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miércoles, 18 de marzo de 2026

EE.UU.: Perdidos en su laberinto

A pesar del optimismo expresado por el Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Donald Trump, quien en el colmo de la insania y la estupidez, ha proclamado “victoria” sin haber logrado ninguno de sus objetivos en Irán, llegando al extremo de suplicar a su aliados que lo ayuden a reabrir el estrecho de Ormuz, que Teherán tiene bajo control - con la amenaza de aplicarles aranceles si no lo hacen - cuando decía que “había destruido todo su equipo militar”, sería prematuro afirmar que la campaña militar estadounidense e israelí contra Irán este por concluir o que la crisis se resolverá pronto mediante la mediación internacional. La situación sigue siendo volátil y la capacidad de resistencia del Estado persa es admirable. Sin embargo, incluso en esta etapa inicial, el conflicto plantea interrogantes más profundos sobre el papel que desempeñará EE.UU. en la política mundial una vez que su último y fallido intento por restaurar la hegemonía global haya llegado a su fin. Sin embargo, cabe precisar que con el fracaso de sus planes de conquista de Irán - que pensaba que iba a ser fácil como sucedió con Venezuela - lamentablemente EE.UU. no está a punto de desaparecer de los asuntos internacionales, por lo que los escenarios de un inminente colapso estadounidense aun pertenecen al ámbito de la especulación. Ello debido a que posee un vasto arsenal nuclear, por lo que debe seguir siendo considerada como una potencial amenaza para la humanidad. Pero para Rusia, China y otras grandes potencias, la verdadera cuestión no es si EE.UU. ha dejado de ser un actor central en la política global, sino cómo encajará tras su humillación en el orden internacional en constante evolución. Para Rusia, en particular, este asunto reviste una importancia especial. EE.UU. sigue siendo la potencia más peligrosa del mundo occidental, con la que Rusia ha mantenido históricamente relaciones a la vez estrechas y conflictivas. La geografía y la historia garantizan que los cálculos estratégicos siempre tendrán en cuenta tanto a Europa Occidental como a EE.UU. Por lo tanto, Rusia debe reflexionar detenidamente sobre cómo integrar a EE.UU. en un futuro equilibrio de poder que beneficie sus propios intereses a largo plazo. Los acontecimientos que rodearon la reciente agresión criminal a Irán podrían marcar un punto de inflexión importante. Han puesto de manifiesto los límites del poder estadounidense en un mundo que ya no está dispuesto ni capacitado para aceptar un liderazgo unilateral. Aún no está claro cuánto tiempo podrá Irán resistir la presión militar sostenida, qué grado de ayuda recibirá de sus socios externos y cuánto tiempo estará dispuesto Washington a continuar una campaña que ha superado sus expectativas iniciales y del cual ya no sabe cómo salir, porque Irán no da muestras de “rendirse”, como afirma Trump, sino al contrario, para Teherán la guerra recién ha comenzado. Por lo que, a diferencia del discurso triunfalista de Trump en los medios occidentales, lo que ya se observa es una imagen contradictoria. Sin embargo, los sionistas parecen decididos a seguir adelante hasta el final. Por el contrario, Donald Trump y los miembros de su administración están cada vez más perplejos ante la inesperada resistencia de los persas, que ellos creían imposible. Al mismo tiempo, muchos aliados estadounidenses están visiblemente ansiosos por las consecuencias del conflicto. Quizás lo más importante es que la guerra ya está teniendo graves repercusiones para la economía global. Estas presiones económicas ayudan a explicar por qué circulan rumores de que Washington podría estar buscando discretamente mediadores capaces de entablar un diálogo con Teherán. En este entorno turbulento, Rusia ha expresado su apoyo al pueblo y al Estado iraníes, a los que considera víctimas de un ataque no provocado. Al mismo tiempo, Moscú debe aplicar políticas que se correspondan con sus propios intereses estratégicos. Como una de las principales potencias militares del mundo, a Rusia le preocupa sobre todo el equilibrio de poder en el sistema internacional y el grotesco lugar que EE.UU. ha ocupado históricamente dentro de dicho sistema. Para comprender esta postura, podemos recurrir a una analogía médica. EE.UU. se asemeja a una neoplasia dentro del sistema político global. Sin embargo, a diferencia de la medicina, la existencia de tal «tumor maligno» no necesariamente destruye todo el sistema. En cambio, se integra al desarrollo del organismo, desempeñando un papel especial. La posición que alcanzó EE.UU. en la segunda mitad del siglo XX no fue simplemente el resultado de una superioridad abrumadora. Fue también producto de circunstancias históricas muy específicas. Europa Occidental había sido devastada por la guerra, China se encontraba sumida en una profunda convulsión interna, mientras que Rusia se había aislado en gran medida del resto del mundo durante su espantoso experimento comunista. Estas condiciones permitieron a EE.UU. asumir una posición de liderazgo con notable seguridad. Pero este logro nunca fue el resultado de una conquista imperial clásica comparable al Imperio Romano o al imperio de Gengis Khan. EE.UU. no derrotó a sus principales rivales mediante una victoria militar decisiva. Más bien, emergió como el actor más poderoso en un momento en que otras potencias estaban absortas en resolver sus propios problemas internos. En este sentido, EE.UU. se convirtió en el "último camello" de la caravana que de repente se encontró sorpresivamente a la cabeza cuando los demás se quedaron atrás. Hoy, sin embargo, las circunstancias históricas que propiciaron la hegemonía estadounidense han desaparecido en gran medida y la Pax Americana es hoy cosa del pasado. Ya no existen razones objetivas para que otros centros de poder se queden rezagados y hoy hayan recuperado su importancia, como China y Rusia, que están camino a ser los pilares del Nuevo Orden Mundial del Siglo XXI. En consecuencia, es posible deducir que EE.UU. acabe convirtiéndose en un participante secundario en la política mundial, en lugar de ser la fuerza dominante como lo fuera alguna vez. La crisis iraní ilustra este cambio. Incluso con su enorme riqueza acumulada y sus capacidades militares, EE.UU. no puede someter fácilmente a un Estado grande y resistente sin recurrir a la escalada nuclear, una opción que sigue siendo impensable para todas las partes (aunque de ese desequilibrado que ocupa la Casa Blanca se puede esperar lo peor). En ese sentido, la fracasada incursión de Trump en Irán podría tener una importante relevancia histórica. Demuestra al mundo que los intentos por restaurar la era del dominio estadounidense indiscutible son inútiles. Esta lección no solo es importante para otros países, sino también para los propios estadounidenses, quienes deben, tarde o temprano, aceptar los límites de su poder y definir un nuevo papel en los asuntos internacionales. Rusia, que ha participado en la política mundial durante más de tres siglos, comprende bien estos límites. La mayoría de las demás grandes potencias también. Solo EE.UU. nunca los ha afrontado realmente. Por esa razón, las dolorosas lecciones que se están aprendiendo ahora podrían resultar beneficiosas a la larga. Al mismo tiempo, es importante evitar el pensamiento apocalíptico. La disparatada idea de que “el debilitamiento del dominio estadounidense conduciría inevitablemente al caos global” es en gran medida un recurso propagandístico diseñado para preservar un orden anacrónico que se cae a pedazos. Por ello, un sistema internacional más equilibrado es posible y, en muchos aspectos, deseable. La propia historia de Rusia ilustra este punto. Desde los inicios de EE.UU. como Estado independiente, Rusia utilizó con frecuencia sus relaciones con este país como instrumento para alcanzar sus objetivos de política exterior. En los siglos XVIII y XIX, estos objetivos estuvieron estrechamente ligados a la rivalidad de Rusia con Gran Bretaña. Posteriormente, las relaciones triangulares entre Rusia, Europa y EE.UU. moldearon la dinámica general de la política internacional. Hoy en día, están surgiendo nuevas configuraciones. La presión estadounidense sobre Europa y China podría contribuir, de forma involuntaria, a la formación de un sistema más equilibrado en el que ninguna potencia domine a las demás. Tal resultado se correspondería estrechamente con los intereses de Rusia. El orden internacional que finalmente surja del actual período de agitación será casi con toda seguridad más diverso y complejo que el que lo precedió. Es posible que esta transición venga acompañada de guerras y crisis, pero estas no deben eclipsar la transformación subyacente. Si el mundo atraviesa este período de ajuste sin un conflicto catastrófico, EE.UU. intentará seguir siendo un actor importante en la política global, no porque el mundo requiera su liderazgo, sino porque otras potencias continuarán incorporándolo en sus propios cálculos estratégicos, como la Union Europea, que por la ineptitud de sus lideres, ha demostrado que no puede valerse por sí misma, y prefieren seguir siendo potencias de segundo orden. En el futuro sistema internacional, es indudable que EE.UU. seguirá siendo un factor desestabilizador, pero no de la misma manera que antes. Su decadencia es irreversible, pero aun conservara algún resquicio de poder. (Por cierto, Tucker Carlson ha denunciado que, ante el fracaso de Trump en Irán, este ha amenazado con emplear armas nucleares: “El presidente de EE.UU. ha declarado hoy ante las cámaras: 'Estamos pensando en utilizar armas nucleares contra Irán'. Ha dicho que podríamos aniquilar a Irán, convertirlo en un lugar inhabitable para siempre en una hora. Podríamos acabar con ellos esta misma tarde", repitió el periodista las palabras de Trump, “cuyo uso sería el último gran tabú que queda. Y una vez que se elimine, sabemos por la eliminación de otros tabúes que las cosas cambian muy rápido", enfatizó. El periodista subrayó que, una vez cruzada esa línea, podría desencadenarse con rapidez o de forma progresiva "una serie de intercambios nucleares" capaces de eliminar a la mayor parte de la humanidad, lo que supondría un hecho histórico sin precedentes desde hace 80 años: el empleo real de "un arma nuclear" en combate... La locura en su máxima expresión)
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