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miércoles, 26 de agosto de 2026

CANADÁ: Dólar por dólar

A seis meses de sufrir un importante revés judicial en el Tribunal Supremo contra los aranceles indiscriminados por decreto, Donald Trump han vuelto a retomar la guerra comercial como herramienta de política exterior. El enemigo elegido es el vecino Canadá (al cual sueña con convertirlo en el Estado 51 de los EE.UU.). Esto ha tenido como consecuencia una dura respuesta por parte de Ottawa, donde el Primer Ministro Mark Carney ha decidido contratacar a los exorbitantes aranceles impuestos a productos canadienses por la Casa Blanca, con medias similares que afectaran a las importaciones estadounidenses y que entraran en vigor este 8 de septiembre, con nuevos gravámenes sobre el acero, los productos lácteos, los electrodomésticos y la electrónica. Canadá denuncio además que Washington introdujo exigencias inaceptables en el último momento, entre ellas, la abolición del uso del francés en el etiquetado, una ofensa gratuita que ha tocado el orgullo nacional, y la exigencia de acceso inmediato a los minerales 'raros' canadienses. Como sabéis, Trump respondió a Canadá tras el fracaso de las negociaciones en Washington el pasado viernes. En sus primeras declaraciones públicas, este escribió en las redes sociales: "¡Canadá quiere los beneficios de ser un Estado, sin serlo!". “Además, durante muchos años, han cobrado a nuestros grandes agricultores aranceles exorbitantes”, añadió. “¡Basta ya!” Sus declaraciones se produjeron luego de que Estados Unidos impusiera aranceles del 50% a productos canadienses por valor de 20.000 millones de dólares (14.600 millones de libras esterlinas), mientras que Carney prometió igualarlos "dólar por dólar". Los aranceles estadounidenses entraron en vigor el último sábado e incluyen productos que van desde palos de hockey hasta bajalenguas. Los expertos en comercio han pronosticado que los aranceles podrían provocar la pérdida de miles de empleos, pero se espera que el mayor impacto sea político, generando nuevas tensiones entre los países vecinos. Ambas partes se culparon mutuamente del fracaso de las negociaciones. Carney declaró a periodistas canadienses que el país estaba "en guerra" comercial con Estados Unidos, luego de que Trump "cometiera un error de cálculo" al intensificar su ofensiva arancelaria. “Cuando te atacan, estás en guerra, y nos atacaron”, declaró el primer ministro canadiense a los periodistas en Ottawa. “No podemos aceptar lo que nos han ofrecido y no daremos lo que nos han pedido” añadió. En tanto, Jamieson Greer, representante comercial de Estados Unidos, afirmó que el país se vio obligado a actuar “tras un año de represalias por parte de Canadá” repitiendo al pie de la letra la cantaleta de Trump. En declaraciones al programa Fox & Friends Weekend, dijo: “Ya hemos dicho basta y, por lo tanto, hemos tomado contramedidas. Nuestro interés radica en proteger a los trabajadores estadounidenses y las cadenas de suministro estadounidenses” aseveró. Por su parte, Dan Kelly, presidente de la Federación Canadiense de Empresas Independientes, estimó que el 40% de los pequeños exportadores canadienses se verán directamente afectados por los aranceles estadounidenses, y que casi un tercio prevé que sus ingresos disminuyan en un 50% o más como consecuencia. La escalada de la tensión también provocó la indignación de los legisladores demócratas y de los gobernadores de los estados estadounidenses que limitan con Canadá, incluidos Minnesota, Nueva York y Washington. La gobernadora de Nueva York, Kathy Hochul, publicó en X: “Provocar conflictos innecesarios con nuestros aliados y subir los precios aquí en casa. Esa es la política económica de Trump en pocas palabras”. Por su parte, la senadora de Minnesota, Amy Klobuchar, afirmó que los nuevos aranceles supondrían "mayores costes para las pequeñas empresas, los agricultores y todas las familias de Minnesota". Ella escribió en X: “Canadá es el principal socio comercial de Minnesota. Los habitantes de Minnesota están pagando por el caos de Trump”. Carney, quien anteriormente se desempeñó como gobernador del Banco de Inglaterra, fue elegido primer ministro de Canadá el año pasado luego de hacer campaña para liderar una contraofensiva contra Trump, quien no oculta su enfermizo deseo de querer convertir a Canadá “en el Estado número 51”. Este lunes, Trump echo leña al fuego al anunciar gravámenes también del 50% sobre los vehículos y el acero fabricados por el vecino. Por lo visto, año y medio de caos comercial mundial no parece haber convencido a la Casa Blanca de las contraindicaciones de esta política. Como era de esperar, tras las nuevas amenazas de Trump las acciones de las automovilísticas estadounidenses caían en Bolsa. Esta escalada también ha puesto en entredicho el futuro del acuerdo comercial norteamericano entre Estados Unidos, Canadá y Méjico, conocido como T-MEC. El pacto, firmado por Trump durante su primer mandato, regula el comercio anual de bienes y servicios entre los tres países por un valor aproximado de 2 billones de dólares. Trump se negó a renovar el T-MEC este verano, luego de que Canadá y Méjico solicitaran formalmente su prórroga por otros 16 años. Cuando se le preguntó cómo afectaría el fracaso de las negociaciones comerciales entre Estados Unidos y Canadá al T-MEC, Carney dijo que "sin duda no eran buenas noticias". Nadie duda que la retórica y la política comercial cada vez más agresivas de la administración Trump han dañado las relaciones entre Estados Unidos y Canadá, y el turismo también se ha visto afectado: hubo una caída del 21% en el número de canadienses que ingresaron al estado de Nueva York en el 2025 y 3 millones menos de visitas en comparación con el año anterior. Además, una petición para expulsar del país al embajador de Estados Unidos en Canadá, Pete Hoekstra, ha reunido alrededor de 248.000 firmas desde finales de julio, según Associated Press. Cabe precisar que el desastroso fracaso de las negociaciones comerciales entre Canadá y Estados Unidos es una advertencia para las naciones de todo el mundo de que cualquier intento de diálogo con la actual administración estadounidense está condenado al fracaso desde el principio, según observadores que afirman que este reciente episodio indica que buscar un acuerdo justo es inútil. Andrea Lawlor, profesora asociada de ciencias políticas en la Universidad McMaster de Ontario, dijo: “Independientemente de la cercanía de la relación histórica, la administración estadounidense ha dado señales de que ahora prioriza sus intereses por encima de los de algún tipo de coordinación o armonía económica global. “Da la sensación de que estas conversaciones fracasaron. Sin embargo, no estoy seguro de que realmente se pudiera haber logrado un éxito.” Los dos países se encuentran ahora inmersos en una creciente guerra comercial luego de que semanas de negociaciones urgentes fracasaran poco antes de la fecha límite de las 12 a. m. EST (5 a. m. BST) del sábado. Trump anunció inicialmente los aranceles el 20 de julio, alegando que Canadá “había discriminado injustamente a las empresas estadounidenses”. El ejemplo clave que ofrece la Casa Blanca es la prohibición canadiense de la venta de alcohol estadounidense en ocho de sus diez provincias y en sus tres territorios. La retirada de licores, vinos y cervezas estadounidenses de los estantes entró en vigor tras la primera ronda de aranceles que Trump impuso a Canadá a principios del 2025. El fracaso de las negociaciones fue toda una sorpresa. Trump había afirmado previamente que se concedería una prórroga de tres días al plazo para la imposición de aranceles, ya que el acuerdo estaba prácticamente firmado. El pasado miércoles, declaró a la prensa que se había alcanzado un acuerdo "muy justo para ambas partes". Pero a medida que los detalles del acuerdo comenzaron a filtrarse a los medios canadienses, creció la preocupación de que Carney y sus negociadores estuvieran cediendo demasiado a cambio de aranceles más bajos para el acero, el aluminio y los automóviles. El primer ministro de Manitoba, Wab Kinew, y su homólogo de Nueva Escocia, Tim Houston, confirmaron que Carney había pedido a las provincias que volvieran a poner a la venta el alcohol estadounidense para sellar el acuerdo comercial. Kinew declaró a la prensa que, en su opinión, Canadá debería "luchar" contra Trump y que "no se puede llegar a un buen acuerdo con una mala persona". Animó a los canadienses a evitar comprar alcohol estadounidense, incluso si los primeros ministros estatales accedieran a volver a ponerlo a la venta. Fuentes consultadas por la Canadian Broadcasting Corporation (CBC) indicaron que el exjefe negociador comercial de Canadá, Steve Verheul, advirtió durante la llamada que las concesiones ahora solo conducirían a mayores exigencias por parte de los estadounidenses en el futuro. Este año, una encuesta realizada por The Globe and Mail reveló que solo el 9% de los canadienses consideraba a Estados Unidos un "aliado de confianza", y que el 51% de los encuestados había cancelado viajes a Estados Unidos en respuesta a los groseros y altisonantes comentarios de Trump hacia Canadá. Estas medidas amenazan con alimentar aún más la inflación, que ya de por si es alta. Una de las razones para la impopularidad de Trump es la percepción generalizada de que su Administración se lanza a guerras sin objetivos claros, militares y comerciales, que pagan los ciudadanos en la cesta de la compra. Lo que está en juego no es únicamente una cuestión económica. Es, sobre todo, una cuestión de soberanía y de respeto de EE. UU. a quienes formalmente son “sus aliados” pero que, en la práctica, los trata como a enemigos. De un desequilibrado mental como Trump, se puede esperar lo peor...

ONDAS GRAVITACIONALES: Transformadoras de nuestro universo

Hace unos 1300 millones de años, cuando los organismos multicelulares apenas comenzaban a surgir en la Tierra y la vida aún se limitaba a los océanos, dos gigantescos agujeros negros colisionaron en una galaxia muy lejana. La colisión fue tan poderosa que sacudió el universo, creando una onda en el tejido del espacio-tiempo que viajó por el cosmos a la velocidad de la luz. A las 5:51 am EDT del 14 de septiembre del 2015, esa onda expansiva llegó a la Tierra. Para entonces, la onda se había diluido tanto que apenas era detectable. El detector LIGO (Observatorio de Ondas Gravitacionales por Interferometría Láser) en Livingston, Luisiana, la registró primero: un pequeño chirrido al pasar la distorsión. Siete milisegundos después, la onda llegó al otro detector LIGO en Hanford, Washington, que también la captó. La diminuta señal, ahora denominada GW150914 por su detección el día 14 del noveno mes del 2015, duró apenas una fracción de segundo. Pero tuvo un impacto enorme en la ciencia. El descubrimiento abrió una rama completamente nueva de la astronomía. Ahora, mientras otros telescopios observan el espacio, los observatorios de ondas gravitacionales también lo detectan. En la década transcurrida desde su detección original, la astronomía de ondas gravitacionales se ha convertido en una herramienta de precisión para el estudio de agujeros negros, estrellas de neutrones, la evolución estelar y la expansión del universo. Con el aumento exponencial de las detecciones, los astrónomos están pasando de intentar comprender señales dispersas a utilizarlas para obtener datos demográficos cósmicos completos. Y la próxima generación de detectores podría ser tan sensible que captará ecos desde los albores del cosmos. Los científicos llevaban esperando la primera señal de ondas gravitacionales desde que se predijo su existencia un siglo antes. En efecto, en 1905 se introdujo el concepto del tejido del espacio-tiempo, demostrando matemáticamente que el espacio y el tiempo no son parámetros separados del universo, sino que están entrelazados. En 1915, añadió la gravedad a la ecuación, explicando que es el resultado de la curvatura del espacio-tiempo en presencia de masa. Esta última teoría, denominada relatividad general, predecía que los objetos masivos en aceleración, como dos objetos pesados en una órbita binaria cercana, crearían perturbaciones en el espacio-tiempo - ondas gravitacionales - que se propagarían por el cosmos. Cuando LIGO registró su primera detección de ondas gravitacionales pasado cien años, la evidencia que respaldaba la teoría de la relatividad general ya estaba bien establecida. Sin embargo, la detección significó que superó la prueba en el régimen más extremo jamás observado, afianzando aún más nuestra convicción de que la teoría describe la gravedad con precisión. Tras décadas de planificación y anticipación, los científicos quedaron asombrados por la rapidez con la que la instalación realizó su primera detección: LIGO había comenzado su primera fase de observación tan solo dos días antes del descubrimiento. “Nadie esperaba una detección inmediata”, afirma Laura Cadonati, profesora de física en el Instituto Tecnológico de Georgia, quien participa en la Colaboración Científica LIGO desde 2002. “Fue una señal tan perfecta e inesperada que todos estábamos incrédulos”. Al igual que los agujeros negros, las estrellas de neutrones se forman en las supernovas que ocurren cuando mueren estrellas masivas. Estas esferas del tamaño de una ciudad concentran más masa que el Sol, comprimiendo la materia mucho más de lo que podemos hacerlo en los laboratorios terrestres. Cuando dos agujeros negros colisionan, simplemente se fusionan; su gravedad implacable mantiene el proceso muy ordenado. Pero cuando colisionan estrellas de neutrones, pueden expulsar escombros calientes que producen un espectáculo de luz cósmica detectable desde la Tierra si los fuegos artificiales se dirigen hacia nosotros. En los días y semanas siguientes, telescopios de rayos X, ultravioleta, infrarrojo y radiotelescopios observaron el resplandor residual que se desvanecía. Durante años, los radiotelescopios continuaron monitoreando un chorro de material que se alejaba de la colisión a más del 97 % de la velocidad de la luz mientras impactaba contra el material circundante. Denominado GW170817, este fue el primer evento de ondas gravitacionales multimensajero completo, detectado tanto en luz como en ondas gravitacionales. Gracias a este descubrimiento, los científicos confirmaron que las fusiones de estrellas de neutrones producen estallidos de rayos gamma y elementos pesados, y pusieron a prueba los modelos de kilonova existentes (que resultaron válidos, ya que la observación coincidió con lo esperado). Incluso ofreció indicios sobre los núcleos ultradensos de las estrellas de neutrones, donde la materia se encuentra más compacta que en el núcleo de un átomo. Sin la detección de ondas gravitacionales de LIGO, nada de esto habría sido posible; probablemente ni siquiera habríamos podido identificar el evento como una fusión de estrellas de neutrones. Desde entonces no se ha registrado ningún evento de ondas gravitacionales multimensajero igualmente rico, pero sí se ha producido una explosión en las detecciones. LIGO y Virgo se han actualizado, y el detector de ondas gravitacionales Kamioka de Japón (KAGRA, por sus siglas en inglés) entró en funcionamiento en el 2020. En conjunto, los tres han registrado cientos de detecciones: más fusiones de estrellas de neutrones, sistemas binarios de agujeros negros e incluso colisiones mixtas de agujeros negros y estrellas de neutrones. Por cierto, las ondulaciones del espacio-tiempo también están dando pistas a los astrónomos sobre algunos de los objetos más extraños del universo: las estrellas de neutrones. Las ondas gravitacionales han proporcionado nuevos e interesantes datos sobre la física nuclear extrema que tiene lugar en el interior de estos remanentes estelares. Cuando dos estrellas de neutrones colisionan, el objeto resultante puede oscilar ligeramente antes de colapsar y formar un agujero negro. Estas vibraciones generan frecuencias características directamente relacionadas con las propiedades internas de las estrellas. Cabe precisar que los próximos detectores podrían revolucionar el campo. La Agencia Espacial Europea (ESA) pondrá en órbita por primera vez un detector de ondas gravitacionales. Denominado Antena Espacial de Interferometría Láser (LISA) y con lanzamiento previsto para el 2035, se espera que esta misión detecte más de 10 000 eventos de ondas gravitacionales. Entre los proyectos que le darán seguimiento estará el observatorio de ondas gravitacionales Cosmic Explorer, con sede en Estados Unidos, que actualmente se encuentra en la fase de diseño y planificación. Operará a frecuencias mucho más altas que LISA, apuntando a fusiones rápidas de objetos de masa estelar como estrellas de neutrones y agujeros negros, en lugar de los sistemas masivos y lentos y las señales de fondo del universo primitivo que detectará LISA. En conjunto, la próxima generación de detectores nos permitirá pasar de cientos a millones de detecciones de ondas gravitacionales. Su estudio podría ayudar a los astrónomos a rastrear la evolución de los agujeros negros, resolver inconsistencias en las mediciones actuales de la tasa de expansión del universo y revelar ecos del universo primitivo. A medida que la astronomía de ondas gravitacionales alcanza su madurez, los descubrimientos más importantes aún están por llegar.

miércoles, 19 de agosto de 2026

AFGANISTÁN: De vuelta a la oscuridad

Fawzia Koofi no guarda buen recuerdo de agosto. El día 14 de ese mes hace seis años, unos pistoleros intentaron matarla cerca de Kabul, la capital de Afganistán. Ella formaba parte del equipo que negociaba la paz con los talibanes. Pasado un año y un día de ese episodio, el 15 de agosto de 2021, el grupo armado integrista tomó de nuevo el control del país, mientras las tropas estadounidenses huían vergonzosamente de Kabul, en unas escenas parecidas a lo que ocurrió en Saigón, en 1975. Koofi, de 50 años, expresidenta del Parlamento afgano, lo recuerda como una “pesadilla”. “Luego de 20 años, reemplazaron a talibanes por talibanes”, dice en conversación telefónica desde su exilio en Londres. Un lustro más tarde, aniversario de una de las mayores humillaciones militares de los EE.UU., el régimen talibán ha devuelto Afganistán a una era de oscuridad: apoyado en las armas, al filo de la guerra con el vecino Pakistán y con una economía y sociedad atenazadas donde las mujeres y niñas son perseguidas. Y todo esto sin oposición. Consentido. Hablaba Koofi de dos décadas en las que Occidente trató de borrar la huella de los talibanes, enfrentados a Al Qaeda, un grupo terrorista - al igual que ISIS - creado por la CIA, a quien interesadamente se le sindicó de ser los perpetradores de los atentados del 11-S, que como sabéis, fue un operativo de falsa bandera para “justificar” el intervencionismo estadounidense en el Medio Oriente y apoderarse de sus inmensas reservas de gas y petróleo. Aquel ataque fue además el pretexto para atacar a los talibanes, que desde 1996 había instaurado un emirato medieval a través de la aplicación más radical de la sharía (ley islámica). La ofensiva de Estados Unidos, lanzada en octubre del 2001, cosechó una rápida victoria. Pero la paz y la transición eran otra cosa. Los talibanes siguieron atacando y ganando terreno, mientras el régimen colaboracionista instalado en Kabul, con apoyo de Washington, trataba de gobernar para todos los grupos étnicos, pero en realidad no tenía poder alguno, fuera de la capital, protegido por los estadounidenses, mientras el resto del país estaba en manos de los talibanes. A finales de la década pasada, su regreso al poder era inevitable. “Mucha gente pareció sorprendida por la rapidez con la que tomaron Kabul”, afirma en un mensaje Florian Weigand, codirector del Centro sobre Grupos Armados, con sede en Ginebra. Weigand, autor de A la espera de la dignidad: legitimidad y autoridad en Afganistán, reflexiona sobre aquella reconquista. “En lugar de limitar sus esfuerzos a la lucha militar, habían comenzado a gobernar territorio y población”, continúa. “La corrupción generalizada del régimen títere pro-estadounidense les facilitó presentarse como una autoridad alternativa”. Por el camino, miles de millones invertidos por Estados Unidos, Europa, la OTAN en armas de nada valió ni cambio el curso de la guerra. Según un estudio de la estadounidense Universidad Brown, solo Washington gastó en aquella contienda más de dos billones de euros, y en su desordenada huida, abandono toda clase de armamento incluido tanques y aviones, a los talibanes. En tanto, el expediente en estos cinco años del régimen talibán, liderado por el escurridizo y venerado Hibatullah Akhundzada - solo una aparición pública desde la toma de Kabul -, es aterrador. La organización Human Rights Watch describe la situación en Afganistán (45 millones de habitantes) como una de “las crisis de derechos humanos más graves” que se conocen, con ejecuciones sumarias de opositores y desapariciones forzosas; restricción casi total de los derechos de las mujeres y niñas - que el Tribunal Penal Internacional ya persigue como crimen contra la humanidad -;control estricto de los medios de comunicación; arbitrariedad y excesos en la guerra contra ISIS - creado por los EE.UU. para combatirlos - , y el colapso del sistema sanitario por falta de financiación. Es, sin duda, lo que Fawzia Koofi, candidata al Nobel de la Paz por su defensa de los derechos de la mujer, llama “el periodo más oscuro de la historia de Afganistán”. De nuevo un recuerdo a prácticas propias de la Edad Media: según los registros de la Organización de Derechos Humanos y Democracia de Afganistán (AHRDO, en sus siglas en inglés), que opera en el extranjero, los talibanes han llevado a cabo más de 2.700 castigos con latigazos en público desde febrero del 2022, la mayoría por presuntos delitos sexuales o violaciones de la moral, según el radical cuerpo normativo afgano. Esto era previsible a finales de la década pasada, pero el camino estaba despejado. “El interés internacional en Afganistán disminuyó con el paso de los años hasta el 2021, y finalmente Estados Unidos quiso huir del país cuanto antes”, explica Weigand, investigador también del centro de análisis danés DIIS. El Criminal de Guerra Donald Trump, negoció en su primer mandato la retirada, que formalizó en el Acuerdo de Doha de febrero del 2020. La Administración del discapacitado físico y mental Joe Biden lo culminó a un ritmo mayor del que se esperaba. Washington, que llegó a desplegar a más de 100.000 militares en el país, no quería permanecer ni un segundo más... Y huyeron con el rabo entre las piernas. Los expertos en terrorismo Tricia Bacon y Daniel Byman afirmaron este fin de semana en un análisis en The Atlantic que los talibanes han logrado poner coto a grupos terroristas como Al Qaeda e ISIS, creados por los EE.UU. y entrenados por el Mossad israelí. Precisamente, la rama regional de esta última organización fue la responsable precisamente del brutal atentado en el aeropuerto de Kabul el 26 de agosto del 2021, cuando miles de personas trataban de huir de la capital afgana. Murieron 170 civiles y 13 ocupantes estadounidenses. También ha atacado en Irán, Rusia, Pakistán y Turquía, pero los talibanes mantienen una fuerte presión sobre la provincia de Nangarhar, en la frontera oriental del país, donde este grupo tiene sus cuarteles generales. También en su particular guerra contra el narcotráfico, los talibanes han cosechado algún éxito. Según un informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, en el 2025 se cultivaron 10.200 hectáreas de opio, una cifra inferior a las 12.800 hectáreas del 2024 y muy por debajo de las 232.000 hectáreas registradas antes de la prohibición impuesta por el régimen afgano en abril del 2022. Aunque no se expresara de forma pública, entre las cancillerías había cierta esperanza de que los talibanes que entraban en Kabul aquel 15 de agosto del 2021, y que tanto habían negociado ya en Doha durante los últimos años, no fueran los de antes. “Había un pensamiento occidental de que iban a cambiar”, cuenta Koofi, “pero ¿dónde están ahora esos talibanes moderados de los que hablaban?”. El grupo integrista intentó poner otra cara. El portavoz en jefe, Zabihullah Mujahid, mostró por primera vez su rostro. El ritmo de mensajes en su perfil de la red X es hoy incansable, sobre todo para hacer gala de grandes obras como el gasoducto TAPI, que transportará gas desde Turkmenistán a la India a través de Afganistán y Pakistán. Pero la represión y la inoperancia no saben de caretas. Uno de cada tres afganos necesita hoy asistencia alimentaria, según datos de Naciones Unidas. Este organismo estima que 14 millones de ciudadanos padecerán hambre aguda durante este año - casi 3,7 millones de niños menores de cinco años corren el riesgo de sufrir desnutrición aguda – mientras el dinero público se gasta sobre todo en seguridad. El Banco Mundial señala que el 80% de las familias están endeudadas, mientras el PNUD (Programa de la ONU para el Desarrollo) calcula que la exclusión de la mujer resta al PIB unos 800 millones de euros. La economía crece gracias al retorno, forzado en gran medida, de más de seis millones de afganos de países vecinos como la India y Pakistán, aunque la mayoría carece de recursos para subsistir. Un panorama con algún matiz. Norah Niland ha trabajado en varios periodos en Afganistán desde los años noventa. Hace hincapié, en un intercambio de correos, de que, tras la llegada de los talibanes, se cortó de tajo el apoyo financiero exterior, que sumaba un 40% del presupuesto del país. Y, sobre todo, se congelaron unos 8.000 millones de euros del banco central (Da Afghanistan Bank). Niland, cofundadora de Unidos Contra la Inhumanidad (UAI, en sus siglas en inglés), con sede en Ginebra, apuesta por el desembolso controlado de este dinero. “Es imperativo que los servicios básicos estén disponibles para todos y para romper el ciclo de crisis interminables, pobreza crónica y episodios de conflicto armado”, afirma. A cinco años de la liberación de Kabul, solo Rusia reconoce de forma oficial al régimen talibán. Otros se han reunido de forma más o menos pública con los integristas, bien por intereses económicos (China, Turquía, Arabia Saudita, Japón), bien para promover la deportación de nacionales afganos, tema central del encuentro mantenido en Bruselas en junio por una delegación talibán y 15 representantes de la Unión Europea. Pero hablar de normalización del régimen es frustrante para luchadoras como Koofi. “Es como subir una montaña porque te dicen que hay agua, pero al final no hay agua”, relata. Pese a su rechazo a los integristas, esta exparlamentaria afgana habla de diálogo con ellos, de poner las bases para un acuerdo que incluya a los demás grupos afganos. A tenor de la posición de fuerza que el grupo mantiene en el interior del país, y con la normalización bajo mesa de Occidente, no es posible pensar hoy en el cambio en Afganistán sin contar con los talibanes. “Pero la oposición está creciendo en todo el país”, prosigue Koofi. También la armada, con apoyo estadounidense, que de esta forma busca venganza por su humillante retirada del 2021. Un alto cargo talibán murió el jueves en un atentado con coche bomba en la provincia nororiental de Badajshan, donde actúa el principal grupo terrorista que planta cara al régimen. En tanto, la represión contra las mujeres por parte de los talibanes, va en aumento. A juicio de Jelena Bjelica, codirectora y analista senior de Afghanistan Analysts Network (AAN), “lo que en 2021 parecía, y se presentaba, como una serie de restricciones temporales, ha derivado en un sistema institucionalizado que regula la educación, el empleo, la movilidad, la vestimenta, el acceso a los espacios públicos y la participación en la vida pública”. En la actualidad, las normas tienen una estimación diferente: “El punto importante, transcurridos cinco años, es que estas medidas ya no parecen temporales”, sostiene Bjelica. Según explica Thomas Barfield, presidente del Instituto Americano de Estudios sobre Afganistán y académico de la Universidad de Boston, “las mujeres estaban haciendo grandes progresos en los 20 años de la República. Eso se vino abajo por completo”. Barfield, doctor en Antropología Social de la Universidad de Harvard, visitó Afganistán por primera vez en 1971. Desde ese entonces la sociedad afgana es su principal línea de estudio. “La ONU lo ha llamado un apartheid de género, y lo es”, sentencia el investigador. “Si crees en la segregación de género, es necesario contar con médicas y administradoras para atender a las mujeres, pero los talibanes no permiten que reciban formación”. En el primer mandato talibán, que comenzó en 1996 y terminó en el 2001 - cuando fueron expulsados del poder - el movimiento no logró un control completo sobre Afganistán. “Ahora si lo tienen”, explica Barfield. “Al controlar casi todo el país, pueden obligar a la gente a hacer las cosas a su manera”. Para Fereshta Abbasi - quien documenta abusos en la zona para diversas organizaciones - “Afganistán, incluso antes del 2021, siempre ha sido uno de los peores países del mundo para ser mujer”. No obstante, “teníamos esta plataforma desde la que podíamos luchar”, agrega. “En cinco años, lo que perdimos es la esperanza y la plataforma para luchar por un mejor futuro”. Por otra parte, Bjelica afirma que “las mujeres estaban presentes -aunque de forma desigual e imperfecta- en el gobierno, en la educación, el empleo, la política y la vida pública, pero pasaron a ser excluidas sistemáticamente de la mayoría de estos espacios”. “No tienen representación política formal”, complementa. “A las niñas se les prohíbe la educación más allá del sexto grado, y a las mujeres, la universidad. Están excluidas de la mayoría de los puestos de trabajo gubernamentales y de muchas otras formas de empleo remunerado”. Las medidas, explica Barfield, encuentran su origen en los mulás, los líderes religiosos del talibán. Ellos dictan su interpretación del islam desde la segunda ciudad más poblada del país: Kandahar, la cuna del movimiento que rige el país. El antropólogo sostiene que su visión del islamismo no es compartida por toda la sociedad, ni siquiera por todo el talibán: “Las personas ya creen que son excelentes musulmanes, no les gusta recibir consejos”. “No es en países como Pakistán o Irán donde el clero dice: ‘Las cosas han salido mal porque nos hemos occidentalizado demasiado’. Especialmente en las zonas rurales de Afganistán, ellos consideran que sus creencias religiosas son totalmente correctas y no les gusta que les digan cómo deben practicarlas”, apunta. Por otro lado, Abbasi afirma que es importante no retratar a las mujeres del país solo como víctimas, “porque están resistiendo y deben ser tratadas como agentes de cambio”. En gran parte de Afganistán, grupos de mujeres han desarrollado escuelas informales para contrarrestar la prohibición de la enseñanza. En cuanto a la sociedad en general, afirma Abbasi, el sentimiento que predomina es la decepción. “Cuando hablo con personas de Afganistán, nadie conserva esperanzas de un futuro mejor bajo el régimen talibán. Es una imagen muy oscura”, afirma. La última conversación que la investigadora sostuvo con un ciudadano afgano fue con “un hombre que fue torturado por los talibanes”, dice. “Y ha sido muy difícil borrar sus palabras de mi mente. La forma en que lo torturaron… Era un joven que básicamente fue torturado por expresar su opinión. Cuando hablé con él, estaba muy traumatizado”, agrega. La vida diaria de las familias del país está marcada por el hambre, explica Abbasi. “He hablado con padres que han perdido a sus hijos debido a la malnutrición. Con familias que, básicamente, decían que no tenían nada que comer ese día”. Otra manifestación de la crisis es el desempleo masivo. Según relata Sosan Hashimi, directora de Beyond Borders Empowerment –que otorga asistencia humanitaria a refugiados de Afganistán y otros países–, “hay cientos de personas en mi red, con las que hablo a diario, que han sido despedidas de sus empleos o han sido reemplazadas por soldados talibanes sin ninguna experiencia”. Una de las razones del desempleo es el recorte del financiamiento exterior. “Históricamente, el gobierno de Afganistán ha dependido de la ayuda internacional”, explica Barfield. “Cuando el gobierno colapsó, el 40% del PIB de Afganistán correspondía a ayuda extranjera, y perdieron la mayor parte de eso de inmediato”, sostiene. Estados Unidos, que era el principal donante, redujo sus aportes a cero en enero del 2025. Un factor que agrava esta situación, explica Bjelica, es que “durante los últimos cinco años Afganistán dejó de ser principalmente un país de emigración para convertirse en el escenario de uno de los mayores episodios de retorno forzoso del mundo”. En este contexto, “a pesar de seguir sin poder absorber a un gran número de personas retornadas, el país ha recibido a unos 6,3 millones de personas que se vieron presionadas a abandonar los vecinos Pakistán e Irán”, agrega. “Para la mayoría de ellas, el regreso a Afganistán no representa el fin del desplazamiento, sino más bien el comienzo de un nuevo período de incertidumbre”, complementa. En la experiencia de Abbasi, los deportados, “aun luego de seis meses, todavía no tenían un trabajo, todavía no tenían un refugio, no tenían acceso a agua potable y no tenían acceso a servicios de salud. Para Filippo Boni, experto en Relaciones Internacionales de la Universidad Abierta de Reino Unido, con múltiples estudios sobre Afganistán, una de las mayores sorpresas en estos últimos cinco años ha sido “la compleja transición de una insurgencia yihadista a un régimen de gobierno con el monopolio del poder estatal”. Pese a la falta de reconocimiento internacional, el movimiento consiguió un extenso control local. Según complementa Bjelica, el mayor cambio que experimentó el país en cinco años es la estabilización y el afianzamiento del talibán en el gobierno. A cambio de la desaparición de los partidos políticos, los derechos de las mujeres y las libertades de la sociedad en general, el sistema alcanzó una relativa paz interna. A juicio de Hashimi, una parte de la sociedad ha ‘normalizado’ la situación: “Han aceptado que nuestras hijas ya no irán a la escuela, que no nos quedará otra opción que mantenerlas en casa”. Incluso, agrega, algunos dicen que “la seguridad es buena, puedes visitar diferentes partes del país. ¿Pero a qué precio?” añadió. “Con los talibanes en el poder, Afganistán, y no solo las mujeres, enfrenta un negro futuro” puntualizo.

THE X FILES / I WANT TO BELIEVE – VRACH FRANKENSHTEYN: Mejor tarde que nunca

Como recordareis, allá por el 2008 se estrenó The X-Files: I Want to Believe (X-Files: Creer es la clave), la segunda película basada en la serie de ciencia ficción y que marcaba la reunión de Mulder y Scully en pantalla tras el final de 'Expediente X' en el 2001. Sin embargo, Chris Carter, el creador de la serie, no se quedó realmente a gusto con la versión que vimos en los cines en su momento. Y ahora, luego de casi treinta años, por fin estreno este 14 de agosto su propio corte del director. En efecto, mientras llega el reboot de la mano de Ryan Coogler, Carter decidido volver al universo de 'Expediente X' tirando de archivo. Volvió a editar su película 'X-Files: Creer es la clave', renombrada ahora como 'The X-Files: I Want to Believe – Vrach Frankenshteyn', para darle el toque que quiso en su momento (y de paso contentar a los fans desencantados). Como su nombre sugiere, se trata de una vuelta de tuerca a la historia de Frankenstein que promete aumentar el tono de terror y ser mucho más inquietante del corte del 2008. El cual, al fin y al cabo, se tuvo que rebajar muchísimo para poder conseguir la calificación PG-13 para cines. Eso sí, si los 104 minutos originales nos supieron a poco, Carter adelanto que la nueva versión, de hecho, es más corta. "Al contrario que la mayoría de cortes del director, yo no metí todo lo que tenía", ha afirmado el director en una entrevista con The Hollywood Reporter. "De hecho, es más corta que la original. Espero que encuentre un público aún mayor, y que les dé a los fans lo que querían". La trama se centra en la desaparición de varias mujeres antes de retomar la historia de Mulder y Scully pasado unos años de que dejaran el FBI. Un agente federal ha desaparecido y los investigadores luchan por encontrar una pista fiable. El caso finalmente los lleva hasta el padre Joe, un ex sacerdote caído en desgracia que afirma tener visiones psíquicas relacionadas con los crímenes. Mulder considera la posibilidad de que el padre Joe pueda guiar la investigación, mientras que Scully cuestiona tanto las afirmaciones del sacerdote como las consecuencias de retomar su antiguo trabajo. Su desacuerdo reaviva una dinámica familiar en su colaboración: Mulder busca explicaciones más allá de la lógica convencional, mientras que Scully exige pruebas. A medida que avanza la investigación, el caso los conduce hacia experimentos médicos y un plan que implica la reconstrucción de un cuerpo humano. Carter y su coguionista, Frank Spotnitz, concibieron inicialmente I Want to Believe como lo que Carter describió como una película de Frankenstein de la vida real. Carter afirmó que la versión final estrenada en cines nunca logró plasmar completamente ese concepto. Las exigencias del estudio para un estreno con clasificación PG-13 redujeron parte de su material más aterrador y limitaron el horror médico que dio forma al guion. El director describió la oportunidad de retomar la película como una ocasión para completar la idea que quedó inconclusa en el 2008. El título ampliado, Vrach Frankenshteyn, conecta directamente la nueva edición con su inspiración, Frankenstein. El montaje del director recupera material y remodela la película en torno a la versión más oscura que Carter tenía previsto estrenar. A diferencia del primer largometraje de la franquicia, Expediente X: Lucha por el futuro, el segundo evita la mitología principal de la conspiración alienígena. Carter y Spotnitz estructuraron la historia como una investigación independiente, más cercana a los casos individuales de la serie de televisión. La trama se centró en las acciones humanas, la percepción inexplicable y los límites éticos de la medicina. La película también cuenta con Billy Connolly como el padre Joe, Amanda Peet como la agente del FBI Dakota Whitney, Alvin “Xzibit” Joiner como el agente Mosley Drummy y Callum Keith Rennie como Janke Dacyshyn. En tanto, Mitch Pileggi regresa como Walter Skinner. El montaje del director llega justo cuando The X-Files se prepara para regresar con una nueva serie de Ryan Coogler, quien escribirá y dirigirá el piloto, que sigue a dos nuevos agentes del FBI asignados a una división cerrada hace mucho tiempo que investiga fenómenos inexplicables. Danielle Deadwyler y Himesh Patel encabezarán el reparto como personajes originales en lugar de nuevas versiones de Mulder y Scully. Chris Carter será productor ejecutivo, mientras que Jennifer Yale supervisará la serie. Hulu aún no ha anunciado una fecha de estreno. Gillian Anderson ha expresado su apoyo al proyecto, aunque ni Anderson ni David Duchovny han recibido confirmación para aparecer. Cabe precisar que Carter siempre se quedó con el gusanillo de hacer un 'Expediente X' aterrador: "Siempre quise volver atrás y meter los sustos". Ahora por fin ha tenido la oportunidad, con 'The X-Files: I Want to Believe - Vrach Frankenshteyn'. "Llega un momento en el que necesitas cumplir la promesa, y yo quiero hacer mucho más que cumplir. Quiero darles [a los fans] lo que menos esperan", afirmó Carter sobre su trabajo. "Sé que suena un tanto confuso, pero tenía un plan mayor y todo tenía sentido. Tendrá sentido, confiad en mí" asevero, acerca de la película que desde el 14 de agosto ya está disponible en Hulu y Disney+.

miércoles, 12 de agosto de 2026

EE.UU.: Una grotesca caricatura

Desde los primeros días de la guerra de agresión entre Estados Unidos e Israel contra Irán, el Criminal de Guerra Donald Trump ha emitido sistemáticamente ultimátums maximalistas y amenazas de una fuerza militar abrumadora, solo para retractarse en el último momento cuando se enfrenta a la realidad de la inquebrantable resistencia iraní, un patrón que los observadores han llegado a llamar TACO, o “Trump siempre se acobarda”. En efecto, esta frase fue acuñada por primera vez por el columnista del Financial Times, Robert Armstrong, en mayo del 2025 para describir la tendencia de la administración a dar marcha atrás en políticas económicas agresivas, pero ha encontrado una relevancia renovada y sorprendente en medio de la volátil escalada en Asia Occidental tras la guerra conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán y los acontecimientos posteriores. A lo largo de estos meses, tanto antes como luego del alto el fuego, Washington ha recurrido repetidamente a amenazas militares extremas para forzar concesiones por parte de Teherán, para luego dar marcha atrás discretamente cuando se enfrentaba a una firme resistencia, a la presión diplomática o a las inquietudes de los mercados mundiales. El patrón ha sido previsiblemente constante: una amenaza pública formulada con un lenguaje maximalista, a menudo acompañada de plazos drásticos, seguida de la negativa iraní a cumplirla, y que culmina en una revocación, prórroga o suspensión de última hora de la acción amenazada. Este ciclo se ha repetido con tal constancia que los observadores internacionales, los mercados financieros e incluso los planificadores militares iraníes han llegado a anticipar que las advertencias más severas de Trump acabarán dando paso a la negociación en lugar de a la ejecución. La persistencia de este patrón no solo ha socavado la credibilidad estadounidense en el escenario mundial, sino que también ha demostrado la eficacia de la disuasión estratégica de Irán, ya que la postura inflexible de Teherán ha obligado repetidamente a Washington a recalcular los graves costes de la confrontación directa. El primer episodio de TACO relacionado con Irán que ha sido ampliamente citado ocurrió el 21 de marzo del 2026, cuando emitió públicamente lo que describió como “un plazo de cuarenta y ocho horas” para que Irán aceptara sus ridículas propuestas. Tras semanas de agresión militar contra Irán y ataques de represalia iraníes, el ultimátum exigía concesiones rápidas en relación con las actividades nucleares de Irán y su postura militar regional, advirtiendo que el incumplimiento “desencadenaría una importante acción militar”. Los funcionarios estadounidenses incrementaron simultáneamente el despliegue militar en la región del Golfo Pérsico, creando la impresión de que ya se había preparado un amplio paquete de ataque contra la República Islámica. Como era de esperar, los dirigentes iraníes no aceptaron el dictamen. Las declaraciones oficiales de Teherán desestimaron el ultimátum como una presión psicológica, y la preparación militar dentro de Irán continuó sin tener en cuenta el ultimátum. Cuando expiró el plazo de cuarenta y ocho horas, no se produjo ningún ataque estadounidense. En cambio, Washington extendió el calendario diplomático e indicó que aún eran posibles nuevas conversaciones, lo que constituye el primer ejemplo importante de la amenaza de la administración Trump con una acción militar inminente para luego retractarse discretamente. Tan solo a los pocos días, Trump intensificó significativamente su retórica una vez más, advirtiendo que “si Irán no cumplía con las exigencias estadounidenses, el ejército de Estados Unidos estaba preparado para destruir elementos clave de la infraestructura civil iraní, incluyendo la generación de electricidad, las instalaciones de producción de petróleo y la isla de Jark”. El lenguaje incendiario representó una de las amenazas públicas más fuertes emitidas por Washington durante la guerra impuesta, lo que sugiere una intención de paralizar los cimientos económicos de Irán. Como podéis suponer, Teherán volvió a rechazar el ultimátum, y los oficiales militares iranies declararon públicamente que la República Islámica tomaría represalias contra las bases militares regionales estadounidenses y la infraestructura energética en todo el Golfo Pérsico si se producían tales ataques. Pero a pesar del lenguaje agresivo, no se produjeron ataques estadounidenses contra la infraestructura civil iraní y continuaron los contactos diplomáticos a través de mediadores regionales. Este se convirtió en el segundo acontecimiento citado con frecuencia por los analistas que discuten el repetido ciclo de escalada y desescalada de Trump contra Irán en los últimos meses, lo que demuestra su indecisión y creciente frustración ante su evidente fracaso. Quizás la escalada retórica más famosa se produjo a principios de abril, cuando, durante un discurso en la Casa Blanca, Trump advirtió que Estados Unidos podría hacer retroceder a Irán “a la Edad de Piedra”, dando a entender un ataque abrumador contra la infraestructura crítica del país. La amenaza generó de inmediato expectativas de ataques inminentes. Pero la administración volvió a dar marcha atrás en el último momento y canceló la operación prometida, manteniendo los despliegues militares en sus posiciones mientras Washington seguía explorando opciones diplomáticas. El contraste entre la severidad del lenguaje y la ausencia de una acción militar importante e inmediata se convirtió rápidamente en uno de los ejemplos definitorios de la narrativa TACO, ya que los observadores notaron que Irán había resistido una vez más la tormenta de la retórica estadounidense sin hacer las concesiones que Washington exigía con vehemencia e ilógicamente. El ejemplo más famoso del patrón TACO surgió los días 7 y 8 de abril, cuando Trump anunció públicamente un plazo límite y advirtió que, de no alcanzarse un acuerdo aceptable para Estados Unidos, se producirían ataques contra centrales eléctricas, puentes y otras infraestructuras estratégicas iraníes. La amenaza iba acompañada de un lenguaje escalofriante que advertía de que “toda una civilización morirá esta noche, para no volver jamás”, cruzando una línea que ningún presidente estadounidense se había atrevido o querido cruzar antes contra la República Islámica. A tan solo dos días de la fecha límite, Irán había presentado una propuesta de diez puntos destinada a detener la agresión estadounidense-israelí contra Irán, y en un principio Trump la había rechazado, mostrando una postura inflexible. Pero aproximadamente una hora antes de que expirara el ultimátum, la administración suspendió abruptamente los ataques planeados y, en su lugar, anunció un alto el fuego de dos semanas para permitir nuevas negociaciones, en línea con la misma propuesta iraní que Trump había rechazado previamente. Trump proclamó un “alto el fuego bilateral” y añadió que, a cambio de que él detuviera la campaña de bombardeos, Irán había accedido a la apertura completa, inmediata y segura del estrecho de Ormuz. Los funcionarios iraníes presentaron de inmediato una interpretación diferente, y el ministro de Asuntos Exteriores, Abás Araqchi, dejó claro que Irán no cedería en ninguna de sus posiciones de presión ni siquiera durante el período de alto el fuego, demostrando así que Teherán seguía teniendo la sartén por el mango y era quién controlaba la situación. El cambio de postura, que se produjo justo antes de la fecha límite anunciada, se convirtió rápidamente en el ejemplo más comentado del TACO relacionado con Irán y fue citado por los analistas como un caso clásico de una amenaza maximalista seguida de una retirada de última hora en favor de la diplomacia. El alto el fuego anunciado el 8 de abril se describió inicialmente como temporal, pero cuando se acercaba su vencimiento, Trump lo prorrogó de forma inesperada y unilateral, alegando que “Pakistán había solicitado más tiempo para la diplomacia” lo cual no era cierto. Este hecho se convirtió en otro episodio de retirada estadounidense ampliamente comentado, ya que solo unas horas antes, los funcionarios iraníes habían previsto nuevos bombardeos y estaban preparados para cualquier eventualidad. Durante todo este período, las amenazas de Trump continuaron incluso cuando la agresión militar activa permaneció suspendida, y el megalómano advirtió que “la continua resistencia iraní podría tener consecuencias catastróficas para el país”. Varios comentaristas argumentaron que estos repetidos retrocesos debilitaron considerablemente la credibilidad de la disuasión de Washington, ya que Irán parecía cada vez más dispuesto a esperar la próxima pausa diplomática en lugar de ceder de inmediato. La prórroga unilateral del alto el fuego más allá de su duración anunciada originalmente, el aplazamiento reiterado de los ataques mientras Pakistán intentaba mediar y la extensión de treinta días del levantamiento de las sanciones durante las negociaciones siguieron el mismo patrón de amenaza seguida de retirada por parte de Estados Unidos. Por su parte, los críticos ridiculizaron otro momento al estilo TACO, señalando que, en apariencia, la decisión de Trump era otro ejemplo de cómo adoptó una postura maximalista para luego retractarse de una manera que borró sus líneas rojas y generó más dudas sobre su estrategia de guerra. El control indiscutible de Irán sobre el estrecho durante el alto el fuego puso de manifiesto que Trump no tenía buenas opciones en una guerra que se le había escapado de las manos y que estaba desesperado por terminar. El temor a que poner fin a la guerra con el control iraní del estrecho fuera un desastre estratégico y una derrota para Trump era palpable entre sus partidarios, pero el ciclo de amenazas y retiradas continuó. Tras los renovados ataques estadounidenses y la represalia iraní en mayo, Trump advirtió nuevamente que se avecinaba un importante ataque estadounidense, declarando que “las fuerzas estadounidenses estaban preparadas para asestar golpes devastadores a las capacidades militares iraníes”. En lugar de proceder de inmediato, más tarde declaró que parecía haber una muy buena posibilidad de que pudieran llegar a un acuerdo, y que, si podían hacerlo sin bombardear, estaría muy contento. Por lo tanto, los anunciados ataques a gran escala se pospusieron una vez más a la espera de negociaciones diplomáticas, ya que los estadounidenses se encontraban en una posición desventajosa. Esto supuso otro ejemplo de amenaza con una fuerza abrumadora antes de dar marcha atrás una vez que la diplomacia pareció posible. Pero hay más. A principios de mayo, Trump suspendió temporalmente la denominada Operación Proyecto Libertad, cuyo objetivo era reabrir el estrecho de Ormuz, alegando que “se habían logrado grandes avances hacia un acuerdo integral con Irán”. La operación se reanudó posteriormente, pero la suspensión temporal se enmarcó en la estrategia general de pausar la agresión militar para poner a prueba la diplomacia. La iniciativa de navegación guiada, anunciada con gran bombo y platillo el 3 de mayo, no duró mucho y fue abandonada de facto sin alcanzar sus objetivos declarados, lo que supone otro ejemplo de hacer una gran promesa para luego retractarse humillantemente. En junio, este patrón se había acentuado aún más, con informes que describían los preparativos para otra ofensiva militar estadounidense sustancial, solo para que Trump anunciara que las negociaciones seguían siendo posibles y pospusiera lo que parecía ser un ataque inminente. Posteriormente, se firmó un memorando de entendimiento, con el objetivo de poner fin a la tercera guerra impuesta, por los presidentes de ambos países. Sin embargo, este tampoco impidió que la maquinaria bélica estadounidense continuara con ataques esporádicos. Los analistas señalan que las repetidas pausas han generado incertidumbre tanto entre los aliados como entre los adversarios de Washington sobre si los ultimátums presidenciales representan plazos reales o que en realidad son tácticas de negociación, demostrando la incapacidad de Washington de resolver el problema con las armas, al saber que sería derrotado. A principios de julio, Estados Unidos reanudó los ataques a gran escala contra el sur de Irán luego de que Irán reafirmara su autoridad legítima y legal sobre el estrecho de Ormuz, impidiendo los intentos estadounidenses de cuestionar dicha autoridad. Tras la nueva oleada de ataques estadounidenses, la respuesta iraní fue rápida y decisiva, atacando bases militares estadounidenses en toda la región. Pero en lugar de extender inmediatamente la guerra más allá del sur de Irán, como habían amenazado Trump y sus seguidores, posteriormente indicó que seguía siendo posible un acuerdo diplomático más amplio con Irán. Se interpretó como otro momento TACO moderado, y los observadores señalaron que la administración mantuvo la presión militar al tiempo que retrasaba la campaña mucho mayor que se había anunciado previamente. A diferencia de abril, este episodio implicó un aplazamiento en lugar de una cancelación total, pero el patrón de amenaza seguida de retraso se mantuvo constante. Incluso luego de los repetidos ataques con misiles iraníes en represalia contra instalaciones regionales estadounidenses en Jordania, Kuwait y otros lugares, Trump siguió diciendo a los periodistas que un acuerdo seguía siendo posible y retrasó una represalia más amplia mientras los canales diplomáticos permanecieran abiertos. Esto fue menos dramático que los episodios de abril o agosto, pero siguió el mismo patrón de amenaza seguida de demora. Las reiteradas prórrogas de las ventanas de negociación mediante la mediación pakistaní, las reiteradas afirmaciones de que Irán había convocado primero o deseaba conversaciones seguidas de una diplomacia renovada incluso luego de que Teherán negara públicamente esas afirmaciones, y los repetidos aplazamientos de los ataques amenazados contra la infraestructura energética iraní a la espera de avances en las negociaciones, contribuyeron a un patrón que los observadores consideraban cada vez más predecible. Uno de los ejemplos más recientes tras el alto el fuego de abril se produjo a mediados de la semana pasada, cuando Trump anunció que las fuerzas estadounidenses estaban “listas para atacar” a Irán. Esto ocurrió en medio de informes de prensa que indicaban que Estados Unidos e Israel estaban preparados para lanzar un ataque a gran escala contra el país. Sin embargo, pasado aproximadamente veinticuatro horas, Trump anunció que “los ataques se habían suspendido debido a que habían surgido oportunidades diplomáticas, afirmando que los socios del Golfo Pérsico habían instado a la negociación y expresando optimismo de que se pudiera alcanzar un acuerdo rápido”. Irán negó las informaciones que indicaban que había solicitado negociaciones y rechazó la descripción de Trump, demostrando una vez más que sus amenazas no son más que un medio para intentar controlar los mercados. Los precios del petróleo cayeron inmediatamente luego del anuncio, reflejando las expectativas del mercado de una menor escalada, y este cambio de rumbo fue descrito por los medios internacionales como otra importante muestra de la tendencia de Trump a alternar entre la retórica militar y la diplomacia renovada. El cambio de rumbo de agosto fue particularmente llamativo porque se produjo tras meses de pruebas acumuladas que demostraban que el patrón TACO no era una aberración, sino una característica fundamental del enfoque de Trump hacia Irán. Llegados a este punto, los mercados financieros habían aprendido a descontar los escenarios más extremos que implicaban la retórica del bravucón y sus primeras medidas políticas, apostando a que Trump no permitiría que la situación se deteriorara hasta el punto de que los precios de la gasolina se dispararan a niveles incontrolables y corrieran el riesgo de reavivar una inflación más generalizada, especialmente con las elecciones de mitad de mandato a la vuelta de la esquina en noviembre (donde según todas las encuestas, sufrirá una aplastante derrota). La apuesta implícita era clara: Trump cedería antes de que el mercado se desplomara, y cuanto más cayeran los inventarios, más cerca parecería un acuerdo. A lo largo de estos episodios, los comentaristas que utilizan la etiqueta TACO identifican una secuencia recurrente que se ha vuelto cada vez más predecible. En primer lugar, surge una retórica incendiaria, caracterizada por plazos fijos, amenazas contra infraestructuras civiles estratégicas o advertencias sobre el uso de una fuerza militar abrumadora. Esta retórica va acompañada sistemáticamente de la negativa de Irán a ceder, ya que Teherán generalmente rechaza los ultimátums y da señales de estar dispuesto a tomar represalias. El tercer elemento es un ajuste de última hora, ya que en lugar de ejecutar la acción con la que se había amenazado en el calendario anunciado, Washington prorroga los plazos, acepta los altos el fuego o reanuda las negociaciones. Finalmente, cuando la diplomacia se estanca, la administración suele recurrir a un lenguaje coercitivo, reiniciando así el mismo ciclo. Este patrón no es simplemente una serie de incidentes aislados, sino un enfoque operativo reiterado que ha definido la forma en que la administración actual ha manejado la guerra contra la República Islámica. Sin embargo, la persistencia del patrón TACO tiene implicaciones significativas para la credibilidad de las amenazas estadounidenses y la eficacia de la estrategia de Estados Unidos, como también advierten los analistas estadounidenses. Sostienen que los repetidos aplazamientos y cancelaciones de Trump han reducido la credibilidad de sus ultimátums a una grotesca caricatura, demostrando que la capacidad de disuasión iraní ya no puede negarse ni ignorarse. Los analistas que examinan el patrón TACO han llegado a la conclusión de que las repetidas retiradas de Trump tras amenazas belicosas reflejan una evaluación estratégica más que un cambio repentino de política. La combinación de la capacidad disuasoria creíble de Irán, el riesgo de una escalada regional y las limitaciones militares de Estados Unidos han hecho que otra guerra regional a gran escala sea demasiado costosa para el complejo militar-industrial estadounidense, lo que ha llevado a Washington a depender de amenazas y acciones militares limitadas en lugar de una ofensiva a gran escala. El argumento de que “un ataque estadounidense de gran envergadura” nunca fue una opción realista se basa en la premisa de que Irán había dejado claro que tomaría represalias atacando infraestructuras críticas en los países del Golfo Pérsico, y que los ataques contra instalaciones esenciales como las plantas desalinizadoras tendrían consecuencias catastróficas que serían inaceptables incluso para sus socios regionales. Estados Unidos también se ha enfrentado a limitaciones en sus reservas de armamento avanzado y carece de la capacidad para sostener una campaña prolongada, mientras que Irán está bien posicionado para reponer su suministro de drones y misiles de menor coste con mayor rapidez. A lo largo de este período de crecientes tensiones, Irán ha mantenido una postura inquebrantable, demostrando una firme resistencia en la defensa de su soberanía nacional y sus activos estratégicos frente a la agresión extranjera. Los comandantes y altos funcionarios iraníes se han mantenido firmes, rechazando las amenazas de Washington como operaciones psicológicas desesperadas y manipulación económica destinadas a desestabilizar los mercados regionales. Al negarse a ceder ante las exigencias unilaterales de Occidente y al afirmar su absoluta disposición militar para asestar un contraataque decisivo ante cualquier agresión, Teherán ha neutralizado con éxito la campaña de máxima presión de Washington, poniendo de manifiesto los límites fundamentales de la proyección de poder estadounidense en la región. La respuesta del mercado petrolero a la guerra contra Irán proporciona pruebas convincentes de hasta qué punto se reconoció el patrón TACO y de cómo influyó en el comportamiento financiero. Durante toda la guerra, los inversores parecieron hacer una apuesta arriesgada desde el primer día: que el presidente Trump no permitiría que la guerra se convirtiera en una crisis económica en toda regla y, por lo tanto, no la tendrían en cuenta en los precios, independientemente de lo que sucediera con los suministros físicos. Fue una decisión arriesgada, pero resultó acertada. Los precios del petróleo sin duda han fluctuado durante la guerra, ya que el arma principal de Irán sigue siendo el cierre sin precedentes del estrecho de Ormuz, lo que permite a Teherán interrumpir de la noche a la mañana una quinta parte del suministro mundial de petróleo y gas natural licuado. El precio del crudo Brent, de referencia en el mercado, se disparó desde los 70 dólares por barril antes de la guerra hasta un máximo de 118 dólares a finales de marzo, antes de volver a caer a 83 dólares luego de que Washington y Teherán anunciaran un acuerdo preliminar. La explicación de esta restricción va más allá de la flexibilidad del mercado físico y se extiende a la apuesta implícita por los límites impuestos por Trump. Las reservas se agotaron a un ritmo sin precedentes durante la guerra, disminuyendo a una tasa promedio de 5,3 millones de barriles por día entre marzo y mayo, y los inventarios alcanzaron niveles peligrosamente bajos justo cuando el hemisferio norte entraba en el pico de la demanda estival. En pocas palabras, los inversores creían que cedería antes de que el mercado se desplomara. Por lo tanto, cuanto más bajaban los inventarios, más cerca parecía estar el acuerdo, y este patrón debería resultar familiar para quienes han observado el enfoque general de Trump en materia de gobierno. El ciclo persistente de posturas y retirada tiene implicaciones significativas para la credibilidad y la disuasión estadounidenses en el escenario mundial, marcando de hecho el fin de la era de la hegemonía estadounidense. Los analistas han interpretado en gran medida las amenazas de Trump como una táctica de negociación influenciada por la presión de intereses proisraelíes, más que como una intención genuina de librar una guerra de mayor envergadura, dada la amarga experiencia de las dos guerras anteriores que resultaron en derrotas decisivas para Estados Unidos. El hecho de recurrir repetidamente a amenazas incumplidas solo ha servido para socavar la credibilidad de Washington, ya que la red de inteligencia iraní ha estado vigilando de cerca los movimientos militares estadounidenses y ha preparado las respuestas adecuadas. La dinámica del TACO dejó cada vez más claro, tanto para los actores regionales como para los observadores internacionales, que la retórica agresiva de Washington no representa más que bravuconería táctica, una percepción que tiene profundas implicaciones para la diplomacia y la disuasión estadounidenses. De esta manera, la doctrina TACO se ha convertido en el rasgo distintivo del enfoque de Trump hacia Irán, un patrón de amenaza y retirada que ha demostrado los límites de la proyección de poder estadounidense al tiempo que ha reforzado la eficacia de la disuasión estratégica iraní, frente a un enemigo que se sabe ya derrotado...

HALO / CAMPAING ENVOLVED: De vuelta a empezar

2026 es un año redondo para Xbox: no solo se cumplen 25 años desde el nacimiento de la marca, sino que el Jefe Maestro, uno de sus mayores iconos, también está de celebración. En efecto, este año, Halo: Combat Evolved celebra su 25º aniversario, y con motivo del cuarto de siglo cumplido, presenta Halo: Campaign Evolved, un remake del título del 2001 realizado íntegramente con Unreal Engine 5. Se trata de un experimento único dentro de toda la franquicia que se sustenta sobre la espléndida base jugable de Halo: CE. Tal y como reveló Halo Studios durante aquel histórico anuncio donde se confirmó que el Jefe Maestro también llegaría a PS5, Halo: Campaign Evolved (2026) es un remake de Halo: Combat Evolved (2001) hecho con Unreal Engine 5. Ahora bien, no se trata de una traslación 1:1 de juego original a los estándares técnicos y de rendimiento modernos, sino que hay varias novedades, así como ciertas modificaciones que hacen que el juego se sienta clásico y, a la vez, inhóspito para quienes disfrutaron del debut de John-117 hace un cuarto de siglo. Teniendo esto en cuenta, no ahondaremos en la trama del juego base, ya que a estas alturas se ha dicho todo lo que se tenía que decir sobre el punto de partida argumental de la franquicia. En su lugar, a lo largo del análisis, nos enfocaremos en aspectos puramente técnicos y jugables, además, de valorar añadidos como la minicampaña-precuela Operación Meteorito. El primer cambio evidente con respecto al Halo original es el apartado técnico y visual. Como muchos otros juegos modernos, cuenta con modos Rendimiento y Calidad. En modo Rendimiento, la experiencia es excelente desde el punto de vista de la fluidez: el juego mantiene 60 FPS completamente estables y un frame pacing impecable. Para lograrlo, eso sí, recurre a una resolución dinámica bastante agresiva que se “come” alrededor del 50% y 75% de la resolución interna 4K en los momentos de mayor carga gráfica. La concesión está clara: la nitidez fluctúa, pero el control y la respuesta permanecen siempre inalterables. Por otro lado, el modo Calidad es decepcionante; aunque prioriza una imagen cercana a los 4K nativos y tiene un framerate desbloqueado que puede acercarse a los 60 FPS en escenas menos exigentes, en la práctica el resultado deja bastante que desear. Las constantes oscilaciones de rendimiento y un frame pacing muy irregular hacen que la sensación de fluidez sea inconsistente, hasta el punto de percibirse peor que muchos juegos bloqueados a 30 FPS. En la práctica, el modo Rendimiento ofrece una experiencia más estable y recomendable. Cabe precisar que Halo: Campaign Evolved supone el debut de la franquicia en Unreal Engine 5, un cambio tecnológico que se deja notar desde el primer minuto. Halo Studios ha reconstruido por completo los modelos de los personajes para hacerlos más acordes con la identidad visual de Halo Infinite, además rehacer los escenarios con materiales mucho más detallados, añadir una iluminación global más avanzada, vegetación mucho más densa, efectos volumétricos como niebla y humo, así como reflejos y sombras de mayor calidad. Sin embargo, todo ello pierde gran parte de su impacto cuando va en detrimento de la propia jugabilidad. Con respecto al apartado sonoro, Campaign Evolved cuenta con un nuevo doblaje en castellano que ha respetado a los intérpretes de personajes principales en entregas previas como el propio Jefe Maestro, Cortana o Johnson, aunque la calidad intepretativa es algo dispar entre los personajes principales y los secundarios. Por momentos, nos retrotrae hasta casi la época del original, aunque por los motivos equivocados. La música, por su parte, sigue siendo excelente: los temas clásicos han sido remezclados de manera respetuosa, si bien es cierto que no dejamos de tener la impresión de que no suenan en los momentos en los que deberían ni con la intensidad con la que habrían de hacerlo. Pero vayamos al otro gran meollo de la cuestión: la jugabilidad. Aquí vamos a ser directos: el core jugable se mantiene y es excelente, si bien es cierto que no todos los cambios y extras de Campaign Evolved cuajan de la misma manera. El primero de ellos - y uno de los más comentados desde que se reveló - es el esprint. Ahora, el Jefe puede esprintar de manera indefinida, algo que puede romper el ritmo en determinadas secciones donde en el original era casi imposible avanzar sin liquidar a todos los enemigos. Aunque se percibe cierta intencionalidad en intentar equilibrar el esprint tanto editando ciertos escenarios, como la infame Biblioteca, como calibrando la tabla de daños de algunos enemigos - las formas infecciosas de los Flood ahora ya no son tan “inofensivas” como antes -, parece que no se ha llegado a encontrar una armonía que haga que su inclusión parezca natural. Otro de los grandes cambios es la eliminación del sistema de salud y botiquines del original; bajo el escudo regenerativo de la armadura MJOLNIR de John-117 se encontraba una barra de salud que solo podía recuperarse encontrando botiquines repartidos por el escenario. Ahora, en su lugar, Campaign Evolved introduce dos barras que se regeneran automáticamente, aunque a ritmos distintos: primero el escudo y, unos segundos después, la propia salud. Se trata de un cambio conceptual tan incomprensible como innecesario; si el objetivo era eliminar los botiquines, habría sido mucho más coherente apostar por un sistema basado únicamente en el escudo regenerativo como el que ya había en Halo 3. El gunplay también ha cambiado: como comentamos más arriba, las tablas de daños de las armas y los enemigos han sido alteradas considerablemente, por lo que no podemos jugar “de memoria”, especialmente en las dificultades más altas. Ahora, además, podemos hacer zoom con todas las armas usando el visor integrado en el casco del protagonista, lo que nos permite ganar en precisión y atacar a cierta distancia con más fiabilidad que antaño. La IA enemiga, por su parte, es generalmente similar a la que en su momento fue tan laureada; en el presente se le ven algo las costuras, pero sigue siendo bastante competente. Por cierto, Halo: Campaign Evolved se ha atrevido a integrar varias armas e incluso enemigos de títulos posteriores, como los Flood Forma Tanque o el Rifle Aguijón de Halo: Reach. Esto dota de variedad al título y lo hace menos monótono, ya que no solo nos enfrenta a peligros que no existían en Combat Evolved, sino que además se nos pone sobre la mesa nuevas herramientas con las que lidiar con ellos. Por lo pronto, no nos ha parecido que estos añadidos rompan el ritmo demasiado, o al menos no lo hacen de una manera tan evidente como las otras mecánicas anteriormente mencionadas. La aventura puede ser completada de principio a fin en modo cooperativo, ya sea local o a través de Internet, donde también hay juego cruzado entre las distintas plataformas. Mientras que el cooperativo a pantalla partida hace que el rendimiento se resienta levemente - de forma comprensible -, jugar con otras personas a través de la red es la experiencia que nos ofrecerá la mayor fluidez, siempre y cuando tengamos una conexión estable. Eso sí: los escenarios más angostos, como los innumerables interiores Forerunner, pueden ser excesivamente caóticos junto con tres personas más porque el original nunca fue concebido para cuatro SPARTAN arrasando conjuntamente a sus enemigos y los escenarios tampoco han sido adaptados para albergar semejante cantidad de jugadores. Pero a margen de las diez misiones principales - como en Combat Evolved -, Campaign Evolved incluye Operación Meteorito, que funciona a modo de precuela y secuela para conectar los eventos de Halo con Halo 2. Son tres misiones independientes de la campaña principal en las que presenciamos cómo un año antes de los eventos de la Instalación 04, el Jefe Maestro y Johnson se infiltran en una nave del Pacto para robar valiosos datos de navegación que podrían cambiar el curso de la guerra a favor de la humanidad. La duración total del juego con este extra se puede ir a las 10-12 horas en dificultad Heroica. En conclusión, Halo: Campaign Evolved dista por mucho de ser la reinterpretación definitiva de la aventura original del Jefe Maestro. No es un juego malo en absoluto, pero sí que queda lastrado por ciertas decisiones de diseño discutibles, así como por diversos problemas técnicos relativos al uso de Unreal Engine 5. La esencia del clásico de Bungie permanece prácticamente intacta y es precisamente lo que sustenta este experimento que lamentablemente no es el gran remake que Halo: Combat Evolved merecía para celebrar su vigesimoquinto aniversario. Se trata de una experiencia recomendable tanto para veteranos como para nuevos jugadores, aunque cuesta quitarse la sensación de que esta oportunidad daba para mucho más.
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