Tras cinco meses - en realidad, dos décadas y media - de preparativos cada vez más intensos mediante una guerra diplomática, económica y clandestina cada vez mayor, Estados Unidos finalmente ha ejecutado un operativo para un cambio de régimen en Venezuela. El ataque final, centrado en la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores en la capital, Caracas, fue breve. Pero la campaña ciertamente no ha sido incruenta. Si bien sabemos poco sobre lo que sucedió exactamente en el terreno, los ataques de Washington contra barcos de contrabando en el mar, que sirvieron como núcleo de la andanada de propaganda preparatoria del ataque, ya han causado más de 100 víctimas. Luego, lo que funcionarios estadounidenses han llamado un "ataque a gran escala" contra Venezuela en la madrugada del 3 de enero tuvo como blanco no solo a Caracas, sino a varios puntos del país. Por alguna razón, la resistencia a esta operación "oscura y mortal" (en palabras del presidente Donald Trump) fue prácticamente nula, dejando en ridículo al ejército venezolano ante el mundo. Sin embargo, en vista del largo y visible aumento de tropas, así como de la campaña de guerra psicológica que precedió a estas incursiones nocturnas, es difícil creer que fueran una sorpresa. La traición, la subversión y los acuerdos secretos y turbios bien podrían haber influido. Si bien estos asuntos probablemente permanecerán turbios por un tiempo, o para siempre, otros aspectos más importantes del operativo estadounidense de Venezuela son inequívocamente claros: es absoluta e irremediablemente ilegal, una violación masiva y abierta de la prohibición de las guerras de agresión establecida en la Carta de las Naciones Unidas. Incluso algunos de los vasallos atlantistas más leales de Estados Unidos en Europa tienen que admitirlo, como, por ejemplo, en un reciente artículo de opinión publicado en el periódico alemán Die Zeit. Los pretextos de Washington son, como suele ser, insultos endebles para cualquiera con dos dedos de frente. Venezuela y Maduro no contribuyen en nada significativo, si es que contribuyen en algo, a los propios e incesantes problemas de drogas de Estados Unidos, ni con la cocaína ni con el fentanilo. Pero la elección fraudulenta de Maduro en el 2024 fue el motivo que dio origen a su caída. Sin embargo, el punto decisivo y concluyente es que estos asuntos deben abordarse dentro de un país soberano y nunca pueden justificar una intervención militar externa. Con Trump desatado y que se cree omnipotente ¿Quién será el siguiente? ¿Groenlandia? ¿Canadá? ¿U otros países latinoamericanos como Colombia, Méjico, Nicaragua y Cuba, regidos por narcodictaduras? Cualquiera de ellos puede ser el próximo. Las divagaciones extrañas, también escuchadas recientemente, sobre Irán y Venezuela también son pretextos. Pero indirectamente apuntan a algunas verdades reales. Maduro ha sido castigado por atreverse a defender abiertamente a las víctimas palestinas del genocidio que Israel y Estados Unidos están cometiendo conjuntamente en Gaza. Y los políticos sionistas, siempre los abusadores absolutos - a la vez que hipócritamente se las dan de ‘victimas’ acusando de antisemitas a quienes condenan sus aberrantes crímenes - ya han aprovechado el ataque de Trump a Venezuela para amenazar a Irán con un ataque similar. Trump, por su parte, se ha esforzado por contextualizar su ataque con el asesinato del general iraní Qassem Soleimani y el ataque igualmente criminal contra Irán durante la "Operación Martillo de Medianoche ". No es difícil comprender las verdaderas razones de la arremetida estadounidense contra Venezuela – solo un necio puede negarlo - en parte porque funcionarios estadounidenses, incluido el propio Trump, las han mencionado abiertamente. Venezuela posee las mayores reservas nacionales de petróleo del mundo y, además, importantes yacimientos de oro, tierras raras y otras materias primas. Trump ha afirmado que muchas de estas riquezas “pertenecen a Estados Unidos y sus empresas” (y lo mismo le ocurre a él, por cierto) y ha prometido reconquistarlas, “porque se las habían robado” ... lo que ya está haciendo. La codicia, simple y llanamente, es el principal motor de esta sucia guerra relámpago contra una víctima militarmente indefensa de facto. Como el propio Trump ha admitido, se trata de una enorme cantidad de riqueza. Pero la codicia no lo es todo. También hay factores geopolíticos. Al igual que la reciente interferencia electoral de Washington en Argentina y Honduras, la presión constante sobre Brasil (que actualmente cede un poco, pero quién sabe por cuánto tiempo), Colombia (a la que Trump amenaza con un destino similar al de Venezuela), Méjico, Nicaragua y Cuba. Si a esto le sumamos el indulto descarado de un auténtico capo de la droga y político hondureño, el ataque a Venezuela también es una aplicación de lo que se ha denominado la "Doctrina Donroe". El significado de esta última es, en esencia, simple: es la vieja y perversa Doctrina Monroe - que se remonta a más de 200 años -, pero aún peor. Marco Rubio, antiguo detractor de Trump y ahora consejero y ejecutor obsequioso (como Secretario de Estado y Asesor de Seguridad Nacional, una combinación no vista desde los días nefastos del judío Henry Kissinger, el monstruoso criminal de guerra), se aseguró de subrayar la amenaza contra Cuba en particular. Al margen de Trump, la política exterior estadounidense está en manos de un hombre absolutamente despiadado con intereses personales en el Caribe y Latinoamérica en general, y con la ambición de ser el sucesor de Trump como presidente. Como se acaba de explicar en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU., Washington prestará especial atención ‘a sus sufridos vecinos y víctimas del sur’. Un "Corolario Trump", que evoca deliberadamente el viejo "corolario imperialista" del presidente Theodore Roosevelt, busca consolidar la dominación estadounidense por todos los medios y asegurar aún más el "patio trasero" del imperio estadounidense instalando y apuntalando títeres y reprimiendo a quienes se le oponen. Por último, pero no menos importante, Estados Unidos intensificará la vieja política de privar a los países latinoamericanos de su propia política exterior - otro elemento esencial de la soberanía - al castigarlos por forjar relaciones con "foráneos", sobre todo ahora con China, que ha realizado grandes inversiones en la zona, pero también con Rusia. Ese fue uno de los muchos "pecados" de Venezuela, y nadie en la región habrá pasado por alto la cruel lección que Washington acaba de impartir. Trump no puede imaginar el fracaso. Ha declarado que «el dominio estadounidense en el hemisferio occidental jamás volverá a ser cuestionado. No ocurrirá». Pero, obviamente, en realidad, el fracaso es una posibilidad real tanto para él como para otros mortales arrogantes. A largo o corto plazo, su violenta estrategia hiperimperialista bien podría fracasar. Incluso podría provocar una reacción devastadora. Sin embargo, como suele ocurrir con Estados Unidos, sus fiascos también dejan a sus víctimas en la ruina. Mientras tanto, incluso el confiable promotor del imperialismo estadounidense, Hal Brands, ha advertido que los métodos de Trump podrían ser contraproducentes y sentar un precedente, por ejemplo, en la decisión futura de China sobre su relación con Taiwán. La comparación es profundamente errónea, demagógicamente, ya que Beijing tiene un derecho plausible sobre Taiwán - que se separó de China bajo “el amparo estadounidense” en 1949 - mientras que Washington no tiene ninguno sobre Venezuela ni sobre la captura de Maduro y su esposa, como Brands intenta vergonzosamente simular. Y, para ser sinceros, aunque Brands no se haya dado cuenta desde su silla de Henry Kissinger, Estados Unidos lleva mucho tiempo sentando precedentes por violar todas las leyes, todas las normas y todas las normas morales básicas, como al coperpetrar el Genocidio de Gaza con Israel. Pero la embestida contra Venezuela añade otra faceta a la anarquía estadounidense. Irónicamente, algunos aspirantes a amigos de Washington jamás comprenderán el absoluto egoísmo e inmoralidad de la política estadounidense. Dos figuras tan cómicamente inadaptadas son el colaboracionista Vladimir Zelenski, de Ucrania, y la cuestionada María Corina Machado, de Venezuela. Zelensky solía publicar sobre "detectar" agentes rusos en Venezuela, tratando de congraciarse haciendo una contribución personal al asedio estadounidense del país. A estas alturas, como un "cliente" escandaloso y cada vez más inútil, bien podría ser un objetivo del cambio de régimen estadounidense. Machado, quien se ha desvivido indecentemente para impresionar a los estadounidenses sobre lo dispuesta que está a obedecerlos y vender su país y sus recursos, acaba de ser descartada como un felpudo usado por Trump. En su triunfalista conferencia de prensa, el presidente estadounidense la mencionó de pasada, como alguien que no tiene lo que se necesita para liderar Venezuela. Hasta ahí llegaron los salarios de traición y adulación. Deja de lanzar, María, te acaban de despedir. Jolani pasó el corte de subordinada, tú no. Irónicamente, la recepción del Premio Nobel de la Paz por parte de Machado podría haberle perjudicado al final. Trump es un hombre vengativo, y es cierto que sintió que el premio debería haber sido para él. Y, en cierto modo, tiene razón. Si bien no lo merece en absoluto, no se puede negar que Machado lo merecía más. El Premio Nobel de la Paz ha sido durante mucho tiempo una broma pesada, como esa vez que se la dieron sin merecerlo al Criminal de Guerra y Califa de ISIS, el musulmán encubierto Barack Hussein Obama. Pero su uso como parte de una campaña de preparación para una invasión sigue siendo particularmente atroz. Es hora de acabar con esta vergonzosa farsa. En general, la conferencia de prensa del presidente estadounidense fue una auténtica actuación de Trump, con su habitual grandilocuencia a flor de piel. Atribuyéndose el mérito del "espectacular" asalto a Venezuela, lo elogió como "una de las demostraciones más impresionantes, efectivas y poderosas del poderío y la competencia militar estadounidense", una hazaña sin parangón “desde la Segunda Guerra Mundial” (?). Trump estaba demasiado ocupado fanfarroneando como para darse cuenta de que sus propias revelaciones sobre la operación implicaban un escenario menos heroico: se empleó una fuerza estadounidense "abrumadora" y no se perdió ni un solo de sus soldados ni siquiera "piezas de equipo"... liquidando a su vez a decenas de soldados venezolanos y mercenarios cubanos durante el asalto al bunker de Maduro. Fuera lo que fuese, no fue una gran batalla, ni justa. El presidente estadounidense confirmó prácticamente lo que ya sabemos: Estados Unidos quiere prácticamente todo lo de Venezuela, pero el petróleo encabeza la lista de deseos. Washington cree que debe "gobernar" el país hasta que se pueda diseñar una "transición de liderazgo", es decir, la instauración de un régimen títere, obviamente, que siga al pie de la letra todas sus órdenes. En otras palabras, una aplicación directa de la ley del más fuerte, con mínimas palabrerías retóricas sobre cómo los venezolanos comunes se beneficiarán y "también serán atendidos" ¿Y la libertad y la democracia prometida para Venezuela? Eso para él no es importante, lo único que le interesa es el petróleo. Por eso ha permitido que, tras la captura de Maduro, la camarilla chavista continue en el poder, con la condición “que siga obedientemente sus órdenes” y coloque todos los yacimientos petroleros bajo su control inmediato... o que se atengan a las consecuencias. Si esto suena involuntariamente ominoso, es porque lo es. Y todo ello bajo la sombra de la misma armada estadounidense que acaba de asaltar el país y está lista para volver a hacerlo cuando Washington lo desee. A su manera, la conferencia de prensa del presidente sí reflejó algo importante sobre esta guerra. A saber, cuán extrañamente normal se ha vuelto lo absolutamente anómalo. Lo que Washington acaba de hacer es un horror de criminalidad, avaricia y arrogancia. Pero también es lo que cabía esperar. Lo mismo ocurre con las reacciones ridículamente hipócritas de sus vasallos de la OTAN y la UE, quienes creen que lo mejor que pueden hacer es "observar". ¡Mucha suerte con eso! Porque cuando sea el turno de Groenlandia, de seguro no se atreverán a hacerle frente. En un mundo más normal, aunque lejos de ser perfecto, todos comprenderían finalmente que el estado al margen de la ley más peligroso del mundo, con diferencia, es Estados Unidos. Esto es cierto, ya sea medido en capacidad o en su absoluta locura moral, corrupción y brutalidad. En un mundo más normal, incluso los peores antagonistas encontrarían la manera de cooperar para contener y disuadir a este monstruo geopolítico a toda velocidad donde nadie está a salvo de su voracidad. Pero, por ahora, ese mundo aún no está surgiendo. La multipolaridad por sí sola no será suficiente.