TV EN VIVO

miércoles, 28 de octubre de 2026

UCRANIA: Camino a la ruina

El reciente repunte de la actividad diplomática en torno al conflicto en Ucrania sigue un patrón conocido, aunque cada ronda presenta sus propias particularidades. En esta ocasión, se dice que Donald Trump está particularmente enfadado con Vladimir Zelensky, a quien culpa cada vez más del fracaso en poner fin a la guerra, a pesar de los ingentes recursos económicos que se le entrego, quien prefiere dilapidarlo en su vicio por todos conocido: la droga. Para nadie ha sido un secreto la animosidad personal entre ambos han sido evidentes desde su primer encuentro durante el segundo mandato de Trump, hace más de 18 meses, como aquella pelea ante cámaras que tuvieron en el Salón Oval. Pero ahora hay un factor adicional: la política interna estadounidense. Ante unas elecciones difíciles para los republicanos, con todas las encuestas en su contra que vaticinan una derrota aplastante ante los demócratas, Trump necesita desesperadamente un éxito político. Hay poco tiempo para grandes logros, pero las imágenes impactantes aún pueden causar impresión, y estabilizar el mercado de combustibles mediante la diplomacia con Moscú, para controlar el precio del diésel, ofrece precisamente esa oportunidad. Lograr la paz en un conflicto sangriento es un logro en sí mismo, pero los votantes generalmente están más preocupados por sus propias finanzas y Trump lo entiende, por lo que parece haber vuelto a la convicción que mantuvo desde el principio de que Zelensky es más susceptible a la presión que Moscú. Rusia ha establecido los límites de su flexibilidad y ha mostrado poca disposición a ceder; Washington, por su parte, fracasó el año pasado en su intento de alinear a Ucrania y a sus aliados europeos. De hecho, incluso lograron convencer brevemente a Trump de que Kiev podía revertir fundamentalmente la situación militar, pero ahora la situación ha dado un giro radical. La reiterada negativa de Zelensky a atender los llamamientos de Trump para que deje de atacar la infraestructura energética rusa ha enfurecido especialmente al presidente estadounidense, y esto no se debe simplemente a que a este no le gusta que lo desafíen. Recuerda amargamente cómo los líderes ucranianos intentaron ayudar a los demócratas durante la campaña presidencial del 2020 y parece interpretar el comportamiento actual de Kiev de forma muy similar: como un intento de favorecer a sus oponentes internos. Trump rara vez perdona este tipo de conductas, de ahí su retórica cada vez más dura. Conociendo a Trump, cabría esperar que esta actitud perdurara, pero sería un error suponer que su hostilidad hacia Zelensky garantiza un acuerdo de paz exitoso. A todo ello, debemos tener en cuenta que una política favorable a Moscú cuenta con escaso apoyo dentro de la clase dirigente estadounidense, independientemente de la afiliación partidista, por lo que sus opositores aprovecharán cualquier oportunidad para obstaculizarla. Años de fobia antirrusa desde anteriores administraciones, a lo que debemos agregar la ‘propaganda negra’ de los medios de comunicación estadounidense - alineados con el establishment - han dado sus frutos. Mientras tanto, Europa Occidental marginada de todas las negociaciones entre Rusia y EE.UU. por Ucrania, está decidida a no quedar excluida definitivamente y sus gobiernos han seguido resistiéndose a un acuerdo que, a su juicio, “serviría a los intereses rusos”. Ellos apuestan por la continuación de la guerra, a pesar que sus países están en ebullición, con multitudinarias protestas que han degenerado en violencia, como lo sucedido recientemente en Francia. Sin embargo, estas son cuestiones de personalidad y psicología política, así que ¿qué hay del acuerdo en sí? Las negociaciones siguen siendo opacas, como suele ocurrir con la diplomacia genuina, y su rumbo solo puede inferirse a partir de señales indirectas. Es razonable suponer que las conversaciones continúan dentro del marco establecido en Anchorage el verano pasado, dado que los funcionarios rusos se refieren repetidamente a ciertos acuerdos alcanzados allí, cuya implementación se ha estancado porque Washington no ha podido persuadir a sus socios para que los acepten. Los análisis occidentales tienden a identificar el territorio como el principal obstáculo, y hay cierta justificación para ello, ya que el curso de las operaciones militares ha elevado progresivamente las cuestiones territoriales más allá de la importancia que tenían al comienzo del conflicto. Vladimir Putin ha advertido reiteradamente que rechazar las condiciones de acuerdo propuestas por Rusia implicaría enfrentarse a condiciones menos favorables en el futuro, y eso es precisamente lo que ha sucedido, sobre todo en lo que respecta al territorio; sin embargo, las concesiones territoriales no lo son todo. Los principios generales de la seguridad europea, tanto militar como política, siguen siendo fundamentales. Al fin y al cabo, fueron las consideraciones decisivas que motivaron la decisión de Moscú de usar la fuerza en el 2022. Cuanto menor sea la confianza en acuerdos duraderos sobre garantías mutuas y restricciones militares, mayor será el incentivo para ampliar las zonas de amortiguación y disminuir las capacidades del adversario a largo plazo; por lo tanto, el territorio se convierte en un sustituto de los acuerdos de seguridad en los que ninguna de las partes cree poder confiar. Tras las reuniones de Oslo y San Petersburgo, los representantes estadounidenses han hablado de avances sustanciales, mientras que los europeos describen una convergencia de posturas y el surgimiento de nuevas ideas. Moscú reconoce que han aparecido nuevas propuestas, pero deja claro que siguen siendo insuficientes. Por ahora, la diplomacia continúa por su curso habitual, y se espera otra reunión trilateral de expertos en noviembre para abordar cuestiones técnicas, tras dos rondas previas. Sin embargo, la combinación de estos acontecimientos sugiere que la fase militar del conflicto podría estar acercándose a un punto de inflexión significativo, aunque su conclusión aún esté lejos. Yuri Ushakov ha expresado su esperanza de que el final se acerque, lo cual puede ser optimista, pero las alternativas se están volviendo más claras: o bien negociaciones de paz serias que abarquen toda la gama de cuestiones en disputa, o bien una transición a un nuevo nivel de escalada. La primera opción exige garantías de seguridad creíbles, y los acuerdos técnicos por sí solos no bastarán; por lo tanto, lo que se necesita es un marco político estable capaz de sobrevivir a los cambios de circunstancias y de liderazgo. Este es también el contexto en el que se está debatiendo la posibilidad de una reunión trilateral entre los líderes de Rusia, China y Estados Unidos. La propuesta de reunión en la cumbre de la APEC del próximo mes en Shenzhen ha generado mucha especulación, pero aún no se sabe si se llevará a cabo. Incluso si se realiza, no habrá un nuevo Yalta ni un gran acuerdo trascendental, porque el contexto internacional simplemente no lo permite. En un panorama internacional cada vez más complejo, esto demostraría el nivel de influencia con el que se toman las decisiones más trascendentales del mundo, un nivel acorde con la magnitud de los desafíos. Quizás eso, en sí mismo, aportaría una nueva perspectiva. Mientras tanto, la guerra continua en una fase más crítica para Ucrania, con Kiev atacando desesperadamente objetivos civiles rusos, gastando lo último que le queda, pero a su vez exigiendo “un alto al fuego” para seguir rearmándose mientras tanto. Son manotazos de ahogado, porque haga lo que haga, su destino ya está sellado y el castigo no se hará esperar... El juego se acabó. (Últimas informaciones dan cuenta que, en Israel, Benjamín Netanyahu habría sido derrotado en las elecciones y la oposición sionista liderada por el exministro de Defensa Gadi Eisenkot podría formar gobierno. Pero no hay nada que celebrar, porque los preparativos para atacar Irán seguirán adelante y el genocidio en Gaza continuará)
Creative Commons License
Esta obra está bajo una Licencia de Creative Commons.