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miércoles, 14 de enero de 2026

IRÁN: ¿Entre la espada y la pared?

Durante más de cuatro décadas, Irán ha sido sometida a una de las campañas más sostenidas y amplias de presión externa en la historia moderna. En efecto, la guerra económica, la intimidación militar, las operaciones encubiertas, la manipulación de la información, el aislamiento diplomático y la deslegitimación política han sido todas empleadas con un único objetivo estratégico: debilitar a Irán internamente y, finalmente, desmantelar su orden político soberano. Que este objetivo no haya sido alcanzado no es cuestión de azar. Es evidencia de que el propio manual de desestabilización ha alcanzado sus límites. Como sabéis, Estados Unidos y sus aliados sionistas han agotado casi todas las herramientas conocidas, salvo una invasión a gran escala. Lo que queda hoy no es una estrategia, sino una escalada impulsada por la frustración y el declive imperial. Lo que se ve ahora es resultado de ello. En efecto, las células durmientes del Mossad (servicio de espionaje del régimen israelí) y la CIA (la Agencia Central de Inteligencia de EE.UU.) han operado en modo activo en Teherán y varias otras ciudades iraníes durante las últimas semanas, incendiando estaciones de autobuses, tiendas, mezquitas, bancos y clínicas médicas. Armados con rifles Kaláshnikov y cócteles molotov, estos alborotadores respaldados por fuerzas extranjeras han enloquecido, aterrorizando a los ciudadanos comunes en las calles, sin ahorrar ni a mujeres ni a niños. Se ha tratado de un proyecto meticulosamente planeado para fomentar el caos y el desorden dentro de la República Islámica. Pero la piedra angular de esta campaña de presión total ha sido la guerra económica. Las sanciones impuestas a Irán van mucho más allá de medidas dirigidas a instituciones estatales o funcionarios específicos. Están diseñadas para sofocar toda la economía. Al restringir las exportaciones de petróleo, cortar el acceso a los sistemas bancarios globales, penalizar a terceros y obstruir el comercio, estas sanciones buscan aumentar los costos de vida, devaluar la moneda y socavar la confianza pública. Por cierto, los civiles no son daños colaterales en esta estrategia. Son la palanca. Este enfoque constituye un castigo colectivo, prohibido por el derecho internacional. Sin embargo, ha sido normalizado mediante eufemismos como “máxima presión” y “palanca económica”. La intención nunca ha estado oculta. Las sanciones fueron explícitamente enmarcadas como herramientas para provocar disturbios internos y forzar el colapso político. Cuando siguieron las dificultades, se citó cínicamente como prueba del fracaso del Estado, en lugar de como el resultado predecible de la coerción externa. Junto a la presión económica, Irán ha enfrentado una implacable intimidación militar. Cabe precisar que el país está rodeado por bases militares extranjeras. Su espacio aéreo y sus rutas marítimas son constantemente probados. Operaciones de sabotaje, ciberataques y asesinatos de personal científico y militar se han producido repetidamente. Estos actos constituyen una guerra no declarada, justificada bajo el lenguaje de seguridad y disuasión. A diferencia de los Estados que previamente fueron objeto de operaciones de cambio de régimen mediante las llamadas “revoluciones de colores” organizadas por la CIA, Irán no se ha fracturado bajo esta presión. La intimidación militar no ha producido sumisión. En cambio, ha reforzado la disuasión, la adaptación estratégica y la cohesión nacional. Este resultado contradice las suposiciones subyacentes de la doctrina coercitiva y explica la creciente impaciencia en la retórica occidental. De otro lado, hay que recalcar que las operaciones encubiertas por parte de Estados Unidos y los sionistas - expulsados del país en 1979 con la Revolución Islámica que derroco a la corrupta monarquía del Shah, títere de Occidente - han sido otro pilar del esfuerzo de desestabilización. La relación entre la dinastía Pahlavi y los intereses sionistas se remonta a la década de 1960, cuando se creó la siniestra SAVAK con la ayuda de Israel y se finalizaron acuerdos secretos sobre petróleo, lejos del escrutinio público. Tras su caída, la guerra cibernética dirigida a la infraestructura, el sabotaje industrial, el espionaje y la penetración de inteligencia se han llevado a cabo con persistencia. Estas acciones están destinadas a erosionar la capacidad en silencio, minar la confianza y evitar el enfrentamiento directo. Sin embargo, incluso ahora, los resultados han sido limitados. Irán ha soportado pérdidas, reconstruido capacidades y ajustado sistemas. La guerra encubierta ha infligido daño, pero no ha provocado un colapso. Asimismo, la guerra de la información ha jugado un papel igualmente central. Irán está sometido a un continuo asalto narrativo. El enmarcamiento mediático de los grandes medios occidentales controlados por los judíos, enfatiza los disturbios mientras borra el impacto de las sanciones. Así, las protestas se amplifican sin contexto. La presión externa desaparece de la narrativa. Las quejas políticas se internacionalizan y se reconfiguran como “ilegitimidad del régimen” en lugar de considerarse como desafíos sociales agravados por la interferencia extranjera y décadas de sanciones injustas y debilitantes. Esta estrategia narrativa busca deslegitimar la soberanía en sí misma. El Estado se presenta como inherentemente disfuncional, independientemente de la realidad sobre el terreno. Cualquier señal de disidencia se enmarca como un colapso inminente del sistema. Cualquier afirmación de independencia es etiquetada como agresión. La guerra de la ‘información’ no tiene como objetivo informar. Su objetivo es condicionar la percepción. La deslegitimación política se ha extendido hasta la promoción de figuras en el exilio y alternativas nostálgicas. Los actores externos han intentado repetidamente fabricar opciones de liderazgo desconectadas de la sociedad iraní. Las fantasías monárquicas y la oposición respaldada por extranjeros se presentan como “futuros viables”. Pero estos actores carecen de legitimidad interna y funcionan principalmente como instrumentos de presión externa en lugar de fuerzas políticas auténticas. A nivel regional, Irán ha sido objetivo de guerras por poder y estrategias de contención. Se presiona a aliados y socios. Se persigue el aislamiento diplomático. El objetivo es estirar los recursos y generar inseguridad perpetua. En lugar de aislar a Irán, esta estrategia ha desestabilizado regiones enteras y ha consolidado ciclos de conflicto. La contención ha producido caos, no control. Sin embargo, a pesar de la intensidad de esta campaña multidimensional - y las promesas de Trump “de acudir en ayuda” de las protestas digitadas por la CIA y el Mossad - el objetivo central ha fracasado. Irán no ha colapsado. Su sistema político permanece intacto. Su postura estratégica perdura. Su soberanía sigue siendo un principio unificador a través de las diferencias internas. Esta resiliencia se basa en varios factores: instituciones fuertes, memoria histórica de la intervención extranjera, un sentido profundamente arraigado de independencia y una cultura política que ve la resistencia no como extremismo, sino como dignidad. Las amenazas externas han reforzado constantemente la cohesión interna en lugar de erosionarla. La presión destinada a fragmentar la sociedad ha dejado en claro las líneas rojas. La soberanía, una vez desafiada, se convierte en un punto de unidad. Lo que queda hoy es una fase peligrosa. Con las herramientas tradicionales agotadas, la retórica se ha vuelto más imprudente. El apoyo abierto a los disturbios, las amenazas públicas de uso de la fuerza y el abandono de la moderación diplomática señalan un giro de la coerción calculada a la escalada impulsiva. Este no es el comportamiento de una potencia confiada. Es el comportamiento de un imperio que lucha por frenar su declive. La desestabilización de Irán debe entenderse dentro de un patrón global más amplio. A medida que Estados Unidos pierde primacía económica, autoridad moral y monopolio estratégico, depende cada vez más de la disrupción para evitar que las alternativas se consoliden. El caos se vuelve preferible a la independencia. La desestabilización se convierte por ello en un sustituto de la adaptación. Sin embargo, esta estrategia conlleva un riesgo inmenso. Acelera la polarización global, erosiona la confianza en el derecho internacional y empuja a más Estados hacia sistemas alternativos de cooperación. Lo que se pretende como dominancia acelera el aislamiento. Evaluamos por ello que el “cambio de régimen” en Irán a través de la coerción externa es inalcanzable. La desestabilización continua no producirá cumplimiento. Producirá escalada, inestabilidad regional y fracturas más profundas en el sistema internacional. El abandono de la coherencia legal en la búsqueda de objetivos geopolíticos socava el mismo orden que los estados poderosos dicen defender. El futuro de Irán debe ser determinado por su propio pueblo, libre de sanciones, amenazas y manipulaciones extranjeras. El diálogo no puede ser forzado. La soberanía no puede ser negociada bajo presión. La desestabilización no es diplomacia. Por ese motivo, el fracaso del manual de Estados Unidos y los sionistas contra Irán expone una verdad más profunda. El poder imperial puede infligir sufrimiento, pero no puede someter indefinidamente a una sociedad que fundamenta su legitimidad en la independencia y la dignidad. Lo que se está colapsando hoy no es Irán, sino la credibilidad de un orden global que privilegia el poder sobre la ley. La historia ha demostrado repetidamente que los imperios no caen porque se les resista. Caen porque se niegan a cambiar (Por cierto, es innegable que el interesado apoyo de Trump a las protestas "por la libertad y la democracia" en Irán,ocultan su deseo de querer apoderarse de su petróleo,tal como sucedió en Venezuela. A nadie engaña).

DUSTWIND / RESISTANCE: Un desafío táctico en el páramo apocalíptico

Como sabéis, el universo de los videojuegos se ha visto inundado por narrativas de supervivencia extrema en entornos desolados. La figura del superviviente solitario que recorre un mundo postapocalíptico en busca de venganza es ya un arquetipo consolidado en la industria. Esta saturación hace imperativo que cada nuevo título proponga elementos verdaderamente diferenciadores para captar la atención del jugador. En esta ocasión, la propuesta que busca hacerse un nombre en este concurrido género es Dustwind: Resistance, un desarrollo a cargo del estudio Z-Software. El juego se presenta como una secuela que se inscribe en un universo ya existente. Este hecho puede generar un atractivo inmediato para aquellos aficionados que ya disfrutaron de la entrega anterior, Dustwind – The Last Resort. Para los recién llegados, sin embargo, el juego ha de ser evaluado por sus propios méritos como una obra independiente. Las expectativas giran en torno a si este viaje por las tierras baldías mutadas logrará ofrecer una experiencia lo suficientemente satisfactoria. Se buscan elementos que lo coloquen a la altura de referentes ineludibles del género. La fórmula de la historia de venganza en el apocalipsis es, lamentablemente, un camino trillado. Títulos como Fallout: New Vegas o Mad Max han explorado exhaustivamente este terreno narrativo. Por ello, se esperaba que esta nueva incursión ofreciera una trama con mayor originalidad y un profundo desarrollo. Sin embargo, la premisa de Dustwind: Resistance se ancla en un argumento excesivamente formulista y predecible. El personaje principal, un granjero de una pequeña comunidad, se convierte en el único superviviente tras un ataque de saqueadores. Este ataque, liderado por una figura conocida únicamente como el «Señor de la Guerra», sirve como el previsible catalizador para una cruzada personal. La falta de innovación en el hilo conductor puede ser un punto de partida decepcionante para muchos jugadores. El arco narrativo resulta ser una concatenación de clichés, carente de giros argumentales verdaderamente sorprendentes. No obstante, una trama convencional no es necesariamente un defecto capital si la ejecución jugable compensa la previsibilidad. La pregunta fundamental es si el disfrute de la partida logra superar las limitaciones impuestas por un guion derivativo. La experiencia de juego, se sitúa en una compleja encrucijada entre la diversión y la frustración constante. La primera impresión de un videojuego debe ser lo suficientemente impactante como para invitar al jugador a profundizar en su propuesta. Dustwind: Resistance se presenta desde el inicio con una perspectiva visual que remite a los clásicos del género isométrico. Sus primeros pasos son determinantes para la experiencia general del jugador. Un inicio bien diseñado debe enganchar, mientras que uno deficiente puede convertirse en un obstáculo insalvable. En este caso, el proceso de inmersión se enfrenta a una dificultad que se califica como brutal, especialmente en los momentos iniciales. La curva de aprendizaje no es gradual; por el contrario, representa un muro que el jugador debe escalar desde el primer momento. El juego presenta una sección introductoria que pretende cumplir la función de tutorial. Sin embargo, la transición desde esta etapa de aprendizaje hasta la acción real se percibe como un salto abrupto. La diferencia de dificultad es tan extrema que puede desanimar a un porcentaje significativo de jugadores. La intención del diseño es promover un pensamiento estratégico y táctico en el jugador. Lamentablemente, la ejecución del combate en tiempo real, sumada a una cámara que se sitúa a gran distancia del centro de la acción, dificultan enormemente la aplicación de estas tácticas. El manejo del combate requiere un periodo de adaptación que resulta ser demasiado prolongado. A pesar de las numerosas horas de juego, el control total sobre el sistema de enfrentamiento nunca se llega a dominar por completo. El jugador se ve obligado a pausar el juego con frecuencia para impartir órdenes al equipo. Aunque esta pausa táctica es necesaria, la posterior reanudación de la acción obliga al jugador a apuntar manualmente. Esta mezcla de acción en tiempo real con comandos tácticos resulta ser una combinación incómoda e inestable. La sección central de Dustwind: Resistance está dedicada al desarrollo de sus mecánicas más profundas. Una vez superada la frustración inicial, el juego revela una capa de personalización y progresión que es, con diferencia, su punto más interesante. El jugador puede optar por configuraciones de armadura ligera y armas cuerpo a cuerpo. Este arquetipo se centra en la velocidad y el movimiento ágil en el campo de batalla. Por otro lado, existe la opción de crear un verdadero tanque. Este se equipa con armaduras pesadas y armamento de gran calibre, como una ametralladora, para soportar y devolver grandes cantidades de daño. Este sistema de equipo y especialización es profundo y muy atractivo para los amantes de la gestión de personajes. En contraposición, la jugabilidad en el mapa de mundo y los desplazamientos sufren de problemas de ritmo notorios. Los movimientos de los personajes son lentos, lo que convierte los trayectos largos en una experiencia tediosa. Si el objetivo se encuentra a una distancia considerable, el tiempo empleado en llegar resulta aburrido y desincentiva la exploración libre. Este factor de pacing se agrava por la ausencia de un minimapa en la interfaz principal. El jugador se ve obligado a consultar constantemente la pantalla del mapa completo. Esta acción rompe el flujo del juego y acentúa la sensación de lentitud. Por cierto, el combate, aunque frustrante, introduce una mecánica peculiar que puede explotarse estratégicamente. Se trata de la acción de ponerse de rodillas o arrodillarse. Adoptar esta posición aumenta significativamente la probabilidad de impactar al enemigo. De igual manera, reduce la probabilidad de que el personaje sea alcanzado por el fuego enemigo. El inconveniente de esta postura es la notable disminución de la velocidad de movimiento. Sin embargo, esta lentitud puede ser ventajosa en ciertas situaciones. Contra atacantes cuerpo a cuerpo, por ejemplo, el movimiento lento hacia atrás permite ganar el tiempo necesario para disparar. Contra atacantes a distancia, el beneficio de la evasión supera al coste de la velocidad. En conclusión, Dustwind: Resistance se presenta como un juego de nicho. Es una propuesta honesta que intenta hacerse un espacio en el saturado género postapocalíptico. La experiencia global es una compleja mezcla de elementos positivos y negativos. No es, en modo alguno, el peor juego de su tipo. Sin embargo, la balanza se inclina a menudo hacia la exasperación. Entre sus puntos fuertes, podemos indicar: La profunda variedad en la gestión de habilidades y la construcción de personajes; El amplio abanico de equipo disponible para personalizar a la escuadra de combate; El uso de la perspectiva isométrica, que evoca los clásicos del género apocalíptico; La mecánica de arrodillarse, que añade una capa de estrategia táctica al enfrentamiento. Disponible en PlayStation 5, Microsoft Windows, Xbox Series X|S.
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