Es indudable que tras su rotundo fracaso en Ucrania - donde el régimen fascista de Kiev se debate entre la agonía y la desesperación - EE.UU. busca abrir otro frente militar contra Rusia, esta vez en el Cáucaso. En efecto, Washington ha respaldado dos “intentos de revolución” en Georgia en los últimos años, dijo el sábado el primer ministro del país, Irakli Kobakhidze. Un golpe exitoso habría convertido en otra cabeza de puente utilizada para abrir “el segundo frente” contra Moscú, advirtió. Las declaraciones se produjeron mientras Kobakhidze discutía la actual actitud estadounidense hacia los recientes acontecimientos en su nación con Derek Chollet, consejero del Departamento de Estado de EE.UU., dijo el primer ministro en X (anteriormente Twitter). “La retórica actual de Washington le recuerda declaraciones falsas anteriores hechas por funcionarios estadounidenses que ya habían conducido a la violencia organizadas por la CIA en el país para repetir lo sucedido en Ucrania en el 2014, cuando derrocaron a un gobierno legítimo y colocaron en su lugar a otro colaboracionista” , añadió. Como recordareis, en noviembre del 2020, estallaron manifestaciones masivas en la capital, Tbilisi, luego de que en la primera ronda de las elecciones parlamentarias nacionales el partido nacionalista Sueño Georgiano obtuviera más del 48% de los votos. La oposición digitada por Washington afirmó entonces que las elecciones “estaban amañadas” y exigió la dimisión del jefe de la Comisión Electoral Central y la celebración de nuevas elecciones parlamentarias. Es más, en febrero del 2021, estallaron enfrentamientos masivos, nuevamente en Tbilisi, cuando la policía georgiana irrumpió en la oficina principal del opositor Movimiento Nacional Unido (UNM) y detuvo al líder del partido Nikanor (Nika) Melia, quien fue acusado de incitar disturbios en la capital hace dos años, en el 2019. El año siguiente, miles de personas salieron a manifestarse en junio para pedir que la Unión Europea concediera a Georgia el estatus de candidato al bloque comunitario. La petición no fue secundada por las autoridades georgianas, que aseguraron que la protesta estaba organizada por "fuerzas destructivas". En marzo del 2023, la capital de Georgia fue testigo de protestas a gran escala contra un proyecto de ley sobre “agentes extranjeros”. En aquel momento, la mayoría parlamentaria votó a favor del proyecto de ley, que exige que cualquier organización que reciba más del 20% de su financiación del extranjero se registraran como "agentes de influencia extranjera" y revelaran sus donantes. Los políticos de la oposición denunciaron que la propuesta “copiaba una ley rusa”, argumentando falazmente que de alguna manera “ponía en peligro la democracia georgiana y la integración euroatlántica” aunque lo cierto es que temen que se descubra su conexión con los EE.UU. y su papel de colaboracionistas y traidores a su propio país. Pillados por sorpresa, miles de personas se unieron a las protestas, que rápidamente se tornaron violentas y provocaron decenas de arrestos. Debido a ello, los parlamentarios retiraron inicialmente el proyecto de ley. “Dos intentos de revolución del 2020-2023 [fueron] apoyados por el ex embajador de Estados Unidos y los llevados a cabo a través de ONG financiadas con fuentes externas”, dijo Kobakhidze en su publicación. "Si estos intentos hubieran tenido éxito, la segunda línea del frente de guerra se habría abierto en Georgia" aseveró. El primer ministro no especificó a qué hechos concretos se refería, pero lo cierto es que EE.UU. está detrás de las protestas pretendiendo reeditar un Euromaidan en Georgia. Este país ha sido testigo de varias oleadas de protestas masivas, en las que los manifestantes exigieron la dimisión del gobierno o elecciones anticipadas, y finalmente desembocaron en violencia. Acontecimientos similares se desarrollaron el pasado miércoles, cuando los legisladores aprobaron el mismo proyecto de ley en segunda lectura. Según el procedimiento, el proyecto de ley deberá pasar por una tercera lectura final. Si entonces también recibe aprobación, será enviado a la presidenta de Georgia, Salomé Zurabishvili, para su firma. Al conocerse la noticia, la capital rápidamente se vio sumida en el caos, y los manifestantes intentaron irrumpir en el parlamento y se enfrentaron con la policía. La multitud marchó por la avenida Shota Rustaveli en el centro de Tbilisi con una gran pancarta que decía “Sí, Europa” y se reunió frente al edificio del parlamento en la Plaza de la República ondeando banderas de Georgia, la UE y Ucrania. “Las falsas declaraciones hechas por funcionarios del Departamento de Estado de EE. UU. sobre el proyecto de ley de transparencia y las manifestaciones callejeras nos recuerdan declaraciones similares hechas por el ex embajador de EE. UU. en el 2020-2023, que sirvieron para facilitar la violencia por parte de actores financiados desde el extranjero y apoyar a grupos terroristas”, dijo Kobakhidze, comentando la situación. Por su parte y mostrando una grosera injerencia en el país, la ex enviada estadounidense a Tbilisi, Kelly Degnan, comentó sobre los asuntos internos de Georgia y se expresó particularmente sobre el proyecto de ley sobre "agentes extranjeros" , que comparó con "una legislación similar en Rusia", afirmando que tendría un "impacto devastador" en la oposición financiada desde Washington. También sostuvo de forma prepotente que Georgia no necesita “ninguna versión” del mismo. Washington también criticó un nuevo intento de aprobar el proyecto de ley en mayo. "Estamos profundamente preocupados por esta legislación, por lo que podría hacer en términos de sofocar la disidencia y la libertad de expresión", dijo esta semana el portavoz de seguridad nacional de la Casa Blanca, John Kirby. En tanto, el nuevo embajador de EE.UU. en Georgia, Robin Dunnigan, que reemplazó a Degnan en el 2023, también advirtió que las decisiones del gobierno georgiano “han alejado al país de su futuro euroatlántico”. El partido gobernante rechazó de inmediato esas declaraciones, argumentando que en realidad se inspiró en la mucha más estricta Ley de Registro de Agentes Extranjeros de Estados Unidos de 1938, e insistió en que la ley es necesaria para combatir los valores pseudoliberales promovidos por los gobiernos extranjeros. La nueva versión de la legislación incluye ligeros cambios, incluida la sustitución de la designación de "agentes de influencia extranjera" por "una organización que facilita los intereses de una potencia extranjera". Además deberán registrarse ante el Ministerio de Justicia a riesgo de ser sancionados con multas de 10.000 a 25.000 laris (de 2.500 a 8.700 euros). Si bien la presidenta de Georgia, Salomé Zourabichvili, condenó el resultado de la votación y prometió vetar la legislación por completo, admitió que este será anulado por el parlamento - donde el partido gubernamental Sueño Georgiano es mayoría - y se convertirá en ley. Cabe precisar que la guerra criminal propiciada por la OTAN en Ucrania ha llevado al régimen georgiano a respaldar las posiciones del Kremlin. Hace unos meses, el entonces primer ministro Garibashvili acusó a Kiev y a la oposición georgiana de querer empujar al país a la guerra, argumentando que todo formaba parte de un complot para una “ucranización” de Georgia. Debido a ello, el multimillonario Bidzina Ivanishvili, fundador de Sueño Georgiano y ex primer ministro, está convencido que Occidente pretende enfrentar a Georgia con Rusia. En un mitin el lunes prometió entrar en la UE en el 2030 y criticó a las ONGs no transparentes de ser un instrumento de desestabilización de los EE.UU. y ser el principal instrumento para el nombramiento de un gobierno títere de Georgia desde el exterior. A su vez, el primer ministro georgiano, Irakli Kobakhidze, está convencido de que el partido gobernante no cederá ante la presión interna y externa digitada por los EE.UU. y que la ley finalmente será aprobada: “Los políticos estadounidenses y europeos que han criticado la legislación no han aportado ningún argumento real en su contra. En tales circunstancias, sus declaraciones no serán motivo para revisar nuestra decisión", afirmó. “Si no defendemos la soberanía del Estado, nos sucederá como a Ucrania, y la paz y la integración europea serán cosa del pasado. Repito, Georgia no se convertirá en una segunda Ucrania” puntualizó.
A diferencia de los exoplanetas, que giran alrededor de una estrella, los llamados interestelares son planetas rebeldes, errantes, solitarios, “huérfanos” expulsados de sus orbitas y que vagan por el universo. Son los nómadas que flotan libremente en nuestra galaxia, a la deriva en el espacio interestelar. Un nuevo estudio dado a conocer esta semana por Space, sugiere que hay muchos más de estos mundos sin ataduras que de mundos estelares. Así que no estamos hablando de miles de millones, sino de billones de posibles planetas rebeldes en nuestra galaxia natal, la Vía Láctea y como no emiten ninguna luz, su localización se hace muy difícil. El 19 de julio del 2023, investigadores de la NASA y la Universidad de Osaka de Japón calcularon cuántos planetas rebeldes podría encontrar la próxima misión del Telescopio Espacial Romano Nancy Grace. Dijeron que el telescopio, cuyo lanzamiento está previsto para mayo del 2027, podría descubrir hasta 400 planetas rebeldes de la masa de la Tierra. El nuevo estudio incluso ha identificado su primer candidato a planeta rebelde con masa terrestre, el segundo planeta de este tipo encontrado hasta ahora. Ya sabemos de la existencia de bastantes planetas rebeldes que no tienen el tamaño de la masa de la Tierra. Por ejemplo, una publicación de enero del 2022 , informo entre 70 y 170 descubrimientos de planetas rebeldes, todos ellos aproximadamente como el planeta más grande de nuestro sistema solar, Júpiter. Pero este nuevo estudio sugiere una cantidad total de billones de planetas rebeldes solo en nuestra galaxia. Son muchos más de los que se creía anteriormente. El coautor David Bennett , científico investigador senior del Centro de Vuelos Espaciales Goddard de la NASA, dijo : “Estimamos que nuestra galaxia alberga 20 veces más planetas rebeldes que estrellas, billones de mundos vagando solos”. Los hallazgos del nuevo estudio se basan en una encuesta de nueve años llamada Observaciones de Microlentes en Astrofísica (MOA), realizada en el Observatorio de la Universidad Mount John en Nueva Zelanda. Las observaciones de microlente gravitacional ocurren cuando un objeto, como una estrella o un planeta, se alinea casi perfectamente con otro objeto del fondo. El objeto más cercano desvía la luz proveniente del objeto más distante, actuando como una especie de lente natural. Esto se debe a que la masa del objeto más cercano distorsiona la estructura del espacio-tiempo. Takahiro Sumi de la Universidad de Osaka y autor principal del artículo con una nueva estimación de los planetas rebeldes de nuestra galaxia, afirmó que: “La microlente es la única manera de encontrar objetos como planetas flotantes de baja masa e incluso agujeros negros primordiales. Es muy emocionante utilizar la gravedad para descubrir objetos que nunca podríamos esperar ver directamente”. Así que el nuevo estudio sugiere que debería haber muchos más planetas rebeldes del tamaño de la Tierra de lo que se pensaba anteriormente. De hecho, el estudio sugiere que los planetas rebeldes más pequeños podrían ser más comunes que los planetas rebeldes grandes. Como señaló Sumi: “Descubrimos que los planetas del tamaño de la Tierra son más comunes que los más masivos. La diferencia entre las masas promedio de los planetas que flotan libremente y los que se encuentran en estrellas es una clave para comprender los mecanismos de formación planetaria”. Los científicos dijeron que dado que estos planetas son más pequeños y livianos, podrían ser arrojados más fácilmente al espacio por interacciones gravitacionales en sus sistemas solares originales. Precisamente, el próximo telescopio espacial Nancy Grace Roman de la NASA, cuyo lanzamiento está previsto para mayo del 2027, será una nueva y poderosa herramienta para encontrar más de estos mundos flotantes. Naoki Koshimoto de la Universidad de Osaka, quien dirigió el artículo que anunciaba la detección de un candidato a mundo rebelde de masa terrestre, dijo: “El telescopio será sensible a planetas rebeldes incluso de menor masa, ya que los observará desde el espacio. La combinación de la visión amplia y nítida de Roman nos permitirá estudiar los objetos que encuentre con más detalle de lo que podemos hacerlo utilizando únicamente telescopios terrestres, lo cual es una perspectiva emocionante”. Y los investigadores dijeron que el telescopio podría encontrar mucho más de lo que las estimaciones anteriores creían posibles. Antes, los científicos estimaban que encontraría unos 50 planetas rebeldes de la masa de la Tierra. Pero en el nuevo estudio, ese número ha aumentado sustancialmente, a 400. Además, el telescopio japonés del Experimento de Microlente Infrarroja de Foco Principal (PRIME), en el Observatorio Astronómico de Sudáfrica en Sutherland, complementará las observaciones de Roman. A diferencia de Roman, observará en longitudes de onda del infrarrojo cercano. Se necesitarán tanto PRIME como Roman, ya que cada evento de microlente solo puede ocurrir una vez. Pero los eventos de microlente también toman tiempo. Por lo tanto, las observaciones simultáneas son fundamentales. Koshimoto explicó: “Una señal de microlente de un planeta rebelde puede tardar desde unas pocas horas hasta aproximadamente un día, por lo que los astrónomos tendrán la oportunidad de realizar observaciones simultáneas con Roman y PRIME. Las observaciones simultáneas también permitirán a los astrónomos medir las masas de estos planetas nómadas mejor que nunca”. Estudios anteriores ya han insinuado cómo podrían ser algunos de estos mundos. Si bien, los planetas interestelares generan poco calor y no son calentados por una estrella, David J. Stevenson teorizó en 1998 que algunos objetos del tamaño de un planeta a la deriva en el espacio interestelar podrían sostener una atmósfera espesa que no se congelaría. Propuso que estas atmósferas serían preservadas por la opacidad de la radiación infrarroja lejana inducida por la presión de una atmósfera espesa que contiene hidrógeno. En el 2018, los astrónomos descubrieron evidencia de un gran planeta rebelde con auroras salvajes. Otro estudio realizado en el 2021 sugirió que las lunas de planetas rebeldes podrían ser buenos lugares para buscar vida. En algunas circunstancias podrían incluso tener agua líquida. El año pasado, Irina K. Romanovskaya (Irina Mullins), profesora de física y astronomía en el Houston Community College System, incluso sugirió que “los planetas rebeldes podrían ser destinos ideales para los extraterrestres que colonizan la galaxia”. Es de esperar que en el 2027 encontremos más de estos enigmáticos mundos.
Una de las características curiosas del panorama estadounidense es el hecho de que hoy en día la financiarización de la economía es ampliamente condenada como insalubre, pero poco se está haciendo para revertirla. Hubo un tiempo, allá por los años 1980 y 1990, en el que se suponía que el capitalismo impulsado por las finanzas marcaría el comienzo de una época de mejor asignación de capital y una economía más dinámica. Ésta ya no es una opinión que uno escuche con frecuencia. Entonces, si un fenómeno de este tipo se ve abrumadoramente de manera negativa pero no se modifica, tal vez no se trate simplemente de un fracaso en la formulación de políticas, sino más bien de algo más profundo: algo más endémico al tejido mismo de la economía capitalista. Obviamente, es posible echar la culpa de este estado de cosas a la actual cosecha de elites cínicas y hambrientas de poder y detener el análisis allí. Pero un examen de la historia revela casos recurrentes de financiarización que guardan notables similitudes, lo que invita a concluir que tal vez la situación de la economía estadounidense en las últimas décadas no sea única y que el poder cada vez mayor de Wall Street estaba en cierto sentido predeterminado. Es en este contexto que vale la pena revisar el trabajo del economista político e historiador italiano Giovanni Arrighi (1937-2009) quien exploró los orígenes y la evolución de los sistemas capitalistas que se remontan al Renacimiento y mostró cómo las fases recurrentes de expansión y colapso financiero sustentan políticas geopolíticas más amplias. Ocupa un lugar central en su teoría la noción de que el ciclo de ascenso y caída de cada poder hegemónico termina en una crisis de financiarización. Es esta fase la que facilita el cambio hacia la próxima potencia hegemónica mundial. Arrighi fecho el origen de este proceso cíclico en las ciudades-estado italianas del siglo XIV, una era que él llama el nacimiento del mundo moderno. A partir del matrimonio del capital genovés y el poder español que produjo los grandes descubrimientos, traza este camino por Amsterdam, Londres y, finalmente, EE.UU. En cada caso, el ciclo es más corto y cada nueva potencia hegemónica es más grande, más compleja y más poderosa que la anterior. Y, como mencionamos anteriormente, cada una termina en una crisis de financiarización que marca la etapa final de la hegemonía. Pero esta fase también fertiliza el suelo en el que brotará la próxima potencia hegemónica, lo que marca la financiarización como el presagio de un inminente cambio hegemónico. Esencialmente, la potencia ascendente emerge en parte aprovechando los recursos financieros de la potencia financiarizada y en declive. Arrighi detectó una primera ola de financiarización a partir de 1560, cuando los empresarios genoveses se retiraron del comercio y se especializaron en las finanzas, estableciendo así relaciones simbióticas con el Reino de España. La ola posterior comenzó alrededor de 1740, cuando los holandeses comenzaron a retirarse del comercio para convertirse en “los banqueros de Europa”. La financiarización en Gran Bretaña, que examinaremos a continuación, surgió a finales del siglo XIX; para EE.UU., comenzó en la década de 1970. La hegemonía la define como “el poder de un Estado para ejercer funciones de liderazgo y gobernanza sobre un sistema de Estados soberanos”. Central para este concepto es la idea de que históricamente dicha gobernanza ha estado vinculada a la transformación de cómo funciona en sí mismo el sistema de relaciones entre estados y también que consiste tanto en lo que llamaríamos dominio geopolítico como en una especie de liderazgo intelectual y moral. El poder hegemónico no sólo llega a la cima en las maniobras entre estados sino que, de hecho, forja el sistema mismo en su propio interés. La clave de esta capacidad de expansión del propio poder de la hegemonía es la capacidad de convertir sus intereses nacionales en intereses internacionales. Los observadores de la hoy decadente hegemonía estadounidense reconocerán la transformación del sistema global para satisfacer los intereses estadounidenses. El mantenimiento de un orden “basado en reglas” ideológicamente cargado - aparentemente en beneficio de todos - encaja perfectamente en la categoría de combinación de intereses nacionales e internacionales. Mientras tanto, la potencia hegemónica anterior, los británicos, tenía su propia versión que incorporaba políticas de libre comercio y una ideología equivalente que enfatizaba la riqueza de las naciones por encima de la soberanía nacional. Volviendo a la cuestión de la financiarización, la idea original de su aspecto trascendental provino por primera vez del historiador francés Fernand Braudel, de quien Arrighi fue discípulo. Braudel observó que el ascenso de las finanzas como actividad capitalista predominante de una sociedad determinada era una señal de su inminente declive. Arrighi adoptó este enfoque y, en su obra principal titulada "El largo siglo XX", elaboró su teoría del patrón cíclico de ascenso y colapso dentro del sistema capitalista, al que llamó "ciclo sistémico de acumulación". Según esta teoría, el período de ascendencia se basa en una expansión del comercio y la producción. Pero esta fase eventualmente alcanza la madurez, momento en el cual se vuelve más difícil reinvertir capital de manera rentable en una mayor expansión. En otras palabras, los esfuerzos económicos que impulsaron a la potencia en ascenso a su posición privilegiada se vuelven cada vez menos rentables a medida que se intensifica la competencia y, en muchos casos, gran parte de la economía real se pierde en la periferia, donde los salarios son más bajos. A esto también contribuyen los crecientes gastos administrativos y el costo de mantener un ejército en constante expansión. Esto conduce al inicio de lo que Arrighi llama una "crisis de señales", es decir, una crisis económica que señala el paso de la acumulación por expansión material a la acumulación por expansión financiera. Lo que sigue es una fase caracterizada por la intermediación financiera y la especulación. Otra forma de pensar en esto es que, habiendo perdido la base real de su prosperidad económica, una nación recurre a las finanzas como el último campo económico en el que puede sostenerse la hegemonía. La fase de financiarización se caracteriza, por tanto, por un énfasis exagerado en los mercados financieros y el sector financiero. Sin embargo, la naturaleza corrosiva de la financiarización no es inmediatamente evidente; de hecho, todo lo contrario. Arrighi demuestra cómo el giro hacia la financiarización, que inicialmente es bastante lucrativo, puede proporcionar un respiro temporal e ilusorio de la trayectoria de declive, postergando así el inicio de la crisis terminal. Por ejemplo, la potencia hegemónica en ese momento, Gran Bretaña, fue el país más afectado por la llamada Larga Depresión de 1873-1896, un período prolongado de malestar en el que se desaceleró el crecimiento industrial de Gran Bretaña y disminuyó su posición económica. Arrighi identifica esto como la "crisis de la señal": el punto del ciclo en el que se pierde el vigor productivo y comienza la financiarización. Y, sin embargo, como Arrighi cita el libro de David Landes de 1969, 'The Unbound Prometheus', "como por arte de magia, la rueda giró". En los últimos años del siglo, los negocios mejoraron repentinamente y las ganancias aumentaron. “La confianza regresó, no la confianza irregular y evanescente de los breves auges que habían marcado la tristeza de las décadas anteriores, sino una euforia general como no había prevalecido desde… principios de la década de 1870… En toda Europa occidental, estos años perduran. En la memoria regresan los buenos viejos tiempos: la era eduardiana, la belle époque. “Todo parecía estar bien otra vez. Sin embargo, no hay nada mágico en la repentina recuperación de los beneficios, explica Arrighi. Lo que sucedió es que “a medida que su supremacía industrial decayó, sus finanzas triunfaron y sus servicios como transportista, comerciante, corredor de seguros e intermediario en el sistema de pagos mundial se volvieron más indispensables que nunca”. En otras palabras, hubo una gran expansión de la especulación financiera. Inicialmente, gran parte de los ingresos financieros en expansión procedían de intereses y dividendos generados por inversiones anteriores. Pero una parte cada vez más significativa fue financiada por lo que Arrighi llama la “conversión interna del capital mercantil en capital monetario”. Mientras tanto, a medida que el capital excedente salió del comercio y la producción, los salarios reales británicos comenzaron a declinar a partir de mediados de la década de 1890, una inversión de la tendencia de las últimas cinco décadas. Una élite financiera y empresarial enriquecida en medio de una caída generalizada de los salarios reales es algo que debería sonar a los observadores de la actual economía estadounidense. Básicamente, al adoptar la financiarización, Gran Bretaña jugó la última carta que tenía para evitar su decadencia imperial. Más allá de eso está la ruina de la Primera Guerra Mundial y la posterior inestabilidad del período de entreguerras, una manifestación de lo que Arrighi llama "caos sistémico", un fenómeno que se vuelve particularmente visible durante las crisis de señales y las crisis terminales. Históricamente, observa Arrighi, estos colapsos se han asociado con una escalada hacia una guerra abierta, específicamente, la Guerra de los Treinta Años (1618-48), las guerras napoleónicas (1803-15) y las dos Guerras Mundiales. Curiosamente, y de manera algo contradictoria, en estas guerras normalmente no se ha visto al poder hegemónico en ejercicio y al retador en bandos opuestos (con las guerras navales angloholandesas como una notable excepción). Más bien, han sido típicamente las acciones de otros rivales las que han acelerado la llegada de la crisis terminal. Pero incluso en el caso de los holandeses y los británicos, el conflicto coexistió con la cooperación a medida que los comerciantes holandeses dirigieron cada vez más su capital a Londres, donde generaba mejores ganancias. El proceso de financiarización que surgió de una crisis señal se repitió con sorprendentes similitudes en el caso del sucesor de Gran Bretaña, EE.UU. Pero la década de 1970 fue una década de profunda crisis para EE.UU., con altos niveles de inflación, un dólar debilitado luego del abandono de la convertibilidad del oro en 1971 y, quizás lo más importante, una pérdida de competitividad del sector manufacturero estadounidense. Con potencias en ascenso como Alemania, Japón y, más tarde, China, capaces de superarla en términos de producción, EE.UU. alcanzó el mismo punto de inflexión y, al igual que sus predecesores, recurrió a la financiarización. La década de 1970 fue, en palabras de la historiadora Judith Stein, la “década crucial” que “selló una transición en toda la sociedad de la industria a las finanzas, de la fábrica al comercio”. Esto, explica Arrighi, permitió a EE.UU. atraer enormes cantidades de capital y avanzar hacia un modelo de financiación deficitaria: un creciente endeudamiento de la economía y el Estado de EE.UU. con el resto del mundo. Pero la financiarización también le permitió reactivar su poder económico y político en el mundo, particularmente cuando el dólar se consolidó como moneda de reserva global. Este respiro dio a EE.UU. la ilusión de prosperidad de finales de los años 1980 y 1990, cuando, como dice Arrighi, “existía la idea de que EE.UU. había 'regresado'”. Sin duda, la desaparición de su principal rival geopolítico, la Unión Soviética, contribuyó a este exagerado optimismo y a la falsa sensación de que el neoliberalismo occidental había sido reivindicado: “Es el final de la historia” pronosticaron antes de tiempo... Y se equivocaron. En efecto, bajo su superficie, las placas tectónicas del declive todavía se estaban desgastando a medida que EE.UU. se volvía cada vez más dependiente de la financiación externa y aumentaba cada vez más el apalancamiento sobre una porción cada vez menor de la actividad económica real que rápidamente se estaba deslocalizando y vaciando. A medida que Wall Street ganó importancia, muchas economías estadounidenses por excelencia fueron esencialmente despojadas de activos en aras de obtener ganancias financieras. Pero, como señala Arrighi, la financiarización simplemente frena lo inevitable y esto sólo ha quedado al descubierto con acontecimientos posteriores en EE.UU. A finales de la década de 1990, la financiarización misma estaba empezando a funcionar mal, comenzando con la crisis asiática de 1997 y el posterior estallido de la burbuja de las puntocom, y continuando con una reducción de las tasas de interés que inflaría la burbuja inmobiliaria que detonó tan espectacularmente en el 2008. Desde entonces Luego, la cascada de desequilibrios en el sistema financiero no ha hecho más que acelerarse y sólo ha sido a través de una combinación de prestidigitación financiera cada vez más desesperada - inflar una burbuja tras otra - y una coerción absoluta que ha permitido a EE.UU. extender su hegemonía incluso un poco más allá de sus fronteras. Todo fue una ilusión que no tardaría en derrumbarse. En 1999, Arrighi, en un artículo escrito en coautoría con la académica estadounidense Beverly Silver, resumió la situación de la época. Ha pasado un cuarto de siglo desde que se escribieron estas palabras, pero bien podrían haber sido escritas la semana pasada: “La expansión financiera global de los últimos veinte años no es ni una nueva etapa del capitalismo mundial ni el presagio de una 'hegemonía venidera de los mercados globales'. Más bien, es la señal más clara de que estamos en medio de una crisis hegemónica. Como tal, se puede esperar que la expansión sea un fenómeno temporal que terminará más o menos catastróficamente... Pero la ceguera que llevó a los grupos gobernantes de [los estados hegemónicos del pasado] a confundir el 'otoño' con una nueva 'primavera' de su... poder significó que el fin llegó antes y de manera más catastrófica de lo que podría haber ocurrido de otra manera... Una ceguera similar es evidente hoy”. En sus últimos trabajos, Arrighi centró su atención en el este de Asia y examinó las perspectivas de una transición hacia la próxima hegemonía. Por un lado, identificó a China como el sucesor lógico de la hegemonía estadounidense. Sin embargo, como contrapeso a eso, no consideró que el ciclo que describió continuara a perpetuidad y creía que llegaría un punto en el que ya no sería posible crear un Estado con estructuras organizativas más grandes y más integrales. Tal vez, especuló, EE.UU. representa precisamente esa potencia capitalista expansiva que ha llevado la lógica capitalista a sus límites terrenales. Arrighi también consideró que el ciclo sistémico de acumulación era un fenómeno inherente al capitalismo y no aplicable a épocas precapitalistas o formaciones no capitalistas. En el 2009, cuando murió, la opinión de Arrighi era que China seguía siendo decididamente una sociedad de mercado no capitalista. Cómo evolucionaría seguía siendo una cuestión abierta. Si bien Arrighi no fue dogmático sobre cómo se configuraría el futuro y no aplicó sus teorías de manera determinista, especialmente con respecto a los acontecimientos de las últimas décadas, sí habló enérgicamente sobre lo que en el lenguaje actual podría llamarse la necesidad de adaptarse a un mundo multipolar. En su artículo de 1999, él y Silver predijeron que “una caída más o menos inminente de Occidente desde las alturas dominantes del sistema capitalista mundial es posible, incluso probable”. Y no estaban desacertados. Creían que EE.UU. “tiene capacidades incluso mayores que las que tenía Gran Bretaña hace un siglo para convertir su hegemonía en declive en un dominio explotador”. Si el sistema finalmente colapsa, “será principalmente debido a la resistencia de EE.UU. al ajuste y la acomodación. Y a la inversa, el ajuste y la acomodación de EE.UU. al creciente poder económico de la región de Asia Oriental es una condición esencial para una transición no catastrófica hacia un nuevo orden mundial”. Queda por ver si dicha adaptación se producirá próximamente, pero Arrighi adopta un tono pesimista y señala que cada potencia hegemónica, al final de su ciclo de dominio, experimenta un “colapso final” No se puede formular una descripción más adecuada a la situación actual, con el innegable ascenso de China como la superpotencia del Siglo XXI de la mano con Rusia y el irreversible declive de los EE.UU. que en sus estertores recurre a la guerra para intentar seguir controlando lo que hace mucho se les escapo de las manos. Los problemas a nivel del sistema se están multiplicando, pero el esclerótico Ancien Régime de Washington no los puede abordar porque pedio la capacidad para ello. Al confundir su economía financiarizada con una economía vigorosa, sobreestimó la potencia de convertir en un arma el sistema financiero que controla, viendo así nuevamente una "primavera" donde sólo hay "otoño". Esto, como predijo Arrighi, sólo acelerará su final.
Basada en un escalofriante capítulo de Drácula, la novela clásica de Bram Stoker, MAX nos trae este mes The Last Voyage of the Demeter (Drácula: Mar de sangre), trayendo de vuelta a la pantalla la icónica figura creada por Bram Stoker. Como sabéis, los estudios Universal, dueños de los derechos cinematográficos de Drácula desde la década de los años treinta, decidieron en el 2014 iniciar un ambicioso proyecto que tenía como objetivo crear un universo extendido y compartido en el que varios monstruos clásicos coexistieran en una serie de películas interconectadas. La intención consistía en revitalizar sus franquicias de terror y competir con las películas de superhéroes de Marvel y DC. El plan inicial del llamado Dark Universe buscaba resucitar a los “Monstruos de la Universal” como El Hombre Invisible, basado en la novela de H.G. Wells; el Monstruo de Frankenstein y la Novia de Frankenstein, basados en la novela de Mary Shelley; el Fantasma de la Ópera, inspirado en la novela de Gastón Leroux; El Hombre Lobo, La Momia, La Criatura de la Laguna Negra, y, obviamente, Drácula. Sin embargo, la primera película del Dark Universe, La Momia (2017), protagonizada por Tom Cruise y Sofia Boutella, recibió unas injustas críticas negativas y no tuvo el éxito esperado en taquilla, lo que llevó a que los planes tambalearan. A pesar de los esfuerzos iniciales, Universal se vio obligada a replantear su enfoque y los planes para las siguientes películas del Dark Universe se volvieron más inciertos. La película La Novia de Frankenstein, que estaba programada para ser la siguiente en la serie, fue cancelada y su producción se detuvo. El futuro del universo compartido se volvió difuso y Universal optó por reconsiderar su estrategia. Aunque el Dark Universe como concepto cohesivo se desvaneció, Universal todavía tiene interés en revitalizar sus franquicias de monstruos clásicos. En lugar de un universo compartido e interconectado, la estrategia cambió hacia producir películas individuales basadas en estos personajes, permitiendo a los cineastas tener más libertad creativa y adaptar las historias de una manera independiente. Esto llevó a la estupenda El hombre invisible de Leigh Whannel, quien la actualizó en un contexto de acoso y abuso. Luego, los estudios Universal buscaron explorar una vez más a sus monstruos con The Last Voyage of the Demeter, inspirada en la llegada a Inglaterra del conde vampiro, relatado en las dieciséis páginas del capítulo siete de Drácula. En efecto, en su renombrada novela epistolar de 1897, Bram Stoker relata la historia en la que Drácula toma la decisión de emprender un viaje hacia Londres. Para ocultarse durante el trayecto, opta por resguardarse en una caja repleta de tierra de su castillo en Transilvania, ya que necesita reposar en el campo sagrado de su tierra natal. Su travesía lo lleva a abordar un carruaje hasta llegar a un puerto cercano al estrecho del Bósforo, y desde allí, continúa en barco desde Varna hasta Whitby, situado en la costa de Inglaterra. Durante este periplo, cruza el estrecho de los Dardanelos. A bordo del navío Deméter, Drácula lleva a cabo una serie de mortales encuentros, aniquilando a la totalidad de la tripulación, uno por uno, para así saciar su necesidad de alimentarse. Ante esta situación, el capitán se ve forzado a atarse al timón para evitar que el barco encalle, y de esta forma, la embarcación logra alcanzar el puerto sin que quede un solo miembro de la tripulación con vida. Si bien Drácula, es uno de los personajes más adaptados en el cine y la televisión con más de doscientas versiones, curiosamente, esta es la primera vez que se realiza una cinta basada en el fatídico viaje relatado en el libro de Stoker. La película de André Øvredal, autor conocido por los amantes del terror, está ambientada en el mismo año de la publicación de Drácula - 1897 - y da inicio con el Deméter listo para dejar Transilvania con destino a Inglaterra. El capitán Elliot (Liam Cunningham), le ha confesado a Wojchek (David Dasmalchian), su primer oficial, que esta será su última labor como capitán, cediéndole el cargo a este. A bordo del barco se encuentra el pequeño Toby (Woody Norman), nieto del capitán, y una tripulación conformada por un pequeño grupo de rudos marinos. A última hora, es reclutado Clemens (Corey Hawkins de Macbeth), un doctor negro que busca algo de dinero para poder ubicarse en la capital. Clemens se convertirá en una especie de MacReady, el personaje inmortalizado por Kurt Russell en el clásico de John Carpenter, Enigma de otro mundo (1982), primero cuando descubre a una polizona (Aisling Franciosi de The Nightingale), víctima de una extraña enfermedad que requiere varias transfusiones de sangre; y luego, cuando el ganado y el perro de abordo, son degollados misteriosamente, lo lleva a sospechar que hay algo siniestro y letal al interior del Deméter. La fotografía de Tom Stern (colaborador constante de Clint Eastwood) le otorgo la clase y la elegancia que se merece el relato gótico y le permitió a Øvredal enfocarse en la atmósfera, para que los espectadores nos olvidemos de un destino final ya está preestablecido y que no contiene sorpresas. Aquí, Drácula (Javier Botet) no es el sofisticado conde encarnado por Bela Lugosi o Gary Oldman. Estamos hablando de una bestia demoníaca con la apariencia de Nosferatu y la actitud de Alien o Depredador. Inclusive, la estructura narrativa se parece mucho a la de las dos últimas franquicias mencionadas (un grupo de personas es asesinado sistemáticamente por un ser infernal) y es una lástima que esta película no se hubiera inclinado por la línea de los clásicos de Murnau y Herzog. Esta película fue un proyecto tomó más de veinte años en concretarse y que tuvo como posibles directores a Marcus Nispel, Robert Schwentke y Neil Marshall, así como a Viggo Mortensen, Jude Law, Ben Kingsley y Noomi Rapace como posibles protagonistas. El resultado con Øvredal, Hawkins, Cunningham y Franciosi a bordo no llega a ser del todo satisfactorio, pero eso no significa que sea un desastre. Esta es una cinta hecha por alguien inteligente y sensible que se toma su tiempo para que podamos conocer a sus personajes. Como todo lo que hace este director noruego, se trata de un trabajo sólido que no decepciona y que apela más a las personas con espíritu literario que a aquellos que quieren ver la pantalla saturada con efectos especiales y sangre a borbotones. Vale la pena subirse a este barco maldito, que puedes ver en la comodidad de tu hogar y las veces que quieras en MAX.
A raíz de las recientes elecciones municipales donde el régimen sufrió una aplastante derrota, el dictador turco Recep Tayyip Erdogan, hizo un anuncio significativo al declararlas “como su última contienda política dentro de los límites de la legislación vigente”. Dijo: “Para mí, esto es definitivo. Estas elecciones son mis últimas elecciones dentro de las facultades que me otorga la ley. Luego de esto, habrá una transición hacia mis hermanos que vendrán tras de mí”. Esto marcó un momento crucial, no sólo para su carrera sino también potencialmente para el panorama sociopolítico de Turquía. El mandato de Erdogan como primer ministro y luego dictador, que comenzó en el 2003, se ha caracterizado por una serie de políticas autoritarias que han impactado negativamente la posición nacional e internacional de Turquía. A ello débenos agregar las limitaciones impuestas por la legislación turca, que exigen que Erdogan dé un paso atrás, insinúan un cambio más amplio en marcha, que tal vez señale el fin de la era de este sátrapa, a menos - como señalan los analistas - que cambie la actual legislación para que pueda seguir reeligiéndose indefinidamente a pesar del rechazo mayoritario que genera en la ciudadanía. Las elecciones presidenciales del 2023 subrayaron este sentimiento adverso hacia su persona. Erdogan consiguió la victoria en una segunda vuelta muy reñida, obteniendo el 52,18% de los votos frente al 47,82% de Kemal Kılıçdaroğlu. Este estrecho margen, sin precedentes durante el mandato del dictador, sugeriría un cambio de rumbo político, que quedó corroborado aún más por los resultados de las recientes elecciones municipales. Las elecciones municipales revelaron una marcada transformación en la dinámica sociopolítica interna de Turquía. El Partido Republicano del Pueblo (CHP), de la oposición, ganó en 36 de 81 municipios, un salto significativo con respecto a años anteriores, lo que indica una creciente ola de cambio. Con una participación nacional del 37,7% de los votos frente al 35,4% del partido gobernante y una participación electoral del 77,3%, estas elecciones representaron la victoria más sustancial de la oposición desde el ascenso de Erdogan al poder. Un punto focal de intriga fue Constantinopla, el lugar de nacimiento del sátrapa, donde comenzó su infame carrera política. Ekrem İmamoğlu, del CHP, ganó el puesto de alcalde con un margen considerable, consolidando el control de la oposición en la ciudad más poblada del país. De manera similar, Ankara fue testigo de una victoria aplastante de Mansur Yavaş, también del CHP, lo que ilustra aún más el cambiante panorama político. Estas elecciones también pusieron de relieve importantes variaciones regionales en la lealtad política. Si bien el partido de Erdogan mantuvo su dominio en el centro de Turquía, el Partido Democrático de los Pueblos (HDP), prokurdo, tomó el control de 10 provincias en el sureste predominantemente kurdo, lo que indica una diversificación en la representación política y las prioridades. Quizás lo más sorprendente fue la victoria del moderadamente islamista Nuevo Partido del Bienestar en la provincia de Şanlıurfa, un alejamiento de la base aliada de Erdogan, que señala un realineamiento en las facciones políticas de Turquía en respuesta a presiones nacionales e internacionales, incluidas las consecuencias de la guerra en Gaza. Estos acontecimientos sugieren una coyuntura crítica en la política turca. El reconocimiento por parte de Erdogan de su último mandato dentro del marco legislativo actual, sumado a los logros electorales de la oposición, apunta a una transformación en el panorama sociopolítico de Turquía. Mientras la era de Erdogan está llegando a su fin, el surgimiento de nuevas fuerzas y alineamientos políticos anuncia un período de introspección y redirección para el país, navegando entre sus identidades históricas profundamente arraigadas y las presiones de la gobernanza moderna. Las implicaciones de esta transición se extienden más allá de Turquía y afectan potencialmente su papel en el escenario global, particularmente en relación con Occidente y Medio Oriente. Mientras Turquía se encuentra en esta encrucijada, la narrativa política que se desarrolle será fundamental para dar forma no sólo a su futuro sino también a su legado bajo el liderazgo de Erdogan. Mientras Turquía se enfrenta a una profunda crisis económica, las repercusiones han resonado con fuerza en su ámbito político, influyendo particularmente en los resultados electorales recientes. La difícil economía del país, marcada por una tasa de inflación que supera el 65% y una moneda nacional, la lira, que ha perdido el 80% de su valor en los últimos cinco años, es un testimonio de los tiempos difíciles que enfrenta su población. Esta crisis económica ha desempeñado un papel fundamental en la derrota del partido gobernante, liderado por Erdogan, en las elecciones municipales. Los críticos a menudo acusan al régimen de no comprender la gravedad de las dificultades de la gente común en medio de esta agitación económica. A lo largo del período preelectoral, la oposición aprovechó las crecientes preocupaciones sobre el aumento del costo de vida, enmarcándolo como una cuestión electoral clave. İmamoğlu, el popular alcalde de Constantinopla recién elegido y figura de la oposición, hizo campaña bajo el lema “Nuestro país no merece la pobreza”. Sus críticas a las políticas económicas de Erdogan que trastornan las leyes de la economía, resonaron en el electorado, lo que lo llevó a su victoria y reelección para otro mandato. La falsa promesa del autócrata “de reactivar la economía” posibilitó una polémica reelección en el 2023. Como era de esperar, el panorama económico siguió siendo sombrío. Tras las elecciones, Erdogan reconoció la derrota de su partido en un discurso ante sus seguidores desde el balcón del palacio dictatorial. Interpretó el resultado electoral como una manifestación de la voluntad del pueblo y un “punto de inflexión” más que un final, afirmando que “la democracia y la nación saldrán victoriosas”. Erdogan se comprometió a abordar las deficiencias destacadas por los resultados electorales y continuar implementando el programa económico del gobierno, “destinado a combatir la inflación”. La profunda crisis económica y su influencia en el cambio político subrayan la intrincada relación entre la salud económica y la estabilidad política. La respuesta del electorado, que favorece a la oposición a la luz de la insatisfacción económica y al feroz autoritarismo del régimen, indica una demanda de cambio y rendición de cuentas por parte de sus líderes. Mientras Turquía atraviesa este difícil período, se seguirá de cerca la capacidad del gobierno para implementar reformas económicas efectivas. La promesa de abordar la inflación y revitalizar la economía no sólo constituye el punto crucial de la futura agenda política de Erdogan, sino que también representa una prueba crítica de la capacidad de su administración para responder a las necesidades apremiantes de sus ciudadanos. Esta recalibración política en Turquía, en medio de la adversidad económica, resalta la resiliencia de los procesos democráticos y la importancia de la gobernanza económica en la configuración de los paisajes políticos. El giro del electorado hacia la oposición, impulsado por agravios económicos, sugiere un llamado más amplio a la transparencia, las reformas y una distribución más equitativa de los recursos. Mientras Turquía se esfuerza por superar sus desafíos económicos, el mundo observa de cerca, reconociendo las implicaciones más amplias para la estabilidad regional y el orden económico global. Las consecuencias de las elecciones municipales han puesto de relieve una clara demanda de transformación dentro del país, presagiando lo que muchos ven como el amanecer de una nueva era. La victoria de la oposición, en particular del CHP, no sólo se ha interpretado como un mandato de cambio sino también como un hito significativo en el clima político de Türkiye. Özgür Özel, líder del CHP, enfatizó este sentimiento, afirmando que la decisión del electorado “abre la puerta a un nuevo clima político en nuestro país, equilibrando el poder desproporcionado del gobierno a nivel municipal”. Los resultados electorales sirven como castigo al gobernante Partido Justicia y Desarrollo (AKP) de Erdogan por su mala gestión económica y la renuencia de la población secular urbana a apoyar una mayor islamización. Repudiado por su autoritarismo tanto dentro y fuera de Turquía - sobreviviendo asimismo a un intento de golpe de Estado patrocinado por los EE.UU. en el 2016 - Erdogan sigue siendo una figura controvertida en la política turca. Anticipando el camino a seguir, es probable que Turquía sea testigo de una fase de liberalización en su política interna. Se espera que el liderazgo actual intensifique los esfuerzos contra la corrupción, mejore el apoyo social a la población y potencialmente implemente cambios de personal dentro del AKP, particularmente a nivel regional. Esta recalibración también puede extenderse a la reevaluación de alianzas y asociaciones. En el frente internacional, Ankara está preparada para continuar su acercamiento con Occidente, particularmente con EE.UU. y la Unión Europea, aprovechando este alineamiento para contrarrestar las narrativas de la oposición mientras mantiene cuidadosamente las relaciones con socios no occidentales. Este delicado acto de equilibrio en las relaciones exteriores refleja un esfuerzo estratégico para sortear las complejidades de la geopolítica global, garantizando que los intereses de Turquía estén salvaguardados en medio de alianzas cambiantes. De hecho, las recientes elecciones han marcado un momento crucial para Turquía, lo que ha provocado una evaluación reflexiva de sus políticas internas y externas. El llamado de cambio del electorado es claro, y las respuestas tanto del partido gobernante como de la oposición moldearán la trayectoria del país en los próximos años. Mientras el país asiático se encuentra en esta encrucijada, las acciones tomadas por sus líderes no sólo definirán el panorama político de la nación sino también su papel en el escenario mundial. El camino hacia la liberalización, la transparencia y la mejora de los procesos democráticos ofrece una hoja de ruta para abordar los desafíos inmediatos y al mismo tiempo sentar las bases para un crecimiento sostenible y una estabilidad. Mientras Turquía atraviesa estas transformaciones, la resiliencia duradera de sus instituciones democráticas y la visión estratégica de sus líderes serán cruciales para guiar al país hacia un futuro próspero e inclusivo. En el cambiante entramado de relaciones internacionales, el viejo orden mundial está siendo remodelado, presagiando nuevas reglas de enfrentamiento en el escenario global. Esta transformación requiere adaptaciones estratégicas por parte de todas las naciones, y Turquía enfrenta su conjunto único de desafíos y oportunidades. El declive del mundo unipolar, dominado por EE.UU. tras la Guerra Fría, ha dado paso a un orden más multipolar. Las potencias emergentes están afirmando su influencia y se están reevaluando las alianzas tradicionales. Para Turquía, un país a caballo entre dos continentes y múltiples fallas (geopolíticas, culturales y económicas), el panorama cambiante ofrece un lienzo para redefinir su papel. La importancia geopolítica de Turquía ha sido a menudo su as en las relaciones internacionales. A medida que cambia el orden global, Ankara está reposicionando sus alianzas. Sus vínculos históricos con Occidente a través de la OTAN y sus aspiraciones de ser miembro de la UE están siendo reevaluados a la luz de la ambivalencia de la UE y las cambiantes prioridades de EE.UU. Mientras tanto, las relaciones de Turquía con Rusia y China son cada vez más importantes, tanto económica como militarmente. Equilibrar estas relaciones manteniendo al mismo tiempo su autonomía estratégica será crucial. En un mundo multipolar, la interdependencia económica puede ser un arma de doble filo. La economía de Turquía, que ha enfrentado desafíos importantes, debe adaptarse para prosperar en medio de los cambios económicos globales. Diversificar los socios comerciales, atraer inversión extranjera y mejorar la innovación tecnológica son pasos para asegurar la resiliencia económica. El papel de Turquía en la estabilidad regional, especialmente en Oriente Medio y el Mediterráneo oriental, se ha vuelto más pronunciado. Sus acciones en Siria, Libia y el conflicto de Nagorno-Karabaj, entre otros, reflejan sus aspiraciones regionales más amplias. Equilibrar estas intervenciones con la necesidad de estabilidad regional será una tarea delicada. El panorama político interno también influirá en el posicionamiento global de Turquía. El régimen dictatorial de Erdogan y el AKP ha visto cambios significativos en la gobernanza y la formulación de políticas. El resultado de las recientes elecciones municipales y la situación económica sugieren que los votantes buscan un cambio. Queda por ver cómo se traduce esto en la política exterior turca. En conclusión, mientras el orden global atraviesa un período de transición, Turquía se encuentra en una encrucijada. Su ubicación estratégica y su legado histórico le confieren el potencial de ser un actor fundamental en el nuevo orden mundial. Sin embargo, esto requerirá un hábil equilibrio entre diplomacia, previsión económica, cooperación regional y estabilidad interna. Las decisiones que tomen los dirigentes y los ciudadanos en los próximos años no sólo darán forma al futuro de la nación, sino que también influirán en el panorama global emergente, donde la interacción de poder es más dinámica que nunca.
Considerada la capital de un país gobernada con mano de hierro por quien durante mucho tiempo en Occidente ha sido señalado como “el último dictador de Europa”, ha estado generalmente fuera de las rutas turísticas, con mayor razón en estos tiempos con la guerra patrocinada por la OTAN en la vecina Ucrania, ya que al ser aliada de Moscú, es muy difícil llegar a ella. Pero como a mí me gustan los retos la escogí para iniciar nuestra Expedición por el Cáucaso, que incluirá también a las capitales de Rusia, Georgia y Armenia - Kiev queda fuera por obvias razones - para continuar luego por los Balcanes. Es casi seguro que a pesar de las ideas preconcebidas que uno pueda tener, Minsk es capaz de sorprenderte y puede parecer moderna y agradable a primera vista, pero hay algo que desentona y no es solo la estrecha vigilancia a la que los visitantes somos sometidos, sino también la vomitiva simbología comunista que está presente en todas partes. En efecto, la capital de Belarus a pesar de poseer cafés de moda, restaurantes impresionantes y clubes nocturnos llenos de gente que compiten por su atención, los museos y galerías de arte se han instalado en un centro de la ciudad que fue totalmente remodelado al gusto del genocida Stalin con grotescos monumentos y horribles edificios de la época soviética. No es de sorprender por ello que para los viajeros - al ver como en pleno siglo XXI aún se rinda culto a esa ideología criminal como es el comunismo (responsable de la muerte de 150 millones de seres humanos) y donde la hoz, el martillo, el rostro de Lenin y la estrella roja están presentes en cada rincón de la ciudad - Minsk evoca la lejana tristeza soviética. Como centro administrativo y capital nacional de Belarus, es la ciudad más grande y poblada del país con casi 2 millones de habitantes. Se encuentra ubicada en la cuenca del río Dniéper entre los ríos Svíslach y Nyamiha y está dividida en 9 distritos administrativos. La primera mención de la ciudad data del siglo X, posicionándola así en una de las ciudades más antiguas de Europa. Su peso histórico es innegable. A las centurias de asaltos mongoles, lituanos, polacos y rusos, le siguió el impacto de la Segunda Guerra Mundial, que la destruyó casi por completo, y los años de aislamiento por su pertenencia a la URSS, donde fue reconstruida hasta alcanzar su independencia en los 90, y a partir de cuya fecha ha comenzado a crecer de forma incesante hasta llegar a la actualidad. Aunque su trazado urbano soviético y estética estalinista es innegable por sus monstruosas construcciones de largas y anchas avenidas, plazas abismales y espantosos monumentos fácilmente reconocibles por lo grotescos que son, lo cierto es que Minsk también exhibe un corazón histórico empedrado que resistió a la guerra en forma de castillos, murallas, iglesias ortodoxas, templos de estilo barroco y algunas pinceladas neoclásicas, que si merecen ser visitadas a diferencia de los espantajos estalinistas, de nulo valor artístico. Aunque sus visitantes todavía son pocos, es un hecho que la ciudad cada vez atrae más la curiosidad del viajero y empieza a despertar activamente al turismo. Son numerosos los puntos de interés de Minsk. Muchos de ellos se encuentran en torno a la Avenida de la Independencia o Prospekt Nezavisimosti. Sus 15 km de largo y 42 de ancho la proclaman como la vía principal de la ciudad cruzándola del centro al noroeste. A través de ella se accede al centro de la llamada “ciudad alta”, encuadrada sobre una pequeña loma y donde se encuentran los edificios antiguos que sobrevivieron al desastre de la guerra y otros tantos reconstruidos según el estilo típico del siglo XIII. La Plaza de la Libertad alberga el elegante e inmaculado Ayuntamiento de construcción neoclásica y columnas jónicas, la Catedral del Espíritu Santo de fachada blanca y tejados verdes que se erige como el templo más importante para los cristianos ortodoxos del país y la Catedral de la Virgen María, el más importante para los católicos. Otra de las plazas más famosas es la Plaza de Octubre donde se encuentra el Palacio de la República, el Palacio de la Cultura, más conocido como el Partenón de Minsk por su estilo neoclásico y el siniestro edificio de la KGB, nombre que todavía recibe la Agencia de Seguridad del Estado. La inmensa Plaza de la Independencia, de 7 hectáreas, es una de las más grandes de Europa. En ella está la sede de la Universidad, además de una horrible estatua de Lenin - aun no derribada -, la Iglesia de San Simón y Santa Elena, conocida como la Iglesia Roja por el color de su fachada de ladrillos y la escultura del Arcángel San Gabriel abatiendo a un dragón. Bajo el suelo de esta plaza está el centro comercial Stolitsa con cuatro plantas hacia abajo desde la superficie. En el centro de la Plaza de la Victoria, se alza un enorme obelisco de 40 metros de altura coronado con la estrella comunista “para homenajear a los muertos durante la Segunda Guerra Mundial”. Obviamente, es el lugar de celebración de los desfiles del régimen. En los tejados de los edificios de corte estalinista y fachada circular que se disponen en torno a ella, hay unas grandes letras rojas con propaganda a favor del régimen y que no vale la pena reproducir. Otras calles importantes de Minsk son las bulliciosas Skoriny y Vzyzvalicieliau, así como la juvenil Zybitskaya. Es más, a través de uno de los puentes que atraviesan el río Svílach se accede a la Isla de las Lágrimas, una pequeña isla artificial donde se ubica un emotivo monumento formado por una capilla rodeada de gigantescas esculturas que representan a las madres y viudas de los fallecidos en los años 80 durante la Guerra de Afganistán. Produce melancolía observar ese semblante desesperado esperando el regreso de sus hijos y cerca, la escultura de un ángel cabizbajo con las lágrimas deslizándose por su mejilla, se cubre el rostro con sus manos en repulsa a la guerra y la destrucción. Minsk se construyó sobre un bosque, por ello hay muchos parques repartidos a lo largo y ancho de esta ciudad. De hecho, los edificios asoman haciéndose un espacio entre el verde, poliducto de la planificación urbanística, donde cemento y jardines se alternan a la perfección. Parques como el Gorky, el Janki Kupali o el Pieramohi, son magníficos lugares de esparcimiento donde las familias pasean y los jóvenes practican deporte. En Minsk no solamente queda demostrado el protagonismo que se le da a la naturaleza, sino también está patente la importancia que se otorga a la ciencia por sus más 150 instituciones de investigación científica y a la cultura y educación, con 27 escuelas artísticas, cines, el Circo Nacional Bielorruso, ópera y ballet de primer nivel que se representa en sus 12 teatros entre los que despunta el inmaculado y refinado Gran Teatro Académico Nacional y 18 museos, como el propagandístico “Museo Estatal de la Gran Guerra Patriótica”, en cuyo edificio ondea inexplicablemente la bandera de la URSS. Es una alegoría a la guerra germano-soviética de 1941 a 1944, la más importante del siglo XX y ante la cual Belarus se llevó la peor parte en cuanto al número de víctimas. Mención aparte merece la Biblioteca Nacional. Su diseño futurista en forma de diamante o poliedro de cristal simboliza el conocimiento que la humanidad ha adquirido a lo largo de los siglos y está recubierta de LEDs de colores que proyectan diferentes escenas luminosas. Alberga la tercera colección de libros en ruso más amplia del mundo y en la planta 22 hay un mirador que bien merece una visita para poder ser testigo de una de las mejores panorámicas de toda la ciudad. Cabe precisar que los lugares de Minsk para invertir el tiempo libre nada tienen que envidiar a los de las capitales europeas más importantes. El Slolitsa Underground Mall, el centro comercial Zamok y las Galerías GUM son afamados paraísos para las compras. Aquellos que necesiten descargar adrenalina pueden acudir al Parque de Atracciones Chelyuskinites y para los amantes de la vida nocturna, los clubes de recreación Bowling y Billar son una buena opción. La pista de hielo que está frente al Palacio Respubliki es la más concurrida, un cóctel en Sweet And Sour sabe mejor y el Grand Café, Bistro de Luxe, La Scala, Falcone y Vasilki son excelentes restaurantes donde degustar la singular gastronomía del país. En fin, a pesar de sus atracciones, aquél que viaje a Minsk descubrirá desconcertado una ciudad que aun exhibe horribles símbolos que aluden a la infame época de la ocupación soviética y que duraran mientras Lukashenko permanezca en el poder. Cuando a este sátrapa le llegue la hora, lo será también para todas esas monstruosidades estalinistas que afean la capital. De eso no cabe ninguna duda. Ni siquiera en Moscú puede encontrarse esa exhibición de mal gusto, tal como lo podremos comprobar en nuestra próxima parada.