Las recientes elecciones realizadas en Israel han dado paso a la incertidumbre, donde tanto el ultraderechista Benjamín Netanyahu como el sionista Gadi Eisenkot no pueden cantar victoria, porque ninguno de ellos ha logrado alcanzar los 61 escaños requeridos en la Knesset (parlamento) para formar gobierno. Hay quienes piensan que, dada la imposibilidad que puedan alcanzar un acuerdo con los partidos árabes, un gobierno de unidad entre ambos podría desbloquear la situación, pero ¿a qué precio para la política interna y la estabilidad regional? Como sabéis, el sector comandado por Netanyahu está liderado por el Likud, el partido que ha dominado el último medio siglo en Israel. Netanyahu ha encabezado guerras de agresión en Líbano, Yemen, Irak, Siria e Irán, así como una gran expansión de los ilegales asentamientos judíos en Cisjordania y el genocidio en Gaza, ante la hipocresía de la comunidad internacional que avala sus monstruosos crímenes. Su gobierno incluye fuerzas que proponen liquidar a millones de palestinos, anexar Gaza y Cisjordania, justificar las torturas y agresiones sexuales contra presos palestinos y avanzar hacia un Gran Israel mediante la conquista y anexión de territorios de Oriente Medio, que vayan desde el Nilo hasta el Éufrates, para crear el “Gran Israel”. Para lograrlo, Netanyahu se basa en dos grandes soportes. A su derecha se encuentran los extremistas del sionismo religioso de Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas, y Poder Judío, del ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, responsable de la policía y de las prisiones donde se torturan y asesinan a los palestinos. Ambos sectores propugnan la expulsión de los más de dos millones de gazatíes y la anexión de Cisjordania, mientras que algunos de sus dirigentes también han defendido extender el control israelí sobre territorios de Siria y Líbano. Sus planteamientos amenazan asimismo los derechos de los aproximadamente dos millones de ciudadanos árabes de Israel, a quienes quisieran someter a una limpieza étnica total (el exterminio en masa). Precisamente, en estos sectores también se han formulado propuestas de utilizar armas nucleares contra Gaza. Ben-Gvir defiende la pena de muerte para los presos palestinos y ha convertido la horca en un símbolo de su campaña política, al punto de exhibir en su solapa un pin con la forma de dicho instrumento de ejecución. Este criminal suele aparecer en su propaganda electoral humillando a presos palestinos. En otro anuncio se representaba a prisioneros que entraban obesos en una instalación fabril y salían extremadamente delgados, una imagen que provocó críticas por su salvajismo. Es más, un diputado del Likud, Hanoch Milwidsky, llegó a “justificar2 públicamente la introducción de un objeto en el recto de un preso palestino. Durante una discusión parlamentaria sobre las denuncias de violación y tortura en el centro de detención de Sde Teiman, sostuvo que, si se trataba de un integrante de la unidad de élite de Hamás, “todo es legítimo”. Moshé Feiglin, dirigente de Zehut y aliado electoral del sionismo religioso, ha sostenido que el enemigo no es únicamente Hamás (Movimiento de Resistencia Islámica), sino Gaza en su conjunto. “por lo que debe desaparecer” añadió. También ha presentado a los bebés palestinos como “futuros atacantes terroristas” y defendido la expulsión o exterminio en caso se resistan, de toda la población de la Franja. El segundo soporte de Netanyahu está formado por dos partidos religiosos ultraortodoxos: Shas (“Guardianes de Sefarad”) y Judaísmo Unido de la Torá. Shas representa principalmente a judíos muy observantes de origen sefardí y mizrají, cuyas familias proceden en buena medida del mundo árabe y musulmán. Judaísmo Unido de la Torá representa principalmente a comunidades ultraortodoxas de origen europeo, cuyos integrantes suelen vestir completamente de negro. Mientras Shas es más proclive al sionismo, importantes corrientes de Judaísmo Unido de la Torá no se consideran sionistas. El gran rabino Dov Landau, una de las principales autoridades espirituales del sector de las academias religiosas (yeshivás) originadas en Lituania, ha sostenido que los judíos vivían mejor bajo gobiernos árabes y ha responsabilizado al sionismo de haber deteriorado sus relaciones históricas con las poblaciones árabes. Paradójicamente, los ultrasionistas necesitan gobernar con ultraortodoxos que no se identifican con el sionismo. Lo que los une es que Netanyahu y sus socios de extrema derecha están dispuestos a mantener amplias exenciones del servicio militar para los ultraortodoxos, que representan una proporción creciente de la población judía israelí y dedican una parte importante de su vida al estudio de la Torá. Por el contrario, los antiguos aliados de Netanyahu que ahora pretenden desplazarlo del poder, se apoyan en el descontento de buena parte de los judíos israelíes que deben obligatoriamente cumplir años de servicio militar y prolongados períodos como reservistas, arriesgando sus vidas o su integridad física, mientras numerosos ultraortodoxos reciben exenciones y ayudas públicas para sostener familias numerosas. Del lado de la oposición destaca el partido Yashar (“Derecho”), encabezado por el general Gadi Eisenkot, quien fue comandante en jefe del Ejército israelí entre febrero del 2015 y enero del 2019, durante el mandato de Netanyahu. Eisenkot también integró, como observador, el gabinete de guerra constituido tras el ataque de Hamás del 7 de octubre del 2023. Permaneció aproximadamente ocho meses en dicho organismo, hasta su salida en junio del 2024. En este período, la línea oficial era arrasar todas las construcciones de Gaza y privar a sus habitantes de agua, electricidad y medicinas, por lo que es tan culpable como Netanyahu de la tragedia que viven los gazaties. El general Eisenkot está asociado a la llamada infame doctrina Dahiya, que contempla el empleo de una fuerza militar devastadora contra zonas urbanas consideradas bases de organizaciones enemigas. Esta doctrina ha sido duramente cuestionada por sus consecuencias sobre las poblaciones civiles árabes. Muchos organismos de derechos humanos la cuestionan como parte de estrategias constitutivas de crímenes de guerra. Eisenkot propone terminar con las amplias exenciones del servicio militar concedidas a los ultraortodoxos. También defiende establecer obligaciones de servicio militar, nacional o civil para todos los ciudadanos israelíes, incluidos musulmanes y cristianos, aunque no necesariamente mediante su incorporación al Ejército. La extensión de estas obligaciones podría agravar los enfrentamientos políticos, religiosos y sociales dentro de Israel. Su partido es nuevo y se basa fundamentalmente en su prestigio militar y carisma personal. Durante la guerra de Gaza perdió a un hijo y a dos sobrinos, mientras que Yair Netanyahu, hijo del primer ministro, permaneció durante largos períodos en Estados Unidos, bien protegido y lejos del frente. Eisenkot se presenta como un general experimentado, más que como un político tradicional. Una característica importante de su candidatura es que es hijo de inmigrantes marroquíes. Hasta ahora, los 14 primeros ministros israelíes han procedido de familias judías de origen europeo, mientras que Eisenkot podría convertirse en el primer jefe de gobierno de origen mizrají. En Israel se denomina mizrajíes (“orientales”) a judíos cuyas familias proceden de países musulmanes, aunque durante siglos hayan compartido lenguas, culturas y tradiciones culinarias con las poblaciones árabes. Resulta paradójico que esta denominación se aplique incluso a familias originarias de Marruecos, país situado en el extremo noroccidental de África, más al oeste que Europa continental. Eisenkot cuenta con tres aliados electorales que concurren por separado, no todos los cuales están dispuestos a llevarlo al premierato, puesto que algunos quisieran ocupar ese cargo, aduciendo una mayor experiencia política. Todos coinciden en la necesidad de revisar las exenciones militares de los ultraortodoxos y de investigar las circunstancias que permitieron el ataque de Hamás del 7 de octubre del 2023. El primero es Beyachad (“Juntos”), la alianza de los exprimeros ministros Naftali Bennett y Yair Lapid, quienes se alternaron en el premierato entre el 2021 y el 2022 que también mantuvieron políticas duras contra los palestinos, aunque sin llegar a la escala de destrucción de Gaza bajo Netanyahu. El segundo es Israel Beitenu (“Israel Nuestra Casa”), dirigido por Avigdor Lieberman, antiguo ministro de Exteriores y de Defensa de Netanyahu. Su principal base electoral se encuentra entre los inmigrantes seculares procedentes de la antigua Unión Soviética, quienes se oponen al creciente peso de las instituciones religiosas sobre el Estado. Lieberman ha defendido distintas fórmulas territoriales que permitirían mantener el control israelí sobre importantes zonas de Cisjordania, incluyendo propuestas de anexión y de redistribución territorial, mientras que los centros palestinos más poblados podrían quedar bajo una administración jordana limitada. Estos tres partidos, al igual que Netanyahu y sus socios ultra religiosos, se enorgullecen de ser de derecha. Finalmente, están Los Demócratas, encabezados por Yair Golan. Esta organización surgió de la unión del Partido Laborista y Meretz, dos corrientes históricas del sionismo socialdemócrata y de izquierda. El laborismo fue la fuerza dominante del movimiento sionista durante el mandato británico de Palestina y gobernó Israel durante sus primeras décadas de existencia. Los Demócratas son la única fuerza sionista parlamentaria que todavía defiende la posibilidad de un mini-Estado palestino, aunque bajo condiciones y limitaciones que sus críticos consideran incompatibles con una soberanía plena. En conjunto, las principales fuerzas opositoras a Netanyahu no plantean una ruptura fundamental con la política israelí de seguridad. Eisenkot y Bennett rechazan la creación de un Estado palestino en cualquier circunstancia. Aunque sus adversarios están dispuestos a exigir responsabilidades políticas y judiciales a Netanyahu por corrupción y por los acontecimientos del 7 de octubre, no proponen someterlo a un proceso por los presuntos crímenes de guerra cometidos durante la ofensiva contra Gaza. Por el contrario, destacados dirigentes opositores, incluidos Lapid, Bennett, Lieberman y Golan, rechazaron las órdenes de arresto emitidas contra Netanyahu por el Tribunal Penal Internacional. Fuera de los dos grandes bloques sionistas se encuentran dos fuerzas antirracistas a las que habitualmente se denomina “partidos árabes”, debido a que la mayoría de sus electores son palestinos con ciudadanía israelí. La primera es la Lista Conjunta, que reúne a tres partidos: Hadash (“Frente Democrático por la Paz y la Igualdad”), una organización de izquierda, integrada por comunistas, socialistas y otros sectores que defienden la igualdad de derechos entre árabes y judíos. En tanto, Ta’al (“Movimiento Árabe para la Renovación”), encabezado por Ahmad Tibi, representa una corriente nacionalista palestina secular y defiende los derechos políticos y civiles de los ciudadanos árabes de Israel. Por su parte, Balad (“Alianza Democrática Nacional”), es un partido nacionalista palestino que propone transformar Israel en un Estado de todos sus ciudadanos, con igualdad de derechos independientemente de su origen étnico o religión. Estos tres partidos conforman una alianza de comunistas, socialistas, nacionalistas palestinos y defensores de diferentes fórmulas de igualdad nacional y convivencia entre árabes y hebreos. Entre sus figuras destaca el diputado judío Ofer Cassif, quien ha recibido reiteradas sanciones parlamentarias por sus declaraciones y actuaciones contra la ofensiva israelí en Gaza, a la cual acusa de estar imponiendo un genocidio a los palestinos. La segunda fuerza es Ra’am (“Lista Árabe Unida”), cuyo acrónimo hebreo también significa “trueno”. Es un partido de inspiración islamista encabezado por Mansour Abbas, que se separó de la antigua Lista Conjunta debido a su disposición a establecer acuerdos con partidos sionistas. De hecho, participó en la coalición gubernamental de Bennett y Lapid. La importancia de estos partidos radica en que podrían impedir la formación de una mayoría de Netanyahu, aunque la oposición sionista tampoco parece dispuesta a incorporarlos plenamente a una coalición gubernamental. Según los resultados preliminares de la Comisión Electoral Central dadas a conocer este 4 de noviembre, encargada del recuento de los 7,3 millones de votos, se confirmó la derrota de Netanyahu por su imposibilidad de alcanzar la mayoría requerida en el Parlamento. Lo mismo se puede decir de Eisenkot, por lo que se podría producir una situación de parálisis parlamentaria. Netanyahu podría intentar mantenerse temporalmente como primer ministro en funciones mientras se desarrollan las negociaciones para formar gobierno. Otra posibilidad sería una gran coalición entre Netanyahu y Eisenkot, excluyendo a los sectores ultranacionalistas más extremos y a los partidos ultraortodoxos. Sin embargo, semejante acuerdo encontraría importantes obstáculos políticos y personales. También podría ocurrir que Eisenkot necesitara alcanzar algún entendimiento con Ra’am o encabezar un gobierno minoritario cuya supervivencia dependiera de que la Lista Conjunta impidiera el regreso de Netanyahu al poder. Finalmente, no puede descartarse que la incapacidad para formar una mayoría estable conduzca a nuevas elecciones generales, prolongando la incertidumbre política. Pero mientras los partidos israelíes discuten quién debe gobernar y quién debe cumplir el servicio militar, la cuestión más importante continúa sin una solución: detener los pogromos, las expulsiones, la violencia contra la población civil y lo que numerosas organizaciones y especialistas califican de genocidio contra los palestinos. Los palestinos son descendientes de poblaciones que han habitado durante milenios el territorio, incluidas comunidades vinculadas a los antiguos pueblos bíblicos, cuyos habitantes experimentaron sucesivas transformaciones religiosas, lingüísticas y culturales. El desplazamiento de Netanyahu no implicaría necesariamente el final de la ocupación ni de las operaciones militares israelíes. Eisenkot ha prometido acabar con el gobierno de Hamás en Gaza en un plazo de 18 meses, mientras que Bennett defiende mantener el control israelí de la Franja hasta conseguir el desarme de dicha organización. Otro gran ausente de estas elecciones son los más de 800.000 electores israelíes residentes en el extranjero, la inmensa mayoría de los cuales no puede votar desde sus países de residencia y debe viajar a Israel para ejercer ese derecho. Entre quienes han abandonado el país se encuentran numerosos israelíes que rechazan el extremismo derechista, el creciente poder de los sectores religiosos y las políticas de Netanyahu. Tampoco puede votar la inmensa mayoría de los aproximadamente 15 a 16 millones de judíos del planeta, a quienes Israel dice representar, pero que no pueden participar en sus decisiones políticas si carecen de ciudadanía israelí. Paradójicamente, se espera de las comunidades judías de la diáspora una defensa incondicional de Israel, incluso cuando las políticas de sus gobiernos pueden alimentar el antisemitismo y poner en peligro la seguridad de los propios judíos en otros países. Pero la exclusión más dramática es la de los palestinos. De los aproximadamente 15,5 millones que existen en el mundo, más del 85 % carece de derecho a participar en las elecciones israelíes, pese a que las decisiones de ese Estado afectan profundamente a su pueblo y a su patria histórica. Alrededor de 5,6 millones de palestinos viven en Cisjordania y Gaza, territorios sometidos a la ocupación y al control militar israelí, donde se destruyen viviendas, infraestructuras y tierras agrícolas, se amplían los asentamientos y se restringe la libertad de circulación. Mientras los colonos israelíes de Cisjordania pueden elegir a los diputados que deciden sobre el futuro de esos territorios, sus vecinos palestinos carecen de ese mismo derecho. Otros millones de palestinos viven dispersos por el mundo, muchos de ellos descendientes de familias expulsadas o desplazadas de sus lugares de origen, sin que se les reconozca un derecho efectivo a retornar a sus antiguas localidades. De esta manera, las elecciones israelíes presentan una profunda contradicción democrática: millones de personas directamente afectadas por las decisiones de la Knéset no tienen posibilidad de participar en la elección de quienes las adoptan. Si se permitiese votar a los más de 800.000 electores israelíes residentes en el exterior, a los millones de judíos de la diáspora que hoy carecen de ciudadanía israelí o a todos los adultos de los aproximadamente 15,5 millones de palestinos del mundo, la composición del electorado cambiaría radicalmente. No estamos planteando esa posibilidad, algo que requiere mucho debate y ha de generar controversias muy diversas. Es un ejercicio en el cual, de darse, cambiarían radicalmente los resultados, donde los partidos de extrema derecha como el Likud y sus actuales socios del gobierno podrían quedar reducidos a una minoría mucho menor que la actual. Por otro lado, tanto Netanyahu como Eisenkot también mantienen posiciones beligerantes frente a Irán y otras fuerzas regionales. Por ello, los resultados de las elecciones del 27 de octubre si bien podrían poner fin a la prolongada era de Netanyahu, no existen garantías de que produzcan una transformación fundamental de la política israelí hacia los palestinos. La gran paradoja es que Netanyahu podría perder el poder sin que desaparezca la política de dominación, ocupación y violencia que ha caracterizado su régimen criminal. (Últimas informaciones dan cuenta de la aplastante derrota de Donald Trump en las elecciones intermedias realizadas ayer, por lo que cobra relevancia la advertencia dada por Tucker Carlson, quien asegura que EE.UU. podría lanzar un ataque nuclear contra Irán este fin de semana por presiones de Netanyahu. Mas aun con la derrota electoral de ambos, pueden terminar en la cárcel, por lo que, para tratar de impedirlo, son capaces de todo. De estos dementes se puede esperar lo peor...)