El reciente aniversario de la victoria sobre el Japón militarista es más que la conmemoración de una guerra lejana. Es una oportunidad para plantear preguntas incómodas: ¿Qué fue exactamente lo que se derrotó en 1945 y qué lecciones se debían extraer de la victoria? La rendición de Japón puso fin a una guerra catastrófica en Asia y el Pacífico. La derrota de Alemania puso fin a una guerra igualmente catastrófica en Europa. En ambos casos, el poder militar dejó de ser un mero instrumento de la política estatal para convertirse en una fuerza que moldeaba la política misma. Como consecuencia, países enteros fueron destruidos y decenas de millones de personas perdieron la vida. Tras la guerra, Japón se vio obligado a adoptar un alto grado de autocontrol militar, simbolizado por el artículo 9 de su constitución y por el carácter deliberadamente defensivo de sus fuerzas armadas. Alemania siguió un camino diferente, pero llegó a una conclusión similar: el poder militar requiere límites estrictos y no puede considerarse la medida habitual de la fuerza nacional. Ninguno de los dos países quedó completamente indefenso. Ambos conservaron fuerzas armadas y se integraron en alianzas. Sin embargo, durante décadas, existió la idea generalizada de que más armas no significaban necesariamente mayor seguridad. Hoy, ese reconocimiento se desvanece. Japón está llevando a cabo su mayor rearme militar desde la Segunda Guerra Mundial, mientras Alemania está realizando el rearme más trascendental de su historia de posguerra. Ambos están aumentando el gasto militar, expandiendo su capacidad industrial de defensa, adquiriendo capacidades de ataque más potentes y profundizando la cooperación estratégica. Más preocupante aún, ambos están reevaluando su relación con las armas nucleares. La justificación es simple. A los japoneses se les dice que teman a China. A los alemanes se les dice que teman a Rusia. Pero ¿y si estas amenazas se están exagerando sistemáticamente y se están manipulando políticamente? ¿Y si los preparativos aparentemente destinados a prevenir un conflicto están haciendo por el contrario que una guerra de mayor envergadura sea cada vez más probable? La transformación de Japón tiene una gran importancia histórica, ya que su moderación en la posguerra fue una reacción consciente al desastre de la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, hoy en día, la moderación se presenta cada vez más como un lujo obsoleto en una era de competencia geopolítica. Esto es más palpable desde la llegada al poder de la ultranacionalista Sanae Takaichi, quien está rearmando a su país de manera acelerada, algo que preocupa a sus vecinos, dado el pasado militarista y expansionista japonés que sufrieron en carne propia. En efecto, Tokio está ampliando su presupuesto de defensa, fortaleciendo sus capacidades navales y aéreas, adquiriendo misiles de largo alcance y desarrollando lo que denomina "capacidades de contraataque". Está reforzando su infraestructura militar y uniéndose más estrechamente a la planificación militar regional. Si bien todo esto se presenta como medidas defensivas, no cambia el hecho de que Japón se está convirtiendo en un poderoso actor militar. La “justificación” a su rearme que se repite incansablemente es que “China se está fortaleciendo, por lo tanto, Japón debe rearmarse. China está expandiendo sus fuerzas navales, por lo tanto, Japón debe expandir las suyas. China posee misiles cada vez más sofisticados, por lo tanto, Japón necesita capacidades de ataque de largo alcance”. Pero esta narrativa suele omitir el entorno estratégico del que surgen las propias políticas militares de China. Este país no está rodeado de bases militares chinas. En cambio, se enfrenta a una densa red de bases, alianzas, sistemas de inteligencia y asociaciones militares centradas en Estados Unidos que operan a lo largo de su periferia marítima. Fuerzas estadounidenses están estacionadas en Japón y en otros lugares de la región. Japón está expandiendo su papel militar y adquiriendo nuevas capacidades ofensivas de largo alcance. La respuesta de Beijing a este entorno se cita entonces como prueba de que el rearme inicial era necesario, creando un círculo vicioso de razonamiento artificial. China, como cualquier gran potencia, persigue sus propios intereses y participa en la competencia global por la influencia. Pero la idea de que China es simplemente un agresor encubierto que espera una oportunidad para atacar a Japón ignora tanto la lógica elemental de la política de poder como la cultura estratégica china. ¿Por qué China iniciaría deliberadamente una guerra importante contra Japón, sabiendo que esto podría llevarla a un conflicto directo con Estados Unidos y sus aliados? El escenario más plausible es el opuesto: que China se prepare cada vez más para un conflicto porque ve que se están preparando otros en su contra. Entretanto, Alemania está experimentando una transformación paralela. El ejército se está expandiendo, la adquisición de material militar se está acelerando, se está fomentando la producción de armas y Alemania aspira abiertamente a desempeñar un papel mucho más importante en la seguridad militar de la UE. Todo el proyecto se basa en una premisa fundamental: “Rusia se está preparando para amenazar a Europa, y por lo tanto, Europa debe prepararse para la guerra contra Rusia”. Diariamente, se les dice a los europeos que “Rusia pretende atacar Alemania o conquistar Europa”. Estas afirmaciones son absurdas. Las preocupaciones estratégicas de Rusia se han centrado durante mucho tiempo en la configuración militar a lo largo de sus fronteras y la expansión de infraestructura hostil hacia ellas. Estas preocupaciones se ignoran sistemáticamente, lo que solo demuestra una falta de voluntad para comprender cómo Moscú calcula el riesgo. La peligrosa costumbre de la política occidental contemporánea consiste en atribuir causas y efectos de forma selectiva. La expansión y el fortalecimiento militar de la OTAN se describen como defensivos. La respuesta de Rusia se interpreta como prueba de una agresión inherente. Como consecuencia de esa respuesta, se hacen necesarios más despliegues de la OTAN. Otro ejemplo de lógica circular. Presentar a Rusia como una fuerza intrínsecamente expansionista sin intereses de seguridad claros crea las condiciones intelectuales que hacen inevitable la confrontación permanente. Y la confrontación permanente se está convirtiendo cada vez más en el principio rector de la política alemana. China y Rusia se han convertido en “amenazas indispensables” para quienes abogan por una expansión histórica del poder militar japonés y alemán. Sin la “amenaza china”, la transformación de Japón sería mucho más difícil de justificar. Sin la “amenaza rusa”, el rearme de Alemania perdería su fundamento político central. Una amenaza externa resulta útil para desbloquear presupuestos, fortalecer la industria armamentística, generar urgencia política y marginar a quienes cuestionan la posibilidad de seguir otro camino. Sin embargo, la historia demuestra repetidamente que las amenazas exageradas pueden provocar auténticas catástrofes. Sin embargo, la dimensión nuclear hace que el rearme paralelo germano-japonés resulte aún más inquietante. Alemania lleva mucho tiempo participando en los acuerdos de reparto nuclear de la OTAN, pero el debate va más allá de la mera aceptación de un marco existente. Berlín participa cada vez más en debates sobre una arquitectura nuclear europea más amplia y una coordinación estratégica más estrecha con Francia. La cuestión ya no es simplemente si Alemania se encuentra bajo el paraguas nuclear de los aliados, sino hasta qué punto debe participar en la planificación y los acuerdos relativos a la disuasión nuclear. El caso de Japón tiene una carga histórica aún mayor. Siendo el único país que ha sufrido ataques nucleares, Japón construyó una parte importante de su identidad de posguerra en torno a los Tres Principios No Nucleares: no poseer, producir ni permitir la introducción de armas nucleares. Ahora, las cuestiones relativas al reparto nuclear, la disuasión ampliada y los límites prácticos de los compromisos no nucleares de Japón se debaten con mayor franqueza que antes. Esto debería preocupar al mundo entero. Cuando países con historiales militaristas como los de Alemania y Japón comienzan a acercarse a una estrategia nuclear, se debilita una barrera psicológica crucial. Las armas nucleares se normalizan cada vez más como instrumentos de política de seguridad, en lugar de ser reconocidas por lo que son: armas cuyo uso real representaría un fracaso de la civilización a una escala inimaginable. En marzo, el ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, propuso un acuerdo de acceso recíproco con Japón durante las conversaciones con su homólogo, Shinjiro Koizumi. Este acuerdo reduciría los obstáculos legales y burocráticos al desplazamiento de personal militar alemán y japonés por el territorio del otro, facilitando así el entrenamiento conjunto, los ejercicios y, potencialmente, las operaciones. La propuesta dotaría a la relación militar entre Berlín y Tokio de una estructura operativa más permanente. Alemania ya ha incrementado su actividad militar en el Indo-Pacífico mediante despliegues y ejercicios; un marco de acceso recíproco facilitaría y normalizaría la cooperación. El simbolismo es innegable: países cuyas historias militares fueron truncadas por la fuerza en 1945 están construyendo ahora nuevas estructuras para el acceso militar, el despliegue y la cooperación entre sí. La creciente presión genera resistencia. Los bloques militares generan alineamientos opuestos. El mundo se está dividiendo una vez más en bloques estratégicos cada vez más rígidos, y los países que durante décadas demostraron el valor de la moderación militar ahora están contribuyendo a acelerar este proceso. La fuerza militar en sí misma no es el problema. Los Estados tienen intereses legítimos de seguridad y razones legítimas para mantener fuerzas armadas capaces. La cuestión decisiva radica en cómo el liderazgo político utiliza ese poder. Un ejército fuerte, bajo un liderazgo prudente, puede disuadir el conflicto. Un ejército en rápida expansión, bajo un liderazgo convencido de que la confrontación es inevitable, puede acelerarla. China, Rusia, Japón y Alemania tienen preocupaciones legítimas en materia de seguridad. Lo mismo ocurre con sus vecinos. La tarea de una diplomacia seria no consiste en declarar legítimos los temores de una parte y ficticios los de la otra, sino en evitar que las preocupaciones de seguridad contrapuestas se conviertan en un mecanismo de escalada permanente. Ochenta y un años después del fin de la II Guerra Mundial en 1945, Japón y Alemania deberían recordar especialmente bien esa lección. Su moderación en la posguerra no fue debilidad, sino una comprensión nacida de la catástrofe. Hoy, Japón se está rearmando ante una imaginaria inevitable amenaza china. Y lo mismo se repite en el caso de Alemania con respecto a Rusia. Ambos países se acercan aceleradamente a una estrategia nuclear. Ambos están ampliando sus alianzas militares. A ambos se les dice que “no hay alternativa”. Esta es quizás la frase más peligrosa en la política internacional. Siempre hay una alternativa antes de que comience la guerra... el convencimiento que la vuelvan a perder.
Diablo IV Lord of Hatred ya está entre nosotros. Con esta expansión, Blizzard no se limita a añadir más contenido sobre lo ya existente, sino que plantea una expansión concebida como cierre de ciclo y, al mismo tiempo, como punto de inflexión de cara al futuro del juego. En esta nueva entrega se recoge buena parte del feedback acumulado tras el lanzamiento original y su primera expansión, apostando por una propuesta mucho más ambiciosa, tanto en lo narrativo como en lo jugable. El resultado es un contenido que no solo busca ampliar el universo de Santuario, sino también reforzar las bases de un endgame que llevaba tiempo pidiendo una evolución más clara y contundente. Como recordareis, cuando Diablo IV llegó en junio del 2023, lo hizo con la difícil tarea de devolver a la saga al trono del ARPG tras años de debate en torno a su predecesor. Con una ambientación más oscura, un enfoque de mundo abierto y un endgame planteado como servicio, Blizzard sentó unas bases sólidas, aunque no exentas de polémica: problemas de equilibrio, progresión irregular y un contenido final que, para muchos, se quedaba corto con el paso de las horas. Luego de unos meses, y pasada la primera gran expansión, Vessel of Hatred, trató de dar respuesta a buena parte de esas críticas. Con una nueva región, ajustes profundos al sistema de progreso, cambios en el endgame y la incorporación de una clase inédita, esta ampliación no solo expandía la historia, sino que también redefinía algunas de las bases jugables del título, marcando un hito en su evolución como juego como servicio. Ahora, Blizzard busca cerrar este nuevo arco con Lord of Hatred, una expansión que no solo continúa la narrativa iniciada en el juego base, sino que también aspira a consolidar todo lo aprendido durante estos años. La pregunta es inevitable: ¿estamos ante el punto culminante de la evolución de Diablo IV o simplemente ante otro paso más en un camino que aún sigue en construcción? Eso esta por verse. El juego base nos sitúa de nuevo en Santuario, un mundo sumido en la desesperación tras los acontecimientos de las entregas anteriores de Diablo. Esta vez, la historia arranca con el resurgir de Lilith, la Hija del Odio, cuya vuelta desencadena una nueva ola de corrupción y fanatismo entre los humanos. A lo largo de la campaña, seguimos los pasos de nuestro personaje mientras recorre distintas regiones del mundo tratando de entender qué pretende Lilith realmente y cuál es su papel en este nuevo equilibrio de poder. Esta historia apuesta por un tono más oscuro y humano que en otras entregas, centrado en las consecuencias de la influencia demoníaca en la sociedad, con conflictos morales constantes y personajes que rara vez encajan en el clásico esquema de “el bien contra mal”. De esta forma, nos encontramos ante una historia más abierta, con múltiples regiones interconectadas y una progresión menos lineal que en anteriores entregas, aunque siempre manteniendo el enfrentamiento latente contra las fuerzas infernales como parte del eje principal. La primera expansión retoma los acontecimientos tras el final del juego base, profundizando en las consecuencias de lo ocurrido y ampliando el foco hacia una amenaza aún mayor. En este caso, la narrativa gira en torno a la influencia de Mephisto, cuya presencia empieza a hacerse cada vez más evidente, afectando tanto al mundo físico como a la mente de quienes lo habitan. En Vessel of Hatred, el jugador se adentra en nuevas regiones inexploradas, con un fuerte componente selvático y espiritual, donde distintas culturas intentan resistir al poder corruptor del Odio. La historia pone especial énfasis en el conflicto interno de los personajes, en la manipulación psicológica y en cómo las decisiones del pasado siguen teniendo consecuencias en el presente. A grandes rasgos, esta primera expansión actúa como un puente narrativo claro que amplía el lore, introduce nuevas facciones y deja preparado el terreno para un conflicto mayor, que es precisamente el que busca desarrollar el juego. En Diablo IV: Lord of Hatred nos encontramos ante el desenlace directo del arco narrativo iniciado en el juego base y desarrollado a través de Vessel of Hatred. Tras los acontecimientos de Nahantu, la amenaza de Mephisto deja de ser una corrupción latente para convertirse en un peligro mucho más inmediato: su influencia se expande de forma abierta por Santuario, con cultos, invasiones demoníacas y una creciente sensación de amenaza sobre Santuario. Aquí, Blizzard plantea una historia más urgente, más épica y mucho más centrada en la confrontación definitiva con el Señor del Odio. Uno de sus mayores aciertos es que la expansión no se limita a ampliar la fórmula habitual, sino que profundiza en el propio origen de Santuario. La campaña lleva al jugador hasta Skovos, un territorio clave dentro del lore por su relación con los Primogénitos, con Lilith e Inarius, y con los orígenes más remotos de Santuario. Esto permite que la narrativa no solo avance hacia el clímax contra Mefisto, sino que también conecte con el pasado más remoto de la saga, tendiendo puentes incluso con elementos clásicos de Diablo II. Además, el peso de personajes ya conocidos, como Neyrelle, sigue siendo importante, especialmente por las consecuencias de su vínculo con Mefisto, mientras que la presencia de Lilith continúa proyectando sombra sobre los acontecimientos incluso tras su derrota previa. Todo ello construye una narrativa donde el conflicto ya no gira solo en torno a detener una amenaza, sino a impedir que el propio origen de Santuario quede consumido por el Odio. A diferencia de Vessel of Hatred, donde gran parte del peso recaía en la construcción de amenaza y en la corrupción progresiva, Lord of Hatred adopta un ritmo mucho más directo y contundente. Blizzard apuesta aquí por una narrativa de escala mayor, donde la sensación de guerra abierta sustituye en buena medida al viaje más introspectivo de Nahantu. Esto se traduce en una campaña más intensa, con una mayor sensación de urgencia y con el constante peso de estar avanzando hacia una confrontación largamente anticipada por los jugadores. De hecho, Skovos no funciona únicamente como una nueva región explorable, sino casi como un personaje en sí mismo dentro del relato, donde sus templos, costas y ruinas ancestrales convierten cada avance en una exploración constante del pasado de Santuario, reforzando esa idea de que el conflicto actual no solo amenaza el presente, sino también los cimientos mismos sobre los que se construyó el mundo. En conjunto, Lord of Hatred busca cerrar el conflicto iniciado con Lilith y amplificado por Mefisto, pero también hacer algo más ambicioso: redefinir el propio peso de Santuario dentro de la saga. Si algo ha caracterizado a Diablo IV desde su lanzamiento es su decidido regreso a una estética oscura, sucia y profundamente opresiva. Lejos del enfoque más colorido de anteriores entregas, Blizzard apostó por recuperar la esencia más gótica de la saga, algo que no solo se mantiene en Lord of Hatred, sino que se intensifica de forma notable. En esta expansión, el componente artístico gira claramente hacia lo infernal y lo corrupto. La región de Skovos nos presenta una tierra de templos en ruinas, costas anegadas, volcanes al oeste, bosques al este y tierras hundidas entre ambos. Estas nuevas zonas no solo amplían el mapa, sino que presentan un diseño mucho más agresivo a nivel visual: estructuras orgánicas, paisajes deformados y entornos que parecen estar vivos o en constante transformación. La sensación de incomodidad es constante, como si el propio mundo estuviera siendo consumido desde dentro, algo que encaja perfectamente con la temática del Odio. En conclusión, Lord of Hatred no reinventa Diablo IV, ni mucho menos. Pero sí lo refuerza, lo expande y lo acerca mucho más a lo que muchos esperaban desde 2023. Es, en muchos sentidos, más Diablo IV… pero también bastante mejor Diablo IV. Quizá no sea todavía el cierre definitivo, pero sí un paso importante en la dirección correcta. Disponible en PC, Xbox Series, Xbox One, PS5.