Tras un mes de guerra contra Irán, una conclusión destaca con más claridad que cualquier otra cosa declarada en todas las ruedas de prensa: ni EE.UU. ni Israel entraron en este enfrentamiento con la intención de librar una guerra prolongada. En efecto, la campaña se concibió como un episodio breve y brutal, una operación de choque diseñada para doblegar la voluntad de Irán, obligándolo a volver a la mesa de negociaciones en condiciones humillantes o, en las fantasías más ambiciosas que circulaban en el círculo político del Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Donald Trump, provocar un colapso interno y quizás incluso un cambio de régimen. El objetivo de los sionistas era algo diferente, aunque complementario. Quería infligir el máximo daño posible a la infraestructura militar y estratégica de Irán, debilitarla durante años y reconfigurar el equilibrio regional mediante la fuerza. Sin embargo, en el primer mes de combates, la premisa central de ambos enfoques comenzó a desmoronarse rápidamente. Y es que, en lugar de ceder y someterse por la fuerza a los designios de la Bestia, Irán resistió como un Estado que lucha por su supervivencia y ha pasado a la ofensiva. Los planificadores estadounidenses parecen haber imaginado una maniobra punitiva limitada que duraría quizás una o dos semanas. La lógica era familiar y, desde su punto de vista, elegante: atacar con fuerza, generar temor, desestabilizar las estructuras de mando, aumentar el costo económico y crear un momento en el que el liderazgo iraní se enfrentara a una disyuntiva crucial entre la capitulación y el desastre. Algunos en el bando criminal de Trump parecen haber creído que el sistema político iraní era lo suficientemente frágil como para ceder ante la presión. Esa suposición ahora parece menos una estrategia y más una proyección. Washington entró en la guerra esperando una ventaja rápida, en lugar de una contienda prolongada de resistencia. Y fracasó. Israel, por su parte, parece haber abordado la fase inicial con menos ilusiones diplomáticas y mayor determinación de debilitar a Irán por la fuerza. El instinto estratégico en Jerusalén Oeste no consistía principalmente en negociar con Teherán desde una posición de fuerza, sino en aprovechar la cobertura de una ofensiva respaldada por Estados Unidos para atacar lo máximo posible y hacer retroceder a Irán en términos militares, tecnológicos y geopolíticos. En ese sentido, los objetivos de los sionistas eran más duros y concretos. Pero incluso aquí, el primer mes puso de manifiesto una contradicción. Un Estado puede dañar a Irán. Puede matar, perturbar, sabotear y bombardear. Sin embargo, debilitar a Irán no es lo mismo que destruirlo. Una campaña que cause daño, pero no lo paralice decisivamente, puede terminar fortaleciendo a Teherán política, moral y estratégicamente si el Estado atacado logra sobrevivir, tomar represalias y convertir su resistencia en legitimidad, como ya esta sucediendo. Y es precisamente ahí donde Irán aprovechó la oportunidad. Teherán rompió el esquema mental con el que muchos estadounidenses habían interpretado la crisis. En Washington, la guerra parecía haberse concebido como un episodio táctico. En Teherán, se entendía como una lucha estratégica, incluso existencial. El liderazgo iraní no actuó como si participara en otro ciclo de negociación, sino como si hubiera entrado en una confrontación decisiva sobre soberanía, disuasión y supervivencia del Estado. Esa diferencia en la profundidad estratégica ha marcado el primer mes más que cualquier ataque con misiles. Un bando que lucha por mejorar las condiciones de negociación suele detenerse cuando el precio se vuelve incómodo. Un bando que lucha porque cree que la derrota pondría en peligro su futuro absorbe el dolor de manera diferente, calcula de manera diferente y escala con un tipo de disciplina diferente. Al mismo tiempo, las autoridades iraníes recibieron una importante oportunidad política interna. La agresión externa casi siempre transforma el estado de ánimo interno de un país atacado, e Irán no fue la excepción. Cualesquiera que fueran los resentimientos, las divisiones y las frustraciones que existían en la sociedad iraní antes de la guerra, el ataque de Estados Unidos e Israel le brindó a Teherán la oportunidad de consolidar a la población en torno al Estado, la bandera y la idea de la supervivencia nacional. En momentos como estos, incluso un gobierno que enfrenta críticas puede reposicionarse como defensor de la nación contra la violencia extranjera. Esto no elimina las tensiones internas ni resuelve mágicamente los problemas internos de Irán. Pero sí le da al liderazgo margen para invocar el patriotismo, el sacrificio y la resistencia de una manera que habría sido mucho más difícil en circunstancias normales. Para el Estado iraní, esto podría resultar ser uno de los efectos políticos más importantes de la guerra. A partir de ese momento, lo que se suponía que sería una operación de intimidación empezó a parecer una trampa reputacional para EE.UU. Washington aún posee una capacidad destructiva abrumadora, pero el poder nunca se mide solo por la potencia de fuego. También se mide por la claridad política, por el realismo de los objetivos, por la capacidad de influir en los resultados sin perjudicarse a sí mismo y por la credibilidad del orden que se dice defender. En el primer mes de esta guerra, EE.UU. dañó los cuatro aspectos. Entró con una retórica de fuerza y ya se ha visto obligado a hablar de pausas, canales de mediación, mensajes indirectos y plazos prorrogados bajo presión. Esto no parece una superpotencia imponiendo condiciones. Parece una que descubre que la coerción es más fácil de iniciar que de concluir. Las consecuencias económicas por sí solas hacen que la operación parezca estratégicamente contraproducente. Una guerra de este tipo no se limita a los mapas militares. Se extiende a los precios del petróleo, los seguros marítimos, la cautela de los bancos centrales, la presión inflacionaria, el costo de los alimentos, el pánico de los inversores y la inestabilidad política en países alejados del campo de batalla. Lo que en Washington se presentó como una conmoción geopolítica limitada ha comenzado a asemejarse a un acelerador que se vierte sobre una economía mundial ya inestable. En ese sentido, uno de los efectos a largo plazo más probables no es simplemente la turbulencia en Oriente Medio, sino el creciente riesgo de una recesión global. Y si la recesión se materializa, EE.UU. habrá contribuido a ella no como un observador pasivo del caos, sino como uno de sus principales productores. Hay una profunda ironía en ello. Washington lanzó esta guerra proclamando hipócritamente “seguridad y fortaleza”, pero podría terminar exportando inseguridad a escala global mientras debilita su propio margen de maniobra económica. La segunda consecuencia importante es geopolítica y, a largo plazo, potencialmente aún más grave. Esta guerra está acelerando la fragmentación del sistema internacional. Es una lección más para el mundo: la dependencia de las garantías estadounidenses conlleva una creciente incertidumbre, volatilidad ideológica y unilateralismo repentino. Se recuerda a los aliados que Washington puede iniciar una guerra de gran envergadura y luego exigir solidaridad a posteriori. Se recuerda a los socios que la toma de decisiones estadounidense puede estar condicionada por instintos electorales, manipulación mediática y la confianza desmedida de funcionarios que confunden la disrupción con la estrategia. Se recuerda a los Estados neutrales que, en momentos de crisis, la soberanía y la diversificación importan más que las consignas de alineación. Así es como crece la multipolaridad en la práctica: mediante repetidas demostraciones de que el antiguo centro ya no puede controlar los acontecimientos sin desestabilizarlos. Por cierto, la guerra también ha puesto de manifiesto la fragilidad de la cohesión en Occidente. Los aliados tradicionales de Estados Unidos no respondieron como Washington esperaba. Los gobiernos europeos mostraron escepticismo, irritación y, en algunos casos, un distanciamiento manifiesto. El cansancio de la alianza se hace evidente bajo presión. La OTAN sigue existiendo, sigue invirtiendo y sigue coordinando esfuerzos. Pero, tanto política como psicológicamente, la antigua imagen de un bloque occidental plenamente unido ha sufrido otro revés. La credibilidad en los sistemas de alianzas es acumulativa. Se construye a lo largo de décadas y puede debilitarse con cada crisis. Cada episodio en el que Washington actúa primero y consulta luego, cada arrebato que trata a los socios como meros instrumentos en lugar de actores políticos, cada exigencia de obediencia sin explicación estratégica erosiona aún más la confianza. Una alianza militar puede sobrevivir a tal erosión durante un tiempo, especialmente cuando sus miembros todavía temen a adversarios comunes. Pero el alma política de una alianza es más difícil de reparar que sus presupuestos. El primer mes de guerra con Irán ha ampliado la distancia emocional y estratégica entre EE.UU. y algunos países de Europa, y lo ha hecho en un momento en que las instituciones occidentales ya cargaban con el peso de contradicciones internas. Occidente, en su conjunto, es ahora mucho menos colectivo de lo que pretende ser, y este conflicto no ha hecho sino evidenciarlo. Las amenazas de Trump de abandonar la OTAN por no querer unirse a su guerra de agresión contra Irán solo lo ahondarían. Entretanto, para los estados del Golfo, el conflicto también abre la puerta a una nueva era. Sus concepciones de seguridad se basaron durante décadas en una dependencia controlada del paraguas estadounidense, combinada con una ambiciosa transformación social y económica interna. Ese modelo ahora parece menos estable. Las corruptas petromonarquías del Golfo se enfrentan a una dura realidad. Siguen expuestas a represalias iraníes, a interrupciones en las rutas marítimas, a crisis energéticas y a la posibilidad de que Washington actúe con decisión, pero de forma impredecible. En cualquier caso, la antigua premisa de que “el poder estadounidense equivale automáticamente al orden regional” se ha debilitado. Para las élites del Golfo, esto significa que la doctrina de seguridad y la estrategia de desarrollo ya no pueden considerarse ámbitos separados. Se están convirtiendo en una misma cuestión. La región está entrando en una nueva era en la que las antiguas fórmulas de protección, crecimiento y equilibrio político deberán revisarse. En tanto, la posición de Irán es más paradójica. Militarmente, ha sufrido grandes pérdidas. Económicamente, sigue bajo una presión aplastante. El daño interno es real y grave. Sin embargo, la política no se reduce a un simple balance de destrucción. Mucho depende de cómo termine la fase actual. Si Teherán se viera finalmente obligado a hacer concesiones humillantes, los avances actuales en imagen y posicionamiento podrían desvanecerse. Pero en esta etapa, Irán ha mejorado innegablemente su posición internacional en un sentido crucial: ha demostrado que puede responder a Washington y resistir una inmensa presión. En gran parte del mundo no occidental, y en amplios sectores de la opinión pública mundial profundamente recelosos del intervencionismo estadounidense, Irán es visto cada vez menos como la caricatura del discurso oficial occidental y más como un Estado que se defiende de la agresión de Estados Unidos e Israel. Sobrevivir bajo ataque puede ser políticamente transformador. Existe también un efecto simbólico más amplio. Durante años, la premisa dominante en muchas capitales occidentales fue que Irán podía ser acorralado, aislado, intimidado y sometido gradualmente a la sumisión estratégica. El primer mes de guerra no ha validado esa visión. En cambio, ha recordado a los observadores que las potencias medianas, bajo una presión extrema, aún pueden generar sorpresas estratégicas cuando se organizan internamente en torno a la resistencia, la asimetría y la paciencia política. Irán no necesitaba una victoria convencional para alterar el significado del conflicto. Solo tenía que negar el rápido resultado político que esperaban los agresores. Y al hacerlo, modificó el panorama psicológico de la guerra. Mientras tanto, Israel podría ser el único actor capaz de obtener una ventaja política a corto plazo, aunque incluso esta sea limitada y peligrosa. Los beneficiarios inmediatos parecen ser la ultraderecha israelí actualmente en el poder. Para ellos, la guerra amplía el margen para el endurecimiento ideológico, la política de seguridad y el argumento de que la fuerza máxima es el único lenguaje que entiende la región. Una confrontación prolongada con Irán también contribuye a mantener la dinámica política interna dentro de un marco de emergencia, donde la disidencia puede ser marginada y las agendas radicales pueden tener mayor alcance. Pero esto no equivale a una victoria estratégica israelí. Se trata de una ventaja política para una facción en particular, no necesariamente una ventaja estable para los sionistas a largo plazo. Una región sumida en una guerra permanente no garantiza la seguridad a largo plazo, ni siquiera para el bando que actualmente se siente en ascenso. Si se analiza el balance al cabo de un mes, la paradoja se hace patente. El país con mayor poderío militar puede ser también el que más ha perdido estratégicamente. EE.UU. ha sufrido daños a su reputación, ha intensificado las dudas sobre su criterio, ha mermado la confianza de sus aliados, ha agravado la inestabilidad económica mundial y ha acelerado la deriva multipolar que tanto tiempo ha intentado frenar. Israel ha logrado un entorno regional más hostil y una apertura temporal para sus fuerzas políticas más intransigentes. Irán ha pagado un alto precio, pero también ha demostrado resiliencia, ha reforzado su discurso de resistencia y ha mejorado su posición internacional ante muchos que ahora lo ven como un país atacado, en lugar de un Estado paria que debe ser castigado. Los Estados del Golfo se han visto obligados a replantearse su estrategia. Europa ha recordado que la solidaridad transatlántica ahora tiene límites bien definidos. En otras palabras, Occidente sigue armado, sigue siendo rico, sigue teniendo una gran influencia institucional, pero ya no es políticamente homogéneo. Por eso, el primer mes de la guerra no debe interpretarse únicamente a través de mapas de ataques, recuentos de bajas y movimientos tácticos. Su significado más profundo reside en otro lugar. Ha revelado la bancarrota de una ilusión recurrente en la política exterior estadounidense: la creencia de que se puede usar la violencia como una breve demostración, forzar una capitulación estratégica y retirarse antes de que se manifiesten las consecuencias políticas. Ese guion funcionó mal incluso en un mundo más simple. En un mundo fragmentado, propenso a la inflación, ansioso por la energía y cada vez más cansado de las conmociones unilaterales estadounidenses, funciona aún peor. Irán entendió la confrontación como una lucha por la supervivencia. Washington la trató durante demasiado tiempo como una maniobra. La historia tiende a castigar con severidad ese tipo de asimetría. Al final del primer mes, comenzaron a surgir intentos cautelosos de negociación, y son los estadounidenses quienes parecen más interesados en explorar esa vía. Esto, por sí solo, dice mucho sobre cómo se ha desarrollado la campaña. El bando que imaginaba que impondría rápidamente su voluntad ahora está mucho más interesado en encontrar una salida de lo que esperaba. Pero las partes en conflicto aún están lejos de la paz. Sus posiciones siguen separadas por la desconfianza, la ira, los objetivos bélicos incompatibles y la lógica acumulada de la escalada. El resultado final del conflicto sigue siendo profundamente incierto, quizás más ahora que al principio. La niebla no se ha disipado; se ha espesado. Sin embargo, una cosa está clara incluso en medio de la confusión. Casi todos los involucrados perciben que la catástrofe se está agravando. La guerra ya no se ve como un enfrentamiento contenido con límites definidos. Cada vez se percibe más como una reacción en cadena cuyo alcance se expande política, militar, económica y psicológicamente. El temor ahora no es solo a más destrucción, más desplazamientos y más desestabilización regional. Es también al punto en que la escalada se convierte en algo mucho más oscuro, incluyendo la posibilidad de una catástrofe nuclear. Ese temor aún puede parecer extremo para algunos, pero el hecho de que ahora se exprese abiertamente nos indica cuán peligroso se ha vuelto este conflicto. La conclusión más aleccionadora es, por tanto, también la más simple. En lugar de restaurar la autoridad estadounidense, un mes de guerra ha puesto al descubierto sus límites. En lugar de reunificar el bloque occidental, ha demostrado cuán dividido y condicionado se ha vuelto. En lugar de resolver la cuestión iraní, ha dejado claro que Irán no puede ser tratado como un mero objetivo táctico. Ha sido el fracaso de una estrategia. Y en lugar de hacer del mundo un lugar más seguro, lo ha hecho más fragmentado, más desconfiado, más costoso y más inestable. (Últimas informaciones dan cuenta que Trump ha dispuesto el envío de 10 mil marines para dar inicio en los próximos días a la invasión terrestre de Irán, donde los esperan un millón de soldados listos para entrar en acción y mandarlos en bolsas negras de vuelta a casa.... Bienvenidos al infierno)
Entre los escritos sobre Jesús que la Iglesia no incluyó en el Nuevo Testamento, figuran los llamados evangelios gnósticos, textos en los que Cristo transmite un conocimiento especial a una minoría selecta, a la que de este modo asegura la salvación. Como sabéis, en una fecha que desconocemos, hacia el año 30, Jesús murió ejecutado en la cruz, en Jerusalén. Mientras los judíos - que fueron responsables de su muerte - lo consideraban “un impostor o un blasfemo”, otros creían que en realidad era el Mesias y que mantenía una relación directa con Dios. Con el correr del tiempo, el movimiento de estos últimos aumentó y se dividió, de manera que a mediados del siglo II los cristianos estaban repartidos en múltiples grupos con distintos textos sagrados; como Jesús no había dejado nada por escrito, cada grupo interpretaba sus palabras y sus actos como podía. Pero esta diversidad de opiniones sobre cómo entender a Jesús puede reducirse a tres corrientes principales. Sus primeros seguidores: La primera estaba compuesta fundamentalmente por aquellos que habían seguido más de cerca a Jesús durante su vida y fueron testigos de sus milagros, así como de su propia resurrección y su ascenso al cielo, prometiendo volver. Todos creían en él como el Mesías, el Hijo de Dios que iba a instaurar su reinado sobre la Tierra y juzgar a los hombres; Los paganos convertidos: La segunda corriente estaba formada sobre todo por antiguos paganos convertidos a la fe cristiana siguiendo las directrices de Pablo de Tarso. Aunque éste se autodenominaba «apóstol», no había sido discípulo directo de Jesús, e incluso había perseguido a los primeros cristianos. Pero luego se convenció de que éstos tenían razón: Jesús era el Mesías verdadero. A esta idea añadió Pablo la noción de que Jesús era el Hijo real de Dios, según le había dicho el propio Jesús. Esta corriente era la más fuerte y mejor organizada. Su creencia fundamental consistía en que Jesús había aceptado su propia muerte, decidida por su Padre, como un sacrificio necesario para eliminar los pecados contra Dios no sólo del pueblo judío, sino de todos los hombres. Los elegidos: Había un tercer grupo bastante más escaso en número, en el que participaban sus seguidores iniciales y antiguos paganos, que se creía del todo especial. Sus miembros sostenían que eran superiores: sólo ellos disfrutaban de un conocimiento secreto, de una revelación gracias a la cual conseguirían la salvación total y absoluta. Y pensaban que tan particular revelación se les había concedido porque eran descendientes de Set, el tercer hijo de Adán. Pero ¿en qué consistía esta sabiduría secreta? Creían que los paganos sólo estaban compuestos de cuerpo y de «hálito vital», lo que les permitía actuar en el mundo, pero nada más; eran casi como animales. También creían que quienes pertenecían a la Iglesia cristiana normal tenían cuerpo y un «alma» superior al simple hálito vital, pero esta alma apenas entendía los mensajes divinos. Sólo ellos, los hijos de Set, tenían, además de «cuerpo» y «alma», un «espíritu» que procedía directamente de la divinidad. Sin embargo, no eran plenamente conscientes de que su cuerpo albergaba esta chispa divina porque el ser humano está separado de Dios por el cuerpo, por la materia que la envuelve y la aprisiona entre deseos y sufrimientos. Dios envió una cadena de seres encargados de revelar estas verdades y el camino de la salvación a algunos escogidos. La cadena comenzó con Adán, continuó con su hijo Set y siguió con Moisés y los profetas hasta llegar a Jesús, quien reveló que la porción de espíritu aprisionada en el cuerpo de los gnósticos debía volver a unirse con Dios, y que en eso consistía la verdadera salvación. Como el «espíritu» sólo había sido concedido a esta minoría, sus miembros podían ser llamados «espirituales». Y por haber recibido la revelación, «conocían» o sabían más que otros; por consiguiente, se les podía denominar «conocedores», en griego «gnósticos». Ellos eran los únicos capaces de entender plenamente las Escrituras reveladas del Antiguo y del Nuevo Testamento (esto es, de los libros de la Biblia escritos antes y luego de la vida de Cristo). Creían que esos escritos contenían los mensajes del Gran Revelador e Iluminador, Jesús. Mientras los demás los entendían superficialmente, ellos lo hacían a fondo. Poseían la verdad religiosa absoluta; Los evangelios gnósticos: En el siglo II d.C., tras el paso de Jesús por la tierra, algunos maestros gnósticos como Valentín o Basílides habían recibido este conocimiento espiritual, la gnosis, y lo habían puesto por escrito. Sostenían que sus ideas eran las mismas que Jesús había revelado, entre su resurrección y su ascenso a los cielos, a algunos de sus íntimos, como Juan, Santiago (el «hermano del Señor»), el apóstol Felipe, Tomás o María Magdalena. También afirmaban que estos discípulos habían dejado un testimonio escrito de lo que Jesús les había dicho a ellos, sus elegidos. Conocemos estas obras atribuidas a los seguidores de Cristo con los nombres de «Evangelio» de Tomás, de Felipe, de María Magdalena e incluso de Judas, o con otras denominaciones que no incluyen la palabra «evangelio» pero que lo son, en el sentido de que contienen palabras de Jesús: Sabiduría de Jesucristo, Carta de Pedro a Felipe, Pistis Sofía, Apocalipsis de Pedro, Apocalipsis de Santiago... Todos estos textos forman parte de la literatura apócrifa del Nuevo Testamento. Ante todo, cabe precisar que la palabra «apócrifo» deriva del verbo griego apokrypto, «ocultar». En un principio, un libro apócrifo era el que convenía mantener oculto por ser demasiado precioso, no apto para ser entregado a manos profanas. También se designaban como «apócrifos» los libros que procedían de una enseñanza secreta o la contenían, como es el caso de los escritos gnósticos. Sin embargo, como los gnósticos se apartaban de las posiciones dominantes en la Iglesia, el vocablo «apócrifo» adquirió muy pronto el sentido de «falso», y esta acepción negativa es la que hoy prevalece. La Iglesia rechazó los textos gnósticos y no los incluyó en el Canon de los libros sagrados que forman el Nuevo Testamento. Aquellos textos se fueron perdiendo y durante mucho tiempo sólo se conocieron a través de lo que de ellos explicaban sus adversarios, sobre todo Ireneo, obispo de Lyon, que escribía hacia el año 200. De esta manera, pasaron más de mil quinientos años hasta su redescubrimiento. Alguno, como Pistis Sofía, fue localizado a finales del siglo XIX, mientras que el resto de los que hoy conocemos fueron hallados en diciembre de 1945 cerca de Nag Hammadi, una localidad egipcia. Los códices en papiro allí encontrados contenían multitud de textos cristianos y paganos, fundamentalmente gnósticos, gracias a los cuales podemos saber cómo vivían las comunidades gnósticas en los albores del cristianismo. Un grupo gnóstico comenzaba casi siempre por una aparente revelación divina a una personalidad religiosa sobresaliente, que transmitía a sus seguidores la sabiduría recibida; a menudo, esta transmisión se producía durante ciertos ritos de iniciación. Las revelaciones se solían escribir en libros difíciles de entender para los no iniciados, ya que en una comunidad gnóstica se daba una estricta división entre los conocimientos exotéricos, a los que podían acceder personas que no pertenecían al grupo, y los conocimientos esotéricos, que sólo estaban a disposición de los miembros de la comunidad. Los iniciados podían formar una Iglesia aparte, pero, en general, los gnósticos cristianos solían aceptar la existencia de una Iglesia común, la «oficial», de la que se consideraban un grupo selecto. En todo caso, podían formar grupúsculos apartados parcialmente de la Iglesia, con sus propias plegarias, himnos y sacramentos; Sacramentos especiales: En un sistema gnóstico no existen los sacramentos en estricto sentido, como acciones que transmiten por sí mismas la salvación a quienes las reciben. Para un gnóstico, la salvación es un acto intelectual: consiste en recibir una revelación y aceptarla. Pero, como indica el Evangelio de Felipe, los sacramentos eran símbolos que escenificaban que el «espiritual» estaba viviendo la «resurrección», o unión con la divinidad, ya en esta vida carnal. El bautismo significaba que el espíritu quedaba libre de los demonios que lo acechan; y, a la hora de presentarse ante Dios, era un signo de haber sido elegido. La unción, que se solía celebrar junto con el bautismo, tenía gran importancia. Se ungían con aceite diversas partes del cuerpo, principalmente la cabeza, lo que servía para defenderse de los demonios y aliviar las enfermedades, pero la unción era, ante todo, un símbolo de la redención y del don de la definitiva inmortalidad: el ungido gnóstico se asimilaba al ungido por excelencia, Cristo, nombre que proviene del término griego Khristós, traducción a su vez de la palabra «mesías», que significa «ungido». En algunos grupos la unción era tan significativa que hacía superfluo el bautismo. En cuanto a la eucaristía, parece que era una imitación del rito cristiano normal, entendido de forma simbólica: en la ingestión del pan y el vino se veía una recepción del «hombre perfecto», simbolizado por Jesús. La ceremonia de la «cámara nupcial» era también una suerte de sacramento gnóstico. El iniciado era introducido en un aposento que representaba una cámara nupcial, y allí tenía lugar de modo místico la unión del espíritu del gnóstico con su otra parte celeste y con Dios. No parece que ello entrañase un acto sexual entre dos creyentes, al estilo del «matrimonio sagrado» pagano, sino que era un acto puramente espiritual. En cuanto al denominado beso o abrazo cultual, no aparece como un sacramento, sino como una acción que acompañaba otros ritos como el bautismo o la unción, y servía para expresar la fraternidad entre los «espirituales» o la iniciación en la comunidad. Se besaban en la boca, pero este hecho no tenía significado sexual, como lo indica el Segundo apocalipsis de Santiago: «Jesús me besó en la boca y me abrazó diciendo: Amado mío, he aquí que voy a revelarte cosas que los cielos no han conocido» (56,10-20). La ética de los gnósticos iba de acuerdo con sus principios teóricos. El verdadero gnóstico vivía en libertad, sólo regido por el amor (Evangelio de Felipe, 77, 15-35), y practicaba una vida ascética, de esfuerzo en pro de la virtud. Para él nada valían las distinciones sociales y la riqueza: sólo llegar al cielo y gozar eternamente de la unión con Dios. Si bien el prejuicio acerca de los libros apócrifos continua hoy en día, estos son recomendables para ser leídos e interpretados, ya que contienen muchos pasajes acerca de la vida de Jesús que hoy desconoceríamos, debido a que no aparecen en los Evangelios autorizados por la Iglesia.
Algo que no se puede negar y que la prensa occidental con su vomitiva propaganda no ha podido ocultar, es que Irán, a pesar de los intensos ataques que está recibiendo por parte de los EE.UU. y las ratas sionistas desde hace cuatro semanas, no ha cedido un ápice en su resistencia frente a sus encarnecidos enemigos, y que por el contrario, ha pasado a la ofensiva lanzando misiles de largo alcance - que pueden incluso llegar a Europa - tanto contra la base anglo-estadounidense Diego García (ubicada en medio del Océano Indico), como a la central nuclear israelí de Dimona, así como sus instalaciones de la industria aeroespacial, sin dejar de seguir bombardeando a la propia Tel Aviv, causando indeterminado número de muertos y cientos de heridos, con grave daño a su infraestructura - y ello es solo el comienzo - demostrando que su fortaleza es inquebrantable, a pesar de lo que diga el Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Donald Trump, quien como el imbécil que es, repite una y otra vez la misma cantaleta: “Su armada ya no existe”. ¿Entonces quién bloquea el estrecho de Ormuz?; “¡Sus misiles han desaparecido!” ¿Entonces quién bombardea Israel?; “La guerra está ganada” ¿Entonces, porque pide a gritos ayuda a la OTAN? Este hombre es tremendamente estúpido. Sin embargo, sus mentiras - que ni el mismo se los cree – quedan al descubierto, porque acto seguido afirma que “¡Sin EE.UU. la OTAN es un tigre de papel!”, denunciando que “los europeos son unos cobardes porque se quejan de los altos precios del crudo, pero no quieren ayudar a abrir el estrecho de Ormuz” rematando con el aviso de que “Washington lo recordará” , y todo por la negativa de “sus socios” a participar en el conflicto, quienes alegan que “no es nuestra guerra”, invocando por el contrario que Trump salga como pueda de ella, debido al grave daño a la economía mundial que está ocasionando, y del cual, según diversos analistas, no sabe cómo hacerlo. Creía que era ‘un paseo militar’, pero la realidad es que los misiles le están entrando por donde más le gusta... Irán, por el contrario, se había estado preparando durante años para este momento, con sus bases de lanzamiento de misiles y plantas nucleares ubicadas en lo más profundo de las montañas (adonde el enemigo no puede dañarlos) por lo que, para ellos, la guerra recién ha comenzado y saben que la van a ganar. En efecto, el ataque de Washington contra Teherán ignora su resiliencia, su posición central y los riesgos económicos globales de otro experimento fallido, demostrando que Washington no ha aprendido las lecciones correctas de los resultados de sus pasadas políticas de cambio de régimen en Oriente Medio, llevadas a cabo en gran medida en un intento por garantizar la seguridad a largo plazo de Israel. Como sabéis, las intervenciones militares estadounidenses para provocar cambios de régimen han dejado tras de sí conflictos internos, divisiones étnicas, inestabilidad política y económica, el auge de grupos islámicos, terrorismo, persecución de minorías y flujos de refugiados en los países atacados. Esto fue especialmente evidente en Irak y Siria. En tanto, Afganistán y Libia no fueron atacados con el objetivo de garantizar la seguridad de Israel, sino como parte de la llamada “guerra contra el terrorismo”, con el fin de asegurar el control sobre la política de esta región más amplia, incluidos sus recursos, y con el objetivo de erosionar la influencia de Rusia en esta parte del mundo. Lo que sucedió en realidad en esos cuatro países, es que se han convertido en Estados fallidos, y fuente de gran inestabilidad en la región. Ello demuestra que cualquier estrategia de cambio de régimen en Irán que tenga en mente la balcanización del país, tendría consecuencias desastrosas para el Medio Oriente y más allá. Esta región posee enormes reservas de petróleo y gas, por lo que la región es fundamental para el funcionamiento de la economía global. La guerra por ello es intrínsecamente desestabilizadora para las economías de todos los países que la conforman. Cabe precisar que las ambiciones territoriales, rivalidades geopolíticas e inseguridades de cualquier grupo de países no deben menoscabar los intereses de la comunidad global en su conjunto. Si se respetara la Carta de las Naciones Unidas y el Consejo de Seguridad funcionara eficazmente, se podría prevenir la guerra, ya sea por elección propia o impulsada únicamente por los intereses de seguridad de un país en particular. Irán se diferencia de los estados del Golfo en cuanto a su tamaño, población y capacidad militar. Posee una población altamente educada y una sólida base científica y tecnológica. No es una monarquía y, si bien no se ajusta a la descripción de las democracias occidentales, cuenta con procesos democráticos propios. Su estructura estatal, incluyendo las fuerzas armadas, le confiere resiliencia. El país ha estado sometido a severas sanciones occidentales, pero las ha superado, lo que le ha otorgado resistencia ante la presión. Su base ideológica religiosa le permite afrontar las dificultades. Además, domina geográficamente el estrecho de Ormuz, un punto estratégico crucial para el transporte de petróleo y gas desde esta rica región. En este contexto más amplio, la criminal agresión estadounidense-israelí contra Irán puede considerarse un grave error de cálculo. Los sionistas llevan mucho tiempo sintiendo una amenaza existencial por parte de Irán y ha presionado a Estados Unidos para que emprenda acciones militares con el fin de eliminar su programa nuclear, por no hablar del propio régimen. El lobby judío en Estados Unidos, reconocido por su gran poder, ha impulsado este objetivo, pero presidentes estadounidenses anteriores se resistieron a esta presión. De hecho, Barack Hussein Obama negoció el JCPOA como solución al problema nuclear. El Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Donald Trump, a pesar de sus discursos sobre sus iniciativas para que le otorguen “el Premio Nobel de la Paz” (?), fue el primero en tomar la decisión de intervenir militarmente de forma directa en junio del 2025 atacando las instalaciones nucleares de Irán, y posteriormente, en febrero de este año, lanzó una operación militar de mayor envergadura contra el país, demostrando la hipocresía de sus palabras. Los objetivos declarados por este psicópata asesino para lanzar esta injustificada guerra contra Irán han cambiado en su formulación. En junio del 2025, anunció “que el programa nuclear iraní había sido aniquilado”. Sin embargo, en las semanas previas al conflicto actual, entabló negociaciones con Irán sobre su programa nuclear, utilizando a Omán como mediador ¿Pero no dijo que lo había destruido? Simultáneamente, desplegó un contingente militar estadounidense cerca de Irán, lo que sugiere que su objetivo iba más allá de la cuestión nuclear. EE.UU. siempre ha querido frenar el programa de misiles de Irán, así como su papel regional, para limitar su capacidad de atacar a las ratas sionistas, como quedó demostrado durante el conflicto de 12 días en junio del 2025. Otro objetivo de Washington era obligar a Teherán a poner fin a su apoyo a los grupos islámicos que amenazan la seguridad de Israel, como Hamás, Hezbolá y los huttíes. Si EE.UU. creyó que asesinar al líder supremo iraní, sus altos mandos militares y de inteligencia provocarían el colapso del régimen, esa estrategia fracasó. De hecho, en junio del 2025, Trump anunció que EE.UU. conocía la ubicación exacta del ayatolá Ali Khamenei y que podía eliminarlo si fuera necesario. Es posible que Trump pensara que su éxito en Venezuela, al capturar al dictador Nicolás Maduro mediante una operación militar limitada y reemplazarlo con la dócil vicepresidente del país, podría replicarse en Irán, pero no ocurrió así. El pedófilo afirmó que el cambio de régimen en Irán “no era un objetivo”, pero este vil sujeto es conocido por sus declaraciones contradictorias. Ahora está bombardeando la infraestructura militar y civil iraní y lanzando advertencias ominosas de que Irán “será destruido como país”. Estados Unidos afirma que hasta el momento “ha alcanzado 6.000 objetivos” en Irán. El ataque con misiles Tomahawk contra una escuela iraní, que causó la muerte de 165 niñas e hirió a muchas otras, ha provocado una fuerte reacción en contra tanto a nivel nacional como internacional, al tratarse de un crimen de guerra, y con mayor razón cuando ese enfermo mental diga que matar gente “es más divertido”. Pero la firme resistencia mostrada por Irán, ha demostrado que sus cálculos han fallado. Pero a pesar que las irracionales expectativas de Trump de una “victoria rápida” se han visto frustradas, su retórica criminal sigue siendo brutal e insensible. Trump ha exigido la "rendición incondicional" de Irán, lo que teóricamente descarta cualquier negociación. Han surgido además rumores sobre el despliegue de tropas estadounidenses sobre el terreno, lo que sería impopular entre los seguidores de Trump, ya que entraría en contradicción con su discurso de campaña de que Estados Unidos ya no participará en "guerras interminables". Es más, tras reuniones informativas clasificadas del Senado, algunos legisladores estadounidenses han expresado públicamente su consternación por la falta de claridad en los objetivos de la administración Trump en Irán y su desconocimiento del desenlace final, que bien puede convertirse en un nuevo Vietnam, lo que traería consigo otra humillante derrota. Cabe precisar que el estrecho de Ormuz es una baza crucial para Irán. Incluso antes de que los persas pudieran bloquear el tráfico marítimo a través del estrecho, las aseguradoras ya habían interrumpido el transporte de petróleo al negarse a cubrir los siniestros. Dado que el 20% del suministro mundial de petróleo transita por este estrecho, la actual interrupción ha disparado los precios del crudo a más de 120 dólares por barril. El resultado irónico es que Estados Unidos ha anunciado el levantamiento de las sanciones al petróleo ruso y ha concedido a India una exención de 30 días para comprar petróleo ruso, con la intención declarada de evitar un aumento drástico de los precios. Esto supone un giro radical respecto a la política anterior, que imponía un arancel punitivo del 25% a Nueva Delhi por comprar petróleo ruso y alimentar la "maquinaria de guerra de Putin”, como lo han expresado funcionarios de la administración Trump. No cabe duda de que se trata de una maniobra interesada destinada a controlar el aumento de los precios de la gasolina para los consumidores estadounidenses, ya que esto podría tener graves consecuencias electorales para el Partido Republicano en las elecciones de mitad de mandato de noviembre al Congreso de Estados Unidos, donde se prevé que sufrirá una aplastante derrota, lo que lo ha llevado incluso a decir que esos comicios “no deben realizarse” buscando de alguna manera en anularlas. Como recordareis, la administración Biden había alentado públicamente a la India a comprar petróleo ruso para mantener estable el precio del crudo, una política que Trump había criticado duramente pero que ahora ha adoptado. Rusia se beneficia enormemente tanto política como económicamente, ya que esto no solo ha demostrado que el petróleo ruso no puede excluirse del mercado internacional, sino que también ha colocado a Europa, que ha mantenido una política de ruptura total de relaciones energéticas con Rusia, que los ha dejado en una situación insostenible, a merced de los caprichos de EE.UU. que se los vende a mayor precio a pesar de sr de mala calidad. Aun así, la UE - cual perros falderos sin orgullo ni dignidad - se ha opuesto al levantamiento de las sanciones temporales al petróleo ruso. Por cierto, la agresión contra Irán ha puesto a la India en una situación muy difícil. Casi 10 millones de indios residen en los países del Golfo. Gran parte de las importaciones de petróleo y gas de la India provienen de esta región: entre el 35 % y el 50 % de sus importaciones de crudo, el 90 % de sus importaciones de GLP y el 42 % de sus importaciones de GNL transitan por el estrecho de Ormuz. Alrededor del 38 % (equivalente a 45.000 millones de dólares) de las remesas totales de la India, que ascendieron a 135.000 millones de dólares en el año fiscal 2025, procedían de esta región, siendo el mayor porcentaje el de los Emiratos Árabes Unidos. La India ha firmado acuerdos de libre comercio con los Emiratos Árabes Unidos y Omán, y está negociando uno con el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) en su conjunto. Los Emiratos Árabes Unidos se habían convertido en el centro de los ambiciosos planes de cooperación de la India con esta región en áreas tecnológicas de vanguardia como la inteligencia artificial, las supercomputadoras, las energías renovables, el espacio, las embajadas digitales y los pequeños reactores modulares. Esto se enmarcaba en la búsqueda de combinar el talento humano indio con el potencial de inversión disponible en los países del Golfo. Sin embargo, el modelo de negocio y financiero, junto con la calidad de vida y la seguridad que ofrecen los países del Golfo, podrían verse seriamente comprometidos si la guerra se prolonga, continúan los ataques iraníes contra bases estadounidenses y objetivos civiles en dichos países, se daña la infraestructura y el estrecho de Ormuz permanece bloqueado o se interrumpe el tráfico marítimo. Para Nueva Delhi, esto supondría un duro golpe, más aún por su alevosa traición a Teherán, al permitir el hundimiento por parte de Washington de una fragata iraní desarmada que transportaba a cadetes de vuelta a casa, que habían visitado la India. Este país mantiene estrechos lazos con Estados Unidos e Israel, así como con los países del Golfo. Irán es un vecino importante, e India tiene intereses estratégicos en Irán, ya sea el acceso a Afganistán y Asia Central a través del puerto de Chabahar y la conectividad con Rusia mediante el Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur (INSTC), una red multimodal de 7200 km que conecta India, Irán, Rusia y Asia Central por vía marítima, ferroviaria y terrestre, sin mencionar su pertenencia común a los BRICS y la OCS, pero todo ello quedo de lado con el hundimiento de un buque iraní frente a las costas de Sri Lanka por un submarino estadounidense con la complicidad de Nueva Delhi, algo que los iranies ya le están haciendo pagar por el crimen cometido, al negar el paso de sus buques petroleros por el estrecho de Ormuz, provocando el caos en su economía. Por cierto, la campaña contra Irán no se limitaba a degradar capacidades militares o erosionar activos estratégicos: aspiraba a reconfigurar el orden político en su conjunto. Pero, este resultado no se ha materializado. La República Islámica no se ha derrumbado ni ha entrado en una fase de fragmentación apreciable. Tampoco han emergido señales consistentes de descomposición interna, ni las instituciones clave han mostrado indicios de colapso. Por el contrario, el Estado ha exhibido cohesión, capacidad de adaptación y una notable aptitud para absorber presión sin perder continuidad operativa. Para los responsables políticos en Washington y Tel Aviv, esta persistencia constituye una anomalía incómoda, un desenlace que sus marcos analíticos no anticipaban. Para quienes observan la relación entre proyección estratégica y realidad institucional, el episodio confirma un diagnóstico más amplio: la estrategia descansaba sobre una lectura defectuosa de Irán, una lectura que ignoraba tanto la lógica interna del Estado como la dinámica de su sociedad. Una de las premisas centrales de esa fallida estrategia era que el Estado iraní podía ser desarticulado mediante la eliminación selectiva de sus nodos de liderazgo. La hipótesis implícita asumía una estructura jerárquica rígida, una cadena de mando lineal y una dependencia crítica de un número reducido de actores. Bajo ese marco, la decapitación produciría desorganización, seguida de una rápida erosión de la capacidad de coordinación. La experiencia reciente sugiere lo contrario. El entramado institucional iraní no se ajusta a ese modelo. La autoridad se distribuye a través de múltiples capas, las funciones se solapan y los mecanismos de sucesión están diseñados para operar sin fricción visible. La eliminación de una figura relevante no genera necesariamente un vacío de poder; más bien activa procesos de sustitución que mantienen la continuidad operativa. La toma de decisiones se desplaza, se reconfigura y se redistribuye sin que ello implique una ruptura sistémica. Esta arquitectura responde a un aprendizaje acumulado durante décadas de confrontación asimétrica. Irán ha operado bajo condiciones sostenidas de presión externa: sanciones, guerra convencional, operaciones encubiertas y asesinatos selectivos. En ese contexto, la redundancia y la descentralización no son anomalías, sino características de diseño. Constituyen una respuesta adaptativa a un entorno hostil, orientada a preservar la integridad del sistema frente a perturbaciones recurrentes. Desde esta perspectiva, los intentos de degradación militar no se traducen automáticamente en efectos políticos lineales. La interpenetración entre funciones militares, económicas y administrativas dificulta la segmentación del sistema. El Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica no actúa únicamente como un actor militar; está integrada en infraestructuras críticas, redes económicas y dispositivos de gobernanza. Atacarla como si fuera una estructura convencional implica subestimar su densidad institucional y su capacidad de regeneración. La consecuencia es que la presión externa no circula de manera predecible. Los ataques generan disrupción, pero la disrupción no equivale a colapso. El sistema absorbe el impacto, redistribuye funciones y reconstituye equilibrios internos. Lo que desde fuera puede interpretarse como opacidad o ineficiencia responde, en realidad, a una lógica de resiliencia deliberada. Tratar al Estado iraní como una estructura frágil no solo conduce a errores de cálculo; impide comprender la racionalidad que subyace a su persistencia. El segundo eje de la estrategia montada por EE.UU. descansaba en una lectura igualmente problemática de la sociedad iraní. Se asumía que la población podía ser activada desde el exterior con agentes infiltrados de la CIA y el Mossad para originar protestas en sus calles, que la combinación adecuada de presión militar y señalización política generaría una alineación con los objetivos de las potencias externas. Bajo esta lógica, la sociedad aparecía como un campo en espera, predispuesto a movilizarse una vez debilitado el aparato estatal. Pero ello ha fracasado. Esta interpretación simplifica en exceso la complejidad social. Las dinámicas políticas y económicas en Irán se producen en un marco interno, atravesado por conflictos, negociaciones y equilibrios que no responden a agendas externas. La relación entre la sociedad y el Estado es contingente, variable y profundamente contextual. Los actores sociales no operan como receptores pasivos de estímulos externos; interpretan, filtran y responden en función de sus propias condiciones materiales y simbólicas. La expectativa de que la presión externa generaría una convergencia política se ha visto desmentida por los hechos. La amplificación de figuras en el exilio, la construcción de narrativas de alternativa inmediata y la escenificación de momentos simbólicos no han producido la alineación anticipada. Más bien han evidenciado la distancia entre la proyección externa y la realidad interna. La legitimidad política no puede importarse ni inducirse mecánicamente desde fuera. Existe, además, un patrón recurrente en la lectura occidental de la sociedad iraní: la tendencia a interpretar el descontento como antesala de una alineación con objetivos externos. Este desplazamiento analítico - que confunde posibilidad con inevitabilidad - lleva a sobreestimar la capacidad de influencia externa. La existencia de tensiones internas no implica que estas puedan ser canalizadas desde fuera en una dirección predeterminada. La agencia social se ejerce en contextos específicos y responde a incentivos que no coinciden con los intereses de actores extranjeros. La persistencia de estas suposiciones apunta a un problema más amplio en la formulación de política exterior. La anticipación sustituye a la observación, y el deseo se presenta como análisis. Los escenarios se construyen a partir de supuestos simplificados, en los que la complejidad se reduce a variables manejables. La incertidumbre se transforma en narrativa, y la agencia de los actores locales queda subordinada a expectativas externas. Este enfoque introduce una distorsión sistemática. Los responsables políticos interpretan la brecha entre intención y resultado como un fallo de ejecución, no de diagnóstico. En lugar de revisar las premisas, intensifican las herramientas: más presión, más recursos, más riesgo. El resultado es una acumulación de costes - materiales, humanos y reputacionales - sin una correspondencia clara en términos de objetivos alcanzados. En el caso iraní, esta dinámica se manifiesta con claridad. La campaña ha generado efectos tangibles: daños materiales, pérdidas humanas y un incremento de la tensión regional. Sin embargo, no ha producido el resultado político que la “justificaba”. El sistema no ha colapsado, ni ha entrado en una fase de transición controlada desde el exterior. La distancia entre los objetivos declarados y los resultados obtenidos revela el fracaso de esa estrategia. Para Irán, el desenlace es distinto. El Estado ha absorbido la presión, ha reconfigurado sus equilibrios internos y ha mantenido la continuidad institucional. Las decisiones siguen respondiendo a dinámicas internas, no a las expectativas externas. El proceso político continúa, con sus propias tensiones y contradicciones, pero sin ajustarse al guion proyectado desde fuera. La campaña pone de relieve una lección recurrente: la capacidad de coerción externa tiene límites cuando se enfrenta a sistemas políticos con estructuras adaptativas y legitimidades complejas. La imposición de cambio mediante presión militar o simbólica puede alterar comportamientos en el margen, pero rara vez reconfigura sistemas en profundidad sin la concurrencia de dinámicas internas. El error reside en concebir la política como un mecanismo susceptible de control remoto. Bajo esta lógica, los actores externos se atribuyen una capacidad de intervención que no se corresponde con la realidad. La complejidad se subestima, la resistencia se interpreta como anomalía y la persistencia del sistema se convierte en una sorpresa. La brecha entre expectativa y resultado no es accidental; es estructural. Refleja una forma de pensar la política internacional que privilegia la proyección sobre el análisis, y la intervención sobre la comprensión. Mientras esa brecha persista, es probable que estrategias similares produzcan resultados comparables. La experiencia reciente sugiere que la política basada en supuestos rígidos tiende a generar errores de cálculo acumulativos. Cuando esos supuestos incluyen la fragilidad del adversario, la maleabilidad de su sociedad y la eficacia de la coerción externa, el margen de error se amplía. El caso iraní ilustra esta dinámica con claridad. La República Islámica ha demostrado capacidad de adaptación y continuidad institucional en un entorno de presión sostenida. La campaña dirigida contra ella no ha producido el colapso anticipado, sino que ha puesto de manifiesto las limitaciones del enfoque que la sustentaba. Más que una anomalía, el resultado es coherente con la estructura del sistema al que se dirigía. La implicación es directa: la transformación política no puede imponerse de manera lineal desde el exterior. Requiere dinámicas internas que no pueden ser sustituidas por presión externa. Ignorar este principio no solo conduce a estrategias ineficaces; contribuye a reproducir un ciclo de intervención y desajuste en el que los objetivos se redefinen sin que los supuestos se revisen. En última instancia, el episodio subraya una cuestión de método. La política exterior que se apoya en la proyección de deseos tiende a confundirse con la realidad que pretende transformar. Cuando esa confusión se institucionaliza, la acción deja de estar guiada por el análisis y pasa a responder a narrativas autoafirmativas. El resultado no es la reconfiguración del sistema objetivo, sino la reiteración del error. La persistencia de Irán no es, en este sentido, una excepción: es el indicio de que el problema reside menos en el objeto de la política que en las categorías con las que se lo intenta comprender. Reiteramos, EE.UU. se ha metido en un lío del que no puede salir, y su derrota se avizora en el horizonte. La gente debe entender que todo lo que Trump dijo este lunes, que “había mantenido conversaciones muy positivas y productivas con Irán” - algo que ha sido desmentido de inmediato por la Cancillería de la nación persa - son únicamente para mantener a los mercados tranquilos. El tipo es un mitómano compulsivo a quien le están propinando la paliza de su vida. (Se dice además que a estas horas está enviando unos 5000 marines para atacar por tierra, sin saber que sus tumbas ya están preparadas. Pobre infeliz, no sabe con quién se está metiendo...)
Desaliñada y elegante por igual, Atenas es una embriagadora mezcla de historia y vanguardia. La vida social y cultural discurre, sortea e impregna los monumentos antiguos, presididos desde lo alto por la magnífica Acrópolis. La energía fluye en las galerías, los debates políticos y el arte callejero. Descubrirla sobre la marcha, sin duda, recompensará a quienes la visiten. En efecto, la vida en Atenas transcurre en la calle y la mejor manera de conocer bien la ciudad es sumarse a su embriagadora combinación de locura y joie de vivre. Desde parques y jardines hasta cines al aire libre y bares de azotea, estas son algunas de las mejores experiencias que ofrece la capital griega. Para empezar ¿Qué os parece un paseo por Atenas? Iniciamos nuestro recorrido por una de las avenidas más largas y probablemente más bonitas de Europa. Se trata del paseo antiguo de 3 km que rodea el centro histórico de la ciudad. Lugareños y turistas por igual disfrutan dando una volta (vuelta) al atardecer por este paseo patrimonial que incluye el templo de Zeus Olímpico, la imponente Acrópolis y el Ágora de Atenas. Detallémoslos a continuación: 1- La Acrópolis: Es el yacimiento antiguo más importante de Occidente. Coronada por el Partenón, se ve casi desde cualquier punto de la ciudad. Su mármol destella de blanco a mediodía y se tiñe de tonos miel al atardecer, para luego deslumbrar sobre Atenas de noche. Atisbar este magnífico lugar siempre eleva los ánimos; 2- Museo de la Acrópolis: En este magnífico museo se exponen los tesoros restantes de la colina de los templos, con especial hincapié en la Acrópolis tal como era en el s. V a.C., apogeo del éxito artístico griego. El museo muestra los distintos estratos de la historia: los suelos de cristal dejan ver las ruinas subterráneas y la propia Acrópolis se observa a través de los enormes ventanales, así que las obras maestras siempre están en su contexto; 3- Museo Arqueológico Nacional: Alberga la mejor colección de antigüedades griegas del mundo. En el enorme edificio neoclásico del s. XIX las salas se suceden repletas de más de 10 000 ejemplos de escultura, cerámica, joyería y frescos, entre otros. Es imposible asimilarlo todo de una tacada, pero se observe lo que se observe, es una maravilla; 4-Templo de Zeus Olímpico: No hay que perderse esta maravilla en pleno centro de Atenas. Por su recinto, es el mayor templo de Grecia. Seguramente también fue uno de los proyectos más eternos de la historia, al empezarlo en el s. VI a.C. y acabarlo en el 131 d.C.; 5- Ágora antigua: Creada en el s. VI a.C., era el centro comercial, político y social de Atenas. Aquí Sócrates exponía su filosofía y san Pablo rezaba. Hoy han retirado los últimos edificios otomanos de la zona para dejar solo los restos clásicos. Es un área verde de descanso, con un templo bien restaurado, un buen museo y una iglesia bizantina; 6- El Zappeion: Es un gran edificio palaciego situado junto a los Jardines Nacionales de Atenas, en el corazón de la ciudad. Se utiliza generalmente para reuniones y ceremonias, tanto oficiales como privadas, y es uno de los monumentos modernos más emblemáticos de la capital griega; 7- Catedral Metropolitana de la Anunciación: Conocida popularmente como la Metrópoli o Mitropoli, es la iglesia catedral del Arzobispado de Atenas y de toda Grecia. Sigue siendo un importante monumento en Atenas y el lugar donde se celebran ceremonias importantes con la presencia de figuras políticas nacionales, así como bodas y funerales de personalidades destacadas; 8- El Parlamento Helénico: Se trata del órgano legislativo unicameral de Grecia, ubicado en el Antiguo Palacio Real, con vistas a la Plaza Syntagma en Atenas. Es un edificio neoclásico construido entre 1836 y 1843 para servir inicialmente como residencia principal de la familia real griega, pero que desde 1929 se convirtió en sede del Parlamento. Por cierto, en el lado oeste del edificio, se ubica el Monumento al Soldado Desconocido, custodiada por una unidad del ejército griego conocida como los Evzones, que conforman la Guardia Presidencial y cuyo cambio de guardia, atrae multitudes de espectadores; 9- La Academia de Atenas: Como podéis suponer, eses la academia nacional de Grecia y centro de investigación de más alto nivel del país. Fue fundada en 1926, con principios que se remontan a la histórica Academia de Platón, y opera bajo la supervisión del Ministerio de Educación. El edificio principal de la Academia, construido en estilo neoclásico, es uno de los monumentos más emblemáticos de Atenas. Si bien esta metrópoli no es una de las ciudades más verdes del mundo, los atenienses saben aprovechar bien los parques y zonas verdes de la ciudad. Así existen, por ejemplo, los Jardines Nacionales (los antiguos jardines reales diseñados por la reina Amalia, en pleno corazón de la ciudad), el monte Licabeto (cuya cima ofrece fantásticas vistas panorámicas de la ciudad y la cuenca del Ática) y el Filopapos (un pinar con algunos de los mejores enclaves desde donde retratar la Acrópolis) son todos lugares muy céntricos; y si hace buen tiempo se llenan de gente en cualquier momento del año. De otro lado, con la llegada de la primavera, la vida cultural de la ciudad toma las calles y los teatros y auditorios al aire libre. El Festival de Atenas es el evento cultural anual más prestigioso y engloba todas las artes, con especial énfasis en el teatro, la danza y la música, que suele celebrarse en varios escenarios al aire libre repartidos por toda la ciudad. Su escenario principal y la joya de la corona del panorama cultural de la capital es, sin duda, el impresionante Odeón de Herodes Ático, al pie de la Acrópolis; un lugar donde todo el mundo debería ver una representación al menos una vez en la vida. Por último, y luego de pasar una noche de fiesta en el Islandis, toca descansar unas horas para que a las mañana siguiente, decirle adiós a Atenas mientras nos trasladamos al aeropuerto y continuar con nuestra ruta De los Cárpatos a los Balcanes, dirigiéndonos a Tirana, la capital de Albania.
A pesar del optimismo expresado por el Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Donald Trump, quien en el colmo de la insania y la estupidez, ha proclamado “victoria” sin haber logrado ninguno de sus objetivos en Irán, llegando al extremo de suplicar a su aliados que lo ayuden a reabrir el estrecho de Ormuz, que Teherán tiene bajo control - con la amenaza de aplicarles aranceles si no lo hacen - cuando decía que “había destruido todo su equipo militar”, sería prematuro afirmar que la campaña militar estadounidense e israelí contra Irán este por concluir o que la crisis se resolverá pronto mediante la mediación internacional. La situación sigue siendo volátil y la capacidad de resistencia del Estado persa es admirable. Sin embargo, incluso en esta etapa inicial, el conflicto plantea interrogantes más profundos sobre el papel que desempeñará EE.UU. en la política mundial una vez que su último y fallido intento por restaurar la hegemonía global haya llegado a su fin. Sin embargo, cabe precisar que con el fracaso de sus planes de conquista de Irán - que pensaba que iba a ser fácil como sucedió con Venezuela - lamentablemente EE.UU. no está a punto de desaparecer de los asuntos internacionales, por lo que los escenarios de un inminente colapso estadounidense aun pertenecen al ámbito de la especulación. Ello debido a que posee un vasto arsenal nuclear, por lo que debe seguir siendo considerada como una potencial amenaza para la humanidad. Pero para Rusia, China y otras grandes potencias, la verdadera cuestión no es si EE.UU. ha dejado de ser un actor central en la política global, sino cómo encajará tras su humillación en el orden internacional en constante evolución. Para Rusia, en particular, este asunto reviste una importancia especial. EE.UU. sigue siendo la potencia más peligrosa del mundo occidental, con la que Rusia ha mantenido históricamente relaciones a la vez estrechas y conflictivas. La geografía y la historia garantizan que los cálculos estratégicos siempre tendrán en cuenta tanto a Europa Occidental como a EE.UU. Por lo tanto, Rusia debe reflexionar detenidamente sobre cómo integrar a EE.UU. en un futuro equilibrio de poder que beneficie sus propios intereses a largo plazo. Los acontecimientos que rodearon la reciente agresión criminal a Irán podrían marcar un punto de inflexión importante. Han puesto de manifiesto los límites del poder estadounidense en un mundo que ya no está dispuesto ni capacitado para aceptar un liderazgo unilateral. Aún no está claro cuánto tiempo podrá Irán resistir la presión militar sostenida, qué grado de ayuda recibirá de sus socios externos y cuánto tiempo estará dispuesto Washington a continuar una campaña que ha superado sus expectativas iniciales y del cual ya no sabe cómo salir, porque Irán no da muestras de “rendirse”, como afirma Trump, sino al contrario, para Teherán la guerra recién ha comenzado. Por lo que, a diferencia del discurso triunfalista de Trump en los medios occidentales, lo que ya se observa es una imagen contradictoria. Sin embargo, los sionistas parecen decididos a seguir adelante hasta el final. Por el contrario, Donald Trump y los miembros de su administración están cada vez más perplejos ante la inesperada resistencia de los persas, que ellos creían imposible. Al mismo tiempo, muchos aliados estadounidenses están visiblemente ansiosos por las consecuencias del conflicto. Quizás lo más importante es que la guerra ya está teniendo graves repercusiones para la economía global. Estas presiones económicas ayudan a explicar por qué circulan rumores de que Washington podría estar buscando discretamente mediadores capaces de entablar un diálogo con Teherán. En este entorno turbulento, Rusia ha expresado su apoyo al pueblo y al Estado iraníes, a los que considera víctimas de un ataque no provocado. Al mismo tiempo, Moscú debe aplicar políticas que se correspondan con sus propios intereses estratégicos. Como una de las principales potencias militares del mundo, a Rusia le preocupa sobre todo el equilibrio de poder en el sistema internacional y el grotesco lugar que EE.UU. ha ocupado históricamente dentro de dicho sistema. Para comprender esta postura, podemos recurrir a una analogía médica. EE.UU. se asemeja a una neoplasia dentro del sistema político global. Sin embargo, a diferencia de la medicina, la existencia de tal «tumor maligno» no necesariamente destruye todo el sistema. En cambio, se integra al desarrollo del organismo, desempeñando un papel especial. La posición que alcanzó EE.UU. en la segunda mitad del siglo XX no fue simplemente el resultado de una superioridad abrumadora. Fue también producto de circunstancias históricas muy específicas. Europa Occidental había sido devastada por la guerra, China se encontraba sumida en una profunda convulsión interna, mientras que Rusia se había aislado en gran medida del resto del mundo durante su espantoso experimento comunista. Estas condiciones permitieron a EE.UU. asumir una posición de liderazgo con notable seguridad. Pero este logro nunca fue el resultado de una conquista imperial clásica comparable al Imperio Romano o al imperio de Gengis Khan. EE.UU. no derrotó a sus principales rivales mediante una victoria militar decisiva. Más bien, emergió como el actor más poderoso en un momento en que otras potencias estaban absortas en resolver sus propios problemas internos. En este sentido, EE.UU. se convirtió en el "último camello" de la caravana que de repente se encontró sorpresivamente a la cabeza cuando los demás se quedaron atrás. Hoy, sin embargo, las circunstancias históricas que propiciaron la hegemonía estadounidense han desaparecido en gran medida y la Pax Americana es hoy cosa del pasado. Ya no existen razones objetivas para que otros centros de poder se queden rezagados y hoy hayan recuperado su importancia, como China y Rusia, que están camino a ser los pilares del Nuevo Orden Mundial del Siglo XXI. En consecuencia, es posible deducir que EE.UU. acabe convirtiéndose en un participante secundario en la política mundial, en lugar de ser la fuerza dominante como lo fuera alguna vez. La crisis iraní ilustra este cambio. Incluso con su enorme riqueza acumulada y sus capacidades militares, EE.UU. no puede someter fácilmente a un Estado grande y resistente sin recurrir a la escalada nuclear, una opción que sigue siendo impensable para todas las partes (aunque de ese desequilibrado que ocupa la Casa Blanca se puede esperar lo peor). En ese sentido, la fracasada incursión de Trump en Irán podría tener una importante relevancia histórica. Demuestra al mundo que los intentos por restaurar la era del dominio estadounidense indiscutible son inútiles. Esta lección no solo es importante para otros países, sino también para los propios estadounidenses, quienes deben, tarde o temprano, aceptar los límites de su poder y definir un nuevo papel en los asuntos internacionales. Rusia, que ha participado en la política mundial durante más de tres siglos, comprende bien estos límites. La mayoría de las demás grandes potencias también. Solo EE.UU. nunca los ha afrontado realmente. Por esa razón, las dolorosas lecciones que se están aprendiendo ahora podrían resultar beneficiosas a la larga. Al mismo tiempo, es importante evitar el pensamiento apocalíptico. La disparatada idea de que “el debilitamiento del dominio estadounidense conduciría inevitablemente al caos global” es en gran medida un recurso propagandístico diseñado para preservar un orden anacrónico que se cae a pedazos. Por ello, un sistema internacional más equilibrado es posible y, en muchos aspectos, deseable. La propia historia de Rusia ilustra este punto. Desde los inicios de EE.UU. como Estado independiente, Rusia utilizó con frecuencia sus relaciones con este país como instrumento para alcanzar sus objetivos de política exterior. En los siglos XVIII y XIX, estos objetivos estuvieron estrechamente ligados a la rivalidad de Rusia con Gran Bretaña. Posteriormente, las relaciones triangulares entre Rusia, Europa y EE.UU. moldearon la dinámica general de la política internacional. Hoy en día, están surgiendo nuevas configuraciones. La presión estadounidense sobre Europa y China podría contribuir, de forma involuntaria, a la formación de un sistema más equilibrado en el que ninguna potencia domine a las demás. Tal resultado se correspondería estrechamente con los intereses de Rusia. El orden internacional que finalmente surja del actual período de agitación será casi con toda seguridad más diverso y complejo que el que lo precedió. Es posible que esta transición venga acompañada de guerras y crisis, pero estas no deben eclipsar la transformación subyacente. Si el mundo atraviesa este período de ajuste sin un conflicto catastrófico, EE.UU. intentará seguir siendo un actor importante en la política global, no porque el mundo requiera su liderazgo, sino porque otras potencias continuarán incorporándolo en sus propios cálculos estratégicos, como la Union Europea, que por la ineptitud de sus lideres, ha demostrado que no puede valerse por sí misma, y prefieren seguir siendo potencias de segundo orden. En el futuro sistema internacional, es indudable que EE.UU. seguirá siendo un factor desestabilizador, pero no de la misma manera que antes. Su decadencia es irreversible, pero aun conservara algún resquicio de poder. (Por cierto, Tucker Carlson ha denunciado que, ante el fracaso de Trump en Irán, este ha amenazado con emplear armas nucleares: “El presidente de EE.UU. ha declarado hoy ante las cámaras: 'Estamos pensando en utilizar armas nucleares contra Irán'. Ha dicho que podríamos aniquilar a Irán, convertirlo en un lugar inhabitable para siempre en una hora. Podríamos acabar con ellos esta misma tarde", repitió el periodista las palabras de Trump, “cuyo uso sería el último gran tabú que queda. Y una vez que se elimine, sabemos por la eliminación de otros tabúes que las cosas cambian muy rápido", enfatizó. El periodista subrayó que, una vez cruzada esa línea, podría desencadenarse con rapidez o de forma progresiva "una serie de intercambios nucleares" capaces de eliminar a la mayor parte de la humanidad, lo que supondría un hecho histórico sin precedentes desde hace 80 años: el empleo real de "un arma nuclear" en combate... La locura en su máxima expresión)
¿Vivimos en un multiverso? Soñadores y autores de ciencia ficción han reflexionado sobre universos paralelos desde que los científicos describieron el nuestro. Nuestro universo contiene todo lo que conocemos: desde planetas, estrellas y galaxias hasta el espacio y el tiempo mismos. Y su tamaño es verdaderamente asombroso, abarcando unos 93 mil millones de años luz, según las estimaciones de los astrónomos. Eso es más de lo que nuestra especie jamás podría explorar. Pero ¿y si nuestro universo no es el único? ¿Y si existen universos alternativos que funcionan sin ser detectados, justo "al lado" del nuestro? Los cosmólogos denominan a esta idea ‘multiverso’, y existen buenas razones para considerar este concepto. De hecho, muchos de los mejores modelos científicos sobre la creación de nuestro universo dependen de la existencia de un multiverso. Ante todo, cabe precisar que la idea del multiverso no surgió de la mano de escritores de ciencia ficción con gran imaginación, sino que se ha originado a partir de otras premisas, como la teoría de cuerdas y la mecánica cuántica. Incluso la teoría de la inflación cósmica, que constituye la base de las ideas actuales de los astrónomos sobre nuestro cosmos, predice la existencia de un multiverso, el cual podría estar repleto de otros universos casi idénticos al nuestro, o podrían ser inimaginablemente diferentes. En cualquier caso, el mundo de los universos paralelos abre un sinfín de posibilidades interesantes (e incluso alucinantes). Como muchos autores han imaginado a lo largo de los años, si existen infinitos universos alternativos, entonces al menos algunos contienen dobles de ti mismo. Pero estas versiones alternativas de ti también podrían experimentar una realidad física completamente diferente, ya que las leyes de la naturaleza no son necesariamente las mismas en todos los universos. Según Max Tegmark, matemático y cosmólogo del MIT, un universo paralelo podría presentarse en cuatro variantes diferentes: 1-Un universo paralelo podría no tener nada cualitativamente nuevo y diferente al nuestro; 2-Un universo paralelo podría tener leyes fundamentales de la física totalmente diferentes; 3-Un universo paralelo podría tener las mismas leyes fundamentales de la física, pero haber comenzado con condiciones iniciales diferentes; 4-Un universo paralelo podría tener las mismas leyes fundamentales de la física, pero reglamentos efectivos diferentes. Como podéis imaginar, muchos científicos han descartado la idea del multiverso a lo largo de los años debido a un hecho que consideran simple: si no se puede salir de nuestro propio universo, entonces no hay forma de demostrar que existan otros universos. Sin embargo, no todos están de acuerdo con esta premisa. Pero ¿cómo podríamos demostrar que vivimos en un multiverso? Si nuestro universo colisionara con otro, ofrecería alguna evidencia, aunque no está claro si sobreviviríamos para estudiarlo. Algunos teóricos han sugerido que la colisión de universos podría dejar puntos fríos o calientes en la radiación cósmica de fondo de microondas (CMB), el resplandor remanente del Big Bang. De ser así, deberíamos poder detectar esos puntos con estudios astronómicos avanzados. Las ondas gravitacionales - ondulaciones en el tejido del espacio-tiempo - también podrían aportar pruebas que respalden la teoría de la inflación cósmica. Esta teoría predice que las ondas gravitacionales remanentes del Big Bang podrían generar pequeñas ondulaciones en la radiación cósmica de fondo, que algunos telescopios buscan activamente en la actualidad. Si los investigadores logran detectar tales ondulaciones en la radiación cósmica de fondo, como creían haber hecho en el 2014, esto podría reforzar la idea de que existe otro tú ahí fuera, llevando una vida cotidiana en un universo alternativo, lo que demostraría una vez más que los escritores de ciencia ficción tenían razón. O tal vez no. Quizás no todos tengamos innumerables parientes extracósmicos.... o quizás sí. ¿Podremos conocerlos algún día? Al respecto, Paul Sutter, cosmólogo teórico, divulgador científico galardonado, asesor de la NASA, embajador cultural de Estados Unidos y líder reconocido mundialmente en la intersección entre arte y ciencia, profundiza en este tema y nos ayuda a entender si los universos paralelos podrían contribuir a la búsqueda de vida extraterrestre: “Los universos paralelos son un tema muy complejo para mí. Por un lado, son fascinantes: la posibilidad de un cosmos alternativo justo ahí es una idea increíblemente divertida. Pero, por otro lado, actualmente no tenemos forma de comprobar si la hipótesis del multiverso es correcta, y ni siquiera estamos seguros de poder hacerlo, lo cual es bastante difícil de afrontar. Permítanme retroceder un poco. El multiverso es la idea, muy antigua y genérica, que se remonta al menos a la antigüedad, de que nuestro universo no está solo. Que existen otros mundos, dimensiones o realidades junto al nuestro. En la actualidad, el multiverso aparece en dos áreas completamente distintas de la física. Uno de esos campos es la mecánica cuántica. Resulta que la física de lo realmente pequeño está dominada por la aleatoriedad. Nunca podemos predecir con exactitud qué harán las partículas subatómicas en un momento dado. Solo podemos hacer conjeturas sobre lo que podrían hacer. No tenemos ni idea de cómo funciona todo esto. Con esto quiero decir que, si bien contamos con un conjunto muy sofisticado de herramientas para hacer predicciones basadas en probabilidades, no tenemos una idea clara de lo que realmente sucede ahí abajo. Existen muchas ‘interpretaciones’ de la mecánica cuántica que ofrecen este tipo de imágenes, y una de ellas se conoce como la Interpretación de los Muchos Mundos. Según esta interpretación, cada vez que ocurre un evento cuántico aleatorio (lo cual sucede con mucha frecuencia), el universo se “divide” en múltiples ramas, y cada rama contiene uno de los resultados del evento. Otro ámbito en el que aparece el multiverso en la física es a través de nuestras teorías sobre el universo primigenio. Por diversas razones, los cosmólogos creen que, en el primer segundo tras el Big Bang, el cosmos experimentó un período de inflación extremadamente rápida. Algunas teorías de la inflación sugieren que nunca terminó. Lo que llamamos universo es solo una pequeña parte de un cosmos mucho mayor que se ha estado expandiendo rápidamente desde mucho antes de nuestra aparición. Otros universos individuales pueden aparecer en este multiverso, como burbujas de jabón en una espuma en expansión. Un problema es que no tenemos ni idea de cómo comprobar si estas teorías del multiverso son correctas o no. La interpretación de los muchos mundos es solo eso: una interpretación. No es una teoría física. En cuanto al multiverso derivado de la inflación, estamos trabajando para encontrar maneras de poner a prueba la inflación misma, pero nunca podremos saber si existen otros universos fuera de nuestro propio cosmos, porque, por definición, nuestro cosmos es el límite de lo que podemos observar. ¿Qué tiene que ver todo esto con la vida extraterrestre? No tenemos ni idea de si estamos solos en el universo o no. De hecho, todas las pruebas que hemos recopilado hasta ahora indican que no hay nadie más ahí fuera, pero tampoco llevamos mucho tiempo buscándolo. El universo es inmenso: nuestra Vía Láctea alberga alrededor de 300 mil millones de estrellas, y existen aproximadamente 2 billones de galaxias en el universo observable. El multiverso abre un abanico de posibilidades sobre dónde podría existir vida. Incluso si nuestro cosmos estuviera completamente desprovisto de vida y fuéramos los únicos seres vivos en todo el universo, el multiverso ofrece un amplio espacio para la existencia de vida. Por ejemplo, podría existir otra ‘rama’ de posibilidades cuánticas que conduzca a un universo repleto de extrañas formas de vida alienígenas. O, en algún lugar del multiverso impulsado por la inflación, existe una burbuja que alberga vida propia. Ambas versiones del multiverso aumentan la probabilidad de que exista vida extraterrestre en algún lugar. Pero personalmente no puedo usar esto para afirmar categóricamente que hay vida ahí fuera. No podemos acceder al multiverso; no podemos ir a ningún otro universo o rama y observar. Podemos especular, lo cual es divertido, pero no es científico” asevero. “Si queremos saber con certeza si estamos solos o no, debemos limitarnos a este universo y solo a este. Pero no se preocupen, con un diámetro de más de 90 mil millones de años luz, tenemos muchísimos lugares donde buscar” puntualizó.