La primera ministra de Alberta, Danielle Smith, ha anunciado el pasado fin de semana que la provincia canadiense de Alberta, rica en petróleo, celebrará en octubre una votación sobre si permanecer en el país o dar pasos hacia un referéndum vinculante sobre la independencia. Se prevé que la votación se celebre el 19 de octubre y en ella se preguntará a los habitantes de Alberta si desean que la provincia permanezca en Canadá. Smith recalcó que no se tratará de un referéndum vinculante sobre la independencia, sino que servirá para determinar si la población desea impulsarla. El anuncio se produce luego de que el grupo independentista Stay Free Alberta - promovido por los EE.UU. - presentara cerca de 302.000 firmas para convocar un referéndum ciudadano sobre la secesión de Canadá. El umbral requerido era de 177.732 firmas, equivalente al 10% de los votos emitidos en las anteriores elecciones provinciales. Smith ha declarado que apoya que Alberta permanezca en Canadá, pero argumentó que la población debería poder expresar su opinión sobre el futuro de la provincia. La iniciativa fue impugnada ante los tribunales por grupos de las Primeras Naciones, que alegaron que la secesión violaría los derechos establecidos en los tratados. Al respecto, el primer ministro canadiense, Mark Carney, respondió afirmando que Alberta es "esencial" para Canadá y prometió construir un país más fuerte. Ottawa ha intentado abordar algunas de las quejas de larga data de Alberta, incluidas las disputas sobre la política energética y el acceso a los mercados de exportación para el sector petrolero y gasífero de la provincia. Alberta es una de las regiones productoras de energía más importantes de Canadá y desde hace tiempo mantiene discrepancias con el gobierno federal en materia de regulación ambiental, impuestos y acceso a oleoductos. El sentimiento separatista se ha visto alimentado por las acusaciones de que Ottawa ha frenado el desarrollo económico de la provincia en materia de recursos naturales, aunque las encuestas sugieren que la independencia total sigue siendo una postura minoritaria. Aunque los habitantes de Alberta voten a favor de la independencia y se celebre un referéndum oficial, la provincia no puede separarse unilateralmente de Canadá. Según el marco constitucional canadiense, un resultado claro del referéndum requeriría negociaciones con el gobierno federal y las demás provincias, mientras que las impugnaciones legales de los grupos indígenas podrían complicar aún más el proceso. Como recordareis, Mark Carney, ganó las elecciones a finales de abril del año pasado, en medio del rechazo a las declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump sobre pretender apoderarse del país (tal como quiere hacer con Groenlandia), el cual ahora amenaza su integridad promoviendo a grupos separatistas de Alberta para que se “independicen” de Canadá y acto seguido, sea anexado por los EE.UU. tal como ocurrió con Texas en el siglo XIX. Quien lidera esa corriente es la propia primera ministra de Alberta, Danielle Smith, la cual arremetió contra los sucesivos gobiernos nacionales canadienses por introducir - agrega - “leyes y políticas destructivas”. Sin embargo, acto seguido añade: “Los habitantes de Alberta siempre han sido canadienses leales, orgullosos y generosos; amamos Canadá”. Smith aclaró que ella personalmente “no apoya la separación”, pero afirmó: "Existe una petición ciudadana exitosa para un referéndum, por lo que nuestro gobierno respetará el proceso democrático e incluirá esa pregunta en la boleta del referéndum provincial del 2026". Cabe precisar que Alberta es una provincia canadiense con una población de aproximadamente 5 millones de habitantes que limita con el estado estadounidense de Montana. La provincia es conocida por sus vastas reservas de petróleo y gas natural, mientras que la minería, la extracción de canteras y la explotación de petróleo y gas constituyen la mayor parte de su economía, “que es de gran interés para EE.UU.” confeso el propio Trump, quien se mostró a favor de “su independencia”. Alberta es un motor clave de la economía canadiense. Es el principal productor de combustibles fósiles del país, con el 84 % de la producción total de petróleo crudo y el 61 % de la producción total de gas natural en 2023. En el 2024, Alberta ocupó el segundo lugar, luego de Ontario, en cuanto a contribuciones al crecimiento del PIB. El PIB per cápita de Alberta es también el más alto entre las provincias canadienses. La provincia también se considera un bastión conservador: Smith pertenece al Partido Conservador Unido, que ha liderado el gobierno provincial desde el 2019 y aboga por impuestos más bajos y se opone al impuesto al carbono. Bajo el mandato de Smith, Alberta ha cuestionado los plazos federales para alcanzar cero emisiones netas y las regulaciones sobre energía limpia. En términos generales, muchos habitantes de Alberta se oponen a los gobiernos liberales, que han liderado Canadá desde el 2015 impulsando políticas ambientales que, según los lugareños, “obstaculizarán el crecimiento económico de la provincia”. Smith afirmó que, bajo el liderazgo liberal, Ottawa ha bloqueado oleoductos, cancelado múltiples proyectos de petróleo y gas e introducido un impuesto al carbono; políticas que describió como "contrarias a la energía, la agricultura y el desarrollo de los recursos". «No pedimos tratos especiales ni favores», declaró Smith «Simplemente queremos ser libres: libres para desarrollar y exportar la increíble riqueza de recursos que poseemos en beneficio de nuestras familias y las generaciones futuras». Tras la elección de Carney, los habitantes de Alberta se dirigieron a su legislatura provincial para protestar contra la permanencia de los liberales en el poder y para recabar apoyo a la secesión. Según la Canadian Broadcasting Corporation (CBC), algunos manifestantes incluso portaban banderas estadounidenses, lo cual demuestra quienes se encuentran detrás de las protestas. Según una encuesta realizada por Nanos Research, con sede en Ottawa, la mayoría de los habitantes de Alberta creen que permanecer en Canadá sería mejor para la economía. Solo 1 de cada 10 encuestados dijo que la provincia “estaría mejor como parte de Estados Unidos”. Pero no es la primera vez que surgen peticiones de secesión desde Alberta, ya que la parte occidental del país ha mantenido quejas contra el centro de Canadá y el gobierno federal durante décadas. Según la Canadian Broadcasting Corporation, ya en la década de 1970 se habían escuchado peticiones de secesión de Alberta por diversos asuntos internos. Sin embargo, solo una provincia ha celebrado referéndums sobre la separación de Canadá: la francoparlante Quebec, en 1980 y 1995, en ambos casos demostrando que la mayoría de los quebequenses preferían permanecer en Canadá. Pero separarse no es tan sencillo como votar a favor de un referéndum. La Constitución canadiense no permite la secesión unilateral. Tras el fracaso de los referendos sobre la secesión en Quebec, el gobierno federal promulgó en el año 2000 la Ley de Claridad sobre cómo abordar futuros referendos sobre provincias que busquen la independencia del país. Dicha ley estipula que la Cámara de los Comunes del Parlamento nacional determinará si el referéndum sobre la independencia de una provincia demuestra «una clara expresión de la voluntad de una clara mayoría» de la población provincial. Una vez determinado esto, el gobierno provincial puede negociar con el gobierno federal para enmendar la Constitución canadiense y permitir potencialmente su secesión. Luego de la elección de Carney, el primer ministro se reunió con Smith, quien escribió en una publicación en X /ex -Twitter) que ambos discutieron medidas relacionadas con la economía de Alberta "y propuestas específicas para proyectos y reformas legislativas que aumentarán significativamente el acceso al mercado para el petróleo y el gas de Alberta, los productos agrícolas y otros bienes". Smith describió la conversación con Carney como "un primer paso positivo". Carney respondió a la publicación de Smith: «Ambos estamos enfocados en reducir el costo de vida y aumentar las oportunidades en el sector energético para los trabajadores de Alberta. Espero con interés trabajar juntos para eliminar las barreras comerciales interprovinciales y construir una economía canadiense fuerte». En su reciente declaración, Smith dijo que su gobierno provincial nombrará un equipo negociador para abordar esas políticas. También dijo que presidirá un panel de «Alberta Next», que realizará una serie de foros públicos para escuchar a los habitantes de Alberta sobre lo que desean para el futuro de la provincia. Por cierto, la asombrosa cantidad de personas que participaron en el referéndum de Alberta está haciendo sonar las alarmas en Ottawa y otros lugares, especialmente a la luz de las recientes acciones de Estados Unidos contra Groenlandia, territorio controlado por Dinamarca. Como pretexto para seguir esa política, la administración Trump afirma que “está claramente comprometida con una estrategia necesaria de defensa del hemisferio occidental”. Esto significa que Washington mediante la aberrante “doctrina Monroe” busca tener bajo su control esta parte del mundo, incluyendo Latinoamérica y Norteamérica, alejándolos de la influencia rusa y especialmente china, que tiene grandes intereses en la región, mediante multimillonarias inversiones realizadas en los últimos años. Como recordareis, a inicios de su segundo mandato se apodero del canal de Panamá - que estaba bajo control chino - y luego hizo lo mismo en Venezuela, tras capturar a su dictador y apoderarse de sus inmensas reservas de petróleo. Al seguir esta estrategia expansionista, Trump se ha enemistado con sus aliados europeos, en particular con Dinamarca, al cual pertenece Groenlandia desde que colonizó el territorio en 1721, 55 años antes de que Estados Unidos declarara su independencia. La administración Trump no solo está interesada en ejercer control sobre Groenlandia, sino que Trump ha afirmado repetidamente que convertirá a Canadá “en el estado número 51”. Si bien es poco probable que esto se concrete, las probabilidades de que Alberta se convierta en el estado número 51 son algo mayores. Al inicio de su segundo mandato, los líderes de la administración Trump se reunieron en Washington con representantes del movimiento independentista de Alberta. Dicha reunión culminó en un acuerdo entre los líderes del movimiento independentista de Alberta y la administración Trump: si Alberta se separaba legalmente de Canadá, Washington la reconocería de inmediato como “un Estado independiente”. Según Jeffrey Rath, abogado de Alberta y líder del Proyecto de Prosperidad de Alberta, parte de esa reunión tenía como objetivo obtener la promesa de Estados Unidos de adelantar 500 mil millones de dólares para una línea de crédito una vez que la independencia fuera oficial. Este reconocimiento por parte de Washington sería fundamental para que Alberta lograra su potencial “independencia”. Pero la introducción de una línea de crédito de medio billón de dólares por parte del gobierno estadounidense no estaría exenta de importantes condiciones. Dado que Trump ha reiterado su intención de convertir a Canadá en el estado número 51, ¿acaso alguien duda de que ese mismo deseo se extienda a Alberta? Recuerden que tanto Texas como California se declararon “independientes” de Méjico por primera vez en el siglo XIX, estableciéndose como “repúblicas”, antes de votar posteriormente “a favor de unirse a la Unión”. Estos son los mismos pasos que daría Alberta si lograra la independencia. Parece difícil de creer que Washington toleraría indefinidamente una Alberta independiente y rica en recursos energéticos en su frontera. En efecto, con Trump presionando con fuerza a territorios como Groenlandia, en el norte, e imponer su “autoridad” en Venezuela (y, en menor medida, la Zona del Canal de Panamá en el sur), una Alberta independiente no se mantendría así para siempre. Con el tiempo, se integraría “voluntariamente” a los Estados Unidos, de ser posible mediante las armas. Incluso si el referéndum de independencia de Alberta se aprueba, existe la posibilidad real de que la administración Trump decida usar algún grado de fuerza para absorber Alberta, si el movimiento independentista pierde la votación que seguiría a un referéndum exitoso. Como sabéis, Trump, que tiene un historial de intimidar a sus “aliados” y de afirmar que las elecciones están amañadas, podría decidir que los elementos pro-canadienses del electorado de Alberta "robaron las elecciones" para evitar que Alberta se convirtiera en parte de los Estados Unidos. Obviamente, esta sería una medida poco ortodoxa incluso para Trump. Pero no es para nada inimaginable. Ese demente está decidido a absorber al menos las zonas productivas de Canadá. Y esto dependerá de lo que haga finalmente con respecto a Groenlandia, del cual quiere apoderarse a como dé lugar, sin importarle en lo más mínimo que dicho territorio pertenezca a un “socio” de la OTAN: Dinamarca. Otro factor que podría obligar a Trump a ignorar un resultado negativo en la votación sobre la independencia de Alberta sería que Ottawa siguiera adelante con sus planes para estrechar los lazos de Canadá con China en lugar de con Estados Unidos, debido a la insatisfacción del gobierno canadiense, encabezado por el primer ministro Mark Carney, por el trato que Trump ha dado tanto a Carney como a la soberanía canadiense. Demas esta decir que esto es pura especulación por el momento. Lo que sí se sabe es que el movimiento independentista de Alberta, si bien ha demostrado impresionantes avances electorales y popularidad, aún no ha superado el obstáculo de obtener el apoyo popular suficiente para ganar de forma fiable cualquier votación sobre la independencia. Es más, la oposición a los intentos anexionistas de los Estados Unidos se ha plasmado en una frase que ya se ha hecho famosa: Canada is not for sale (Canadá no está a la venta) y está presente en todas partes. Conviene esperar el resultado del referéndum sobre la independencia en octubre para actuar en consecuencia. Si bien hoy no son mayoría, el descontento con el gobierno federal canadiense - incentivado desvergonzadamente desde los Estados Unidos - puede seguir creciendo, los habitantes de Alberta podrían lograr algún día su independencia. Lo que realmente importará será en qué harán los estadounidenses cuando llegue ese momento...
Como sabéis, la saga Assassin's Creed lleva años siendo objeto de debate entre sus seguidores. Desde que AC Origins estrenó el RPG con árboles de habilidades, botín y estadísticas, la franquicia ha dividido a su comunidad entre quienes prefieren esta fórmula o quienes echan de menos la apuesta clásica de sigilo y acción. Dado que el remake de Assassin's Creed Black Flag se lanzará en varias semanas, parte del equipo ha pronosticado que la serie convivirá con ambos géneros. Nos estamos refiriendo a Assassin's Creed Black Flag Resynced, el cual incorpora nuevo contenido respecto al juego original del 2013, tanto en la historia principal como en las misiones secundarias, con personajes inéditos y otros que adquieren una mayor dimensión en el remake. Al igual que el original, Resynced está ambientado en el Caribe durante los últimos años de la Edad de Oro de la Piratería y sigue al pirata Edward Kenway, combinando la exploración a pie con el desplazamiento en barco y el combate naval. Construido con la última versión del motor Ubisoft Anvil, el remake enfatiza una aventura en solitario y una experiencia centrada en los personajes en lugar de elementos de rol. Conserva la estructura general del mundo del juego original, pero presenta modelos de personajes y entornos reconstruidos, junto con cambios en el combate, el sigilo, el parkour y la jugabilidad naval. Lo primero que llama la atención es el apartado gráfico. Ubisoft Singapore —el estudio responsable del remake— utiliza la versión más actual del motor Anvil, la que se usó en Assassin’s Creed Shadows. El filtro de color cambia con respecto al original, un aspecto que siempre suele generar cierto debate. Quitando eso, el salto es espectacular: los modelados, los escenarios y el océano lucen mejor que nunca. Bajo el agua, todo se ve más detallado. Se han mejorado las expresiones faciales y otros aspectos gráficos, aunque lo más sorprendente es el clima dinámico. Navegar en plena tormenta, con las olas rompiendo sobre el casco del barco, a merced del viento, resulta una experiencia muy satisfactoria (y aterradora). Assassin’s Creed Black Flag Resynced prescinde de las secuencias en el presente. El juego se centra exclusivamente en Edward Kenway, que es la idea principal que Ubisoft Singapore tenía con este proyecto. Por eso, han decidido no incluir la expansión Freedom Cry ni el multijugador. En su lugar, amplían la historia con seis horas de contenido adicional entre misiones principales, secundarias, etc. El nuevo capítulo, ‘Un mundo sin oro’, tendrá lugar después del final y constará de ocho misiones principales. En una entrevista, Matt Ryan, el actor que encarna a Edward, ha confirmado que ha grabado las nuevas escenas en sesiones de captura de movimientos. Le preguntaron si regrabó todas las voces, pero ha puntualizado que no, que no fue así. La primera parte de la demo se corresponde con el inicio del juego, cuando Edward naufraga y se encuentra en la playa con su enemigo, un miembro de la Hermandad de los Asesinos. Se inicia una persecución que culmina con la lucha a muerte entre ambos. Una de las quejas con respecto al juego original es que Black Flag se centraba demasiado en la fantasía de piratas, en detrimento del lore de la saga. Esto no parece que vaya a cambiar. El protagonista se pone el traje del Asesino muerto para suplantarlo y reunirse con el gobernador. ¿Su objetivo? Nada lícito. En esta primera parte, ya en La Habana, una de las ciudades del juego, experimentamos un poco con las mecánicas jugables. En su condición de remake, Black Flag Resynced conserva las bases, aunque añade mejoras jugables y nuevas mecánicas. El sistema de combate abandona los árboles de habilidades y propone una experiencia menos enrevesada, sin puntos de habilidad ni progresión RPG. Usamos la doble espada, las pistolas y una serie de gadgets, como la hoja oculta o el dardo con cuerda. No nos ha parecido tan profundo como el combate de los Assassin’s Creed más actuales, aunque se trata de un sistema ágil, que permite encadenar combos y realizar parrys, además de ejecutar habilidades con el gatillo derecho y los botones asignados. Se implementa un ataque de barrido y potente; al mismo tiempo, se pueden usar algunos elementos del escenario. Obviamente, el parkour se refina y se implementan elementos de juegos más recientes, como los impulsos hacia atrás o laterales. Saltar de un lado para otro resulta ágil y satisfactorio. El sigilo también se adapta a los tiempos que corren: es posible agacharse y pasar desapercibido, pese a que la inteligencia artificial sigue siendo muy mejorable. Como en otros Assassin’s Creed, el silbido sigue rompiendo un poco el juego, debido a que resulta muy sencillo esconderse entre la espesura de la hierba e ir encadenando muertes sin que los enemigos se inmuten. Como recordareis, en Assassin’s Creed Mirage, Ubisoft intentó regresar a la fórmula clásica, pero el resultado no satisfizo al grueso de los jugadores. Con Black Flag Resynced, se hace un intento de modernizar algunos aspectos del juego que se habían quedado obsoletos. Uno de los cambios que ya se mostró durante la presentación es que en las misiones de escucha la acción ya no se interrumpe si te pillan, es decir, no se produce la desincronización: la situación se resuelve con violencia. Por otro lado, alejarse del área donde se desarrolla la misión principal solía conllevar la desincronización. Por lo que se puede ver, esto no ocurre en el videojuego de Ubisoft Singapore. Con todo, se mantienen algunos arcaísmos jugables, como las misiones de perseguir partituras por los tejados o la liberación de prisioneros. Si bien Assassin’s Creed 3 introdujo las batallas navales por primera vez, fueron los juegos Black Flag y Rogue quienes refinaron estas mecánicas. Resynced va un poco más allá, sin que ello suponga un cambio drástico en lo que se refiere al manejo del barco. El jugador sigue dando las órdenes pertinentes para izar o arriar las velas. A veces, conviene que no estén del todo desplegadas para moverse a menor velocidad. Lo que más nos ha sorprendido es el impacto del clima: una corriente de aire fuerte puede desplazar el barco hacia un lado y provocar un accidente. Las tormentas son temibles y generan auténticos momentos de pavor. En los instantes de relajación, los piratas entonan sus canciones piratas... ¡y se añaden nuevas! Las batallas en sí son similares a las del título original, aunque ahora hay más potencia de fuego. Puedes dirigir los cañones y la artillería hacia los barcos enemigos, todo ello mientras te agachas para evitar los bombardeos de los enemigos. Al mismo tiempo, el capitán continúa gobernando la embarcación. Como no podía ser de otra manera, tampoco faltan los abordajes. Por desgracia, parecen muy caóticos, ya que es muy complicado distinguir a los aliados de los enemigos. Este primer contacto con Assassin’s Creed Black Flag Resynced nos ha dejado claro que estamos ante la versión definitiva del clásico. El juego se renueva tanto en lo audiovisual como en el jugable. Ahora bien, la fórmula clásica de la saga se ha quedado algo anticuada en algunos aspectos y eso se traslada a este videojuego. Por ultimo. cabe precisar que Assassin's Creed Black Flag Resynced se lanzará el 9 de julio en PS5, Xbox Series X|S y PC.