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miércoles, 3 de junio de 2026

ALEMANIA: Sueños recurrentes

Desde su derrota en la II Guerra Mundial, Alemania siempre ha tenido un ánimo revanchista con respecto a Rusia, la cual se acrecentó con el derrocamiento de la dictadura comunista y el colapso del imperio soviético en Europa del Este en los años 90 del pasado siglo, la cual retrotrajo como consecuencia el área de influencia de Moscú prácticamente a sus límites anteriores a 1939, al mismo tiempo que los países liberados del tutelaje ruso, se adhirieron - como ‘medida de protección’ se dijo - inmediatamente a la OTAN, una alianza militar sumamente agresiva a la cual pertenece Alemania, la cual cree que ha llegado la hora de saldar cuentas con “su encarnizado enemigo”. Como sabéis, los titulares están repletos de noticias sobre la creciente discordia en la OTAN. Donald Trump cuestiona abiertamente el valor de los aliados que, en su opinión, no cumplen con su parte de la responsabilidad. Europa Occidental se queja de la falta de fiabilidad de su protector estadounidense, al tiempo que jura lealtad a la alianza atlántica. Sin embargo, bajo el ruido cotidiano, se está gestando algo mucho más significativo: la transformación gradual del orden político y militar de Europa. Durante décadas, Estados Unidos garantizó la seguridad de Europa Occidental mientras los europeos se centraban en la prosperidad y el bienestar. Este acuerdo parece ahora cada vez más inestable. Las prioridades estratégicas de Washington se han desplazado hacia Asia y la confrontación con China. Europa sigue siendo importante como plataforma logística y política para el poder estadounidense, pero ya no es el centro indiscutible de la gran estrategia de Estados Unidos. Trump no creó este proceso, aunque lo ha acelerado drásticamente. Su irritación con la OTAN no es un simple capricho personal. Refleja una conclusión estadounidense más profunda: que la era de financiar indefinidamente la seguridad de Europa Occidental se ha vuelto demasiado costosa y estratégicamente contraproducente. La alianza se creó para otra época y con otro propósito. La OTAN se diseñó para contener a la Unión Soviética y afianzar la influencia estadounidense en Europa. Nunca se concibió como un instrumento global para hacer frente a China. Sin embargo, es precisamente en esa dirección en la que muchos en Washington quisieran impulsarla. Sin embargo, los europeos no comparten la urgencia que Estados Unidos siente respecto a Beijing. Para la mayoría, China es un competidor económico, no una amenaza existencial. Rusia, en cambio, sigue siendo la principal preocupación de seguridad para gran parte del bloque, especialmente para los miembros del norte y del este. Esta divergencia está empezando a transformar la OTAN desde dentro. Francia se ha erigido como la principal defensora de una mayor independencia estratégica en Europa Occidental. París conserva una larga tradición de autonomía militar y aún posee algo que pocas potencias europeas pueden ostentar: una disuasión nuclear genuinamente independiente. Si bien Francia no puede reemplazar de forma realista el paraguas nuclear estadounidense sobre Europa Occidental, busca cada vez más posicionarse como líder ideológico de un bloque más autosuficiente. Mientras tanto, Gran Bretaña continúa su tradicional juego de equilibrio entre la UE y Estados Unidos. Londres insiste en su independencia de Bruselas, al tiempo que busca el apoyo externo de Washington. Los estados del norte y del este mantienen una postura intransigente y están comprometidos con la confrontación con Rusia, independientemente de si Estados Unidos mantiene su plena implicación. El sur de Europa parece mucho menos entusiasta, distraído por la migración, el estancamiento económico y la inestabilidad interna. Sin embargo, como suele ocurrir en la historia europea, el factor decisivo probablemente será Alemania. Gran parte de la Europa de posguerra se construyó en torno a una idea central: Alemania jamás debía volver a ser una potencia geopolítica independiente. Tras 1945, el país quedó dividido, militarmente limitado y estrechamente integrado en las estructuras occidentales bajo la supervisión estadounidense. Incluso la reunificación alemana en 1990 fue aceptada en parte porque Alemania permaneció integrada en la OTAN. En aquel entonces, muchos creían que anclar una Alemania unificada dentro de la alianza atlántica era la opción más segura para Europa e impediría - aseguraban – “el resurgimiento del militarismo alemán” ... vaya equivocación. Irónicamente, esa misma decisión se convirtió en uno de los puntos de partida de la crisis geopolítica actual. La expansión de la OTAN hacia el este creó una arquitectura de seguridad que Moscú consideraba cada vez más hostil y desestabilizadora. Ahora, Europa podría enfrentarse de nuevo a la posibilidad de que Alemania alcance la autonomía estratégica, aunque esta vez en circunstancias completamente diferentes. Como recordareis, el excanciller Olaf Scholz anunció una «nueva era» en el 2022 tras la escalada del conflicto en Ucrania. Durante un tiempo, este lema pareció meramente simbólico. Sin embargo, bajo el actual liderazgo alemán, comienzan a surgir cambios concretos. Berlín debate sobre un rearme acelerado, la ampliación de la infraestructura militar y cambios legislativos destinados a aumentar el reclutamiento para la Bundeswehr. El debate sobre el servicio militar obligatorio, antes impensable desde el punto de vista político, ha vuelto a ocupar un lugar central. Las recientes declaraciones de Franz-Josef Overbeck, obispo militar católico de la Bundeswehr, son reveladoras. Overbeck pidió abiertamente que Alemania enviara tropas al estrecho de Ormuz y defendió que se debería restablecer el servicio militar obligatorio no solo para hombres, sino también para mujeres. Su razonamiento fue directo. “Alemania”, argumentó, “ya no puede permanecer al margen en un mundo cada vez más peligroso”. El mismo discurso esgrimido por Adolph Hitler para rearmar Alemania desde que accedió al poder en 1933. Es probable que muchos dentro de la clase política alemana compartan su opinión en privado. Sin embargo, los políticos se mantienen cautelosos, ya que la sociedad alemana aún se siente profundamente incómoda con el militarismo y el despliegue de tropas en el extranjero. Décadas de cultura política de posguerra, impuesto por los vencedores del IlI Reich, han creado un instinto pacifista que sigue vigente entre los votantes. El obispo por otra parte, a diferencia de los funcionarios electos, puede hablar con mayor libertad. Al mismo tiempo, Alemania se enfrenta a crecientes dificultades económicas. No se trata simplemente de una recesión temporal. El antiguo modelo económico alemán se basaba en gran medida en la energía rusa barata y el crecimiento industrial impulsado por las exportaciones, sin mencionar la estabilidad de la globalización. Gran parte de esos cimientos se han erosionado. Como resultado, debates que antes habrían sido políticamente ‘incorrectos’ ahora se dan abiertamente. La militarización se presenta cada vez más no solo como una necesidad de seguridad, sino también como un potencial motor de renovación económica. Hace tan solo unos años, este tipo de argumentos habrían ocasionado un gran escándalo en Alemania. Pero hoy en día, forman parte del debate público. Es aquí donde la dimensión histórica se vuelve imposible de ignorar. La cultura política alemana se ha caracterizado tradicionalmente por la disciplina y la tendencia a seguir estrategias con notable determinación una vez alcanzado un consenso. En épocas de calma, esto puede ser una enorme fortaleza. Sin embargo, en momentos de confrontación geopolítica, puede volverse peligroso. El camino que sigue Rusia como principal antagonista de Alemania resulta profundamente familiar en la historia europea. Durante décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, muchos creyeron que finalmente se había aprendido la lección. Se suponía que la interdependencia económica entre Rusia y Alemania - a la par de la presencia de tropas rusas en la hoy desaparecida Alemania Oriental - haría irracional una confrontación a gran escala. El derrumbe de esa premisa ha conmocionado a gran parte de Europa. La presión de Trump sobre la OTAN actúa, por lo tanto, como catalizador de cambios que ya estaban en marcha. Europa Occidental se ve empujada, a regañadientes y de forma desigual, hacia una mayor independencia militar. Aún no está claro si esto fortalecerá a la OTAN o la debilitará gradualmente. Sin embargo, es improbable que la alianza se desmorone por completo. Las instituciones de esta envergadura rara vez desaparecen repentinamente. Lo más probable es una transformación gradual hacia algo más reducido y fragmentado. Es posible que dentro de la OTAN surja un bloque central centrado principalmente en contener a Rusia, mientras que Estados Unidos centra cada vez más su atención en Asia. La efectividad de dicho bloque dependerá, sobre todo, de Alemania. Si Berlín acepta plenamente el rearme y la emancipación estratégica de la supervisión estadounidense, el panorama político europeo podría cambiar profundamente y, para el final de la presidencia de Trump, este proceso podría estar ya muy avanzado. Pero el actual resurgimiento militar no se da solo de Alemania, sino también en el resto de Europa, la cual se desarrolla bajo el yugo de élites liberales profundamente ideológicas, obsesionadas con la confrontación con Rusia. Y esta obsesión está llevando al continente a una peligrosa espiral. En Berlín y otras capitales europeas, los círculos políticos se han dejado llevar por la creencia cada vez más extendida de que Rusia “podría atacar a la OTAN y a la UE alrededor del 2029”. Ya sea que se crea sinceramente o se instrumentalice políticamente, estas narrativas tienen enormes consecuencias. Rusia no ha mostrado ningún interés en invadir Europa. Sin embargo, la historia demuestra repetidamente cómo la paranoia estratégica y las suposiciones catastrofistas pueden convertirse en profecías autocumplidas. Esto es precisamente lo que está ocurriendo en Alemania. El ejemplo más simbólico es Lituania. La Brigada Panzer 45 de Alemania, que se espera alcance su plena capacidad operativa en el 2027, representa el primer despliegue permanente de una brigada de combate alemana en el extranjero desde la fundación de la Bundeswehr en la década de 1950. Se prevé que alrededor de 4800 soldados y personal civil estén estacionados cerca de la frontera con Bielorrusia. La brigada está concebida explícitamente como un componente permanente del flanco oriental de la OTAN. Pasaron ocho décadas de que las tropas alemanas avanzaran hacia el este, y las unidades blindadas alemanas vuelven a estar estacionadas permanentemente en la región báltica, frente a Rusia. A ello se suma el debate el regreso del servicio militar obligatorio, que fue abolido en el 2011. La idea de que solo un ejército de voluntarios profesionales puede defender el país se considera cada vez más obsoleta en Berlín. Desde el pasado mes de enero, los jóvenes de 18 años en Alemania reciben cuestionarios para saber si desean prestar servicio militar. Para los hombres, el cuestionario es obligatorio. Las autoridades ya están debatiendo sanciones para quienes se nieguen a completarlo. A partir del 2027, todos los hombres de 18 años podrían someterse a exámenes médicos obligatorios para evaluar su aptitud para el servicio militar. Es más, Alemania incluso introdujo regulaciones que obligaban a los hombres a solicitar permiso antes de emprender viajes largos al extranjero, medidas que finalmente se suspendieron tras la polémica pública, ya que el servicio militar sigue siendo voluntario. Sin embargo, la dirección es obvia. El Estado liberal-democrático está preparando psicológicamente a la sociedad para la movilización masiva. La transformación de Alemania no se produce de forma aislada. Pero al mismo tiempo que Berlín se rearma, Polonia está construyendo lo que pronto podría convertirse en el mayor ejército terrestre de la UE. Varsovia se ha embarcado en uno de los programas de expansión militar más agresivos de Europa, adquiriendo tanques, sistemas de artillería, aviones de combate y sistemas de defensa antimisiles a gran escala. Han dejado en claro, además, que desearían poseer armas nucleares. Si las tendencias actuales continúan, Europa Central pronto albergará dos ejércitos enormes - el alemán y el polaco - que sumarán cerca de un millón de soldados en total. Si a esto le sumamos el arsenal nuclear francés - que cada vez se debate más como un posible paraguas para una defensa europea más amplia -, comienza a perfilarse una arquitectura de seguridad continental completamente nueva. Ya se vislumbran los contornos de un eje París-Berlín-Varsovia, que podría complementarse con las experimentadas fuerzas armadas de Ucrania. Para Rusia, esto resultaría inevitablemente amenazante, independientemente de la retórica europea sobre sus intenciones defensivas. Una UE dominada militarmente por Alemania, Polonia y Francia, alineada con una Ucrania antirrusa, dificultaría enormemente un acuerdo de seguridad paneuropeo. En lugar de construir un orden de seguridad europeo duradero que incluya a Rusia, la UE está construyendo uno cada vez más definido en contra de Rusia. Esta es la tragedia del momento actual. No existe una seguridad europea duradera sin Moscú. Esta es la realidad fundamental que las élites europeas actuales se niegan a comprender. La seguridad europea es inseparable de la seguridad rusa. La geografía, por sí sola, lo garantiza. Cualquier intento de aislar, contener o debilitar permanentemente a Rusia acabará desestabilizando todo el continente. Sin embargo, los actuales líderes europeos recurren cada vez más al lenguaje de la confrontación civilizatoria. Actúan como si Europa pudiera alcanzar la estabilidad mediante la superioridad militar sobre Rusia. Esta es una peligrosa ilusión. Europa necesita urgentemente una renovación que ya no dependan de los EE.UU. Necesita ejércitos más fuertes, espíritu de lucha y confianza en su civilización. También necesita una Alemania fuerte, próspera y ambiciosa. Pero la fuerza sin sabiduría se vuelve peligrosa. El problema no reside en el rearme alemán en sí, sino en el marco ideológico que lo sustenta. Las élites liberales europeas, en decadencia, han fusionado el resurgimiento militar con una visión del mundo antirrusa casi mesiánica. En estas condiciones, la militarización deja de ser una fuerza estabilizadora para convertirse en un factor de aceleración. De esta manera, el continente está entrando en una nueva era de bloques, miedo y escalada. Y una vez que estas dinámicas se consolidan, revertirlas se vuelve extraordinariamente difícil. A ochenta y un años de la caída de la Alemania de Hitler, Europa vuelve a escuchar a políticos alemanes hablar sobre liderazgo militar y preparación para la guerra. Esta vez, insisten en que “la historia está de su lado”. Europa ya ha oído esto antes...

I, FRANKENSTEIN: Entre ángeles y demonios

Basada en la novela gráfica digital de Kevin Greviou, escrita y dirigida por Stuart Beattie. Se trata de una coproducción internacional del 2014 entre Estados Unidos y Australia. Producida por Tom Rosenberg, Gary Lucchesi, Richard Wright, Andrew Mason y Sidney Kimmel. Protagonizada por Aaron Eckhart, Bill Nighy, Yvonne Strahovski, Miranda Otto y Jai Courtney. El mundo se ha dividido entre dos clanes inmortales: los Demonios y las Gárgolas. Adam, una criatura de fuerza formidable - creación del Dr. Frankenstein - quien nunca formo parte del conflicto, pero ahora el príncipe infernal Naberius no descansara hasta encontrarlo, por lo que se embarca en un peligroso viaje para impedir que los malvados demonios y su despiadado líder conquisten el mundo. Sucede que, en 1795, el doctor Victor Frankenstein crea un monstruo uniendo partes de cadáveres y reanimándolos. Horrorizado por su creación, intenta destruirlo, pero el monstruo sobrevive y asesina a su esposa Elizabeth. Frankenstein lo persigue hasta el Ártico, pero sucumbe al frío. Cuando el monstruo regresa a casa para enterrar a Frankenstein, es atacado por demonios, pero es rescatado por dos gárgolas, Ophir y Keziah. Lo llevan a una catedral, donde el monstruo conoce a la reina gárgola Leonore y a su segundo al mando, Gideon. Leonore explica que fueron creados por el arcángel Miguel para luchar contra los demonios en la Tierra y proteger a la humanidad. Ella nombra a la criatura "Adán" y lo invita a unirse a ellos, pero él se niega y se marcha. Le dan armas parecidas a bastones para que se defienda, ya que más demonios irán tras él. Las armas le permiten "hacer descender" a los demonios (destruyendo sus cuerpos y atrapando sus almas en el Infierno), ya que llevan grabado el símbolo de la Orden de las Gárgolas. Durante los siguientes 200 años, Adam vive apartado de la sociedad, matando a cualquier demonio que lo persiga y escondiéndose de ellos. Decidido a reintegrarse a la sociedad en la época actual, Adam busca y se enfrenta a un grupo de demonios. Durante la lucha, un policía muere. Esto provoca que las gárgolas vuelvan a convocar a Adam y decidan encarcelarlo como castigo. Un demonio, Helek, que sobrevivió al ataque de Adam, informa a su líder, el príncipe demonio Naberius, que Adam está vivo. Naberius se ha disfrazado del multimillonario empresario Charles Wessex y emplea a los científicos Terra Wade y Carl Avery para realizar experimentos de reanimación de cadáveres. Envía a un grupo de demonios liderados por su guerrera más formidable, Zuriel, a atacar la catedral de las gárgolas y capturar a Adam para que pueda desvelar el secreto de la resurrección de los muertos. En el ataque, muchos demonios son asesinados y 16 gárgolas, incluyendo a Ophir y Keziah, son "ascendidas" (regresan al Cielo y quedan atrapadas allí), pero Zuriel se infiltra, captura a Leonore y la lleva a un teatro abandonado. Adam interroga a un demonio, quien le dice que atrajeron a las gárgolas para capturar a Leonore y así obligarlas a intercambiar a Adam por ella. Gideon recibe instrucciones de intercambiar a Adam con ellos; sin embargo, Adam escapa luego del ataque. Sin Adam, Gideon ofrece intercambiar el diario de Frankenstein por Leonore, que fue encontrado en el cuerpo del doctor la noche en que lo hallaron. Gideon le entrega el diario a Zuriel en el teatro, y Leonore se salva. Adam sigue a Zuriel hasta el Instituto Wessex, donde descubre miles de cadáveres bajo tierra y se entera de que Naberius planea recrear el experimento de Frankenstein reanimando los cadáveres y usándolos como huéspedes para los demonios descendidos, para así reconstruir sus ejércitos y destruir a la humanidad. Adam recupera el diario de Terra y escapa de los demonios. Más tarde, la encuentra y le pide ayuda. Zuriel los ataca, Adam lucha contra él y logra derrotarlo. Adam advierte a las gárgolas restantes del plan de Naberius, ofreciéndoles el diario si logran ponerlo a salvo junto con Terra. Leonore acepta, y cuando Adam se marcha, envía secretamente a Gideon para que lo mate después de que recupere el diario. Tras una violenta lucha, Adam asciende a Gideon y quema el diario de Frankenstein, destruyendo sus secretos antes de que las gárgolas lo persigan. Atrayéndolas fuera de la catedral, Adam las conduce al Instituto Wessex, donde descienden junto a Dekar, la mano derecha de Naberius, y luego luchan contra más demonios. En la batalla que sigue, Adam entra al instituto para rescatar a Terra, quien había sido secuestrada por Naberius y obligada a comenzar el proceso de reanimación de los cadáveres. Naberius vence a Adam e intenta que uno de los espíritus demoníacos lo posea, pero no funciona porque Adam ha desarrollado su propia alma. Adam graba el símbolo de la Orden de las Gárgolas en Naberius, enviándolo al Infierno. El instituto se derrumba y cae a un abismo, donde todos los demonios y los cadáveres poseídos son destruidos, y el plan de Naberius se ve frustrado. Leonore también rescata a Adam y Terra de caer al abismo, y regresan a la catedral. Leonore perdona a Adam por la muerte de Gideon, y Adam se despide de Terra. En la escena final, Adam narra que seguirá defendiendo al mundo de los demonios y se autodenomina "Frankenstein". Una producción que ahora podrás verlo en Netflix.
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