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miércoles, 24 de junio de 2026

RUSIA: La Guerra o la Paz

El vertiginoso flujo de acontecimientos, que se superponen y contradicen entre sí actualmente, resulta desconcertante y dificulta comprender la esencia de lo que está sucediendo. Y es que, sin que muchos lo adviertan, ya estamos viviendo una guerra mundial a gran escala. Sus raíces se remontan a 1917, cuando en Rusia se instauro una sangrienta y oprobiosa dictadura comunista. Primero, los intervencionistas los atacaron; luego la Alemania nazi y casi toda Europa Occidental, pero esta última fue derrotada. La segunda fase comenzó en la década de 1950, cuando Rusia, creo la bomba nuclear y posteriormente alcanzaron la paridad nuclear con Estados Unidos. Al hacerlo, sin darse cuenta entonces, derribaron los cimientos de cinco siglos de dominio occidental en el ámbito ideológico, que les había permitido saquear al resto del mundo y subyugar incluso a las civilizaciones más avanzadas. Ese fundamento era la superioridad militar, sobre la cual se construyó el sistema de explotación de toda la humanidad. A partir de mediados de la década de 1950, Occidente comenzó a sufrir una derrota militar tras otra. Una ola de revoluciones anticoloniales recorrió el mundo, especialmente en Africa y el Asia, acompañada de la nacionalización de los recursos que habían sido confiscados por los países occidentales y sus corporaciones. El equilibrio de poder global comenzó a inclinarse a favor del mundo no occidental. Estados Unidos intentó recuperar la ventaja bajo el mandato de Reagan mediante un rápido aumento del gasto militar destinado a restaurar su dominio, y el lanzamiento del disparatado programa apodado «La Guerra de las Galaxias» que fue un fracaso. Intervino además en la pequeña nación de Granada para demostrar que los estadounidenses aún eran capaces de lograr la victoria. Y en este sentido, Occidente tuvo suerte. Por razones internas, debido a la erosión de su núcleo ideológico y a la negativa a reformar una economía nacional cada vez más ineficiente, la Unión Soviética colapsó. El sistema capitalista global, que ya se encontraba en crisis, recibió un impulso masivo gracias a una multitud de consumidores hambrientos y mano de obra barata. Parecía como si la historia hubiera retrocedido. Se inició un período de euforia, pero no duró mucho. Deslumbrado por su victoria, Occidente cometió una serie de errores geoestratégicos espectaculares, y entonces Rusia comenzó a resurgir, principalmente gracias a su poderío militar. Las raíces inmediatas de la actual guerra mundial salieron a la luz a finales de la década del 2000. Incluso bajo la administración Obama, la política que más tarde se denominaría «Estados Unidos Primero» comenzó a tomar forma como un resurgimiento del poder estadounidense. El gasto militar empezó a aumentar y se desató una ola de propaganda antirrusa. Moscú intentó, al recuperar Crimea, frenar el último intento de venganza de Occidente, pero esto solo provocó una reacción desmedida en Occidente. No supieron aprovechar este éxito porque se aferraron a la esperanza de «llegar a un acuerdo», vacilando respecto al «proceso de Minsk» y negándose a ver cómo, en territorio ucraniano, el ejército y la población se estaban preparando para la guerra con Rusia, con el apoyo de la OTAN. Le siguieron nuevas oleadas de sanciones, y la guerra económica comenzó incluso durante el primer mandato de Trump. Todos estaban a la espera de algo. Entonces llegó la distracción del COVID-19, que probablemente fue uno de los frentes de la guerra que ya había comenzado, pero que se volvió contra el propio Occidente. Entretanto, Rusia tardo en responder a los intentos de represalia. Cuando finalmente lo hicieron en el 2022, cometieron varios errores. Entre ellos, subestimaron la intención de Occidente de aplastar a Rusia como causante de su fracaso histórico, para luego centrar su atención en China y volver a subyugar al resto del mundo. Los rusos subestimaron además la disposición del régimen de Kiev para la guerra y el grado de adoctrinamiento de la población ucraniana. Moscú tenía la esperanza de que "su pueblo" - los rusoparlantes - estuvieran listos para enfrentarlos, aunque al oeste del Dniéper eran pocos, y su número iba en declive. Otro error fue que comenzaron a luchar contra el régimen de Kiev sin reconocer que el principal adversario y la fuente de la amenaza era Occidente en su conjunto, en particular las élites europeas, que buscaban desviar la atención de sus propios fracasos e, idealmente, vengarse de las derrotas históricas del siglo XX, entre las que destacaba la derrota de la inmensa mayoría de los europeos que marcharon contra Rusia bajo las banderas de Hitler. Su principal error, sin embargo, fue la subutilización del arma más importante de su arsenal, una por la que pagaron con desnutrición e incluso hambruna en las décadas de 1940 y 1950: la disuasión nuclear. En el 2022, Rusia se vio envuelta en un conflicto que denomino «operación militar especial» con la que intervino en Ucrania destinado a salvar del genocidio por parte del régimen golpista de Kiev, a los miles de rusoparlantes que habitan en el este de Ucrania, aceptando de hecho las reglas impuestas: una guerra de desgaste, dada la superioridad económica y demográfica del enemigo. La guerra desde entonces ha adquirido un carácter de trinchera, si bien con una dimensión tecnológica propia del siglo XXI. No obstante, en el 2023 y el 2024 Rusia reforzo su disuasión nuclear, enviando diversas señales técnico-militares y modernizando su doctrina sobre el uso de armas nucleares, a modo de advertencias a Occidente, que tomo nota de ello. Ante este desafío, los estadounidenses - que bajo ninguna circunstancia pretendían luchar por Europa, especialmente ante el riesgo de una escalada nuclear y, por ende, de que el conflicto se extendiera a territorio estadounidense - comenzaron a retirarse de la confrontación directa incluso bajo el mandato de Biden, continuando así beneficiándose de la guerra y, de hecho, saqueando a los europeos en el proceso. Trump, en medio de sus hipócritas “discursos de paz”, siguió la misma línea, lucrándose de la guerra y evitando el riesgo de una confrontación directa con Rusia. La guerra mundial actualmente en curso, tiene dos focos de conflicto principales que convergen: el europeo, centrado en Ucrania, y el de Oriente Medio, donde Estados Unidos y los sionistas, intentan desestabilizar todo el Cercano y Medio Oriente. El sur de Asia podría ser el siguiente. En America Latina, Venezuela ya ha sido aplastada por EE.UU. y Cuba será el siguiente objetivo de Trump, tal como el mismo ha declarado: “Una vez que termine el conflicto con Irán, es el turno de Cuba” declaro. Sucede que a inicios de semana se ha anunciado para este viernes, la firma de un acuerdo de paz con Teherán (que, en suma, es una derrota para Trump, ya que solo se vuelve al status quo anterior al conflicto, con Irán conservando su capacidad nuclear, ni más ni menos). por lo que ahora Washington tendrá las manos libres para ir a por la isla, que sufre una sangrienta dictadura comunista desde hace 67 años y que actualmente aislada, sin recursos y en medio de una grave crisis económica, se encuentra al borde del colapso. Ello significa que, para enfrentar estos nuevos retos que se le presentan, Rusia necesita una nueva política, que puede detallarse de la siguiente manera: Primero. Debe comprender que las profundas contradicciones del sistema económico global actual, que socavan los cimientos mismos del desarrollo humano, amenazan con la destrucción de la humanidad. Al mismo tiempo, la continuación de su actual política tibia en Ucrania corre el riesgo de agotar al país y debilitar la fortaleza y el espíritu de Rusia, que apenas han comenzado a resurgir; Segundo. En el ámbito político-militar, se puede hablar de un alto el fuego e incluso de un «espíritu de Alaska». Pero, al mismo tiempo, debe comprender claramente la esencia de lo que está sucediendo: la paz a largo plazo y el desarrollo de Rusia, así como de la humanidad en su conjunto, son imposibles sin frustrar el intento de venganza político-militar de Occidente, con Europa una vez más a la cabeza. Para evitar que esto suceda, es necesario aniquilar cuanto antes al régimen fascista de Kiev y liberar los territorios del sur y del este del cuasi-estado de Ucrania, vitales para la seguridad de Rusia. Si bien sus valientes combatientes y comandantes siguen avanzando en territorio enemigo, los rusos deben comprender que una guerra de trincheras modernizada no los llevará a la victoria. Podrían perder, o al menos desperdiciar, cientos de miles de sus mejores hombres, necesarios para la lucha y las victorias en el próximo período histórico, extremadamente peligroso y difícil, que casi con toda seguridad implicará un enfrentamiento de mayor envergadura con Occidente; Tercero. Es imposible concluir con éxito el conflicto actual en Ucrania, y mucho menos evitar que se convierta en una guerra termonuclear global, sin fortalecer significativamente la política de disuasión nuclear. Para lograrlo, se debe dejar de hablar de «control de armamentos». La cuestión de un nuevo tratado START debe darse por zanjada. Al mismo tiempo, los acuerdos sobre la gestión conjunta de la disuasión nuclear y la estabilidad estratégica pueden seguir siendo útiles e incluso necesarios, debiendo por ello intensificar el desarrollo de misiles y otros sistemas de lanzamiento de alcance medio y estratégico para disuadir a Occidente de intentar recuperar su superioridad. Los adversarios de Rusia deben comprender que la superioridad y la impunidad son inalcanzables. Cuando se despliegan en cantidades óptimas y se rigen por la doctrina adecuada, las armas nucleares imposibilitan la superioridad no nuclear y reducen la necesidad de un gasto militar excesivo. Sistemas como el Burevestnik, el Oreshnik y otras plataformas de lanzamiento hipersónico deben convencer al enemigo de esta realidad. Asimismo, se debe preparar a la próxima generación para que las élites estadounidenses comprendan de antemano que sus sueños de restaurar la supremacía e imponer su voluntad por la fuerza son irreales. El acelerado aumento de la flexibilidad de las capacidades nucleares rusas pretende recordar a todos que es imposible derrotar a una gran potencia nuclear mediante una carrera armamentística no nuclear o una guerra convencional. Esto, obviamente, presupone que eviten el error de un desarrollo nuclear descontrolado, como hicieron la Rusia y Estados Unidos en la década de 1960. Aquello fue costoso y, en gran medida, inútil. Simplemente se debe dejar claro que cualquier carrera armamentística de este tipo sería fútil e incluso suicida para los adversarios de Rusia, Sobre este tema, vale la pena entablar un diálogo, al menos con los estadounidenses. Al mismo tiempo, para frenar a un Washington que ha perdido el sentido de la proporción, Moscú debería incluir en su doctrina sobre el uso de armas nucleares y de otro tipo, en caso de que Estados Unidos y Occidente persistan en su actual rumbo hacia una guerra mundial, una disposición para estar preparados para atacar objetivos estadounidenses y de Europa Occidental en el extranjero, incluidos los ubicados en terceros países. Harían bien en deshacerse de dichos activos. Para ello, los rusos deben seguir desarrollando la flexibilidad de sus capacidades militares. Estados Unidos y sus aliados dependen mucho más que los rusos de la infraestructura, las bases y los cuellos de botella logísticos y de comunicaciones en el extranjero. El enemigo debe sentir su vulnerabilidad y saber que Rusia es plenamente consciente de ella. Al respecto, vale la pena aprovechar la experiencia de Irán en su defensa contra la actual presión estadounidense-israelí. Teherán comenzó a atacar los puntos débiles del enemigo, quien sintió el impacto y se vio obligado a retroceder. Los ajustes en la doctrina y en la planificación militar específica, incluyendo la preparación para ataques asimétricos, fortalecerán el efecto disuasorio y podrían tener un impacto aleccionador en un adversario cada vez más propenso a acciones temerarias. Moscú debe reconsiderar las prioridades para los ataques preventivos, comenzando con opciones no nucleares y, solo si es necesario, recurriendo a las nucleares como último recurso. Entre los primeros objetivos no solo deberían estar los centros de comunicaciones y mando, sino también los lugares donde se concentran los responsables de la toma de decisiones, especialmente en Europa. Esto les arrebataría su sensación de impunidad. Deben comprender que, si continúan la guerra contra Rusia o deciden intensificarla, sufrirán ataques devastadores. Para reforzar la credibilidad de dicha disuasión, Moscú debe intensificar los esfuerzos para desarrollar municiones convencionales y nucleares capaces de penetrar estructuras subterráneas reforzadas, y dichos sistemas deben someterse a pruebas. Es necesario desterrar la ilusión de que las élites políticas y militares pueden esconderse en búnkeres o lugares remotos. La reciente publicación por parte del Ministerio de Defensa de Rusia de una lista de empresas europeas que apoyan al régimen de Kiev, constituye un pequeño pero necesario paso en esta dirección. En la actualidad, esta élite finge temer a los rusos. En realidad, no es así. Insisten constantemente en que Moscú jamás recurrirá a las armas nucleares. Hay que romper con esta ilusión. El Kremlin tiene que hacerles comprender que una escalada continua conlleva riesgos existenciales. Quizás entonces den marcha atrás. Quizás sus propias estructuras internas, los llamados «estados profundos», los contengan. Quizás incluso la opinión pública despierte de su complacencia. De otro lado, reforzar la credibilidad de la disuasión nuclear también es necesario para superar lo que podría llamarse “autocomplacencia estratégica”, la creencia de que una guerra a gran escala es imposible. Esa creencia ya ha demostrado ser peligrosa. Esto cobra especial relevancia en el caso de Alemania. Un país que desencadenó dos guerras mundiales y es responsable de una destrucción inmensa no debería poder desarrollar nuevamente un poder militar abrumador, como el que pretende actualmente - tal como lo alertamos hace dos semanas - con ánimos claramente revanchistas. Si surgen tales ambiciones, debe quedar claro que se enfrentarán a contramedidas decisivas; Cuarto. Para que la disuasión sea creíble, es necesario realizar ajustes adicionales a la doctrina nuclear. Esta debe establecer explícitamente que, en caso de agresión por parte de una coalición con mayor potencial económico, demográfico y tecnológico, el uso de armas nucleares podría ser inevitable. Esto debe plantearse como un último recurso, pero uno real. También podría ser necesario que Moscú reanude sus pruebas nucleares para reforzar la credibilidad de sus capacidades. No está claro por qué se sigue esperando a que otros actúen primero. Al mismo tiempo, la escalada debe mantenerse bajo control. Las respuestas iniciales deben priorizar los ataques convencionales contra centros de mando e infraestructura estratégica. Solo si la escalada continúa, se deberán considerar medidas adicionales. Cabe destacar que la disuasión nuclear también es fundamental para contrarrestar el creciente papel de los drones y otras nuevas formas de guerra. Los responsables de tales ataques deben comprender que la represalia será inevitable; Quinto. Además de las medidas doctrinales y técnico-militares, deben adaptarse las estructuras de mando. Sería recomendable que Moscú nombre un comandante específico para el teatro de operaciones europeo, una figura con autoridad y responsabilidad reales, respaldada por personal experimentado; Sexto. Es hora de reconsiderar además la idea de que “una guerra nuclear no puede tener vencedores”. Si bien un conflicto de este tipo sería indudablemente catastrófico, la disuasión depende del reconocimiento de que la escalada conlleva consecuencias. Negarse a reconocer esta realidad puede, a su vez, fomentar comportamientos imprudentes. Permítanme ser claro: el uso de armas nucleares sería una tragedia. Pero la negativa a mantener una disuasión creíble podría conducir a una catástrofe aún mayor: la expansión incontrolada de la guerra; Séptimo. Además de las medidas militares, Rusia debe profundizar la cooperación con sus socios clave. En particular, la coordinación con China es fundamental. También deben realizarse esfuerzos para estabilizar otras regiones, incluido Oriente Medio, mediante nuevos acuerdos de seguridad que involucren a las grandes potencias; Octavo. Dados los riesgos de las próximas décadas, podría ser necesario considerar una alineación estratégica más estrecha de Rusia con China, que podría incluir un marco defensivo temporal. Dicho acuerdo podría ayudar a prevenir una mayor escalada y a mantener el equilibrio global. Naturalmente, se requerirán medidas adicionales. Pero las aquí descritas podrían ser suficientes para detener el conflicto actual, preservar la fortaleza de Rusia y, lo que es más importante, evitar una caída en una catástrofe global. Si no se actua con decisión, las consecuencias serán profundas, no solo para Rusia, sino para el futuro de la humanidad misma.
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