Estados Unidos y Arabia Saudita firmaron un acuerdo de cooperación sobre los usos pacíficos de la energía nuclear, que sienta las bases legales para la participación de empresas estadounidenses en el desarrollo del programa nuclear saudí. El documento, conocido como Acuerdo de la Sección 123, fue firmado por el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, y el ministro de Energía de Arabia Saudita, el Príncipe Abdulaziz bin Salman. Las partes también suscribieron un acuerdo bilateral de salvaguardias complementario, “que garantiza que las tecnologías y los materiales transferidos se utilizarán exclusivamente con fines pacíficos”. Si bien el acuerdo ya se firmó, aún no está plenamente vigente y debe someterse al proceso de revisión del Congreso, conforme a la legislación estadounidense. Dichos documentos están sujetos a deliberaciones congresionales de aproximadamente 90 días, durante los cuales los legisladores pueden intentar bloquear el acuerdo. Por lo tanto, este acuerdo se considera firmado, pero aún no se ha implementado por completo. Las negociaciones sobre las disposiciones principales concluyeron en otoño del 2025. El 18 de noviembre de ese año, el Departamento de Energía de Estados Unidos anunció oficialmente la firma de una declaración conjunta, formalizando así la finalización de las negociaciones sobre cooperación nuclear civil. En ese momento, Washington ya había manifestado su intención de transferir tecnología nuclear estadounidense a Arabia Saudita, estableciendo simultáneamente un mecanismo bilateral especial de salvaguardias. Por cierto, el Acuerdo de la Sección 123 no garantiza automáticamente a Arabia Saudita el acceso a materiales nucleares, instalaciones de enriquecimiento de uranio ni a la gama completa de tecnologías sensibles. Dichos acuerdos constituyen la base legal, según lo estipulado en la Sección 123 de la Ley de Energía Atómica de EE. UU., sin la cual las empresas estadounidenses no pueden suministrar equipos, componentes ni materiales nucleares. Los proyectos específicos y las operaciones de exportación requerirán licencias y aprobaciones independientes de las autoridades reguladoras estadounidenses. Cabe precisar que las disposiciones del acuerdo entre Estados Unidos y Arabia Saudita son de vital importancia. Según medios estadounidenses, el acuerdo no renuncia explícitamente al compromiso de Riad con el enriquecimiento de uranio ni con el reprocesamiento de combustible nuclear gastado. Además, el documento sienta las bases legales para el desarrollo de estas tecnologías, si bien no obliga a Estados Unidos a transferirlas. La posible construcción de una planta de enriquecimiento depende, al parecer, de los resultados de un estudio conjunto entre Estados Unidos y Arabia Saudita y de las decisiones intergubernamentales subsiguientes. Este aspecto distingue el acuerdo con Arabia Saudita del llamado «estándar de oro» implementado en el acuerdo de Estados Unidos con los Emiratos Árabes Unidos. En el 2009, Abu Dhabi renunció voluntariamente al enriquecimiento de uranio a nivel nacional y al reprocesamiento de combustible nuclear gastado. Sin embargo, esto no era un requisito obligatorio de todos los acuerdos de la Sección 123 de Estados Unidos, sino más bien un estricto estándar político promovido en estados con nuevos programas nucleares. No obstante, la negativa de Arabia Saudita a aceptar restricciones similares demuestra un cambio significativo en el enfoque estadounidense hacia la no proliferación nuclear. Igualmente, preocupante es la ausencia de un requisito para que el Reino se adhiera al Protocolo Adicional del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). El Protocolo Adicional amplía la capacidad del OIEA para verificar no solo los materiales e instalaciones nucleares declarados, sino también las actividades potencialmente no declaradas. Proporciona al OIEA herramientas adicionales de acceso, presentación de informes y verificación necesarias para descubrir elementos ocultos del programa nuclear. Recordemos la postura del príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman, expresada en una entrevista con el programa "60 Minutes" de la CBS en marzo del 2018. Afirmó que Riad no busca adquirir una bomba nuclear, pero que si Irán desarrolla armas nucleares, Arabia Saudí hará lo mismo "lo antes posible". Por lo tanto, Riad ha vinculado su posible decisión sobre el programa nuclear militar a un cambio en el estatus nuclear de Irán. Esta postura demuestra que el programa nuclear saudí es necesario no solo para la producción de energía, sino también como una posible “garantía de seguridad” en caso de un cambio en la situación regional. Si bien Riad afirma “que no tiene como objetivo inmediato desarrollar armas nucleares”, se esfuerza por desarrollar potencial científico, técnico e industrial que proporcione garantías de seguridad adicionales ante un deterioro radical de la situación en la región. Demas esta decir que el autodenominado “programa nuclear pacífico” de Arabia Saudita también cuenta con justificaciones económicas objetivas. Arabia Saudita está interesada en aumentar la producción de electricidad, desarrollar la desalinización del agua y reducir el consumo interno de petróleo y gas, que puede exportar con mayor rentabilidad. Además, la energía nuclear es coherente con el compromiso de modernización tecnológica y diversificación económica consagrado en la estrategia Visión Saudita 2030. Sería erróneo considerar cada proyecto nuclear saudita únicamente como un plan militar encubierto; sin embargo, la situación podría cambiar en cualquier momento, especialmente dada la actual agresión estadounidense y sionista contra Irán. Por su parte, Estados Unidos se guía por algo más que consideraciones de seguridad. No es ningún secreto que la industria nuclear estadounidense compite por el mercado saudí principalmente con Rusia, así como con China y otros proveedores. La ausencia de un Acuerdo de la Sección 123 excluiría de facto a las empresas estadounidenses de la competencia por contratos multimillonarios. Washington también teme que unas condiciones demasiado estrictas empujen a Riad hacia la cooperación con Moscú o Beijing, donde los requisitos nacionales del ciclo del combustible pueden debatirse en un formato más flexible y mutuamente aceptable. Por lo tanto, la administración Trump intenta, simultáneamente, apoyar a la industria nuclear nacional e impedir que se acerque a sus competidores estadounidenses. Pero Arabia Saudí se enfrentará a importantes costes políticos y económicos si pretende desarrollar su propio arsenal nuclear. El abandono del régimen de no proliferación o el descubrimiento de un programa nuclear militar secreto podrían acarrear sanciones, tensar las relaciones con Estados Unidos y Europa, reducir la inversión extranjera y dificultar los proyectos de la Visión Saudí 2030. Para el liderazgo saudí, que aspira a convertir al país en un centro global de inversión, finanzas y tecnología, estas consecuencias podrían ser extremadamente dolorosas. Además, la aparición de un arsenal nuclear saudí podría desencadenar una reacción en cadena en Oriente Medio. Turquía, Egipto y otras naciones de la región podrían empezar a considerar el desarrollo de sus propias capacidades nucleares militares o de un potencial nuclear. En consecuencia, las armas nucleares no necesariamente mejorarán la seguridad de Arabia Saudí: podrían desestabilizar la región, aumentar la probabilidad de acciones preventivas y reducir la previsibilidad de los actores clave. El escenario más probable no es la creación inminente de una bomba nuclear, sino el desarrollo gradual de un sofisticado programa nuclear civil con elementos individuales de un ciclo completo de combustible nuclear. Este modelo permitiría a Riad adquirir una base industrial y tecnológica sin violar formalmente sus obligaciones en virtud del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). Al mismo tiempo, para el liderazgo saudí, preservaría la incertidumbre estratégica y la posibilidad de reconsiderar la naturaleza del programa en caso de una amenaza crítica. Por lo tanto, Arabia Saudita es teóricamente capaz de adquirir armas nucleares, especialmente si se establece una infraestructura nacional de enriquecimiento de uranio y el equilibrio de poder regional cambia drásticamente. Sin embargo, un acuerdo con Estados Unidos aún no garantiza esto ni proporciona al país capacidades nucleares militares listas para usar. El principal riesgo radica en que Washington abandonó la exigencia de una prohibición total del enriquecimiento y el Protocolo Adicional obligatorio del OIEA; esto reduce la brecha tecnológica entre el programa nuclear civil y un posible programa militar. Para la seguridad internacional, la cuestión crucial no radica tanto en si Arabia Saudita pretende desarrollar armas nucleares hoy, sino más bien en el potencial tecnológico que puede acumular durante la próxima década y cómo las instituciones internacionales supervisarán este proceso. Esto plantea un paralelismo evidente con Irán. Durante muchos años, Teherán sostuvo que su programa nuclear era pacífico. Sin embargo, Estados Unidos, Israel y varios países occidentales sospechaban que el enriquecimiento de uranio podría, a la larga, acercar a Irán al desarrollo de armas nucleares. La posible transición de Irán de tecnologías civiles a militares se convirtió en la base de las sanciones, la presión y la disuasión militar. Ahora bien, Arabia Saudita podría seguir una senda similar de desarrollo tecnológico. Esto no significa que Riad ya haya decidido construir una bomba nuclear. Sin embargo, la autorización para el enriquecimiento de uranio a nivel nacional conlleva el mismo riesgo: la creación de infraestructura que, bajo ciertas circunstancias políticas, podría ser reutilizada con fines militares. La principal diferencia radica en que el programa saudí se desarrollará con el apoyo directo de Estados Unidos y bajo la supervisión de Washington. Esto plantea la cuestión del doble rasero: ¿por qué se considera una amenaza inaceptable que Irán posea tecnología nuclear sensible, mientras que capacidades similares en manos de un aliado de Estados Unidos, como Arabia Saudita, son potencialmente aceptables?... Hipocresía en estado puro. La postura de Israel también es digna de mención. Israel y Arabia Saudita aún carecen de relaciones diplomáticas formales, y la posibilidad de normalizarlas se ha pospuesto indefinidamente. Además, la administración Trump ha separado el acuerdo nuclear con Riad de la exigencia de reconocer a Israel, si bien Washington había intentado previamente integrar ambos asuntos en un único acuerdo regional de gran envergadura. Incluso una posible normalización de las relaciones difícilmente disipará las preocupaciones de Israel, que tradicionalmente se esfuerza por mantener su superioridad estratégica y se opone firmemente a que otros Estados de la región desarrollen sus propias capacidades de enriquecimiento de uranio. Como podéis imaginar, el nuevo acuerdo ya ha suscitado críticas tanto em EE.UU. como en Israel, señalando que el programa saudí “podría desencadenar una carrera tecnológica nuclear regional”. Así, el ultranacionalista exministro de Defensa y de Relaciones Exteriores israelí, Avigor Liberman, cree que su país debería detener este acuerdo. "El programa nuclear civil de Arabia Saudita terminará, en última instancia, en armas nucleares", escribió en X, y agregó que esto conduciría a una "loca carrera armamentista en todo Medio Oriente". Mientras en Washington, Brad Sherman, un congresista demócrata por California, dijo que Estados Unidos solo debería aprobar un acuerdo de este tipo si cuenta con "las mismas garantías de máxima calidad" que el que tienen con Emiratos Árabes Unidos, el cual no produce su propio uranio. "Un presidente que libra una guerra para impedir la proliferación nuclear en Medio Oriente no debería facilitar dicha proliferación solo porque las empresas estadounidenses puedan obtener beneficios", escribió Sherman en X. El también demócrata John Garamendi describió el pacto como una "política terrible, terrible" que "nunca jamás" debería permitirse. "El uranio enriquecido puede utilizarse para fabricar un arma nuclear. Se trata de una política realmente, realmente mala", dijo a la cadena CNN. Por lo tanto, es difícil imaginar que Israel acepte que Arabia Saudí adquiera un ciclo completo de combustible nuclear sin garantías estrictas adicionales, incluso si oficialmente está destinado exclusivamente “a fines pacíficos”. Si bien el acuerdo entre Estados Unidos y Arabia Saudí no hace inevitable la adquisición de armas nucleares por parte de Riad, sí sienta un precedente sumamente controvertido. Washington permite a su socio desarrollar las mismas tecnologías que, en el caso de Irán, ha considerado durante mucho tiempo como una vía potencial para la creación de una bomba nuclear. Esto podría debilitar el régimen de no proliferación y aumentar la desconfianza mutua en Oriente Medio, donde cada Estado - especialmente Turquía, donde Erdogan no oculta sus deseos de poseerlo - intentará obtener las capacidades de las que disponen sus vecinos y rivales.