Parece seguro suponer que cuando el Criminal de Guerra Harry Truman forjó la OTAN en los albores de la Guerra Fría, nunca imaginó que en el transcurso de casi ocho décadas el único país que libraría una guerra económica y amenazaría con un conflicto real a los aliados con el propósito de la de conquista territorial sería el propio Estados Unidos. Y, sin embargo, esa es la realidad de este mundo al revés, en el que el poder hace el derecho, creado por Donald Trump, mientras impone aranceles a los socios de tratados de Estados Unidos y mantiene la posibilidad de utilizar la fuerza militar para obligar a Dinamarca y a sus amigos europeos a renunciar a Groenlandia, un territorio cuyos ciudadanos no quieren formar parte de Estados Unidos. En ningún momento del siglo pasado Estados Unidos había buscado apoderarse del territorio de otros países y subyugar a sus ciudadanos contra su voluntad. Desde los días de la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos fue el país que se resistió a la conquista, que le plantó cara a la Alemania de Hitler, al Japón de Tojo, a la Unión Soviética de Stalin, a la Corea del Norte de Kim Il-sung y al Irak de Sadam Husein cuando se apoderaron de territorio extranjero. Ahora Trump aspira a incluir a Estados Unidos en la categoría de los conquistadores. Coaccionar a un aliado leal y “socio” de la OTAN como Dinamarca para que ceda territorio a pesar de sus firmes objeciones habría sido visto no hace mucho como algo absurdo, incluso descabellado; de hecho, uno de los propios secretarios del gabinete de Trump en su primer mandato lo consideró en privado como un delirio cuando el presidente lo planteó en ese entonces. Pero el hecho de que el apetito de Trump de apoderarse de tierras que no le pertenecen se debata como una propuesta seria, en lugar de ser descartado de inmediato como una flagrante violación de las obligaciones de Estados Unidos en virtud de los tratados y del derecho internacional, demuestra hasta qué punto ha cambiado la definición de lo que hoy en la Casa Blanca se considera “normal”. No es que Estados Unidos siempre haya respetado la soberanía de otras naciones. Ha habido múltiples ocasiones en su historia en las que Estados Unidos ha derrocado gobiernos u ocupado temporalmente países que consideraba “hostiles” aunque en el fondo busco apoderarse de sus riquezas como en el caso de Irak o secuestrando a sus lideres, como sucedió recientemente en Venezuela. Pero nunca lo ha hecho contra un aliado de larga data que no supusiera ninguna amenaza como Dinamarca. Y desde la guerra hispano-estadounidense de 1898 no ha conservado territorio que fue capturado por la fuerza de las armas. En el siglo XX, Estados Unidos “se puso a la cabeza para deslegitimar el dominio colonial y poner fin a la era de los imperios”, dijo Charles Kupchan, profesor de relaciones internacionales en Georgetown y exasesor para Europa del musulmán encubierto y califa de ISIS Barack Hussein Obama. “Esos días pueden estar llegando a su fin. Si Estados Unidos utilizara la coerción económica y militar para hacerse con el control de Groenlandia, sería un acto descarado de agresión imperial contra un aliado democrático”. Como era de esperar, los asesores de Trump rebaten ese análisis. “No vamos allí intentando conquistar a nadie ni apoderarnos del país de nadie”, dijo cínicamente el gobernador de Luisiana, Jeff Landry, nombrado recientemente por Trump como “enviado especial” suyo para “hacer que Groenlandia forme parte de Estados Unidos”, en palabras del gobernador. En declaraciones a Fox News el viernes, añadió: “Decimos: ‘Escuchen. Representamos la libertad. Representamos la fuerza económica. Representamos la protección’” ... Tanta falsedad en tan pocas palabras. Pero el propio Trump envío un mensaje diferente, de amenaza abierta a Dinamarca. “Vamos a hacer algo en Groenlandia, les guste o no”, declaró a los periodistas este mes. “De un modo u otro, tendremos Groenlandia”, dijo a bordo del Air Force One la semana pasada. Por lo pronto, durante el pasado fin de semana, prometió castigar a los países europeos que han apoyado a Dinamarca frente a sus exigencias territoriales mediante un aumento de los impuestos sobre sus productos importados. Asimismo, Trump ha rechazado los esfuerzos diplomáticos. Cuando el primer ministro de Noruega le pidió hablar sobre la disputa el domingo, el megalómano y narcicista se negó a través de un texto en el que dejaba claro que no tenía interés en una conversación “teniendo en cuenta que tu país decidió no concederme el Premio Nobel de la Paz por haber detenido 8 guerras y MÁS”. (El premio lo concede un comité independiente, no el gobierno de Noruega, y la afirmación de Trump de haber puesto fin “a ocho guerras” es exagerada y francamente ridícula. El genocidio que sucede en Gaza a manos de los criminales sionista scon la ´bendición´´ de Trump, por ejemplo, es una clara muestra de ello). El razonamiento absurdo y descabellado que Trump ha declarado es que “Estados Unidos necesita Groenlandia por motivos de seguridad”. Su disparatada lógica es que “Rusia o China podrían apoderarse de ella, por lo que Estados Unidos debería tomar el control”. Pero ni Rusia ni China han mostrado ninguna intención de apoderarse de Groenlandia. El único país que amenaza a Groenlandia en estos momentos es el Estados Unidos de Trump.Si la seguridad fuera realmente el problema, Estados Unidos ya tiene soldados en Groenlandia y, en virtud de un acuerdo de 1951, podría enviar más fuerzas y reabrir bases allí mañana mismo si quisiera. En sus cinco años en la Casa Blanca, Trump nunca ha considerado que la amenaza a Groenlandia fuera tan urgente como para decidir hacerlo. De hecho, el interés de Trump parece tener menos que ver con la seguridad que con la grandiosidad. “Dije: ‘¿Por qué no tenemos eso?’”, explicó en una entrevista del 2021 para el libro The Divider sobre su primer mandato. “Echas un vistazo a un mapa. Soy promotor inmobiliario, miro una esquina y digo: ‘Tengo que conseguir esa tienda para el edificio que estoy construyendo’, etcétera. No es tan diferente. Me encantan los mapas. Y siempre decía: ‘Mira el tamaño de esto. Es enorme. Esto debería formar parte de Estados Unidos’”. Es más, en una entrevista con The New York Times este mes, lo enmarcó en términos del deseo personal. A la pregunta de por qué era importante la propiedad en vez de limitarse a fortificar Groenlandia, dijo: “Porque eso es lo que considero psicológicamente necesario para el éxito”. Cuando se le preguntó si quería decir psicológicamente importante para él o psicológicamente importante para el país, dijo: “Psicológicamente importante para mí”. Por cierto, se ha llegado a saber que el multimillonario hombre de negocios Ronald Lauder, amigo de Trump desde la universidad, fue quien lo incitó a apoderarse de Groenlandia, y su interés ha suscitado interrogantes sobre quién podría sacar provecho de tal decisión. Durante su primer mandato, Trump encargó a su asesor de seguridad nacional, John Bolton, que ideara un plan para comprarla. Bolton pensó que una compra directa no era viable, pero vio el valor de mejorar los lazos de seguridad y asignó a un equipo la tarea de averiguar cómo satisfacer el deseo del presidente sin llegar a la propiedad. Eso no fue suficiente para Trump. Durante meses, exigió que se actuara. Sugirió tomar dinero federal de Puerto Rico, un territorio estadounidense al que desdeñaba desde que fue criticado por su respuesta al huracán que golpeó la isla en el 2017, y utilizarlo para comprar Groenlandia. En un momento dado, según un funcionario del gobierno, Trump sugirió que simplemente cambiaran Puerto Rico por Groenlandia porque “Puerto Rico estaba sucio y la gente era pobre”. El intento de comprar Groenlandia en su primer mandato ganó relevancia cuando The Wall Street Journal informó de ello en el 2019, lo que llevó a los daneses a rechazarlo inmediatamente. Pero pocos comprendieron entonces lo profunda que era la enfermiza fijación de Trump con la isla. Groenlandia nunca salió a colación durante la campaña del 2024, pero el 22 de diciembre de ese año, apenas a unas semanas de volver a ser elegido para el cargo, Trump publicó un mensaje en internet en el que calificaba la adquisición de Groenlandia de “necesidad absoluta”. Y, a diferencia de su primer mandato, esta vez dejó claramente sobre la mesa la fuerza militar. Los dirigentes daneses respondieron dejando claro que Groenlandia no estaba a la venta, pero por lo demás trataron de no provocar a Trump y pidieron a los aliados europeos que no se implicaran, con la esperanza de que el presidente dejaría el asunto atrás. A mediados de año, parecía que lo había hecho. Luego, una vez más justo antes de Navidad, Trump reavivó la cuestión. Según el presidente, Landry lo llamó a Mar-a-Lago y se propuso como “enviado especial para Groenlandia”. Esta vez, los daneses han llegado a la conclusión de que un perfil bajo no funcionará y han reclutado a aliados europeos para que se pronuncien e incluso envíen fuerzas a Groenlandia para realizar maniobras militares. De repente, Estados Unidos se ha quitado la careta y ahora es visto como el agresor rapaz con más probabilidades de apoderarse de un territorio de la OTAN, y no Rusia como una vomitiva propaganda insiste en hacer creer a la gente. El domingo, durante la entonación del himno nacional antes de un partido de la NBA en Londres, un espectador gritó: “¡Dejen en paz a Groenlandia!”, lo que generó aplausos. Los manifestantes salieron a las calles en Dinamarca y Groenlandia durante el fin de semana y corearon: “¡Yanqui, vete a casa!”. Los rusos, por su parte, se alegraron de la discordia y se burlaron del “colapso de la unión transatlántica”, como dijo Kirill Dmitriev, el negociador del Kremlin. Y como no van a estar felices, ya que una acción militar en Groenlandia por parte de los Estados Unidos seria la partida de defunción de la OTAN. Pero Groenlandia no es el único ejemplo de los intentos de Trump para apropiarse de lo que pertenece a otros países. Desde que envió comandos de la Fuerza Delta a Venezuela para capturar al presidente Nicolás Maduro por cargos federales de narcotráfico, Trump ha afirmado que ahora es el encargado de “manejar” el país y va a tomar su petróleo. Aunque no habla de que Estados Unidos absorba Venezuela, ha amenazado en su locura manifiesta además con convertir a Canadá en el “Estado 51” y ha amagado con apoderarse militarmente del Canal de Panamá. El desprecio de Trump por la integridad territorial de otras naciones contrasta con su propio discurso ante las Naciones Unidas en el 2017, cuando utilizó hipócritamente las palabras “soberano” o “soberanía” 21 veces. “Debemos rechazar las amenazas a la soberanía, desde Ucrania al mar de China Meridional”, dijo entonces, y pidió “respeto a la ley” y “respeto a las fronteras”, algo que hoy se niega cumplir al sentirse en su insania por encima de la ley. Ahora parece decidido a volver a la era del “destino manifiesto”, cuando, en el siglo XIX, Estados Unidos construyó un imperio mediante la expansión en todo el continente, el exterminio de los nativos americanos de sus tierras y la guerra de rapiña contra Méjico para hacerse con gran parte del oeste. Este imperialismo terminó en gran parte a finales de siglo, luego de que Estados Unidos arrebatara a España sus posesiones de Filipinas, Puerto Rico y Guam. Aunque luego de años de sangrienta resistencia, Estados Unidos acabó concediendo la independencia a Filipinas. Al emerger como potencia mundial en el siglo XX, Estados Unidos se posicionó como “defensor” de otros países frente a la agresión extranjera. Acudió en ayuda de Europa contra Alemania en dos ocasiones, se negó durante décadas a aceptar la anexión rusa de los países bálticos, liberó gran parte del Pacífico del Japón imperial, detuvo la toma de Corea del Sur por el Norte, expulsó a los invasores iraquíes de Kuwait y, más recientemente, armó a Ucrania para luchar contra la Rusia de Vladimir Putin. Estados Unidos ayudó además a crear las Naciones Unidas para proteger la soberanía de los países independientes. “Los Miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los Propósitos de las Naciones Unidas”, dice el artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas. Trump, quien, por el contrario, ha aceptado reconocer la anexión de territorio ucraniano por parte de Rusia como parte de un posible acuerdo de paz, no ha articulado ninguna doctrina legal que le permita hacer con Groenlandia lo que Putin intenta hacer con Ucrania. En su lugar, ha argumentado que puede hacer lo que quiera, y ha declarado que los únicos límites a su poder global son “mi propia moralidad” y “mi propia mente”. Stephen Miller, su jefe adjunto de gabinete, ha desestimado los tratados internacionales como “sutilezas internacionales” y ha exigido saber “¿con qué derecho ejerce Dinamarca el control sobre Groenlandia?”. Trump adoptó esa línea argumental en su mensaje al primer ministro de Noruega, y afirmó: “No hay documentos escritos”, aunque Groenlandia forma parte de Dinamarca desde hace más tiempo del que tiene Estados Unidos como nación. Incluso los republicanos se han resistido y han intentado culpar a la gente que rodea al presidente. “El hecho de que un pequeño puñado de ‘asesores’ esté presionando activamente para que se tomen medidas coercitivas para arrebatar territorio a un aliado es más que estúpido”, escribió en las redes sociales durante el fin de semana el senador Thom Tillis, republicano por Carolina del Norte, quien ayudó a dirigir una delegación del Congreso a Dinamarca. Pero Trump no es el primer presidente estadounidense que pone sus ojos en Groenlandia. El propio Truman estuvo de acuerdo en que podría ser una importante adición al país y, en 1946, hizo una oferta secreta a Dinamarca para comprarla por 100 millones de dólares en oro. Pero cuando Dinamarca se negó a vender, Truman no la castigó. Tampoco amenazó con invadirla. Aceptó un no por respuesta, algo que Trump no acepta, por lo que solo mediante la fuerza de las armas de una Europa que saldría en defensa de Dinamarca lo obligaría a retroceder en sus demenciales intentos expansionistas, ya que luego Islandia y Noruega - además de Canadá - serian sus próximas víctimas. ¿Pero se atreverían a detener al monstruo?... He allí la interrogante.
El koala, uno de los símbolos más reconocidos de Australia, representa una paradoja que inquieta a la comunidad científica y conservacionista. Mientras en regiones como Nueva Gales del Sur y Queensland la población disminuye y enfrenta escenarios críticos, en algunas islas del sur el aumento de ejemplares genera situaciones de sobrepoblación, según un reporte de BBC Wildlife Magazine. Como sabéis, la relación entre los koalas y los seres humanos cambió de manera profunda. Durante el siglo XIX, la caza por sus pieles casi provocó la extinción de la especie, con la exportación de cerca de ocho millones de pieles antes de la prohibición en 1927. La reacción social llevó a la creación de santuarios emblemáticos como el Lone Pine Koala Sanctuary, en Brisbane, y colonias en diversas islas, lo que permitió una recuperación inicial. Las cifras actuales sobre la población de koalas presentan fuertes discrepancias. Algunas estimaciones rondan los 520.000 ejemplares, mientras que expertos advirtieron que podría haber solo 60.000. BBC Wildlife Magazine atribuyó estas diferencias a datos de investigaciones diversas. Las poblaciones del norte, con mayor diversidad genética, están más expuestas a enfermedades, mientras que los grupos del sur, aunque parecen estables, sufren una pérdida riesgosa de variabilidad genética tras décadas de traslados y aislamiento. En Nueva Gales del Sur, la reducción es alarmante: la población cayó un 62% en 25 años, lo que motivó la inclusión de la especie como “en peligro de extinción” y la advertencia sobre su posible desaparición funcional para el 2050. “A medida que se pierde el hábitat, muchos se ven obligados a vivir en bolsillos cada vez más pequeños y aislados con acceso limitado a socios fuera de sus grupos”, explicó la Dra. Lyndal Hulse, de la Universidad de Queensland. En contraste, en Victoria y Australia del Sur, la sobrepoblación genera graves desequilibrios ecológicos. El crecimiento excesivo de individuos produce casos de inanición por sobreexplotación del eucalipto. Esta falta de consenso entre expertos impide un enfoque uniforme: algunos subrayan los peligros de la baja diversidad genética en el sur, mientras otros advierten que el norte enfrenta riesgos mayores por enfermedades. Entretanto, las amenazas para la especie se entrecruzan. La urbanización y la agricultura fragmentan el hábitat, obligando a los koalas a cruzar áreas expuestas al tráfico y a ataques de perros. Los accidentes viales figuran entre las principales causas de mortalidad, junto con la expansión de enfermedades infecciosas como la clamidia, que en algunos grupos del noreste afecta hasta al 90% de los ejemplares silvestres. El retrovirus del koala debilita el sistema inmunológico y la aplicación de antibióticos sin alterar la flora intestinal dificulta el tratamiento veterinario. No obstante, el desarrollo de una nueva vacuna representa un avance, especialmente en zonas como Burbank, según investigadores entrevistados por BBC Wildlife Magazine. A todo ello. Debemos agregar que el cambio climático intensifica la crisis. En efecto, los incendios forestales son cada vez más frecuentes y destructivos. En el 2025, los fuegos devastaron el Parque Nacional Budj Bim, con centenares de koalas muertos o heridos. “Cuando llegan las llamas, devastan rápidamente el hábitat de los koalas”, señaló Amber Gillett, del Grupo de Ecología de Koalas de la Universidad de Queensland, en diálogo con BBC Wildlife Magazine. Ante estos desastres, las autoridades optaron por el sacrificio humanitario de animales irrecuperables, lo que provocó debates sociales y científicos. La respuesta social y científica impulsó proyectos de restauración y protección. La Fundación Australiana del Koala promueve desde el 2021 la creación de corredores ecológicos de 2.543 kilómetros entre Cairns y Melbourne. Además, avanza el plan para abrir el Parque Nacional del Gran Koala, de 476.000 hectáreas en Nueva Gales del Sur, destinado a proteger los grupos más amenazados. Por otra parte, Koala Conservation Australia y la Taronga Conservation Society favorecen la cría en cautividad de ejemplares saludables, con nacimientos registrados en mayo del 2025. Asimismo. el desarrollo tecnológico amplía las opciones de conservación. El uso de drones térmicos permite censar y ubicar koalas con mayor precisión y eficiencia. El futuro del koala depende de la colaboración comunitaria. El 80% de su hábitat se encuentra en terrenos particulares, lo que convierte a las comunidades y propietarios en agentes esenciales para cualquier solución. Los programas de restauración y protección de corredores ecológicos resultan determinantes para la supervivencia de la especie. “La participación de la comunidad es fundamental y los australianos sienten firmemente la necesidad de proteger su ícono nacional”, aseguró Bill Ellis, licenciado en zoología. Frente a estos desafíos, los australianos persisten en la conservación del koala. La resistencia y capacidad de adaptación de este marsupial inspiran nuevas estrategias para su protección, con el deseo compartido de que futuras generaciones sigan encontrando a este emblema en los bosques del país.