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miércoles, 6 de mayo de 2026

EE.UU.: Decadencia y colapso

Si algo que nadie puede dudar a esas alturas, es que el ataque estadounidense-israelí a Irán fue más que una mala idea; se ha convertido en un punto de inflexión en el declive del imperio americano. Algunos podrían preferir la palabra "hegemonía" para describir el orden mundial que otrora lideraba EE.UU. ya que su bandera generalmente no ondea sobre las tierras que protege o explota. Pero las reglas son las mismas: los sistemas imperiales, como sea que los llames, duran solo mientras sus medios sean adecuados para sus fines. Y ello quedo demostrado con la desastrosa guerra con Irán, donde el Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Trump, pretendía extender peligrosamente el imperio, ha fracasado estrepitosamente, y no sabe cómo salir de ella. En efecto, su desventurada aventura militar en Oriente Medio es una de las últimas formas en las que un observador casual habría esperado que saliera mal, subestimando la resistencia iraní, el cual termino por sobrepasarlo. Los problemas a los que aludió en sus pasadas campañas presidenciales se debieron principalmente a que quienes gobernaron, estuvieron por encima de sus posibilidades. En el ámbito interno, los defensores de la ‘corrección política’ subestimaron los costos y las dificultades de la microgestión de las interacciones entre grupos. En el extranjero, las fuerzas armadas estadounidenses demostraron no tener un talento particular para la promoción de la democracia, y la reciente debacle en Irak lo confirmó. El exceso de poder era un peligro que el discapacitado físico y mental Joe Biden desestimó con desdén. “Somos los Estados Unidos de América”, solía decir, “y no hay nada que no podamos hacer”. La gente pensaba que Trump sería diferente. A pesar de la grandilocuencia de la expresión “Hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande”, los votantes de Trump no esperaban que se involucrara en nuevos conflictos ya que en su campaña prometió “no más guerras” ... pero engaño a todos. La ‘grandeza’ prometida fue principalmente superficial: fanfarronería, no aventurismo. Hay quienes creyeron que Estados Unidos podría volverse más grande incluso si se replegaba a una esfera de influencia menos extensa. Por ello, cuando proclamó una Doctrina Monroe actualizada (la denominada ‘Doctrina Donroe’), reorientando la atención estadounidense hacia el hemisferio occidental, la mayoría de la gente pensó que se trataba de una retirada. En la Estrategia de Seguridad Nacional de noviembre pasado, añadió: “Afortunadamente, los días en que Oriente Medio dominaba la política exterior estadounidense, tanto en la planificación a largo plazo como en la ejecución diaria, han terminado” Este aparentemente era un plan de política exterior lógico, incluso admirable. Igual de importante, incluso la historia demostró su viabilidad. Tras la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña tuvo que renunciar a su extenso sistema de colonias y protectorados. El desapego solía ser incómodo y, en ocasiones, dejaba tras de sí violencia. Pero, salvo su desafortunado intento de unirse a Francia e Israel para apoderarse del Canal de Suez, arrebatándoselo a Egipto en 1956, Gran Bretaña no intentó conservar territorios que ya no podía permitirse. Al final, mantuvo relaciones relativamente buenas con sus antiguas posesiones coloniales. Su retirada fue un éxito, aunque esto puede resultar difícil de apreciar porque lo que se gestionaba era el declive. Trump tuvo la oportunidad de lograr algo similar, pero nunca tenia la intensión de hacerlo, ya que desde su campaña se refería a la necesidad de anexionar Canadá y Groenlandia a Estados Unidos “por razones de seguridad nacional”. Es más, termino apoderándose del petróleo venezolano tras capturar a su dictador y pretendió hacer lo mismo en Irán - según el mismo confesó - “porque voy a ganar muchos millones”, pero fracaso en su intento. En Washington, durante la última década, se ha dado por sentado que el mundo está inmerso en un juego de sillas musicales geoestratégicas y que la música está a punto de detenerse. China ya está superando a los EE.UU. no solo en capacidad militar-industrial, sino también en tecnología de la información. El mundo se dirige a un Nuevo Orden Mundial liderado por China y Rusia, adoptando una nueva configuración geoestratégica nada favorable para EE.UU. y Occidente. Por ese motivo, este era el último momento para reconfigurarla a favor de Estados Unidos, pero nada ha salido como se esperaba. Al principio, Trump intentó expulsar a China de sus bastiones en el hemisferio occidental donde se estaba posicionando en los últimos años. Casi inmediatamente tras regresar al cargo, Estados Unidos presionó a CK Hutchison, un conglomerado multinacional con sede en Hong Kong y vínculos con China, para que le “vendiera” los dos puertos en la Zona del Canal de Panamá; De otro lado, Venezuela, dependiente de China como mercado para el 80% de sus exportaciones de petróleo, vio cómo tropas estadounidenses secuestraban a su líder Nicolás Maduro a inicios de este año; Y ahora Trump, tras su fracaso en Irán, ha advertido que Cuba - que sufre desde hace décadas una sangrienta dictadura comunista y que es destino de la inversión china - "será el siguiente de la lista". También será mejor, según esta lógica, si Estados Unidos tiene una posición más segura cerca del Polo Norte (específicamente Groenlandia) cuando llegue el momento de “repartir” los recursos energéticos y minerales que el calentamiento global está liberando. De nada sirve que la isla pertenezca a Dinamarca, su “socio” de la OTAN, porque igual quiere apoderarse de ella a la menor oportunidad, como de Canadá - según declaro - “incluso mediante una acción militar”. Independientemente de si esta política hemisférica es defendible o no, tiene cierta ‘coherencia’ para sus afanes expansionistas. El ataque a Irán fue diferente. No se trató de una consolidación defensiva, sino de asumir una responsabilidad peligrosa e indefinida. Sí bien creyó que sería mejor que conta acción cayeran los ayatolás. Pero para Estados Unidos, un país energéticamente independiente que se repliega a su propio hemisferio, esto no representa un interés vital. La guerra con Irán no figuraba en la agenda de nadie en la administración hasta hace apenas unos meses, sino que le fue impuesto por Israel, cuyo poderoso lobby presiono a Trump con apoyar al régimen sionista, o caso contrario, este daría a conocer el Expediente Epstein, donde Trump aparece como un monstruo violador de niños, que desesperadamente trata de ocultar. Pero el fracaso de su operación en Irán se debe además a que Estados Unidos carece de los medios militares para imponer su voluntad a los persas en un conflicto prolongado. En 1991, se necesitó un millón de soldados de más de 40 países para revertir la invasión de Kuwait llevada a cabo por el Irak de Saddam Hussein, un país menos sofisticado que Irán y de una extensión mucho menor. Cuando Irán e Irak se enfrentaron en la década de 1980, las muertes se contaron por cientos de miles en cada bando. Estados Unidos tendría que enviar una parte significativa de sus fuerzas armadas - que suman apenas 1,3 millones de efectivos - para tener alguna posibilidad de someter a Irán, y esa fuerza, de tener éxito, tendría que permanecer allí durante mucho tiempo, lo que a la larga sería perjudicial para los Estados Unidos, al tener que descuidar otros frentes ubicados en Europa y en Asia, donde ve a Rusia y China como sus mayores adversarios. Se podría argumentar que Estados Unidos ya no depende de movilizar enormes ejércitos: posee misiles sofisticados y otras armas de largo alcance. Sin embargo, estas armas son necesarias para defender a sus aliados e intereses en otros escenarios, y Estados Unidos las está agotando en Irán, sin haber conseguido ninguno de sus propósitos, como el derrocar a los ayatolas, instaurar un régimen títere y apoderarse de su petróleo. Según un reportaje de The Times, ya ha utilizado 1100 de sus misiles de crucero furtivos de largo alcance, destinados a posibles conflictos en Asia, dejando solo 1500 en reserva, y ha disparado otros 1000 misiles de crucero Tomahawk, aproximadamente diez veces más de los que el ejército compra en un año promedio. Por cierto, los líderes estadounidenses llevan años reprochando a sus aliados europeos la insuficiencia de sus fuerzas armadas. Pero si se mide el poderío militar de Estados Unidos en función de sus pretensiones, en lugar de su PIB, resulta igualmente insuficiente. No es erróneo afirmar que Estados Unidos se encuentre atrapado en la guerra que inició, ya que aún tiene opciones, pocas, al fin y al cabo, pero las tiene. Sin embargo, ahora pagará un precio muy alto, sea cual sea la que elija. Puede desistir en Irán, tras haber demostrado, que su poderío militar es mucho menor de lo que el mundo suponía. O puede desviar recursos de escenarios de vital interés nacional, como Europa y Asia Oriental, para financiar lo que el mitómano denomina su "excursión" a Irán. O puede recurrir a las opciones militares extremas, como el uso de armas nucleares a las que aludió veladamente en sus publicaciones en redes sociales desde principios de abril, lo que acarreará una vergüenza eterna para el país que lidera. Es indudable que Estados Unidos corre el riesgo de perder su reputación, sus aliados o su propia esencia. Como ya es de conocimiento general, el Criminal de Guerra israelí, Benjamín Netanyahu, instó a Trump a iniciar esta guerra porque ve a Irán como un temible adversario y creyó que esta era la oportunidad de acabar con ellos, pero se equivocó. Una vez que la situación se ‘normalice’ con su inminente y vergonzosa retirada, Estados Unidos carecerá de la potencia de fuego necesaria para seguir protegiendo a Israel de sus vecinos de la manera tradicional, y probablemente tampoco tendrá la voluntad de hacerlo. Irónicamente, el catastrófico resultado de la guerra demuestra que el razonamiento básico de Netanyahu era acertado: las posibilidades de que Israel involucrara a Estados Unidos en tales aventuras anacrónicas se estaban desvaneciendo. La ingenuidad de Trump le brindó a Netanyahu una última oportunidad, fallida como era de prever. Resulta tentador preguntarse en qué punto del proceso de decadencia imperial se encuentra Estados Unidos. Ciertamente comparte elementos con Gran Bretaña hace un siglo: desindustrialización, exceso de compromisos y complacencia. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña dependía de Alemania para la tecnología industrial e incluso militar, y se mostraba reacia a reconsiderar el sistema de libre comercio sobre el que se había cimentado la supremacía alemana. En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña estaba prácticamente en bancarrota. Existen paralelismos con la dependencia actual de Estados Unidos respecto a China. El escepticismo sobre la hegemonía estadounidense que llevó a los estadounidenses a apoyar a Trump era comprensible. Si un sistema globalista basado en el libre comercio, la promoción de la democracia y la migración masiva es tan bueno, se preguntaban los votantes de Trump, ¿por qué hemos tenido que endeudarnos por 35 billones de dólares desde que lo adoptamos? Es una pregunta muy pertinente. Trump era el candidato ideal para los estadounidenses que sospechaban que algo andaba mal con sus élites. Su argumento, básicamente, era que el globalismo liderado por Estados Unidos era tan beneficioso para los políticos que, una vez en el poder, lo defenderían incluso frente a sus votantes, sin importar lo que dijeran durante la campaña. Lamentablemente, los acontecimientos le han dado la razón. Oficialmente, Estados Unidos es un imperio en decadencia.

RESIDENT EVIL (2026): Sobrevivir en medio del caos

Sony Pictures ha revelado el primer tráiler de Resident Evil, una nueva adaptación cinematográfica del popular videojuego de Capcom que apuesta por una reinvención dentro de su propio universo. Dirigida y coescrita por Zach Cregger (Barbarian, Weapons), la película llegará a los cines el próximo 18 de septiembre y propone una historia original que se aleja de los personajes clásicos para centrarse en una nueva perspectiva del brote en Raccoon City. A diferencia de entregas anteriores, esta nueva versión no incluirá figuras icónicas como Leon S. Kennedy o Jill Valentine. En su lugar, el relato introduce a Bryan, un mensajero médico interpretado por Austin Abrams. Según la sinopsis oficial recogida por The Hollywood Reporter, el protagonista se ve envuelto en una carrera por la supervivencia, llena de acción y sin pausa, mientras una noche fatídica y aterradora colapsa a su alrededor en medio de la confusión. En el adelanto, el personaje se refugia en una vivienda aparentemente abandonada tras sufrir un percance con su vehículo. La escena, marcada por una atmósfera inquietante y silenciosa, anticipa el peligro que acecha en cada rincón. “Algunas cosas han pasado”, se le oye decir en una llamada con su novia, con la voz tensa. “Quizá no volvamos a hablar nunca otra vez”. Uno de los aspectos más destacados de Resident Evil es la forma en que Zach Cregger aborda la relación con el material original. Lejos de adaptar directamente una historia de los juegos, el cineasta opta por crear un relato independiente que conserve la esencia del universo. Esta decisión responde, según el propio realizador, a evitar comparaciones inevitables con los títulos originales: “Sentiría que no hay forma de ganar si contara la historia de Leon, porque los juegos hacen un trabajo tan bueno. Sería redundante y, en última instancia, decepcionante”, explicó en una entrevista con PlayStation Blog. No obstante, el cineasta detrás de Weapons resaltó que los fans se sentirán satisfechos con la película por el uso de sus elementos característicos: la progresión de armas, la gestión de recursos y la tensión constante del survival horror. “Si amas los juegos, sentirás su influencia en todas partes en la película”, afirmó durante una presentación en CinemaCon. Al comparar este proyecto con sus trabajos anteriores, Cregger señaló que la película no tendrá “saltos temporales o cambios desorientadores en la narrativa”; por el contrario, el punto de vista seguirá por completo el recorrido del protagonista en el entorno amenazante que lo rodea. Además de Abrams, el elenco incluye a Zach Cherry, Kali Reis y Paul Walter Hauser. El guion fue escrito por Cregger junto a Shay Hatten, mientras que la producción cuenta con el respaldo de Constantin Film, Vertigo Entertainment y PlayStation Productions, entre otros. Como sabéis, la saga Resident Evil tiene un largo recorrido tanto en videojuegos como en la gran pantalla. El primer título se lanzó en 1994 para PlayStation y dio inicio a una de las franquicias más influyentes del género, con múltiples secuelas y remakes a lo largo de las décadas. En el cine, la propiedad ha generado varias adaptaciones. La más conocida es la saga protagonizada por Milla Jovovich, que comenzó en el 2002 y se extendió por seis películas hasta el 2017, con una recaudación superior a los 1.200 millones de dólares en taquilla global, según datos de Variety. Posteriormente, en el 2021, se estrenó el reinicio Resident Evil: Welcome to Raccoon City, dirigido por Johannes Roberts. Resident Evil se estrenará en cines el 18 de septiembre y presenta un enfoque innovador al alejarse de los personajes icónicos de la saga. Anteriormente, el director comentó que tenía "carta blanca" para hacer lo que quiera y, definitivamente, el tráiler transmite eso al mostrar algo tan diferente. Sin conexiones con S.T.A.R.S. ni experiencia militar, esta narrativa busca intensificar la tensión y el realismo, resaltando la fragilidad de un ciudadano común en medio del caos.
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