción negativa es la que hoy prevalece. La Iglesia rechazó los textos gnósticos y no los incluyó en el Canon de los libros sagrados que forman el Nuevo Testamento. Aquellos textos se fueron perdiendo y durante mucho tiempo sólo se conocieron a través de lo que de ellos explicaban sus adversarios, sobre todo Ireneo, obispo de Lyon, que escribía hacia el año 200. De esta manera, pasaron más de mil quinientos años hasta su redescubrimiento. Alguno, como Pistis Sofía, fue localizado a finales del siglo XIX, mientras que el resto de los que hoy conocemos fueron hallados en diciembre de 1945 cerca de Nag Hammadi, una localidad egipcia. Los códices en papiro allí encontrados contenían multitud de textos cristianos y paganos, fundamentalmente gnósticos, gracias a los cuales podemos saber cómo vivían las comunidades gnósticas en los albores del cristianismo. Un grupo gnóstico comenzaba casi siempre por una aparente revelación divina a una personalidad religiosa sobresaliente, que transmitía a sus seguidores la sabiduría recibida; a menudo, esta transmisión se producía durante ciertos ritos de iniciación. Las revelaciones se solían escribir en libros difíciles de entender para los no iniciados, ya que en una comunidad gnóstica se daba una estricta división entre los conocimientos exotéricos, a los que podían acceder personas que no pertenecían al grupo, y los conocimientos esotéricos, que sólo estaban a disposición de los miembros de la comunidad. Los iniciados podían formar una Iglesia aparte, pero, en general, los gnósticos cristianos solían aceptar la existencia de una Iglesia común, la «oficial», de la que se consideraban un grupo selecto. En todo caso, podían formar grupúsculos apartados parcialmente de la Iglesia, con sus propias plegarias, himnos y sacramentos; Sacramentos especiales: En un sistema gnóstico no existen los sacramentos en estricto sentido, como acciones que transmiten por sí mismas la salvación a quienes las reciben. Para un gnóstico, la salvación es un acto intelectual: consiste en recibir una revelación y aceptarla. Pero, como indica el Evangelio de Felipe, los sacramentos eran símbolos que escenificaban que el «espiritual» estaba viviendo la «resurrección», o unión con la divinidad, ya en esta vida carnal. El bautismo significaba que el espíritu quedaba libre de los demonios que lo acechan; y, a la hora de presentarse ante Dios, era un signo de haber sido elegido. La unción, que se solía celebrar junto con el bautismo, tenía gran importancia. Se ungían con aceite diversas partes del cuerpo, principalmente la cabeza, lo que servía para defenderse de los demonios y aliviar las enfermedades, pero la unción era, ante todo, un símbolo de la redención y del don de la definitiva inmortalidad: el ungido gnóstico se asimilaba al ungido por excelencia, Cristo, nombre que proviene del término griego Khristós, traducción a su vez de la palabra «mesías», que significa «ungido». En algunos grupos la unción era tan significativa que hacía superfluo el bautismo. En cuanto a la eucaristía, parece que era una imitación del rito cristiano normal, entendido de forma simbólica: en la ingestión del pan y el vino se veía una recepción del «hombre perfecto», simbolizado por Jesús. La ceremonia de la «cámara nupcial» era también una suerte de sacramento gnóstico. El iniciado era introducido en un aposento que representaba una cámara nupcial, y allí tenía lugar de modo místico la unión del espíritu del gnóstico con su otra parte celeste y con Dios. No parece que ello entrañase un acto sexual entre dos creyentes, al estilo del «matrimonio sagrado» pagano, sino que era un acto puramente espiritual. En cuanto al denominado beso o abrazo cultual, no aparece como un sacramento, sino como una acción que acompañaba otros ritos como el bautismo o la unción, y servía para expresar la fraternidad entre los «espirituales» o la iniciación en la comunidad. Se besaban en la boca, pero este hecho no tenía significado sexual, como lo indica el Segundo apocalipsis de Santiago: «Jesús me besó en la boca y me abrazó diciendo: Amado mío, he aquí que voy a revelarte cosas que los cielos no han conocido» (56,10-20). La ética de los gnósticos iba de acuerdo con sus principios teóricos. El verdadero gnóstico vivía en libertad, sólo regido por el amor (Evangelio de Felipe, 77, 15-35), y practicaba una vida ascética, de esfuerzo en pro de la virtud. Para él nada valían las distinciones sociales y la riqueza: sólo llegar al cielo y gozar eternamente de la unión con Dios. Si bien el prejuicio acerca de los libros apócrifos continua hoy en día, estos son recomendables para ser leídos e interpretados, ya que contienen muchos pasajes acerca de la vida de Jesús que hoy desconoceríamos, debido a que no aparecen en los Evangelios autorizados por la Iglesia.