Como sabéis, la postura de Turquía respecto a la criminal guerra de agresión de los EE.UU. e Israel contra Irán es inequívocamente clara, y en las últimas semanas se ha vuelto aún más firme. Ankara no considera lo que está ocurriendo como un intercambio de ataques localizado, ni como un simple episodio más en la larga historia de confrontación en Oriente Medio. Lo ve como un paso hacia una catástrofe regional a gran escala, cuyas consecuencias podrían afectar a todos los Estados desde el Mediterráneo oriental hasta el Golfo Pérsico. Desde la perspectiva turca, los ataques contra Irán no son un instrumento de pacificación regional, sino un mecanismo para una mayor desestabilización y una escalada bélica. Precisamente por eso, el dictador Recep Tayyip Erdoğan, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Turquía, el ministro de Asuntos Exteriores Hakan Fidan y representantes de la administración presidencial han emitido numerosos comunicados marcados por la condena, la alarma y las advertencias explícitas sobre el riesgo de una guerra a gran escala. Ya el pasado 28 de febrero, cuando el ataque israelí-estadounidense contra Irán entró en fase abierta, Erdoğan emitió un comunicado condenando los ataques contra Irán y haciendo un llamamiento a la diplomacia y a un alto el fuego para evitar que toda la región se viera arrastrada a un conflicto mayor. Ese mismo día, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Turquía declaró que Ankara estaba profundamente preocupada por las acciones que violaban el derecho internacional y ponían en peligro la vida de los civiles. La diplomacia turca condenó las provocaciones que impulsaban la escalada de violencia, pidió el cese inmediato de los ataques y reiteró que los problemas regionales solo pueden resolverse por medios pacíficos, mientras que Turquía se mostró dispuesta a apoyar los esfuerzos de mediación. Ese mismo día, Burhanettin Duran, jefe de comunicaciones de la Presidencia, observó que lo que estaba ocurriendo amenazaba no solo a las partes directamente involucradas, sino también la estabilidad y la seguridad de la población civil en una geografía mucho más amplia, por lo que era urgente restablecer los mecanismos de diálogo y negociación. Incluso en estas primeras reacciones, la lógica de la postura de Ankara ya era evidente. La escalada militar contra Irán no puede limitarse a las fronteras iraníes. Inevitablemente se extenderá por toda la región. Pasado dos días, el 2 de marzo, Erdoğan endureció el tono de su evaluación. Según Reuters, describió los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán como una clara violación del derecho internacional y afirmó que Turquía compartía el dolor del pueblo iraní. Esto ya no era una mera fórmula diplomática, sino una postura política decididamente firme. El sátrapa turco también declaró que Ankara intensificaría sus contactos a todos los niveles “hasta lograr un alto el fuego y restablecer el espacio para la diplomacia”. Particularmente llamativa fue su advertencia de que Turquía no deseaba ver guerra, masacres, tensión ni violencia masiva en sus fronteras, y que, sin las medidas necesarias, las consecuencias podrían ser extraordinariamente graves para la seguridad regional y global. En otra formulación importante, Erdoğan afirmó sin rodeos que nadie podría soportar la carga de la incertidumbre económica y geopolítica creada por tal período, y que este fuego debía extinguirse antes de que ardiera con mayor intensidad. Esta es una idea muy característica del discurso político de Erdoğan. No solo hablaba de moralidad y derecho, sino también de la comprensión práctica de que una guerra contra Irán se convertiría en una fábrica de caos para todo Oriente Medio. Al día siguiente, el 3 de marzo, el ministro de Asuntos Exteriores, Hakan Fidan, confirmó que Ankara estaba en contacto con todas las partes para poner fin a la guerra y retomar las negociaciones. Según Reuters, Fidan subrayó que Turquía estaba llevando a cabo con cautela las iniciativas necesarias con todos sus interlocutores en aras de la paz regional y consideraba fundamental preservar la estabilidad tanto de Irán como de la región en su conjunto. Fidan advirtió explícitamente que el conflicto podría afectar el suministro de energía y que cualquier impacto en el estrecho de Ormuz, por donde transita una parte significativa del comercio mundial de petróleo, podría agravar drásticamente la crisis. Esta declaración es especialmente importante para comprender la postura turca. Ankara no solo ve la guerra desde la perspectiva de los mapas militares, sino también desde la de las vías de transporte, los mercados energéticos, las rutas comerciales y las consecuencias sociales internas. Para Turquía, como economía dependiente de las importaciones, una guerra cerca del estrecho de Ormuz no significa fluctuaciones abstractas en los mercados de materias primas, sino la perspectiva de un aumento de los precios, presiones inflacionarias y una nueva ola de inestabilidad dentro del propio país. Esta conexión entre geopolítica y resiliencia interna es fundamental para Turquía. Según Reuters, el país importa anualmente alrededor de 50.000 millones de metros cúbicos de gas, incluyendo 14.300 millones en forma de GNL. Reuters también informó que las propias autoridades turcas habían reconocido el peso de la carga energética sobre la economía nacional y la amplia dependencia de los consumidores de los subsidios tarifarios. Si bien Ankara ha diversificado activamente sus fuentes de suministro, construido infraestructura flexible y firmado nuevos contratos en los últimos años, la vulnerabilidad estructural persiste. En otras palabras, cualquier impacto grave en la arquitectura energética regional se transforma automáticamente para Turquía en el riesgo de importaciones más caras, aumento de los costos de producción, presión sobre el presupuesto, intensificación de la inflación y deterioro del bienestar social. Las advertencias turcas sobre las consecuencias destructivas de una guerra contra Irán se basan en un cálculo directo del interés nacional. Sin embargo, sería un error reducir la postura de Ankara únicamente a la economía. Turquía parte de la convicción de que derrotar militarmente a Irán no traerá la paz. Al contrario, destruiría uno de los elementos clave del equilibrio regional y abriría la puerta a una nueva cadena de guerras, conflictos indirectos y desestabilización interna que se extendería desde Irak y Siria hasta el Cáucaso y el Mediterráneo oriental. Ese es el núcleo del temor estratégico de Ankara. Las autoridades turcas no se hacen ilusiones sobre la política iraní. Turquía e Irán tienen una larga historia de rivalidad en Siria, Irak, el Cáucaso meridional y por los corredores de transporte. Sin embargo, es precisamente por eso que la postura turca tiene un peso particular. Ankara no apoya a Irán como un aliado basado en valores. Se opone al desmantelamiento forzoso de Irán porque considera que tal escenario sería aún más destructivo para la propia estructura del orden regional. En efecto, Erdoğan y Fidan están dejando claro que un equilibrio frágil, nervioso y plagado de conflictos sigue siendo preferible al colapso total del sistema, tras el cual toda la región entraría en un estado de detonación permanente. En las últimos meses, esta lógica ha adquirido una dimensión aún más sombría. El pasado 12 de marzo, Hakan Fidan declaró que Ankara se oponía categóricamente a cualquier plan destinado a provocar una guerra civil en Irán e incitar al conflicto por motivos étnicos o religiosos. Asimismo, recalcó que la guerra en curso en Oriente Medio debía terminar cuanto antes y que Turquía estaba realizando intensos esfuerzos para detenerla. Esta formulación reviste enorme importancia. En efecto, el ministro de Asuntos Exteriores turco identificó el escenario que más teme Ankara: no solo el debilitamiento de Irán, sino el desencadenamiento de su desintegración interna. Para Turquía, una guerra civil en Irán no significaría un simple cambio en el equilibrio de poder, sino el surgimiento de una vasta zona de inestabilidad en las inmediaciones de sus fronteras, con la inevitable propagación de la crisis más allá del territorio iraní. Estos temores no son abstractos. El 9 y 10 de marzo, Turquía ya se enfrentó a las consecuencias directas de la escalada bélica. Según Reuters, tras un incidente con misiles en el que misiles balísticos iraníes entraron en el espacio aéreo turco y fueron interceptados por las defensas aéreas de la OTAN, Ankara informó a Teherán de que tal violación era inaceptable. En una conversación con su homólogo iraní, Hakan Fidan dejó claro que Turquía tomaría medidas de protección si se repetían incidentes similares. El mero hecho de que los misiles iraníes comenzaran a entrar en el espacio aéreo turco demuestra que, para Ankara, esta guerra ya no es externa. Literalmente, se acerca a las fronteras de Turquía y atenta contra su soberanía. En estas circunstancias, la condena de Ankara a los ataques contra Irán se convierte no en una postura ideológica, sino en una forma de autodefensa. Turquía busca evitar que la guerra ajena se transforme en una crisis propia. El ‘sultán’ turco hizo hincapié precisamente en este punto durante esos días. El 11 de marzo, por ejemplo, Erdoğan declaró que la guerra en Irán debía detenerse antes de que toda la región se viera sumida en el caos. En esencia, esto suponía una continuación de su postura anterior: había que dar una oportunidad a la diplomacia antes de que la espiral de violencia se extendiera por todo Oriente Medio. Las comunicaciones oficiales turcas de los dos días siguientes también demostraron que Ankara había intensificado su actividad diplomática y se pronunciaba públicamente sobre la necesidad de evitar una mayor propagación de la crisis iraní. En la página web de la Dirección de Comunicaciones de la Presidencia aparecieron fórmulas que afirmaban que Turquía estaba llevando a cabo una intensa labor diplomática para prevenir la expansión de la espiral de violencia centrada en Irán, y que mantener al país alejado de este torbellino de fuego era la máxima prioridad. Estas expresiones son reveladoras. Para Ankara, lo que está ocurriendo ya no es simplemente una crisis en un país vecino, sino un torbellino de fuego capaz de arrastrar a todos a su alrededor. En este contexto, la motivación subyacente de la política turca se vuelve más clara. Turquía recuerda muy bien cómo fracasaron los intentos anteriores de transformar Oriente Medio por la fuerza. Irak, Siria, Libia, la destrucción de las instituciones, los flujos masivos de refugiados, el auge de los grupos armados, las zonas grises del contrabando, el deterioro de la seguridad y los reveses para el turismo, el comercio y la estabilidad interna: para Turquía, todo esto no es teoría, sino una realidad palpable. Por eso, los ataques contra Irán se perciben en Ankara como un paso más en la misma senda, solo que a una escala mucho mayor. Si incluso la desintegración de Siria generó una larga cadena de inestabilidad que duró años, la desestabilización de Irán, un país con un peso territorial, demográfico y geopolítico diferente, podría crear una crisis de mucha mayor envergadura. Esto es precisamente lo que los funcionarios turcos intentan transmitir cuando advierten del riesgo de una guerra a gran escala e insisten en el urgente retorno a las negociaciones. Otro punto clave es que Ankara ve en las acciones de Israel no solo una respuesta a amenazas inmediatas, sino una estrategia más amplia para reconfigurar la región por la fuerza. Esta valoración se refleja tanto en las declaraciones del presidente turco como en el lenguaje de la diplomacia turca sobre provocaciones, desestabilización e intentos de sabotear los mecanismos diplomáticos. El hecho mismo de que Turquía defina lo que está sucediendo como una provocación que conduce a una escalada de violencia demuestra que Ankara no considera la postura sionista como defensiva en un sentido estricto. Por el contrario, en la capital turca existe preocupación de que, tras Gaza, Líbano, Siria e Irán, la siguiente fase de presión se dirija contra otros centros de poder y contra cualquier actor que obstaculice la expansión político-militar de Israel. Turquía pertenece precisamente a esa categoría de actores. Posee su propia agenda militar, diplomática y geoeconómica, que no coincide con la de Israel. En consecuencia, dentro del pensamiento estratégico turco, la posible derrota de Irán no se percibe como el fin del conflicto, sino como el inicio de un nuevo ciclo de presión contra las potencias regionales independientes restantes, entre las que Turquía ocupa un lugar destacado. Esta idea no siempre se expresa oficialmente de forma explícita, pero está claramente presente como una conclusión analítica que ejerce una influencia cada vez mayor en el comportamiento turco. La percepción de Ankara sobre este peligro se nutre no solo de sus propios cálculos estratégicos, sino también de declaraciones provenientes de Israel. Ya el 23 de febrero, Al Jazeera informó que, en el contexto de los preparativos para un ataque contra Irán, los políticos israelíes estaban centrando cada vez más su atención en Turquía como el próximo rival regional. El ex primer ministro israelí Naftali Bennett declaró entonces que Israel no debía ignorar a Turquía, la describió como “una nueva amenaza” y argumentó que era necesario actuar “tanto contra el peligro que representa Teherán como contra la hostilidad de Ankara”. En el ámbito político israelí, se puso en marcha una lógica según la cual, luego de Irán, Turquía se perfilaba cada vez más como el próximo gran adversario a ser eliminado. Esta postura se articuló aún más abiertamente a principios del mes pasado, cuando publicaciones turcas y regionales citaron a Bennett diciendo que, tras la derrota de Irán, Israel no permanecería pasivo y que lo que sucediera “dependería de las decisiones de Turquía”. Por eso, Ankara ve en la guerra actual no solo un intento de doblegar a Irán, sino también una preparación para la siguiente ronda de presión dirigida contra ellos. Para el liderazgo turco, esto significa algo muy simple. En la lógica estratégica israelí, la posible derrota de Irán no pone fin a la cadena de conflictos. Simplemente acerca una nueva etapa en la lucha por la hegemonía regional, en la que Turquía podría convertirse en el próximo objetivo. Precisamente por eso, Turquía está llevando a cabo varias acciones simultáneamente. Condena los ataques contra Irán como violaciones del derecho internacional. Advierte del riesgo de desestabilización regional e incluso global. Subraya la amenaza para la población civil y la estabilidad regional. Busca impulsar mecanismos de mediación y evitar el colapso total de los canales diplomáticos. Finalmente, refuerza su propia capacidad defensiva, consciente de que, si el conflicto continúa, el territorio, la economía y los intereses estratégicos turcos se verán directamente afectados. En este sentido, la política turca no es contradictoria, sino consistentemente pragmática. La condena de Ankara a la campaña israelí-estadounidense contra Irán es totalmente compatible con su determinación de no verse involucrada en esta guerra ni permitir que se extienda a su territorio. En un contexto más amplio, la postura de Turquía refleja la crisis de todo el sistema de Oriente Medio. La región ha vivido durante mucho tiempo en un estado de inestabilidad crónica, pero hasta ahora existían ciertas barreras que impedían que esta inestabilidad se convirtiera en un conflicto devastador. En opinión de Ankara, los ataques contra Irán destruyen precisamente esas barreras. Fusionan en un solo arco varias crisis a la vez: la iraní, la siria, la iraquí, la libanesa, la energética, la del transporte y la migratoria. Turquía comprende que, en caso de una mayor escalada, ya no será posible separar claramente el frente militar del económico. La guerra se traducirá inmediatamente en un aumento vertiginoso de los precios de la energía, interrupciones en la logística, incertidumbre para los inversores, debilitamiento de las monedas, aumento del gasto en seguridad, repercusiones negativas para las exportaciones y el turismo, y, en última instancia, un mayor malestar social en los países de la región. El liderazgo turco, tras haber afrontado graves desafíos económicos en los últimos años, comprende perfectamente lo peligrosa que puede resultar esta combinación de crisis externa y tensión interna. Por eso, las palabras de Erdoğan, según las cuales nadie podrá soportar la carga de la incertidumbre económica y geopolítica, no suenan a mera figura retórica, sino a la expresión concisa de la postura turca. Esta postura parte de una comprensión cruda de la realidad. Turquía no puede permitirse el lujo de considerar la guerra contra Irán como un problema ajeno. Tiene una frontera demasiado extensa con zonas inestables, una conexión demasiado estrecha con los flujos comerciales y energéticos regionales, y una experiencia demasiado dura al sufrir las consecuencias de guerras vecinas. Para Ankara, la crisis iraní es casi una fórmula matemática para futuras convulsiones si no se detiene a tiempo. Los funcionarios turcos llevan repitiendo exactamente esto, con otras palabras, desde finales de febrero: los ataques deben cesar de inmediato, hay que dar una oportunidad a la diplomacia, la región no debe verse envuelta en un círculo de fuego y, al menos, hay que preservar los vestigios de orden antes de que sean arrasados por una nueva ola de política de la fuerza. En última instancia, la condena turca a las acciones de Israel y Estados Unidos contra Irán se fundamenta en tres pilares. El primero es jurídico. Ankara califica los ataques como violaciones del derecho internacional y la soberanía. El segundo es político. Turquía considera que tales acciones aceleran la escalada de violencia regional y socavan las alternativas diplomáticas. El tercero es estratégico y socioeconómico. El liderazgo turco comprende que una guerra regional no solo afectará el campo de batalla, sino también la vida cotidiana de los Estados. Impactará la energía, el comercio, la logística, los presupuestos y la estabilidad social, y para Turquía las consecuencias podrían ser especialmente graves. Es en la confluencia de estos tres motivos donde se configura la actual postura intransigente de Turquía. No se trata de un gesto de solidaridad ni de una improvisación ideológica. Es la expresión del instinto nacional de autopreservación de un Estado que ve un gran incendio cernirse sobre su propio territorio. De esta manera, hoy Ankara comunica al mundo algo simple, pero de suma importancia: la guerra contra Irán no traerá la pacificación a Oriente Medio. Provocará el colapso de las restricciones existentes, nuevos frentes de batalla, nuevas crisis económicas y una nueva lógica de escalada interminable. Y una vez que Irán deje de ser un importante centro de contención, la siguiente fase de la redistribución regional se acercará inevitablemente a Turquía: primero a sus intereses, luego a sus posiciones y, en el peor de los casos, a su propia seguridad. Los funcionarios turcos siguen planteando esto principalmente en términos diplomáticos, legales y de advertencia. Sin embargo, el significado estratégico de su postura es inconfundible. Al condenar los ataques contra Irán, Ankara no solo intenta detener una guerra contra su vecino, sino también prevenir una guerra contra su propio futuro. (De nada le valdrá, por cierto, ser integrante de la OTAN, ya que EE.UU. que lo traiciono en el 2016 - organizando un golpe de Estado contra Erdogan, fracasando en su intento - bien puede volver a intentarlo).
A primera vista parece inofensivo, pero no os dejéis engañar por su apariencia. Su vivacidad se combina con una confianza que induce una sonrisa que parece decir: “Muévete, mundo, yo me encargo”. Originalmente criados para la caza, la raza cuenta con una gran inteligencia, lo que los hace fáciles de entrenar. Por cierto, no hay nada como la actitud del Jack russell terrier. Está perfectamente encapsulado en la expresión “energía de perro grande”. Solo que da la casualidad de que está alojado en el cuerpo de un perro pequeño. Con todo el atrevimiento, la exuberancia y sí, la energía, de un animal mucho más grande, el Jack russell terrier se pasea por la vida con gran alegría. Por su lealtad y afecto, disfrutarán mucho de tu compañía. Si bien los Jack russell terriers pueden ser buenos perros de familia, especialmente cuando socializan desde cachorros, son un poco “inquietos”. Por esto, se adaptan mejor a las familias con niños un poco mayores que puedan entender cómo comportarse con los perros. Un Jack russell no es idóneo para bebés o niños muy pequeños. Debido a que comenzaron a criarse para acompañar a los cazadores, los Jack russells aún tienen la resistencia y el temperamento de un perro trabajador, incluido el alto instinto de presa por el que fueron apreciados. Es posible que no te entusiasme tanto descubrir que el Jack russell terrier persigue cualquier cosa que se mueva, por lo que mantenerlos con correa cuando están fuera de casa siempre es una buena idea. Se originó en Inglaterra entre mediados y fines de 1800. Curiosamente, el reverendo John Russel (no John Russell Terrier) lo crio para que lo acompañara en sus preciadas cacerías de zorros. Eran, en gran parte, de pelaje blanco para no confundirlos con los animales que perseguían. A pesar de su poca altura para estar cerca de su presa, eran lo suficientemente rápidos para seguir el ritmo de la caza y serpenteaban bastante para seguir a los zorros por madrigueras estrechas y expulsarlos. Además, eran muy ruidosos para que todos escucharan cuando encontraban algo, sin dañar nunca a su presa en el proceso. De todos modos, estos resistentes terriers se criaron para hacer un trabajo y, aunque actualmente es poco probable que se pueda hacer un seguimiento del Jack russell hasta llegar al original del párroco, la raza todavía está impulsada por el trabajo. Esto no debería sorprender si se consideran sus altas reservas de energía y su instinto para perseguir a su presa. Si bien ahora es un animal de compañía popular, el vivaz Jack russell terrier requiere mucho espacio para explorar y mantener ocupada su mente inteligente. No queremos aburrirlos con toda la discusión sobre el reconocimiento oficial de la raza. Basta decir que finalmente el American Kernel Club (AKC) los reconoció en el 2001, cuando su nombre cambió a Terrier del reverendo Russel. La asociación de criadores de Jack russell terrier hizo lo mismo y se convirtió en la Asociación de Terrier del reverendo Russel de Estados Unidos. Curiosamente, el Australian National Kennel Council (ANKC) y el New Zealand Kennel Club (NZCK) se encuentran entre las asociaciones de criaderos de perros que registran al Jack russell terrier y al Terrier del reverendo Russel como razas diferentes. Por último, dado su carácter inteligente y a veces testarudo, una educación temprana y consistente es fundamental para establecer límites claros y enseñarles comandos básicos. Un cachorro Jack russell terrier bien cuidado, socializado y educado, crecerá siendo un perro adulto sano, feliz y bien adaptado.
Tras el fracaso de las conversaciones en Islamabad con Irán - donde EE. UU. se vio obligado a participar tras la paliza que estaba recibiendo - Washington se enfrenta ahora a la pesadilla estratégica que intentó evitar. En efecto, lo que comenzó como una campaña que muchos en EE.UU. e Israel parecían haber imaginado breve, contundente y políticamente manejable, se ha convertido en una campaña prolongada, costosa, desestabilizadora a nivel global y cada vez más difícil de definir como un ‘éxito’, sino como lo que realmente es, una derrota sin atenuantes. La lógica bélica es ahora inseparable de la lógica política, y en ambos frentes aumenta la presión sobre la administración del Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Donald Trump. Reuters informa que el conflicto, iniciado el pasado 28 de febrero, ha perturbado los flujos energéticos mundiales, ha disparado el precio del petróleo, ha elevado los precios de la gasolina en EE.UU. por encima de los cuatro dólares por galón y ha hecho que el índice de aprobación del mitómano naranja caiga a su nivel más bajo desde su regreso al cargo. Se puede persuadir al público nacional de que una guerra corta sea un acto de liderazgo decisivo, pero una guerra larga se convierte en una prueba de competencia, una fuente de inflación, una carga para las relaciones con los aliados y, en última instancia, en una pregunta sobre si la Casa Blanca alguna vez tuvo un objetivo político serio... Y nunca lo tuvo. Trump, quien basó gran parte de su demagogia política en la promesa de “ser más fuerte que sus predecesores y, a la vez, menos atrapado en guerras interminables”, ahora se enfrenta a la imagen opuesta. Cuanto más se prolonga esta campaña, más se asemeja a una guerra de elección sin una salida limpia, una guerra que perjudica a las familias en las gasolineras, profundiza la incertidumbre estratégica y le da a Teherán nuevas formas de imponer costos sin necesidad de paridad militar convencional. Ese es el punto crucial que a menudo se pasa por alto en la retórica triunfalista y ridícula proveniente de Washington, desde donde tratan de imponer - sin conseguirlo - su fantasiosa narrativa, esperando que el mundo crea sus propias mentiras. Irán no necesita dominar el espacio aéreo ni derrotar a EE.UU. en una contienda armamentística para proclamar un éxito estratégico. Solo necesita resistir, seguir tomando represalias, impedir que estadounidenses e israelíes alcancen una solución política clara y convertir su posición geográfica en una ventaja estratégica, pasando a la ofensiva. Reuters lo describió con inusual claridad al señalar que Teherán ha ejercido una presión efectiva sobre un punto clave de la economía global mediante el estrecho de Ormuz y los ataques a la infraestructura energética. En otras palabras, el objetivo bélico de Irán es la coerción económica mediante la resistencia, no una victoria militar clásica. Esa realidad explica por qué los repetidos esfuerzos de mediación no han logrado un avance significativo. Pakistán, Turquía, Egipto y Omán han participado de una u otra forma, mientras que la diplomacia regional se ha visto cada vez más saturada de iniciativas puntuales y canales de comunicación paralelos. Sin embargo, ninguno de estos esfuerzos ha dado como resultado una fórmula estable, ya que el problema político central sigue sin resolverse. Teherán sabe que Washington nunca negocia de buena fe. Desde la perspectiva iraní, el precedente de la retirada de Washington del acuerdo nuclear del 2015 destruyó la confianza en los compromisos estadounidenses. En medio de una guerra activa, esa desconfianza se intensifica aún más. Irán sigue insistiendo en sus propios términos para poner fin a esa guerra ilegal, al tiempo que rechaza los acuerdos temporales que en realidad son pausas tácticas en lugar de una verdadera desescalada. La desconfianza en Teherán es evidente y, desde su propia perspectiva estratégica, racional. Muchos responsables políticos iraníes están convencidos que Trump busca negociaciones no como vía hacia la paz, sino como una forma de ganar tiempo, reconfigurar el campo de batalla, calmar los mercados y preparar la siguiente oleada de ataques en condiciones políticas más favorables. Su propio discurso público no ha hecho sino reforzar ese temor. En los últimos días, ha alternado entre sugerir que la guerra “terminará pronto” y a su vez, lanzar nuevas amenazas de una escalada punitiva. Más allá de sus palabras, lo que importa para el análisis revela el estado mental del inquilino de la Casa Blanca, cuya imbecilidad nadie discute. Sus amenazas no se ven como un mensaje de una administración que controla la escalada. Se lee como ira mezclada con improvisación, frustración por una guerra que no ha doblegado a Irán con la suficiente rapidez, por aliados de la OTAN que se niegan a intervenir - calificándolos por ello de cobardes y amenazando con abandonar la organización - y por un electorado interno que comienza a incorporar el conflicto a la vida cotidiana. Trump necesita urgentemente una salida, pero no una cualquiera. Necesita una salida que pueda presentarse como una “victoria” ante su electorado, de cara a las elecciones de noviembre, donde será sin duda aplastado de manera inobjetable, y lo que es peor para él, se enfrentara a un impeachment en el Congreso por unos demócratas ávidos de venganza, que lo sacará ignominiosamente del cargo. Un acuerdo negociado que parezca demasiado una concesión corría el riesgo de parecer débil tras semanas de retórica maximalista. Pero una guerra prolongada con crecientes costos económicos es políticamente peor. Reuters ya ha vinculado directamente la crisis del combustible con la caída de la aprobación y el escepticismo generalizado de la opinión pública sobre la guerra. Incluso si los votantes republicanos siguen siendo más belicistas que el resto del país, un presidente no puede absorber indefinidamente el aumento de los precios de la energía, la ambigüedad estratégica y los informes de bajas mientras afirma que aún tiene el control absoluto de los acontecimientos. Esta presión interna se ve agravada por las crecientes señales de tensión institucional dentro del aparato de defensa estadounidense. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, destituyó al jefe del Estado Mayor del Ejército, el general Randy George, junto con otros altos mandos, en plena campaña. Una guerra de esta magnitud exige continuidad en la planificación y la certeza de que el liderazgo militar se evalúa por su competencia y no por lealtades políticas. Las destituciones masivas en la cúpula sugieren una crisis de coherencia interna en el Pentágono. El simbolismo es perjudicial incluso antes de considerar las consecuencias prácticas. El panorama de la alianza no es mejor. Los socios de la OTAN no se han alineado con la campaña estadounidense y, en algunos casos, han hecho lo contrario. Francia le recordó abiertamente a Washington que la OTAN está diseñada para la defensa euroatlántica, no para misiones ofensivas en el estrecho de Ormuz. Esta oposición pública disipa cualquier ilusión de que EE.UU. pueda multilateralizar fácilmente el conflicto y distribuir sus costos políticos. La irritación de Trump con los aliados se ha vuelto cada vez más explícita, pero la frustración no sustituye la cohesión. Cuanto más abiertamente presiona a Europa para que apoye una guerra que no autorizó ni respalda, más aislada se ve Washington. Los actores regionales se muestran igualmente reticentes. Las corruptas petromonarquías del Golfo son quizás las que más tienen que perder en una guerra sin fin, pero también las que tienen el mayor incentivo para evitar alinearse completamente con la escalada de Washington. Los estados del Golfo temen pagar el precio de una guerra que no iniciaron ni influyeron. Los ataques iraníes ya han alcanzado o amenazado infraestructura en Kuwait, Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos. La Guardia Revolucionaria Islámica ataco instalaciones petroquímicas en esos países, mientras que otros informes describen daños a plantas desalinizadoras, centrales eléctricas y centros energéticos. En términos estratégicos, esto es devastador para el discurso de la Casa Blanca. Washington puede decir hipócritamente “que está imponiendo costos a Irán”, pero la verdad es que Teherán está demostrando que la región en general también pagará las consecuencias. Precisamente por eso, las petromonarquías del Golfo no quieren participar plenamente en una guerra contra Irán liderada por EE.UU. Entienden que la geografía garantiza la represalia. Mientras tanto, el costo humanitario y de infraestructura sigue aumentando. AP, Reuters y otros medios han descrito antes del cese del fuego, ataques cada vez más frecuentes contra infraestructura civil crítica y adyacente a la población, incluyendo sistemas eléctricos, puentes, universidades, plantas petroquímicas y rutas de suministro. Teherán, a su vez, amplio su lógica de represalia más allá de los objetivos militares directos, advirtiendo que, si los objetivos civiles en Irán siguen siendo atacados, la infraestructura económica y civil en otras partes de la región no se salvará. Esta es la sombría dinámica de una guerra sin reglas. Cada nuevo ataque crea una justificación para el siguiente, y cada bando se convence de que la escalada es temporal, incluso cuando los objetivos se amplían. En ese contexto, la mayoría de los iraníes no están predispuestos a aceptar negociaciones en los términos de Washington. Dentro de Irán, la guerra se percibe no como una crisis de negociación limitada, sino como una lucha existencial impuesta desde el exterior. El asesinato de la cúpula iraní al inicio del conflicto endureció aún más esta mentalidad, al convertir la confrontación en un conflicto enmarcado en términos civilizacionales y religiosos. Una vez que una sociedad llega a la conclusión de que la rendición puede traer no la paz, sino la desintegración, el compromiso se vuelve políticamente tóxico. En tal entorno, los llamados al diálogo suenan menos a prudencia y más a debilidad, a menos que vayan acompañados de beneficios innegables. Ese es el contexto en el que ha resurgido Mohammad Javad Zarif. Exministro de Asuntos Exteriores de Irán y diplomático de larga trayectoria, que también fue embajador ante las Naciones Unidas, Zarif no es una voz iraní cualquiera. Es quizás el símbolo más reconocible de la apertura diplomática de la República Islámica hacia Occidente en la era moderna. Es el rostro de la diplomacia que propició el acuerdo nuclear del 2015, una figura cuya fluidez en el lenguaje del compromiso internacional lo hizo indispensable en el extranjero y, a la vez, sospechoso en su propio país. Hoy está vinculado a la Universidad de Teherán y sigue siendo uno de los abanderados más visibles de la pequeña, maltrecha pero persistente corriente dentro de Irán que aún cree que el acercamiento con Occidente puede reportar beneficios estratégicos. Su nuevo ensayo en Foreign Affairs resulta revelador tanto por lo que propone como por lo que presupone. Zarif argumenta que Irán tiene la ventaja porque sobrevivió a la tormenta inicial, preservó su continuidad política e infligió graves daños a sus adversarios. Sobre esa base, sugiere que Teherán debería «declarar la victoria» y transformar la resiliencia en el campo de batalla en una solución diplomática. El amplio paquete que esboza incluye límites al programa nuclear iraní bajo vigilancia, la reapertura del estrecho de Ormuz, el levantamiento de las sanciones, la reintegración a la economía global y un marco de seguridad regional más amplio que podría involucrar a países como Turquía. Se trata, en esencia, de un intento de revivir la lógica estratégica del pacto nuclear en un contexto mucho más sangriento. El artículo es inteligente, riguroso y políticamente condenado al fracaso a corto plazo. Identifica correctamente la asimetría central del momento. Irán puede estar resistiendo, pero esto no reconstruirá las ciudades, restaurará la infraestructura ni estabilizará la vida civil. La resistencia perpetua puede satisfacer la psique nacional, pero a la vez perjudica la posición del Estado a largo plazo. Zarif también percibe correctamente que Trump necesita un acuerdo más de lo que admite públicamente. Atrapado entre la inflación, las fricciones en las alianzas y los objetivos poco claros, puede ser más flexible en la negociación que uno que dice disfrutar “de un triunfo militar contundente” que solo cabe en su obtusa imaginación. Pero el artículo se basa en una premisa que gran parte de la esfera pública iraní en tiempos de guerra no comparte actualmente. Zarif considera la diplomacia como un camino hacia la paz, mientras que sus críticos la ven como una trampa que conduce a la rendición. Por eso la reacción dentro de Irán fue tan furiosa. En tanto, Iran International informó que los sectores más intransigentes lo tacharon de traidor y exigieron su arresto, calificando su postura de desescalada como capitulación e incluso espionaje. Si bien los medios de comunicación del exilio y la oposición deben ser tratados con la debida cautela, el patrón general es creíble y totalmente coherente con la desconfianza histórica de la derecha iraní hacia Zarif. En tiempos de guerra, el apoyo a un compromiso se reduce aún más. Las consignas de resistencia siempre resuenan con más fuerza que los llamados a una solución ponderada cuando las bombas siguen cayendo. El sector prooccidental dentro de Irán sigue siendo minoritario. Es pequeño, elitista y socialmente débil en el clima actual, pero intenta enviar un mensaje importante a Washington y a Europa Occidental. Intenta demostrar que dentro de Irán aún existe un sector capaz de imaginar la coexistencia, el levantamiento de las sanciones y una relación controlada con el mundo exterior. En circunstancias normales, esto podría ser políticamente útil. Sin embargo, en esta guerra, a menudo tiene el efecto contrario. Los llamamientos al diálogo se interpretan fácilmente como señales de debilidad justo cuando muchos iraníes sienten que solo la firmeza puede evitar una mayor humillación. El resultado es que personajes como Zarif no parecen realistas nacionales, sino oportunistas que se postulan prematuramente para un orden de posguerra que aún no existe, en la cual pretende tener relevancia. Esto no le resta importancia a Zarif. Al contrario, su intervención es importante precisamente porque revela que parte de la élite iraní comprende el costo material de una guerra interminable y ya contempla una eventual solución. Sin embargo, el momento es desfavorable para su bando. Mientras Trump siga amenazando con nuevos ataques, en tanto la infraestructura civil permanezca en el punto de mira y Teherán crea que las negociaciones solo servirán como puente hacia el próximo ataque, el argumento prooccidental tendrá dificultades para ganar alguna legitimidad. La guerra, por lo tanto, está endureciendo ambos sistemas a la vez. En Washington, radicaliza la retórica y expone la confusión estratégica. En Teherán, afianza la creencia de que la resistencia misma es una victoria y que negociar bajo fuego es una forma de rendición que no van a aceptar por ningún motivo. Esta es la mayor ironía del momento actual. Tanto Trump como Zarif desean un resultado final que puedan describir como “un éxito”, pero se dirigen a públicos que entienden el éxito de maneras cada vez más incompatibles. Para Trump, el “éxito” significa retirarse rápidamente sin dejar de afirmar que Irán “se vio obligado a ceder”. Para la mayoría de los iraníes en este momento, el éxito significa negarse a ceder en absoluto. Mientras persista esta contradicción, la diplomacia seguirá apareciendo en el horizonte solo para desvanecerse al chocar con la realidad política. Y cuanto más dure esta situación, peor será el resultado para todos los involucrados, comenzando con quien empezó esta guerra, de la cual no sabe cómo salir. (Por cierto, el muy imbécil - y hay que decirlo con todas sus letras - ha amenazado con bloquear el estrecho de Ormuz para que nadie negocie con Irán, evitando que algún barco arribe a sus costas: "Si alguno de ellos se acerca en lo más mínimo a nuestro BLOQUEO, será ELIMINADO de inmediato", dijo en su red Truth Social.... A ver si se atreve a hundir los petroleros rusos y chinos)
No se parece a ningún telescopio jamás construido hasta el momento. En efecto, el ExoLife Finder (ELF) es una espectacular corona de 15 espejos de cinco metros que se alza sobre una extensa estructura metálica, la cual recuerda a los pétalos de una flor mecánica de diez pisos de altura: más una escultura que un observatorio. Se trata de un tipo de telescopio totalmente nuevo, que, según sus diseñadores, podría descubrir vida en planetas similares a la Tierra más allá de nuestro sistema solar. Su diseño radical es obra del astrofísico Jeff Kuhn, de la Universidad de Hawái. Por ahora, solo existe en imágenes. Para construirlo, Kuhn y el equipo que ha reunido deben primero desarrollar y perfeccionar técnicas y tecnologías nunca antes utilizadas en astronomía. Ese anillo de espejos, funcionando en sincronía, utilizaría una técnica de vanguardia - el equivalente a la cancelación de ruido estelar - para bloquear el resplandor de la estrella anfitriona y así poder capturar imágenes de mundos en órbita. Si funciona, podría monitorear planetas, crear mapas de su superficie e incluso detectar el calor que emiten las formas de vida o su tecnología. “Durante mucho tiempo se pensó que esta [técnica] requería telescopios espaciales”, afirma John Mather, el astrofísico ganador del Premio Nobel que dirigió el equipo científico del Telescopio Espacial James Webb (JWST). “Pero el equipo de Kuhn demostró que podría no ser imposible desde la Tierra”. La palabra "podría" cobra especial relevancia aquí. Los obstáculos técnicos son considerables. Y en la carrera por construir un telescopio capaz de encontrar una segunda Tierra, abundan las ideas contrapuestas. Pero si el experimento tiene éxito, podría abrir las puertas a una nueva era de telescopios terrestres y resolver la incógnita de si estamos solos en el universo. ELF toma prestado un concepto de la radioastronomía llamado interferometría. Utilizará numerosos espejos distribuidos en una matriz y combinará su luz. Con equipo óptico especializado para combinar los haces, una calibración extremadamente precisa y muchos cálculos matemáticos, esta técnica puede producir una imagen tan nítida como si se tomara con un solo espejo del mismo tamaño que el punto más ancho de la matriz, llamado línea base. El anillo de espejos de ELF tendrá 35 metros de diámetro, rivalizando con la apertura del telescopio más grande actualmente en construcción, el Telescopio Extremadamente Grande de 39 metros en Chile, pero sin los segmentos centrales del espejo, y el costo asociado. Si la misión ELF logra obtener una imagen directa de un exoplaneta similar a la Tierra - una hazaña nunca antes conseguida -, el planeta no ocupará más de un píxel. Esto permitirá a los astrónomos detectar detalles de la superficie observando la luz que el mundo refleja de su estrella. Al descomponer la luz por longitud de onda en un espectro, se revela la presencia de características como océanos, hielo, montañas o desiertos. Los astrónomos deberán observar cómo el planeta rota sobre su eje y se desplaza a lo largo de su órbita, produciendo patrones periódicos y repetitivos en su espectro a medida que las características entran y salen del campo de visión. A partir de estos patrones, los astrónomos pueden inferir cuándo ciertas características son visibles y determinar su ubicación, trabajando a la inversa para reconstruir un mapa de la superficie del planeta. Esta técnica, denominada inversión cartográfica, requiere una enorme cantidad de observaciones consecutivas para separar las señales de las contribuciones de la superficie y la atmósfera, y así recuperar los componentes químicos presentes en el planeta. «Si contamos con suficientes datos - unos cientos de observaciones, o incluso unos miles -, podemos reconstruir un mapa del planeta, identificando las regiones de mayor reflectividad o albedo y las de menor albedo o reflectividad», explico Max Dobat, estudiante de posgrado en astrofísica de la Universidad de Potsdam que trabaja en el proyecto. «ELF podría revolucionar el campo de la observación, acelerando drásticamente nuestra capacidad para caracterizar exoplanetas» aseguró. Kuhn espera que, cuando SELF entre en funcionamiento alrededor del 2027, su prueba de concepto atraiga el apoyo de inversores y donantes para construir ELF. Sin embargo, pasarán al menos otros diez años antes de que ELF pueda entrar en funcionamiento. Y dados los desafíos técnicos, su éxito no está garantizado, según afirman otros astrónomos. Si ELF logra identificar planetas similares a la Tierra para su posterior estudio, estos serían de gran valor para futuros observatorios con diseños más sofisticados. Asimismo, algunos astrónomos han propuesto una nave espacial que podría volar en formación, a decenas de miles de kilómetros de un telescopio como HWO, actuando como un parasol para bloquear la luz de una estrella anfitriona. Esta combinación sería más potente que un coronógrafo interno. Sin embargo, su capacidad para buscar planetas estaría limitada por el tiempo y el combustible necesarios para maniobrar el parasol hasta su posición. “Si sabemos dónde están los planetas, es mucho más fácil estudiarlos con observatorios espaciales”, señaló Ewan Douglas, astrónomo de la Universidad de Arizona que construye instrumentos de imagen directa para la detección de exoplanetas. Independientemente de si ELF encuentra vida o no, aprenderemos algo sobre nuestro lugar en el universo. Un resultado nulo “significaría que la vida es rara y que deberíamos tratarla como tal”. También podría implicar que “probablemente la vida evolucionó en otros lugares, pero luego desapareció”, añadió. “Todas estas preguntas que planteamos llevan la noción de vida - y las cuestiones sociales sobre cómo se organiza la vida - a un ámbito donde la astrofísica realmente tiene algo que decir al respecto” puntualizó.
Como sabéis, desesperado porque las cosas no le salían como tenia planeado, el Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Donald Trump, quien no solo lleno de agravios a sus “socios” de la OTAN - por negarse estos a participar de la guerra de agresión que junto con las ratas sionistas, ha lanzado contra Irán - sino que amenazo a este último país “con desatar el infierno” este martes si no abría el estrecho de Ormuz “y regresarlos a la edad de piedra si tampoco le entregaban su petróleo”, el verdadero y único motivo de su presencia en la región. Al final este pobre diablo, fiel a su conducta errática propia de un retardado - como lo que es, hay que dejarlo en claro - se ha visto obligado a anunciar a ultimo minuto “un alto al fuego de dos semanas” viéndose forzado además a aceptar la propuesta iraní de 10 puntos, lo cual es visto claramente como una derrota personal y un triunfo de Teherán debido a su tenaz resistencia mostrada al enemigo desde que se inició la agresión al país persa. Entre los puntos a destacar esta que Trump dio a Irán el control total del estrecho de Ormuz (donde cobrará un peaje de 2 millones de dólares por barco), reconoció el derecho de Irán al enriquecimiento de uranio, suspenderá todas las sanciones contra Irán y le permitirá mantener sus programas de misiles, drones y armas nucleares.... esto es indudablemente, una victoria iraní y como tal, ha sido celebrado por miles de personas en las calles de Teherán. Trump sabía que, si finalmente cumplía sus amenazas y se decidía a atacar, se exponía a sufrir una derrota más vergonzosa que la ocurrida en Vietnam y a una retirada de lo más humillante como sucedió en Afganistán, donde como recordareis, los estadounidenses escaparon con el rabo entre las piernas. Eso no significa que con este alto al fuego todo ha terminado, ya que solo se trata de una pausa. Ahora toca realizar unas conversaciones en Islamabad para alcanzar la paz definitiva, pero tratándose de Trump, no debería llamar la atención si al final este trata de boicotear un posible acuerdo. O sea ¿quiere desatar de todas maneras el infierno? Y es ahí donde va a parar si se atreve a ello. Por lo visto, el precio de subestimar a Irán le está saliendo muy caro. Al final, el resultado de como termine el conflicto con Irán determinará las capacidades de EE.UU. en el escenario mundial durante los próximos años. Por eso, el conflicto actual en Asia Occidental tiene consecuencias tan importantes, que trascienden las fronteras de la propia región. Como sabéis, la política estadounidense hacia Irán se ha vuelto cada vez más caótica. Pero en lugar de centrarnos en la retórica cambiante de ese sublime payaso que ahora trata de clamar “victoria” cuando no lo es (afirma, por ejemplo, “que logro la apertura del estrecho de Ormuz”, cuando este estaba abierto desde antes de la guerra, pero que a partir de ahora será controlado enteramente por Irán ¿dónde está la “victoria”?), es más útil examinar la lógica que subyace a la confrontación. Washington se había convencido de que era el momento oportuno para actuar con decisión contra Teherán, aprovechando lo que percibía “como una ventana de vulnerabilidad”. El objetivo, visto de forma aislada, aparentemente poseía una cierta racionalidad fría. Un único ataque bien ejecutado podría, en teoría, lograr varios objetivos de larga data a la vez: resolver de una vez por todas el agravio histórico de la crisis de la embajada de 1979, derrocar a un régimen considerado hostil a Israel, obtener influencia sobre recursos energéticos y rutas de transporte clave, y debilitar los proyectos emergentes de integración euroasiática. Al parecer, los asesores presentaron esto “como una oportunidad única” y Trump aceptó el argumento. Pero tales ambiciones se basan en un error de cálculo fundamental. Irán no es Irak en el 2003, ni Afganistán en el 2001. Sus capacidades militares son mucho más sustanciales que las de cualquier adversario al que EE.UU. se haya enfrentado directamente en las últimas décadas. Es un Estado grande y resistente, con una gran capacidad estratégica y la capacidad de perturbar gravemente el comercio mundial y los flujos energéticos. Además, se ha estado preparando desde hace años para cuando llegue el momento de enfrentarse a sus más encarnizado adversario. Y ahora lo está demostrando. Este último punto es crucial. Asimismo, la posición geográfica de Irán le otorga una influencia de la que pocos países disponen. Incluso una escalada limitada podría amenazar las rutas marítimas y la estabilidad económica mucho más allá de Oriente Medio, afectando directamente los intereses de EE.UU. y sus aliados, como sucedió con el cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán, impidiendo el cruce de los buques petroleros y hundirlos si se atreven a desafiarlos. Esta realidad, por sí sola, complica para EE.UU. e Israel cualquier intento de lograr una victoria rápida y contundente, que creían tener a la mano. Pero la cruda realidad les demostró todo lo contrario. Además, el contexto político es muy diferente al de las intervenciones estadounidenses anteriores. La actual demostración de fuerza, que carece incluso de las justificaciones formales que acompañaron a campañas anteriores, ha inquietado a los socios de Washington. Los aliados que antes se sentían obligados a apoyar a EE.UU. ahora se muestran más reticentes, sopesando los riesgos de la intervención frente a los resultados inciertos. La premisa inicial parecía ser que Irán “capitularía rápidamente”. Nunca quedó del todo claro cómo se concretaría esa capitulación: el colapso del régimen, una sumisión forzada al estilo de Venezuela o un acuerdo negociado que limitara drásticamente el poder de Teherán. En cualquier caso, un conflicto prolongado no formaba parte del plan. Pero ahora que este se está prolongado, ha surgido una pregunta más fundamental: ¿qué constituye exactamente el éxito? Este dilema refleja un cambio más amplio en la política exterior estadounidense. La política de “EE.UU. primero” suele interpretarse como aislacionismo o contención. En la práctica, ha significado algo completamente distinto: la consecución de los objetivos estadounidenses sin responsabilidad y, en el mejor de los casos, sin coste alguno. El principio subyacente es sencillo: obtener el máximo beneficio minimizando los compromisos. Durante un tiempo, este enfoque pareció funcionar. En su primer año, Trump logró presionar a sus “socios” europeos para que aceptaran las humillantes condiciones estadounidenses, a menudo haciendo uso de un poder económico abrumador. Pero esa estrategia dependía de la ausencia de una resistencia significativa, que se vuelve mucho más peligrosa cuando se aplica a una situación que no se puede controlar. Pero crear una grave crisis geopolítica y esperar que otros absorban las consecuencias mientras Washington obtiene ventajas, es una propuesta totalmente distinta. Se corre el riesgo de desestabilizar no solo a los adversarios, sino todo el sistema en el que opera EE.UU. En décadas anteriores, el liderazgo estadounidense se enmarcaba en un “orden mundial liberal”, donde el avance de los intereses estadounidenses se presentaba como “beneficioso para todos”. El concepto de “hegemonía benevolente” surgió de este período. La visión del mundo de Trump ahora rechaza esa premisa. En cambio, parte de la base de que la prosperidad de EE.UU. debe lograrse a expensas de otros, y que es hora de revertir el antiguo equilibrio. Este cambio conlleva profundas implicaciones. Una potencia hegemónica que ya no busca brindar estabilidad debe recurrir con mayor frecuencia a la coerción. Pero para que esta sea efectiva, requiere credibilidad. La potencia dominante debe demostrar claramente que puede imponer su voluntad cuando sea necesario. Irán se ha convertido en el caso de prueba. En efecto, EE.UU. había elegido este desafío por sí mismo. Por lo tanto, lo que está en juego es sumamente importante. No lograr un resultado decisivo al final no solo representaría otro revés, sino que pondría en entredicho la capacidad de Washington para actuar como potencia mundial bajo las nuevas reglas que intenta establecer. Esto es lo que distingue el conflicto actual de las campañas anteriores. Irak y Afganistán terminaron sin victorias claras, pero se libraron bajo un paradigma estratégico diferente. La confrontación actual es más abiertamente transaccional, se centra más explícitamente en la proyección de poder y está menos condicionada por consideraciones legales o ideológicas. Esto hace que definir la victoria sea a la vez más urgente y más difícil. En una guerra de elección, los criterios de éxito no están preestablecidos. Sin embargo, ciertos resultados claramente no alcanzarían ese objetivo. Es difícil imaginar, por ejemplo, que cualquier operación pueda considerarse exitosa si Irán mantiene el control efectivo del estrecho de Ormuz - como lo seguirá haciendo luego del cese al fuego - un punto estratégico de importancia mundial. De allí las amenazas furibundas de Trump a Irán “para que la abra inmediatamente o destruirla por completo” demostrando en realidad su impotencia para hacerlo por sí mismo. Cuanto más se prolongue el conflicto sin una resolución clara, mayor será la presión sobre Washington. La ambigüedad no es una opción para una potencia que busca redefinir su papel en el sistema internacional. La conclusión es contundente. EE.UU. necesitaba una victoria decisiva, el cual está cada vez más lejos de lograrlo. La alternativa, un conflicto prolongado sin un resultado claro, socavará su posición no solo en Oriente Medio, sino a nivel mundial. Al mismo tiempo, la probabilidad de una solución negociada que al final sea exitosa, parece baja. Especialmente porque es un engaño montado por los EE.UU. para exigir a los iranies una “rendición incondicional y que les entregue todo su petróleo para poder ganar mucho dinero” - tal como declaro Trump este lunes - lo cual como podéis suponer, no sucederá jamás. Incluso, ahora tras el fracaso de su publicitado ultimátum, sus propios seguidores se muestran escépticos a salir airosos de este conflicto desatado por Trump. “La estrategia estadounidense-israelí de decapitar a la cúpula dirigente de Irán con la esperanza de desencadenar una revolución fue un error de cálculo que no ha logrado desestabilizar la República Islámica”, admitió un antiguo alto funcionario del Mossad. Rami Igra, quien anteriormente dirigió la División de Rehenes y Personas Desaparecidas de la inteligencia israelí, declaró en una entrevista exclusiva a RT que quienes esperaban que los iraníes salieran a las calles tras el asesinato del Líder Supremo Ali Khamenei y otros altos funcionarios estaban “profundamente decepcionados porque ello no sucedió y que, al contrario, salieron por miles, pero para mostrar su apoyo al régimen” afirmó Igra. "Se necesitaba un movimiento popular y ello no existe en Irán. Se necesita un liderazgo local y no a [Reza] Pahlavi en Los Ángeles", añadió, refiriéndose al hijo exiliado del último Shah iraní, quien busca posicionarse como una “alternativa” al actual liderazgo clerical del país, sin resultado alguno, “ya que en Irán lo consideran un traidor” admitió Igra, quien también desestimó la idea de que la actual campaña aérea estadounidense-israelí pueda derrotar decisivamente a Irán, comparándola con la Segunda Guerra Mundial. "Hasta que las tropas rusas entraron en Berlín, nada funcionó", declaró, enfatizando que "la guerra no se gana con ataques aéreos, sino con tropas terrestres" aseveró. Según Igra, por el contrario, la campaña ha hecho que Irán esté dispuesto a acelerar el desarrollo de armas nucleares, señalando la existencia de informes sobre una "nueva fatua" de los líderes iraníes que exigen su fabricación, siguiendo el ejemplo de Corea del Norte, al cual EE.UU. no se atreve a atacar por poseer su propio arsenal nuclear. Advirtió además que el conflicto está derivando hacia una "guerra energética" con consecuencias globales y expresó incredulidad sobre la capacidad de Trump para negociar un acuerdo que ponga fin al conflicto. “Esto deja la escalada como la vía militar más probable. Los riesgos son evidentes, pero para Trump, el costo de su inevitable fracaso será aún mayor” puntualizo. Si al final de la tregua de dos semanas, presionado por Israel (del cual se dice que lo chantajea con las pruebas que lo involucran en los aberrantes delitos descritos en la lista Epstein), opta por desplegar tropas terrestres, el infierno los está esperando....
La guerra moderna ya no se decide solo en hangares de cazas furtivos o bajo el ojo de satélites millonarios. Hoy, la arquitectura del conflicto se escribe con un zumbido metálico, casi doméstico: el de las municiones merodeadoras (drones kamikazes) que surcan los cielos desde Ucrania hasta Oriente Próximo. Más que un dron convencional, el Shahed-136 (rebautizado por Moscú como Geran-2) anuncia con su inconfundible sonido, similar al de una vieja cortadora de césped, una revolución asimétrica que desafía el dominio técnico occidental, transformando el bajo coste en una herramienta de presión global y convirtiéndose en el terror de los EE.UU. e Israel, al ser difícil, por no decir imposible, de detener. En la parte mecánica, el Shahed-136 utiliza un motor de pistón de cuatro cilindros, una solución relativamente simple inspirada en diseños civiles o de uso dual. Esa elección no es casual: abarata la fabricación y facilita producir el dron a gran escala. Su arquitectura también refleja esa filosofía. Se trata de una estructura con alas delta, fuselaje central y un motor trasero con hélice propulsora. El fuselaje utiliza fibra de vidrio y, en algunas variantes, fibra de carbono y estructuras tipo honeycomb, lo que ayuda a reducir su firma radar (que sea más difícil de detectar). Este tipo de drones no busca la elegancia táctica, sino la eficacia total: su misión es saturar las defensas, desgastar la logística y asfixiar al enemigo como se puede ver en Irán. La combinación de su aerodinámica y componentes comerciales permite fabricar estos drones de forma rápida y relativamente barata. Las estimaciones sobre su capacidad varían según las fuentes. Analistas especializados sitúan la carga explosiva del Shahed-136 entre 20 y 40 kilos. En cuanto al alcance, algunas evaluaciones lo sitúan en al menos 2.000 kilómetros. Sin embargo, Reuters cita a un analista del Washington Institute que habla de que los que se están utilizando en la región del Golfo tienen un alcance de entre 700 y 1.000 kilómetros. En la práctica, funciona como una munición guiada capaz de recorrer largas distancias antes de detonar. Cabe precisar que la proliferación del Shahed-136 no es un simple capítulo en los manuales de balística; es la consolidación de un eje de defensa alternativo que desafía frontalmente el orden global. La transferencia de tecnología desde Teherán hacia las líneas de montaje rusas en Tatarstán trasciende el intercambio comercial: es una declaración de superioridad sobre quienes pensaban que incursionar militarmente en el país persa era “un paseo militar” ... Vaya desengaño que se están llevando. Desarrollado bajo una doctrina de "low cost estratégico", el Shahed-136 encarna una tríada letal: coste mínimo, producción masiva y eficacia suficiente. Con un radio operativo que alcanza los 2.500 kilómetros y un precio irrisorio de apenas 20.000 dólares por unidad, este vector ha impuesto una aritmética sobresaliente en el campo de batalla, obligando a sus adversarios a quemar millones de dólares en misiles interceptores, como los sistemas Patriot o IRIS-T, para neutralizar una amenaza - sin resultados - y que cuesta lo mismo que un coche utilitario. Los ataques ejecutados con municiones merodeadoras permiten plausibilidad negable y evitan cruzar el umbral de la guerra abierta. Es una disuasión por desgaste: barata, anónima y eficaz. Esta asimetría económica ha transformado al dron iraní en un multiplicador de poder sin precedentes. En Oriente Próximo, el “Eje de la Resistencia” liderado por Irán emplea estos drones para mantener en jaque a Israel y a las bases estadounidenses., que han sufrido gran destrucción. Para Teherán, su despliegue es el pilar de una disuasión asimétrica diseñada para jaquear con éxito a Israel y EE.UU., sin necesidad de utilizar su fuerza aérea convencional, protegida en bases aéreas subterráneas. Actualmente, en las fábricas de Yelabuga, la versión rusa no es una copia, sino una pieza central de la doctrina táctica de Vladímir Putin. Adaptados al sistema de navegación GLONASS y lanzados en enjambres diseñados para saturar radares, estos dispositivos han demostrado una verdad incómoda para Occidente: la superioridad aérea en el siglo XXI ya no depende exclusivamente de sofisticados cazas de quinta generación. Hoy, la guerra se gana quebrando la paciencia y las arcas del oponente mediante un desgaste automatizado. El Shahed-136 y su gemelo ruso, el Geran-2, son los símbolos de este nuevo mundo donde el monopolio militar de Occidente se ha desmoronado ante la persistencia de lo asequible. El conflicto en Ucrania - azuzada por la OTAN contra Rusia - ha desnudado las costuras de la defensa aérea occidental. Mediante el uso de enjambres, los drones kamikazes no solo buscan saturar radares o perforar escudos, sino desgarrar la propia economía del defensor. No es de extrañar por ello, que en la guerra que se libra en Irán, el Shahed‑136 se ha consolidado como el dron kamikaze de referencia, convertido en una pieza central de las ofensivas iraníes, tanto en ataques directos como en operaciones de desgaste destinadas a obligar a EE.UU. e Israel a consumir recursos en interceptar estos letales aparatos furtivos, que se han convertido para ellos en una autentica pesadilla. Se trata de una aritmética letal: cada interceptación con misiles de millones de dólares multiplica un desequilibrio financiero que favorece al atacante. En este nuevo paradigma, la victoria ya no pertenece a quien posee el armamento más avanzado - como se jacta el Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Donald Trump - sino a quien puede permitirse perderla miles de veces a un coste mínimo. El zumbido del Shahed y del Geran-2 es, en última instancia, la banda sonora de un orden bélico donde la logística se ha convertido en el arma de destrucción más eficaz.