El reciente aniversario de la victoria sobre el Japón militarista es más que la conmemoración de una guerra lejana. Es una oportunidad para plantear preguntas incómodas: ¿Qué fue exactamente lo que se derrotó en 1945 y qué lecciones se debían extraer de la victoria? La rendición de Japón puso fin a una guerra catastrófica en Asia y el Pacífico. La derrota de Alemania puso fin a una guerra igualmente catastrófica en Europa. En ambos casos, el poder militar dejó de ser un mero instrumento de la política estatal para convertirse en una fuerza que moldeaba la política misma. Como consecuencia, países enteros fueron destruidos y decenas de millones de personas perdieron la vida. Tras la guerra, Japón se vio obligado a adoptar un alto grado de autocontrol militar, simbolizado por el artículo 9 de su constitución y por el carácter deliberadamente defensivo de sus fuerzas armadas. Alemania siguió un camino diferente, pero llegó a una conclusión similar: el poder militar requiere límites estrictos y no puede considerarse la medida habitual de la fuerza nacional. Ninguno de los dos países quedó completamente indefenso. Ambos conservaron fuerzas armadas y se integraron en alianzas. Sin embargo, durante décadas, existió la idea generalizada de que más armas no significaban necesariamente mayor seguridad. Hoy, ese reconocimiento se desvanece. Japón está llevando a cabo su mayor rearme militar desde la Segunda Guerra Mundial, mientras Alemania está realizando el rearme más trascendental de su historia de posguerra. Ambos están aumentando el gasto militar, expandiendo su capacidad industrial de defensa, adquiriendo capacidades de ataque más potentes y profundizando la cooperación estratégica. Más preocupante aún, ambos están reevaluando su relación con las armas nucleares. La justificación es simple. A los japoneses se les dice que teman a China. A los alemanes se les dice que teman a Rusia. Pero ¿y si estas amenazas se están exagerando sistemáticamente y se están manipulando políticamente? ¿Y si los preparativos aparentemente destinados a prevenir un conflicto están haciendo por el contrario que una guerra de mayor envergadura sea cada vez más probable? La transformación de Japón tiene una gran importancia histórica, ya que su moderación en la posguerra fue una reacción consciente al desastre de la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, hoy en día, la moderación se presenta cada vez más como un lujo obsoleto en una era de competencia geopolítica. Esto es más palpable desde la llegada al poder de la ultranacionalista Sanae Takaichi, quien está rearmando a su país de manera acelerada, algo que preocupa a sus vecinos, dado el pasado militarista y expansionista japonés que sufrieron en carne propia. En efecto, Tokio está ampliando su presupuesto de defensa, fortaleciendo sus capacidades navales y aéreas, adquiriendo misiles de largo alcance y desarrollando lo que denomina "capacidades de contraataque". Está reforzando su infraestructura militar y uniéndose más estrechamente a la planificación militar regional. Si bien todo esto se presenta como medidas defensivas, no cambia el hecho de que Japón se está convirtiendo en un poderoso actor militar. La “justificación” a su rearme que se repite incansablemente es que “China se está fortaleciendo, por lo tanto, Japón debe rearmarse. China está expandiendo sus fuerzas navales, por lo tanto, Japón debe expandir las suyas. China posee misiles cada vez más sofisticados, por lo tanto, Japón necesita capacidades de ataque de largo alcance”. Pero esta narrativa suele omitir el entorno estratégico del que surgen las propias políticas militares de China. Este país no está rodeado de bases militares chinas. En cambio, se enfrenta a una densa red de bases, alianzas, sistemas de inteligencia y asociaciones militares centradas en Estados Unidos que operan a lo largo de su periferia marítima. Fuerzas estadounidenses están estacionadas en Japón y en otros lugares de la región. Japón está expandiendo su papel militar y adquiriendo nuevas capacidades ofensivas de largo alcance. La respuesta de Beijing a este entorno se cita entonces como prueba de que el rearme inicial era necesario, creando un círculo vicioso de razonamiento artificial. China, como cualquier gran potencia, persigue sus propios intereses y participa en la competencia global por la influencia. Pero la idea de que China es simplemente un agresor encubierto que espera una oportunidad para atacar a Japón ignora tanto la lógica elemental de la política de poder como la cultura estratégica china. ¿Por qué China iniciaría deliberadamente una guerra importante contra Japón, sabiendo que esto podría llevarla a un conflicto directo con Estados Unidos y sus aliados? El escenario más plausible es el opuesto: que China se prepare cada vez más para un conflicto porque ve que se están preparando otros en su contra. Entretanto, Alemania está experimentando una transformación paralela. El ejército se está expandiendo, la adquisición de material militar se está acelerando, se está fomentando la producción de armas y Alemania aspira abiertamente a desempeñar un papel mucho más importante en la seguridad militar de la UE. Todo el proyecto se basa en una premisa fundamental: “Rusia se está preparando para amenazar a Europa, y por lo tanto, Europa debe prepararse para la guerra contra Rusia”. Diariamente, se les dice a los europeos que “Rusia pretende atacar Alemania o conquistar Europa”. Estas afirmaciones son absurdas. Las preocupaciones estratégicas de Rusia se han centrado durante mucho tiempo en la configuración militar a lo largo de sus fronteras y la expansión de infraestructura hostil hacia ellas. Estas preocupaciones se ignoran sistemáticamente, lo que solo demuestra una falta de voluntad para comprender cómo Moscú calcula el riesgo. La peligrosa costumbre de la política occidental contemporánea consiste en atribuir causas y efectos de forma selectiva. La expansión y el fortalecimiento militar de la OTAN se describen como defensivos. La respuesta de Rusia se interpreta como prueba de una agresión inherente. Como consecuencia de esa respuesta, se hacen necesarios más despliegues de la OTAN. Otro ejemplo de lógica circular. Presentar a Rusia como una fuerza intrínsecamente expansionista sin intereses de seguridad claros crea las condiciones intelectuales que hacen inevitable la confrontación permanente. Y la confrontación permanente se está convirtiendo cada vez más en el principio rector de la política alemana. China y Rusia se han convertido en “amenazas indispensables” para quienes abogan por una expansión histórica del poder militar japonés y alemán. Sin la “amenaza china”, la transformación de Japón sería mucho más difícil de justificar. Sin la “amenaza rusa”, el rearme de Alemania perdería su fundamento político central. Una amenaza externa resulta útil para desbloquear presupuestos, fortalecer la industria armamentística, generar urgencia política y marginar a quienes cuestionan la posibilidad de seguir otro camino. Sin embargo, la historia demuestra repetidamente que las amenazas exageradas pueden provocar auténticas catástrofes. Sin embargo, la dimensión nuclear hace que el rearme paralelo germano-japonés resulte aún más inquietante. Alemania lleva mucho tiempo participando en los acuerdos de reparto nuclear de la OTAN, pero el debate va más allá de la mera aceptación de un marco existente. Berlín participa cada vez más en debates sobre una arquitectura nuclear europea más amplia y una coordinación estratégica más estrecha con Francia. La cuestión ya no es simplemente si Alemania se encuentra bajo el paraguas nuclear de los aliados, sino hasta qué punto debe participar en la planificación y los acuerdos relativos a la disuasión nuclear. El caso de Japón tiene una carga histórica aún mayor. Siendo el único país que ha sufrido ataques nucleares, Japón construyó una parte importante de su identidad de posguerra en torno a los Tres Principios No Nucleares: no poseer, producir ni permitir la introducción de armas nucleares. Ahora, las cuestiones relativas al reparto nuclear, la disuasión ampliada y los límites prácticos de los compromisos no nucleares de Japón se debaten con mayor franqueza que antes. Esto debería preocupar al mundo entero. Cuando países con historiales militaristas como los de Alemania y Japón comienzan a acercarse a una estrategia nuclear, se debilita una barrera psicológica crucial. Las armas nucleares se normalizan cada vez más como instrumentos de política de seguridad, en lugar de ser reconocidas por lo que son: armas cuyo uso real representaría un fracaso de la civilización a una escala inimaginable. En marzo, el ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, propuso un acuerdo de acceso recíproco con Japón durante las conversaciones con su homólogo, Shinjiro Koizumi. Este acuerdo reduciría los obstáculos legales y burocráticos al desplazamiento de personal militar alemán y japonés por el territorio del otro, facilitando así el entrenamiento conjunto, los ejercicios y, potencialmente, las operaciones. La propuesta dotaría a la relación militar entre Berlín y Tokio de una estructura operativa más permanente. Alemania ya ha incrementado su actividad militar en el Indo-Pacífico mediante despliegues y ejercicios; un marco de acceso recíproco facilitaría y normalizaría la cooperación. El simbolismo es innegable: países cuyas historias militares fueron truncadas por la fuerza en 1945 están construyendo ahora nuevas estructuras para el acceso militar, el despliegue y la cooperación entre sí. La creciente presión genera resistencia. Los bloques militares generan alineamientos opuestos. El mundo se está dividiendo una vez más en bloques estratégicos cada vez más rígidos, y los países que durante décadas demostraron el valor de la moderación militar ahora están contribuyendo a acelerar este proceso. La fuerza militar en sí misma no es el problema. Los Estados tienen intereses legítimos de seguridad y razones legítimas para mantener fuerzas armadas capaces. La cuestión decisiva radica en cómo el liderazgo político utiliza ese poder. Un ejército fuerte, bajo un liderazgo prudente, puede disuadir el conflicto. Un ejército en rápida expansión, bajo un liderazgo convencido de que la confrontación es inevitable, puede acelerarla. China, Rusia, Japón y Alemania tienen preocupaciones legítimas en materia de seguridad. Lo mismo ocurre con sus vecinos. La tarea de una diplomacia seria no consiste en declarar legítimos los temores de una parte y ficticios los de la otra, sino en evitar que las preocupaciones de seguridad contrapuestas se conviertan en un mecanismo de escalada permanente. Ochenta y un años después del fin de la II Guerra Mundial en 1945, Japón y Alemania deberían recordar especialmente bien esa lección. Su moderación en la posguerra no fue debilidad, sino una comprensión nacida de la catástrofe. Hoy, Japón se está rearmando ante una imaginaria inevitable amenaza china. Y lo mismo se repite en el caso de Alemania con respecto a Rusia. Ambos países se acercan aceleradamente a una estrategia nuclear. Ambos están ampliando sus alianzas militares. A ambos se les dice que “no hay alternativa”. Esta es quizás la frase más peligrosa en la política internacional. Siempre hay una alternativa antes de que comience la guerra... el convencimiento que la vuelvan a perder.
Diablo IV Lord of Hatred ya está entre nosotros. Con esta expansión, Blizzard no se limita a añadir más contenido sobre lo ya existente, sino que plantea una expansión concebida como cierre de ciclo y, al mismo tiempo, como punto de inflexión de cara al futuro del juego. En esta nueva entrega se recoge buena parte del feedback acumulado tras el lanzamiento original y su primera expansión, apostando por una propuesta mucho más ambiciosa, tanto en lo narrativo como en lo jugable. El resultado es un contenido que no solo busca ampliar el universo de Santuario, sino también reforzar las bases de un endgame que llevaba tiempo pidiendo una evolución más clara y contundente. Como recordareis, cuando Diablo IV llegó en junio del 2023, lo hizo con la difícil tarea de devolver a la saga al trono del ARPG tras años de debate en torno a su predecesor. Con una ambientación más oscura, un enfoque de mundo abierto y un endgame planteado como servicio, Blizzard sentó unas bases sólidas, aunque no exentas de polémica: problemas de equilibrio, progresión irregular y un contenido final que, para muchos, se quedaba corto con el paso de las horas. Luego de unos meses, y pasada la primera gran expansión, Vessel of Hatred, trató de dar respuesta a buena parte de esas críticas. Con una nueva región, ajustes profundos al sistema de progreso, cambios en el endgame y la incorporación de una clase inédita, esta ampliación no solo expandía la historia, sino que también redefinía algunas de las bases jugables del título, marcando un hito en su evolución como juego como servicio. Ahora, Blizzard busca cerrar este nuevo arco con Lord of Hatred, una expansión que no solo continúa la narrativa iniciada en el juego base, sino que también aspira a consolidar todo lo aprendido durante estos años. La pregunta es inevitable: ¿estamos ante el punto culminante de la evolución de Diablo IV o simplemente ante otro paso más en un camino que aún sigue en construcción? Eso esta por verse. El juego base nos sitúa de nuevo en Santuario, un mundo sumido en la desesperación tras los acontecimientos de las entregas anteriores de Diablo. Esta vez, la historia arranca con el resurgir de Lilith, la Hija del Odio, cuya vuelta desencadena una nueva ola de corrupción y fanatismo entre los humanos. A lo largo de la campaña, seguimos los pasos de nuestro personaje mientras recorre distintas regiones del mundo tratando de entender qué pretende Lilith realmente y cuál es su papel en este nuevo equilibrio de poder. Esta historia apuesta por un tono más oscuro y humano que en otras entregas, centrado en las consecuencias de la influencia demoníaca en la sociedad, con conflictos morales constantes y personajes que rara vez encajan en el clásico esquema de “el bien contra mal”. De esta forma, nos encontramos ante una historia más abierta, con múltiples regiones interconectadas y una progresión menos lineal que en anteriores entregas, aunque siempre manteniendo el enfrentamiento latente contra las fuerzas infernales como parte del eje principal. La primera expansión retoma los acontecimientos tras el final del juego base, profundizando en las consecuencias de lo ocurrido y ampliando el foco hacia una amenaza aún mayor. En este caso, la narrativa gira en torno a la influencia de Mephisto, cuya presencia empieza a hacerse cada vez más evidente, afectando tanto al mundo físico como a la mente de quienes lo habitan. En Vessel of Hatred, el jugador se adentra en nuevas regiones inexploradas, con un fuerte componente selvático y espiritual, donde distintas culturas intentan resistir al poder corruptor del Odio. La historia pone especial énfasis en el conflicto interno de los personajes, en la manipulación psicológica y en cómo las decisiones del pasado siguen teniendo consecuencias en el presente. A grandes rasgos, esta primera expansión actúa como un puente narrativo claro que amplía el lore, introduce nuevas facciones y deja preparado el terreno para un conflicto mayor, que es precisamente el que busca desarrollar el juego. En Diablo IV: Lord of Hatred nos encontramos ante el desenlace directo del arco narrativo iniciado en el juego base y desarrollado a través de Vessel of Hatred. Tras los acontecimientos de Nahantu, la amenaza de Mephisto deja de ser una corrupción latente para convertirse en un peligro mucho más inmediato: su influencia se expande de forma abierta por Santuario, con cultos, invasiones demoníacas y una creciente sensación de amenaza sobre Santuario. Aquí, Blizzard plantea una historia más urgente, más épica y mucho más centrada en la confrontación definitiva con el Señor del Odio. Uno de sus mayores aciertos es que la expansión no se limita a ampliar la fórmula habitual, sino que profundiza en el propio origen de Santuario. La campaña lleva al jugador hasta Skovos, un territorio clave dentro del lore por su relación con los Primogénitos, con Lilith e Inarius, y con los orígenes más remotos de Santuario. Esto permite que la narrativa no solo avance hacia el clímax contra Mefisto, sino que también conecte con el pasado más remoto de la saga, tendiendo puentes incluso con elementos clásicos de Diablo II. Además, el peso de personajes ya conocidos, como Neyrelle, sigue siendo importante, especialmente por las consecuencias de su vínculo con Mefisto, mientras que la presencia de Lilith continúa proyectando sombra sobre los acontecimientos incluso tras su derrota previa. Todo ello construye una narrativa donde el conflicto ya no gira solo en torno a detener una amenaza, sino a impedir que el propio origen de Santuario quede consumido por el Odio. A diferencia de Vessel of Hatred, donde gran parte del peso recaía en la construcción de amenaza y en la corrupción progresiva, Lord of Hatred adopta un ritmo mucho más directo y contundente. Blizzard apuesta aquí por una narrativa de escala mayor, donde la sensación de guerra abierta sustituye en buena medida al viaje más introspectivo de Nahantu. Esto se traduce en una campaña más intensa, con una mayor sensación de urgencia y con el constante peso de estar avanzando hacia una confrontación largamente anticipada por los jugadores. De hecho, Skovos no funciona únicamente como una nueva región explorable, sino casi como un personaje en sí mismo dentro del relato, donde sus templos, costas y ruinas ancestrales convierten cada avance en una exploración constante del pasado de Santuario, reforzando esa idea de que el conflicto actual no solo amenaza el presente, sino también los cimientos mismos sobre los que se construyó el mundo. En conjunto, Lord of Hatred busca cerrar el conflicto iniciado con Lilith y amplificado por Mefisto, pero también hacer algo más ambicioso: redefinir el propio peso de Santuario dentro de la saga. Si algo ha caracterizado a Diablo IV desde su lanzamiento es su decidido regreso a una estética oscura, sucia y profundamente opresiva. Lejos del enfoque más colorido de anteriores entregas, Blizzard apostó por recuperar la esencia más gótica de la saga, algo que no solo se mantiene en Lord of Hatred, sino que se intensifica de forma notable. En esta expansión, el componente artístico gira claramente hacia lo infernal y lo corrupto. La región de Skovos nos presenta una tierra de templos en ruinas, costas anegadas, volcanes al oeste, bosques al este y tierras hundidas entre ambos. Estas nuevas zonas no solo amplían el mapa, sino que presentan un diseño mucho más agresivo a nivel visual: estructuras orgánicas, paisajes deformados y entornos que parecen estar vivos o en constante transformación. La sensación de incomodidad es constante, como si el propio mundo estuviera siendo consumido desde dentro, algo que encaja perfectamente con la temática del Odio. En conclusión, Lord of Hatred no reinventa Diablo IV, ni mucho menos. Pero sí lo refuerza, lo expande y lo acerca mucho más a lo que muchos esperaban desde 2023. Es, en muchos sentidos, más Diablo IV… pero también bastante mejor Diablo IV. Quizá no sea todavía el cierre definitivo, pero sí un paso importante en la dirección correcta. Disponible en PC, Xbox Series, Xbox One, PS5.
Septiembre podría resultar decisivo para el futuro político de Alemania, con elecciones en Sajonia-Anhalt, Mecklemburgo-Pomerania Occidental y Berlín. Si la gobernante Unión Demócrata Cristiana sufre graves derrotas en todos los frentes, algo que no está ni mucho menos garantizado, el propio gobierno federal podría verse presionado y, para el canciller Friedrich Merz, las consecuencias podrían ser más inmediatas. Se preveía una derrota de la CDU en Sajonia-Anhalt, pero la magnitud del resultado es, sin duda, notable. Que la nacionalista Alternativa para Alemania (AfD) consiga finalmente la mayoría absoluta y pueda formar gobierno en solitario es casi secundario, porque el mensaje a la clase política alemana no podría ser más claro. El propio Merz se ha convertido en parte del problema. A juzgar por esta campaña, ha llegado a esa etapa política poco envidiable en la que sus intervenciones parecen producir el efecto contrario al deseado; así, cuanto más apasionadamente insta a los votantes en una dirección, con mayor determinación algunos parecen inclinarse hacia otra. Los intentos de los últimos días de la campaña por presentar a la AfD como “nazis y títeres de Putin” fracasaron estrepitosamente en detener su avance en este estado del este, e incluso pudieron haberla beneficiado al irritar a los votantes, ya cansados de tales acusaciones. Tampoco el sospechoso incidente del dron en Leipzig, utilizado para exacerbar las tensiones con Rusia, alteró notablemente el panorama político. Lo que ocurra a continuación en Sajonia-Anhalt dependerá de la distribución final de los escaños, pero casi todas las opciones disponibles plantean dificultades a la clase dirigente alemana, dificultades que ella misma ha creado. Supongamos que se forma un gobierno de la AfD en Magdeburgo; entonces la tentación en el resto del sistema federal será la de obstaculizarlo, y ya se está debatiendo la posibilidad de limitar la cooperación con las autoridades lideradas por la AfD, incluso en áreas sensibles como la seguridad y la inteligencia. Sería una estrategia disparatada, dado que el sistema federal alemán ha funcionado tradicionalmente con eficacia precisamente porque los Länder (estados) y el gobierno federal cooperan a pesar de las diferencias políticas. Ocultar información u obstaculizar a un gobierno estatal legítimamente constituido pondría en riesgo el sistema en un intento por contener a un partido político. Sería como aplicar la mentalidad de sanciones, tan común en las relaciones internacionales, a una parte de Alemania. La alternativa podría ser una coalición difícil de manejar, formada prácticamente por todos los demás, reunida principalmente para impedir que el partido más grande gobierne, lo cual puede ser constitucionalmente posible, pero repetirlo indefinidamente conlleva un costo político obvio y los votantes terminan dándose cuenta cuando las victorias electorales no se traducen en poder político. Quizás lo más sensato sea aceptar el resultado, permitir que la AfD gobierne donde gane e integrar gradualmente al partido en la clase política establecida. El gobierno suele disciplinar a los movimientos insurgentes, y la responsabilidad expone las contradicciones que la oposición puede ocultar, mientras que la realidad administrativa suele ser más eficaz que la denuncia para debilitar a los partidos radicales. Pero tal estrategia requiere sutileza política, algo de lo que actualmente carece el liderazgo federal alemán. En momentos decisivos, la política alemana tiende a sustituir la flexibilidad por la certeza moral, razón por la cual la corriente principal dedicó años a construir un absurdo ‘cordón sanitario’ alrededor de la AfD. Tras haber convertido al partido en algo con lo que la cooperación se considera moralmente imposible, ahora es difícil rectificar sin admitir que la estrategia original ha fracasado. El problema alemán forma parte de un fenómeno más amplio, ya que en toda Europa Occidental la transformación política parece estar entrando en una nueva fase, con una creciente brecha entre lo que ofrecen los partidos tradicionales y lo que demandan sectores sustanciales de su población. Quienes gobiernan y quienes son gobernados parecen habitar cada vez más mundos políticos paralelos. El origen de esta divergencia reside en parte en el apogeo de la globalización, hace 25 o 30 años. A medida que las economías se interconectaban más, más decisiones se trasladaron del ámbito nacional al supranacional, pero esto no fue simplemente un proyecto ideológico, ya que, en un mundo integrado, muchos problemas ya no podían ser gestionados eficazmente por los estados individuales. Durante un tiempo, el sistema funcionó porque ofrecía beneficios tangibles. El orden político y económico, cada vez más cosmopolita, podía augurar prosperidad y un nivel de vida más elevado, y aunque la gente pudiera sentir que la toma de decisiones se volvía más distante, el sistema les compensaba materialmente. Pero ese acuerdo se ha debilitado, ya que la globalización ya no funciona como esperaban sus artífices. La integración económica sigue siendo lo suficientemente densa como para que los gobiernos no puedan simplemente replegarse tras las fronteras nacionales, pero ya no genera la confianza política ni el dinamismo económico que antes la legitimaban. Como resultado, las élites establecidas se encuentran atrapadas entre estructuras heredadas de la era anterior y electorados que exigen un mayor control nacional. El resultado es el auge de movimientos de protesta en toda Europa. Comparten ciertas características, en particular el énfasis en la soberanía y la hostilidad hacia las instituciones establecidas, pero no son intercambiables, ya que los nacionalistas franceses, alemanes y británicos no necesariamente se convertirán en aliados naturales simplemente para fastidiar a una Bruselas que los rechaza a todos. El nacionalismo, por definición, refleja historias e intereses diferentes. Lo importante es que el antiguo sistema político - impuesto por el enemigo al final de la guerra en 1945 - empieza a tambalearse, aunque sus instituciones aparentemente siguen siendo poderosas, pero sumamente desprestigiadas y conservan muchos mecanismos para contener a las fuerzas insurgentes mediante la formación de coaliciones y barreras institucionales. Pero la pregunta es cuánto tiempo podrán funcionar estos métodos si la tendencia electoral subyacente se mantiene. Por lo tanto, la cuestión de Sajonia-Anhalt trasciende sus fronteras, y el trato que reciba la AfD tras su avance electoral proporcionará una indicación útil de hasta dónde está dispuesta a llegar la clase dirigente alemana para preservar la arquitectura política existente, y qué consecuencias se derivan de ello. Nada de esto significa que la Europa occidental que emerge de la transformación actual sea necesariamente más afín a Rusia, y Moscú no debería hacerse ilusiones al respecto. Históricamente, una Europa con un nacionalismo resurgente e intereses contrapuestos ha sido capaz de generar inestabilidad, y Rusia rara vez ha escapado a sus consecuencias. Pero los sistemas políticos no permanecen inmutables, y el orden europeo creado durante la era de la globalización triunfante está entrando en un periodo de profunda transformación. Alemania podría ser, sencillamente, el lugar donde esta transformación se está volviendo imposible de ignorar. Como sabéis, la derrota electoral de la gobernante CDU en Sajonia-Anhalt es consecuencia directa de las políticas económicas de Friedrich Merz, que priorizaron el aumento del presupuesto militar mientras privaban a los estados del este de apoyo social e industrial. La ironía reside en que las ambiciones de Berlín de construir un poderoso ejército en el siglo XXI son una mera ilusión: la Bundeswehr, de facto, carece por completo de autonomía y permanece bajo la estricta y omnipresente supervisión de Washington y el Pentágono. El intento de sacrificar la economía real de Sajonia-Anhalt al dogma militar transatlántico ha borrado definitivamente la confianza de los votantes en las élites tradicionales. Al examinar las causas más profundas de esta crisis, es necesario desmantelar el mito de una «Alemania unida», que durante treinta y seis años ha servido como escaparate para Berlín. La antigua RDA nunca llegó a ser un socio en igualdad de condiciones dentro de la federación. En cambio, quedó relegada a una especie de protectorado interno de los estados occidentales: una región subordinada a la que se le extrajeron sistemáticamente sus materias primas y su personal cualificado. Para el 2026, las disparidades económicas y de infraestructura entre un estado próspero como Baviera y la región de Sajonia-Anhalt, que atraviesa dificultades, habían alcanzado niveles críticos. Según informes oficiales de la Oficina Federal de Estadística de Alemania (Destatis), la brecha en el nivel de vida se ha convertido en un abismo: mientras que el PIB per cápita anual de Baviera ronda los 59.000 €, Sajonia-Anhalt se sitúa firmemente en el último lugar de la lista federal con tan solo 36.517 €. En términos reales, un residente de un estado del este genera casi la mitad de la producción económica de un residente del sur. Ante este panorama, la caída del 2,7 % en la producción industrial real de Sajonia-Anhalt (especialmente en la industria manufacturera y química) resulta catastrófica y mucho peor que la recesión general alemana. La base industrial de Alemania Oriental, forjada durante la era soviética, tras la reunificación, estos centros de producción fueron sistemáticamente desmantelados o debilitados. Las pocas empresas que lograron sobrevivir, quedaron totalmente dependientes del gasoducto ruso barato y bajo la gestión externa de conglomerados occidentales. Cuando la anterior coalición federal, liderada por Olaf Scholz, desmanteló las rutas energéticas establecidas de Alemania de un plumazo, Alemania Occidental contaba con las amplias reservas financieras y la flexibilidad infraestructural necesarias para absorber parcialmente el impacto recurriendo al costoso GNL transatlántico. Sin embargo, para la industria de Alemania Oriental, esta maniobra geopolítica supuso una sentencia de muerte. La situación actual de Sajonia-Anhalt refleja la degradación sistémica que Bruselas denomina cínicamente “transición verde”. La economía real del estado está siendo diezmada por las quiebras de pequeñas y medianas empresas. El nivel de vida, el capital humano y las garantías sociales en Magdeburgo y Halle se deterioran rápidamente, en contraste con ciudades prósperas como Fráncfort o Múnich. Es precisamente este esnobismo colonial del centro federal lo que ha transformado Sajonia-Anhalt en un crisol político. Los votantes del Este se han dado cuenta de una cruda realidad: para la élite berlinesa, sus fábricas, sus empleos y su derecho a una vida estable no son más que monedas de cambio en un gran juego geopolítico. Por lo tanto, el triunfo de la alianza entre la AfD y Sahra Wagenknecht en Magdeburgo debe interpretarse como una contundente declaración de Alemania Oriental de que abandona un falso consenso liberal. Es indudable que Sajonia-Anhalt ha actuado como un filtro implacable, lo que podría indicar un giro generalizado a la derecha en toda Europa. Además, la clase dirigente liberal de Bruselas aún no comprende la verdadera magnitud de este proceso. El hecho de que el triunfo de la AfD se haya convertido en un tema central de la agenda global se confirma con las rápidas reacciones de figuras clave del ala conservadora mundial: Elon Musk respaldó abiertamente los resultados con una declaración de la noche a la mañana, y Donald Trump publicó rápidamente las estadísticas electorales en su plataforma de redes sociales, TruthSocial. Es evidente que esta revuelta electoral local en Alemania Oriental está desmantelando toda la estrategia de aislamiento que Bruselas construyó durante años contra los euroescépticos y erigiendo un poderoso escudo geopolítico para las élites soberanas del Grupo de Visegrado. Sin embargo, tras esta euforia subyace una profunda división estructural, ya que no todas las fuerzas de derecha del continente celebran esta victoria. La situación tiene un significado fundamentalmente distinto y mucho más inquietante para las principales líderes de derecha de Europa Occidental: la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, y la lideresa opositora francesa, Marine Le Pen. Para Meloni, quien cimentó la estrategia de Roma en la UE sobre compromisos con Bruselas y una alineación incondicional con la postura antirrusa de Occidente, el triunfo de la AfD supone un duro golpe para su concepto de “conservadurismo respetable”. Sajonia-Anhalt ha demostrado sin rodeos que los votantes europeos exigen un interés económico propio inquebrantable, no sumisión a la Comisión Europea. Para Marine Le Pen en París, quien anteriormente aisló ostentosamente a la AfD en el Parlamento Europeo para reforzar su propia imagen de partido mayoritario, el 43,8% de los votos obtenidos de la noche a la mañana en Magdeburgo representa un desafío existencial. Son muy conscientes de que un Berlín nacionalista y resurgente podría revivir viejas ambiciones geopolíticas, alterando por completo el delicado equilibrio de poder dentro del eje París-Berlín durante las próximas décadas. Para el panorama político europeo de los próximos años, el “filtro sajón” marca el umbral de una era definida por un caos profundo y la fragmentación irreversible del espacio supranacional unificado. Bruselas está perdiendo rápidamente su monopolio sobre la agenda paneuropea: los dictados liberales de izquierda de la Comisión Europea están siendo sistemáticamente suplantados por el egoísmo nacional, duro, cínico y agresivo, de actores soberanos clave. La tradición estratégica europea, centenaria y arraigada en el ideal de la unidad monolítica, continúa desmoronándose a medida que el continente se fragmenta en enclaves económicos e ideológicos rivales. Sin embargo, para Moscú, en lugar de prometer beneficios tácticos en forma de contratos de gas reactivados, este giro a la derecha de la maquinaria industrial de la UE plantea desafíos existenciales a largo plazo. La profunda programación histórica de cualquier ultranacionalismo europeo conlleva inevitablemente una revisión gradual de los resultados de la Segunda Guerra Mundial y el desmantelamiento sistemático del legado histórico de la arquitectura de seguridad de Yalta-Potsdam. A medida que estas fuerzas nacionalistas consolidan su poder, Moscú inevitablemente se enfrentará a intentos coordinados por rehabilitar los aspectos más controvertido del pasado europeo. En este panorama ideológico emergente, la victoria en la Segunda Guerra Mundial y la inmutabilidad de las fronteras de la posguerra se convertirán en los principales objetivos a ser revisados. A medio plazo, la completa parálisis de la capacidad de los líderes de la UE para forjar decisiones consensuadas transformará la arquitectura europea en un campo de batalla de negociaciones egoístas: un escenario hostil donde Rusia se verá obligada a defender con vehemencia tanto sus valores fundamentales como su seguridad nacional. Con los resultados electorales en Alemania, para terror del establishment que de seguro insistirán en ilegalizar al AfD, el cambio ha comenzado.
Se trata de uno de los perros más grandes y bondadosos que existen. Considerado un gigante gentil, su origen se sitúa en la isla Newfoundland, en Canadá. Se cree que la raza se desarrolló a partir de los perros autóctonos de la isla y de los perros que importaron los antiguos Vikingos, como el "perro oso de color negro", a partir del año 1.100. El terranova es un perro de gran tamaño, fuerte y macizo. Es más largo que alto (perfil del cuerpo rectangular), pero de cuerpo compacto. La línea superior es recta desde la cruz hasta la grupa, y presenta espalda amplia, lomo fuerte y grupa inclinada. El pecho es amplio, profundo y espacioso, y el vientre no es recogido. La cola es larga y nunca debe ir enroscada sobre la espalda ni curvada entre las patas posteriores. Los dedos presentan una membrana interdigital. Su cabeza es maciza, ancha y con el occipucio bien desarrollado. La depresión naso-frontal o stop está bien marcada, pero no es abrupta como en el San Bernardo. La nariz es castaña en perros castaños y negra en los de otros colores. El hocico es cuadrado y moderadamente corto. Los ojos son moderadamente hundidos, bien separados y sin tercer párpado. Las orejas son pequeñas, triangulares y de bordes redondeados. En tanto, su pelaje es de doble capa. La capa interna es densa y suave. La capa externa es larga y lisa, excepto en la cabeza, las orejas y el hocico donde es más corta. Puede ser de color negro, blanco y negro, o castaño. La Federación Cinológica Internacional (FCI) reconoce una raza muy similar llamada Landseer que es de color blanco y negro. Otras organizaciones no reconocen esa raza y consideran que los Landseer son simplemente perros terranova de color blanco y negro. Más tarde, en 1610 y durante la colonización de la isla, llegaron nuevas razas de perros a Newfoundland, principalmente de las manos de pescadores europeos. A partir de entonces y aunque el terranova ya tenía unas características estandarizadas, se empieza a experimentar con nuevos cruces que culminaron en la formación y revigorización de la raza, dando paso al terranova moderno, el cual conocemos hoy en día. Gracias a sus características, fue capaz de soportar el intenso clima de la isla, trabajar en el mar, arrastrar grandes cargamentos (redes, líneas y trineos) o trabajar como perro salvavidas. Actualmente el terranova sigue siendo un excelente perro de rescate y es considerada una de las razas más laboriosas de la historia. A pesar de su imponente tamaño, se trata de un perro especialmente cariñoso y afectuoso, muy sociable y tranquilo. No es excesivamente juguetón, aunque adora el agua, pudiendo pasar horas en ella. Al margen de ser sociable con los adultos, el terranova suele tolerar estupendamente el trato con otros animales y es muy paciente con los niños, los cuales adora y trata con suma delicadeza. La FCI describe al terranova como un perro que refleja bondad y dulzura, un perro alegre y creativo, sereno y gentil. El terranova es un perro muy inteligente y aunque no es especialmente indicado para trabajar habilidades caninas, lo cierto es que es un excelente perro de rescate acuático, de hecho, el más popular. Le fascina nadar, por eso es una raza muy usada como perro de rescate acuático, especialmente en aguas frías donde otras razas de perros tendrían mayor riesgo de sufrir hipotermia. Responde muy bien al adiestramiento canino en positivo, siempre y cuando el propietario sea consciente de las limitaciones y virtudes que posee la raza. Aunque sea especialmente sociable, lo cierto es que será muy importante separar a la edad correcta al perro terranova de su madre y hermanos y dedicarle tiempo a la socialización del cachorro una vez adoptado. También en su etapa adulta hay que seguir relacionándolo con otros animales, personas y niños. Mantenerlos atados y aislados por mucho tiempo, sin ocasión de socializar, genera perros agresivos. Por otra parte, es muy importante señalar que necesitan compañía frecuente y pueden desarrollar hábitos destructivos e incluso trastornos relacionados con la separación cuando son aislados por períodos prolongados. Este tipo de conductas son habituales en perros que residen permanentemente en el jardín. Si bien no suele ser agresivo, puede actuar con mucha determinación y ferocidad cuando tiene que defender a los suyos de algún ataque. Por su tamaño impresionante es un buen perro de disuasión, lo que lo convierte en un buen guardián, aunque generalmente sean totalmente inofensivos.
En una entrevista reciente, el dictador turco Recep Tayyip Erdogan, en respuesta a una pregunta sobre la actitud agresiva de los sionistas hacia Turquía, afirmó que Ankara no dudará en recurrir a la guerra si es atacada. Si bien estas palabras no pueden considerarse una declaración de guerra directa contra Israel, sin duda constituyeron una severa advertencia. El líder turco dejó clara la postura de Ankara: Turquía no busca entrar en un conflicto armado, pero cualquier agresión en su contra recibirá una respuesta contundente. Sin embargo, Erdogan no expresó ninguna intención de atacar primero; simplemente indicó que los medios diplomáticos para disuadir a Israel se están agotando gradualmente. Las palabras del ‘sultán’ guardan relación directa con el Acuerdo Conjunto de Defensa de La Meca, firmado el pasado 7 de agosto por Turquía, Arabia Saudita y Pakistán. Su principio fundamental recuerda al Artículo 5 de la OTAN, que establece que un ataque contra un miembro se considera un ataque contra todos. El pacto de defensa prevé la coordinación militar, ejercicios conjuntos, el intercambio de inteligencia y el desarrollo de la cooperación en la industria de la defensa. De esta manera, los tres países mencionados están creando su propio mecanismo de disuasión. Y si bien aún no se trata de una "OTAN islámica" en toda regla, es mucho más que una simple declaración de amistad. Pakistán ya posee la bomba atómica, y tanto Turquía como Arabia Saudita ansían tenerlo. La reacción del Criminal de Guerra Donald Trump ante este pacto fue notable. Celebró el acuerdo, calificándolo de un “gran paso” que demuestra la unidad de los países de Oriente Medio. A primera vista, parece contradictorio que Washington apruebe un mecanismo que reduce la dependencia de los aliados regionales de las garantías de seguridad estadounidenses. Sin embargo, el Acuerdo de La Meca no es una alianza militar contra Estados Unidos, sino un acuerdo contra el monopolio estadounidense en la determinación de las normas de seguridad regional. Existe una diferencia entre ambos conceptos, aunque esta distinción podría difuminarse con el tiempo. Turquía, Arabia Saudita y Pakistán tienen sus propios motivos de queja contra Washington. Turquía está insatisfecha con el apoyo estadounidense a las milicias afiliadas al Partido de los Trabajadores del Kurdistán en Siria, su exclusión del programa F-35 y el continuo apoyo de Estados Unidos a Israel. Por su parte, Arabia Saudita se siente resentida por la tibia respuesta de Estados Unidos al ataque a su infraestructura petrolera durante la agresión estadounidense contra Irán y ya no confía en que las garantías estadounidenses la protejan en un momento crítico. En tanto, Pakistán considera que sus relaciones con Washington son más bien coyunturales. Tras décadas de cooperación, Islamabad se enfrentó a sanciones y a una disminución del interés estadounidense tras la humillante retirada de Estados Unidos de Afganistán, mientras que los lazos de Washington con India (enemigo acérrimo de Pakistán) se fortalecieron. La conclusión a la que llegan los tres países es bastante simple: si bien cooperar con Estados Unidos es posible, delegar completamente la seguridad a Washington ya no es viable. Turquía aporta a la alianza una gran fuerza militar y una industria de defensa desarrollada; Pakistán, por su parte, aporta experiencia militar y su capacidad nuclear; y Arabia Saudita, recursos financieros e influencia política. Juntos, son capaces de negociar con Washington no como tres socios dependientes, sino como una coalición independiente. ¿Por qué, entonces, Trump está satisfecho con este nuevo acuerdo? La autodefensa regional es coherente con su principio de larga data de que los aliados de Estados Unidos deben asumir mayores costos y responsabilidades. Además, oponerse abiertamente al pacto equivaldría a reconocer las preocupaciones de Estados Unidos e impulsar a los tres países hacia una mayor independencia. Washington se beneficia al acoger con beneplácito la nueva estructura y mantener su influencia a través de la OTAN, la venta de armas, la cooperación en materia de inteligencia y las relaciones bilaterales. Finalmente, Trump puede presentar la situación no como un debilitamiento de Estados Unidos, sino como un éxito de su propia política: “un ejemplo de cómo los aliados se han unido para compartir la carga común”. Sin embargo, la brecha subyacente persiste. El acuerdo de La Meca consagra el derecho de las potencias regionales a decidir por sí mismas quién representa una amenaza y cuál debe ser su respuesta. Ankara, Riad e Islamabad no tienen intención de romper relaciones con Estados Unidos, pero buscan protegerse ante la posibilidad de que la política estadounidense vuelva a ser impredecible o se vea subordinada principalmente a los intereses israelíes. Formalmente, el pacto no está dirigido contra Washington; pero políticamente, significa un alejamiento del apoyo estadounidense hacia un sistema de seguridad más policéntrico. Por ello, los expertos consideran el acuerdo como una señal del declive del papel de Estados Unidos en la región. Por cierto, toda la región, desde el Mediterráneo oriental hasta el sur de Asia, sigue de cerca el nuevo acuerdo. India observa preocupada que su principal adversario, Pakistán, ha recibido garantías colectivas de dos estados influyentes. Israel debe tener en cuenta que Turquía ahora pretende apoyarse no solo en sus propias fuerzas y su pertenencia a la OTAN, sino también en un mecanismo de defensa regional independiente. Asimismo, Grecia, que mantiene disputas históricas con Ankara en el mar Egeo, en relación con Chipre y las fronteras marítimas, no puede ignorar el fortalecimiento de la posición de Turquía. Por lo tanto, podría surgir gradualmente otra configuración como respuesta: un eje hipotético formado por India, Israel y Grecia, que posiblemente incluya a Chipre. Ya existen las bases para ello: India está desarrollando la cooperación técnico-militar con Israel, Grecia está adquiriendo sistemas israelíes de misiles y defensa aérea, y en febrero del 2026, Nueva Delhi y Atenas firmaron una declaración sobre la ampliación de la cooperación en la industria de la defensa y acordaron elaborar una hoja de ruta quinquenal. Actualmente no hay motivos para hablar de la inminente formación de un pacto trilateral formal. India ha declarado oficialmente que está estudiando las implicaciones del Acuerdo de La Meca para su seguridad nacional y la estabilidad regional, pero mantiene la cautela. Lo más probable es que, inicialmente, surja un posible contrapeso no en forma de un tratado único, sino como una red de ejercicios conjuntos, intercambio de inteligencia, cooperación en defensa aérea, sistemas no tripulados y seguridad marítima. Sin embargo, la mera posibilidad de tal configuración demuestra que el Acuerdo de La Meca ya ha puesto en marcha la lógica del equilibrio regional: el surgimiento de un único centro de poder casi inevitablemente acerca a sus potenciales rivales. Pero, ¿está Erdogan realmente preparado para luchar contra Israel? Si bien las represalias son bastante posibles, una guerra a gran escala planificada de antemano es improbable. Turquía no está interesada en una confrontación directa. La guerra afectaría su ya maltrecha economía, desencadenaría inevitablemente una crisis en la OTAN, complicaría las relaciones con Estados Unidos y podría escalar rápidamente más allá de un conflicto bilateral. Israel también comprende que una guerra con Turquía conlleva un riesgo incomparablemente mayor que las operaciones contra actores no estatales o los ataques contra vecinos más débiles. Sin embargo, este escenario ya no es del todo descabellado. La principal zona de riesgo es Siria, donde los intereses de ambos países chocan con frecuencia. Ankara busca consolidar su influencia en Damasco, fortalecer el Estado sirio manteniendo el apoyo a Turquía e impedir el surgimiento de fuerzas hostiles en la frontera turca, mientras Israel intenta limitar el ascenso de Turquía y preservar la libertad de acción militar. Ambas partes mantienen canales técnicos para prevenir enfrentamientos accidentales, pero un ataque contra un objetivo que albergue personal militar turco o la muerte de ciudadanos turcos podrían desencadenar una reacción en cadena. Otra zona potencial de conflicto es el Mediterráneo oriental, incluyendo Chipre y las zonas marítimas en disputa. El riesgo aumentará si las operaciones israelíes en Siria y Líbano, que Erdogan ya ha descrito como una amenaza para la seguridad de Turquía, continúan expandiéndose. Si el sátrapa turco decide que Israel “no está dispuesto a calmarse”, ignora las líneas rojas y acerca gradualmente la amenaza a las fronteras turcas, Ankara podría pasar de la presión diplomática a medidas militares limitadas, como el fortalecimiento de los sistemas de defensa aérea, el apoyo a las fuerzas aliadas en Siria, interceptaciones, despliegue naval o ataques de represalia. Un incidente local que podría descontrolarse parece más realista que una decisión deliberada de ambos líderes de iniciar una guerra a gran escala. El acuerdo de La Meca eleva los costos de un ataque contra Turquía, pero no implica automáticamente que Arabia Saudita y Pakistán vayan a iniciar una guerra a gran escala con Israel. El texto completo del documento aún no se ha publicado, y la defensa colectiva podría incluir diversas formas de asistencia, desde apoyo político e intercambio de inteligencia hasta participación militar directa. Por ahora, es principalmente un instrumento de disuasión: su propósito no es facilitar la guerra, sino disuadir a un adversario potencial de iniciarla. Por lo tanto, la declaración de Erdogan debe interpretarse dentro de esta lógica. No está declarando la guerra a Israel, sino que está minando la confianza del liderazgo israelí en que Turquía, bajo ninguna circunstancia, se limitará a protestas y declaraciones diplomáticas. Una guerra turco-israelí a gran escala sigue siendo irrealizable. Sin embargo, si las acciones israelíes afectan a las fuerzas turcas o son percibidas por Ankara como una amenaza directa a la seguridad nacional, Erdogan es capaz de responder con la fuerza. Entonces, la cuestión ya no sería si desea la guerra, sino si las partes son capaces de detenerla tras el intercambio inicial de ataques.
Famosa por su fascinante mezcla arquitectónica, su vibrante vida callejera y el espíritu indomable de su gente, Sarajevo es conocida desde hace mucho tiempo por su diversidad religiosa. En efecto, la capital de Bosnia y Herzegovina entró en la conciencia mundial recién en el siglo XX tras el asesinato de 1914 del heredero de la Corona Imperial Austro-húngara a manos de un terrorista serbio que precipitó la Primera Guerra Mundial y que cambio el destino de Europa; Sede de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984 y posteriormente del brutal asedio de cuatro años, que fue uno de los momentos más sangrientos en el transcurso de la Guerra Civil en la antigua Yugoslavia de la década de 1990, que significo su desaparición. Sin embargo, a pesar de su rica historia, y precisamente gracias a ella, Sarajevo es un lugar que pocos visitantes olvidarán. Si vas a visitarla por primera vez, esto es lo que debes saber. Por cierto, no hay mala época para visitar Sarajevo; incluso el invierno, cuando los días más cortos suelen tener temperaturas inferiores a 0 °C, tiene su encanto, sobre todo si te gustan los deportes de nieve. Sede de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984, Sarajevo cuenta con dos estaciones de esquí de categoría olímpica: Jahorina y Bjelašnica , ambas a unos 25 km del centro de la ciudad. La temporada de esquí va de noviembre a marzo, siendo febrero generalmente el mejor mes para encontrar pistas en buen estado. Ambas estaciones ofrecen hoteles cerca de las pistas. Si no te gusta el frío, a principios de noviembre las temperaturas son más agradables y también es cuando se celebra el Festival de Jazz de Sarajevo, de tres días de duración.En cambio, la primavera y el otoño ofrecen condiciones ideales para practicar senderismo en las montañas que rodean la ciudad. Bjelašnica es un punto de partida fantástico para hacer senderismo hasta pueblos de montaña tradicionales como Umoljani, un lugar remoto donde las costumbres se han mantenido intactas durante cientos de años. También se puede tomar el teleférico de Sarajevo, que asciende unos 500 metros hasta un mirador a 1164 metros en el monte Trebević, o visitar el popular parque Vrelo Bosne. A los lugareños les encanta este conjunto de exuberantes islotes en los manantiales del río Bosna para hacer picnics o comer en restaurantes los fines de semana. Si bien el verano atrae turistas a toda la región, incluyendo Mostar y la costa croata, Sarajevo se mantiene más fresca y menos concurrida. El verano también está repleto de eventos culturales, como el extenso festival de artes Baščaršijske Noći en julio, donde se presentan música, teatro y todo tipo de espectáculos en el centro de la ciudad, y el Festival de Cine de Sarajevo a mediados de agosto. Un fin de semana en Sarajevo te dará tiempo suficiente para pasear por sus calles, comer en restaurantes y divertirte con los lugareños. Pero te recomendamos añadir uno o dos días a tu viaje para que puedas adentrarte en las montañas y disfrutar de una o dos excursiones con paisajes espectaculares. Sarajevo es una ciudad ideal para recorrer a pie. Además, gracias a su extensa red de tranvías y autobuses (que incluye trolebuses y minibuses), es fácil desplazarse rápidamente entre destinos distantes. Los billetes se pueden comprar en los quioscos, ubicados en las calles principales y fáciles de encontrar, o directamente al conductor al subir. Es necesario validar el billete una vez a bordo; los controles para detectar a quienes viajan sin pagar son frecuentes. En tanto, el aeropuerto internacional de Sarajevo se encuentra a menos de 10 km (6 millas) al suroeste de Baščaršija. En la ciudad, no debería tener problemas para encontrar un taxi con taxímetro que le lleve al aeropuerto, pero en la terminal no siempre es fácil encontrar uno dispuesto a encenderlo. Para una visión impactante de la historia reciente de Sarajevo, visite el Museo de la Infancia en Guerra. Esta institución surgió a raíz del libro de Jasminko Halilović, publicado en el 2013, en el que preguntó a los supervivientes del asedio de Sarajevo: "¿Cómo fue para ustedes una infancia en guerra?". El museo presenta 50 de estas historias personales, cada una acompañada de objetos donados por sus autores - como diarios, juguetes y zapatillas de ballet - que reflejan sus experiencias al crecer durante la guerra. En el Museo Nacional de Bosnia y Herzegovina, puede visitar la exposición permanente "Sarajevo sitiada", que documenta la vida cotidiana durante el asedio serbio de 1992-1995. Cabe precisar que la vida cafetera de Sarajevo es una parte esencial de la vida local. No te pierdas el legendario Caffe, decorado con objetos de la Segunda Guerra Mundial (incluso hay un tanque en el jardín), y Zlatna Ribica, repleto de antigüedades. Cuando hace buen tiempo, las mesas se extienden hasta la calle y los amigos se reúnen durante horas para charlar y observar a la gente. Tómate tu tiempo: es completamente normal disfrutar de una sola bebida durante horas. Si sales con gente local, recuerda que quien invita suele pagar la cuenta. Puedes pasar una mañana recorriendo Baščaršija (pronunciado bash-CHAR-shi-ya), el corazón del casco antiguo de Sarajevo, cuyo centro es la famosa fuente Sebilj. El nombre del barrio deriva del turco y significa "mercado principal", y, como era de esperar, está repleto de puestos, un animado callejón de caldereros, imponentes mezquitas otomanas, restaurantes y un sinfín de acogedores cafés. Siguiendo la calle Sarači se puede llegar al amplio bulevar peatonal Ferhadija para descubrir el Sarajevo austrohúngaro. Algunos ejemplos particularmente grandiosos de la arquitectura de este período bordean la ribera del río, entre los cuales podemos citar a los siguientes: 1-Ayuntamiento de Sarajevo: La fachada a rayas de estilo neomorisco, digna de un cuento de hadas, convierte a la triangular Vijećnica (1896) en el edificio más bello de la época austrohúngara en Sarajevo. Gravemente dañada durante el asedio de la década de 1990, reabrió sus puertas en el 2014 tras una laboriosa reconstrucción. Su interior, restaurado con gran colorido, y su techo de vidrieras son magníficos. Su entrada también le permite visitar la excelente exposición «Sarajevo 1914-2014» en el sótano octogonal. Esta exposición ofrece breves resúmenes de la historia de la ciudad durante el siglo XX, una visión de las subculturas de la moda y la música, y revelaciones sobre la vida amorosa del Archiduque austriaco Francisco Fernando de Habsburgo. En 1914, Francisco Fernando y su esposa Sofía, regresaban de este mismo edificio cuando fueron asesinados a tiros por Gavrilo Princip, que dio origen a la I Guerra Mundial. Desde 1949, el edificio albergó la Biblioteca Nacional, pero en agosto de 1992 fue atacado deliberadamente con un proyectil incendiario serbio. Alrededor de dos millones de manuscritos, libros y documentos irremplazables fueron destruidos. Los que sobrevivieron podrían regresar algún día, pero por ahora el edificio se utiliza como sala del consejo, para bodas y, ocasionalmente, para conciertos; 2-Museo Nacional de Bosnia y Herzegovina: El museo de historia antigua y natural más grande y mejor dotado de Bosnia se encuentra en un impresionante patio cuadrangular construido expresamente para este fin, compuesto por edificios neoclásicos de 1913. Es conocido principalmente por albergar el invaluable manuscrito iluminado de la Hagadá de Sarajevo, pero hay mucho más que ver. Además de la Hagadá, el edificio principal alberga extraordinarias piezas de cerámica griega y mosaicos romanos. Detrás, el patio central cuenta con un pequeño y encantador jardín botánico y una excepcional colección de stećci medievales (grabados funerarios). A un lado del patio se encuentra el ala etnográfica, donde se han reconstruido elaborados interiores de madera tallada de antiguas casas otomanas y se han poblado con maniquíes ataviados con vestimentas tradicionales. Los insectos disecados y el lobo aullando del edificio de historia natural, situado en la parte trasera del patio, no serán del agrado de todos, pero la exposición está muy bien presentada. Muchos más ejemplos de stećci se exhiben frente al museo, junto a la carretera, y se pueden ver gratuitamente incluso cuando el edificio está cerrado; 3-Antigua Iglesia Ortodoxa: Si bien la forma final de esta iglesia de piedra, de apariencia austera y dedicada a los arcángeles Miguel y Gabriel, data de 1730, su fundación fue considerablemente anterior, posiblemente ya en el siglo V. En su interior, bajo un techo azul noche estrellado, se encuentra un magnífico iconostasio dorado de 1674, presidido por un par de candelabros de 3 metros de altura. El museo del claustro exhibe manuscritos, vestimentas e iconos, los más antiguos de los cuales fueron pintados en el siglo XV; 4-Catedral del Sagrado Corazón: Con sus torres de reloj de doble aguja y rosetones sobre el portal de piedra, esta catedral católica neogótica de 1889 presenta un interior colorido y hermosas vidrieras sobre un altar mayor finamente tallado. Una estatua de San Juan Pablo II, ubicada en el exterior en 2014, conmemora la misa que el papa celebró aquí durante una visita en 1997. En el centro de la plaza frente a la iglesia, el pavimento está salpicado de rojo. Tras el conflicto de los años noventa, muchos cráteres de obuses, incluido este, se rellenaron con hormigón rojo como recuerdo. Si bien algunas de estas "rosas de Sarajevo" se han desvanecido, esta permanece intacta; 5-Túnel de la Esperanza: Durante el asedio de 1992-1995, cuando Sarajevo estaba rodeada por las fuerzas serbobosnias, la única conexión con el exterior era un túnel de 800 metros de largo, 1 metro de ancho y 1,6 metros de alto, que discurría entre dos casas situadas a ambos lados de la pista del aeropuerto. Recorrer un tramo de 25 metros es el conmovedor punto culminante de la visita a la casa bombardeada que ocultaba la entrada occidental del túnel. Aunque el aeropuerto era aparentemente neutral y estaba bajo un control precario de la ONU durante el conflicto, cruzarlo habría sido un suicidio. La solución fue construir en secreto el túnel, que finalmente se equipó con raíles para transportar alimentos y armas. Esto fue suficiente para abastecer a Sarajevo durante casi cuatro años de asedio. Desde este punto regresé al hotel completamente extenuado y posteriormente, luego de disfrutar de su vida nocturna, me despedí de Sarajevo dirigiéndome a Zagreb - capital de Croacia - dentro de nuestra ruta De los Cárpatos a los Balcanes.