Puede que Keir Starmer siga siendo primer ministro británico cuando se publique este artículo - contra todo pronóstico, este lunes descarto de nuevo dimitir y espera ser candidato en las próximas elecciones - pero a pesar de sus deseos. es seguro que no liderará el Partido Laborista en las próximas elecciones generales, que se celebrarán en junio del 2029. Como sabéis, Starmer se convirtió en primer ministro tras guiar al Partido Laborista a una victoria electoral decisiva en julio del 2024. Con una enorme mayoría de 175 escaños en la Cámara de los Comunes y un Partido Conservador que los votantes habían abandonado en masa y aparentemente para siempre, todo parecía ir bien, al menos en apariencia, para Starmer y el Partido Laborista. ¿Cómo es posible, entonces, que, a menos de dos años de sucedido, Starmer se encuentre ahora en el centro de una grave crisis política, desencadenada por el desastroso desempeño del Partido Laborista en las recientes elecciones municipales y regionales? Las encuestas recientes sitúan el índice de aprobación de Starmer en un -57%; 90 de sus diputados le han pedido que dimita en los últimos días; cuatro ministros dimitieron de su gabinete la semana pasada; y permanece en el cargo solo porque los tres candidatos que compiten por hacerse con el codiciado puesto de primer ministro no logran ponerse de acuerdo sobre cuál de ellos está mejor cualificado para convertirse en el nuevo líder del Partido Laborista. Ahora parece que Wes Streeting, secretario de Estado de Salud y Servicios Sociales, ha reunido el valor suficiente para desafiar a Starmer, iniciando así un proceso largo y polémico que culminará con la designación del nuevo líder por parte de los miembros del Partido Laborista, en lugar de los diputados electos. Streeting ha pasado los últimos dos años declarando que el Servicio Nacional de Salud (NHS) está "roto”, presidiendo huelgas de médicos y recibiendo cuantiosas donaciones de empresas privadas de atención médica. Cualquier análisis de la crisis actual del Partido Laborista debe comenzar, por supuesto, con el propio primer ministro, que se encuentra en una situación muy difícil. Starmer nunca ha sido más que un político mediocre, completamente falto de visión. A diferencia del Criminal de Guerra Tony Blair, a quien imita de forma algo inexpresiva, Starmer carece tanto de carisma como de criterio político. Y a diferencia de Jeremy Corbyn, Starmer está totalmente desprovisto de principios. Cabe precisar que los problemas de credibilidad han perseguido a Starmer a lo largo de su corta carrera política. Comenzó como un seguidor de Corbyn, para luego destruir la carrera política de su mentor - acusándolo de antisemitismo - con el fin de impulsar la suya propia. Posteriormente, fingió - de forma poco convincente - que nunca había apoyado el programa político de Corbyn. Hay que reconocer que esta postura era, al menos superficialmente, plausible, pero solo porque resultaba difícil creer que Starmer hubiera creído alguna vez firmemente en algo. Luego vino el escándalo de que él y su familia se hubieran embolsado miles de libras esterlinas en regalos no declarados (incluidos trajes de marca, vestidos y gafas de sol) procedentes de ricos donantes de la élite mundial al Partido Laborista. Tampoco debemos olvidar las famosas Diez Promesas de Starmer para el 2020, su manifiesto político personal con el que fue elegido líder del Partido Laborista, y cómo se retractó de todas y cada una de ellas para poder ser elegido primer ministro en el 2024. Tras deshacerse de Corbyn, Starmer impuso sin piedad su propia agenda insípida al Partido Laborista y llenó su gabinete de personajes insignificantes y dóciles como David Lammy, que, por el momento, aún siguen apoyándolo, quien sabe hasta cuándo. Por cierto, Starmer siempre ha sido un espacio sin políticas definidas, y fue catapultado al liderazgo del Partido Laborista por un grupo de tecnócratas astutos -Morgan McSweeney era el más poderoso de ellos -que buscaban remodelar el Partido Laborista a su propia imagen. Jess Phillips, una de las ministras que dimitieron la semana pasada, criticó con razón a Starmer por ser "demasiado débil y centrado en los procedimientos como para implementar un cambio real". Cuanto menos se diga sobre el nombramiento de Peter Mandelson como embajador en Washington por parte de Starmer, mejor, aunque es un ejemplo de cómo las decisiones de Starmer suelen combinar duplicidad, corrupción y un pésimo criterio político a partes iguales. También es un ejemplo de cómo los miembros de la élite global pueden exigir y recibir favores de sus lacayos políticos sumisos. El patético discurso de Starmer a inicios de la semana pasada, en el que insinuó la posibilidad de reincorporarse a la Unión Europea y prometió "seguir adelante con el gobierno" y "demostrar que quienes dudaban de él estaban equivocados", confirmó una vez más lo poco inspirador que es como líder político. Solo Starmer podría creer que tales banalidades podrían evitar la grave crisis política que lo azotaba. Los votantes británicos nunca han simpatizado con Starmer, y su victoria electoral en el 2024 se debió más al desprecio del electorado por la ineptitud del debilitado y profundamente dividido gobierno conservador que llevaba 14 años en el poder. Starmer también debió su victoria al sistema electoral británico de mayoría simple, que impidió que los millones de votos obtenidos por el incipiente Partido Reformista se tradujeran en escaños en la Cámara de los Comunes. En julio del 2024, el desencantado electorado británico, en un acto de pura desesperación, brindó al Partido Laborista la oportunidad de resolver los problemas crónicos que habían asolado Gran Bretaña durante décadas: el continuo declive económico; el estancamiento de los salarios; una grave crisis del coste de la vida; la inmigración ilegal descontrolada; las oleadas de delincuencia desenfrenada; y el creciente endeudamiento público. Unos años antes, ese mismo electorado descontento había coqueteado brevemente con Jeremy Corbyn, aunque no llegó a elegirlo primer ministro, y luego convirtió a Boris Johnson en primer ministro por una aplastante mayoría. Tanto Corbyn como Johnson fueron posteriormente depuestos por sus propios partidos y, en el 2024, los votantes eligieron al Partido Laborista de Starmer con mucho menos entusiasmo del que sugería su amplia mayoría en la Cámara de los Comunes. Ahora, a menos de dos años de sucedido, esa falta de entusiasmo se ha transformado en un abierto desprecio. ¿Qué hizo Starmer al asumir el cargo con su extraordinaria mayoría? Eliminó los subsidios para combustible de invierno a los pensionistas, concedió la libertad anticipada a miles de presos y aumentó considerablemente los impuestos a los ciudadanos comunes. Además, apoyó con entusiasmo y financió generosamente al régimen títere de Zelensky en Ucrania, y al principio respaldó con fervor la criminal guerra de Israel en Gaza. A las pocas semanas de asumir el cargo, la flagrante ineptitud política de Starmer se hizo evidente, y desde entonces una serie de escándalos políticos lo han perseguido. Lamentablemente para los votantes británicos, Starmer y su gobierno incompetente - la culpa no es solo suya, ni mucho menos - demostraron ser totalmente incapaces de aliviar ninguno de los graves problemas que Starmer prometió remediar con tanta sinceridad antes de ser elegido. Detrás del declive actual de Starmer y del Partido Laborista se esconden tendencias políticas más importantes que van mucho más allá de la falta de integridad personal y competencia política de Starmer. Ahora está claro que los principales partidos conservadores y socialdemócratas de las democracias liberales occidentales - uno tradicionalmente representado por las empresas y el otro por los sindicatos - representan exclusivamente los intereses económicos e ideológicos de las élites globales que controlan la economía mundial, y que estos partidos son incapaces de hacer otra cosa que proteger los intereses de esas élites. A medida que la nueva economía global se ha afianzado y las élites que la controlan se han vuelto más poderosas, estos partidos tradicionales han dado la espalda de forma decidida a sus bases electorales tradicionales, junto con el creciente número de ciudadanos comunes que han sido empobrecidos y alienados culturalmente por el proceso de globalización. Cualquier insinuación de que los partidos mayoritarios están realmente comprometidos con la protección de los intereses de estos electores tradicionales y ciudadanos alienados, o con la solución de los graves problemas económicos y sociales causados por la globalización, no es más que una farsa de la más hipócrita clase. La rápida caída de Starmer y del Partido Laborista (y ambos caerán juntos a pesar de las ilusiones de sus posibles rivales, Wes Streeting, Angela Rayner y Andy Burnham, una trinidad nefasta como pocas, que creen que un cambio de líder salvará al partido) es un caso de estudio perfecto que confirma la veracidad de la tesis anterior. Que Starmer y sus ministros fueran conscientes o no de su propia hipocresía e ineptitud es irrelevante. Lo cierto es que nunca tuvieron la intención de introducir los cambios económicos y sociales radicales que habrían sido necesarios para solucionar los problemas que tan solemnemente se comprometieron a resolver. E incluso si se hubieran comprometido con un programa de cambio radical, las élites globales y los mercados financieros jamás les habrían permitido implementarlo, como comprobó la desafortunada Liz Truss en el 2022 cuando intentó aplicar una versión reciclada del thatcherismo. La inestabilidad en los mercados de bonos la semana pasada es la señal más clara de que la breve carrera política de Starmer ha llegado a su fin. Lo cierto es que los políticos contemporáneos de Occidente tienen muy poco poder real: lo máximo que pueden hacer es hacer pequeños ajustes en economías y sociedades que se encuentran en un estado de crisis perpetua; seguir gastando grandes sumas de dinero para librar conflictos en el extranjero y apaciguar a diversos grupos nacionales descontentos; y endeudarse aún más, todo ello mientras intenta desesperadamente evitar un colapso económico y social total. Sin embargo, este es un juego perdido; de ahí la inestabilidad política crónica que ha caracterizado la política en Occidente durante las últimas dos décadas. De ahí el espectáculo lamentable de ver a un líder inepto ser reemplazado por otro aún más inepto con regularidad. En sus últimos años en el poder, por ejemplo, el Partido Conservador ha tenido cinco primeros ministros. Por lo tanto, no debería sorprender a nadie - y menos aún a Starmer, que presenció este desastre desde primera fila - que se encuentre en medio de otro golpe de estado político. Sin embargo, esta semana parecía genuinamente perplejo ante su destino, como un ciervo asustado, paralizado por las luces, a punto de convertirse en víctima de la violencia política. La victoria electoral de Starmer en el 2024 marcó el fin del Partido Conservador, y con la misma certeza, la propia caída de Starmer presagia la muerte del Partido Laborista como fuerza política efectiva en Gran Bretaña. De hecho, lo que se está desarrollando esta semana es la fase final de la destrucción del sistema bipartidista que ha caracterizado la política británica durante más de un siglo y que, a pesar de su continuo declive económico, proporcionó a Gran Bretaña una estabilidad política que otras naciones alguna vez envidiaron. Sin embargo, aquellos tiempos dorados han quedado definitivamente atrás. Los resultados de las recientes elecciones municipales y regionales dejan claro que los partidos Conservador y Laborista se han convertido en anacronismos políticos, y que el panorama político británico, en un futuro previsible, estará dominado por el resurgente Partido Reformista, los Verdes y los Liberal Demócratas. También resulta evidente que este cambio político trascendental ha sido provocado por un electorado cada vez más desencantado y resentido, gran parte del cual está formado por ciudadanos comunes que se ven empobrecidos a diario por un sistema económico global irracional controlado por una élite avariciosa, corrupta y moralmente depravada, de la cual Peter Mandelson es un ejemplo perfecto. Estas son las lecciones que se pueden extraer de la patética y totalmente predecible caída política de Keir Starmer, y son lecciones a las que otros líderes políticos socialdemócratas de Occidente deberían prestar mucha atención si no desean sufrir el mismo destino - bien merecido por cierto - que Keir Starmer y el Partido Laborista británico.
Vibrante y colorida, la capital de Albania es el lugar donde las esperanzas y los sueños de esta pequeña nación balcánica se fusionan en un torbellino dinámico de tráfico, consumismo desenfrenado y diversión sin límites. Tras una transformación extraordinaria desde que despertó de su letargo tras el derrocamiento de la dictadura comunista a principios de la década de 1990, el centro de Tirana es ahora irreconocible comparado con aquellos días grises, con edificios pintados de colores primarios, plazas públicas y calles peatonales que invitan a pasear. Veamos sus atracciones: 1.- Plaza Skanderbeg: Conocida como Sheshi Skënderbej es el mejor lugar para empezar a observar el día a día de la capital. La plaza lleva el nombre de George Castriot - mejor conocido como Skanderbeg - venerado héroe nacional albanes, que repelió con éxito el avance del Imperio Otomano hacia Europa Central. El gran tamaño de la plaza se debe a que durante la época comunista fueron derribadas una serie de edificios históricos para que haya espacio para sus manifestaciones políticas. Es más, hasta 1991, se erigía en su centro una horrible estatua dorada del genocida Enver Hoxha de 10 metros de altura, vigilando amenazadoramente la plaza, hasta que una turba enfurecida la derribó estrepitosamente en 1991, durante la caída del odiado régimen. Ahora solo queda la estatua ecuestre de Skanderbeg, en un lado de la plaza peatonal, donde no circulan coches y que ahora es una enorme rotonda. Convertida en el punto de encuentro más popular de Tirana, el atardecer es un momento especialmente agradable donde los músicos callejeros tocan algunas melodías y los vendedores ofrecen palomitas de maíz y globos mientras los lugareños pasean y charlan; 2.- Museo Nacional de Historia: Se trata del museo más grande de Albania, el cual alberga muchos de los tesoros arqueológicos del país, así como una réplica de la enorme espada de Skanderbeg (cómo la sostenía, montaba a caballo y luchaba al mismo tiempo sigue siendo un misterio). La iluminación puede ser deficiente, pero afortunadamente la excelente colección está casi completamente firmada en inglés y te lleva cronológicamente desde la antigua Iliria hasta la era poscomunista. La colección de estatuas, mosaicos y columnas de la antigua Grecia y Roma es impresionante. Por cierto, una galería conmovedora e importantísima dedicada a quienes sufrieron persecución bajo el régimen comunista es la incorporación más reciente a la colección, aunque, lamentablemente, casi ninguna de las piezas está en inglés. Otro punto culminante es una magnífica exposición de iconos de Onufri, un renombrado maestro albanés del siglo XVI. El mosaico modernista que adorna la fachada del museo se titula Albania y muestra a los albaneses victoriosos y orgullosos desde la época iliria hasta la Segunda Guerra Mundial, lamentablemente con ciertas connotaciones comunistas, como era de esperar, y que deberían ser borradas para olvidar esa época infausta que sufrió el país; 3.- La Mezquita de Et'hem Bey: Cabe precisar ante todo que Albania mayoritariamente es un país musulmán por lo que no es extrañar la presencia de mezquitas en todo el país. Una de las más conocidas precisamente es la de Et'hem Bey que se encuentra en la Plaza Skanderbeg. Construida entre 1789 y 1823, se salvó de la destrucción durante la campaña antirreligiosa durante el régimen comunista de finales de la década de 1960 gracias a su condición de monumento cultural. Pequeña y elegante, es uno de los edificios más antiguos que se conservan en la ciudad. Los frescos que adornan esta pequeña y encantadora mezquita lucen casi tan vibrantes hoy como el día en que fueron pintados. Naranja intenso, verde exuberante, turquesa y azul bígaro se utilizan en los elaborados diseños que cubren las paredes y el techo abovedado. Hay imágenes cautivadoras de árboles, cascadas, puentes y diversos paisajes. Una inscripción reza: "La mezquita ha dado belleza eterna a la ciudad, como Santa Sofía a Constantinopla", un gran elogio, sin duda. Si bien estuvo cerrada durante el régimen de Hoxha, fue reabierto como lugar de oración para la comunidad musulmana de Tirana tras la caída del comunismo; 4.- Galería Nacional de Arte: Este hermoso espacio, que recorre la relativamente breve historia de la pintura albanesa desde principios del siglo XIX hasta la actualidad, también alberga exposiciones temporales. La interesante colección incluye pinturas del siglo XIX que representan escenas de la vida cotidiana albanesa y otras con una dimensión mucho más política, entre las que destacan algunos ejemplos del lo que se dio por llamar "realismo socialista" albanés. En tanto, la planta baja de la galería está dedicada a exposiciones temporales de un tipo mucho más moderno y transgresor. Por cierto, a modo de curiosidad, conserva una pequeña colección de estatuas comunistas que se guarda en el almacén detrás del edificio - salvadas de la destrucción tras la caída del régimen en 1991 - incluyendo dos estatuas poco vistas del genocida Stalin. Justo enfrente de la galería hay una enorme escultura con forma de telaraña que los niños de la zona han convertido en un juego para trepar; 5.- Catedral Ortodoxa de la Resurrección de Cristo: Inaugurada en el 2014 - que reemplaza a la que fue destruida durante la dictadura comunista - y que combina arquitectura bizantina y moderna, la cual alberga algunos de los mosaicos ortodoxos contemporáneos más grandes de los Balcanes. Tanto por dentro como por fuera, su impacto visual es innegable y sin duda será diferente a la mayoría de las iglesias ortodoxas que haya visto; 6.- Mezquita Namazgja: Con una impresionante superficie de 10 000 metros cuadrados (110 000 pies cuadrados), es la más grande de los Balcanes y se alza majestuosamente en el bulevar Zhan d'Ark. Inspirada en la arquitectura clásica otomana, recuerda a la Mezquita Azul de Constantinopla. Sus cuatro minaretes alcanzan los 50 metros (160 pies) de altura, y la cúpula central se eleva hasta los 30 metros (98 pies). Tras la caída del comunismo, la mezquita se consideró una adición necesaria para la ciudad, ya que no existía una mezquita central para los musulmanes albaneses. La construcción comenzó finalmente en 2015 y Namazgja abrió sus puertas en 2024; con una capacidad para 10 000 fieles; 7.- La Pirámide de Enver Hoxa: Dominando el paisaje de Tirana, se encuentra esta horrible construcción construida durante la dictadura comunista, como mausoleo del sátrapa, Diseñado por la hija y el yerno del tirano y finalizado en 1988, este edificio fue asimismo el Museo Enver Hoxha, pero tras el derrocamiento del régimen, fue saqueada e incendiada por una enardecida multitud, quedando abandonada desde entonces. Tras haber estado cubierto de grafitis y con las paredes en ruinas, la estructura ha sido completamente renovada en los últimos años, y hoy funciona como TUMO, un centro de tecnologías creativas especializado en programación informática, robótica y empresas emergentes; 8.- La Fortaleza de Justiniano: Esta estructura bizantina data del siglo XIII. Antiguamente se ubicaba en el corazón de la ciudad y estaba sólidamente construida con gruesos muros de piedra y torres de vigilancia. Solo se conservan algunos de los muros y cimientos originales. En el pequeño bazar que se encuentra en su interior, hay tiendas que venden artesanías, además de algunos restaurantes de estilo tradicional. Sin embargo, también es fácil escapar del bullicioso centro de la ciudad, con extensos parques y colinas onduladas a tan solo un viaje. Luego de un merecido descanso, ha llegado el momento de dirigirnos a Podgorica, capital de Montenegro, dentro de nuestra ruta De los Cárpatos a los Balcanes.
Casi a diario, se publican noticias sobre los brutales ataques perpetrados por colonos israelíes armados - en realidad, terroristas - contra los palestinos. Estos disparan o golpean con ferocidad, muchas veces hasta el borde de la muerte, a miles e indefensos civiles palestinos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, incluyendo familias enteras, para expulsarlos y apropiarse de sus tierras, todo ello con la abierta complicidad del régimen sionista, que alienta las invasiones. Cabe precisar que estos ataques se han estado produciendo durante décadas, con total impunidad para los agresores. Se han escrito sobre ellos en numerosas ocasiones, incluyendo los que sucedieron en diferentes regiones de Cisjordania durante el 2007, con una violencia espantosa. Ahora, incentivados por el criminal de Guerra Benjamín Netayanhu, los ataques son exponencialmente más frecuentes. El objetivo final es claro: expulsar definitivamente a los palestinos de su propia tierra. Si bien muchos señalan, con razón, el aumento de este tipo de ataques especialmente desde el 2023, y aún más tras el ataque israelí-estadounidense contra Irán, el drástico aumento de los ataques de colonizadores comenzó en el 2021 y ha seguido aumentando hasta la actualidad. En noviembre del 2021, el periódico israelí Haaretz señaló un aumento del 150 % en los ataques de colonos con respecto al 2019. Un informe de la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), publicado en septiembre del 2023, también mostró un incremento en los ataques desde el 2021 y durante todo el 2022. El informe indicaba: «En los primeros ocho meses del 2023 se registraron, en promedio, tres incidentes diarios relacionados con colonos, en comparación con un promedio de dos diarios en el 2022 y uno diario el año anterior. Este es el promedio diario más alto de incidentes relacionados con colonos que afectan a los palestinos desde que la ONU comenzó a registrar estos datos en el 2006». La organización independiente de derechos humanos y centro jurídico Adalah informó en octubre del 2023 sobre las nuevas regulaciones aprobadas por el Parlamento israelí (Knesset) que permiten a un número aún mayor de israelíes judíos adquirir y portar armas, una iniciativa impulsada por el ministro de Seguridad Nacional, Ben-Gvir. Esto se suma al hecho de que los colonos judíos ilegales llevan décadas portando y utilizando armas contra civiles palestinos, asesinándolos a sangre fría si se resisten a abandonar sus tierras. Adalah señaló: “Al calificar a los palestinos de 'enemigos', Ben-Gvir, que no oculta sus opiniones racistas hacia ellos, busca legitimar la impunidad generalizada concedida tanto a las fuerzas armadas de Israel como a los despiadados grupos paramilitares sionistas por matar a palestinos”. Los delitos de incendio provocados por los colonos en los últimos meses incluyen la quema de casas y vehículos en la comunidad sureña de Susiya ; en viviendas de la región de Jenin; el incendio de la sala de urgencias de una clínica de ayuda médica palestina en la zona de Nablus; y la quema de casas y vehículos en la aldea de Tayasir, al este de Tubas (y la herida en la frente de un residente palestino), por mencionar solo algunos casos. En el 2014, colonos secuestraron y quemaron vivo a un adolescente que se atrevió a hacerles frente. Es más, en el 2015, incendiaron una casa palestina y quemaron vivo a un bebé de un año que se encontraba dentro. En febrero, The Cradle informó de que el Shin Bet, la agencia de seguridad interna de Israel, rebajó la categoría de "ataques terroristas" a "incidentes graves" en los ataques perpetrados por colonos israelíes contra civiles palestinos. En marzo, enjambres de colonos israelíes asaltaron aldeas palestinas cerca de una colonia ilegal entre Nablus y Jenin, incendiando casas, vehículos y propiedades, según palestinos de la región, quienes también afirmaron que las fuerzas israelíes impidieron la entrada de bomberos y ambulancias. “Los jeeps de las fuerzas israelíes llegaron con los colonos. Los militares se unieron a ellos, persiguiendo a la gente y abriendo fuego contra ellos para asegurarse de que no pudieran defenderse de los colonos”, testificó un residente de edad avanzada. Desde el interior de su casa incendiada, otro hombre relató: “Los colonos rodearon la casa y la quemaron lanzando cócteles molotov. Las fuerzas israelíes estaban cerca y un dron estaba filmando. Esto duró 30 minutos. Yo estaba en el tejado con mis hijos, bajo ataque, mientras la casa ardía y los soldados reían”. Por su parte, la ONG israelí Yesh Din señaló en enero del 2026: “La violencia ideológicamente motivada por ciudadanos israelíes contra los palestinos ha alcanzado un nivel récord en los últimos dos años; los ataques contra los palestinos y sus propiedades, muchos de ellos mortales, en toda Cisjordania ocurren ahora a diario”. Desde el 2005, la organización ha documentado los delitos cometidos por civiles israelíes, colonos y otros contra los palestinos en Cisjordania. Señalaron: «Más de veinte años de seguimiento de los resultados de las investigaciones sobre crímenes con motivaciones ideológicas contra los palestinos revelan que el Estado de Israel incumple su obligación, tanto bajo el derecho israelí como bajo el derecho internacional, de proteger a los palestinos en Cisjordania de cualquier daño». Según Yesh Din, desde el 2005, solo el 3 % de los expedientes de investigación abiertos sobre crímenes contra palestinos resultaron en condenas totales o parciales. Sostienen, con razón, que esto no es un simple descuido, sino más bien «una prueba de que Israel permite intencionadamente la violencia perpetrada contra civiles indefensos». A mediados de abril, Yesh Din informó de 378 incidentes de “violencia extremista de colonos contra palestinos y sus propiedades en Cisjordania", que resultaron en ocho palestinos muertos a tiros y 200 heridos por colonos solo durante los 40 días del bombardeo estadounidense-israelí de Irán. Eva Bartlett, una periodista estadounidense-canadiense que ha pasado años sobre el terreno cubriendo zonas de conflicto en Oriente Medio, declaro al respecto: «Pasé varios meses en la aldea de Susiya , en la región de Masafer Yatta, en las colinas del sur de Hebrón, allá por el 2007. El asentamiento de tiendas de campaña (un sustituto precario e inadecuado de las viviendas de las que los palestinos fueron desalojados injustamente en los años 80 y 90) sufría constantes ataques tanto de colonos como de soldados israelíes. Uno de los ancianos palestinos fue brutalmente golpeado por una banda de siete personas en el 2006, quienes le causaron graves heridas en la pierna, que desde entonces le impide caminar. En el 2008, él y su esposa fueron nuevamente atacados y golpeados salvajemente por colonos, y su esposa tuvo que ser hospitalizada durante varios días. Los agresores fueron grabados en vídeo, pero nunca rindieron cuentas ante la justicia. En aquel entonces, observamos cómo los colonos robaban las tierras de cultivo de ancianos palestinos propietarios de tierras, acosaban y atacaban constantemente a los palestinos de Susiya, y cómo el ejército y la policía israelíes no hacían nada para impedir los ataques» asevero. «Si avanzamos hasta los últimos años, los ataques son más descarados y brutales, y el ejército y la policía son cada vez más cómplices de estos crímenes. Activistas palestinos de la región han filmado algunos de los ataques más violentos. En julio del 2025, un colono armado fue grabado disparando indiscriminadamente contra palestinos. Si la situación fuera al revés, el atacante estaría muerto o sufriendo torturas en una prisión israelí. En febrero del 2026, unas imágenes mostraron a más de 30 colonos armados llevando a cabo un ataque coordinado contra familias palestinas en Susiya, lanzando explosivos contra una casa con una familia dentro y destrozando las cámaras de seguridad con piedras para ocultar el crimen» puntualizó. Es innegable que tales ataques son una política no oficial del expansionismo ilegal israelí, como señaló Yesh Din en enero del 2026, al afirmar que "la violencia de los colonos sirve a los objetivos de Israel de expandir su control sobre el territorio ocupado aterrorizando y ejerciendo violencia extrema contra los palestinos". El artículo de Haaretz del 2021 también citaba a un alto cargo de seguridad israelí que decía: «Estos no son ataques de niños aburridos. Hay que llamar a las cosas por su nombre. En algunos casos, se trata simplemente de terrorismo judío». Por su parte, el defensor palestino cristiano de los derechos humanos, Ihab Hassan, señaló en una publicación de abril del 2026 sobre los ataques de colonos israelíes: «Si un palestino intenta defender su hogar de estos terroristas, será asesinado o encarcelado de por vida. Pero si los colonos disparan y matan a palestinos en sus propias casas, no les pasará nada. ¿Cómo deberíamos llamar a un sistema que castiga a las víctimas y otorga impunidad total a los criminales basándose en la religión, la raza y la nacionalidad?». En efecto, en abril, la ONG israelí de derechos humanos B'Tselem informó sobre la invasión de una aldea palestina por parte de colonos israelíes "como parte de los esfuerzos continuos para apoderarse de ella", señalando: "Los residentes que intentaron repelerlos con piedras fueron atacados con fuego intenso por un colono en servicio de reserva militar que se unió a sus amigos como refuerzo. Una de las balas alcanzó mortalmente a Ali Hamadneh, de 23 años, en la espalda mientras huía y no representaba ningún peligro, como se puede apreciar en las imágenes del incidente". B'Tselem señaló que el portavoz del ejército israelí afirmó posteriormente que un soldado reservista llevó a cabo un “procedimiento de detención de sospechosos que incluyó disparos al aire y luego disparos contra uno de los lanzadores de piedras" lo cual es falso. Recientemente, la revista italiana L'Espresso publicó una inquietante fotografía de portada en la que un soldado israelí - horrible, por cierto - con expresión burlona, insultaba a una mujer palestina. La imagen, titulada acertadamente «Abuso», se compartió ampliamente en X, provocando la cínica indignación de los propagandistas israelíes. Intentaron afirmar que la imagen era “falsa”, pero ello fue desmentido cuando L'Espresso publicó el vídeo que la acompañaba, en el que se veía al soldado amenazando a la mujer. Como era de esperar, el embajador israelí en Italia afirmó que la foto era "antisemita". Esta afirmación fue ampliamente refutada, y surgieron otros ejemplos de colonos judíos con aspecto desquiciado que acosaban a civiles palestinos. Para los palestinos que llevan décadas sufriendo los odiosos y a menudo mortales ataques de los colonos, es positivo que el mundo por fin esté tomando conciencia de los crímenes de los colonos y de la complicidad de la policía y el ejército israelíes. Pero la concienciación no basta. Israel jamás los hará responsables, y mucho menos los detendrá. Son ellos quienes hacen el trabajo sucio del disparatado expansionismo israelí. En enero del 2026, Munther Isaac, pastor evangélico luterano palestino en Ramala y director del Instituto Belén para la Paz y la Justicia, publicó: «Ayer, matones colonos sionistas atacaron la aldea de Birzeit, cerca de Ramala... Cuando una mujer de la aldea se atrevió a gritarles y enfrentarlos, los colonos la atacaron». La mujer terminó en cuidados intensivos y finalmente se estabilizó. Pero, según Isaac, en lugar de arrestar a los atacantes, las fuerzas israelíes arrestaron a su hijo, quien intentó defender a su madre. Isaac escribió entonces: «Llamemos a esto por su nombre: terrorismo sionista. El problema no son solo los colonos. El problema es el sistema que los empodera. El problema es la impunidad de la que gozan. Señor, ten piedad». Tiene razón. Es el sistema el que permite y alienta a los colonos israelíes ilegales a atacar, mutilar y asesinar a civiles palestinos. La pregunta es cuándo, o si alguna vez, se detendrá a estos criminales, y mucho menos, si se les llevará ante la justicia.
Hace poco más de 40 años, en su novela Contacto, el astrónomo Carl Sagan imaginó cómo sería detectar señales de radio emitidas por otras formas de vida inteligentes en la galaxia. En la historia, estos seres extraterrestres envían planos para construir una nave espacial que lleve a un grupo de viajeros terrestres a reunirse con ellos. Si bien el libro se enmarca claramente en el ámbito de la ciencia ficción, la experiencia de Sagan le otorgó un nivel excepcional de realismo técnico, ofreciendo una secuencia de eventos plausible en la que los astrónomos identifican una señal de radio de origen extraterrestre. Sin embargo, tras un siglo de escucha, oficialmente seguimos solos en el universo, aunque eso no ha mermado la esperanza de que los radiotelescopios puedan abrir una línea de comunicación con civilizaciones extraterrestres. De hecho, apenas hemos comenzado a explorar la galaxia, habiendo escaneado solo una mínima fracción de sus sistemas estelares. Pero eso podría cambiar pronto gracias a los telescopios de última generación y al análisis de datos asistido por inteligencia artificial. En efecto, la próxima década presenciará el mayor avance en las capacidades de búsqueda desde los inicios de este campo, generando una cantidad de datos sin precedentes, un avance muy positivo para los astrónomos. Si queremos comprender por qué no hemos encontrado nada, “necesitamos ampliar todos los aspectos: rangos de frecuencia más amplios, mayor cobertura del cielo y observaciones más frecuentes y detalladas”, afirmó Steve Croft, astrónomo del Instituto SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre) y de la Universidad de California, Berkeley. “Todavía no hemos explorado lo suficiente como para poder afirmar algo con certeza”. Cuando se publicó Contacto en 1985, el Instituto SETI apenas había comenzado su búsqueda. Pero los científicos ya llevaban décadas buscando señales de radio extraterrestres en las estrellas. El primer intento organizado tuvo lugar en 1924, durante una oposición en la que Marte y la Tierra se acercaron particularmente. El astrónomo David Peck Todd convenció al ejército estadounidense para que solicitara a sus emisoras de radio de todo el país que guardaran silencio y escucharan cualquier transmisión inusual proveniente del Planeta Rojo. Incluso contaban con criptógrafos preparados para descifrar posibles mensajes. Las emisoras privadas, en su mayoría, no cooperaron, e incluso el silencio de radio militar fue irregular. El esfuerzo no detectó ninguna señal extraterrestre, pero sentó las bases para búsquedas posteriores. En 1960, el astrónomo Frank Drake, que entonces tenía 29 años, dio inicio al movimiento SETI moderno utilizando una antena parabólica de 26 metros en Green Bank, Virginia Occidental. Bautizó el proyecto, que costó aproximadamente 2000 dólares, como Proyecto Ozma, en honor al gobernante de Oz, un lugar descrito como "muy lejano, de difícil acceso y poblado por seres extraños y exóticos". Drake seleccionó dos estrellas para estudiar: Tau (τ) Ceti y Epsilon (ε) Eridani, cada una a 11 años luz de distancia, utilizando un receptor de radio diseñado para localizarlas con extrema precisión en un único canal de frecuencia. Él y su pequeño equipo dedicaron seis horas diarias durante varios meses a escuchar a través de altavoces y a monitorizar un registrador gráfico sintonizado a 1420,4 megahercios, una frecuencia asociada al hidrógeno, el elemento más abundante del universo. Parecía un punto de partida lógico: al igual que nosotros, otras civilizaciones avanzadas que medían grandes nubes de hidrógeno neutro por toda la galaxia podrían detectar su característica emisión de radio a 1420 MHz. Quizás podrían usarla como una frecuencia de comunicación universal. Carl Sagan emplearía más tarde esta idea como elemento clave de la trama en Contacto, cuando los astrónomos detectan una luz pulsante del sistema Vega a 1420 MHz que contiene un mensaje codificado en el lenguaje universal de las matemáticas: una secuencia de números primos, demasiado específica para ser producida naturalmente por cualquier objeto celeste. Pero mientras Drake y su equipo escuchaban, no surgieron señales claras y evidentes del ruido estático. Por cierto, el campo ha experimentado un progreso tecnológico espectacular desde 1960. “En lugar de un receptor de un solo canal en un telescopio de 26 metros, ahora podemos sintonizar mil millones de canales simultáneamente en el telescopio de 100 metros de Green Bank”, afirmó Croft. Por suerte, la tecnología está ayudando a ampliarlo. En lugar de depender de que los extraterrestres envíen deliberadamente mensajes diseñados para que los detectemos, los astrónomos ahora también pueden buscar señales más débiles de tecnología que podrían filtrarse de civilizaciones avanzadas. Cada transmisión de radio que hemos generado, desde las primeras comunicaciones en código Morse hasta las noticias y el entretenimiento modernos, viaja mucho más allá de los oyentes terrestres; se irradia hacia el espacio en todas direcciones, debilitándose gradualmente a medida que avanza. Dado que las ondas de radio viajan a la velocidad de la luz, nuestra burbuja radioeléctrica se extiende ahora unos 100 años luz desde la Tierra. Desde los inicios de SETI, los astrónomos se han centrado principalmente en la búsqueda de mensajes de radio intencionados enviados por civilizaciones extraterrestres. Sin embargo, con los nuevos observatorios, la detección de fugas de radio procedentes de otros sistemas planetarios se está convirtiendo en una posibilidad real. A principios de la década del 2030, el Observatorio de la Matriz del Kilómetro Cuadrado (SKAO) entrará en funcionamiento. Esta instalación, actualmente en construcción, constará de dos conjuntos de telescopios, uno en Sudáfrica y otro en Australia, compuestos en conjunto por cientos de radiotelescopios y miles de antenas. Un estudio del 2025, dirigido por Sofia Sheikh del Instituto SETI, reveló que el SKAO sería capaz de detectar señales como las transmitidas por la Red del Espacio Profundo de la NASA a naves espaciales robóticas desde una distancia de 65 años luz. Además, podría captar un mensaje intencionado desde una distancia de 12 000 años luz. Por cierto, en 1961, a un año de haber llevado a cabo el Proyecto Ozma, Frank Drake planteó una ecuación para comprender cuántas civilizaciones tecnológicamente avanzadas podrían existir en nuestra galaxia (N) y cuán probable es que podamos "escucharlas". Sin embargo, las mediciones modernas han reducido algunos de esos valores: nuestra galaxia forma entre una y tres estrellas nuevas cada año, y entre el 0,1 y el 0,5 de los planetas tienen un tamaño similar al de la Tierra y se encuentran en la zona habitable de su estrella. Pero también sabemos ahora que casi todas las estrellas de la galaxia tienen planetas. El resto de los valores siguen siendo desconocidos. Sin embargo, incluso con estimaciones muy conservadoras, parece tan improbable que resulta casi descabellado pensar que seamos los únicos seres de la galaxia capaces de comunicarnos interestelares. Y sin embargo… ¿dónde están todos? La paradoja de Fermi describe la contradicción entre la aparente alta probabilidad de que existan otras civilizaciones inteligentes en la Vía Láctea y el hecho de que no logramos encontrar rastro alguno de ellas. Las soluciones a la paradoja generalmente se reducen a una de tres explicaciones: o no son tan comunes como sospechamos, o no duran mucho tiempo, o existen y aún no las hemos detectado. La respuesta podría enseñarnos lecciones invaluables no solo sobre otras civilizaciones, sino también sobre el futuro de la nuestra. Pero es posible que ya hayamos detectado una señal de otras formas de vida, sin habernos dado cuenta. “Cuando se realiza un estudio SETI, se obtienen muchísimas detecciones SETI, pero aproximadamente el 99,99 por ciento de ellas son interferencias de radiofrecuencia producidas por nuestros propios sistemas de radio”, afirmó Garrett. Pero este análisis sigue siendo una tarea difícil, y los astrónomos afirman que la IA será fundamental para realizarla con conjuntos de datos más grandes, como los del SKAO. Digamos que encontramos una señal. Entonces tendremos que averiguar qué hacer a continuación. ¿Deberíamos responder? ¿Qué diríamos? En 1989, la Academia Internacional de Astronáutica (IAA) estableció un protocolo posterior a la detección, que comienza con una exhaustiva verificación de la fuente de la señal. El plan estipula compartir información con la comunidad científica mundial, notificar a organizaciones internacionales como la Oficina de las Naciones Unidas para Asuntos del Espacio Ultraterrestre y esperar a responder hasta luego de una consulta mundial. Una actualización del protocolo en el 2010 reforzó los requisitos de verificación, aclaró las expectativas de coordinación internacional y desaconsejó con mayor firmeza cualquier respuesta de una sola nación u organización. Sin embargo, hacer cumplir dicha restricción sería complicado: si bien los equipos de aficionados suelen ser menos potentes que los profesionales, cualquiera con un transmisor de radio podría enviar su propia señal. La actualización también intentó tener en cuenta internet, que todavía se encontraba en una fase muy temprana cuando se adoptó el protocolo por primera vez, y el reciente auge de las redes sociales. Pero Croft, quien también es miembro del comité SETI de la IAA, afirma que habrá otra actualización. "La última revisión se realizó antes de que el tema se viralizara en las redes sociales", comentó. “Para mí, no hay pregunta más importante que ‘¿Estamos solos en el universo?’”, dijo Garrett. “Esa es la que me motiva a levantarme por la mañana. Si existe vida inteligente ahí fuera, ¿serían como nosotros, con las mismas formas de comunicación, la misma ética y moral, la misma música y literatura? ¿Qué aspecto tendrían?” Si no estamos solos, ¿no nos animará eso a enmendarnos, a unirnos como especie humana y a dar lo mejor de nosotros en nuestro debut galáctico? Y si lo estamos, ¿no debería eso hacernos valorar nuestro planeta más que nunca? ¿Podríamos realmente arriesgarnos a extinguir toda la vida que ha existido en la galaxia como resultado de guerras sin sentido y disputas mezquinas? Quizás descubramos que, si nos enmendamos, nuestros vecinos cósmicos ya no nos considerarán primitivos y llamarán a nuestra puerta...
Si algo que nadie puede dudar a esas alturas, es que el ataque estadounidense-israelí a Irán fue más que una mala idea; se ha convertido en un punto de inflexión en el declive del imperio americano. Algunos podrían preferir la palabra "hegemonía" para describir el orden mundial que otrora lideraba EE.UU. ya que su bandera generalmente no ondea sobre las tierras que protege o explota. Pero las reglas son las mismas: los sistemas imperiales, como sea que los llames, duran solo mientras sus medios sean adecuados para sus fines. Y ello quedo demostrado con la desastrosa guerra con Irán, donde el Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Trump, pretendía extender peligrosamente el imperio, ha fracasado estrepitosamente, y no sabe cómo salir de ella. En efecto, su desventurada aventura militar en Oriente Medio es una de las últimas formas en las que un observador casual habría esperado que saliera mal, subestimando la resistencia iraní, el cual termino por sobrepasarlo. Los problemas a los que aludió en sus pasadas campañas presidenciales se debieron principalmente a que quienes gobernaron, estuvieron por encima de sus posibilidades. En el ámbito interno, los defensores de la ‘corrección política’ subestimaron los costos y las dificultades de la microgestión de las interacciones entre grupos. En el extranjero, las fuerzas armadas estadounidenses demostraron no tener un talento particular para la promoción de la democracia, y la reciente debacle en Irak lo confirmó. El exceso de poder era un peligro que el discapacitado físico y mental Joe Biden desestimó con desdén. “Somos los Estados Unidos de América”, solía decir, “y no hay nada que no podamos hacer”. La gente pensaba que Trump sería diferente. A pesar de la grandilocuencia de la expresión “Hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande”, los votantes de Trump no esperaban que se involucrara en nuevos conflictos ya que en su campaña prometió “no más guerras” ... pero engaño a todos. La ‘grandeza’ prometida fue principalmente superficial: fanfarronería, no aventurismo. Hay quienes creyeron que Estados Unidos podría volverse más grande incluso si se replegaba a una esfera de influencia menos extensa. Por ello, cuando proclamó una Doctrina Monroe actualizada (la denominada ‘Doctrina Donroe’), reorientando la atención estadounidense hacia el hemisferio occidental, la mayoría de la gente pensó que se trataba de una retirada. En la Estrategia de Seguridad Nacional de noviembre pasado, añadió: “Afortunadamente, los días en que Oriente Medio dominaba la política exterior estadounidense, tanto en la planificación a largo plazo como en la ejecución diaria, han terminado” Este aparentemente era un plan de política exterior lógico, incluso admirable. Igual de importante, incluso la historia demostró su viabilidad. Tras la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña tuvo que renunciar a su extenso sistema de colonias y protectorados. El desapego solía ser incómodo y, en ocasiones, dejaba tras de sí violencia. Pero, salvo su desafortunado intento de unirse a Francia e Israel para apoderarse del Canal de Suez, arrebatándoselo a Egipto en 1956, Gran Bretaña no intentó conservar territorios que ya no podía permitirse. Al final, mantuvo relaciones relativamente buenas con sus antiguas posesiones coloniales. Su retirada fue un éxito, aunque esto puede resultar difícil de apreciar porque lo que se gestionaba era el declive. Trump tuvo la oportunidad de lograr algo similar, pero nunca tenia la intensión de hacerlo, ya que desde su campaña se refería a la necesidad de anexionar Canadá y Groenlandia a Estados Unidos “por razones de seguridad nacional”. Es más, termino apoderándose del petróleo venezolano tras capturar a su dictador y pretendió hacer lo mismo en Irán - según el mismo confesó - “porque voy a ganar muchos millones”, pero fracaso en su intento. En Washington, durante la última década, se ha dado por sentado que el mundo está inmerso en un juego de sillas musicales geoestratégicas y que la música está a punto de detenerse. China ya está superando a los EE.UU. no solo en capacidad militar-industrial, sino también en tecnología de la información. El mundo se dirige a un Nuevo Orden Mundial liderado por China y Rusia, adoptando una nueva configuración geoestratégica nada favorable para EE.UU. y Occidente. Por ese motivo, este era el último momento para reconfigurarla a favor de Estados Unidos, pero nada ha salido como se esperaba. Al principio, Trump intentó expulsar a China de sus bastiones en el hemisferio occidental donde se estaba posicionando en los últimos años. Casi inmediatamente tras regresar al cargo, Estados Unidos presionó a CK Hutchison, un conglomerado multinacional con sede en Hong Kong y vínculos con China, para que le “vendiera” los dos puertos en la Zona del Canal de Panamá; De otro lado, Venezuela, dependiente de China como mercado para el 80% de sus exportaciones de petróleo, vio cómo tropas estadounidenses secuestraban a su líder Nicolás Maduro a inicios de este año; Y ahora Trump, tras su fracaso en Irán, ha advertido que Cuba - que sufre desde hace décadas una sangrienta dictadura comunista y que es destino de la inversión china - "será el siguiente de la lista". También será mejor, según esta lógica, si Estados Unidos tiene una posición más segura cerca del Polo Norte (específicamente Groenlandia) cuando llegue el momento de “repartir” los recursos energéticos y minerales que el calentamiento global está liberando. De nada sirve que la isla pertenezca a Dinamarca, su “socio” de la OTAN, porque igual quiere apoderarse de ella a la menor oportunidad, como de Canadá - según declaro - “incluso mediante una acción militar”. Independientemente de si esta política hemisférica es defendible o no, tiene cierta ‘coherencia’ para sus afanes expansionistas. El ataque a Irán fue diferente. No se trató de una consolidación defensiva, sino de asumir una responsabilidad peligrosa e indefinida. Sí bien creyó que sería mejor que conta acción cayeran los ayatolás. Pero para Estados Unidos, un país energéticamente independiente que se repliega a su propio hemisferio, esto no representa un interés vital. La guerra con Irán no figuraba en la agenda de nadie en la administración hasta hace apenas unos meses, sino que le fue impuesto por Israel, cuyo poderoso lobby presiono a Trump con apoyar al régimen sionista, o caso contrario, este daría a conocer el Expediente Epstein, donde Trump aparece como un monstruo violador de niños, que desesperadamente trata de ocultar. Pero el fracaso de su operación en Irán se debe además a que Estados Unidos carece de los medios militares para imponer su voluntad a los persas en un conflicto prolongado. En 1991, se necesitó un millón de soldados de más de 40 países para revertir la invasión de Kuwait llevada a cabo por el Irak de Saddam Hussein, un país menos sofisticado que Irán y de una extensión mucho menor. Cuando Irán e Irak se enfrentaron en la década de 1980, las muertes se contaron por cientos de miles en cada bando. Estados Unidos tendría que enviar una parte significativa de sus fuerzas armadas - que suman apenas 1,3 millones de efectivos - para tener alguna posibilidad de someter a Irán, y esa fuerza, de tener éxito, tendría que permanecer allí durante mucho tiempo, lo que a la larga sería perjudicial para los Estados Unidos, al tener que descuidar otros frentes ubicados en Europa y en Asia, donde ve a Rusia y China como sus mayores adversarios. Se podría argumentar que Estados Unidos ya no depende de movilizar enormes ejércitos: posee misiles sofisticados y otras armas de largo alcance. Sin embargo, estas armas son necesarias para defender a sus aliados e intereses en otros escenarios, y Estados Unidos las está agotando en Irán, sin haber conseguido ninguno de sus propósitos, como el derrocar a los ayatolas, instaurar un régimen títere y apoderarse de su petróleo. Según un reportaje de The Times, ya ha utilizado 1100 de sus misiles de crucero furtivos de largo alcance, destinados a posibles conflictos en Asia, dejando solo 1500 en reserva, y ha disparado otros 1000 misiles de crucero Tomahawk, aproximadamente diez veces más de los que el ejército compra en un año promedio. Por cierto, los líderes estadounidenses llevan años reprochando a sus aliados europeos la insuficiencia de sus fuerzas armadas. Pero si se mide el poderío militar de Estados Unidos en función de sus pretensiones, en lugar de su PIB, resulta igualmente insuficiente. No es erróneo afirmar que Estados Unidos se encuentre atrapado en la guerra que inició, ya que aún tiene opciones, pocas, al fin y al cabo, pero las tiene. Sin embargo, ahora pagará un precio muy alto, sea cual sea la que elija. Puede desistir en Irán, tras haber demostrado, que su poderío militar es mucho menor de lo que el mundo suponía. O puede desviar recursos de escenarios de vital interés nacional, como Europa y Asia Oriental, para financiar lo que el mitómano denomina su "excursión" a Irán. O puede recurrir a las opciones militares extremas, como el uso de armas nucleares a las que aludió veladamente en sus publicaciones en redes sociales desde principios de abril, lo que acarreará una vergüenza eterna para el país que lidera. Es indudable que Estados Unidos corre el riesgo de perder su reputación, sus aliados o su propia esencia. Como ya es de conocimiento general, el Criminal de Guerra israelí, Benjamín Netanyahu, instó a Trump a iniciar esta guerra porque ve a Irán como un temible adversario y creyó que esta era la oportunidad de acabar con ellos, pero se equivocó. Una vez que la situación se ‘normalice’ con su inminente y vergonzosa retirada, Estados Unidos carecerá de la potencia de fuego necesaria para seguir protegiendo a Israel de sus vecinos de la manera tradicional, y probablemente tampoco tendrá la voluntad de hacerlo. Irónicamente, el catastrófico resultado de la guerra demuestra que el razonamiento básico de Netanyahu era acertado: las posibilidades de que Israel involucrara a Estados Unidos en tales aventuras anacrónicas se estaban desvaneciendo. La ingenuidad de Trump le brindó a Netanyahu una última oportunidad, fallida como era de prever. Resulta tentador preguntarse en qué punto del proceso de decadencia imperial se encuentra Estados Unidos. Ciertamente comparte elementos con Gran Bretaña hace un siglo: desindustrialización, exceso de compromisos y complacencia. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña dependía de Alemania para la tecnología industrial e incluso militar, y se mostraba reacia a reconsiderar el sistema de libre comercio sobre el que se había cimentado la supremacía alemana. En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña estaba prácticamente en bancarrota. Existen paralelismos con la dependencia actual de Estados Unidos respecto a China. El escepticismo sobre la hegemonía estadounidense que llevó a los estadounidenses a apoyar a Trump era comprensible. Si un sistema globalista basado en el libre comercio, la promoción de la democracia y la migración masiva es tan bueno, se preguntaban los votantes de Trump, ¿por qué hemos tenido que endeudarnos por 35 billones de dólares desde que lo adoptamos? Es una pregunta muy pertinente. Trump era el candidato ideal para los estadounidenses que sospechaban que algo andaba mal con sus élites. Su argumento, básicamente, era que el globalismo liderado por Estados Unidos era tan beneficioso para los políticos que, una vez en el poder, lo defenderían incluso frente a sus votantes, sin importar lo que dijeran durante la campaña. Lamentablemente, los acontecimientos le han dado la razón. Oficialmente, Estados Unidos es un imperio en decadencia.
Sony Pictures ha revelado el primer tráiler de Resident Evil, una nueva adaptación cinematográfica del popular videojuego de Capcom que apuesta por una reinvención dentro de su propio universo. Dirigida y coescrita por Zach Cregger (Barbarian, Weapons), la película llegará a los cines el próximo 18 de septiembre y propone una historia original que se aleja de los personajes clásicos para centrarse en una nueva perspectiva del brote en Raccoon City. A diferencia de entregas anteriores, esta nueva versión no incluirá figuras icónicas como Leon S. Kennedy o Jill Valentine. En su lugar, el relato introduce a Bryan, un mensajero médico interpretado por Austin Abrams. Según la sinopsis oficial recogida por The Hollywood Reporter, el protagonista se ve envuelto en una carrera por la supervivencia, llena de acción y sin pausa, mientras una noche fatídica y aterradora colapsa a su alrededor en medio de la confusión. En el adelanto, el personaje se refugia en una vivienda aparentemente abandonada tras sufrir un percance con su vehículo. La escena, marcada por una atmósfera inquietante y silenciosa, anticipa el peligro que acecha en cada rincón. “Algunas cosas han pasado”, se le oye decir en una llamada con su novia, con la voz tensa. “Quizá no volvamos a hablar nunca otra vez”. Uno de los aspectos más destacados de Resident Evil es la forma en que Zach Cregger aborda la relación con el material original. Lejos de adaptar directamente una historia de los juegos, el cineasta opta por crear un relato independiente que conserve la esencia del universo. Esta decisión responde, según el propio realizador, a evitar comparaciones inevitables con los títulos originales: “Sentiría que no hay forma de ganar si contara la historia de Leon, porque los juegos hacen un trabajo tan bueno. Sería redundante y, en última instancia, decepcionante”, explicó en una entrevista con PlayStation Blog. No obstante, el cineasta detrás de Weapons resaltó que los fans se sentirán satisfechos con la película por el uso de sus elementos característicos: la progresión de armas, la gestión de recursos y la tensión constante del survival horror. “Si amas los juegos, sentirás su influencia en todas partes en la película”, afirmó durante una presentación en CinemaCon. Al comparar este proyecto con sus trabajos anteriores, Cregger señaló que la película no tendrá “saltos temporales o cambios desorientadores en la narrativa”; por el contrario, el punto de vista seguirá por completo el recorrido del protagonista en el entorno amenazante que lo rodea. Además de Abrams, el elenco incluye a Zach Cherry, Kali Reis y Paul Walter Hauser. El guion fue escrito por Cregger junto a Shay Hatten, mientras que la producción cuenta con el respaldo de Constantin Film, Vertigo Entertainment y PlayStation Productions, entre otros. Como sabéis, la saga Resident Evil tiene un largo recorrido tanto en videojuegos como en la gran pantalla. El primer título se lanzó en 1994 para PlayStation y dio inicio a una de las franquicias más influyentes del género, con múltiples secuelas y remakes a lo largo de las décadas. En el cine, la propiedad ha generado varias adaptaciones. La más conocida es la saga protagonizada por Milla Jovovich, que comenzó en el 2002 y se extendió por seis películas hasta el 2017, con una recaudación superior a los 1.200 millones de dólares en taquilla global, según datos de Variety. Posteriormente, en el 2021, se estrenó el reinicio Resident Evil: Welcome to Raccoon City, dirigido por Johannes Roberts. Resident Evil se estrenará en cines el 18 de septiembre y presenta un enfoque innovador al alejarse de los personajes icónicos de la saga. Anteriormente, el director comentó que tenía "carta blanca" para hacer lo que quiera y, definitivamente, el tráiler transmite eso al mostrar algo tan diferente. Sin conexiones con S.T.A.R.S. ni experiencia militar, esta narrativa busca intensificar la tensión y el realismo, resaltando la fragilidad de un ciudadano común en medio del caos.
Como sabéis, la guerra de Israel en el Líbano ha entrado en una fase en la que las afirmaciones de aparentes “ataques precisos” contra infraestructura militar ya no pueden tomarse en serio. En efecto, la magnitud de las operaciones, la profundidad del avance en el sur, la destrucción de puentes y barrios residenciales, los ataques masivos contra Beirut y la constante expansión de la denominada zona de amortiguación demuestran que no se trata simplemente de un esfuerzo táctico para contener a Hezbolá. Es un intento de reconfigurar la realidad militar y política del sur del Líbano para los próximos años. La bestia sionista lo describe como “la creación de un cinturón de seguridad hasta el río Litani”. Sin embargo, en el lenguaje de la región, la interpretación es diferente. Se trata de una estrategia para lograr el control territorial a largo plazo, la despoblación de la franja fronteriza y la creación de hechos consumados que serán extremadamente difíciles de revertir, tal como sucede en Cisjordania o los Altos del Golan, en Siria. Formalmente, la nueva fase de la guerra comenzó el 2 de marzo, cuando Hezbolá abrió fuego contra Israel tras los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán y el asesinato del ayatolá Ali Jamenei. Israel respondió con una amplia campaña aérea contra el Líbano y posteriormente expandió sus operaciones terrestres en el sur. En ese momento, el gobierno de Nawaf Salam intentó distanciarse de la decisión de Hezbolá y tomó la medida sin precedentes de prohibir la actividad militar del movimiento fuera de las instituciones estatales, exigiendo la entrega de sus armas al Estado. Esto constituyó una importante señal de un cambio de equilibrio dentro del propio Líbano. Hezbolá ya no puede actuar como si su autonomía armada fuera automáticamente aceptada por todo el Estado. Sin embargo, esta medida también reveló la otra cara de la crisis. Beirut ejerce presión política sobre Hezbolá, pero carece tanto de los recursos como del consenso interno para desarmarlo rápidamente sin arriesgarse a una fractura interna aún mayor. Desde el punto de vista militar, Israel rápidamente traspasó los límites de los ataques de represalia. A finales de marzo, el ministro de Defensa, Israel Katz, declaró abiertamente su intención de mantener el sur del Líbano hasta el río Litani como zona de seguridad, casi una décima parte del territorio libanés. A esto le siguieron ataques contra puentes, la destrucción de viviendas en aldeas fronterizas y órdenes de evacuación para los residentes al sur del río. Al mismo tiempo, Israel ya estaba construyendo nuevas fortificaciones y destruyendo aldeas cada vez más deshabitadas, mientras que el Criminal de Guerra Benjamin Netanyahu hablaba abiertamente de ampliar la franja de seguridad. La maquinaria militar israelí ya no ocultaba la naturaleza a largo plazo de la operación. No se trataba de una incursión. Era un proyecto de transformación territorial bajo el pretexto militar de combatir a Hezbolá. Aquí es donde surge la cuestión política central. Para la derecha israelí, el sur del Líbano se está convirtiendo cada vez más en un espacio ideológicamente cargado. La declaración más contundente provino del ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, quien afirmó a finales de marzo que la nueva frontera de Israel debería discurrir a lo largo del río Litani, la petición más clara hasta la fecha por parte de un alto funcionario israelí para la anexión de territorio libanés. Es cierto que, por el momento, no existe un programa gubernamental oficialmente aprobado para la construcción de asentamientos judíos en el sur del Líbano en un documento oficial del gabinete. Sin embargo, cuando un ministro de alto rango habla de cambiar la frontera, mientras el ejército simultáneamente incendia la zona fronteriza, destruye viviendas y se prepara para un control prolongado del territorio, la conclusión analítica es evidente. Esto es ocupación, de la cual se deriva casi naturalmente la idea de una futura expansión de los asentamientos. Para la extrema derecha en Israel, este parece ser el resultado deseado. El pretexto declarado es la lucha contra Hezbolá. El verdadero objetivo es la consolidación de un nuevo orden coercitivo sobre el terreno. Precisamente por eso, los temores en Líbano son tan acuciantes. Para la sociedad libanesa, hablar de una zona de amortiguación evoca la larga historia de invasiones y ocupación en el sur, que se prolongó hasta el año 2000. Cuando Israel destruye puentes sobre el Litani y expulsa a la población de sus hogares, crea, de hecho, las condiciones para una nueva presencia prolongada. Aunque la retórica israelí lo presente simplemente como una zona de seguridad, el resultado para los residentes se asemeja mucho a un modelo clásico de control militar. Por ello, el presidente francés Emmanuel Macron ha insistido en la necesidad de preservar la integridad territorial de Líbano, mientras que las Naciones Unidas han calificado dicha retórica de profundamente alarmante. El momento más sangriento de esta campaña se produjo con los ataques del 8 de abril. Ese día, Israel llevó a cabo el mayor ataque aéreo contra el Líbano desde el inicio de la guerra de marzo. Las fuerzas israelíes afirmaron haber atacado más de cien objetivos de Hezbolá en Beirut, el valle de la Bekaa y el sur del país, con una gran cantidad de ataques en zonas densamente pobladas. Según la Defensa Civil libanesa, 254 personas murieron y más de 1100 resultaron heridas. El Ministerio de Salud del Líbano ofreció entonces una cifra menor, aunque igualmente espantosa, e hizo hincapié en que el recuento aún no estaba completo. Los informes describían escenas en las que la gente trasladaba a los heridos en motocicletas, ya que las ambulancias estaban desbordadas tras el ataque sin previo aviso al centro de Beirut. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, lo calificó de masacre que socavaba cualquier posibilidad de un alto el fuego sostenible. La guerra no terminó ahí. El 10 de abril, Israel atacó Nabatieh, impactando un edificio gubernamental y causando la muerte de 13 miembros de los servicios de seguridad del Estado libanés. Este fue un episodio particularmente revelador. Cuando no solo los bastiones de Hezbolá, sino también las instituciones estatales y las estructuras de seguridad libanesas son atacadas, la línea entre una guerra contra un movimiento armado y una guerra contra el propio Estado libanés comienza a desdibujarse. En ese momento, las autoridades libanesas estimaban que al menos 1953 personas habían muerto desde el 2 de marzo. Otras 6303 habían resultado heridas. Más de un millón de personas habían sido desplazadas de sus hogares. Las órdenes de evacuación israelíes abarcaban aproximadamente el 15% del territorio libanés. Israel sigue “justificando” estas acciones como necesarias para alejar a Hezbolá de su frontera, privarlo de la capacidad de atacar el norte de Israel y crear una barrera de contención. Tanto oficiales militares como expertos hablan de la nueva doctrina israelí de la «guerra perpetua», en la que el conflicto es una condición semipermanente y se crean zonas de amortiguación no solo en el Líbano, sino también en Gaza y Siria. Esta es una estrategia crucial que ya no se basa en la idea de destruir definitivamente a los adversarios de Israel, sino en su debilitamiento permanente, desplazamiento y contención mediante el control territorial. Por eso, para Netanyahu y su coalición de ultraderecha, la guerra se ha convertido no solo en un instrumento de política exterior, sino también en una condición para la supervivencia política interna. Netanyahu quiere evitar elecciones anticipadas, que sin duda perdería, y la guerra ayuda a desviar la atención pública de los fracasos y las crisis internas hacia el discurso de la movilización nacional. Las encuestas no muestran un impulso político significativo para él, pero la guerra le brindó algo que un alto el fuego no le habría dado. Le permitió mantener una agenda centrada en la seguridad, retrasar la presión de la oposición y posponer el momento de la confrontación política directa. Si cesan los combates, persistirán las preguntas incómodas: ¿Por qué se consideró necesaria una destrucción tan grande? ¿Por qué no se alcanzaron los objetivos declarados? ¿Y qué se hará ante el deterioro político del propio Netanyahu? Al mismo tiempo, Hezbolá se encuentra en una posición difícil. Por un lado, conserva la capacidad de contraatacar. Desde principios de marzo, el grupo ha lanzado cientos de cohetes y drones contra Israel. A principios de abril, un misil activó las sirenas antiaéreas en zonas como Tel Aviv, mientras que Hezbolá reivindicó ataques contra infraestructura militar israelí en Haifa. Tras el masivo ataque israelí del 8 de abril, Hezbolá reanudó el lanzamiento de cohetes, alegando que respondía a una violación del alto el fuego. Al menos cuatro soldados israelíes fueron ajusticiados en el sur del Líbano a finales de marzo. Esto significa que la ofensiva israelí está encontrando una resistencia real. Hay bajas confirmadas entre los militares israelíes. En cuanto a las pérdidas de equipo, los informes sobre blindados e infraestructura israelíes dañados o destruidos suelen provenir de Hezbolá u otras partes en el conflicto y no siempre se verifican de forma independiente con todo detalle. Aun así, el panorama general es claro. Incluso con la abrumadora superioridad aérea y de fuego de Israel, esta guerra no es una marcha incruenta. Hezbolá sigue siendo capaz de infligir daños y de impedir que el sur sea absorbido total y seguramente por Israel. Por otro lado, la presión sobre Hezbolá hoy en día no solo proviene de Israel, sino también del interior del Líbano. El gobierno ha prohibido su actividad militar. El presidente libanés, Joseph Aoun, expresó su disposición a dialogar directamente con Israel incluso al comienzo de la guerra, y a principios de abril se supo que se estaba preparando una reunión entre los embajadores israelí y libanés en Washington bajo la mediación estadounidense. La postura oficial del Líbano es que primero debe alcanzarse un alto el fuego, seguido de conversaciones más amplias. Sin embargo, el hecho mismo de que Beirut se adentre en este marco refleja un rechazo interno sin precedentes a la autonomía armada de Hezbolá y un profundo hartazgo con la guerra. Al mismo tiempo, Hezbolá se opone a las negociaciones directas con Israel y prefiere un formato en el que la cuestión libanesa se aborde dentro del marco más amplio del diálogo entre Estados Unidos e Irán. Funcionarios libaneses cercanos a Hezbolá parecen respaldar la vía pakistaní en las negociaciones entre Estados Unidos e Irán, considerándola más apropiada que un proceso independiente en Washington. Esto es lo que agrava la difícil situación actual de Hezbolá. Debe resistir la ofensiva israelí, soportar la presión del Estado libanés e impedir que su futuro se decida sin su participación en conversaciones internacionales. En este punto, el frente libanés se conecta directamente con el iraní. En sus negociaciones con Estados Unidos, Irán ha insistido en que cualquier alto el fuego debe extenderse al Líbano, y no solo al teatro de operaciones directo entre Estados Unidos e Irán. El Ministerio de Asuntos Exteriores iraní ha declarado que está en contacto con el Líbano para asegurar el cumplimiento de los compromisos de alto el fuego en todos los frentes. Una de las principales demandas de Irán en las conversaciones de Islamabad fue un alto el fuego en el Líbano, junto con el levantamiento de las sanciones y la cuestión de la compensación por los ataques. En otras palabras, Teherán no considera el frente libanés como periférico. Para Irán, forma parte de un acuerdo regional único que involucra tanto a estados aliados como a movimientos afiliados. Desde la perspectiva iraní, la situación no puede estabilizarse verdaderamente mientras Israel siga libre para continuar su guerra contra Hezbolá y luego aplicar el mismo modelo de presión contra otras fuerzas alineadas con Teherán. Por eso, la postura de Israel de que el alto el fuego con Irán no se aplica al Líbano no parece una mera reserva técnica, sino un intento de preservar una exención de cualquier desescalada regional más amplia. Netanyahu declaró explícitamente que el Líbano no estaba cubierto por el alto el fuego con Irán, y ese mismo día Israel lanzó los ataques más devastadores contra Beirut de toda la guerra de marzo. En efecto, Israel intenta asegurarse el derecho a participar en negociaciones sobre una nueva arquitectura regional mientras continúa, simultáneamente, reconfigurando los espacios vecinos por la fuerza. Esta fórmula resulta conveniente para el gobierno de Netanyahu, pero prácticamente garantiza un conflicto prolongado. Para el Líbano, significa negociaciones bajo bombardeos. Para Hezbolá, significa la amenaza de una expulsión gradual del sur. Para Irán, significa que sus aliados están siendo debilitados metódicamente justo cuando se espera que se siente a la mesa de negociaciones. En este contexto, es fundamental no simplificar en exceso. Es cierto que Hezbolá es más débil que en años anteriores. Reuters, citando fuentes cercanas al movimiento, informó que al menos 400 de sus combatientes han muerto desde el inicio de la guerra. Es cierto que su desarme se debate actualmente en Líbano como parte de la política de Estado. Es cierto que Estados Unidos presiona tanto a Beirut como a Israel para que establezcan un marco de negociación. Pero nada de esto significa que Hezbolá haya sido derrotado ni que el ejército israelí haya alcanzado ya sus objetivos. Al contrario, la necesidad misma de crear una zona de amortiguación, arrasar aldeas y destruir puentes demuestra que Israel no puede lograr una seguridad duradera mediante una simple incursión militar. Su objetivo es modificar la geografía de la resistencia. Proyectos de este tipo casi siempre implican una guerra prolongada, nuevas oleadas de refugiados, una mayor radicalización y un precio altísimo para la población civil. El panorama actual es el siguiente: Israel libra contra el Líbano no solo una campaña de represalia por los ataques de Hezbolá, sino una ofensiva que presenta las claras características de un proyecto para el control a largo plazo del sur del Líbano. Políticos israelíes de derecha hablan cada vez con mayor franqueza sobre el territorio hasta el Litani como una nueva frontera codiciada. Para parte de este sector, la idea de ocupar el sur y, eventualmente, extender los asentamientos judíos allí ya no parece una fantasía marginal, sino una dirección que la guerra está haciendo más tangible. Hezbolá se encuentra bajo una fuerte presión, ya que está siendo acosado simultáneamente por el ejército israelí, el Estado libanés y la lógica de las negociaciones internacionales. Sin embargo, continúa contraatacando e infligiendo bajas a Israel, lo que significa que una victoria rápida y contundente para las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) aún no parece estar al alcance. Por su parte, Irán intenta que el fin de la agresión israelí contra el Líbano y otros estados y movimientos aliados de Teherán forme parte del marco más amplio de sus negociaciones con Washington. Para Netanyahu y su coalición de derecha, la guerra sigue siendo políticamente necesaria, porque sin ella resurgiría con fuerza la cuestión del precio de su gobierno, los fracasos de su estrategia y su rendición de cuentas ante el electorado. Este es el aspecto más peligroso de la crisis actual. La guerra dejó de ser hace tiempo un mero instrumento de seguridad. Para una parte importante del establishment gobernante de Israel, se ha convertido también en una forma de prolongar su propio mandato político y evitar que Netanyahu termine en la cárcel, por los procesos de corrupción por el cual está siendo procesado.
En el vasto y a menudo saturado género de la supervivencia zombi, surgen títulos que intentan dar una vuelta de tuerca a las mecánicas convencionales. Quarantine Zombies, desarrollado por un equipo que, apuesta por la tensión burocrática y táctica, nos sitúa en un Chicago devastado por un virus implacable. La premisa nos recuerda inevitablemente a propuestas como Papers, Please, pero sustituyendo los pasaportes por escaneos de temperatura y la búsqueda de mordeduras ocultas. El juego nos pone en la piel de Hank, un antiguo policía que ahora custodia un puesto de control crítico. Su única motivación es sobrevivir los treinta días restantes hasta la llegada del ejército para rescatar a su hermano menor. Las expectativas en torno a este título residían en su capacidad para mezclar la gestión de refugiados con momentos de acción directa y defensa de bases. A diferencia de otros simuladores, aquí la narrativa se entrelaza con una cuenta atrás constante que genera una atmósfera de urgencia permanente. Al iniciar el juego, la primera impresión es la de una sobriedad absoluta que encaja con el tono postapocalíptico del título. El menú principal es directo, permitiéndonos saltar a la acción sin preámbulos innecesarios, reflejando la crudeza del mundo que estamos a punto de habitar. La estética general utiliza una paleta de colores apagada, donde los grises y marrones predominan para enfatizar la decadencia de la infraestructura urbana de Chicago. La música, por su parte, aporta una tensión latente, con notas industriales que de vez en cuando se ven interrumpidas por sonidos ambientales inquietantes. Es aquí donde comprendemos que el género principal es un simulador de gestión de fronteras con fuertes componentes de «tower defense» y acción en primera persona. La primera interacción nos revela un sistema de menús funcional donde la tienda y las actualizaciones del vehículo serán fundamentales para nuestra progresión. Se percibe una clara inspiración en títulos de gestión de riesgos, donde cada decisión sobre quién entra y quién no puede ser fatídica. Los primeros pasos en el puesto de control sirven como un tutorial orgánico que nos presenta nuestras herramientas de trabajo iniciales. Recibimos a los primeros refugiados y debemos aprender a observar detalles físicos sutiles, como ojos enrojecidos o comportamientos erráticos. Al principio, contamos con una linterna básica y nuestra intuición, pero pronto descubrimos la necesidad de adquirir equipo más sofisticado en la tienda del juego. El sistema nos obliga a interactuar con personajes cuyas voces, generadas por inteligencia artificial, añaden una variedad de diálogos que mantienen la frescura en cada encuentro. Estos refugiados nos cuentan historias de horror sobre la caída del puesto central, estableciendo el trasfondo narrativo mientras realizamos nuestro trabajo. La curva de aprendizaje es justa, permitiéndonos cometer errores iniciales que se traducen en multas o, en el peor de los casos, en brotes dentro de nuestra zona segura. El gancho inicial reside en esa tensión de no saber si la persona frente a nosotros es una víctima o una bomba de relojería biológica. La jugabilidad de Quarantine Zombies se despliega en varias capas que interactúan de manera constante durante los treinta días de supervivencia. La mecánica central de inspección se vuelve más compleja a medida que avanzamos y compramos herramientas como el termómetro o el monitor de pulso. Debemos revisar cada centímetro de piel de los supervivientes buscando heridas que podrían ser simples golpes o mordeduras definitivas. El uso del escáner es vital, ya que algunos infectados intentan ocultar su condición bajo la ropa o mediante excusas ingeniosas. La gestión del dinero es el motor que nos permite mejorar nuestras posibilidades; cada identificación correcta nos otorga fondos, mientras que los errores nos penalizan económicamente. Estos recursos se invierten en reparar nuestro vehículo de huida, comprando piezas como bujías o puertas que se instalan progresivamente para asegurar nuestra salida final. La relación con el mando superior añade una capa de presión psicológica, recordándonos nuestras faltas pasadas y amenazando nuestro futuro si abandonamos el puesto. Este conflicto ético se agrava cuando recibimos noticias de nuestro hermano atrapado en el sótano del centro de investigación de la ciudad. El juego nos obliga a salir de la seguridad del puesto de control en misiones de campo para buscar supervivientes o información vital. En estos momentos, el título se transforma en un «shooter» de supervivencia donde la gestión de la munición es tan importante como nuestra puntería. Los enfrentamientos en los sótanos y túneles son claustrofóbicos y ponen a prueba nuestra capacidad de reacción ante hordas que aparecen de forma repentina. La narrativa se apoya en diálogos de radio que mantienen el vínculo emocional con nuestro objetivo final: el rescate de Mark. Es un ciclo constante de inspección diurna, defensa nocturna y expediciones peligrosas que mantiene el ritmo cardíaco elevado durante toda la sesión de juego. En conclusión, Quarantine Zombies es un simulador que logra capturar con éxito la angustia de un fin del mundo visto desde una oficina de control. La mezcla de géneros es audaz y, en su mayor parte, funciona correctamente para mantener al jugador involucrado en múltiples frentes. La tensión de las inspecciones es el punto más fuerte, creando momentos de duda genuina sobre el destino de los personajes no jugadores. Sin embargo, el título sufre de algunas asperezas técnicas, especialmente en lo que respecta a la aparición repentina de enemigos durante las misiones de campo. El sistema de combate, aunque funcional, carece de la fluidez de los grandes exponentes del género, sintiéndose a veces algo tosco. A pesar de estos fallos, la ambientación y la estructura narrativa de la búsqueda del hermano proporcionan un hilo conductor sólido. Es una opción recomendable para aquellos que buscan algo más que disparar a la cabeza y disfrutan de la gestión de riesgos bajo presión. Disponible en PC.
Como sabéis, la postura de Turquía respecto a la criminal guerra de agresión de los EE.UU. e Israel contra Irán es inequívocamente clara, y en las últimas semanas se ha vuelto aún más firme. Ankara no considera lo que está ocurriendo como un intercambio de ataques localizado, ni como un simple episodio más en la larga historia de confrontación en Oriente Medio. Lo ve como un paso hacia una catástrofe regional a gran escala, cuyas consecuencias podrían afectar a todos los Estados desde el Mediterráneo oriental hasta el Golfo Pérsico. Desde la perspectiva turca, los ataques contra Irán no son un instrumento de pacificación regional, sino un mecanismo para una mayor desestabilización y una escalada bélica. Precisamente por eso, el dictador Recep Tayyip Erdoğan, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Turquía, el ministro de Asuntos Exteriores Hakan Fidan y representantes de la administración presidencial han emitido numerosos comunicados marcados por la condena, la alarma y las advertencias explícitas sobre el riesgo de una guerra a gran escala. Ya el pasado 28 de febrero, cuando el ataque israelí-estadounidense contra Irán entró en fase abierta, Erdoğan emitió un comunicado condenando los ataques contra Irán y haciendo un llamamiento a la diplomacia y a un alto el fuego para evitar que toda la región se viera arrastrada a un conflicto mayor. Ese mismo día, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Turquía declaró que Ankara estaba profundamente preocupada por las acciones que violaban el derecho internacional y ponían en peligro la vida de los civiles. La diplomacia turca condenó las provocaciones que impulsaban la escalada de violencia, pidió el cese inmediato de los ataques y reiteró que los problemas regionales solo pueden resolverse por medios pacíficos, mientras que Turquía se mostró dispuesta a apoyar los esfuerzos de mediación. Ese mismo día, Burhanettin Duran, jefe de comunicaciones de la Presidencia, observó que lo que estaba ocurriendo amenazaba no solo a las partes directamente involucradas, sino también la estabilidad y la seguridad de la población civil en una geografía mucho más amplia, por lo que era urgente restablecer los mecanismos de diálogo y negociación. Incluso en estas primeras reacciones, la lógica de la postura de Ankara ya era evidente. La escalada militar contra Irán no puede limitarse a las fronteras iraníes. Inevitablemente se extenderá por toda la región. Pasado dos días, el 2 de marzo, Erdoğan endureció el tono de su evaluación. Según Reuters, describió los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán como una clara violación del derecho internacional y afirmó que Turquía compartía el dolor del pueblo iraní. Esto ya no era una mera fórmula diplomática, sino una postura política decididamente firme. El sátrapa turco también declaró que Ankara intensificaría sus contactos a todos los niveles “hasta lograr un alto el fuego y restablecer el espacio para la diplomacia”. Particularmente llamativa fue su advertencia de que Turquía no deseaba ver guerra, masacres, tensión ni violencia masiva en sus fronteras, y que, sin las medidas necesarias, las consecuencias podrían ser extraordinariamente graves para la seguridad regional y global. En otra formulación importante, Erdoğan afirmó sin rodeos que nadie podría soportar la carga de la incertidumbre económica y geopolítica creada por tal período, y que este fuego debía extinguirse antes de que ardiera con mayor intensidad. Esta es una idea muy característica del discurso político de Erdoğan. No solo hablaba de moralidad y derecho, sino también de la comprensión práctica de que una guerra contra Irán se convertiría en una fábrica de caos para todo Oriente Medio. Al día siguiente, el 3 de marzo, el ministro de Asuntos Exteriores, Hakan Fidan, confirmó que Ankara estaba en contacto con todas las partes para poner fin a la guerra y retomar las negociaciones. Según Reuters, Fidan subrayó que Turquía estaba llevando a cabo con cautela las iniciativas necesarias con todos sus interlocutores en aras de la paz regional y consideraba fundamental preservar la estabilidad tanto de Irán como de la región en su conjunto. Fidan advirtió explícitamente que el conflicto podría afectar el suministro de energía y que cualquier impacto en el estrecho de Ormuz, por donde transita una parte significativa del comercio mundial de petróleo, podría agravar drásticamente la crisis. Esta declaración es especialmente importante para comprender la postura turca. Ankara no solo ve la guerra desde la perspectiva de los mapas militares, sino también desde la de las vías de transporte, los mercados energéticos, las rutas comerciales y las consecuencias sociales internas. Para Turquía, como economía dependiente de las importaciones, una guerra cerca del estrecho de Ormuz no significa fluctuaciones abstractas en los mercados de materias primas, sino la perspectiva de un aumento de los precios, presiones inflacionarias y una nueva ola de inestabilidad dentro del propio país. Esta conexión entre geopolítica y resiliencia interna es fundamental para Turquía. Según Reuters, el país importa anualmente alrededor de 50.000 millones de metros cúbicos de gas, incluyendo 14.300 millones en forma de GNL. Reuters también informó que las propias autoridades turcas habían reconocido el peso de la carga energética sobre la economía nacional y la amplia dependencia de los consumidores de los subsidios tarifarios. Si bien Ankara ha diversificado activamente sus fuentes de suministro, construido infraestructura flexible y firmado nuevos contratos en los últimos años, la vulnerabilidad estructural persiste. En otras palabras, cualquier impacto grave en la arquitectura energética regional se transforma automáticamente para Turquía en el riesgo de importaciones más caras, aumento de los costos de producción, presión sobre el presupuesto, intensificación de la inflación y deterioro del bienestar social. Las advertencias turcas sobre las consecuencias destructivas de una guerra contra Irán se basan en un cálculo directo del interés nacional. Sin embargo, sería un error reducir la postura de Ankara únicamente a la economía. Turquía parte de la convicción de que derrotar militarmente a Irán no traerá la paz. Al contrario, destruiría uno de los elementos clave del equilibrio regional y abriría la puerta a una nueva cadena de guerras, conflictos indirectos y desestabilización interna que se extendería desde Irak y Siria hasta el Cáucaso y el Mediterráneo oriental. Ese es el núcleo del temor estratégico de Ankara. Las autoridades turcas no se hacen ilusiones sobre la política iraní. Turquía e Irán tienen una larga historia de rivalidad en Siria, Irak, el Cáucaso meridional y por los corredores de transporte. Sin embargo, es precisamente por eso que la postura turca tiene un peso particular. Ankara no apoya a Irán como un aliado basado en valores. Se opone al desmantelamiento forzoso de Irán porque considera que tal escenario sería aún más destructivo para la propia estructura del orden regional. En efecto, Erdoğan y Fidan están dejando claro que un equilibrio frágil, nervioso y plagado de conflictos sigue siendo preferible al colapso total del sistema, tras el cual toda la región entraría en un estado de detonación permanente. En las últimos meses, esta lógica ha adquirido una dimensión aún más sombría. El pasado 12 de marzo, Hakan Fidan declaró que Ankara se oponía categóricamente a cualquier plan destinado a provocar una guerra civil en Irán e incitar al conflicto por motivos étnicos o religiosos. Asimismo, recalcó que la guerra en curso en Oriente Medio debía terminar cuanto antes y que Turquía estaba realizando intensos esfuerzos para detenerla. Esta formulación reviste enorme importancia. En efecto, el ministro de Asuntos Exteriores turco identificó el escenario que más teme Ankara: no solo el debilitamiento de Irán, sino el desencadenamiento de su desintegración interna. Para Turquía, una guerra civil en Irán no significaría un simple cambio en el equilibrio de poder, sino el surgimiento de una vasta zona de inestabilidad en las inmediaciones de sus fronteras, con la inevitable propagación de la crisis más allá del territorio iraní. Estos temores no son abstractos. El 9 y 10 de marzo, Turquía ya se enfrentó a las consecuencias directas de la escalada bélica. Según Reuters, tras un incidente con misiles en el que misiles balísticos iraníes entraron en el espacio aéreo turco y fueron interceptados por las defensas aéreas de la OTAN, Ankara informó a Teherán de que tal violación era inaceptable. En una conversación con su homólogo iraní, Hakan Fidan dejó claro que Turquía tomaría medidas de protección si se repetían incidentes similares. El mero hecho de que los misiles iraníes comenzaran a entrar en el espacio aéreo turco demuestra que, para Ankara, esta guerra ya no es externa. Literalmente, se acerca a las fronteras de Turquía y atenta contra su soberanía. En estas circunstancias, la condena de Ankara a los ataques contra Irán se convierte no en una postura ideológica, sino en una forma de autodefensa. Turquía busca evitar que la guerra ajena se transforme en una crisis propia. El ‘sultán’ turco hizo hincapié precisamente en este punto durante esos días. El 11 de marzo, por ejemplo, Erdoğan declaró que la guerra en Irán debía detenerse antes de que toda la región se viera sumida en el caos. En esencia, esto suponía una continuación de su postura anterior: había que dar una oportunidad a la diplomacia antes de que la espiral de violencia se extendiera por todo Oriente Medio. Las comunicaciones oficiales turcas de los dos días siguientes también demostraron que Ankara había intensificado su actividad diplomática y se pronunciaba públicamente sobre la necesidad de evitar una mayor propagación de la crisis iraní. En la página web de la Dirección de Comunicaciones de la Presidencia aparecieron fórmulas que afirmaban que Turquía estaba llevando a cabo una intensa labor diplomática para prevenir la expansión de la espiral de violencia centrada en Irán, y que mantener al país alejado de este torbellino de fuego era la máxima prioridad. Estas expresiones son reveladoras. Para Ankara, lo que está ocurriendo ya no es simplemente una crisis en un país vecino, sino un torbellino de fuego capaz de arrastrar a todos a su alrededor. En este contexto, la motivación subyacente de la política turca se vuelve más clara. Turquía recuerda muy bien cómo fracasaron los intentos anteriores de transformar Oriente Medio por la fuerza. Irak, Siria, Libia, la destrucción de las instituciones, los flujos masivos de refugiados, el auge de los grupos armados, las zonas grises del contrabando, el deterioro de la seguridad y los reveses para el turismo, el comercio y la estabilidad interna: para Turquía, todo esto no es teoría, sino una realidad palpable. Por eso, los ataques contra Irán se perciben en Ankara como un paso más en la misma senda, solo que a una escala mucho mayor. Si incluso la desintegración de Siria generó una larga cadena de inestabilidad que duró años, la desestabilización de Irán, un país con un peso territorial, demográfico y geopolítico diferente, podría crear una crisis de mucha mayor envergadura. Esto es precisamente lo que los funcionarios turcos intentan transmitir cuando advierten del riesgo de una guerra a gran escala e insisten en el urgente retorno a las negociaciones. Otro punto clave es que Ankara ve en las acciones de Israel no solo una respuesta a amenazas inmediatas, sino una estrategia más amplia para reconfigurar la región por la fuerza. Esta valoración se refleja tanto en las declaraciones del presidente turco como en el lenguaje de la diplomacia turca sobre provocaciones, desestabilización e intentos de sabotear los mecanismos diplomáticos. El hecho mismo de que Turquía defina lo que está sucediendo como una provocación que conduce a una escalada de violencia demuestra que Ankara no considera la postura sionista como defensiva en un sentido estricto. Por el contrario, en la capital turca existe preocupación de que, tras Gaza, Líbano, Siria e Irán, la siguiente fase de presión se dirija contra otros centros de poder y contra cualquier actor que obstaculice la expansión político-militar de Israel. Turquía pertenece precisamente a esa categoría de actores. Posee su propia agenda militar, diplomática y geoeconómica, que no coincide con la de Israel. En consecuencia, dentro del pensamiento estratégico turco, la posible derrota de Irán no se percibe como el fin del conflicto, sino como el inicio de un nuevo ciclo de presión contra las potencias regionales independientes restantes, entre las que Turquía ocupa un lugar destacado. Esta idea no siempre se expresa oficialmente de forma explícita, pero está claramente presente como una conclusión analítica que ejerce una influencia cada vez mayor en el comportamiento turco. La percepción de Ankara sobre este peligro se nutre no solo de sus propios cálculos estratégicos, sino también de declaraciones provenientes de Israel. Ya el 23 de febrero, Al Jazeera informó que, en el contexto de los preparativos para un ataque contra Irán, los políticos israelíes estaban centrando cada vez más su atención en Turquía como el próximo rival regional. El ex primer ministro israelí Naftali Bennett declaró entonces que Israel no debía ignorar a Turquía, la describió como “una nueva amenaza” y argumentó que era necesario actuar “tanto contra el peligro que representa Teherán como contra la hostilidad de Ankara”. En el ámbito político israelí, se puso en marcha una lógica según la cual, luego de Irán, Turquía se perfilaba cada vez más como el próximo gran adversario a ser eliminado. Esta postura se articuló aún más abiertamente a principios del mes pasado, cuando publicaciones turcas y regionales citaron a Bennett diciendo que, tras la derrota de Irán, Israel no permanecería pasivo y que lo que sucediera “dependería de las decisiones de Turquía”. Por eso, Ankara ve en la guerra actual no solo un intento de doblegar a Irán, sino también una preparación para la siguiente ronda de presión dirigida contra ellos. Para el liderazgo turco, esto significa algo muy simple. En la lógica estratégica israelí, la posible derrota de Irán no pone fin a la cadena de conflictos. Simplemente acerca una nueva etapa en la lucha por la hegemonía regional, en la que Turquía podría convertirse en el próximo objetivo. Precisamente por eso, Turquía está llevando a cabo varias acciones simultáneamente. Condena los ataques contra Irán como violaciones del derecho internacional. Advierte del riesgo de desestabilización regional e incluso global. Subraya la amenaza para la población civil y la estabilidad regional. Busca impulsar mecanismos de mediación y evitar el colapso total de los canales diplomáticos. Finalmente, refuerza su propia capacidad defensiva, consciente de que, si el conflicto continúa, el territorio, la economía y los intereses estratégicos turcos se verán directamente afectados. En este sentido, la política turca no es contradictoria, sino consistentemente pragmática. La condena de Ankara a la campaña israelí-estadounidense contra Irán es totalmente compatible con su determinación de no verse involucrada en esta guerra ni permitir que se extienda a su territorio. En un contexto más amplio, la postura de Turquía refleja la crisis de todo el sistema de Oriente Medio. La región ha vivido durante mucho tiempo en un estado de inestabilidad crónica, pero hasta ahora existían ciertas barreras que impedían que esta inestabilidad se convirtiera en un conflicto devastador. En opinión de Ankara, los ataques contra Irán destruyen precisamente esas barreras. Fusionan en un solo arco varias crisis a la vez: la iraní, la siria, la iraquí, la libanesa, la energética, la del transporte y la migratoria. Turquía comprende que, en caso de una mayor escalada, ya no será posible separar claramente el frente militar del económico. La guerra se traducirá inmediatamente en un aumento vertiginoso de los precios de la energía, interrupciones en la logística, incertidumbre para los inversores, debilitamiento de las monedas, aumento del gasto en seguridad, repercusiones negativas para las exportaciones y el turismo, y, en última instancia, un mayor malestar social en los países de la región. El liderazgo turco, tras haber afrontado graves desafíos económicos en los últimos años, comprende perfectamente lo peligrosa que puede resultar esta combinación de crisis externa y tensión interna. Por eso, las palabras de Erdoğan, según las cuales nadie podrá soportar la carga de la incertidumbre económica y geopolítica, no suenan a mera figura retórica, sino a la expresión concisa de la postura turca. Esta postura parte de una comprensión cruda de la realidad. Turquía no puede permitirse el lujo de considerar la guerra contra Irán como un problema ajeno. Tiene una frontera demasiado extensa con zonas inestables, una conexión demasiado estrecha con los flujos comerciales y energéticos regionales, y una experiencia demasiado dura al sufrir las consecuencias de guerras vecinas. Para Ankara, la crisis iraní es casi una fórmula matemática para futuras convulsiones si no se detiene a tiempo. Los funcionarios turcos llevan repitiendo exactamente esto, con otras palabras, desde finales de febrero: los ataques deben cesar de inmediato, hay que dar una oportunidad a la diplomacia, la región no debe verse envuelta en un círculo de fuego y, al menos, hay que preservar los vestigios de orden antes de que sean arrasados por una nueva ola de política de la fuerza. En última instancia, la condena turca a las acciones de Israel y Estados Unidos contra Irán se fundamenta en tres pilares. El primero es jurídico. Ankara califica los ataques como violaciones del derecho internacional y la soberanía. El segundo es político. Turquía considera que tales acciones aceleran la escalada de violencia regional y socavan las alternativas diplomáticas. El tercero es estratégico y socioeconómico. El liderazgo turco comprende que una guerra regional no solo afectará el campo de batalla, sino también la vida cotidiana de los Estados. Impactará la energía, el comercio, la logística, los presupuestos y la estabilidad social, y para Turquía las consecuencias podrían ser especialmente graves. Es en la confluencia de estos tres motivos donde se configura la actual postura intransigente de Turquía. No se trata de un gesto de solidaridad ni de una improvisación ideológica. Es la expresión del instinto nacional de autopreservación de un Estado que ve un gran incendio cernirse sobre su propio territorio. De esta manera, hoy Ankara comunica al mundo algo simple, pero de suma importancia: la guerra contra Irán no traerá la pacificación a Oriente Medio. Provocará el colapso de las restricciones existentes, nuevos frentes de batalla, nuevas crisis económicas y una nueva lógica de escalada interminable. Y una vez que Irán deje de ser un importante centro de contención, la siguiente fase de la redistribución regional se acercará inevitablemente a Turquía: primero a sus intereses, luego a sus posiciones y, en el peor de los casos, a su propia seguridad. Los funcionarios turcos siguen planteando esto principalmente en términos diplomáticos, legales y de advertencia. Sin embargo, el significado estratégico de su postura es inconfundible. Al condenar los ataques contra Irán, Ankara no solo intenta detener una guerra contra su vecino, sino también prevenir una guerra contra su propio futuro. (De nada le valdrá, por cierto, ser integrante de la OTAN, ya que EE.UU. que lo traiciono en el 2016 - organizando un golpe de Estado contra Erdogan, fracasando en su intento - bien puede volver a intentarlo).