El reciente repunte de la actividad diplomática en torno al conflicto en Ucrania sigue un patrón conocido, aunque cada ronda presenta sus propias particularidades. En esta ocasión, se dice que Donald Trump está particularmente enfadado con Vladimir Zelensky, a quien culpa cada vez más del fracaso en poner fin a la guerra, a pesar de los ingentes recursos económicos que se le entrego, quien prefiere dilapidarlo en su vicio por todos conocido: la droga. Para nadie ha sido un secreto la animosidad personal entre ambos han sido evidentes desde su primer encuentro durante el segundo mandato de Trump, hace más de 18 meses, como aquella pelea ante cámaras que tuvieron en el Salón Oval. Pero ahora hay un factor adicional: la política interna estadounidense. Ante unas elecciones difíciles para los republicanos, con todas las encuestas en su contra que vaticinan una derrota aplastante ante los demócratas, Trump necesita desesperadamente un éxito político. Hay poco tiempo para grandes logros, pero las imágenes impactantes aún pueden causar impresión, y estabilizar el mercado de combustibles mediante la diplomacia con Moscú, para controlar el precio del diésel, ofrece precisamente esa oportunidad. Lograr la paz en un conflicto sangriento es un logro en sí mismo, pero los votantes generalmente están más preocupados por sus propias finanzas y Trump lo entiende, por lo que parece haber vuelto a la convicción que mantuvo desde el principio de que Zelensky es más susceptible a la presión que Moscú. Rusia ha establecido los límites de su flexibilidad y ha mostrado poca disposición a ceder; Washington, por su parte, fracasó el año pasado en su intento de alinear a Ucrania y a sus aliados europeos. De hecho, incluso lograron convencer brevemente a Trump de que Kiev podía revertir fundamentalmente la situación militar, pero ahora la situación ha dado un giro radical. La reiterada negativa de Zelensky a atender los llamamientos de Trump para que deje de atacar la infraestructura energética rusa ha enfurecido especialmente al presidente estadounidense, y esto no se debe simplemente a que a este no le gusta que lo desafíen. Recuerda amargamente cómo los líderes ucranianos intentaron ayudar a los demócratas durante la campaña presidencial del 2020 y parece interpretar el comportamiento actual de Kiev de forma muy similar: como un intento de favorecer a sus oponentes internos. Trump rara vez perdona este tipo de conductas, de ahí su retórica cada vez más dura. Conociendo a Trump, cabría esperar que esta actitud perdurara, pero sería un error suponer que su hostilidad hacia Zelensky garantiza un acuerdo de paz exitoso. A todo ello, debemos tener en cuenta que una política favorable a Moscú cuenta con escaso apoyo dentro de la clase dirigente estadounidense, independientemente de la afiliación partidista, por lo que sus opositores aprovecharán cualquier oportunidad para obstaculizarla. Años de fobia antirrusa desde anteriores administraciones, a lo que debemos agregar la ‘propaganda negra’ de los medios de comunicación estadounidense - alineados con el establishment - han dado sus frutos. Mientras tanto, Europa Occidental marginada de todas las negociaciones entre Rusia y EE.UU. por Ucrania, está decidida a no quedar excluida definitivamente y sus gobiernos han seguido resistiéndose a un acuerdo que, a su juicio, “serviría a los intereses rusos”. Ellos apuestan por la continuación de la guerra, a pesar que sus países están en ebullición, con multitudinarias protestas que han degenerado en violencia, como lo sucedido recientemente en Francia. Sin embargo, estas son cuestiones de personalidad y psicología política, así que ¿qué hay del acuerdo en sí? Las negociaciones siguen siendo opacas, como suele ocurrir con la diplomacia genuina, y su rumbo solo puede inferirse a partir de señales indirectas. Es razonable suponer que las conversaciones continúan dentro del marco establecido en Anchorage el verano pasado, dado que los funcionarios rusos se refieren repetidamente a ciertos acuerdos alcanzados allí, cuya implementación se ha estancado porque Washington no ha podido persuadir a sus socios para que los acepten. Los análisis occidentales tienden a identificar el territorio como el principal obstáculo, y hay cierta justificación para ello, ya que el curso de las operaciones militares ha elevado progresivamente las cuestiones territoriales más allá de la importancia que tenían al comienzo del conflicto. Vladimir Putin ha advertido reiteradamente que rechazar las condiciones de acuerdo propuestas por Rusia implicaría enfrentarse a condiciones menos favorables en el futuro, y eso es precisamente lo que ha sucedido, sobre todo en lo que respecta al territorio; sin embargo, las concesiones territoriales no lo son todo. Los principios generales de la seguridad europea, tanto militar como política, siguen siendo fundamentales. Al fin y al cabo, fueron las consideraciones decisivas que motivaron la decisión de Moscú de usar la fuerza en el 2022. Cuanto menor sea la confianza en acuerdos duraderos sobre garantías mutuas y restricciones militares, mayor será el incentivo para ampliar las zonas de amortiguación y disminuir las capacidades del adversario a largo plazo; por lo tanto, el territorio se convierte en un sustituto de los acuerdos de seguridad en los que ninguna de las partes cree poder confiar. Tras las reuniones de Oslo y San Petersburgo, los representantes estadounidenses han hablado de avances sustanciales, mientras que los europeos describen una convergencia de posturas y el surgimiento de nuevas ideas. Moscú reconoce que han aparecido nuevas propuestas, pero deja claro que siguen siendo insuficientes. Por ahora, la diplomacia continúa por su curso habitual, y se espera otra reunión trilateral de expertos en noviembre para abordar cuestiones técnicas, tras dos rondas previas. Sin embargo, la combinación de estos acontecimientos sugiere que la fase militar del conflicto podría estar acercándose a un punto de inflexión significativo, aunque su conclusión aún esté lejos. Yuri Ushakov ha expresado su esperanza de que el final se acerque, lo cual puede ser optimista, pero las alternativas se están volviendo más claras: o bien negociaciones de paz serias que abarquen toda la gama de cuestiones en disputa, o bien una transición a un nuevo nivel de escalada. La primera opción exige garantías de seguridad creíbles, y los acuerdos técnicos por sí solos no bastarán; por lo tanto, lo que se necesita es un marco político estable capaz de sobrevivir a los cambios de circunstancias y de liderazgo. Este es también el contexto en el que se está debatiendo la posibilidad de una reunión trilateral entre los líderes de Rusia, China y Estados Unidos. La propuesta de reunión en la cumbre de la APEC del próximo mes en Shenzhen ha generado mucha especulación, pero aún no se sabe si se llevará a cabo. Incluso si se realiza, no habrá un nuevo Yalta ni un gran acuerdo trascendental, porque el contexto internacional simplemente no lo permite. En un panorama internacional cada vez más complejo, esto demostraría el nivel de influencia con el que se toman las decisiones más trascendentales del mundo, un nivel acorde con la magnitud de los desafíos. Quizás eso, en sí mismo, aportaría una nueva perspectiva. Mientras tanto, la guerra continua en una fase más crítica para Ucrania, con Kiev atacando desesperadamente objetivos civiles rusos, gastando lo último que le queda, pero a su vez exigiendo “un alto al fuego” para seguir rearmándose mientras tanto. Son manotazos de ahogado, porque haga lo que haga, su destino ya está sellado y el castigo no se hará esperar... El juego se acabó. (Últimas informaciones dan cuenta que, en Israel, Benjamín Netanyahu habría sido derrotado en las elecciones y la oposición sionista liderada por el exministro de Defensa Gadi Eisenkot podría formar gobierno. Pero no hay nada que celebrar, porque los preparativos para atacar Irán seguirán adelante y el genocidio en Gaza continuará)
Se trata de un término general que se emplea para describir al reino de los muertos regido por el dios Hades según la mitología griega. Las primeras ideas sobre el más allá indican que, en el momento del fallecimiento, la esencia de individuo (psique) se separa del cuerpo y es transportada al inframundo. En las primeras referencias mitológicas, por ejemplo, en la Ilíada y la Odisea de Homero, los muertos se agrupaban indiscriminadamente y albergaban una pos-existencia sombría; sin embargo, en la mitología más tardía, por ejemplo, en la filosofía de Platón, se comenzó a segregar a los individuos según fueran buenas o malas personas. El inframundo era normalmente referido como Hades debido al dios homónimo (llamado Plutón por los romanos) ubicado en la periferia del mundo, ya fuera en los confines del Océano, también asociado al dios del mismo nombre, o bajo la Tierra. La mayoría de fuentes lo describen como un lugar oscuro y con ausencia de luz, en contraste directo con el mundo de los vivos y con el resplandor del monte Olimpo, residencia de los dioses. Hades era el más temido de todos, Homero y Hesíodo lo describen como un ser despiadado, repugnante y monstruoso. Su esposa era Perséfone, a quien raptó para que se uniera a él en el inframundo, y su símbolo es un cetro o cornucopia, teniendo como su mascota a Cerbero, el feroz perro de tres cabezas. Tras el derrocamiento de los Titanes y luego de los Gigantes por los dioses olímpicos, Hades sorteó con sus hermanos Zeus y Poseidón qué parte del mundo gobernaría cada uno. Zeus recibió el cielo, Poseidón los mares y Hades el inframundo. Si bien Hades era un protagonista menos prominente en los relatos mitológicos que los demás dioses olímpicos, sin embargo, muchos griegos comunes le tenían un temor reverencial y supersticioso. De hecho, incluso se evitaba pronunciar su nombre; en su lugar, se utilizaban epítetos como Eubuleo (el que da buenos consejos). También existen relatos de prácticas sacrificiales en honor a Hades, realizadas de noche, en las que la sangre de las víctimas se dejaba filtrar en la tierra para que llegara al temible dios. Hades era el único que no residía en el Monte Olimpo, sino en un oscuro palacio bajo tierra. El dios también poseía un casco fabricado por Hefesto que hacía invisible a quien lo usaba, y fue este casco el que utilizó Atenea en su lucha contra Ares, según narra Homero en la Ilíada sobre la Guerra de Troya, y el que usó Perseo en su búsqueda de la cabeza de Medusa. El inframundo se considera un reino invisible, a menudo entendido como un estado permanente de oscuridad, aunque también como enlace etimológico potencial con Hades como “un lugar nunca visto”. Se creía que el dios Hermes guiaba las almas al río Estigia en el inframundo, donde el anciano barquero Caronte las transportaba hasta las puertas del Hades. Allí, Cerbero, del que además salían serpientes de su cuerpo, custodiaba el lugar para retener las almas en lugar de impedir la entrada de otras. Como pago a Caronte, los familiares del difunto colocaban una moneda en la boca del fallecido (para los griegos, la moneda tradicional era el óbolo, de bajo valor). Los que no eran enterrados o carecían de los medios para pagar al barquero estaban condenados a vagar por la Tierra como fantasmas. Esta creencia sugiere la naturaleza ambigua del Hades. No era necesariamente un lugar de tormento y sufrimiento, sino, en la mayoría de los casos, simplemente el lugar de descanso final del alma. Al llegar a las puertas del Hades, el destino final de las almas se determinaba mediante una evaluación de sus acciones en vida. Su llegada se representa de manera reiterada en los lécitos (vasos funerarios) atenienses del siglo v a. C. y es difícil asociar esta figura a un periodo anterior al siglo vi antes de Cristo. Aunque Caronte no aparece en las primeras fuentes mitológicas, existía la superstición de que los difuntos no accederían al inframundo a no ser que recibieran un funeral adecuado, siendo el ejemplo más célebre el funeral de Patroclo y Héctor en la Ilíada. Alternativamente, Hermes también guiaría a los difuntos hacia el inframundo y aparece en el libro 24 de la Odisea de Homero, también recurrente en los lécitos funerarios. El Hades era célebre por sus puertas, ya que uno de los epítetos del dios homónimo era el de “guardián de la puerta”. En algunas fuentes griegas el Tártaro es un sinónimo de inframundo, mientras que en otras referencias es un reino completamente separado. Hesíodo describe el Tártaro como el punto más profundo del inframundo. Al igual que el Hades, es tan oscuro que “la noche lo rodea tres veces como un collar al cuello, mientras que por encima crecen las raíces de la tierra y del océano sin cultivar”. Los habitantes más célebres del Tártaro son los titanes, a los cuales Zeus expulsó junto a su padre Crono tras haberlos derrotado. Homero escribió que Cronos se convirtió en el rey del Tártaro. Según el Gorgias de Platón (c. 400 a. C.), las almas eran juzgadas tras la muerte y en el Tártaro los malvados recibían el castigo divino. El Tártaro también se consideraba una fuerza primordial o deidad junto algunas entidades como la Tierra, la Noche y el Tiempo. En el inframundo griego, las almas de los difuntos seguían existiendo, pero eran insustanciales y vagaban sin ninguna motivación. Los difuntos en el inframundo homérico carecen de fuerza, y por lo tanto no influyen en los vivos. Asimismo, no poseen sentido común, por lo que ignoran todo lo que les rodea y la tierra sobre ellos. Sus vidas en el inframundo son neutrales, todos los estatus sociales y cargos políticos desaparecen y nadie puede beneficiarse de su vida anterior en el inframundo. La idea de progreso no existía allí, en el momento del fallecimiento, porque la psique se congelaba, tanto en experiencia como en apariencia. Eso quiere decir que las almas del inframundo no envejecían ni cambiaban de ninguna manera, de hecho, su apariencia era la misma que en su fallecimiento. Si alguien moría en batalla, iría eternamente cubierto de sangre, mientras que, si habían fallecido pacíficamente, se mantendrían de esa manera. En definitiva, los difuntos griegos eran considerados irritables y desagradables, pero no peligrosos ni malignos. Podían enojarse si sentían una presencia hostil cerca de sus tumbas, por lo que se les proporcionaban ofrendas para apaciguarlos y no enfadarlos. La mayoría ofrecían ofrendas de sangre porque necesitaban la esencia de la vida para comunicarse y tener conciencia de nuevo. Este hecho es mostrado en la Odisea de Homero, cuando Odiseo (Ulises) ofrece sangre de oveja para interactuar con las almas, como la de Aquiles. Aunque es un lugar exclusivo para los difuntos, algunos héroes consiguieron entrar vivos como Heracles, que acudió a capturar a Cerbero en el último de sus doce trabajos; Odiseo, que buscó el consejo del sabio Tiresias; Orfeo, que encontró a Eurídice; y Teseo y Pirítoo, que capturaron a Perséfone para que se casara con él. Sin embargo, estos dos últimos héroes fueron menos afortunados que los demás, ya que Hades los aprisionó en dos tronos (o los ató a dos rocas, según otros relatos), y solo Teseo logró escapar del inframundo cuando Hércules lo liberó.