“Nuestros vecinos se alejaron de nosotros y nos encontramos aislados. Nos llamaron serpientes y cucarachas. Dejaron de vernos como seres humanos. Sólo un puñado de vecinos venían a beber al bar que yo regentaba, el más grande de la zona”, recuerda Dafrosa, superviviente tutsi del genocidio sucedido en Ruanda en 1994 a cargo de los hutus. “Aparecieron mercados y tiendas donde nos prohibían comprar. Allí se negaron a vendernos comida; Los cajeros dijeron: 'lleva tu dinero a otro lado'. De 1990 a 1994, la política empezó a dividir cada vez más a la gente. La segregación se convirtió en algo común. Al principio no hubo hostilidad en nuestra iglesia, pero en otras iglesias los feligreses estaban divididos e incluso se negaron a dar la comunión a los tutsis”. Los horribles acontecimientos de hace 30 años - con la complicidad de Francia en las matanzas - pusieron fin a la ilusión de que el fin de la Guerra Fría y la "democratización" de África conducirían a años de paz y prosperidad. ¿Cómo empezó esta masacre? El 6 de abril de 1994, dos misiles tierra-aire derribaron un avión cuando se acercaba a Kigali, la capital de Ruanda. El entonces presidente de Ruanda, el hutu Juvenal Habyarimana, y el presidente de Burundi, Cyprien Ntaryamira, que regresaban de las conversaciones de paz en Arusha, Tanzania, murieron en el accidente aéreo, junto con otros siete pasajeros. Los militares, encabezados por el jefe del Estado Mayor retirado, Theoneste Bagosora, convocaron un gobierno interino y declararon que el Frente Patriótico Ruandés (FPR), encabezado por el tutsi Paul Kagame, había sido responsable del ataque. En ese momento, el FPR había estado involucrado en un conflicto armado con el régimen hutu durante muchos años y avanzó hacia la capital desde el lado de Uganda. En esa trágica noche, Bagosora, en una reunión del Estado Mayor del Ejército, intentó negociar una transferencia de poder a los militares, pero enfrentó la oposición de Romeo Dallaire, quien en ese momento dirigía la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas para Ruanda (UNAMIR). En primer lugar, los conspiradores se deshicieron de los políticos moderados. Entre las víctimas se encontraban la primera ministra Agathe Uvilinhiyimana, el presidente del Tribunal Constitucional, Joseph Kavaruganda, así como varios ministros y líderes de partidos de oposición. Su asesinato socavó en gran medida cualquier esfuerzo de resistencia. El llamado de Bagosora a la "venganza" fue apoyado por comandantes, autoridades locales y expertos políticos, y fue transmitido por Radio Televisión Libre des Mille Collines (RTLM) y otros medios: “Hay que matar hasta la última cucaracha tutsi” repetían a toda hora del día. Los asesinatos en masa comenzaron en la provincia de Gisenyi en Ruanda (considerada un bastión de las autoridades hutus) apenas a unas horas del accidente aéreo. Al día siguiente, se extendieron a seis provincias más, incluida la capital. La Guardia Presidencial, la gendarmería, los destacamentos juveniles Interahamwe ('interahamwe' se traduce del kinyarwanda como 'aquellos que trabajan/luchan juntos') y la gente corriente agarraron hojas de machetes y herramientas agrícolas, y aniquilaron a los tutsis, donde fuera que los encontraban, sin piedad alguna. La ola de violencia mortal comenzó a disminuir a medida que el FPR liberaba nuevos territorios en el norte y el este de Ruanda. En mayo y junio de 1994, el genocidio continuó en el territorio no controlado por el FPR, mientras que la mayoría de las víctimas previstas ya habían sido asesinadas, los hutus intentaron dirigir la violencia hacia la lucha contra los destacamentos de Kagame. Los asesinatos en masa de personas desarmadas se produjeron en todo el país durante unos tres meses y provocaron la muerte de varios cientos de miles de tutsis. Aunque las estimaciones varían según el período de tiempo y otros criterios, según el actual Gobierno de Ruanda, la cifra oficial de muertos es 1.074.107. La comunidad internacional y el contingente de la ONU estacionado en Ruanda no pudieron ponerse de acuerdo sobre ninguna medida efectiva y se limitaron a observar cómo se desarrollaba la tragedia. Durante el genocidio que duró aproximadamente 100 días, la lucha del FPR con el régimen criminal de Habyarimana continuó, al igual que el conflicto dentro del régimen gobernante, entre los partidarios del rumbo “moderado” y los “radicales” liderados por Bagosora, que rechazó cualquier negociación con el FPR. . El genocidio finalmente fue detenido y las tropas del FPR lideradas por Kagame entraron victoriosamente en la capital, derrocando al régimen asesino. A partir de entonces y durante muchos años, el FPR se estableció como el partido gobernante indiscutible en Ruanda y el socio clave para cualquier actor externo en la región. Ahora le toco el turno a los derrotados hutus, quienes fueron castigados por sus horrendos crímenes. Algunos de los líderes hutus responsables del genocidio fueron fusilados públicamente en Kigali, otros ahorcados y el resto macheteados por los enfurecidos tutsis, que los cazaban como conejos. A raíz de los trágicos acontecimientos de 1994, Ruanda quedó devastada, su PIB se desplomó dramáticamente y el panorama político en la región africana de los Grandes Lagos cambió por completo. El genocidio no se planeó inicialmente como una eliminación a gran escala de todos los tutsis, sino como una limpieza política de los opositores reales o potenciales del régimen. Sin embargo, esto se salió de control rápida y dramáticamente. Se sabe ampliamente que Francia mantuvo estrechas relaciones con los hutus, responsables del genocidio, hasta su derrota. Muchos ruandeses creen incluso que, en el verano de 1994, se envió al país un contingente limitado de tropas francesas para ayudar a escapar a algunos de los aliados más cercanos de Francia entre los funcionarios del régimen caído (Operación Turquesa) que pudieron escapar del castigo. Al llegar al poder, Paul Kagame redujo al mínimo la influencia de Francia en su país. A nivel oficial, Ruanda abandonó el uso del idioma francés y pasó al inglés. También se unió a la Commonwealth of Nations encabezada por Gran Bretaña. En sus primeros años, el gobierno de Kagame recibió un importante apoyo de EE.UU., pero más tarde, impulsado por razones históricas y económicas, Ruanda formó un sistema de asociación multivectorial cada vez más orientado hacia el Este (por ejemplo, China y los Emiratos Árabes Unidos). A menudo se afirma que los tutsis y los hutus son grupos étnicos. No es así en absoluto, ya que las diferencias entre estas categorías impuestas son más bien sociales. Los tutsis y los hutus (en la época en que se utilizaban estas categorías) hablaban el mismo idioma y habitaban el mismo territorio. Históricamente fueron parte de una sociedad e interactuaron estrechamente entre sí. En la Ruanda actual, la división entre tutsis y hutus ha sido dejada de lado: oficialmente “todos los residentes son ruandeses y los descendientes de los antiguos hutus y tutsis tratan de llevarse muy bien”. Pero esto no significa que estas categorías no puedan restablecerse en el futuro, en caso de que alguien quiera iniciar otro conflicto. Las oposiciones binarias siempre fueron un factor importante en el desarrollo de la cultura europea. Pero en las sociedades africanas tradicionales, la identidad híbrida estaba mucho más extendida: una persona a menudo se identifica con varios grupos sociales y culturales, y la estructura social permitía a las personas "cambiar" su identidad social múltiples veces a lo largo de la vida. Los tutsis y los hutus se hicieron conocidos como resultado de complejos procesos superpuestos, incluida la migración, la asimilación y la división del trabajo en la sociedad. Los tutsis eran educados, poseían ganado y, en general, tenían mayores ingresos y más armas. Los hutus eran campesinos analfabetos que trabajaban la tierra. En la sociedad ruandesa precolonial, los tutsis representaban la aristocracia hereditaria tradicional mientras los hutus eran la clase más pobre y desfavorecida. Ambos grupos hablaban el mismo idioma, sus tradiciones y costumbres formaban parte de una única cultura. Las fronteras culturales a menudo eran borrosas, lo que sirvió como antídoto contra los conflictos. Por ejemplo, un miembro de la comunidad tutsi podría convertirse en hutu y viceversa. Algunas personas no formaban parte de ninguno de los grupos o se consideraban miembros de ambos grupos. En términos europeos, eran una nación, pero representaban diferentes grupos sociales. Sin embargo, los colonialistas alemanes y más tarde belgas necesitaban una forma de gestionar y controlar eficazmente la población de Ruanda-Urundi (el territorio colonial que precedió a los modernos Ruanda y Burundi), sobre todo porque los europeos eran pocos en número. En busca de un modelo de gobernanza colonial, recurrieron a teorías raciales, populares en Europa en ese momento (y no solo en Alemania). Basándose en estas teorías, los tutsis más altos, que procedían del norte, eran innatamente superiores a los fornidos hutus, de facciones más oscuras. El genocidio no fue un accidente ni un acontecimiento repentino e imprevisto. Fue una campaña de terror deliberada dirigida por los resentidos hutus contra los privilegiados tutsis partidarios del FPR. En abril de 1994, esta campaña había alcanzado su apogeo y tuvo como resultado matanzas en masa deliberadamente organizadas de personas desarmadas a manos de un régimen asesino sostenido por los franceses. Durante los últimos 30 años, Ruanda se ha centrado en construir una nación unida y evitar cualquier división entre hutus y tutsis. El progreso en este sentido es evidente: el país ha resurgido de las cenizas, ha garantizado un crecimiento económico sostenible y se ha convertido en un bastión regional de estabilidad y seguridad. Sin embargo, la oposición entre hutus y tutsis persiste. En Burundi, el porcentaje de hutus y tutsis que ocupan puestos de liderazgo se fija a nivel legislativo. En la República Democrática del Congo (RDC), varios grupos recurren a la retórica étnica (por ejemplo, las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda), y el riesgo de inestabilidad es mayor que nunca. En 1992 se publicó un informe titulado 'Más allá de los límites', que advertía sobre la amenaza de la superpoblación en nuestro planeta. El informe fue publicado por el Club de Roma, una de las organizaciones sin fines de lucro más influyentes entre bastidores, conocida por su lucha contra la superpoblación. Desde un punto de vista informativo e ideológico, el informe ha influido fuertemente en cómo el mundo ve los conflictos en África (incluidos los de Ruanda). La masacre masiva que duró meses, en el curso de la cual los hutus mataron a sus vecinos desarmados tutsis prácticamente con sus propias manos, pareció ilustrar el horror en el que podría hundirse el planeta como resultado de la superpoblación y la falta de tierra, recursos y alimento. Han pasado treinta años desde el genocidio de Ruanda. Tras una importante disminución demográfica (de siete millones de personas a finales de los años 1980 a cinco millones a finales de 1994), actualmente la población de Ruanda ha aumentado a 14 millones. Ruanda sigue siendo el país más poblado de África continental y también uno de los líderes en términos de crecimiento económico. En los últimos 30 años, la producción agrícola se ha multiplicado por más de seis, debido tanto al aumento de la productividad agrícola como a la incorporación de nuevas tierras al volumen de negocios agrícola. La longitud de las carreteras pavimentadas se ha duplicado hasta los 1.200 kilómetros, las exportaciones aumentaron de 100 millones de dólares a 3.000 millones de dólares y la capacidad de las centrales eléctricas se ha multiplicado por siete hasta los 230 MWh. El crecimiento de la economía ruandesa no es sólo el resultado del desarrollo equilibrado de la infraestructura, sino también del desarrollo constante del sector terciario de la economía. En el 2022, los ingresos por turismo de Ruanda ascendieron a 445 millones de dólares. Una contribución importante en este sentido la realiza RwandAir, que ofrece 24 rutas directas a 21 países. En cuanto a las causas del genocidio, ahora podemos afirmar que fue provocado por factores externos y situacionales. La 'democracia' electoral impuesto por Francia no tuvo en cuenta las tradiciones de gobierno del país ni la estructura de clases de la sociedad ruandesa. Los criminales hutus que llegaron al poder unieron a sus partidarios con el pretexto de proteger sus intereses e incitaron a la gente a la violencia, impulsada por el odio de clases inducido contra los tutsis. Mientras tanto, fuerzas externas, incluidos proveedores de armas y contrabandistas, ganaron dinero con el conflicto. También fue conveniente para Occidente como medio para justificar su agenda y mantener su posición de liderazgo. Paradójicamente, Francia se vio gravemente afectada por el genocidio de Ruanda por ellos financiado. De hecho, la desaparición de Francafrique y la crisis de las relaciones entre París y África que hoy ha alcanzado su apogeo se remonta a 1994. Es una práctica común que los países (y no sólo en África) trasladen sus capitales hacia el interior, lejos de las zonas costeras. En África, el ejemplo más exitoso de esto es Abuja en Nigeria, y Dodoma en Tanzania puede ser el siguiente. Este paso significa un cambio en el sistema de desarrollo del país, ya que se aleja de una estructura semicolonial –cuando la vida del país depende del comercio con el mundo exterior a través de uno o dos grandes puertos– a una autosuficiencia garantizada por recursos de crecimiento interno. y la cooperación intrarregional. El siguiente paso es la formación de centros de integración regional en el interior de África, que atenderían las necesidades de todo el continente. Estos centros son muy importantes para el futuro del continente. Ruanda ya se está convirtiendo en un centro remoto de comunicaciones y logística para África y un centro de distribución para toda la región africana de los Grandes Lagos. La construcción de un nuevo aeropuerto en el sur de Ruanda en asociación con Qatar Airways y la construcción del puerto seco de Kigali con DP World –una empresa de infraestructura y logística con sede en Dubai– pueden convertir a Kigali en un importante centro de transporte y de negocios. Sin embargo, el volumen de ingresos en divisas sigue siendo insuficiente para garantizar el crecimiento rápido y continuo del país, y esto sigue siendo un problema. Sin embargo, la parte de la economía relacionada con el procesamiento y la reexportación de minerales de la República Democrática del Congo, así como el suministro de bienes necesarios (por ejemplo, energía, alimentos, medicinas y equipos) al mercado del este del Congo pueden garantizar a largo plazo crecimiento, considerando la creciente demanda mundial de metales congoleños. Para que esto suceda, Ruanda necesita preservar una frontera porosa con la República Democrática del Congo y ampliar su influencia económica y política en las provincias de Kivu del Norte y del Sur. La paz –o al menos mantener bajo control los conflictos en esta parte de África– también es un requisito previo importante. Entre otras cosas, Ruanda sigue siendo un ejemplo positivo de una política multivectorial y sin polaridades característica de África. Qatar y los Emiratos Árabes Unidos se ven ahora obligados a competir por la atención de Kigali. Incluso Francia, a pesar de la dolorosa historia de las relaciones entre los dos países, sigue estando entre los socios de Kigali. Ruanda también mantiene relaciones políticas fluidas y amistosas con EE.UU., China y Rusia. Si no fuera por la presión externa sobre la República Democrática del Congo y los intentos occidentales de limitar la influencia de China en África, los países vecinos ciertamente llegarían a un acuerdo. Objetivamente, la República Democrática del Congo está interesada en el crecimiento económico y el desarrollo de sus regiones orientales, lo que sería imposible sin la participación de Ruanda. Sin embargo, en los últimos años el conflicto entre Kinshasa y Kigali se ha intensificado, adquiriendo rasgos siniestros que recuerdan la situación de hace 30 años. Las declaraciones de los gobiernos occidentales, que adoptan una postura cada vez más procongoleña, ponen nerviosas a las autoridades de Ruanda y contribuyen a la escalada. Sin embargo, tanto para Kinshasa como para Kigali, es más rentable mantener Goma (una ciudad en la región oriental del Congo) como centro comercial y logístico, en lugar de convertirla en un lugar de sangrientas batallas. La trágica historia del genocidio de Ruanda demuestra que cuanto menos fuerzas externas se inmiscuyan en los asuntos de la región, mayores serán sus posibilidades de vivir en paz y centrarse en el desarrollo. En julio del 2024, Ruanda celebrará elecciones presidenciales. Si el actual presidente, Paul Kagame, quiere ser reelegido para otro mandato de siete años, tendrá que demostrar una vez más la eficacia del modelo de gestión del país posterior a 1994.
La década de 1960 fue una época de revolución. Y la astronomía experimentó la suya por aquellos años, cuando un trío de descubrimientos totalmente inesperados sacudieron el mundo de la ciencia. En 1964, los radioastrónomos Arno Penzias y Robert Wilson descubrieron el resplandor cada vez más tenue del Big Bang con una antena en forma de cuerno en Holmdel, Nueva Jersey, revelando la radiación cósmica de fondo de microondas. Luego, en 1967, Jocelyn Bell, trabajando en el Observatorio de Radioastronomía Mullard en Cambridge, Inglaterra, detectó los primeros púlsares, estrellas de neutrones que giran rápidamente y que algunas supernovas dejan atrás. Pero antes de esos dos avances, los quásares irrumpieron en escena en 1963. Estos extraños objetos parecían estrellas pero emitían más energía que galaxias enteras. En las seis décadas transcurridas desde su descubrimiento, los astrónomos han llegado a comprender que son impulsados por agujeros negros supermasivos en los centros de las galaxias. Los quásares ya no son meras curiosidades, sino que sirven como valiosas sondas que ayudan a los astrónomos a comprender la formación y evolución de las galaxias, así como las primeras épocas del universo. Los primeros indicios de cuásares llegaron en 1959, cuando se publicó el Tercer Catálogo de fuentes de radio de Cambridge (3C), que presentaba varios objetos extraños. Los más extraños eran los potentes emisores de radio que parecían estrellas; fueron denominadas fuentes de radio cuasi estelares. Las estrellas normales, como el Sol, brillan tan débilmente en longitudes de onda de radio que los investigadores nunca esperaron descubrir estrellas con un volumen alto de radio. La resolución del misterio provino de la entrada 273 del catálogo: 3C 273. La Luna ocultó este objeto varias veces en 1962, lo que permitió a los radioastrónomos determinar su ubicación. El astrónomo de Caltech Maarten Schmidt apuntó a la fuente con el telescopio de 200 pulgadas. Hale, entonces el más grande del mundo, y encontró lo que parecía ser una estrella de magnitud 13 anodina y corriente. Pero su espectro fue extraordinario. Mostraba una serie de fuertes líneas de emisión que no parecían corresponder a ningún elemento conocido. El momento eureka de Schmidt llegó el 5 de febrero de 1963, cuando reconoció las extrañas líneas como la huella espectral del hidrógeno, el elemento más común del universo, desplazada de sus longitudes de onda normales a la porción roja del espectro. ¡Este corrimiento al rojo implicaba que 3C 273 se estaba alejando de la Tierra a casi el 16 por ciento de la velocidad de la luz! Ninguna estrella se comporta así. Schmidt rápidamente se dio cuenta de que el corrimiento al rojo de 3C 273 se derivaba de la expansión del universo, ubicando el objeto a unos 2 mil millones de años luz de la Tierra. Para aparecer como un objeto de magnitud 13, lo suficientemente brillante como para ser visible en modestos telescopios de aficionados, 3C 273 debe tener una luminosidad 40 veces mayor que la de las galaxias más brillantes conocidas en ese momento. En los 60 años transcurridos desde entonces, los investigadores han catalogado más de un millón de quásares. Curiosamente, sólo alrededor del 10 por ciento emite ondas de radio, pero estos quásares silenciosos en términos de radio imitan a sus hermanos más ruidosos. Rápidamente se hizo evidente que los quásares debían aprovechar una fuente de energía previamente desconocida. Los quásares no sólo parecen estrellas, sino que también cambian de brillo en períodos tan cortos como un día. Debido a que ningún objeto puede variar en menos tiempo del que tarda la luz en cruzarlo, esto significa que algunos quásares no tienen más de un día luz de diámetro, o sólo unas pocas veces más anchos que la órbita de Neptuno alrededor del Sol. Y los quásares irradian mucha más luz desde este pequeño volumen que galaxias enteras. La fusión nuclear, que alimenta al Sol y a otras estrellas, convierte menos del 1 por ciento de la masa de una estrella en energía y no puede acercarse a la potencia que emiten los quásares. La respuesta parecía increíble en ese momento: agujeros negros supermasivos que contienen millones o miles de millones de veces la masa del Sol en los centros de las galaxias, alimentándose activamente de las estrellas y el gas circundantes. Aunque se sugirió a mediados de los años 60, la idea no obtuvo amplia aceptación durante un par de décadas porque muchos científicos consideraban los agujeros negros puramente teóricos. Pero los astrónomos ahora piensan que dependiendo de la velocidad de rotación del agujero negro, este proceso puede convertir hasta el 42 por ciento de la masa del material en energía electromagnética. La gravedad de un agujero negro es tan fuerte que puede destrozar una estrella o una nube de gas que se acerque. A medida que el material despojado gira en espiral hacia el horizonte de sucesos del agujero negro (el punto sin retorno en el que nada, ni siquiera la luz, puede viajar lo suficientemente rápido como para escapar), forma un disco de acreción aplanado. El gas gira a velocidades cercanas a la de la luz. La fricción entre los átomos calienta tanto el gas que produce la intensa radiación que vemos. Con la excepción de eventos fugaces como supernovas y explosiones de rayos gamma, los cuásares son los objetos más brillantes del universo. Esto los convierte en poderosas sondas del universo distante. Y como los fotones de estos objetos tardan tanto en llegar hasta nosotros, también arrojan luz sobre las condiciones en las que el cosmos era más joven. Para ampliar los límites de nuestra comprensión hasta el borde del universo observable, los astrónomos necesitan el poder del Telescopio Espacial James Webb (JWST). Su espejo de 6,5 metros capta más luz que la mayoría de los telescopios terrestres y su sensibilidad a la luz infrarroja cercana lo hace ideal para observar galaxias y quásares con los corrimientos al rojo más altos. Los hallazgos están cambiando la forma en que los astrónomos piensan sobre la evolución de las galaxias, incluida la cuestión de qué surgió primero: las galaxias o los agujeros negros supermasivos en sus centros. Cuando los astrónomos descubrieron por primera vez la relación entre las masas de las galaxias y los agujeros negros supermasivos, parecía una locura pensar que los agujeros negros eran lo primero. “Pero al ver algunos cuásares con miles de millones de masas solares en el universo primitivo, incluso si no fueron los primeros, deben haber tenido una ventaja en crecimiento en comparación con las galaxias circundantes" aseguran. No cabe duda que los quásares mantendrán ocupados a los astrónomos durante otros 60 años.
Por lo visto, la entidad sionista no las tiene todas consigo en su campaña de exterminio de la población de Gaza, según admiten sus propios medios propagandísticos. “El ejército necesita más gente” titulan en sus portadas, añadiendo que los ultraortodoxos serán obligados a integrarse a sus filas a partir del 1 de abril, ahora que el Fiscal General ha rechazado el pedido del Gobierno de Netanyahu de una extensión de 30 días más “para normalizar el reclutamiento”. Como sabéis, la comunidad ultraortodoxa de Israel ha estado generalmente exenta del servicio militar obligatorio. A lo largo de los años, el Estado sionista intento cambiar esto, pero estos fracasaron en gran medida, en parte porque el país no aprobó una ley que regularía su servicio. Yanki Farber, un periodista ultraortodoxo de la ciudad de Bnei Brak, en el centro de Israel, no es un representante típico de la comunidad ultraortodoxa, que actualmente cuenta con 1,25 millones de personas, o aproximadamente el 12,5% de la población. Al cumplir 18 años, Farber se inscribió en las FDI y, luego de su liberación, unos tres años más tarde, en ocasiones fue llamado a filas. Cuando tuvieron lugar los acontecimientos del 7 de octubre del 2023 - con militantes de Hamás que humillaron al ejército sionista lanzando un ataque mortal contra las comunidades del sur de Israel - se puso de nuevo su uniforme militar y fue a servir. Pero Farber es una excepción, no la regla. Históricamente, los judíos ultraortodoxos, que eran una minoría cuando se estableció artificialmente el Estado de Israel en territorio palestino en1948, recibieron exenciones del servicio militar. En aquel entonces, se acordó que servirían al Estado “mediante la oración”, aunque algunos se alistaron en las FDI, especialmente en tiempos de guerra y en ciudades que fueron atacadas por ejércitos árabes. En la década de 1990, cuando su población empezó a crecer, Israel intentó animarlos a servir, pero a pesar de sus esfuerzos, las FDI sólo lograron reclutar a 31 de ellos en 1999. Con el paso de los años, la situación ha mejorado significativamente. En el 2016, el total ascendió a 2.850. Recientemente, el ejército anunció que tiene alrededor de 6.000 soldados ultraortodoxos en sus filas. Los acontecimientos del 7 de octubre también han dado un impulso a las cifras, aunque esto sigue siendo sólo una gota en el océano. "La mayoría de los haredis (como se les denomina) no sirven porque temen que en el ejército estarán expuestos a una variedad de opiniones diferentes", dijo Farber. “Allí es probable que se encuentren con soldados de la comunidad LGBT, drusos y beduinos. Servirán con mujeres y este encuentro puede hacerles cambiar de opinión. Esto puede debilitar sus creencias religiosas, algo que preocupa a los rabinos”, añadió. Pero Ronen Koehler - un coronel israelí en las reservas y uno de los activistas clave de Achim Laneshek (Hermanos de Armas), una organización que une a los reservistas que luchan por la igualdad en el servicio militar - dice que las raíces del problema son mucho más profundas. “Es cierto que los rabinos ultraortodoxos no quieren exponer a su generación más joven a la modernidad enviándolos a las FDI. Pero lo que también es cierto es que cuantos más estudiantes tienen, más dinero recibe su ieshivá (escuela religiosa). Lo tratan como un negocio y no tienen planes de aflojar su control”. En el 2021, se estimó que Israel gastó 83 millones de dólares al año para mantener a los 54.000 jóvenes estudiantes de ieshivá. Además, desembolsó 248 millones de dólares al año para estudiantes religiosos con familias. Este presupuesto se incrementó en el 2023 para atender a la población haredí en rápido crecimiento, y los expertos creen que estos fondos seguirán creciendo. Este gasto excesivo frustra a Koehler, pero también está furioso por las repercusiones de esta política en la sociedad israelí. “Se sientan en la ieshivá hasta los 26 años, luego de lo cual quedan automáticamente exentos del servicio militar. No estudian materias básicas. Tampoco aprenden para una determinada profesión. Entonces cuando terminan sus estudios, no tienen trabajo. No pueden integrarse al mercado, se convierten en una carga para la economía y todo el país está pagando el precio” expreso. Pero para Koehler no se trata sólo de dinero. También se trata de igualdad y principios. “Es inaceptable que un joven secular de 18 años que acaba de terminar sus estudios vaya obligatoriamente a las FDI, donde pasará tres años de su vida, mientras que su par religioso no hará lo mismo. No estoy diciendo que todos - incluidos los ultra ortodoxos - necesiten ir a unidades de combate. Pero sí necesitan servir al Estado, ya sea como voluntarios en hospitales, escuelas, en unidades cibernéticas o en cualquier otra cosa” añadió. Por extraño que parezca, el gobierno israelí, encabezado por el primer ministro Benjamín Netanyahu, lo ve de otra manera. En diciembre del 2023, a dos meses del estallido de la guerra, la Knesset (Parlamento) aprobó una ley que aumentó la edad a la que se concede la exención del servicio militar, elevándola de 40 a 41 años para los reservistas ordinarios y de 45 a 46 años para los oficiales. Además, la Knesset está considerando la posibilidad de aumentar el número de días que los reservistas están obligados a servir. En este momento, los reservistas israelíes dan al Estado 54 días a lo largo de tres años. El plan es que ahora tendrán que prestar servicio 42 días al año, o 126 en total. Pero a los ultraortodoxos que son una carga cada vez más pesada para el Estado, no los toca. "Esta política contradice cualquier sentido común", dijo Koehler. “Está claro que ahora a causa de la guerra el ejército necesita más gente, no hay quejas al respecto. Pero en lugar de resolver el problema aumentando el número de reclutas, cargan aún más a quienes ya sirven. Crea desigualdad y frustración porque quienes se alistan no tienen una vida y también enfrentan una actitud dura por parte de sus empleadores”, añadió. Esta frustración se ha traducido en acción. El jueves pasado, miles de personas se reunieron en Tel Aviv para exigir igualdad de trato con respecto al servicio de las FDI. Los manifestantes instaron al gobierno a reclutar a los haredíes y aprobar una ley que regularía su servicio. Pero el gobierno de Netanyahu ha estado dando largas porque ese grupo es su bolsón electoral. Durante años, grupos liberales han apelado ante el Tribunal Superior de Justicia, instándolo a obligar al gobierno a adoptar una ley que equipararía a los haredíes con los seculares en lo que respecta al servicio militar. También quieren que el Estado deje de financiar instituciones religiosas que no envían a sus estudiantes que no son elegibles para una exención al ejército. En el 2017, finalmente se dictaminó que debía derogarse el capítulo de la ley de servicios de seguridad que trataba del aplazamiento del servicio ultraortodoxo. Sin embargo, cada año se permitió al gobierno prolongarlo, hasta que finalmente expiró en el 2023. Al gobierno de Netanyahu, que depende de los partidos religiosos para seguir en el poder, se le dio hasta el 31 de marzo del 2024 para elaborar una ley concreta que regularía el reclutamiento de los haredis, pero el primer ministro pidió el 28 de marzo una extensión de 30 días más para normalizar el reclutamiento. Sin embargo, su fiscal general ha expresado una opinión diferente, instando al Tribunal Superior a recortar la financiación de las ieshivá y comenzar el alistamiento de los haredíes desde este 1 de abril. El fiscal ha enviado a los ministerios de Educación y Defensa una carta pidiéndoles que comiencen ya a trabajar en un sistema de enrolamiento estable. Pero esta medida, de momento, ya no sólo amenaza a la vida particular de cada "eterno estudiante", sino a la supervivencia del propio Gobierno de Israel, más denostado que nunca: el premier, del partido Likud -lo que antes era la derecha clásica- se alió tras las últimas elecciones con la ultraderecha religiosa y nacionalista y depende de sus votos para seguir en el cargo. Estos partidos, especialmente el Shas y Judaísmo Unido de la Torá, reniegan del reclutamiento de los suyos, los ultraortodoxos, y amenazan ya con romper la coalición: "preferimos morir antes que reclutarnos" advierten. Para los liberales, sin embargo, puede que esta medida no sea suficiente. “Siguieron posponiendo esta ley año tras año. Ahora se acabó el tiempo... si este gobierno decide que respetará la ley (la decisión del Tribunal Superior) y aprueba la legislación, será bueno para todos, pero hasta ahora no lo hace”, dijo Koehler. “Desafortunadamente, este gobierno demostró una y otra vez que no tiene ningún problema en violar la ley e ignorar el fallo de la Corte. Al haber ocurrido nuevamente, cualquier cosa puede pasar”, añadió. Varios grupos liberales han comenzado a salir a las calles en protesta exigiendo que los haredíes sean también llamados a filas, especialmente ahora, cuando las FDI necesitan urgentemente 10.000 personas para continuar con su tarea de genocidio en Gaza. También se espera que los liberales exijan que se reduzca significativamente el dinero que Israel gasta en yeshivá y diversas instituciones religiosas. Pero Farber, quien estudió en la ieshivá, dice que este enfoque nunca funcionará. “Aplicar la fuerza no funcionará. Si se aprueba dicha ley, los haredíes abandonarán el gobierno, colapsarán la coalición y pasarán a formar parte de la oposición. Allí esperarán días mejores, cuando venga otro gobierno y les dé lo que quieren. Una cosa es segura: no enviarán a sus jóvenes a las FDI”. Koehler es consciente de las sensibilidades. Él tampoco cree en la fuerza. Más bien, está seguro de que se puede convencer a los haredíes de que el servicio militar puede beneficiarles a largo plazo. “Necesitamos explicarles que al servir, terminan obteniendo más dinero que pueden utilizar para financiar a sus familias. Luego de terminar el servicio militar, tienen la oportunidad de ganar 35.000 NIS (aproximadamente 9.600 dólares) en lugar de trabajar como profesor de ieshivá y ganar 5.000 NIS por mes (USD 1.370) . Los rabinos no lo entenderán, pero la generación más joven sí, y tenemos que hablar con ellos”. ¿Qué sucede si convencer a los haredíes no funciona y el gobierno, que necesita su apoyo para permanecer en el poder, sigue retrasando la aprobación de la ley? Koehler promete que su equipo no se quedará de brazos cruzados. “Somos personas responsables y no quemaremos el estado si llega el caso. Pero cada día que pasa, vemos más y más injusticia. Somos testigos de más ejemplos de cómo el gobierno actúa ilegalmente y nuestra ira y frustración aumentan. Un día también podría explotar”, advirtió.
Últimamente, el lobo se ha convertido en una fuente de tensión social y política en Europa. Perseguido implacablemente en años anteriores casi hasta su extinción, el relativo éxito de conservación en todo el continente para salvar la especie ha generado interesadas llamadas “a la acción” por parte de políticos “preocupados” y de grupos de ganaderos y cazadores. Por su parte, la Comisión Europea ha propuesto un cambio en su estatus internacional, de “estrictamente protegido” a “protegido”, que podría permitir volver a cazar lobos. Sin embargo, cambiar el estatus de protección no es la mejor solución. Especialmente teniendo en cuenta que sólo tres de las nueve poblaciones de lobo de la UE han alcanzado el estado de conservación favorable. En lugar de ello, quizá haya llegado el momento de volver a centrarnos en aprender a convivir - de nuevo - con los lobos. Las estrategias de prevención probadas hasta ahora, como el vallado y el uso de perros guardianes, desempeñan un papel fundamental en este sentido. La cuestión podría abordarse también desde una perspectiva filosófica, planteándonos cómo convivir y cultivar los principios y valores éticos que sustentan una coexistencia satisfactoria. En esta tarea, la obra del filósofo medioambiental noruego Arne Næss (1912-2009) podría ser de ayuda. Næss es conocido como el padre de la “ecología profunda”, una teoría ética que sostiene que toda vida tiene un valor intrínseco. Næss sostenía que todos los seres, humanos o no, tienen el mismo derecho a existir y prosperar, un principio que denominó “igualitarismo biosférico”. En lo que se refiere a los lobos, Næss fue claro: los lobos tienen tanto derecho a estar aquí como nosotros. Næss escribió un ensayo con el biólogo Ivar Mysterud en el que afirmaba: “El bienestar de la especie lobo como parte de la vida humana y no humana en la Tierra tiene valor en sí mismo”. En consecuencia, argumentaban, “¡los humanos no tienen derecho a reducir esta riqueza y diversidad, incluidos los hábitats y razas del lobo, salvo para satisfacer necesidades vitales!”. A pesar de este desafío ostensiblemente radical a las normas éticas centradas en el ser humano, Næss demostró un enfoque pragmático en la forma de aplicar en la práctica el principio del igualitarismo biosférico. Por ejemplo, tuvo en cuenta los importantes factores contextuales de las interacciones locales entre lobos y humanos: “Para algunos pastores, la necesidad de proteger a sus ovejas de los lobos o de ser compensados de algún modo es hoy vital. Significa proteger la base de su economía y el hogar donde han vivido durante generaciones.” Además de los intereses humanos, también se toma en serio la obligación moral de reducir el sufrimiento de las ovejas y otros animales domésticos. Esto es especialmente importante porque los humanos han reducido la capacidad de estas especies para eludir a los lobos. Los muflones, antepasados salvajes de las ovejas domésticas, hacen todo lo posible por evitar a los grandes depredadores huyendo a las montañas. En cambio, tras miles de años de cría selectiva, el ganado moderno tiene menos defensas y se ve abandonado a su suerte en campos cercados. Næss evitó dar una respuesta única a la cuestión de los lobos (una postura por la que otros académicos le criticaron). Pero su interés por articular principios éticos generales que sirvan de telón de fondo para las decisiones contextuales puede tener importancia en el debate sobre la recuperación de la naturaleza salvaje. Por ejemplo, Næss utilizó el término “comunidad mixta” para definir los lugares habitados por personas y aquellas especies que desempeñan un papel clave en los asuntos humanos. Desafiando la tendencia a definir la comunidad sólo en términos humanos, Næss sostuvo que este enfoque ayuda a “derribar algunas de las barreras comúnmente erigidas entre los humanos y cualquier otra forma de vida dentro de nuestro espacio común”. De este modo, se abren vías para una mayor empatía con los no humanos. Una capacidad que, en opinión de Næss, tienen todas las personas y que se deriva de una continuidad inherente entre la vida humana y la no humana. De hecho, como sostenía el pionero conservacionista estadounidense Aldo Leopold, percibirnos en comunidad con los demás es un requisito previo para la acción moral. En este caso, ayuda a concretar la idea del derecho de los lobos a existir: son miembros de la comunidad igual que nosotros. Aplicar este marco ético de “comunidades mixtas” a las actuales deliberaciones de la UE puede tener algunas ventajas. Entre otras cosas, puede inspirar el desarrollo de soluciones creativas y mutuamente beneficiosas, como la compensación económica por las pérdidas de ganado - una medida que Næss reclamaba -, así como la mejora de la prevención de los ataques de lobos. También puede contribuir a contrarrestar el miedo y la histeria, a menudo infundados, que rodean a los lobos (Næss culpó por ejemplo a los hermanos Grimm de la mala imagen pública de estos animales). Pero quizá lo más importante de todo sea su potencial para conectar con nuestros elementos emocionales. Como dijo Næss: “El hombre tiene corazón, no sólo cerebro”. Para avanzar hacia una coexistencia sostenible, no basta con apelar a abstracciones sobre beneficios científicos o idear sistemas de compensación perfectamente eficientes. También debe derivarse de un sentido de solidaridad con otras especies; un reconocimiento pleno de que, en palabras de Næss: “Los humanos no estamos solos en este planeta”. Curiosamente, como demostró un estudio reciente, la mayoría de las personas que viven en comunidades rurales de la UE ya creen que los lobos tienen derecho a existir, lo que apoya el relativo optimismo de Næss sobre la posibilidad de comunidades mixtas. Recordar esto es aún más importante a la luz de la preocupante división política en relación con el llamado “problema del lobo” en Europa. Los lobos tienen tanto derecho a estar aquí como nosotros. ¿No os parece?
No hay duda que Emmanuelle Macron - que paso de paloma a halcón en pocos días - ha perdido la razón y que en su insania y enfermiza fobia antirrusa, puede arrastrarnos a la III Guerra Mundial. Como sabéis, la situación actual de Francia en el escenario mundial es bastante extraña: un país con un arsenal nuclear sólido pero que ha perdido toda capacidad de influir en su entorno. En las últimas décadas, París ha perdido lo que queda de su antigua grandeza en el escenario mundial, Humillado recientemente en el África (cuando sus tropas fueron expulsadas de Níger), cedió su posición de liderazgo dentro de la Unión Europea a Alemania y abandonó por completo los principios necesarios para su desarrollo interno. En otras palabras, la prolongada crisis de la Quinta República ha llegado a una etapa en la que la falta de soluciones a los muchos problemas que hace mucho tiempo se debían se está convirtiendo en una crisis de identidad en toda regla. Las razones de esta situación son claras, pero el resultado es difícil de predecir. Y el disparatado comportamiento de Macron es sólo una consecuencia del estancamiento general en la política francesa, al igual que la aparición misma de esta grotesca figura al frente del Estado, que solía estar dirigido por grandes de la política mundial. La última vez que París demostró capacidad para actuar por sí solo en una decisión realmente importante fue en el 2002-2003. En ese momento, se opuso a los planes estadounidenses de invadir Irak ilegalmente. La diplomacia francesa, entonces dirigida por el aristócrata Dominique de Villepin, logró formar una coalición con Alemania y Rusia y privar al ataque estadounidense de toda legitimidad internacional. El intento de los EE.UU. de unir en su persona las capacidades de potencia dominante y la influencia decisiva sobre el derecho a utilizarlas en la política mundial, es decir, establecer un orden mundial unipolar, fracasó. Esto les fue negado por enérgica instigación de Francia, y los futuros historiadores acreditarán a París un paso tan importante en la creación de un orden mundial democrático. Pero ese fue el final. La victoria moral en el Consejo de Seguridad de la ONU en febrero-marzo de 2003 jugó el mismo papel en el destino de Francia que la sangrienta victoria en la Primera Guerra Mundial, luego de la cual el país ya no pudo seguir siendo una de las grandes potencias del mundo. No sólo las duras circunstancias externas, sino también la rápida caída en problemas internos, que no se han resuelto durante casi 20 años, contribuyeron a un mayor declive. Al principio, los sucesivos presidentes no pudieron adaptar el país a los desafíos, cuyas causas estaban en gran medida fuera de su alcance. Esto fue aún más cierto cuando a mediados de la década del 2000 se produjo un cambio generacional en la política, con personas que llegaron al poder sin la experiencia de la Guerra Fría ni la “formación” de la generación de líderes que fundaron la Francia moderna. La “tormenta perfecta” fue una combinación de varios factores. En primer lugar, la sociedad estaba cambiando más rápidamente que en cualquier otro lugar de Europa y el sistema político de la Quinta República se estaba volviendo obsoleto. En segundo lugar, hubo una pérdida de control sobre los parámetros básicos de la política económica, que estaban cada vez más determinados por la participación del país en el Mercado Común y, más importante aún, en la eurozona. En tercer lugar, el desvanecimiento del sueño de una unión política dentro de la UE llevó al resurgimiento de Alemania, un país que carecía de plena soberanía para emprender por sí solo un proyecto tan importante. Finalmente, el mundo estaba cambiando rápidamente. Ya no estaba centrada en Europa, lo que significaba que Francia no tenía lugar en la lista de grandes potencias. La búsqueda de atención por parte del hombre que ahora está formalmente al frente del Estado francés no son más que síntomas personales de la crisis en la que se encuentra el país. Como resultado, todo está fuera del control del gobierno actual, y la gran cantidad de problemas inherentes está convirtiendo la ira en histeria sin sentido. Las pequeñas intrigas no sólo acompañan a la gran política, como siempre ocurre, sino que la reemplazan. El principio de “no ser, sino parecer ser” se convierte en el principal motor de la acción estatal. Francia ya no puede encontrar una salida a la crisis sistémica de la manera históricamente más familiar: revolucionaria. De hecho, Francia es un país que nunca se ha caracterizado por la estabilidad interna. Desde la Revolución Francesa de 1789, las tensiones internas acumuladas han encontrado tradicionalmente una salida en acontecimientos revolucionarios, acompañados de derramamiento de sangre e importantes ajustes en el sistema político. Los grandes logros de Francia en filosofía política y literatura son producto de esta constante tensión revolucionaria: el pensamiento creativo funciona mejor en momentos de crisis, anticipándolos o superándolos. Es precisamente debido a su naturaleza revolucionaria que Francia ha podido producir ideas que se han aplicado a escala global, elevando su presencia en la política mundial muy por encima de lo que de otro modo merecería. Estas ideas incluyen la construcción de la integración europea sobre el modelo de la escuela de gobierno francesa, la conspiración oligárquica de las potencias más ricas y agresivas (conocida como el G7), y muchas otras. En el siglo XX, dos guerras mundiales se convirtieron en una salida para la energía revolucionaria del pueblo: Francia estuvo en el lado ganador de una y perdió estrepitosamente en la segunda, pero milagrosamente se encontró entre los vencedores posteriores. Luego vino el colapso del imperio, pero las pérdidas que causó fueron compensadas en parte por los métodos neocoloniales aplicados por toda Europa occidental a sus antiguas posesiones de ultramar. En la propia Europa, Francia ha desempeñado hasta hace poco un papel de liderazgo en la determinación de cuestiones importantes como la política de comercio exterior y los programas de asistencia técnica. La razón principal del fin de la era de opciones revolucionarias de Francia fueron las instituciones del Occidente colectivo –la OTAN y la integración europea– que ayudó a crear. Gradualmente, pero consistentemente, redujeron el margen para que la élite política francesa tomara decisiones de manera independiente. Al mismo tiempo, estas restricciones no fueron simplemente impuestas desde el exterior; fueron producto de las soluciones que el propio París encontró para mantener su influencia en la política y la economía mundiales, beneficiarse del fortalecimiento de la economía y el estatus de Alemania y explotar, junto con Berlín, los pobres del este y del sur de Europa. Pero no todo estuvo bajo control desde el principio. Los trastornos de la política exterior de la primera mitad del siglo pasado evitaron al país nuevas revoluciones, pero lo dejaron moralmente exhausto y humillantemente dependiente de EE.UU., que los franceses han despreciado tradicionalmente. Incluso ahora, a diferencia de otros europeos occidentales, se sienten incómodos con la hegemonía que quiere seguir imponiéndoles Washington. Y esto no hace más que aumentar el dramatismo de la situación en París, que no puede resistir ni aceptar plenamente la opresión estadounidense. Durante la presidencia de Macron se produjo la lección más cruel impartida a los franceses por sus socios extranjeros: en septiembre del 2021, el gobierno australiano rechazó un posible pedido de una serie de submarinos de París en favor de una nueva alianza con EE.UU. y Gran Bretaña. Sorprendida de mala manera por la actitud de sus “aliados”, Francia no pudo realizar ninguna contramedida en política exterior. La era de relativa calma y dinamismo de la década de 1950 proporcionó la base material para el colosal sistema de garantías sociales que la mayoría de los observadores externos asocian con la Francia moderna. Un sistema de pensiones estable, un enorme sector público y las obligaciones de los empleadores para con sus trabajadores son los cimientos del Estado de bienestar que se creó. Como la memoria humana es corta y los contemporáneos tienden a absolutizar sus impresiones, así es como percibimos a Francia: bien alimentada y bien mantenida. La estabilidad y la prosperidad de la mayoría de la población son atributos de un período relativamente corto de la historia francesa: no más de 40 años de buenos tiempos (décadas de 1960 a 1990), durante los cuales se creó y floreció el sistema político de la Quinta República. Los procesos irreversibles en la economía comenzaron con la crisis global de finales de la década del 2000 y gradualmente llevaron a problemas comunes en Occidente, como la erosión de la clase media y la cada vez menor capacidad del Estado para mantener un sistema de obligaciones sociales. A mediados de la década del 2010, Francia se convirtió en el campeón europeo en términos de deuda total de la economía, alcanzando el 280% del PIB, y la deuda pública asciende ahora al 110% del PIB. La razón principal de estas estadísticas es el enorme gasto social, que conduce a déficits presupuestarios crónicos. La incapacidad de resolver estos problemas, combinada con la destrucción de la estructura tradicional de la sociedad, ha llevado a la crisis del sistema de partidos. Los partidos tradicionales - socialistas y republicanos - están ahora cerca del umbral del colapso organizacional, o ya lo han cruzado. En la nueva economía –con la contracción de la industria, el crecimiento de los sectores financieros y de servicios y la individualización de la participación de los ciudadanos en la vida económica - la base social de fuerzas basadas en programas políticos coherentes se está reduciendo. Fruto de este proceso fue la victoria electoral de Emmanuel Macron, el entonces poco conocido candidato del movimiento “¡Adelante!”, en mayo del 2017. Desde entonces, su partido ha sido rebautizado dos veces: “¡Adelante, República!” en el 2017 y “Renacimiento” a partir del 5 de mayo del 2022. El propio Macron fue reelegido presidente en el 2022, superando nuevamente a la candidata ultranacionalista Marine Le Pen, quien es también ajena al sistema tradicional. Durante el tiempo que Macron estuvo en el Palacio del Elíseo (sede del jefe de Estado desde 1848), han llegado dos tipos de noticias desde Francia al mundo exterior. En primer lugar, informes de manifestaciones masivas que no produjeron ningún cambio. En segundo lugar, declaraciones ruidosas sobre política exterior que nunca han sido seguidas por acciones igualmente decisivas. A un año de que Macron llegara al poder, el país se vio sacudido por los llamados “chalecos amarillos”, ciudadanos enojados por los planes de aumentar el precio del gasóleo y luego por todas las iniciativas gubernamentales en el ámbito social. En particular, las propuestas para aumentar la edad de jubilación de 62 a 64 años. A principios del 2023, el gobierno volvió a abordar esta cuestión y nuevas manifestaciones masivas recorrieron el país. En el verano de ese año, los suburbios de las principales ciudades, en gran parte poblados por descendientes de árabes y africanos de antiguas colonias, ardieron en llamas. La mayoría de los alborotadores eran inmigrantes de segunda y tercera generación, lo que demuestra el fracaso total de las políticas para integrarlos en la sociedad francesa y haber permitido su llegada. En todos los casos, los sindicatos y el Partido Socialista no pudieron desempeñar un papel significativo en el control de las protestas o en la negociación con las autoridades. Como resultado, el gobierno elevó la edad de jubilación en dos años, el mayor logro de Macron hasta el momento en el área de la reforma de la seguridad social. Entre las dos rondas de disturbios llegó la pandemia de coronavirus, que dio a las autoridades un par de años de relativa calma en casi todas partes. El principal resultado de la política interna francesa en los últimos años ha sido la ausencia de resultados significativos de la actividad de protesta y de reformas serias, que según todos los indicios el país necesita desesperadamente. La apatía se está convirtiendo en la característica principal de la vida pública en Francia. Pero una política exterior activa podría compensar parcialmente el estancamiento interno. Sin embargo, ello requiere dinero y al menos una relativa independencia. Francia actualmente no tiene ninguno de los dos. Probablemente esta sea la razón por la que la cantidad de ayuda directa que París ha otorgado al régimen colaboracionista de Kiev sigue siendo la más baja de cualquier país occidental desarrollado: 3.000 millones de euros, o diez veces menos que Alemania, por ejemplo. Por cierto, es precisamente esta incapacidad para invertir más seriamente en el conflicto ucraniano lo que muchos asocian con la emotiva retórica de Macron tanto hacia Rusia como hacia sus aparentes aliados en Berlín. París compensa con creces su falta de dinero con declaraciones ruidosas. En el 2019, Macron llamó la atención mundial al decir que la OTAN había sufrido una “muerte cerebral”. Esto, obviamente, despertó emociones entre los observadores rusos y chinos, pero no condujo a ninguna acción práctica. Simplemente no conocíamos bien al nuevo presidente francés en aquel momento, para quien la conexión entre las palabras y sus consecuencias no sólo no existe, sino que en principio ni siquiera parece necesaria. Fue bastante divertido ver a diplomáticos y expertos franceses pedir a Rusia que limite su presencia pública y privada en África entre el 2020 y el 2021. El propio Macron ha reducido sistemáticamente los compromisos de Francia en el continente durante su estancia en el Palacio del Elíseo. En el verano del 2023, el nuevo gobierno militar de Níger respondió con calma a los llamamientos de París para que los países africanos lo derrocaran. Incapaz de influir en la situación del país, Francia cerró su embajada el 2 de enero del 2024, reconociendo finalmente el fracaso de su política en la región. Sin embargo, para compensar la retirada de facto de una región que tradicionalmente ha proporcionado a la economía francesa materias primas baratas, Macron está buscando asociaciones nuevas y prometedoras. Recientemente se han firmado acuerdos de seguridad con las autoridades de Kiev y Moldavia, y hay conversaciones en curso con las autoridades de Armenia. Pero nada de esto está produciendo resultados prácticos. Ucrania está firmemente controlada por los estadounidenses y sus compinches británicos, Moldavia es un país pobre sin recursos naturales y Armenia está atrapada entre Turquía y Azerbaiyán, estados con los que Francia no tiene muy buenas relaciones. En su estado actual, París en general parece un socio ideal para los gobiernos deseosos de mostrar su independencia. Francia es lo suficientemente grande como para que en los medios circulen ampliamente palabras airadas en su contra, pero demasiado débil para castigar la insolencia excesiva. Los únicos interlocutores que ahora miran a París con respeto son Chisinau y Ereván, aunque un observador parcial podría dudar de la sinceridad de este último. Como podéis imaginar, no podía dejar de ocuparme de la última idea de política exterior de Francia y su presidente: un amplio debate sobre la posibilidad de una participación militar directa de un país de la OTAN en el conflicto de Ucrania. Es posible que una declaración de tan alto perfil fuera una “medida inteligente” diseñada para revivir las discusiones dentro del bloque sobre los límites de lo que es posible en la confrontación con Rusia, un llamado provocador para llamar la atención en la campaña electoral del Parlamento Europeo, o simplemente una forma de mantener ocupada a la élite francesa. Sin embargo, el comportamiento de París no tiene nada de bueno: demuestra que, en un determinado momento, el juego de consignas puede llegar a zonas donde los riesgos se vuelven demasiado altos. Y dado que la Francia moderna es incapaz de hacer nada más que palabras, resulta aterrador pensar en las alturas de participación retórica en la política global que su presidente es capaz de alcanzar. Dado que París tiene unas 300 armas nucleares propias, incluso la mínima probabilidad de que el parloteo de Macron tome forma material merece la respuesta más dura e inmediata por parte de Rusia, cansada de los continuos ataques del inquilino del Eliseo contra el presidente Vladimir Putin ¿Adónde pretende llegar? (Por cierto, el sangriento atentado terrorista perpetrado por Ucrania en Moscú no quedara sin castigo... Su venganza será terrible)
¿Cuál es el poder de la fe? ¿Y cómo los fragmentos del pasado lejano sostienen y dan forma a esta creencia? Estas preguntas están en el centro de la serie de Netflix titulada Mysteries of the Faith (Misterios de la fe), que en los cuatro capítulos de su primera temporada examina el papel de las reliquias en la Iglesia Católica de hoy. Estrenada en noviembre del año pasado, es una buena oportunidad de volver a apreciarla en Semana Santa. Narrada por el actor británico David Harewood, cada episodio destaca una reliquia u objeto de pasión específico con el que Jesús interactuó durante su muerte en la cruz o en su tumba, explicando su historia, pasada y presente, a menudo envuelta en leyenda. La serie también presenta a las personas que cuidan y veneran estos objetos sagrados, proporciona explicaciones detalladas sobre las reliquias en sí y su significado sin perder de vista su impacto personal. El primer episodio se centra en la corona de espinas de Jesús y su trascendental historia. Comenzando en la cruz como símbolo de burla, más tarde adquirió significado como un objeto manchado por la sangre de Jesús, proporcionando una conexión especial con ese santo momento en el tiempo. El posterior paso de la corona de Constantinopla a Francia se narra ingeniosamente a través de representaciones en vidrieras de la Sainte Chapelle de París, donde residió hasta el siglo XVIII cuando se mudó a su residencia actual en la Catedral de Notre Dame. El documental presenta el testimonio del rector Olivier Dumas y del caballero de la Orden del Santo Sepulcro, Hubert Borione. Ambos relatan la conmoción y la emoción que este elemento suscita en los devotos. El significado contemporáneo y la resonancia emocional de la corona de espinas se resaltan en el incendio del 15 de abril del 2019 que se extendió por Notre Dame. El jefe de bomberos de París explica cómo esta reliquia fue el primer objeto que se recuperó, a pesar de que no tenían un mapa directo de su ubicación, dada su singular santidad. Gracias a su recuperación segura de las llamas, la sagrada reliquia se convirtió en un nuevo símbolo de esperanza y perseverancia de la fe en medio de la tragedia; El segundo episodio examina lo que sucede cuando las historias de estas reliquias se cuestionan. Si bien la mayoría de la gente asociaría el Santo Grial de la Última Cena con la tradición medieval y el Rey Arturo, este episodio sitúa el grial en España, donde tres historiadores locales debaten su ubicación actual, dos lo ubican en la Catedral de Valencia y uno en León, donde Se le conoce como el Cáliz de Urraca. Si bien la historia y la ubicación del cáliz en sí pueden ser objeto de controversia, ambos atraen la atención y la fe de los devotos, lo que plantea dudas sobre la importancia de la autenticidad histórica en cuestiones de fe. Hay un momento particularmente conmovedor cuando un historiador relata a una mujer que se acercó a ella, queriendo tocar las manos de alguien que trabajaba con el Santo Grial. Este episodio también describe el papel de los milagros y su conexión con las reliquias. Rocco Rulli, residente de Manoppello, comparte cómo la reliquia de la Santa Faz, el velo de la resurrección de Cristo, ha protegido a su familia a lo largo de generaciones, en particular cuando su hija Francesca fue sanada de una hemorragia cerebral terminal a 24 horas de que se celebrara una misa especial para ella. . Francesca prefiere llamarlo un regalo entre muchos regalos más que un milagro, dice en una entrevista: "Creo que la Santa Faz me salva la vida todos los días". La siguiente escena presenta a su padre en la procesión llevando la gran exhibición de la Santa Faz, demostrando la integración de estas reliquias en los momentos cotidianos de la vida, así como en los más significativos; El tercer episodio pasa a la cruz misma como el icono más destacado del cristianismo. La historia de la reliquia de la Vera Cruz comienza con la emperatriz Santa Helena en el siglo IV, cuando emprende una peregrinación a Jerusalén y descubre tres cruces, siendo revelada la Vera Cruz cuando un cadáver resucita tras ser colocado sobre ella. Una vez descubierta, esta cruz, como muchas otras reliquias, se fragmenta y se envía a varios lugares, donde cada pieza lleva todo el poder de la cruz. Volviendo a la actualidad, el episodio destaca a un canónigo de la catedral de Río de Janeiro, Cláudio dos Santos, que quiere utilizar la reliquia de la Vera Cruz como herramienta de evangelización, sacándola de las catedrales y llevándola a las favelas, zonas afectadas por pobreza y violencia de pandillas. Mientras la procesión avanza por las calles, una mujer de la comunidad describe cómo la cruz generó reverencia por parte de todos los reunidos. Incluso los gánsteres inclinaron la cabeza; El episodio final aborda la cuestión de los santos de hoy en día, comenzando con la historia de un juez italiano, Rosario Livatino, que pasó su vida luchando contra la corrupción pero fue asesinado por los mafiosos en 1990. Si bien el proceso de beatificación comenzó al poco tiempo de ocurrida su muerte, fue declarado oficialmente mártir por el Papa Francisco I en el 2020. En tanto, su camisa manchada de sangre fue conservada en la catedral de Agrigento, convirtiéndose en una reliquia moderna de la Iglesia Católica. La vida y la muerte de Livatino encarnan el llamado del Papa Francisco a la necesidad de santos cotidianos, las personas que constituyen la sangre viva de la Iglesia. Este episodio también examina cuestiones de autenticidad en torno al velo de la Santa Faz y el Santo Sudario de Turín. Si bien en ambos casos el examen científico las declaró “falsas”, la cualidad trascendente de la creencia supera el escrutinio científico. Don Gero, custodio de la Camisa Sagrada de Livatino, afirma: "Cada vez que tengo la reliquia en mis manos, siento un escalofrío por la espalda. Mil pensamientos pasan por mi mente acerca de cómo, a pesar de todas las dificultades que encontramos en la vida, la santidad está al alcance... Una camisa ensangrentada con dos agujeros de bala le habla a un adolescente sin necesidad de palabras". Ya sea expresada a través de historiadores y eruditos, o sacerdotes y devotos, esta serie apunta hacia una necesidad humana innata de creencia, de milagros y del poder de las reliquias para proporcionar un punto de contacto físico, algo para contemplar y conectarnos más directamente con la pasión de Jesucristo. Cada episodio destaca asimismo el intrincado cuidado que reciben estos objetos, su almacenamiento en bóvedas, así como de los varios cuidadores que pasan su vida guardando estas preciadas reliquias y los pocos elegidos que las tocan, las colocan cuidadosamente en los altares o las sostienen durante las procesiones. Aunque Mysteries of the Faith aparentemente trata sobre varias reliquias conectadas con Jesús y sus historias multifacéticas, también se ocupa de las personas que las adoran, la fuerza de su fe en estos objetos sagrados y las formas en que moldean sus vidas. Por cierto, si bien esta serie no es explícitamente religiosa ni está producida por la Iglesia Católica, pone en primer plano la perspectiva de los creyentes sobre los escépticos. A ello debemos agregar que los comentarios de académicos proporcionan antecedentes y contextos históricos, así como el ímpetu psicológico y espiritual para creer en ellas. Al igual que las reliquias mismas, Mysteries of the Faith reúne el pasado y el presente, ya que los viajes históricos de estos objetos sagrados narrados por historiadores se sitúan junto a las prácticas de culto actuales. Las conmovedoras escenas de personas en presencia de estos objetos sagrados y las historias de milagros demuestran de manera convincente que las reliquias no son simplemente cosas del pasado, sino poderosas fuentes de creencia incluso hoy en día.