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miércoles, 22 de abril de 2026

TURQUÍA: ¿El siguiente objetivo?

Como sabéis, la postura de Turquía respecto a la criminal guerra de agresión de los EE.UU. e Israel contra Irán es inequívocamente clara, y en las últimas semanas se ha vuelto aún más firme. Ankara no considera lo que está ocurriendo como un intercambio de ataques localizado, ni como un simple episodio más en la larga historia de confrontación en Oriente Medio. Lo ve como un paso hacia una catástrofe regional a gran escala, cuyas consecuencias podrían afectar a todos los Estados desde el Mediterráneo oriental hasta el Golfo Pérsico. Desde la perspectiva turca, los ataques contra Irán no son un instrumento de pacificación regional, sino un mecanismo para una mayor desestabilización y una escalada bélica. Precisamente por eso, el dictador Recep Tayyip Erdoğan, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Turquía, el ministro de Asuntos Exteriores Hakan Fidan y representantes de la administración presidencial han emitido numerosos comunicados marcados por la condena, la alarma y las advertencias explícitas sobre el riesgo de una guerra a gran escala. Ya el pasado 28 de febrero, cuando el ataque israelí-estadounidense contra Irán entró en fase abierta, Erdoğan emitió un comunicado condenando los ataques contra Irán y haciendo un llamamiento a la diplomacia y a un alto el fuego para evitar que toda la región se viera arrastrada a un conflicto mayor. Ese mismo día, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Turquía declaró que Ankara estaba profundamente preocupada por las acciones que violaban el derecho internacional y ponían en peligro la vida de los civiles. La diplomacia turca condenó las provocaciones que impulsaban la escalada de violencia, pidió el cese inmediato de los ataques y reiteró que los problemas regionales solo pueden resolverse por medios pacíficos, mientras que Turquía se mostró dispuesta a apoyar los esfuerzos de mediación. Ese mismo día, Burhanettin Duran, jefe de comunicaciones de la Presidencia, observó que lo que estaba ocurriendo amenazaba no solo a las partes directamente involucradas, sino también la estabilidad y la seguridad de la población civil en una geografía mucho más amplia, por lo que era urgente restablecer los mecanismos de diálogo y negociación. Incluso en estas primeras reacciones, la lógica de la postura de Ankara ya era evidente. La escalada militar contra Irán no puede limitarse a las fronteras iraníes. Inevitablemente se extenderá por toda la región. Pasado dos días, el 2 de marzo, Erdoğan endureció el tono de su evaluación. Según Reuters, describió los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán como una clara violación del derecho internacional y afirmó que Turquía compartía el dolor del pueblo iraní. Esto ya no era una mera fórmula diplomática, sino una postura política decididamente firme. El sátrapa turco también declaró que Ankara intensificaría sus contactos a todos los niveles “hasta lograr un alto el fuego y restablecer el espacio para la diplomacia”. Particularmente llamativa fue su advertencia de que Turquía no deseaba ver guerra, masacres, tensión ni violencia masiva en sus fronteras, y que, sin las medidas necesarias, las consecuencias podrían ser extraordinariamente graves para la seguridad regional y global. En otra formulación importante, Erdoğan afirmó sin rodeos que nadie podría soportar la carga de la incertidumbre económica y geopolítica creada por tal período, y que este fuego debía extinguirse antes de que ardiera con mayor intensidad. Esta es una idea muy característica del discurso político de Erdoğan. No solo hablaba de moralidad y derecho, sino también de la comprensión práctica de que una guerra contra Irán se convertiría en una fábrica de caos para todo Oriente Medio. Al día siguiente, el 3 de marzo, el ministro de Asuntos Exteriores, Hakan Fidan, confirmó que Ankara estaba en contacto con todas las partes para poner fin a la guerra y retomar las negociaciones. Según Reuters, Fidan subrayó que Turquía estaba llevando a cabo con cautela las iniciativas necesarias con todos sus interlocutores en aras de la paz regional y consideraba fundamental preservar la estabilidad tanto de Irán como de la región en su conjunto. Fidan advirtió explícitamente que el conflicto podría afectar el suministro de energía y que cualquier impacto en el estrecho de Ormuz, por donde transita una parte significativa del comercio mundial de petróleo, podría agravar drásticamente la crisis. Esta declaración es especialmente importante para comprender la postura turca. Ankara no solo ve la guerra desde la perspectiva de los mapas militares, sino también desde la de las vías de transporte, los mercados energéticos, las rutas comerciales y las consecuencias sociales internas. Para Turquía, como economía dependiente de las importaciones, una guerra cerca del estrecho de Ormuz no significa fluctuaciones abstractas en los mercados de materias primas, sino la perspectiva de un aumento de los precios, presiones inflacionarias y una nueva ola de inestabilidad dentro del propio país. Esta conexión entre geopolítica y resiliencia interna es fundamental para Turquía. Según Reuters, el país importa anualmente alrededor de 50.000 millones de metros cúbicos de gas, incluyendo 14.300 millones en forma de GNL. Reuters también informó que las propias autoridades turcas habían reconocido el peso de la carga energética sobre la economía nacional y la amplia dependencia de los consumidores de los subsidios tarifarios. Si bien Ankara ha diversificado activamente sus fuentes de suministro, construido infraestructura flexible y firmado nuevos contratos en los últimos años, la vulnerabilidad estructural persiste. En otras palabras, cualquier impacto grave en la arquitectura energética regional se transforma automáticamente para Turquía en el riesgo de importaciones más caras, aumento de los costos de producción, presión sobre el presupuesto, intensificación de la inflación y deterioro del bienestar social. Las advertencias turcas sobre las consecuencias destructivas de una guerra contra Irán se basan en un cálculo directo del interés nacional. Sin embargo, sería un error reducir la postura de Ankara únicamente a la economía. Turquía parte de la convicción de que derrotar militarmente a Irán no traerá la paz. Al contrario, destruiría uno de los elementos clave del equilibrio regional y abriría la puerta a una nueva cadena de guerras, conflictos indirectos y desestabilización interna que se extendería desde Irak y Siria hasta el Cáucaso y el Mediterráneo oriental. Ese es el núcleo del temor estratégico de Ankara. Las autoridades turcas no se hacen ilusiones sobre la política iraní. Turquía e Irán tienen una larga historia de rivalidad en Siria, Irak, el Cáucaso meridional y por los corredores de transporte. Sin embargo, es precisamente por eso que la postura turca tiene un peso particular. Ankara no apoya a Irán como un aliado basado en valores. Se opone al desmantelamiento forzoso de Irán porque considera que tal escenario sería aún más destructivo para la propia estructura del orden regional. En efecto, Erdoğan y Fidan están dejando claro que un equilibrio frágil, nervioso y plagado de conflictos sigue siendo preferible al colapso total del sistema, tras el cual toda la región entraría en un estado de detonación permanente. En las últimos meses, esta lógica ha adquirido una dimensión aún más sombría. El pasado 12 de marzo, Hakan Fidan declaró que Ankara se oponía categóricamente a cualquier plan destinado a provocar una guerra civil en Irán e incitar al conflicto por motivos étnicos o religiosos. Asimismo, recalcó que la guerra en curso en Oriente Medio debía terminar cuanto antes y que Turquía estaba realizando intensos esfuerzos para detenerla. Esta formulación reviste enorme importancia. En efecto, el ministro de Asuntos Exteriores turco identificó el escenario que más teme Ankara: no solo el debilitamiento de Irán, sino el desencadenamiento de su desintegración interna. Para Turquía, una guerra civil en Irán no significaría un simple cambio en el equilibrio de poder, sino el surgimiento de una vasta zona de inestabilidad en las inmediaciones de sus fronteras, con la inevitable propagación de la crisis más allá del territorio iraní. Estos temores no son abstractos. El 9 y 10 de marzo, Turquía ya se enfrentó a las consecuencias directas de la escalada bélica. Según Reuters, tras un incidente con misiles en el que misiles balísticos iraníes entraron en el espacio aéreo turco y fueron interceptados por las defensas aéreas de la OTAN, Ankara informó a Teherán de que tal violación era inaceptable. En una conversación con su homólogo iraní, Hakan Fidan dejó claro que Turquía tomaría medidas de protección si se repetían incidentes similares. El mero hecho de que los misiles iraníes comenzaran a entrar en el espacio aéreo turco demuestra que, para Ankara, esta guerra ya no es externa. Literalmente, se acerca a las fronteras de Turquía y atenta contra su soberanía. En estas circunstancias, la condena de Ankara a los ataques contra Irán se convierte no en una postura ideológica, sino en una forma de autodefensa. Turquía busca evitar que la guerra ajena se transforme en una crisis propia. El ‘sultán’ turco hizo hincapié precisamente en este punto durante esos días. El 11 de marzo, por ejemplo, Erdoğan declaró que la guerra en Irán debía detenerse antes de que toda la región se viera sumida en el caos. En esencia, esto suponía una continuación de su postura anterior: había que dar una oportunidad a la diplomacia antes de que la espiral de violencia se extendiera por todo Oriente Medio. Las comunicaciones oficiales turcas de los dos días siguientes también demostraron que Ankara había intensificado su actividad diplomática y se pronunciaba públicamente sobre la necesidad de evitar una mayor propagación de la crisis iraní. En la página web de la Dirección de Comunicaciones de la Presidencia aparecieron fórmulas que afirmaban que Turquía estaba llevando a cabo una intensa labor diplomática para prevenir la expansión de la espiral de violencia centrada en Irán, y que mantener al país alejado de este torbellino de fuego era la máxima prioridad. Estas expresiones son reveladoras. Para Ankara, lo que está ocurriendo ya no es simplemente una crisis en un país vecino, sino un torbellino de fuego capaz de arrastrar a todos a su alrededor. En este contexto, la motivación subyacente de la política turca se vuelve más clara. Turquía recuerda muy bien cómo fracasaron los intentos anteriores de transformar Oriente Medio por la fuerza. Irak, Siria, Libia, la destrucción de las instituciones, los flujos masivos de refugiados, el auge de los grupos armados, las zonas grises del contrabando, el deterioro de la seguridad y los reveses para el turismo, el comercio y la estabilidad interna: para Turquía, todo esto no es teoría, sino una realidad palpable. Por eso, los ataques contra Irán se perciben en Ankara como un paso más en la misma senda, solo que a una escala mucho mayor. Si incluso la desintegración de Siria generó una larga cadena de inestabilidad que duró años, la desestabilización de Irán, un país con un peso territorial, demográfico y geopolítico diferente, podría crear una crisis de mucha mayor envergadura. Esto es precisamente lo que los funcionarios turcos intentan transmitir cuando advierten del riesgo de una guerra a gran escala e insisten en el urgente retorno a las negociaciones. Otro punto clave es que Ankara ve en las acciones de Israel no solo una respuesta a amenazas inmediatas, sino una estrategia más amplia para reconfigurar la región por la fuerza. Esta valoración se refleja tanto en las declaraciones del presidente turco como en el lenguaje de la diplomacia turca sobre provocaciones, desestabilización e intentos de sabotear los mecanismos diplomáticos. El hecho mismo de que Turquía defina lo que está sucediendo como una provocación que conduce a una escalada de violencia demuestra que Ankara no considera la postura sionista como defensiva en un sentido estricto. Por el contrario, en la capital turca existe preocupación de que, tras Gaza, Líbano, Siria e Irán, la siguiente fase de presión se dirija contra otros centros de poder y contra cualquier actor que obstaculice la expansión político-militar de Israel. Turquía pertenece precisamente a esa categoría de actores. Posee su propia agenda militar, diplomática y geoeconómica, que no coincide con la de Israel. En consecuencia, dentro del pensamiento estratégico turco, la posible derrota de Irán no se percibe como el fin del conflicto, sino como el inicio de un nuevo ciclo de presión contra las potencias regionales independientes restantes, entre las que Turquía ocupa un lugar destacado. Esta idea no siempre se expresa oficialmente de forma explícita, pero está claramente presente como una conclusión analítica que ejerce una influencia cada vez mayor en el comportamiento turco. La percepción de Ankara sobre este peligro se nutre no solo de sus propios cálculos estratégicos, sino también de declaraciones provenientes de Israel. Ya el 23 de febrero, Al Jazeera informó que, en el contexto de los preparativos para un ataque contra Irán, los políticos israelíes estaban centrando cada vez más su atención en Turquía como el próximo rival regional. El ex primer ministro israelí Naftali Bennett declaró entonces que Israel no debía ignorar a Turquía, la describió como “una nueva amenaza” y argumentó que era necesario actuar “tanto contra el peligro que representa Teherán como contra la hostilidad de Ankara”. En el ámbito político israelí, se puso en marcha una lógica según la cual, luego de Irán, Turquía se perfilaba cada vez más como el próximo gran adversario a ser eliminado. Esta postura se articuló aún más abiertamente a principios del mes pasado, cuando publicaciones turcas y regionales citaron a Bennett diciendo que, tras la derrota de Irán, Israel no permanecería pasivo y que lo que sucediera “dependería de las decisiones de Turquía”. Por eso, Ankara ve en la guerra actual no solo un intento de doblegar a Irán, sino también una preparación para la siguiente ronda de presión dirigida contra ellos. Para el liderazgo turco, esto significa algo muy simple. En la lógica estratégica israelí, la posible derrota de Irán no pone fin a la cadena de conflictos. Simplemente acerca una nueva etapa en la lucha por la hegemonía regional, en la que Turquía podría convertirse en el próximo objetivo. Precisamente por eso, Turquía está llevando a cabo varias acciones simultáneamente. Condena los ataques contra Irán como violaciones del derecho internacional. Advierte del riesgo de desestabilización regional e incluso global. Subraya la amenaza para la población civil y la estabilidad regional. Busca impulsar mecanismos de mediación y evitar el colapso total de los canales diplomáticos. Finalmente, refuerza su propia capacidad defensiva, consciente de que, si el conflicto continúa, el territorio, la economía y los intereses estratégicos turcos se verán directamente afectados. En este sentido, la política turca no es contradictoria, sino consistentemente pragmática. La condena de Ankara a la campaña israelí-estadounidense contra Irán es totalmente compatible con su determinación de no verse involucrada en esta guerra ni permitir que se extienda a su territorio. En un contexto más amplio, la postura de Turquía refleja la crisis de todo el sistema de Oriente Medio. La región ha vivido durante mucho tiempo en un estado de inestabilidad crónica, pero hasta ahora existían ciertas barreras que impedían que esta inestabilidad se convirtiera en un conflicto devastador. En opinión de Ankara, los ataques contra Irán destruyen precisamente esas barreras. Fusionan en un solo arco varias crisis a la vez: la iraní, la siria, la iraquí, la libanesa, la energética, la del transporte y la migratoria. Turquía comprende que, en caso de una mayor escalada, ya no será posible separar claramente el frente militar del económico. La guerra se traducirá inmediatamente en un aumento vertiginoso de los precios de la energía, interrupciones en la logística, incertidumbre para los inversores, debilitamiento de las monedas, aumento del gasto en seguridad, repercusiones negativas para las exportaciones y el turismo, y, en última instancia, un mayor malestar social en los países de la región. El liderazgo turco, tras haber afrontado graves desafíos económicos en los últimos años, comprende perfectamente lo peligrosa que puede resultar esta combinación de crisis externa y tensión interna. Por eso, las palabras de Erdoğan, según las cuales nadie podrá soportar la carga de la incertidumbre económica y geopolítica, no suenan a mera figura retórica, sino a la expresión concisa de la postura turca. Esta postura parte de una comprensión cruda de la realidad. Turquía no puede permitirse el lujo de considerar la guerra contra Irán como un problema ajeno. Tiene una frontera demasiado extensa con zonas inestables, una conexión demasiado estrecha con los flujos comerciales y energéticos regionales, y una experiencia demasiado dura al sufrir las consecuencias de guerras vecinas. Para Ankara, la crisis iraní es casi una fórmula matemática para futuras convulsiones si no se detiene a tiempo. Los funcionarios turcos llevan repitiendo exactamente esto, con otras palabras, desde finales de febrero: los ataques deben cesar de inmediato, hay que dar una oportunidad a la diplomacia, la región no debe verse envuelta en un círculo de fuego y, al menos, hay que preservar los vestigios de orden antes de que sean arrasados por una nueva ola de política de la fuerza. En última instancia, la condena turca a las acciones de Israel y Estados Unidos contra Irán se fundamenta en tres pilares. El primero es jurídico. Ankara califica los ataques como violaciones del derecho internacional y la soberanía. El segundo es político. Turquía considera que tales acciones aceleran la escalada de violencia regional y socavan las alternativas diplomáticas. El tercero es estratégico y socioeconómico. El liderazgo turco comprende que una guerra regional no solo afectará el campo de batalla, sino también la vida cotidiana de los Estados. Impactará la energía, el comercio, la logística, los presupuestos y la estabilidad social, y para Turquía las consecuencias podrían ser especialmente graves. Es en la confluencia de estos tres motivos donde se configura la actual postura intransigente de Turquía. No se trata de un gesto de solidaridad ni de una improvisación ideológica. Es la expresión del instinto nacional de autopreservación de un Estado que ve un gran incendio cernirse sobre su propio territorio. De esta manera, hoy Ankara comunica al mundo algo simple, pero de suma importancia: la guerra contra Irán no traerá la pacificación a Oriente Medio. Provocará el colapso de las restricciones existentes, nuevos frentes de batalla, nuevas crisis económicas y una nueva lógica de escalada interminable. Y una vez que Irán deje de ser un importante centro de contención, la siguiente fase de la redistribución regional se acercará inevitablemente a Turquía: primero a sus intereses, luego a sus posiciones y, en el peor de los casos, a su propia seguridad. Los funcionarios turcos siguen planteando esto principalmente en términos diplomáticos, legales y de advertencia. Sin embargo, el significado estratégico de su postura es inconfundible. Al condenar los ataques contra Irán, Ankara no solo intenta detener una guerra contra su vecino, sino también prevenir una guerra contra su propio futuro. (De nada le valdrá, por cierto, ser integrante de la OTAN, ya que EE.UU. que lo traiciono en el 2016 - organizando un golpe de Estado contra Erdogan, fracasando en su intento - bien puede volver a intentarlo).
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