TV EN VIVO

miércoles, 16 de noviembre de 2022

TURQUÍA: Autoritarismo a toda prueba

El reciente atentado terrorista sucedido en el centro de Constantinopla y que ha sido atribuido a los kurdos - el cual dejo como resultado varios muertos y decenas de heridos - coloca nuevamente a Turquía en el centro del escenario, cuyo dictador Recep Tayyip Erdoğan no ha dudado en acusar a los EE. UU. y los servicios secretos israelíes de estar detrás del hecho, a modo de ‘advertencia’ por su cercanía a Rusia en su conflicto con Ucrania, a pesar de tratarse de un socio de la OTAN. Pero esta situación no debe distraernos del fondo del asunto, donde el sátrapa en su paranoia ejerce una feroz represión contra todo tipo de oposición, con mayor razón desde el fracasado golpe de Estado impulsado por Washington en el 2016 que quiso sacarlo del poder y colocar a un elemento colaboracionista en su lugar, fracasando en su intento. Desde entonces no confía ni en su sombra y ha cometido sangrientas represalias tanto contra su propio entorno, sino también contra la población kurda, quienes desde hace décadas luchan por su independencia en la Anatolia, siendo víctimas desde entonces de genocidios y matanzas indiscriminadas por parte del ocupante turco, “silenciadas” obviamente por la prensa occidental al tratarse de un integrante de la alianza atlántica. El peculiar hecho de que sea considerado un “aliado” estratégico de la OTAN a pesar de tener las manos manchadas de sangre, ha sido utilizado por el tirano para pretender eternizarse en el poder, creyendo en su insania ser la reencarnación de Solimán el Magnífico, “llamado a restaurar los límites del Imperio Otomano desde el Danubio hasta el norte de África, perdidos tras la I Guerra Mundial” Venga ya, ¿se puede ser más loco? Tratándose de Erdoğan no hay duda alguna de ello. A nadie debe sorprender que por ese motivo, haya convertido a su partido en una maquinaria de guerra personal, al tiempo que afianzó el erdoganismo como un régimen que combina autoritarismo electoral, populismo e islamismo, con el nacionalismo turco como principal argamasa. Los resentimientos contra Occidente son parte de las razones de su fortaleza. Como recordareis, a comienzos de la década de 2010, durante los primeros meses de los levantamientos organizados por la CIA contra los dictadores en los países árabes del Magreb y Oriente Medio - denominada eufemísticamente La Primavera Árabe - la diplomacia de los países occidentales y gran parte de la prensa señalaban hipócritamente a Turquía, gobernada desde el 2002 por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, por sus siglas en turco), como ejemplo de un “islam moderado y democrático” en el que los países musulmanes deberían inspirarse. Es más, los editores de la revista Time había seleccionado a Erdoğan, el líder del AKP, entre los candidatos a Personaje del Año 2011. Justificaban su elección en estos términos: “Reelecto para un tercer mandato sin precedentes, [Erdoğan] ha convertido a Turquía en el segundo país con el más rápido crecimiento luego de China; fomenta la democracia laica en Egipto y Túnez” y representa “un modelo para los islamistas en ascenso” en esas posdictaduras. Para el semanario Time, Erdoğan, “es un aliado clave de Estados Unidos con un compromiso fuerte con la OTAN”, jugaría un papel cada vez más preponderante en la región en los años venideros, en el contexto de “la rebelión árabe, la retirada estadounidense de Iraq y la creciente tensión internacional en relación con Irán”. Palabras que el tiempo se llevo… Pasado diez años, Erdoğan era mencionado por los mismos medios, junto con Vladímir Putin y Xi Jinping, como el tercer jinete del apocalipsis autocrático o un nuevo sultán. Sumando a esta lista al norcoreano Kim Jong-un, los observadores europeos llamaban la atención sobre estos “nuevos amos del mundo” que solo creían en las relaciones de fuerza. Confirmando parte de lo previsto por Time sobre el lugar cada vez más importante que jugaría en la escena de Oriente Medio, no mediante la utilización de su soft power sino ejerciendo esta vez la fuerza más brutal y una diplomacia de chantaje, Erdoğan fue entonces señalado con el dedo como el ejemplo mismo de esos hombres fuertes que forman parte del “club de los rudos”. Este cambio interesado en la apreciación de la personalidad de Erdoğan en menos de diez años parece excesivo. ¿Acaso no se encontraba ya en una pendiente autoritaria en el 2011? Pero además, mencionar hoy a Erdoğan, el hombre fuerte de Turquía, junto a Putin, Xi y Jong-un, ¿no es sobreestimar su poder, así como el estatuto internacional de su país? ¿No debería considerarse más bien a la Turquía de Erdoğan como una potencia mediana, cuya agresividad y audacia son posibles por la crisis de liderazgo internacional en la región, un país gobernado de manera brutal por un autócrata sediento de sangre, económicamente inestable y socialmente muy frágil? La Turquía de hoy se ubica en un nivel intermedio en la escala de las antidemocracias: el de los nuevos autoritarismos. En una obra colectiva dirigida por Michel Duclos, se retrata a 18 de los nuevos dirigentes autoritarios actuales agrupándolos en tres categorías: “los nacional-populistas, los neoautoritarios y los autoritarios asumidos”. Bajo la categoría de los autoritarios asumidos se encuentran dictadores como Bashar al Asad, Kim Jong-un, Abdelfatá al Sisi, Mohamed bin Salman y Mohamed bin Zayed y, obviamente, Xi Jinping. Putin constituye el caso límite de esta categoría. En el grupo de los nacionalpopulistas figura, entre otros, el indio Narendra Modi. Es el grupo intermedio de los neoautoritarios el que constituye “el principal objetivo” del libro. Paul Kagame, el ayatollah Alí Jamenei y Nicolás Maduro se codean allí con Viktor Orbán y Erdoğan. La lista es muy heteróclita y discutible. El argumento esgrimido en el libro para sostener esta elección es su llegada al poder mediante las urnas, incluso en el caso de Jamenei, elegido por sus pares, y su ejercicio no democrático del poder. En el seno de este grupo, deben distinguirse sin embargo los cuatro primeros líderes, que ejercen su poder en el marco de un régimen político autoritario estable en sus países, de los casos de Orbán y Erdoğan, quienes representarían más específicamente el nuevo autoritarismo. Su autoritarismo es producto de una evolución en el tiempo calificada a menudo de “deriva autoritaria”. Los autoritarios como Orbán o Erdoğan son dirigentes políticos que llegan al poder de una manera que se ajusta a las reglas electorales democráticas vigentes en sus países, celebran elecciones - digitadas en el caso del sátrapa turco - donde se hacen reelegir sucesivamente, pero que ejercen el poder en condiciones nada democráticas. Esta deriva autoritaria, con características que dependen de la particularidad del país, la capacidad de resistencia de sus instituciones democráticas y su modalidad de inserción internacional, oscila entre el autoritarismo y la autocracia. In fine, es la eliminación de las elecciones pluralistas y la desaparición de toda posibilidad de alternancia lo que constituye el Rubicón que debe cruzarse para entrar en la categoría de dictadura abierta. Desde luego, durante la campaña electoral, las elecciones se desarrollan en condiciones muy desiguales en beneficio de los partidos en el poder; los recursos judiciales se ven bloqueados por la sumisión del sistema jurídico al gobierno, pero los resultados anunciados representan grosso modo la decisión de los electores. Desde este punto de vista, las derrotas electorales sufridas en el 2019 por los partidos en el poder en las grandes ciudades de Turquía y en la capital húngara siguen siendo un indicador importante para distinguir a Erdoğan y Orbán de Putin y, a fortiori, de Xi. En el caso del turco, como no podría ser de otra manera, al poco tiempo “neutralizo” esos triunfos opositores y se hizo con todo el poder. Este nuevo autoritarismo se manifiesta con la implementación en forma intermitente de un régimen hipercentralizado en manos de una sola persona. Aprovechando momentos de turbulencias, como el intento de golpe de Estado de julio de 2016 organizado por los EE.UU. en componenda con elementos traidores de la calaña del agente de la CIA Fethullah Gülen - que fue rápidamente neutralizado - Erdoğan lleva adelante una centralización exacerbada del sistema político acompañada por una desinstitucionalización, así como por una desconstitucionalización. Hábil estratega, supo aprovechar la ocasión del golpe fallido para transformarlo en un contragolpe de Estado. Y para compensar la defección relativa de su electorado en las grandes ciudades, especialmente a causa de la degradación de la situación económica y de cierto cansancio debido a la tensión permanente alimentada por el poder, estableció una alianza con una agrupación de extrema derecha, el Partido de Acción Nacionalista (MHP, por sus siglas en turco) luego del intento de golpe. La creación de esta “alianza del pueblo”, con rasgos abiertamente islamo-nacionalistas, aceleró y extendió la represión política en curso tras el masivo movimiento de protesta que se había propagado, en junio del 2013, desde el Parque Gezi y la Plaza Taksim, en Constantinopla, a toda Turquía. El país figura actualmente en los últimos lugares en las clasificaciones mundiales sobre democracia, libertad de prensa y, en general, respeto de los derechos humanos. La deriva autoritaria del AKP se extendió de manera progresiva en un largo periodo y se vio facilitada por el sistema político heredado, un sistema híbrido que combina instituciones democráticas con reglas y prácticas autoritarias modeladas, entre otras cosas, por golpes de Estado militares. El título del dossier sobre Turquía de la revista Confluences Méditerranée recuerda con justa razón esta permanencia. Turquía vive “el retorno del autoritarismo”. La transformación del régimen, puesta en marcha con la elección por sufragio universal del 2014, la primera en la historia de la República de Turquía, constituye el hilo conductor de los artículos que componen ese dossier. Pero ¿se trata acaso de un simple retorno al autoritarismo de antaño o de la instauración de un régimen autoritario de nuevo tipo? En otra obra colectiva, las etapas sucesivas, desde los acontecimientos del Parque Gezi hasta el referéndum constitucional del 2017, se analizan a la luz de la transformación del sistema político y las dinámicas sociales con el fin de mantener el dominio electoral del AKP a través de un cambio de régimen político. Tras haber dirigido el país como primer ministro durante 11 años, con una cómoda mayoría parlamentaria, Erdoğan fue elegido presidente en primera vuelta en el verano del 2014. Luego de su elección, declaró que, como consecuencia de ello, “en los hechos, el régimen se volvió presidencial”. A los tres años, gracias a las reformas constitucionales, se instaló un régimen dictatorial “legitimado” por el fraudulento referéndum de 2017. Administrando el país en tensión permanente, Erdoğan convirtió su partido en una máquina de guerra personal y alejó a quienes se mostraban reticentes a esta deriva autocrática. Jean-François Pérouse describe justamente esta transformación del AKP en un partido de Estado al servicio de su jefe absoluto, y Cemil Yildizcan analiza sus consecuencias en el funcionamiento de las administraciones departamentales. Desde la declaración del estado de emergencia en el 2016, se llevó a cabo una recentralización para acelerar la toma de decisiones y gobernar el país con mano de hierro, el viejo sueño de Erdoğan, lo que no obstante genera una pérdida sustancial de eficacia en las políticas públicas debido a la desresponsabilización en todos los niveles y las designaciones basadas únicamente en el criterio de lealtad al jefe de Estado. Este autoritarismo va de la mano de la “desconstitucionalización” del régimen. Ya no se respeta la jerarquía de las normas jurídicas definida por la Constitución; Esta, así como los procedimientos jurídicos, son instrumentalizados. Sigue luego la “deslegalización” del régimen, según las palabras de Ibrahim Kaboğlu. Este nuevo régimen político-jurídico es llamado oficialmente “sistema de gobierno de la Presidencia de la República”, un eufemismo para designar un régimen hecho a medida para otorgar plenos poderes a Erdoğan como un déspota oriental. Este nuevo régimen puede denominarse erdoganismo y una de sus principales características es el imperio de la arbitrariedad y la imprevisibilidad tanto en el terreno económico como en el político. Se trata de un régimen que modifica, a través de decretos presidenciales, las reglas de juego, las leyes, los reglamentos, según las necesidades del poder. Su carácter arbitrario se manifiesta también en la justicia. La destitución masiva de funcionarios por simple decisión administrativa, sin motivo oficial ni posibilidad de apelación, el encarcelamiento de parlamentarios elegidos por el voto, abogados, periodistas, académicos, sindicalistas o simples ciudadanos que osaron expresar con vehemencia una opinión negativa contra el jefe de Estado y su entorno, son las manifestaciones más visibles del abuso de la represión por parte de la justicia y, de manera más general, de la desaparición de la seguridad jurídica. La designación por parte del régimen de prefectos o subprefectos en lugar de los alcaldes elegidos por los votantes, desplazados por el Ministerio del Interior, es otro aspecto de esta arbitrariedad del poder que equivalió a anular las elecciones perdidas por el AKP. Iniciada en el verano del 2016, tras la proclamación del estado de emergencia, esta política se volvió una práctica corriente y permanente para retomar el control de las municipalidades dirigidas por representantes de la oposición, quienes se vieron privados de sus mandatos bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo, y a menudo son encarcelados, siendo sometidos a brutales torturas para que confiesen que “conspiran” contra el régimen, para que a continuación sean condenados a cadena perpetua. Esta represión “jurídica” se sustenta en una red de jueces y fiscales designados a toda prisa desde el 2016 para llenar el vacío creado por la destitución de un tercio del cuerpo judicial. Pero ¿cómo funciona concretamente el erdoganismo? Ihsan Yilmaz y Galib Bashirov analizaron el funcionamiento de este nuevo régimen político turco bajo cuatro dimensiones: el autoritarismo electoral como sistema electoral, el neopatrimonialismo como sistema económico, el populismo como estrategia política y el islamismo como ideología. El nacionalismo sirve de argamasa para unir estos cuatro sistemas entre sí y controlar a una parte importante de la oposición a AKP, en especial respecto del tratamiento estrictamente securitario de la cuestión kurda y, en general, en el manejo de una política exterior agresiva y estridente. El erdoganismo, al mezclar el islamismo con el nacionalismo, hunde sus raíces en las corrientes de pensamiento antioccidentales que se oponen a las reformas kemalistas desde su implementación en la década de 1920. El movimiento del islam político, llamado Visión Nacional, la familia política de origen de Erdoğan y de la mayoría de los dirigentes fundadores del AKP, estuvo en la primera línea a partir de los años 1970 en la guerra cultural librada en Turquía desde hace más de un siglo entre modernistas laicos y conservadores religiosos, dos autoritarismos de universos opuestos. Al declarar, en el 2001, que abandonaba “el ropaje de Visión Nacional” durante la creación del AKP, Erdoğan anunciaba un aggiornamento sustancial en el seno del campo conservador religioso turco. Pero pasado diez años, saliendo por tercera vez victorioso de las elecciones generales con la mitad de los votos, y tras haber inmovilizado a los militares y los jueces kemalistas mediante procesos teledirigidos por su aliado de entonces, la cofradía Gülen, comenzó a poner en marcha el proyecto de reislamización de la sociedad. Tras haber permanecido entreabierta durante algunos años la puerta de adhesión a la Unión Europea, su cierre oficioso, a partir del 2007, le permitía al mismo tiempo ser el portavoz del resentimiento contra Occidente, sentimiento ampliamente compartido por la mayoría de la sociedad turca. Sin salir oficialmente de la laicidad constitucional a la turca, el erdoganismo ¿se inscribe en un movimiento tendencial de regreso a las “raíces musulmanas de Turquía”, tal como lo sugiere Thierry Zarcone? Ese parece ser el caso, más aún cuando la laicidad a la turca no es y nunca ha sido idéntica a la laicidad a la francesa; se asemeja más al galicanismo de antaño. En todo caso, el erdoganismo busca actualmente un contrapeso político a la erosión de sus apoyos electorales mediante una exaltación nacionalista reforzada por símbolos religiosos. La decisión de restablecer el estatuto de mezquita de las iglesias de Santa Sofía y San Salvador de Cora, transformadas en museos en 1934 y 1945 respectivamente, fue tomada en ese contexto. Los sectores islamistas reclamaban su recuperación desde hacía décadas para simbolizar la segunda conquista de la ciudad y su salida definitiva de las manos de las “elites modernistas impías”. Pero este reclamo se topaba regularmente con el firme rechazo de Erdoğan. Su brutal cambio de posición en el 2020 se explica por la voluntad de compensar simbólicamente la derrota electoral de su partido un año antes en Constantinopla y consolidar su base electoral islamista-nacionalista con vistas a las “elecciones presidenciales” del 2023, comicios con candidato único, donde el sátrapa “se reelegirá” una vez más. En general, Erdoğan se esfuerza también por compensar el déficit de hegemonía cultural que sufre el campo conservador a pesar de los años transcurridos en el poder. Lo logra gracias a una política de reislamización del espacio público, la autorización de llevar el velo para todas las funcionarias sin excepción, la introducción de varios cursos, teóricamente opcionales, sobre el islam en los programas escolares, la eliminación del evolucionismo en la enseñanza, el desarrollo de las escuelas de imanes y predicadores y las facultades de Teología, y la promoción de sus diplomas en la función pública. Un ejemplo entre tantos otros: 18 teólogos o islamólogos dirigen en la actualidad universidades públicas. La ampliación del campo de intervención de la Dirección de Asuntos Religiosos es la pieza fundamental de esta política de dominación cultural. El propio Erdoğan, un hombre muy bien formado en la escuela de imanes y predicadores, no duda hoy en comportarse como un gran imán, llegando incluso a realizar prédicas políticas en la mezquita durante las plegarias de los viernes o a recitar públicamente la sura de la conquista, Al Fath, durante la ceremonia organizada para el regreso de la Basílica de Santa Sofía al estatuto de “mezquita”. Entre los partidarios del AKP, la admiración del genocida como defensor de “las reivindicaciones religiosas”, es reforzada por su imagen de “tipo valiente” un poco colérico e impulsivo, pero que se enfrenta a los poderosos de este mundo. La confianza generada por esta admiración y la identificación que la acompaña, permiten mantener la adhesión en torno del AKP a pesar de los múltiples sobresaltos de la política de Erdoğan, y evitar la fragmentación de su heterogénea base militante. Pero un populismo autoritario, con una represión cada vez más masiva, la criminalización de la oposición, el amordazamiento de los medios de comunicación, la reislamización del espacio público y la exaltación nacionalista combinada con la nostalgia imperial no bastan para perdurar en el poder cuando la sanción final a través de las urnas sigue siendo ineludible con resultados no del todo controlables, a pesar de las condiciones muy desiguales de la competencia electoral. Una redistribución de los recursos basada en principios clientelares, tanto en relación con el mundo empresarial como con el de las clases populares, permite reducir considerablemente el umbral de exigencia democrática de una amplia porción del electorado. Esta estrategia clientelar estuvo muy presente desde el comienzo en la práctica gubernamental del AKP. La Ley de Contratación Pública, promulgada en el 2002 en el marco de la reforma estructural acordada con el Fondo Monetario Internacional (FMI), fue inmediatamente reformada por el gobierno de Erdoğan, en el 2003, para introducirle numerosas excepciones. Estos cambios continúan hasta hoy para dejarle las manos libres al partido de Estado en su gestión muy clientelar de los contratos públicos. Tal como se observa, el capitalismo crony o de amigos es una dimensión casi universal de los populismos autoritarios, así como la corrupción al más alto nivel que lo acompaña. El erdoganismo es también un tipo de populismo. Divide a la sociedad entre “nosotros, el pueblo”, moralmente puro y unificado, y “ellos, las elites corruptas y despreciativas”, un grupo “ajeno a su propia cultura y a la nación”. Erdoğan se posiciona siempre como la encarnación de la voluntad nacional y como la única persona en condiciones de discernir el bien común. El cuestionamiento a la veracidad o a la pertinencia de sus dichos basta para desatar la furia del jefe y movilizar a los fiscales contra los “enemigos de la nación”. Los autoritarismos electivos, como el de Turquía, mantienen inevitablemente una fuerte dimensión populista mientras que no dejan de modificarse: así, el discurso dicotómico populista del AKP y de Erdoğan perdura en el poder, pero experimenta cierto deslizamiento. Mientras sigue capitalizando el clivaje laico/religioso, tal como lo precisa Élise Massicard, el AKP, en el poder desde hace mucho tiempo, insiste menos en su dimensión antiestablishment: se identifica más con su jefe, así como con el partido que encarna sin fisuras la voluntad popular. Al mismo tiempo, Erdoğan sigue haciendo uso y abuso de una retórica populista multidimensional, recordando con frecuencia su origen popular, reivindicando una cultura “indígena” para oponerse a las elites burocráticas e intelectuales “cosmopolitas”: asume también una postura de víctima recordando su encarcelamiento (cuatro meses y medio) con prohibición de participar en la vida política en 1998, tras una lectura política de algunos versos de un poema religioso con lejanas connotaciones yihadistas cuando era alcalde de Constantinopla. Este discurso de victimización engloba también a todo el pueblo del AKP al que Erdoğan no dudaba en calificar hace ya algunos años de “turcos negros”, aquellos que luchan contra la ocupación de los mejores lugares por parte de los “turcos blancos”, los “agentes del Occidente colonialista, portador de la mentalidad de los cruzados”. Erdoğan alimenta una animosidad religiosa civilizatoria y nacionalista, difundida ampliamente por los medios de comunicación públicos o cercanos al poder. Llama a sacrificios masivos para defender el islam y Turquía contra “los infieles”, tanto en el país como en el extranjero, y glorifica a los mártires por sus “causas santas”. El apoyo militante al erdoganismo se basa en una triple lealtad: la lealtad hacia el islam sunita, el líder (Reis) y el partido. En resumen, el erdoganismo se sustenta en un nacionalismo musulmán como identidad mayoritaria y dominante de la sociedad turca contemporánea. El eslogan que Erdoğan repite en cada ocasión (“una sola nación, una sola bandera, una sola patria y un solo Estado”) con los cuatro dedos de la mano derecha extendidos como el signo de adhesión a los Hermanos Musulmanes en la Plaza Tahrir (en Egipto) expresa la doxa islamo-turca. En el desempeño electoral del AKP, los resultados económicos de los años 2000 jugaron también un papel destacado y mostraron las debilidades del régimen: la economía turca vive una clara recesión desde el 2014. El PIB por habitante, expresado en dólares, cayó estos últimos años un 30%. La economía turca sufre un duro golpe cuyo origen está ligado en gran medida a las turbulencias generadas por el régimen autocrático. Las crecientes tensiones entre Turquía y sus aliados tradicionales (la OTAN, la UE, EE.UU.) por su alineamiento con Rusia por el asunto de Ucrania, y el debilitamiento de la seguridad jurídica dieron el golpe de gracia a la confianza de los actores económicos en el futuro radiante de la economía turca del que se jactaba Erdoğan. En consecuencia, no solo se redujo la llegada de capitales extranjeros, sino que se aceleró el movimiento en el sentido inverso. Ello debido a que el crecimiento de la economía turca depende estructuralmente de los capitales internacionales. Frente al estancamiento de la economía, el aislamiento de Turquía en la escena internacional, su alejamiento del campo occidental y el aumento del descontento en el seno del electorado, el erdoganismo controla fuertemente todos los aparatos de Estado, así como la enorme mayoría de los medios de comunicación; de esta manera, logra imponer su propio relato. Aún es demasiado pronto para evaluar la estabilidad a mediano plazo de este régimen político, sobre todo para hacer un pronóstico sobre la durabilidad de este modo de dominación autocrático más allá de la supervivencia política de su fundador. Por el momento, el erdoganismo se ha esforzado más en deconstruir que en instituir, y da la sensación de llevar a cabo una política de fuga hacia adelante con una política económica caótica, una creciente represión y una política exterior agitada por resabios expansionistas. La Turquía de Erdoğan da hoy la sensación de navegar sin brújula, a merced de las relaciones de fuerza, sin un verdadero puerto de amarre en el horizonte. Con un capitalismo crony debilitado, una arrogancia con rasgos neoimperiales, una relación muy turbulenta con sus aliados occidentales, una militarización del Estado securitario, así como una degradación brutal de la mayoría de los indicadores económicos, el erdoganismo teme cada vez más el futuro y se endurece. La sociedad civil ¿podrá poner fin a este régimen autoritario? La oposición a Erdoğan debería lograr superar sus enemistades étnicas y culturales, liberarse de sus demonios históricos y agruparse en una amplia alianza hasta las próximas elecciones del 2023, claro, si es que la dejan participar. Por el momento, esta perspectiva parece muy difícil de concretarse, ya que utilizando todos los recursos posibles para mantenerse en el poder, el erdoganismo sumergirá a Turquía en una aventura catastrófica hasta instaurar de modo definitivo una dictadura desprovista de toda forma de contrapeso a cualquier precio (Por cierto, la reciente - y conveniente - caída de dos misiles en territorio polaco tiene todos los ingredientes de ser un operativo de bandera falsa promovido por la OTAN para acusar de ello a Rusia e intervenir abiertamente en Ucrania. Tan grosera era la manipulación que hasta los propios polacos han tenido que admitir de mala gana, al momento de escribir esta nota, que eran de origen ucraniano. No cabe duda que estos dementes quieren desatar a como dé lugar la III Guerra Mundial) :(

QATAR 2022: El impresionante icono del Mundial

De todos los recintos deportivos que se han construido en Qatar para albergar la Copa del Mundo de la FIFA que se inicia este fin de semana, el Lusail Stadium, no solo será el más grande de todos, ya que albergará el partido final del torneo, que se disputará el próximo 18 de diciembre. Con una capacidad de 80.000 asientos, el Lusail Stadium, encarna la ambición y el entusiasmo de Qatar por compartir la cultura árabe con todo el mundo. Ubicado en el centro de la ciudad que lleva el mismo nombre - que se encuentra a 20 kilómetros al norte del centro de Doha, la capital del país - Lusail City será la urbe del futuro de los qataríes. Al destacar el estadio, que está diseñado en forma de un tazón tradicional, los fanáticos se sentirán atraídos por su elegante diseño, gracias a su fachada dorada brillante, junto con patrones ondulados únicos, que refleja el esplendor y la singularidad del diseño. Coronando la elaborada fachada, un techo hecho de materiales cuidadosamente seleccionados extiende la sombra por todo el estadio, pero al mismo tiempo permite que la cantidad adecuada de luz solar toque el césped de primera clase que posee el recinto. Y por la noche, el avanzado sistema de iluminación creará una armonía e interacción perfectas entre las luces del estadio y los espacios abiertos de su fachada, para imitar el brillo de la “linterna fanar” cuando da la bienvenida a los aficionados que llegan a él. De esta manera, ingresando a su interior, los visitantes serán recibidos por la deslumbrante vista de 80,000 fanáticos del fútbol, dibujando una paleta de colores vibrantes acompañados por una pared de sonido, donde el techo y los lados arqueados del estadio harán eco de las canciones y vítores de los quienes asistirán a los encuentros. El Lusail Stadium albergará 10 partidos del mundial, que es el mayor número de partidos en comparación con el resto de los estadios del torneo, incluidos 6 partidos de la fase de grupos, y un partido de cuarto de final, otro de la semifinal, además obviamente del partido final. Para trasladarse a los partidos, los aficionados podrán beneficiarse además de los servicios de transporte gratuitos a través del moderno transporte público en Qatar. Así, podrán acceder directamente al estadio a través del metro de Doha, cuya estación de llegada se encuentra a poca distancia del recinto. Asimismo, quienes viajen en automóviles privados pueden llegar a través de la autopista Al Khor, para lo cual habrá estacionamientos disponibles en los alrededores del estadio. Cabe resaltar que el recinto deportivo recibió dos prestigiosos certificados en sostenibilidad de diseño y construcción, del programa Global Sustainability Assessment System (GSAS), en reconocimiento al compromiso único de la Copa Mundial con los estándares de sostenibilidad durante las etapas de diseño y construcción del edificio arquitectónico. Es más, luego de completar el trabajo de auditoría, la Gulf Foundation for Research and Development (JORD) otorgó al Lusail Stadium un certificado GSAS de cinco estrellas en diseño y construcción, y un certificado de Excelencia en gestión de la construcción (A). Es indudable que el Lusail Stadium dejará un legado deportivo y cultural que se extenderá más allá de la Copa del Mundo, especialmente porque conservará un lugar especial en los corazones de la gente de la región, siendo el estadio que albergará el partido final de la primera Copa Mundial de la FIFA a celebrarse en el mundo árabe. Por cierto, tras la finalización del torneo, el estadio no podrá conservarse como tal y será desmontado - siendo casi todas sus butacas donadas a otros países del mundo - y pasará entonces por un proceso de transformación integral, surgiendo escuelas, viviendas, tiendas, cafeterías y clínicas médicas bajo su techo, convirtiéndose en un centro comunitario único. En cuanto a las filas de asientos de la parte superior del estadio, se transformarán en balcones y espacios para beneficio de los futuros visitantes al recinto (En cuanto a los otros estadios levantados para el torneo, tendrán diferentes destinos. De los ocho que se construyo - mas la renovación de otro - solo dos de ellos, donde jugaran los equipos Al Rayyan y Al Wakrah continuarán en actividad, aunque reduciendo su capacidad, mientras que el resto simplemente dejara de existir, ya que son desmontables y un país tan pequeño como Qatar, de una limitada liga local, no los necesita) :)

miércoles, 9 de noviembre de 2022

ISRAEL: De mal en peor

Como sabéis, la entidad sionista - que tiene las manos manchadas con la sangre de los palestinos desde su ilegal y arbitraria “fundación” en 1948 sobre tierras que nunca le han pertenecido - acaban de realizar las quintas elecciones celebradas en menos de cuatro años, que se han saldado con la victoria de Benjamin Netanyahu con 31 escaños. Un triunfo que sirve directamente a los intereses personales del vencedor y sus socios ultranacionalistas, pero no necesariamente a los de los 9,4 millones de israelíes y, obviamente, tampoco a los palestinos. De nada sirve, en primer lugar, que se haya registrado el mayor nivel de participación desde el 2015, con un 71,3% de los 6,78 millones de potenciales votantes, dado que eso solo ha originado una mayor movilización del electorado más conservador y radical, mientras que los votantes moderados han vuelto a desmovilizarse. Tampoco los tres procesos legales contra Netanyahu han convencido a los votantes de que apostar nuevamente por un líder cada vez más cercano a la extrema derecha no podía ser interpretado ni siquiera como un mal menor. Por el contrario, haciendo frente a todos los que han conformado la coalición anti-Bibi, alrededor de Naftali Bennett y Yair Lapid, en una amalgama gubernamental inmanejable que solo compartían su aversión por quien ya era entonces el primer ministro más longevo en el cargo, Netanyahu ha logrado volver a colocarse nuevamente en el centro de la escena nacional. Su victoria le servirá no solo para volver a blindarse judicialmente, sino también para desactivar el sistema judicial, y especialmente el Tribunal Supremo, en su intento por defender su independencia y poder controlar los desmanes parlamentarios. Y en ese empeño tendrá también el inequívoco apoyo de sus previsibles socios de Gobierno, igualmente interesados en garantizar un mayor margen de maniobra para llevar adelante su agenda supremacista antiárabe, buscando instaurar en su insania criminal los imaginarios limites del denominado “Gran Israel” que según sus afiebrados propulsores, va desde el Nilo hasta el Éufrates. Junto a los ya sobradamente conocidos por su tendencia ultraortodoxa Shas (11 escaños) y Judaísmo Unido de la Torá (ocho), merece especial mención Sionismo Religioso (15). Se trata de una lista en la que se han cobijado elementos ultraderechistas aplaudidos incansablemente por colonos y ultraortodoxos integrados en formaciones que incluso la justicia israelí había identificado en su día como promotores del terrorismo, pero que bajo el liderazgo de Bezalel Smotrich (y, sobre todo, de Itamar Ben Gvir, cabeza de Poder Judío, integrante de esa coalición fundamentalista) está ahora en condiciones de marcar en buena medida la agenda a Netanyahu. De momento ya ambos han dado a conocer su intención de ocupar las carteras de Defensa e Interior en el próximo Gobierno. Lo chocante es que ese extremismo le puede servir incluso a Netanyahu para presentarse como el único ‘moderado’ del gabinete, haciéndose pasar por un actor imprescindible para evitar sus desatinos. Entretanto, en claro contraste con este imparable desplazamiento del electorado israelí hacia posiciones cada vez más extremistas, cabe reseñar que los partidos de izquierda han cosechado los peores resultados de la historia, con los laboristas apenas superando el listón mínimo para contar con representación parlamentaria (3,25%) mientras que todo apunta a que Meretz se queda fuera. Sin lugar a dudas, se trata de una victoria que es una pésima noticia para los palestinos - tanto en el Territorio Ocupado Palestino como en el interior de Israel-, en la medida en que no solo supone seguir adelante con la ampliación de los asentamientos (previa expulsión de sus legítimos propietarios palestinos) y la paralización de cualquier posible negociación que pueda llevar a un acuerdo de paz, sino porque apunta abiertamente a una próxima anexión de Cisjordania, arruinando por completo la idea de dos Estados en la Palestina histórica, propulsado por la ONU pero siempre rechazado por los ultranacionalistas y que ahora serán gobierno. Aunque nada de eso es nuevo, la victoria de Netanyahu certifica que ya no cabe esperar ninguna presión relevante por parte de la sociedad israelí para reconducir un proceso que supone la más absoluta negación de los derechos de quienes son vistos en gran medida como violentos y, directamente, terroristas. Los palestinos son, en última instancia, las principales víctimas de una deriva ultranacionalista y fundamentalista que va acompañada de un generalizado abandono por parte de quienes cabría identificar como sus aliados naturales - unos corruptos gobiernos “árabes” alineados con los EE.UU. y que prefieren el acercamiento a Israel a mantener la defensa de una causa que nos les reporta ningún beneficio -, de una Unión Europea que sigue sin atreverse a ser coherente con sus propios valores y principios y de unos EE.UU. que, como ya demostró antes el Criminal de Guerra y califa de ISIS, el musulmán encubierto Barack Hussein Obama y ahora el discapacitado físico y mental de Joe Biden, no están dispuestos a contradecir a su principal aliado en la región, por muchos dolores de cabeza que ese vínculo pueda provocar. Visto desde fuera, parece claro que no es este el camino para asentar una democracia, sino más bien un modelo de apartheid que contradice los presupuestos de una religión y una población que no puede pensar que el cumplimiento de su sueño político pasa definitivamente por la ruina de otro pueblo con más derechos que los suyos. Pero Netanyahu y quienes lo apoyan están en otra línea y lo peor es que ya a casi nadie parece importarle. De esta manera y con la actual configuración de alianzas, el bloque que apoya a Netanyahu es el más extremista de la historia y tiene como objetivo primordial afianzar aún más la ocupación de territorios palestinos. Como ya anotamos líneas arriba, uno de quien será clave para la vuelta al poder de Bibi, es Itamar Ben-Gvir, de Poder Judío, cuya retorica incendiaria ha escandalizado en reiteradas ocasiones a los propios conservadores, y por cuyas posiciones radicales había sido marginado de formar parte de sus gobiernos. Su agenda incluye - entre otros puntos - el pleno dominio israelí de Cisjordania, la expulsión y/o el exterminio mediante una “limpieza étnica” de todos los palestinos, a quienes califica de ‘terroristas’ (que componen el 20 por ciento de la población del país), la demolición de la mezquita de Al-Aqsa y el Domo de la Roca para reconstruir en su lugar el gigantesco templo judío de la época de Herodes, la imposición del derecho religioso , la destrucción del sistema judicial y una guerra de agresión contra Siria, Egipto, Jordania e Irak para arrebatarles los territorios “que en su día pertenecieron a los imperios de David y Salomón”. El mes pasado, Yaakov Katz, editor jefe del Jerusalem Post, describió a Ben-Gvir como “la versión israelí moderna de un supremacista blanco estadounidense y un fascista europeo”. Un Gobierno que le abra las puertas, advirtió Katz, “asumirá el perfil de un Estado fascista”. Los tiempos han cambiado y si antes eran unos apestados, ahora que sus votos son necesarios, son bienvenidos. Si bien hasta hace dos años, su partido de extrema derecha no era tomado en cuenta para nada, Ben-Gvir logró obtener un escaño en la Knéset gracias a un acuerdo entre pequeños partidos extremistas orquestado por Netanyahu antes de las elecciones del 2021. El líder de Poder Judío no ha dejado de ganar adeptos desde que este verano se derrumbó un efímero gobierno de coalición, atrayendo la atención de los medios israelíes con discursos encendidos y un vigoroso programa de campaña. Ha cosechado votos que antes iban a parar a la ya disuelta alianza Yamina y atrae tanto a la comunidad ultraortodoxa como a los votantes del Likud, frustrados por la crisis política israelí. La violencia entre comunidades que el año pasado se desató en las calles y la inclusión de un partido árabe en el último gobierno conmocionaron a la opinión pública, que lo califico de “traición”. Cabe precisar que las opiniones antiárabes de Ben-Gvir se moldearon mientras crecía durante la primera intifada. Hijo de inmigrantes judíos laicos de Irak, se unió al movimiento juvenil del partido Kach de adolescente y en 1995 se hizo famoso por amenazar al primer ministro, Isaac Rabin, tres semanas antes de que lo asesinaran. Las Fuerzas de Defensa de Israel lo eximieron del servicio militar debido a sus actividades en la extrema derecha. Ben-Gvir tiene ahora 46 años, ha desarrollado su carrera como abogado defendiendo a extremistas judíos y vive en la inestable ciudad cisjordana de Hebrón, uno de los principales objetivos del movimiento colono israelí. Dicen que en el 2019, antes de su fallida candidatura a la Knéset, para tratar de parecer más moderado retiró de su salón una foto del terrorista Baruch Goldstein, el colono que en 1994 entró en la mezquita de Hebrón y asesinó a 29 palestinos. Tras lograr su escaño en la Knéset, Ben-Gvir ha rebajado momentáneamente la retórica que le llevó a ser condenado por incitación al odio, pero sigue abogando por deportar a los palestinos de Israel. Durante los violentos enfrentamientos en un barrio problemático de Jerusalén Oriental, Ben-Gvir fue noticia hace poco por sacar una pistola y gritar a la policía que disparara a matar a un grupo de manifestantes palestinos. Según el profesor Asad Ghanem, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Haifa y coautor del libro Israel in the Post Oslo Era (Israel en la era posterior a los Acuerdos de Oslo), el ascenso de Ben-Gvir refleja la tendencia generalizada hacia el autoritarismo en todo el mundo. También está relacionado con el fracaso del proceso de paz de los dos Estados y la intensificación reciente del conflicto. “Hasta [los acuerdos de paz de] Oslo, para Israel, el principal enemigo siempre estaba fuera. Ahora, debido a la Autoridad Palestina y al auge de los movimientos islámicos, la amenaza se considera interna”, dijo Ghanem. “Muchos judíos lo ven como una cuestión de vida o muerte, necesitan tener todos los frentes abiertos: si la opción de dos estados no existe, hay que mantener a los palestinos bajo control y la gente siente que la mejor manera de hacerlo es con una firme política anti-palestina”, aseguró. Sin duda alguna, la llegada al poder de estos sectores extremistas que hacen del odio su forma de vida, solo intensificara la violencia en una eufemísticamente llamada “Tierra Santa” que desde hace décadas no conoce la paz :(

JULES RIMET: El primer trofeo de la Copa del Mundo

Fue robado dos veces y la versión oficial es que terminó siendo fundido tras su desaparición, aunque hay versiones de que en realidad entró en la rueda del tráfico ilegal de arte para nunca más salir. Nos referimos al trofeo Jules Rimet, que era la primera Copa que se entregaba a los campeones del mundo. Haya sido uno u otro su destino, se esfumó de la vista de los fanáticos y de las vitrinas de la Confederación Brasileña, que se lo había quedado tras las tres primeras estrellas logradas por la Verdeamarela. No obstante, una pieza de aquella obra, que se creyó perdida a lo largo de 60 años, habita en el Museo de la FIFA como orgulloso testimonio de aquellos inicios del certamen ecuménico. Y, tal como un hábil wing a la antigua, se escondió durante más de medio siglo de sus perseguidores en el sitio menos pensado. La historia la reveló el propio Museo con sede en Zurich. El trofeo Jules Rimet fue una escultura de Abel Laffleur que representaba a Niké (la diosa griega de la victoria). El artista francés era el encargado de la creación de las medallas para los torneos franceses, y el propio Rimet, entonces titular de la FIFA, le encomendó el galardón para el primer Mundial. Su valor se calculó en alrededor de 50.000 francos, medía 30 centímetros, pesaba casi cuatro kilos y estaba enchapado en oro. Se encontraba sobre una base de piedra lapislázuli de cuatro caras. Durante 40 años, desde la cita bautismal de Uruguay 1930, la Federación entregó este trofeo, a pesar de las turbulencias sufridas. Durante la Segunda Guerra Mundial, por caso, arreciaron los rumores de que los nazis lo tenían en la mira para secuestrarlo. De hecho, el dirigente Ottorino Barassi lo ocultó en una caja de zapatos bajo su cama. Y en Inglaterra 1966, efectivamente, se esfumó, y tuvo que salir al rescate un perro, Pickles, que ganó fama mundial por los servicios prestados al deporte rey. Sucede que mientras era exhibido en el Central Hall Westminster, el guardia que lo custodiaba dejó al Jules Rimet desprotegido unos minutos para ir por un café, tiempo suficiente para que lo sustrajeran de la vitrina. Cuando Scotland Yard ardía por el escarnio público, el ciudadano David Corbett sacó a pasear como cualquier día a su perro, que detectó un paquete semienterrado. Era el trofeo, en perfectas condiciones para que a los pocos meses, ser entregado al local tras conseguir su único título en un Mundial. Pero antes de la edición de 1958, desarrollada en Suecia, la estatuilla ya había cambiado, hecho que disparó distintas especulaciones y teorías: desde que había sido dañada y pasó por el “taller” hasta que se había perdido y se trataba de una copia. En efecto, luego del título de Alemania en 1954 tras vulnerar al mítico combinado húngaro de Puskas, en la ciudad de Hanau se había encargado una réplica. Sin embargo, no era la que se entregó posteriormente al Brasil de la estrella naciente Pelé. Luego, lo conocido. En 1983, cuando ya descansaba de su periplo en Brasil, fue sustraído de la vitrina blindada de la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol en Río de Janeiro: pequeño detalle, los cristales eran a prueba de balas, pero la estructura estaba precariamente adherida a la pared con cinta y madera, algo que fue advertido por los ladrones. La versión oficial indica que el trofeo fue cortado en pedazos en la joyería del argentino Juan Carlos Hernández, quien luego lo fundió para vender el oro a cambio de 15.500 dólares. Demasiado poco para lo que representaba, y para la experiencia del reducidor, con contactos en el mundo clandestino del arte. De ahí las dudas sobre si la explicación de la Justicia brasileña se ajusta a la realidad de los hechos. Pero el trofeo, o al menos una parte de él, empezó a resucitar en el 2013, cuando la FIFA planificó su museo. Quienes se pusieron al hombro el proyecto se embarcaron en investigar los mitos y verdades respecto de la ajetreada vida del Jules Rimet. Las diversas fotos del trofeo llevaron a los curadores a “un descubrimiento notable”, tal como lo califican en la FIFA. “La historia se centró en la base de lapislázuli. En 1954, el capitán de Alemania, Fritz Walter, fue el quinto capitán en levantar la Copa del Mundo, pero cuando el equipo llegó a su nueva casa, se dieron cuenta de que solo había cuatro lados en la base. Como cada lado tenía una placa con un solo ganador, no había ningún lugar para agregar el de Alemania”, fue el entuerto con el que se encontraron, según el relato de los encargados del Museo. “El trofeo que apareció en 1958 parecía más alto. Eso fue porque la base original de Abel Lafleur había sido reemplazada por una más grande, también hecha de lapislázuli, pero con ocho lados. El nombre de la estatuilla aparecía en el frente, que dejaba siete placas en los otros lados, cada una con espacio para dos ganadores, ampliando su capacidad para incorporar ganadores hasta la edición de 1994, si no se hubiera decidido que quedara en manos de Brasil tras tres títulos obtenidos, en 1970″, descubrió el cuerpo de investigadores. ¿Y la base original? He ahí la incógnita. En el medio, la FIFA se había mudado tres veces de oficina, y el temor fue que en alguno de esos cambios se hubiera extraviado. El epílogo de la historia no hizo honor a la intriga que generó. “La verdad suele ser menos dramática”, indicaron desde la entidad que rige el fútbol a nivel planetario. La base de cuatro caras jamás se movió de un estante del archivo de la organización, sin rotular, por ende, invisible para los ojos menos entrenados. De hecho, ni siquiera había registro formal del cambio de pedestal en 1958. La historia estuvo perdida, indocumentada, durante 60 años. Aunque resurgió desde la oscuridad de un archivo, indemne a los robos y las peripecias del resto del galardón. Mientras la actual Copa del Mundo, la más conocida, la de las dos figuras humanas doradas, sosteniendo el planeta tierra, continúa con su gira, cambiando de manos cada cuatro años, el trofeo Jules Rimet, o la copia montada sobre la base original, sonríe desde su rincón en el Museo, testigo silencioso del clímax del deporte más popular del mundo. A escasos días del inicio del Mundial en Qatar, es una buena ocasión para contar su historia ¿No os parece? :)

miércoles, 2 de noviembre de 2022

UCRANIA: La apuesta por el diablo

El régimen fascista de Kiev, respaldado por la OTAN, está promulgando nuevas leyes draconianas que desterrarán toda disidencia. Cualquier opinión que no esté alineada con los colaboracionistas se considerará “traición” y se prohibirá, e incluso será objeto de persecución y represión violenta. En efecto, las nuevas leyes consagran una campaña despiadada contra los medios de comunicación independientes en Ucrania, que ha hecho estragos durante los últimos cuatro años bajo la “presidencia” del cómico callejero Vladimir Zelensky, colocado en el cargo por los EE.UU. para manejarlo su antojo. Como consecuencia de ello, muchos partidos políticos de la oposición y medios de comunicación han sido clausurados, donde los periodistas han sido objeto de gran violencia y se han visto obligados a exiliarse, ante el silencio de Occidente que se niega a condenar tales atropellos. Como sabéis, la tendencia tóxica contra la libertad de expresión en Ucrania se remonta al golpe de Estado del Maidán, patrocinado por la CIA, que derrocó al gobierno legítimo surgido de las elecciones en febrero del 2014. Ese golpe llevó al poder a un régimen fascista en Kiev que se enorgullece de quienes colaboraron en el pasado con la Alemania nazi, convirtiendo a su líder Stephan Bandera en “héroe nacional”. Las contradicciones en el seno del régimen golpista de Kiev dan que pensar. Zelensky, es de origen judío. Sin embargo, su régimen está apuntalado por paramilitares de corte nazi, como los batallones Azov y Aidar, que forman la columna vertebral de las fuerzas armadas ucranianas. El patrón financiero de Zelensky era el oligarca ucraniano Igor Kolomoisky, que también es judío, y sin embargo Kolomoisky financia a paramilitares neonazis. Entretanto, los gobiernos occidentales que dicen ser custodios de la “democracia” y la “libertad” han estado bombeando miles de millones de dólares en armamento al régimen fascista de Kiev encabezado por un colaboracionista judío. Los gobiernos y medios de comunicación occidentales tratan de cuadrar esa contradicción afirmando que el régimen de Zelensky es una “democracia” encubriendo su conducta pro nazi. Es más, el armamento enviado a Ucrania desde el 2014 por EE.UU. y otros miembros de la OTAN está impulsando de forma temeraria una conflagración mundial. De esta manera, las llamadas “democracias” occidentales están alineadas con el fascismo en una guerra incipiente contra Rusia que podría terminar en una catástrofe nuclear que acabará con la humanidad. Para quienes prestan atención histórica a las verdaderas causas y a la geopolítica de la Segunda Guerra Mundial - la interacción de las potencias occidentales y la Alemania nazi - y la posterior Guerra Fría, el actual enfrentamiento puede no resultar sorprendente. Las relaciones de una siniestra figura pública occidental con Ucrania son particularmente siniestras por su incongruencia. George Soros, el multimillonario filántropo estadounidense de origen judío, fue uno de los primeros partidarios del cambio político en Ucrania tras su independencia en 1991. A través de su infame Open Society Foundation, canalizó millones de dólares para promover la “revolución” del Maidán en Kiev. Soros trabajó mano a mano con el gobierno estadounidense y sus agencias - la CIA, la National Endowment for Democracy y la USAID -, para crear “grupos de la sociedad civil” y una letanía de organizaciones de medios de comunicación que impulsaron puntos de vista antirrusos. Desde entonces, la Open Society Foundation de Soros sigue proclamando que “está con Ucrania” y acusa a Rusia de estar llevando a cabo un “asalto a la democracia” (?). La OSF tiene el objetivo de recaudar fondos hasta 45 millones de dólares que, según dice, se utilizarán para “proteger a la sociedad civil ucraniana”. La realidad que se esconde tras la retórica de Soros es que el régimen de Kiev está dominado por fuerzas que pretenden aplastar cualquier disidencia y libertad de expresión, como demuestran las nuevas leyes represivas sobre los medios de comunicación. Incluso las organizaciones no gubernamentales occidentales financiadas por Soros, como Reporteros sin Fronteras y el Comité para la Protección de los Periodistas, con sede en los EE.UU., han condenado el escandaloso ataque a la libertad de expresión por parte de Zelensky. No se trata sólo de una desafortunada cuestión de malas compañías. Soros y el Departamento de Estado de los EE.UU., junto con el entonces vicepresidente Joe Biden, fueron fundamentales para llevar al régimen de Kiev al poder en el 2014. Fueron fundamentales para construirlo como una agresiva punta de lanza antirrusa que repudió los acuerdos de paz de Minsk del 2014-2015 y fomentó la actual guerra con Rusia. Soros, que durante muchos años ha expresado públicamente una profunda antipatía personal hacia el presidente ruso Vladimir Putin, parece haber utilizado hábilmente a Ucrania como un campo de juego geopolítico para promover sus intereses personales y empresariales, teniendo sus ojos puestos en la privatización de las industrias ucranianas de energía y agricultura. Obviamente, los intereses militaristas de Washington y sus ‘socios’ de la OTAN encajan perfectamente con su aparente “filantropía”. No es de extrañar por ello que desde hace tiempo se acusa a Soros de promover “revoluciones de colores” en nombre de Washington para desestabilizar a los adversarios geopolíticos - Rusia y China en particular- así como el que está pretendiendo montar en Irán con la llamada Conspiración del Velo, del cual nos ocupamos semanas atrás. Pero el caso de Ucrania es especialmente significativo. La temprana participación de Soros en la promoción del violento golpe de Estado de Kiev condujo directamente a la creación de un régimen extremo y reaccionario que sirve obedientemente a los intereses militaristas de Washington contra Moscú, al tiempo que causa la miseria de la mayoría de los ucranianos. La cábala gobernante de Kiev está plagada de corrupción, de anarquía pro-fascista y de estrangulamiento de una sociedad cívica en vías de extinción bajo un judío amado por Hollywood y las agencias de inteligencia estatales occidentales. Es por ello que las ridículas afirmaciones de Soros de apoyar el “periodismo independiente” y la “sociedad cívica” han demostrado ser falsas ante la actual represión de la libertad de expresión en Ucrania. Esto nos lleva a la última y quizás más inquietante contradicción: George Soros (92), nacido en 1930 en el seno de una familia judía, creció en Hungría durante la guerra. Ha admitido haber ocultado su identidad judía haciéndose pasar como “cristiano”. Es más, se sabe que colaboró siendo adolescente con el régimen nazi en Budapest informando sobre las propiedades judías para su confiscación. Al ser judío, sabía muy bien quienes lo eran y donde se ocultaban. Años posteriores a la guerra, Soros emigró a Occidente con todo lo robado y más tarde incrementó su enorme riqueza mal habida apostando contra los perdedores. Es conocido por ser el “hombre que quebró la libra esterlina” y por haber obtenido un beneficio de mil millones de dólares en un solo día durante un colapso del mercado en 1992. Digamos que George Soros tiene un sentido preternaturalmente agudo del oportunismo depredador. Un multimillonario de origen judío que financia un régimen pro-nazi en Ucrania para que haga su voluntad no está más allá del cálculo cínico. No cabe duda alguna que se trata de un tumor canceroso que amenaza a Europa involucrándonos en una guerra que no es nuestra y que ya le estamos viviendo sin quererlo - al margen de lo que digan los gobiernos genuflexos a Washington - por lo que merece ser extirpado de raíz antes que sea demasiado tarde :(

B-21 RAIDER: Un bombardero furtivo “indetectable”

Al menos es lo que dice la propaganda. Lo cierto es que el B-21 Raider va de frente ya desde las presentaciones. A modo de eslogan y como aproximación a qué aspira este moderno bombardero furtivo, su creador, Northrop Grumman, asegura que busca, ni más ni menos, “hacer indetectable lo detectable”. Ahora al fin podremos saber cómo. La compañía acaba de anunciar que en un mes, el 2 de diciembre, desvelará su creación. B-21 Raider se presenta ni más ni menos que como el primer avión de sexta generación, el marco conceptual más avanzado para aviones de combate. Sus creadores lo han ideado para operaciones de largo alcance, con una capacidad de aguante considerable y el potencial de combinar armamento convencional y nuclear. Entre otros objetivos, el nuevo bombardero aspira a burlar las defensas aéreas de los potenciales enemigos y “alcanzar objetivos en cualquier parte del planeta”. Con ellos EE.UU. quiere reemplazar de forma gradual sus aeronaves [B1 Lancer](B1 Lancer) y [B-2 Spirit](B-2 Spirit) y reforzar su músculo aéreo junto a las versiones mejoradas de los B-52. “El B-21 proporcionará el tipo de carga útil, alcance y penetrabilidad que nuestra fuerza actual de B-1, B-52 y, en menor medida, B-12, no puede lograr”, explica el teniente general retirado de la Air Force, David Deptula. Northrop calcula que a día de hoy solo el 10% de los bombarderos de EE.UU. están en condiciones de burlar las defensas aéreas más avanzadas de sus adversarios. Con una base en el Pacífico -señala South China Morning Post- podría reducir el tiempo de respuesta frente a China. “Dado que ellos han seguido invirtiendo de forma considerable en sofisticadas tecnologías y plataformas de armamento que les permiten actuar maliciosamente o extender su alcance, un nuevo bombardero es fundamental para disuadir a los adversarios potenciales”, destaca la multinacional estadounidense, uno de los grandes fabricantes de armas y tecnología militar del mundo. “Planteará nuevas amenazas y desafíos para la defensa nacional de China”, reconocía hace poco Yue Gang, coronel retirado del Ejército Popular de Liberación chino (EPL). Otros expertos relativizan su capacidad real para penetrar las defensas del gigante asiático sin ser interceptado por misiles. Más allá de su lectura en clave estratégica o cómo de eficiente resultaría en caso de conflicto, el nuevo B-21 Raider marcará un hito importante en la crónica militar reciente de los EE.UU. Hay que remontarse a finales de la Guerra Fría, a 1988, para encontrar la última presentación pública de un bombardero de la Fuerza Aérea estadounidense. El protagonismo fue entonces para el B-2 Spirit. Los planes de EE.UU. pasarían por hacerse con al menos un centenar de aviones y la compañía desliza que las primeras entregas podrían llegar “a mediados de la década del 2020”. Por lo pronto, Northrop Grumman precisa que tiene media docena de modelos de prueba B-21 “en varias etapas de ensamblaje final” en Palmdale, California. El primer vuelo está previsto para el año que viene. Sin embargo, se sabe que los EE.UU. no es el único embarcado en la modernización de su músculo aéreo... Ni en demostrarlo de forma pública. Hace poco China sacaba pecho también con otra aeronave puntera: el Xian H-20, un bombardero “invisible” que supera en mucho al anunciado B-21 Raider :)
Creative Commons License
Esta obra está bajo una Licencia de Creative Commons.